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Posts Tagged ‘rinoceronte’

El ciervo ratón almizclero acuático (¡Uf!) vivía su vida en paz y armonía. Amaba las riberas de los ríos que riegan su territorio, se escondía previsor de los predadores que lo amenazan y se reproducía un poco como aquellos a quién se parece, los roedores,  por lo tanto, su población se mantenía estable. Sólo una cosa lo molestaba: la condenada insistencia de los hombres en llamarlo ciervo ratón. ¿Vamos, es que no lo habían visto? ¡Si era cosa de mirarlo, de ver sus lindas pezuñas, su escueto rabo, su bello lomo, su hociquillo vegetariano y rumiante! ¡Cualquiera podía darse cuenta de que era un ciervo! ¿Cómo decían, colmillos? Si, cierto que le asomaban esos feos colmillos de roedor, pero si no fuera por ellos habría sido muy difícil escarbar por raíces, uno tiene que arreglárselas en esta vida.

Era cosa sabida entre  los ciervos almizcleros acuáticos –a quien podríamos llamar por su versión en inglés, chevrotain, para simplificar las cosas- que había un primo de América, el pudú. En las  oscuras noches que los predadores rondaban sus refugios, se solía hablar de la buena elección domiciliaria del primo. Bastó una decisión audaz para que ahora tuviese una estupenda selva lluviosa casi para él sólo. Un poco fuera de circuito, cierto, pero sin leones, sin leopardos, sin hienas, sin víboras ni otros vecinos desagradables de aquellos que insisten en incluirlo a uno en el menú. ¡Qué buena habría sido la vida del chevrotain si hubiera escogido Sudamérica en vez del África Negra! Es casi seguro que podrían pasear tranquilamente a la orilla del río en vez de andar a salto de mata, escondiéndose hasta de su propia sombra, aprendiendo a nadar en todos los estilos conocidos y por conocer para arrancar de esos vecinos tan voraces que no le daban tregua. Una pena no poder comunicarse con el primo de América, contarle al pudú que el chevrotain, el ciervo más pequeño del mundo, vivía valientemente en el territorio más peligroso de África sin que le temblara una patita y mucho menos el bigote. Ni hablar de que le castañetearan los colmillos…¡habría sido terriblemente incómodo!

Así pasaron los tiempos mientras el chevrotain, superadas las dificultades de los tiempos primigenios, se afianzaba en los ríos del continente negro, conversando en las horas flojas de la canícula sobre lo lindo que sería conocer al primo de América. Sin duda, el pudú quedaría sorprendido al constatar  la bravura de un  cérvido más pequeño aún que él mismo.

Repitiéndose a sí mismo lo maravilloso que era,  había pasado el día que las páginas de  un viejo periódico resbalaron hasta la orilla del agua. El primer chevrotain en verlo corrió de inmediato a contarle a su familia que acababa de ver una foto en la prensa,  nada menos que del primo de América. Un rápido galope dejó a la manada devorando las palabras del artículo en cuestión:

…”el pudú que habita en la selva valdiviana…” –esas eran las buenas noticias, el primo no se había cambiado de casa-…” se encuentra ahora en peligro de extinción en su hábitat natural…-y esas eran las malas, pasaban por los mismos problemas- …”  es el ciervo más pequeño del mundo…”

Bastó con leer esas líneas para que  todos los chevrotains montaran en cólera. ¡Qué farsante, cómo se atrevía el pudú a apoderarse de un título duramente ganado por el chevrotain! Además, como si fuera poco, no tenía colmillos y ostentaba un par de cuernitos bellísimos…qué injusticia, cómo podía El Creador haber hecho al primo de América más parecido a un ciervo que el chevrotaine, era el último y peor de los agravios.

Una comisión especial revisó toda la información posible para llegar a la conclusión    de que el pudú era aproximadamente veinte centímetros  más chico y un par de kilos más liviano que el chevrotaine. Era, efectivamente, el ciervo más pequeño del mundo. Al chevrotain le costó mucho tiempo asomar otra vez el  hociquillo fuera de su refugio. Si hasta le parecía que se reían de él. ¡Seguramente todos habían leído el diario antes de que ellos lo  devoraran hasta la última letra para acabar con la evidencia, y eso que sabía bastante mal.

Últimamente se ha sabido de algunos chevrotains que hacen rigurosa dieta para pesar menos que sus primos americanos, pero todavía no ha habido ninguno que logre medir menos y no pasa un día sin que tan triste noticia les atormente su pequeño corazón de ciervos almizcleros de agua.

