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Posts Tagged ‘rinocerontes’

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Por Alida Mayne-Nicholls

La agente Marla se había enfrentado a casos muy difíciles desde que se había graduado de investigadora. Ese evento le había cambiado la vida, como ella siempre había querido. Ahora se encontraba a pocos días de celebrar su primer aniversario como agente, pero estaba tan ocupada con un nuevo caso que no había tenido tiempo siquiera de pensar en cómo iba a conmemorarlo.

“Ya habrá tiempo de pensar en aniversarios”, se había dicho a sí misma durante algunas mañanas, con tanto convencimiento que prácticamente lo había olvidado. Su madre, que seguía siendo una gallina ponedora de gran renombre en la granja, había realizado esfuerzos infructuosos por conseguir la atención de Marla. Y no necesitaba mucho: un listado de sus amigos y la confirmación del día y hora de la fiesta. Ella se encargaría de todo lo demás, desde las decoraciones a la comida. Pero cada vez que trataba de hablar con Marla, ella andaba recorriendo la granja con su lupa, o revisando pistas en el microscopio, o metiendo en bolsitas de plástico las evidencias que encontraba.

Ni siquiera cuando Marla atrapó al ladrón de los guisantes las cosas cambiaron. Estaba demasiado ocupada en revisar por tercera vez la evidencia, para que en el juicio no se cometiera ningún error que pudiera dejar libre al ladrón.

Cuando terminó el juicio –en el cual hubo una inapelable sentencia de “culpable”-, la agente Marla tampoco se dio el tiempo de atender los llamados cluecos de su madre. Ya el mayor Tricho le había hecho llegar una nueva asignación. El caso se veía complicado, de hecho, le parecía que podía tratarse de varios misterios condensados en uno solo, debido a que había habido robos de las más diversas especies, algunos tomados de la mismísima despensa de la casa grande: harina, aceite, papeles de colores, frutillas… Y la lista seguía ampliándose con el correr ¡de las horas!

La agente Marla comprendió rápidamente que no podía perder tiempo en esta asignación, porque el ladrón –aunque posiblemente se trataba de toda una pandilla- actuaba a cualquier hora del día. En algunas ocasiones se denunciaban robos apenas minutos después de que la agente Marla hubiera abandonado la escena del crimen. No podía entender cómo un grupo tan sigiloso de seres la estaba sacando de sus casillas, a ella, que siempre se dejaba guiar por su intelecto.

El principal inconveniente era que el o los ladrones eran muy cuidadosos. La mayor parte de las veces no conseguía ninguna pista, nada, ni siquiera la huella parcial de una pata de gallo. Al principio le había sorprendido la sagacidad de los ladrones, luego la sorpresa se había convertido en desazón. Había llegado a tal extremo su pesar, que temía que no podría resolver el caso. ¿Y qué pasaría entonces con su reputación? Después de todo, la agente Marla tenía un registro impecable y en su hoja de vida sólo había reconocimientos y felicitaciones. No podía manchar eso con un “caso no resuelto”.

Tenía ya una gran colección de robos relacionados con el caso y tan poca evidencia, que pensó que lo apropiado sería no seguir dejando sus propias patas marcadas en el suelo de tanto andar, y encerrarse en su cuarto a pensar. Si el ladrón era tan inteligente, entonces necesitaría pensar con más claridad que nunca para descubrirlo. Aunque no tenía muchas pistas, tal vez podría llegar a pensar como él y si lo pillaba con las manos en la masa, eso contaría para cualquier jurado.

La agente Marla cerró con llave su cuarto y se sentó en un pequeño taburete, mirando hacia la pared. Era como si su madre la hubiera castigado, pero lo cierto es que no quería interrupción ni distracción alguna. Se apoyó en sus rodillitas y se puso a pensar, pensar y pensar. Su mente no se detuvo y, de pronto, se dio cuenta. Se llegó a caer de espaldas de la impresión, dejando que algunas de sus plumitas se desprendieran y volaran por los aires. Muy compuesta se levantó, arregló su plumaje y abrió la puerta.

