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Posts Tagged ‘relatos’

libros

 Leí mi primera Jane Eyre entre los 9 o 10 años y a partir de ese momento  la releí innumerables veces, sin embargo, recién ahora, más de medio siglo después, leo, al fin, la versión completa,  libre de los desperejilamientos a los que  someten los libros algunos editores canallescos. Qué maravilla este alegato sobre la pasión y el amor. Qué generosa Charlotte Brönte mostrándonos además las dificultades de la vida en su época y esa visión tan femenina y feminista a la vez.

Cuando era niña la gente era muy inteligente, en vez de chatarra plástica, regalaba libros, así fui formando mi pequeña biblioteca personal: Salgari, Verne, May Alcott, Karl May, Ruskin, la colección completa de Las travesuras de Naricita, de Monteiro Lobato y siempre allí, presente, el Tesoro de la Juventud. En ese tiempo teníamos en Chile una excelente educación pública, de la cual me reconozco agradecida deudora. Usábamos libros de Lectura como El niño chileno, Los episodios Nacionales. Todavía guardo en mi memoria los poemas que aparecían en ellos. “ Ten un poco de amor para las cosas” , decía Villaespesa, “este era un rey que tenía un rebaño de elefantes” , continuaba Darío. Por las mañanas, mi padre nos sacaba del sueño recitando a voz en cuello “qué linda y fresca la mañanita, me agarra el aire por la nariz…” Darío otra vez.  En la puerta de su casa estaba la niña negra y “ ciudadanos, quién nos une en este instante, quién nos llama? Víctor Dgo. Silva, quién otro.

Continuos traslados de residencia en solitario, vale decir, sin mi familia, me hicieron ir perdiendo una y otra vez mis escasas pertenencias, pero yo tenía una excelente memoria donde mucho de ello quedó refugiado.

El día llegó en que no fue suficiente seguir leyendo, no, la lectura invita a entablar un diálogo con aquellos que tan generosamente nos regalan el producto de su pensamiento. Tomó tiempo, lo reconozco, pero Saramago empezó más tarde aún.

¡Qué puedo decirles? Lean, lean, lean. No podemos pasar por la vida perdiendo ese tesoro inagotable. Allí está la literatura británica completa, una colección de joyas: Dickens, Wilde, Waugh,  Austen, Christie, Barnes, McEwan,  todo Philip Pullman, Jk Rawlins, Susannah Clarke, Tolkien, Lewis. No hay dónde perderse.

Gogol, Chejov,  Dostoyesky, Dumas, Hesse;  me faltaría espacio para recordar  lo que no se pueden perder, y conste que el tiempo vuela. Lean clásicos, son más baratos y no hay dónde perderse. Sólo desconfíen de la prensa, cuando se lee, hay que hacerlo entre líneas, buscando el mensaje subliminal.  Por  mi vida lectora ha pasado de todo, incluso cosas que me prohibieron en su momento sin que  nunca haya  sufrido daño o menoscabo por eso, no hay mejor juez que uno mismo. Yo jamás les prohibí nada a mis 4 hijos, pero puse libros a su alcance.

 Lean de todo: historietas, revistas, novelas, poesía, historia. Homero es una larga sucesión de hechos gloriosos para los antiguos griegos, pero ¡qué prosa arrolladora, cómo envidio esa fuerza vital, esas magníficas construcciones de palabras!

En cuanto a la partitura, eso, del Hombre, es lo que más me hace creer en la existencia de un soplo divino. Si bien fue uno de esos monos desnudo el que empezó haciendo un tam tam en un tronco caído, el que sopló en una caña hueca, lo cierto es que Vivaldi, Haendel, Debussy, Saint Säens, Chopin, Brhams, Beethoven y todos ellos  me hacen pensar seriamente en que la música es lo más parecido a un regalo de Dios. En Chile  todavía sobrevive Radio Beethoven, 96.5 FM. Aprovéchenla,  y también está en internet. Lamento no haber aprendido a tocar un instrumento, cualquiera que no se soplara, no soy persona de soplidos. Mi instrumento era la voz, pero el asma acabó prematuramente con mi registro de soprano. De sólo pensar que hay tanta buena música que no alcanzaré a conocer tengo una sensación de pérdida irreparable.