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Previo a  que el Hombre lo llamase como mejor se le antojó, el  Panda Rojo carecía de nombre y  vivía feliz en sus tierras del Asia. China, Bhutan,  Nepal y otros países le habían visto trepados a sus árboles por tanto tiempo que le conocían perfectamente y aunque no tuvieran la  posibilidad de compararlo con  mapaches, mofetas y otros mustélidos tampoco habían tenido la visita de zoólogos europeos que lo catalogasen erróneamente.  El Hombre que compartía su territorio, sin rebuscamientos, le había llamado por el sonido de su ladrido, Wha, y  luego le había rebautizado como Panda; posteriormente, al conocer de la existencia de un Panda de mayor envergadura y más visibles atractivos, curiosos zoólogos europeos le habían agregado el deprimente calificativo de Menor.

El Panda Rojo –o Menor-  sabe que son muchos los animales mal clasificados y, conocedor como es de la lentitud de la burocracia ha dejado de esperar la respuesta a la Solicitud de  Correcta Definición Taxonómica que elevó  ante La Naturaleza hace  casi 200 años. Durante largo tiempo  mantuvo indignada correspondencia con un francés de nombre Cuvier,  causante involuntario del estropicio, sin jamás recibir una respuesta de su parte.

Panda Menor  continuaba viviendo en absoluta  felicidad allá en sus montañas nevadas cuando, por una lamentable casualidad, sus ojos se posaron en las hojas amarillentas de un periódico  que el viento había arrastrado  hasta  su domicilio. Panda Menor creyó ver impreso un rostro conocido y se escurrió de su madriguera para comprobar sus sospechas.

Y claro, allí estaba, en cuatro columnas y a todo color,  el Panda Gigante, aquel vecino suyo tan lento y poco sociable que se ahbía apoderado de su nombre.  La fotografía  lo favorecía, pensó. Panda Gigante  era un vecino muy atractivo y a Panda Menor le habría encantado tener su tamaño, pero claro, el mundo debía saber que era muy difícil que ello ocurriese: Panda gigante era un úrsido y él, Panda Menor, un mustélido, era imposible que tuvieran en común algo más que el nombre mal catalogado por ese odioso Cuvier.  

Excitado por la novedad de que el Hombre se interesase tanto en un animal y esperando con ansias noticias de su  propia especie, Panda Menor  se dedicó a perseguir  las revistas y periódicos  abandonados por el Hombre, quería a toda costa disfrutar sus quince minutos de fama. A  poco andar, y luego de infinitas lecturas sobre Panda Gigante, comprendió que necesitaba desesperadamente leer un reportaje sobre sí mismo.

Pero la nota sobre Panda Menor y sus hermanos no aparecía nunca  y en su lugar, Panda Menor debió conformarse  con leer, una y otra vez, toda clase de noticias sobre  Panda Gigante. Incluso se enteró, con  profunda decepción, de que  sus vecinos tenían  también gran  cantidad de páginas  en Internet y que se había creado un programa con el sólo propósito de sacarlos de la lista de especies en peligro de extinción. Como si esto fuera poco, Panda Gigante era protagonista de todo tipo de  cuentos y películas para cine y televisión y su perezosa figura –algo entrada en kilos, juzgaba él- ocupaba  kilómetros de espacio en las jugueterías de la tierra.

A estas alturas, Panda menor tenía su autoestima por los suelos. ¿Cómo era posible que nadie recordase su existencia? Tanto tiempo viviendo en la proximidad del Hombre  lo había puesto en la categoría de especie vulnerable, pero nadie se afanaba en crear un centro especial para  control de su especie. ¿Es que nadie se interesaba en fabricar peluches de vivo color rojo y decorativa cola listada? ¿Se vería obligado a teñir su pelo y usar un parche en el ojo para  satisfacer  el sueño de una portada en papel couché?

Panda Menor se encuentra resignado a vivir a la sombra de su famoso tocayo, pero se niega a aceptar que lleve el nombre de Panda Gigante. Por largo tiempo ha litigado ante la justicia  con el  propósito de  arrebatarle legalmente dicho apelativo, pero no ha conseguido evidencias que prueben sus asertos.  No le queda más que continuar viviendo en el anonimato  a la espera de aquel periódico genial que lo presentará al mundo   con todo el rimbombo que su especie merece: a cuatro columnas y con fotografías a todo color.