Claro que había una pista. En todas las escenas del crimen había visto lo mismo. No le había dado importancia, no lo había relacionado con el ladrón, porque la marca aparecía antes del robo. ¡Los lugares que iban a ser asaltados eran marcados antes! Y ella había visto esa marca aparecer en un nuevo lugar. Si se apuraba llegaría antes que los ladrones hubieran partido y los esposaría en el acto.

Se acercó hasta el gallinero, y notó más movimiento del que ya tenía un gallinero lleno de gallinas ponedoras. Pensó que los ladrones ya estaban adentro, así que corrió, derribó la puerta y ¡los sorprendió en el acto! O más bien, la sorprendieron a ella en el acto. Porque al echar abajo la puerta, se dio cuenta de que no había ladrones, sino una fiesta para celebrar su primer año como agente. Su madre lo había planeado todo con el mayor Tricho, sabiendo que lo único que podría llamar la atención de Marla era un caso de difícil resolución. Así que la agente Marla olvidó el caso –“aunque de todas maneras lo resolví”, pensaba ella- y se dedicó a celebrar con sus amigos.

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La ciudad dormita la siesta bajo un velo de polvo; encaramado en un árbol, Daniel se lleva la mano a la frente y espía  la huerta vecina. No hay moros en la costa. El niño se escurre por las ramas del árbol  y, antes de dejarse caer del otro lado de la muralla,  para la oreja, tratando de asegurarse de que también los perros duermen. Las tres de la tarde; en la propiedad de don Nacho Bautista las vacas espantan mosquitos con su cola perezosa y el cerdo que se ceba para las navidades ronca desenfadadamente en la pocilga. En silencio, Daniel se deja caer y se mete en la huerta agazapado, escondiéndose detrás de los troncos de los mangos y los guayabos.

Como el  niño lo imaginaba, los mangos están maduros. Daniel corta los mejores frutos y los apretuja en sus bolsillos  hasta que ya no pueden más, entonces desabotona la camisa y los acomoda allí, entre el faldón y la pretina del pantalón corto;  las ramas del árbol han dibujado en sus piernas delgadas el mapa del universo. El último mango es tan grande y perfumado que el niño no puede resistirse y arranca un trozo de piel para chupar la carne dorada y jugosa.

-¡Daniel, que vienen, se despertó el perro!

El niño deja caer la fruta, vuela más que corre hacia la muralla y arroja del otro lado la caña mientras se cuelga del cordel que han lanzado sus compañeros. El temor imprime con fuerza en sus oídos el ladrido de los perros que se acercan y el portazo que ha dado el dueño de la huerta al salir medio dormido a averiguar qué está pasando.

-¡Apúrate, tonto, que ya están aquí!

Un último empeño y sus manos se agarran del borde de la muralla en el instante mismo que  los dos  perrazos asoman corriendo y ladrando como energúmenos. Casi sin aliento, Daniel se monta sobre la muralla y se burla de los guardianes. Justo a tiempo decide dejarse caer del otro lado, pues apenas ha desparecido su cabeza rizada asoma a pocos metros la cara congestionada y furiosa del propietario. Batiendo un palo de escoba, el hombre  llega hasta la muralla  con la lengua afuera.

-Ya verán lo que les pasará  si llego a pescarlos; del pellejo les voy a sacar los mangos.- Vocifera indignado por la fruta  robada y la siesta interrumpida.

Pero ya los niños están lejos, Don Nacho  puede patalear todo lo que quiera, ríe Daniel  mientras reparte los mangos entre sus amigos. Diez minutos después, cuando los perros del vecino llegan al lugar, los niños han desaparecido y sólo quedan en su lugar algunas pieles de mango y un viejo tarro oxidado.

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116521611_00f2d8507cDesde los primeros tiempos de su existencia, los hipocampos  mostraron una veta romántica que no los abandonaría jamás.