Mi marido, lector por demás agudo, ha dedicado sus últimos años pre retiro a comprar libros, que en Chile son muy caros y no creo que sea sólo por el IVA. Se acumulan por todas partes, haciendo torrecitas por aquí y por allá, cada vez que acomodo uno dejo otro dando vueltas por allí. Se prepara para cuando la pensión no permita esos lujos de la misma manera que algunos tontos gastan su dinero en construirse  un búnker antiatómico. ¡Quién querría sobrevivir en un mundo arrasado por las bombas! Mejor leer y escuchar buena música. De cualquier tipo, folklore, selecta, progresiva. De todo, pero bueno, en estos asuntos hay que ser algo menos tolerante de lo que estamos siendo.

Unos días atrás tomábamos el té en compañía de nuestras hijas y mi nieto. Tony había estado canturreando “cucú le llamó, cucú le llamó” durante la tarde. Tuve, de pronto, una idea: cantémosle a Tony el Cucú a cuatro voces. Listos, comenzamos. Tony me escuchó empezar, luego se unió su mamá, Alida, sorprendiéndolo;  siguieron Miranda y Allegra, mi marido, Anthony. Sonaba magnífico, pero de pronto a Tony le brillaron los ojos y escondió la cabeza en el pecho de su tía. La emoción había sido demasiada.

Lo dije: la música es lo más cercano a Dios que muestra el Hombre. Y no confundir con la música que se canta en nuestras parroquias, no, please.

Por último, tanto amo los libros que mis hijas menores llevan, lo han visto, nombres relacionados con Shakespeare y Byron. Al haber cometido el error de cargarle mi nombre a la mayor no me quedó más remedio que construir posteriormente ese lazo. Oscura y sudaca, yo también soy literatura.

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La furia del capitán Tiuquemante no tiene parangón.  Se arranca las plumas de la fiera cabeza, arrastra por el piso del cuartel las afiladas  estrellas de sus espuelas, sus ojos acerados despiden destellos volcánicos. El capitán quisiera arrancar de su vista la odiosa realidad: Justo a través de la ventana humean tristemente las cuatro ramas que han quedado paradas  en lo que hasta ayer fuese su magnífico arsenal.

-¡A ese espía de pacotilla lo quiero en pedacitos aquí mismo, en mi oficina! -Chilla.

Y   al  ordenanza Tiuquemales le tiritan hasta los plumones de la panza. “¡Ojalá los reclutas hayan dejado todo impecable!”, piensa. Desea fervientemente que las cartucheras estén lustradas, las ametralladoras bien untadas de grasa, las granadas en orden, si es que quedaron algunas. Que el cuartel mantenga una mínima apariencia de normalidad para que al temible capitán se le pasen los monos.

Para su desconsuelo, Tiuquemante le recuerda furibundo sus sentimientos:

-¡Tiuquemales, tráigame inmediatamente a ese cretino de Palomérez, ahora mismo le quito las jinetas de cabo!

-Nenenenegativo, señor, el cabo Papapalomérez no ha sido habido, tetetenemos la sospecha de que se ha unido aaa aaa los rebeldes, mi cacacapitán.

-¡Traición! Ya lo sabía yo, ese  palomo buchón no tenía agallas para una operación de esta envergadura. ¡Judas, desertor para rematar! ¿Y el inútil de Gorriontínez?

-Tatatampoco ha sido habido, mi capitán, pero al informante de la Brigada le pareció divisarlo en el grupo que celebraba la voladura del arsenal.

-¡Esto es intolerable, vergonzoso, la gran Brigada Tiuque burlada por unos insignificantes  pajarillos de pacotilla, por unos gorriones muertos de hambre! ¡Cómo se reirá de nosotros ese pusilánime de Zorzalo López!

Así de fuerte le dolía la humillación al capitán. Verse rebajado a esos niveles, humillado por  avecillas de jardín. Seguramente, los huesos de su abuelo, el coronel Tiuquemante, ardían de furia en la tumba.

-Quiero ver inmediatamente al informante, es el colmo que James Swallow, el famoso agente 00Bird, haya  trabajado para esos poca cosa, quiero saber cómo lo han conseguido.

 

En todo caso, las cosas le quedaron más claras cuando, poco tiempo después,  escuchó al informante:

– Parece que el agente 00Bird se llama Petrucciani por parte de madre, mi capitán.  Por lo menos eso le ha contado Golondrisa a todas las pájaras que quieren un autógrafo de su primo, que son casi todas.