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  Mucho, mucho tiempo atrás, los primeros cazadores que habitaron las tierras nórdicas descubrieron en el Reno un animal, además de bello,  inteligente, sociable y fácil de domesticar. Dejaron pues de cazarlo y  conservaron algunos de los ejemplares que cazaban  con vida para, de esa manera, formar una manada que les proporcionase carne, leche y animales de tiro al mismo tiempo. Hasta el día de hoy, por ejemplo, los lapones  cuidan sus  rebaños.

 Al principio, los renos estaban desesperados, ellos se sentían nacidos para correr por las estepas, para escarbar su alimentos bajo la nieve con las patas o ramonear los brotes  frescos de los arbustos, no para ser ordeñados y carneados cuando al pastor le viniera en gana, sin embargo, ya eran prisioneros y no les quedó más remedio que adaptarse a su nueva vida. Los más fuertes y valientes huyeron y observaban la situación desde los bosques sin poder hacer nada.

– Si los ayudamos, el Hombre nos arrebatará  la libertad – dijeron-, y  correr  sobre la tierra es lo que más amamos.

Y los renos domésticos se conformaron pensando:

– Cuando las tormentas azoten la tierra y las agujas de hielo  cierren los ojos de los renos montaraces, nosotros estaremos abrigados y  felices comiendo el forraje que nos da el Hombre.

De esa manera,  retomaron sus vidas separadas hasta el día de hoy.

El Hombre hacía trabajar mucho a sus renos, pero apenas se cansaban se tendían en la nieve y no había nadie que los hiciera levantarse hasta el día siguiente. El Hombre se daba por vencido y los  encerraba en el corral  para que descansaran y se alimentaran. Los hombres, por otra parte,  comían, tocaban música, bebían y se sentaban en un corro en torno al fuego. Allí pasaban toda la noche y parecían muy entretenidos.

Un día, curioso, Reno se acercó a observarlos. Los hombres tenían  algo que llamaban Juego. Cada uno de ellos ponía un poco de plata sobre la tierra y mientras algunos se iban quedando con los montoncitos de plata entre risotadas, otros  debían irse muy tristes y con las manos vacías.

– ¿Qué es lo que hace el hombre? –le preguntó el Reno al Lobo.

– Sea lo que sea que el Hombre haga, te aseguro, Reno, que no será bueno para nosotros –respondió el Lobo.

Y se fue corriendo a aullar en el borde de los riscos cubiertos de nieve.

El Reno continuaba intrigado de manera que buscó a la Liebre para preguntarle:

– ¿Qué crees tú, Liebre, que entretiene tanto al Hombre?

– Si del Hombre se trata, no quiero saberlo –contestó la Liebre y corrió a esconderse en su madriguera.

El Reno no daba más de curiosidad, apenas el Hombre  formó el círculo alrededor del fuego, invitó a sus hermanos y se pudieron a observarlo.

– ¿Qué hacen ustedes a nuestras espaldas, Reno? –demandó el hombre con desconfianza.

– Queremos saber qué cosa hacen que les da tanto gusto –respondieron los Renos.

– ¿Eso era todo? Tan  sólo jugamos la plata que hemos ganado con nuestro trabajo –dijo el Hombre- ¿Quieren participar?

– Pero  los Renos no  ganamos plata con nuestro trabajo –dijeron los Renos.

– No importa –concedió el Hombre-,  pueden apostar horas de trabajo. Si ganan, serán menos, si pierden, serán más.

Así, los Renos ingresaron al círculo. Bebían agua y comían pasto en grandes cantidades, pero no se dieron cuenta de que cada día iban perdiendo más horas de su descanso en manos de sus amos. Llegó el momento en que caían reventados de cansancio y entonces se negaron a seguir jugando.

– Si no juegan, páguennos –dijeron los pastores.

– No podemos ponernos de pie –se quejaron los Renos.

– Entonces, que trabajen las hembras y las crías y si no lo hacen, serán nuestra comida –amenazaron los Hombres.

Tanta fue la desesperación de los Renos, que en la noche de navidad Santa Claus, que andaba por allí repartiendo los regalos de Navidad, sintió sus gemidos y vino a conocer la causa de tanto dolor. Santa Claus los escuchó con atención, a  veces meneaba la cabeza como si  estuviera disgustado y otras abría mucho los ojos, como si no pudiera creer lo que oía.

– El Hombre, una vez más, se ha pasado de la raya, pero no teman, yo solucionaré todo.

