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Operación T RexNo  me malinterpreten, no estoy hablando de velocidad, estoy hablando de distancias.  Para ser más precisos, de la distancia  entre Nebraska y la Quebrada de Malpaso. Por suerte  no era más, porque  con los veinte kilómetros por hora que rendía el Chevrolet, Nacho y Fernando habrían sido ancianos antes de  encontrarse con cualquier dinosaurio.

El camión de don Dámaso subía y bajaba con gran empeño  las lomas peladas del desierto y cada cierto tiempo, su propietario, muy orgulloso, hacía  un aporte para  que la máquina no se  quedara dormida  nuevamente  apretando la vieja bocina de goma.

¡Tuut, tuuut!

El bocinazo parecía  inyectar  gasolina de alto octanaje en los conductos del  motor. El Chevrolet rugía y agarraba  una bajada; la velocidad subía   peligrosamernte. Veintiuno, veintidós, veinticuatro, hasta llegar a la escalofriante velocidad de veinticinco kilómetros por hora.

Por desgracia, todo lo que baja tiene que subir alguna vez. Poco más allá,  el camino comenzaba a empinarse por  una  colina y aunque los niños  sólo podían conjeturarlo, el glorioso  Chevrolet,  que ya era viejo cuando don Dámaso lo comprara de quinta mano, cambiaba el rugido en tos e invertía las cifras.

Veinte kilómetros, diecinueve, diecisiete, quince.

La  colina, totalmente carente de consideración,  parecía decidida a convertirse en cerro.

Once kilómetros por hora.

Soplando, resoplando,  burlándose de todo, el Chevrolet sacaba fuerzas de flaqueza y remontaba la colina. El motor  humeaba con entusiasmo y el radiador parecía  haberse convertido en una tetera, echando  vapor  por sus cuatro costados.

Pero allí, delante del capó despintado, se desplegaba una larga recta totalmente plana.

Don Dámaso, de puro contento, se puso a cantar, desafinando con entusiasmo:

-¡De la  Sierra Morena, cielito lindo viene bajando…!

El Chevrolet, eufórico,  bramaba sus treinta kilómetros por hora.

-¡…un par de ojitos negros, cielito lindo, de contrabando…!

Se acercaba el mediodía. Todos los estómagos comenzaban a ponerse nostálgicos.  Lamentablemente, un pequeño error de  planificación en la Operación Ti-Rex, había  hecho que:

Continuación del Plan Secreto

8- La comida debe esconderse  en otro sector de la carrocería para que no se contamine.

¡Esto era terrible, la comida estaba escondida entre los ejes del Chevrolet, no había cómo llegar a ella sin detener el vehículo!

-¡Ayayayay….canta y no llores…!

Mientras más ayayeaba don Dámaso, más hambre tenían los pobres niños. Era un hecho que  el chófer no estaba colaborando, sus alaridos agudizaban el sufrimiento de los niños.

La cosa estaba peluda: peligrosamente, la comida de los chanchos comenzaba a olerles menos mal  que antes a nuestros jóvenes aventureros. Los amigos tenían que pellizcarse para no seguir sintiendo deseos de atacar el tambor más próximo.

Nacho estaba seguro que los berridos de don Dámaso terminarían por trastornarlos; el efecto traumático  que ejercían en sus cerebros era superior a su resistencia.  ¿Por cuánto tiempo  más podrían nuestros héroes resistir esta situación?

Ahora don Dámaso, más entusiasmado que nunca,  las emprendía con la siguiente estrofa:

-¡ Ese lunar que tienes, cielito lindo, junto a la boca…!

¿Cómo, más todavía?  La crueldad de Don Dámaso no parecía tener límites.  Mientras  peor se sentían los niños, más fuerte parecía berrea… perdón, cantar.  Tranquilicémonos,  la heroica gesta de  Nacho y Fernando no acabaría  convirtiéndose en tragedia. Los niños lo ignoraban, pero Don Dámaso, hombre de rutinas,  siempre entonaba estas estrofas cuando  se aproximaba a la quebrada de Malpaso. El aroma de  los chiqueros, acarreado por el ventarrón de la tarde, era su inspiración.

-…no se lo des a nadie, cielito lindo, que a mí me toca…

Ahora, el Chevrolet  rugía como tigre cuesta abajo y los niños  comenzaban también a percibir el aroma.  El tufo de la carga era nada en comparación.  Don Dámaso, por su parte,  parecía  haber recargado baterías ahora que las siluetas de una casa y algunos corrales  estaban ya a la vista.

-¡Ayayayay…!

Alertados por  los alaridos del camionero, tres enormes perros  aparecieron haciéndole coro  por el camino.  Las baterías del Chevrolet se sacudían frenéticas,  como si fuera a desarmarse en mil pedazos. Don Dámaso avanzó unos últimos metros por la quebrada  y apretó los frenos.

Con un suspiro de alivio, el camión se estacionó delante de  una choza  tan  estropajosa como él y el motor, ipso facto, se detuvo como si ya no pudiera más.

La portezuela se abrió con un quejido. Los perros ladraban, saltaban y husmeaban por aquí y por allá,  percibiendo los huevos duros y los sandwiches de mortadela ocultos entre los ejes.  Nacho cruzó los dedos. ¡Si llegaban a descubrir la comida, toda la Operación estaba al borde del fracaso!

Afortunadamente, el olor de la carga  despistaba a cualquiera y los perros de Don Dámaso distaban mucho de lo que se considera un sabueso.  Por la misma razón, a los pobres caninos les  resultaba casi imposible detectar a dos niños que,  siguiendo las buenas costumbres de la época, hacía apenas un  mes no más que  habían tomado su último baño.

¡Más puntos del Plan Secreto, esto es Eterno!

9-Recuperar implementos y  emprender camino a las Presencias Tutelares.

Casi hecho.

En cuanto don Dámaso se bajó, los perros olvidaron el sutil aroma de la mortadela y partieron tras él. Nacho y Fernando tenían  el terreno despejado; doloridos, entumecidos y semi asfixiados, los niños bajaron del camión, rescataron las bolsas con comida y salieron de estampida  envueltos en una tenue  nube de olor a bazofia.

El décimo paso de la Operación Ti-Rex había comenzado:

Penúltimo y final (¡Qué alivio!)

10- Salir en  busca de los dinosaurios.

Y claro, aunque no venía al caso, Fernando se acordó al tiro del undécimo:

11- Y de las granjas de avestruces.

O.K!!!!

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