-¡Ya sabía yo que esa mercachifle tenía que andar  metida en ésto, mejor que se ande con cuidado, no la vaya a pillar  volando bajo! -Y luego ordenó- ¡Tiuquemales, prepare la Brigada para un nuevo ataque!

-Popopodría haber un proproblema, mi capitán…

-¡Ningún problema, he dado una orden y la quiero ver cumplida!

-Pepero mi capitán, paparece que las malas noticias han corrido por toda Terrandina, mi temor es que podrían llegar a oídos del Presidente  Condorñir. Yo creo, qu-quiero decir, si no sería mejor esperar, mi cacapitán. Usted sabe que cuando Su Excelencia, ddddon Lautaro,  pierde la paciencia, es cosa seria…además, paparece que doña Mari Loica Huenumán es prima segunda de  su mama-madre.

-Hmmm, hmmm,  no había pensado en eso.  Buena información, Tiuquemales, si no estuviera tan enojado lo ascendía ahora mismo. Pero todavía puede ganarse los galones de teniente: tráigame a Zorzalo López y al agente 00Bird. ¡Los quiero aquí  a las cinco de la tarde!

-Pepe-pero mi capitán, si ya son las seis.

-¡Cómo se le ocurre, ordenanza, ya está atrasado en una hora!

Tiuquemales salió corriendo con la cola entre las patas y  un tremendo tiritón de plumas en la columna vertebral y como era  a la vez ordenanza, ordenado y trasmisor de órdenes exigió inmediatamente al clarín que reuniera la tropa.

¡Titirirí, tirirí, titirí!

¡A sus puestos, alarma! La Brigada Tiuque estuvo firme en menos que canta un gallo, presta para la orden emitida por el capitán:

-¡Arresten inmediatamente a Zorzalo López y al actorcillo ése, el agente 00Bird.

La  Brigada se dispersó al punto y varios  piquetes partieron a cumplir lo mandado. Todos sorprendidos. ¿Cómo era eso de que el famoso actor James Swallow  se encontraba en Terrandina y había que arrestarlo?  Apenas dos meses atrás el Capitán Tiuquemante había encabezado, vestido de gala,  la  premiere de su última película.  ¿Acaso se habría negado  00Bird a visitarlo, o, en el peor de los casos…tendría el famoso agente  algo que ver con la explosión del arsenal?

 

Diez minutos apenas le tomó al piquete del cabo Tiúquez encontrar a Zorzalo López, que estaba pescando lombrices para preparar charqui. Fueron  tan sigilosos que el arresto pasó inadvertido,  pero como el agente 00Bird brillaba por su ausencia, el cabo Tiúquez tuvo la brillante idea de detener a  otros sospechosos para  que el capitán pudiera apreciar  sus esfuerzos  y  los primeros que encontró cerca fueron  Leotordo Trillo y doña Mari Loica Huenumán, quien,  por estar dándose un baño de arena, se había sacado su inconfundible  pechera roja y se veía muy parecida  a la señora Diucamingo.

¡Arresten a estos sospechosos!

Leotordo quiso preguntar de qué era sospechoso, pero el cabo le arreó  un aletazo por la cabeza que lo dejó medio turulato. Mari Loica se llevó al   pechito las puntas de las alas y casi se desmaya.

-¡Mis polluelos -pió- qué va a ser de mis polluelos!

El cabo Tiúquez, conmovido, ordenó que los dejaran en casa de  familiares.

-¡Que sea en casa de mi prima  Condoressa,  con la que somos tan unidas! -rogó Mari Loica.

Y a continuación les entregó la dirección del palacio presidencial.

El cabo Tiúquez, que necesitaba a sus soldados más experimentados para dar caza a 00Bird,   envió a los polluelos montados en la espalda de los dos reclutas más inútiles del cuartel.

Y sólo porque Dios es grande, Voladón y Volandero lograron dar con la dirección que buscaban.

-¡Tremenda casa que tiene la prima de doña Mari Loica! -Dijo Voladón.

-¿Sabes una cosa, Voladón? Me parece conocida, yo la he visto en alguna parte. -Dijo Volandero.

Pero como no pudo recordar dónde,  tocó la puerta y dejó a los niños en la oficina de la Guardia Presidencial.