Y se fue donde los Hombres  muy enojado.

– Lo qué hacéis a los Renos es una crueldad y me indigna –espetó-, pero tanto como conozco al Hombre, se que no le daréis la libertad, de manera que yo pagaré sus deudas de juego, todas ellas, para que el Hombre no pueda robarles sus horas de descanso.

Y el hombre, que había visto  con sus ojos que los Renos no podían durar mucho más trabajando de esa manera, aceptó, se metió la plata en el bolsillo y se fue muy contento.

Santa Claus volvió donde los renos.

– He gastado hasta la última onza de plata de mi bolsa –explicó Santa Claus- de modo que no podré  pagar a los duendes que me ayudan a repartir los regalos. ¡Este será un año muy triste para los niños que se quedarán  sin sus  regalos de Navidad!

Pero entonces, los Renos montaraces salieron del bosque y fueron  hacia él:

– Los niños no pueden perder sus regalos por culpa de los padres, Santa, trae tu trineo y nosotros tiraremos de él.

– Pero ya no tengo plata para pagarles – se lamentó Santa Claus.

– ¿Pagarnos? Tú has salvado las vidas de nuestros hermanos domésticos. Hasta el fin de los tiempos, los Renos tiraremos de tu trineo en señal de gratitud.

Emocionado, Santa Claus unció los renos al carro, les espolvoreó con polvo de estrellas y restalló su látigo en el aire. Antes de darse cuenta de lo que sucedía, los Renos iban volando  sobre las copas de los árboles y aunque tiraron del trineo toda la larga noche, no supieron lo que era el cansancio.

Y así sucede que, cada año, los Renos montaraces postulan para formar parte del tiro de Santa Claus y cuando van volando con su pesada carga no sienten  ni el peso de la carga  ni el paso del tiempo y se sienten orgullosos de su noble tarea  asumida por gratitud. 

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Los lémures ocupan el territorio de Madagascar desde mucho antes de que esta  gran isla quedara separada del continente africano, mucho antes de que el territorio llevase ese nombre e incluso  mucho antes de que el Hombre  caminara por sus  costas.

Era entonces conocida como una criatura tímida, tanto que era muy difícil encontrarse con uno de ellos. Los lémures  vivían muy bien escondidos en  el follaje de los enormes baobabs que crecen en sus selvas y, tal como le sucede hoy  al Aye-Aye, el lémur fantasma, tenían terror de ser sorprendidos por un extraño.

Un día, un Lémur, aburrido de tanta monotonía,  tuvo una idea novedosa y fue  saltando a compartirla con los demás.

-¿Por qué no celebramos nuestro día de nacimiento? –lanzó.

-¿Celebrar? ¿Qué es eso? –preguntaron  los demás miembros de la manada.

Entonces, Lémur explicó que, dado el hecho de que cada uno de ellos había nacido en un día diferente, podrían celebrarlo para que sus vidas fueran más activas. Lémur había meditado  mucho sobre ello y había llegado a la conclusión de que  dichas fiestas, además de  proporcionarles unas horas felices, podían y debían ser llamadas Cumpleaños.

-Qué ridículo –dijeron las lémures mayores -, qué idea más tonta, todos sabrían cuantos años tenemos.

-Incluso podríamos hacernos regalos –acotó Lémur.

Y las lémures más jóvenes estuvieron encantadas con la idea. Hasta escribieron una lista de opciones en una hoja de baobab, pero entonces, los lémures mayores cortaron por lo sano.  

-Qué derroche más tonto – expresaron. Es la idea más peregrina que hayamos escuchado jamás.

Pero las crías de lémur, que ya contaban con los regalitos que recibirían una vez al año, largaron el llanto.

-¡A nosotros nos encantaría tener regalos de cumpleaños! – se quejaban amargamente.

Y tantos días y tantas noches lloraron los pequeños lémures, que sus madres  comenzaron a ver las cosas de manera muy diferente.

-¡Celebrar los cumpleaños de los pequeños es una excelente idea, organicémoslos ahora mismo! – decidieron.

Apenas los pequeñuelos las escucharon comenzaron a saltar de gusto. ¡Sí tendrían cumpleaños!

-¿Y qué hay de los regalitos’ –deslizaron como por casualidad.

Las madres lémures estaban a punto de decir  no, cuando  unos pucheros  comenzaron a dibujarse en los hociquillos de sus hijos.

-¡Por supuesto que tendremos regalos de cumpleaños! –prometieron.

