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Posts Tagged ‘revolución industrial’

Hoy, dice la abuela, vamos a dejar que Mignon nos de su opinión sobre lo que ha vivido. Algo me estuvo diciendo anoche.

Los niños no quieren creerle a la abuela, pero son demasiado educados para decírselo. ¿Cómo es eso de que la abuela habla con su broche de ámbar? Debe ser otro invento de la abuela, algo imposible…

 

 Nunca me cansaré de agradecer que la vida en la Tierra haya ido cambiando. Ya eran demasiadas las cosas que me tenían fatigada: los medios de transporte, tan primitivos, los caminos de tierra, la falta de luz eléctrica y agua potable, las dificultades para encender el fuego, la servidumbre, la esclavitud, etcétera, etcétera. Zzummm, zzummm.

¿Qué me gusta de ahora? Casi todo, menos la moda. Damas y caballeros cada día se visten peor. ¡Han perdido del todo el buen gusto que los caracterizó por milenios! Honradamente, mis favoritos fueron los griegos, esa gente tenía una clase…me encantaban esos peplos que daban tanta gracia al caminar de las mujeres. Ah, y también sus peinados. No  sé si les conté que estuve un tiempo en manos de una Vestal encantadora…

Los romanos, algo brutos para mi gusto; tenían un talento innato para todo; eran grandes arquitectos y mejores ingenieros, artistas, poetas,   ¡pero qué manía aquella de   andar conquistando y guerreando todo el tiempo!  Revolvieron tanto el gallinero europeo que cuando a los bárbaros les dio por convertirse en la primera horda de turistas que venían a tomar el sol ni siquiera fueron capaces de enfrentarlos. Otro imperio perdido.

La Edad Media ni la nombro, yo viví la Peste Negra, la Inquisición, la quema de brujas, el feudalismo y todo eso. No  volvería a hacerlo ni aunque me pagaran.

El Renacimiento, eso es otra cosa, gente encantadora la de esos años. Un poco alocada, por supuesto, pero esa era casi su mayor gracia, no hay nada más aburrido que la gente seria. Además, pintaban tan bien, eran tan buenos músicos, tan audaces navegantes. Repito: me encantan. Zzummm, zzummm.

            El Siglo de las Luces, lo confieso, no me pareció nada tan luminoso como lo ven los historiadores. Zzummm, zzummm. Yo estuve allí, contando cabezas al pie de la guillotina. ¡Y así hay algunos capaces de decir que las avispas somos malas porque picamos!      

La Revolución Industrial puso las cosas bastante más entretenidas. Hubo explotación, es cierto, en eso no se diferenciaban mucho del mundo de ayer y  hoy, pero me encantaba ver tanto hombre creativo. En un dos por tres inventaban la locomotora, el submarino o el globo aerostático. Las mujeres también se volvieron sumamente activas, les dio por encadenarse en lugares públicos, por querer votar, por mostrar el tobillo, por  hacer de todo. Mejoraron  increíblemente su papel en la sociedad. Ah, en todo caso, por mucho que pasen los años siguen siendo iguales en una cosa: ¡todas se mueren por mí!

            Yo continué, zzummm, zzummm,  haciendo mi rol de viajera eterna con la elegancia que todos admiran. Pasé por un par de  señoronas aburridas, me empeñaron, no tuvieron dinero para recuperarme, me pusieron otra vez a la venta y me llevaron a dónde el diablo perdió la peluca. Ni siquiera me quejé, lo estaba pasando mucho mejor que en aquellos  años que estuve en manos de Juan Lima (a esa la llamaría mi época negra, pocas veces me he aburrido a tal extremo)

 

En las postrimerías del siglo diecinueve continuaba viviendo como siempre lo había hecho, un poco por rutina, otro poco porque no me quedaba otra. Seguía  siendo la misma avispa inmadura que quedara atrapada en la resina de aquel árbol que la rabia me impedía olvidar, pero ocurrió algo muy extraño:  casi sin que me diera cuenta, llegué un día a la conclusión de que me encantaba la inmortalidad.

¡Me encanta, es cierto! No hay día que no abra mis ocelos para disfrutar una nueva historia emocionante. Lo  he visto todo: las pirámides, la caída del Imperio Romano, las conquistas, las colonizaciones, las guerras y los armisticios, el románico, el gótico, el barroco, la Sagrada Familia y los horribles rascacielos en que les gusta enjaularse a los hombres de hoy. A veces me río hasta que me saltan lágrimas de las ingenuidades de algunos hombres que se creen predestinados a la inmortalidad…¡si supieran de cuántos de ellos no se  tiene hoy día la menor idea de que existieron! No me cabe duda de que en mil años más algunos presuntuosos de hoy no serán ni siquiera un mal recuerdo.

 

Cuando eso pasó, cuando empecé a tomarle el gusto al asunto, tomé la decisión de dejar un testimonio de mi paso por la Tierra. Buscaré un “negro”, me dije, y me puse en campaña para conseguir este biógrafo que pudiera poner mis aventuras en palabras. ¡No sabía en lo que me estaba metiendo, porque si no habría desechado inmediatamente el proyecto! Casi un siglo me tomó dar con uno que tuviera, por lo menos,  la percepción necesaria para comunicarse conmigo. Y eso no sería nada; si vamos a este paso, contarle todo lo que he visto me tomará casi tanto tiempo como el             que me  tomó vivirlo…

Hay que tener paciencia con los cuentistas, yo no le digo ni por casualidad lo que pienso de su persona…se arriesga uno a que escriban lo que se les viene en gana, y, a mi edad (es un decir, claro, me veo tan estupenda como el día que estiré mis alas por primera vez), ya no estoy para eso.

En todo caso, nos estamos adelantando a los acontecimientos, porque ese día que pasé de la casa de empeños a las manos de don Adalberto Montoya yo estaba lejos de imaginarme las locas situaciones que su mujer y su nieta me harían vivir.Cuando la abuela deja  el resto de la historia para la noche siguiente se arma un pequeño alboroto. Todos quieren saber qué ocurrirá con la hija y la nieta de ese señor, cómo era que se llamaba,  un nombre tan raro: Adalberto. A cualquiera que llame a su hijo de esa manera debieran darle un buen escarmiento. 

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