 

Entretanto, Zorzalo estaba desesperado. ¡Cómo habían dejado que James Swallow se marchara tan pronto! Ahora estaban en manos del cruel capitán Tiuquemante, nada podría salvarlos.

Pero   este héroe de la vida diaria ignoraba  que James Swallow había volado hasta la costa  para luego regresar escondido,  cuidadosamente disimulado por su plumaje-camuflado-para-operaciones-aéreas-especiales.  00Bird esperaba el curso de los acontecimientos refugiado entre las frondosas ramas de un jacarandá cuando la Brigada Tiuque se llevó a los tres amigos, aterrorizados por  los pistolones  de los  reclutas.

Así pues, en cuanto  el ordenanza se puso en vuelo  con sus prisioneros,  el agente 00Bird siguió  a la Brigada Tiuque hasta que llegaron a las puertas del Cuartel General. Allí, mientras Tiuquemales partía alegremente a recibir sus jinetas de teniente, James Swallow (Petrucciani por parte de madre), agente secreto con licencia para volar,  abrió el cierre de  su traje camuflado apareciendo debajo de éste su elegante frac de cola bifurcada.

– Algo parecido ocurrió en “El mirlo del ala de oro” -pensó 00Bird mientras se sacudía el polvo de su elegante chaqueta- y fue muy fácil de resolver.

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Lamentablemente, por mucho que madrugara Palomingo resultaba evidente que Zorzalo  se  levantaba antes. A Palomingo no le quedaba más remedio que posarse en la copa del acacio  para  espiar a su adorada en silencio. Zorzalo López, por su parte, no dejó de advertir las extrañas evoluciones de Palomingo  y de inmediato se abocó a organizar un plan de emergencia  para que las tropas enemigas no los pillasen de sorpresa.

¿Qué se traerían entre alas los esbirros de Tiuquemante?  Los pájaros del barrio estrujaron sus cabecitas tratando de responder esta y otras incógnitas. ¿Cuál sería el próximo movimiento de la Brigada Tiuque? ¿Estarían pensando atacar la despensa del nido de cuatro habitaciones de don Zorzalo? ¿Se atreverían a tanto?

-Yo estoy seguro de que planean tomarse el nido para hacer su cuartel general.- Dijo  Juanito Chincólez.

El corazón de Zorzalo cayó al suelo y se quedó allí sumido en la más profunda amargura.

Leotordo,  siempre más lógico, rechazó de plano esa afirmación.

-¿Y dónde iban a caber, si me quiere usted responder, Chincólez? Los más pequeños son los Gorriontínez, pero no los llevan ni de apunte, no ve que no le han dado jinetas a ningún gorrión…todavía.

El corazón de Zorzalo, que comenzaba a recuperarse con sus palabras,  volvió a caer asediado por esos puntos suspensivos.

-Basta -intervino Golondrisa-, aquí no se trata de estar especulando. Necesitamos información seria, creíble y responsable, y puesto que carecemos de un servicio de inteligencia, propongo que  contratemos los servicios de mi primo, el famoso  agente 00Bird. Él ha trabajado largo tiempo  al servicio de la Reina  Isabel de Alondraterra y, por pura casualidad, se encuentra pasando sus vacaciones cerca de aquí.

¡Qué bueno era contar con amigas como Golondrisa! Sus palabras distendieron el fúnebre ánimo de los presentes. Zorzalina estaba emocionada, James Swallow (Petrucciani por parte de madre) había protagonizado hacía algún tiempo grandes  éxitos de la pantalla,  convirtiéndose de inmediato en el galán alado  número uno del cine mundial. Ella  misma había visto su  película favorita, “Sólo se vuela dos veces”,   por lo menos en tres ocasiones.

-¡Tienes que presentármelo, chiquilla! -demandó.

Golondrisa accedió y, ni corta ni perezosa, le ofreció dos cajas de chocolate Hanstord con diez por ciento de descuento sobre las alzas provocadas por la escasez. Zorzalina no tardó en aceptar,  con la alada imagen de James Swallow todavía fulgurando en su cerebrito de zorzal.

Zorzalo, muy sentido,   preguntó qué tan efectivo podría ser un agente secreto que ha protagonizado por lo menos ocho largometrajes.

-Seguro que ya está medio desplumado -esgrimió finalmente-, él ya era famoso cuando yo  todavía estaba en el huevo.