Al comienzo, ese romanticismo se traducía en una serie interminable de amoríos. Los  machos de la especie eran unos  rompecorazones e iban por  los mares de Dios enamorando  a sus pequeñas congéneres  como si el mundo se fuera a acabar al día siguiente. Las chicas sufrían en silencio  su vocación de Casanovas y criaban a sus pequeñuelos sin una queja…pero solas.  Valientemente, ellas salían adelante, pero las crías resultaban cada día más rebeldes y no pocas veces, tomaban el mal camino causándoles muchos sufrimientos a sus madres.

Pero un día cualquiera, en el comienzo de los tiempos,  un hipocampo más romántico que lo usual, se enamoró locamente de una bella hembrita de colita coquetona.  Tanta era su pasión, que  la persiguió por los siete mares rogándole que le concediera su colita; ella, que había visto los sufrimientos  de su madre, estaba decidida a seguir soltera y se le escurría entre las algas, rechazaba los deliciosos copépodos que el apasionado galán le regalaba y  finalmente, cansada de tanta persecusión, le escribió una  fría carta:

“Cansada de  esconderme, estimado señor hipocampo, le informo que he decidido permanecer soltera para evitarme los dolores de un corazón destrozado por otro amante fugaz. No insista.”

Apenas leídas estas gélidas letras, nuestro héroe rompió en llanto.  ¡Justo a él, que amaba sin límites, le tocaba en suerte esta  caballita de mar tan  orgullosa y tan  decidida a evitarse sufrimientos!

Pasaban  los días y la bella  de esta historia recibía toda clase de tristes recados: “Está tan delgado,  parece que quisiera morirse de hambre”, decía un amigo, “Ay, pero si parece alma en pena”, comentaba otro.

-Ya se le pasará –decía la causante de tanto dolor- , apenas conozca a otra, se olvidará de mí.

Pero  el tiempo pasaba y la tan esperada hipocampo que habría de reemplazarla en el corazón del dolido caballito de mar, no apareció. Peor aún,  nuestro hipocampo,   loco de amor, decidió entregarse en brazos de la muerte y, escribiendo una bella carta de adiós  en un pétalo de anémona marina, se despidió de su amada y partió al encuentro de unos  pescadores chinos, enemigos mortales de los hipocampos que tienen en peligro su población  con su grosera insistencia de envasarlos como medicamento exótico.

Por fortuna, el mensajero, sabedor de sus intenciones, galopó por las aguas y entregó rápidamente el mensaje. La bella hipocampo, desesperada y con su corazón conmovido por la tenacidad de su amante,  partió a salvarlo.

-¡Detente –le gritó cuando ya estaba a punto de ser atrapado-, si tú estás dispuesto a morir por mi amor,  yo no puedo menos que vivir para el tuyo!

Dichoso, y sin pensarlo mucho, él le juró amor eterno, y  fidelidad absoluta y  como no le pareció suficiente, se comprometió a compartir los dolores de la paternidad haciéndose cargo de la incubación de sus futuros  hijos.

Al día siguiente, en romántica ceremonia, prometieron ante Neptuno que se amarían  hasta el último día de sus vidas.

Y, como ya les dije, los hipocampos  tenían  vocación romántica. Apenas su historia se conoció,  todos querían imitarlos.  Los romances de un día  comenzaron a ser de mal tono y en poco tiempo la monogamia era la única  regla aceptable para ellos.  Además, ahora que los machos se encargaban de la incubación de las crías, consideraron que una esposa era más que suficiente para ellos.

Tan bellas historias de amor se dieron  entre los hipocampos que el Creador y la Naturaleza solían ponerlos como ejemplo en sus  mensajes y manuales, y ellos,  orgullosos, añadieron una nueva condición a sus  amores: cada vez que un hipocampo perdiera su pareja, el otro moriría de amor.

Por eso, cuando estés nadando y te topes con uno, no cometas el error de  capturarlo o llevarás dos muertes en tu conciencia, una,  la del hipocampo que te llevaste y otra, la del que se murió de amor.