Viendo la exitosa lucha dada por los lémures pequeños, los más crecidos también hicieron  su propia escena dramática consiguiendo fiestas de cumpleaños y, finalmente, para que los mayores no quedaran como los únicos perdedores, el Consejo de  Lémures Sabios y Ancianos tomó una decisión final: todos los cumpleaños serían celebrados, cualquiera fuese la edad del festejado

Comenzó así una  larga serie de fiestas. Los lémures se peinaban muy bien,  se cepillaban el pelo para que quedase brillante, se maquillaban los anillos de la cola  para que lucieran mejor y compartían deliciosos bocaditos; pero eso no bastó para que sus cumpleaños fueran un éxito. Los lémures comprendieron que eran  invitados aburridos y lo peor era que se habían convertido en el comidillo de toda la jungla.

-¿Has visto los cumpleaños de los lémures? –comentaban los demás animales- ¡Nada puede ser más latoso!

Era algo terrible, y además, era cierto. Tan tímidos eran los lémures que nadie bailaba, nadie reía, nadie jugaba en las fiestas de cumpleaños.  Tan sólo se sentaban muy serios y abrían sus regalos con  cara de circunstancias; sus fiestas eran un fracaso.

Hasta que un día, otro  Lémur tomó una  seria decisión:

-No quiero más  fiesta de cumpleaños, es una pérdida de tiempo.

¡Cómo lloraban  los pequeñuelos!  A los pocos días, la familia lemúrida estaba ahogada en tantas lágrimas que la sal de ellas había puesto mustia la vegetación. Las madres se vieron obligadas a  reanudar los cumpleaños infantiles.

La vegatación recuperó su verdor, pero a los baobabs les estaba ocurriendo algo muy extraño, estaban muy diferentes, sus ramas se habían cubierto de botones que parecían a punto de estallar. Los lémures no daban más de curiosidad  y se paseaban todo el día por las altísimas copas de los baobabs  en espera de que eso tan extraño  se mostrase finalmente.

Y un amanecer, cuando los demás lémures dormían profundamente, el Lémur Madrugador abrió los ojos y quedó con la boca abierta. ¡Los baobabs estaban  cubiertos de flores  de magnífica belleza y delicioso aroma!

-¡Despierten, despierten! –llamó.

 Y todos los lémures despertaron para descubrir que ahora los baobabs  florecían con grandes  manojos de bellas flores. El perfume del néctar los tenía vueltos locos de lo delicioso que era, hasta que  uno de ellos mojó su dedito peludo en  el néctar de la flor, se lo chupó y dijo:

-¡Es exquisito, pruébenlo!

Y los lémures todos, cualquiera fuese su sexo, edad o especie, probaron…y volvieron  a probar y siguieron  probando hasta que todos estuvieron absolutamente  embriagados por el delicioso néctar de las flores.

Y por supuesto, perdieron todo atisbo de timidez y armaron una fiesta de padre y señor mío haciendo  toda clase de locuras. Toda la jungla quería ser invitada y se moría de envidia viéndolos festejar, pero  no podían. Los baobabs eran demasiado altos y sólo los lémures podían trepar hasta las flores a beber el apreciado licor.

Con el tiempo, los demás animales se conformaron y olvidaron el asunto, aunque es cierto que cuando los lémures festejan  sus Fiestas Floridas tirando la casa por la ventana y embriagándose como locos, no pueden dejar de mirarlos con envidia y  decir:

-¡Ya están esos pesados  de fiesta otra vez!    

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2778316030_4a6c9ba594Apenas instalados en las llanuras de África, los avestruces exhibieron claras  señales de dimorfirsmo sexual:  los avestruces machos, de lujoso plumaje negro ribeteado de blanco en las colas,  se  mostraron también como excelentes padres. Pasaban  todo el día pendientes de los huevos y apenas    los polluelos salían de ellos, los machos corrían de aquí para allá, preocupados de que ninguno se extraviase y de vigilar  la zona para impedir que los chiquitines se convirtieran en la cena de algún predador de gran tamaño.

Las hembras, cuyo plumaje era gris y carecía de las  elegantes plumas de la cola, eran muy diferentes. Era fácil pensar que habían tenido suficiente con la postura de los huevos; eran madres  indolentes, más preocupadas por su embellecimiento personal y la conquista de machos guapos que por el bienestar de sus pequeñuelos. Sin  embargo, insistían en  mantener una imagen de madres solícitas y no dejaban que los padres  participaran de la crianza.