Indignadas por este comentario, las damas se negaron a dirigirle la palabra por los próximos diez minutos. Por fortuna, el tiempo volaba. En pocos minutos más aparecería  el enemigo,  de manera  que el castigo no tuvo oportunidad de aplicarse.

Para poner coto   a las extrañas idas y venidas de Palomingo, en cuanto éste partió para integrarse a su regimiento se solicitó la presencia del agente secreto vía bird-mail.

Se hacía tarde, en pocos minutos más la Brigada Tiuque reanudaría las acciones bélicas. Martín Escolibrí estaba aterrado porque   había sabido que los atacantes  disponían de bombas de gas  fabricadas con las plantas más desagradables y nauseabundas de las que se tuviera memoria. Mari Loica estuvo segura de que ellos eran perfectamente capaces de usarlas.

-No tienen dios ni ley. – argumentó lapidaria.

Leotordo, indignado por la cobardía de los atacantes, dio un último paseo  con el cogotito estirado y el pico apuntado hacia el cielo, como si pudiera pinchar con él  las alas del capitán Tiuquemante.

 -Última vez que nos hacen huir. Con la ayuda de Dios y de James Swallow (Petrucciani por parte de madre) y con el nuevo plan de ataque que estamos implementando, pronto recuperaremos la paz y el comedor perdido.

– Tan caballero  este Leotordo -dijo Zorzalo-,   se ha portado como un auténtico héroe.

A Leotordo, de puro orgullo, se le esponjó hasta el ala que llevaba en cabestrillo.

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            La fiesta estaba  mejor que nunca cuando los Palomérez, los Gorriontínez, todos sus primos y hermanos y  la escuadrilla  de malandrines del que Iván Tiuquemante se hacía llamar Capitán,  se posaron sobre las copas del inmenso acacio de calle Queltehues N° 8. Los tres cabecillas se posaron en una rama -Volantín Gorriontínez algo nervioso por la proximidad del Capitán Tiuquemante- y observaron con ojos envidiosos el festejo. Al parecer, también  estaba allí don Plácido Diucamingo,  regalando al festejado con algunas de sus mejores interpretaciones líricas.  Ni  el mismo Tiuquemante  se atrevería a negar los méritos de su brillante garganta, que le ha paseado varias veces por los mejores escenarios de la lírica  mundial.

-Es es el colmo que no nos hayan invitado.- pió Volantín, envidioso.

-Se creen de la aristocracia  – dijo Palomingo.

Tiuquemante no comentó el asunto. Su plan, pensó, iba saliendo a pedir de pico.  Al Capitán le bastó con estirar el  cuello y   lanzar  un agudo chillido a su tropa:

-¡Al ataque!

La Brigada Tiuque  batió sus alas, ascendió unos metros girando sobre la copa del acacio y luego, en perfecta formación, atacó en vuelo rasante sobre el jardín del número 5.

Ratatatatatatá.

Las ametralladoras de granos de pimienta sembraron el pánico entre los invitados de don Zorzalo. El mismo no supo cómo voló a refugiarse entre las ramas de la hiedra. El pajarerío, en pánico, aleteaba desordenadamente, tratando de esconderse entre las ramas del limonero o el espeso ramaje de las lilas en flor. Las Tortolatti huían a tropezones  y  Leotordo,  malherido,  arrastraba un ala detrás de Tordolina. Entre tanto, Golondrisa Petrucciani protegía con sus alas al  regordete  Plácido Diucamingo, heroica  acción que sólo un genuino amante de la lírica podría comprender.

Zorzalina, a quien el ataque sorprendiera en uno de sus muchos revoloteos por la cocina del nido, corrió a refugiarse bajo su camita de hilos de seda en compañía de Elisa Chincólez.

-¡Los niños! – Piaban desesperadas.- ¡Qué es lo que está ocurriendo!

La Brigada Tiuque hacía en ese momento una segunda pasada ametrallando el jardín, aunque,  por fortuna, todo el mundo se había esfumado.  Entre las ramas del acacio, sobrecogidos, los Palomérez y los Gorriontínez miraban la escena estupefactos.  ¡Con quién se habían metido! El  capitán Tiuquemante  planeó  sobre sus cabeza y luego descendió hasta posarse en la rama.  Volantín Gorriontínez sintió un escalofrío de muerte recorrerle las alas.