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Querido lector, esta es la sorpresa que te teníamos para el viernes: Por qué las hienas ríen sin motivo. Muchas teorías se han esbozado al respecto, pero si tú querías saber la verdad,  sólo  tienes una oportunidad. Y está en nuestras páginas.

Nos vemos.

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3081691679_315ef9425dLa verdad de este caso  se encuentra  tan atrás en el tiempo que ya casi ha quedado en el olvido y, si no fuera por  el íntimo deseo de los pingüinos de  sacarla de allí, no podríamos relatárosla.

Lo cierto es que los pingüinos  fueron  figuras importantísimas de la Corte de los Hielos,  y durante  milenios,  fieles y amados servidores de Su Majestad,  el Oso Polar.   En sus  siempre elegantes personitas descansaban todos los secretos de la diplomacia y el protocolo. Más aún,  ostentaban estas aves los principales cargos  de la Corte: Pingüinos eran el Chambelán, los  más importantes  Caballeros  de la Mesa Nevada, el Médico Real y  los Consejeros de Su Majestad. Nada sucedía en el Palacio de los Hielos  si no pasaba por las  alas de estas  ceremoniosas aves que no pueden volar y, como si fuera poco, los pingüinos  tenían fama de estar siempre vestidos para la ocasión.

Lamentablemente, los  pingüinos  fueron adquiriendo tanta importancia  que terminaron por creerse indispensables. Para  ejecutar la más mínima tarea tardaban horas acicalándose y luego se hacían  de rogar  para cualquier cosa en que se requiriese de ellos. Poco a poco   fueron obligando a los súbditos del Oso Polar a  entregarles  regalos por llevar a cabo lo que era su deber. Todo tenía su precio: un trámite, un pez, un título, un cardumen.  Como era de suponer, tantos regalos terminaron por corromperlos, nada les bastaba, y tuvieron la peregrina ocurrencia de que la Corte de los Hielos    debía cobrar impuestos a  todos los  habitantes del Ártico  para  demostrar su poder.

Su Majestad, cansado de tantas cacerías, lo consideró  muy razonable, e inmediatamente lo promulgó como ley.  Era digno de admiración  asomarse a ver las largas filas de zorros,  renos, focas, liebres árticas, morsas  y leones marinos,  que llegaban  arrastrando  grandes peces plateados que, de tan frescos,  todavía  boqueaban.

Si los pingüinos no hubieran  sido, además de elegantes,  tan presuntuosos,  es probable que hubieran puesto un poco de atención a los  gruñidos y silbidos de los siervos de Su Majestad. Nadie estaba contento. Nunca antes los  animales del Ártico habían trabajado tanto para comer tan poco, y les irritaba sobremanera ver a la pingüinada, gorda y  satisfecha, que  se paseaba de punta en blanco por los salones,  instándoles a darse prisa para no  interrumpir la siesta de Su Majestad.

Tan enojados estaban los animales que fueron a reunirse a la orilla del mar y debatieron largamente la situación. Ninguno de ellos quería malquistarse con el Oso Polar,  cuyo poderío y fortaleza eran más que legendarias, pero soportar a los pingúinos estaba más allá de toda consideración: debían ser defenestrados.

-Déjenmelos a mí –dijo repentinamente el narval sacudiéndose   el agua  bajo el escuálido sol boreal-; yo hablaré con el rey.  Los pingüinos no son malas  aves, debemos hacerlos entrar en razón.

Y se fue  a pedir audiencia  a toda prisa.

Apenas reclamó su derecho a ser recibido por Su Majestad,  Narval fue informado de que  el trámite le costaría  cinco peces de buen tamaño.  Sus  protestas indignadas no dieron resultados y  no le quedó más remedio que salir de pesca y regresar con lo solicitado.

–                      ¿Soborno? Estúpidos pingüinos, con este gesto  han llegado demasiado lejos– se dijo el narval.