A causa de este descuido, era muy común que las crías sufrieran caídas o  se expusieran a situaciones peligrosas y  ahí si que las avestruces hembras ponían el grito en el cielo para  lograr que los  desesperados padres solucionaran el problema.

Así, saltando de crisis en desastre, los padres no tenían un momento de tranquilidad.  Ya casi no se alimentaban, apenas si tenían tiempo para  descansar  antes de que el grito desesperado de una madre  interrumpiera su sueño  pidiendo que alguien, por favor, rescatara a su  chiquitín. Tanta era la presión, que  sufrían  ataques de pánico y ahogos que no sabían cómo superar.

Tratando de dar un corte a la situación, los avestruces machos  enviaron una solicitud a las Oficinas Centrales de la Naturaleza, que, en resumen, decía lo siguiente:

“…solicitamos a La Naturaleza que resuelva  acerca del comportamiento indolente de las madres avestruces,  aplique las sanciones correspondientes y exija firmemente que se  comporten como madres responsables.”

La  respuesta no tardó en llegar, pero fue tan decepcionante que, cuando fue leída, algunos avestruces derramaron lágrimas mientras otros sufrían  principios de desmayo:

“Considerando los principios básicos de no intervención y las leyes irrevocables de la evolución,  La Naturaleza ha decidido  que el conflicto entre los avestruces debe ser resuelto  de mutuo acuerdo entre las partes y les propone, para ello, participar en el  curso –taller  “Evolución, una nueva mirada…”

Los avestruces machos dejaron de leer y se  miraron desconsolados. ¿Qué podían hacer? Todo favorecía a las madres avestruces y los grandes perjudicados resultaban ser los  polluelos

Asistieron al curso y fueron estudiando con ahínco  los nuevos principios de la evolución, que se preparaban  para ser descubiertos por un tal Darwin dentro de varios millones de años. A las avestruces madres ni  se les vio por allí, pero ellos aprobaron con distinciones.

Poco tiempo después,  al primer grito de socorro  por un polluelo perdido, las  madres avestruces  fueron sorprendidas al ver que los machos que venían en su rescate estaban acompañados por un oficial de La Naturaleza.

-¿Qué hace este oficial aquí? – Preguntaron.

-Ha venido a ser testigo de vuestro comportamiento irresponsable con nuestros hijos – expresaron con firmeza los avestruces padres.

-¡Sois unos acusetes! – gritaron las hembras.

Y los machos respondieron a coro:

– ¡Sólo somos  admiradores de las teorías de la evolución, que quieren pasar de la palabra a la acción!

Y el oficial, desenrollando un gran  rollo de papel, leyó:

-Se faculta a los avestruces padres a ser los encargados de la crianza de los polluelos y se despoja de la tutela a las madres por su desidia e irresponsabilidad con las nuevas generaciones de la especie…

Y siguió leyendo tanto rato que las avestruces  hembras se aburrieron y se fueron a peinar mirándose  en las aguas del estanque más próximo.  La tardanza dio tiempo para que pensaran en que se habían librado de una buena tarea  y, felicísimas, se fueron a  conquistar nuevos galanes.

Sólo para molestar, interpusieron un recurso que pedía se les restituyera la custodia de los polluelos en caso de que los padres  omitieran una sola causal de la resolución de La Naturaleza.

Los padres estaban felices. Cada uno de ellos se  hizo cargo de una gran parvada y  adquirieron la costumbre de pasearse  con ella por la llanura. Todavía se les puede ver haciéndolo.

Pero, por si acaso, siempre están revisando todos los rincones para ver si un polluelo se ha quedado atrás y cuando alguno desaparece por un breve lapso de tiempo, sufren sus conocidos ataque de pánico, y para solucionarlo, esconden la cabeza en el agujero más cercano y respiran allí hasta que se recuperan del sofocón.

 

Nota: efectivamente, los avestruces machos se encargan del cuidado de los polluelos y suelen estar a cargo de una gran cantidad de ellos.

El dimorfismo sexual son las diferentes características que entre machos y hembras muestran las especies,por ejemplo, tamaño, color, canto, etc..

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Estimado lector, mañana  nos internaremos en  los secretos de la vida del Cheetah, ese bello  felino que habita la sabana africana y sabremos Por qué los cheetah corren como el viento.  No te pierdas este nuevo capítulo

de  La vida secreta de la fauna salvaje   y pronto, muy pronto, hurgaremos en las intimidades de los pudúes.

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