Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘ronoceronte’

En los albores de América,   los primeros ejemplares de Oso  apenas comenzaban a desperdigarse en la zona andina. No eran tan grandes ni tan majestuosos como sus primos del hemisferio norte, pero ya se  mostraban como animales listos y  veloces y se sentían muy orgullosos de su pelaje,  oscuro como una noche en la Puna.

Como el oso es un animal solitario,  son las madres quiénes se encargan por sí solas de criar a la nueva generación. El  oso de los Andes no es una variedad  numerosa por lo que mucho sufrían las hembras, madres muy cariñosas y protectoras, cada vez que perdían  un cachorro. Siempre estaban pendientes del puma, el águila y las serpientes, pero los que más les dolía, era que el peor enemigo de sus  cachorros  era, por  lo general, otro macho de la misma especie, incapaz de aceptar  la existencia de  crías que él no había engendrado. Da un poco  para pensar el hecho de que  la violencia contra  las hembras y sus cachorros sea habitual entre tantas especies que pueblan la Tierra, incluída, para nuestra vergüenza, aquella tan soberbia a la que pertenecemos,  pero ese hecho nos hace compartir el dolor de las madres osas como si fuera nuestro.

Ocurría, como  os contaba, que  muchas crías  morían en su primera infancia y las osas, desesperadas, fueron trepando los Andes en busca de refugio para sus camadas sin pensar que donde quiera que fuesen, allí las seguirían los machos empujados por La Naturaleza, de manera que  el hecho se seguía repitiendo inevitablemente.

Sucedió  que un día,  una camada de tres oseznos  jugueteaba en el bosque mientras la madre  buscaba alimento para su sustento. Se trataba de tres ositos muy listos y alegres, que  jugaban con tantas ganas que no alcanzaron a darse cuenta a tiempo de la  aparición de un macho cruel y desagradable, que se les echó encima rugiendo  de furia,  decidido a acabar con sus vidas.

El primero de los oseznos, que se sentía responsable de sus hermanitos, vio  con desesperación que la muerte les caía encima y, recordando que poseía cuatro patas bien rematadas en fuertes garras, corrió hacia el árbol más próximo gritando a sus hermanos que lo siguieran. En cosa de segundos, los oseznos estaban trepados en las ramas más altas, perdido el aliento y con el corazoncito  batiendo aterrorizado en el pecho.

Más terror  experimentaron al ver que el macho malvado comenzaba a trepar tras ellos, pero el peso de la enorme bestia no le permitió  seguir, se dio por vencido, y se marchó refunfuñando.  Al rato, y ya tranquilizados, los oseznos pensaron en bajar de su refugio, pero como temían que el oso regresara, permanecieron allí y se pusieron a  mirar a su alrededor.

Descubrieron entonces la magnífica belleza de los Andes: las altas cumbres nevadas, los hilillos de plata que bajaban a alimentar los cursos de agua y  los cóndores que planeaban  en el aire helado de la mañana. 

-Un día –dijo el más listo-, alguien inventará una manera de volar como los cóndores tan sólo por el placer de ver la tierra desde allí arriba.

-Tú estás loco –intervino uno de sus hermanos-, está escrito que los que carecemos de alas nunca podremos volar.

-Alguien puede cambiar lo que está escrito -reflexionó el osezno-, así como tres simples cachorros como nosotros hemos descubierto que podíamos salvar la vida trepando hasta aquí.

–Pero si  hubiéramos volado –acotó el tercer osito-, el viento nos habría cerrado los ojos y chocaríamos con los árboles o nos estrellaríamos con las montañas.

-Cuando  llegue el día que  aquel que no tiene alas vuele –prometió el listillo-, usará unos lindos anteojos  para proteger sus ojos y nada de eso sucederá.  Yo se bien lo que se debe hacer.

Y tomando un poco de resina, se dibujó un par de gafas sobre la piel y subido en la copa del árbol,  soñó que era un aviador capaz de llegar hasta el cielo y más allá.

Apenas regresó la madre, los oseznos le contaron lo sucedido y juntos celebraron la inteligente maniobra que los había puesto a  salvo.  Pronto, todos los osos de los Andes conocían la historia y las más felices eran las madres, que ya no sufrían tanto la muerte de sus  crías.  Además, ahora que todos los oseznos soñaban con ser aviadores y se entretenían jugando en las ramas más altas,   las madres vieron que sus  hijos se habían pintado gafas y como  las encontraron muy bonitas, se las pintaron también.

Menos contentos estaban los machos, pero la razón era tan vergonzosa que no tuvieron más remedio que guardarla  en secreto.  Se  consolaron pensando que podían pintarse anteojos y  verse tan bien como las hembras y sus crías.

La Naturaleza, que de todas maneras no es tan cruel como la pintan, encontró  que todo el asunto era muy divertido y en los Planes de Evolución correspondientes a los osos, escribió a escondidas un breve acápite  concediéndoles  unos bellos  anteojos de pelo blanco en forma definitiva. Desde entonces, y para envidia de todos los demás osos del planeta,  al Oso de los Andes se le conoce  como el Oso de Anteojos.

Y  los oseznos, cuando juegan al avión  encaramados en las copas de los árboles, se sienten muy orgullosos de haber  sido los causantes de todo.

Anuncios

Read Full Post »