 Ya en  presencia del Oso Polar,  Narval  expuso  claramente  la larga lista de quejas  que los animales del Ártico habían preparado con esmero.  Sin embargo, la respuesta de Su Majestad fue decepcionante:

-Los pingüinos no han hecho más que actuar en mi nombre –rugió fieramente el Oso Polar. Ya su chambelán le había advertido  que  lo mejor para mantener la paz en el reino, era manifestar claramente su poder.

Narval se quedó de una pieza. ¿Qué  hacer si Su Majestad  apoyaba a los pinguinos? Eso era algo que no se les había pasado por la cabeza. Repentinamente, una idea cruzó su mente.

-Decidme, Su Alteza –preguntó en un hilo de voz: ¿Existe un registro de todo lo que se cobra en impuestos y gabelas?

-¡Por supuesto,  insolente narval! –se apresuró a intervenir  el pingüino Chambelán.

-Si es así, no tendrás  reparos  a que le sea mostrado a Su Majestad –dijo  Narval. Estaba tan nervioso que su  colmillo temblaba.

– No creo que sea necesa…-empezó a decir  uno de los caballeros de la Mesa Nevada.

-¡Mostradlo de inmediato! –rugió el Oso Polar, recordando que los pingüinos, como súbditos que eran,  también debían ser incluídos en el grupo de los Posibles Revoltosos que Deben ser Mantenidos a Distancia.

– Su Majestad el Oso Polar revisó el registro y llegó a la conclusión de que todo estaba en orden, pero  Narval insistió:

-¿Constan allí los cinco peces que pagué por esta audiencia, mi Señor?

-¿Audiencia, pagaste por la audiencia? –rugió el Oso Polar, tan enojado esta vez que las paredes de hielo se fracturaron en  numerosos sitios.

Los pingüinos fueron llevados a juicio y se les condenó a pagar  una compensación a Su Majestad por cada pez indebidamente cobrado; bien sabido es que  hasta el día de hoy pagan su deuda. Perdieron  absolutamente todos sus privilegios y una triste mañana de invierno fueron expulsados de la Corte de los Hielos para  nunca más  regresar. Narval fue nombrado nuevo Chambelán y su primera medida en el cargo fue terminar con el pago de impuestos.  Desde entonces,  los animales del Ártico le tienen en la más alta estima. 

Para entonces, el Oso Polar  se encontraba  hibernando, de manera que no fue sino hasta la siguiente primavera que se enteró de que, si quería alimentarse, no le quedaría más remedio que salir de caza diariamente.

Los pingüinos, desolados, se habían repartido por las costas de todo el planeta, y vivían recordando sus pasadas glorias.  Nunca más volvieron por sus fueros, pero, para no olvidar,   conservaron sus tenidas de etiqueta y les encanta pasearse  solemnemente por las playas barridas por el viento norte. Los demás  animales suelen considerarlos unos  lateros.

Nota:

El pingüino es  la única ave no voladora adaptada al buceo con sus alas. Su capacidad de retener la mayor parte del calor de su cuerpo les permite vivir en las zonas más frías del planeta. Existen actualmente  alrededor de diecinueve variedades de pingüinos

El narval es un cetáceo odontoceto  perteneciente a la misma familia de las ballenas beluga. Se caracterizan por su largo colmillo en forma de sacacorchos que puede llegar a los dos metros de longitud. El colmillo del narval  fue usado para  probar  la existencia del unicornio.

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Queridos lectores,  continuamos en la búsqueda de la historia secreta de los animales. Todos aquellos secretos inconfesables  que siempre quisieron conocer irán apareciendo en estas páginas. Ya hemos hurgado en la intimidad de osos pandas, rinocerontes, cormoranes, pangolines, cirrípedos, ñandúes,  demonios de Tasmania,  suricates.  Ha llegado el momento de entrar al mundo de los pingüinos. Este viernes,  están invitados a  saber la verdad. 

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Los koalas son un bello animal,  de apariencia tierna y simpática. Uno siempre los ve posando  (tienen que posar, nadie puede ser tan bello  sin intención)  sobre las ramas de los eucaliptus o aferrado a su tronco. ¿Habrán sido siempre así, por qué lo hacen?

Entérate mañana.

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