-El campo está listo, sargento Palomérez. Descendamos. -Invitó Tiuquemante.

Palomingo estaba  asustado, pero la palabra sargento obró milagros. Se esponjó todo y aleteó orgullosamente detrás de Tiuquemante. Volantín, que todavía no había recibido su grado militar, se coló a retaguardia.

En cosa de segundos, el jardín se pobló de intrusos que  engullían con avidez  la comida abandonada por el dueño de casa y sus invitados. Palomingo encontró tan buena la semilla de raps que no pudo evitar ir de un lado para otro picoteando las colas de su parentela  para demostrarles el gran favor que les hacía al permitirles que se alimentaran. En una de sus pasadas, se topó a pico de jarro con Volantín Gorriontínez.

-Buy buena da comida.- Dijo Palomingo con el pico lleno.

-Sí, muy buena, don Palomingo – concedió Volantín-, pero ¿no cree que lo del bombardeo fue una exageración del capitán Tiuquemante?

-Bueno, sí, un poco, pero así no regresan a molestar – reconoció Palomingo-,  ah, y no se olvide que yo soy ahora sargento Palomérez para usted.

Dejó  a Volantín con la disculpa en el pico  y partió a picotear la cola de su prima Colomba…esa fresca, comiéndose todo el raps ella sola, de paso, como por equivocación, le asestó un  aletazo a la paloma de hierro.

Volantín estaba enojado, qué poco había tardado Palomingo en creerse lo del rango militar. Esquivó cuidadosamente a un tiuque de  ojillos malvados y picoteó algunos granos de alpiste que estaban medio escondidos entre la hierba. Volantín  espió a los miembros de la Brigada Tiuque  por el rabillo del ojo y notó que todos ellos llevaban al cinto una espada de agujas de tuna y  una granada de semillas de ají.  ¿En qué se habían metido Palomingo y él? ¿No habrían cometido un error aliándose con el desalmado de Tiuquemante? Después de todo, ellos siempre habían almorzado ahí, con invitación o sin ella, y  Zorzalo jamás les había dado otra cosa que no fuera una mirada de enojo por sus malos modales. ¡Era vergonzoso tratarlos así! Pero los  miembros de la escuadrilla Tiuque vigilaban atentamente la conducta de los Palomérez y los Gorriontínez, de manera que se guardó muy bien de decirlo y prosiguió su almuerzo teniendo  buen cuidado de no parecer disconforme.

El último grano de comida coincidió con  la orden de partida a los invasores. La escuadrilla de Tiuques  planeó en perfecta formación y,  despectivamente, miró desde lo alto  el aleteo desordenado de los Palomérez y los Gorriontínez. ¡Esos nunca serían buenos soldados. El capitán Tiuquemante, que ya le había echado el ojo a algunos pichones de paloma que se veían bastante apetitosos, encendió un cigarrillo de hojas de perejil y pensó que ya iba siendo hora de planear las futuras cacerías.  Por consideración al pacto  con Palomingo, dejaría los polluelos para el final, pero lo que es Zorzalo y sus amigos,  esos serían los primeros en saber con quién se estaban metiendo.

Pero volvamos a nuestro héroe: Todo maltrecho,  Zorzalo sacó su cabeza de entre las hojas de la hiedra y  chirrió llamando a su mujer.

-¡Zorzalina, Zorzalina, niños, dónde están?

Elisa Chincólez llegó nerviosa, miraba de un lado a otro y daba pequeños saltitos.

-Zorzalina no puede venir -dijo-, le dio un ataque y se desmayó sobre la cama.

Se fue sin despedirse llamando a don Juanito y a sus niños.

Leotordo, que no podía volar a causa del ala herida por los granos de pimienta,  vino desde los rosales trepadores.

-Zorzalo, querido amigo, apenas me puedo mover.

Tordolina lo ayudaba como mejor podía.

-No sé cómo podré volver a  nido en este estado.-Se quejó Leotordo, sus negras plumas empalidecidas de dolor.

-¿Usted cree que yo abandonaría un amigo como usted, Leotordo, tan caballero? Esta es una emergencia, mi nido es grande, le cedo una de las habitaciones. -Dijo Zorzalo.

Y después, al ver lo maltrechos que se encontraban Martín Escolibrí y Mari Loica Huenumán,  ofreció generoso.

-Las otras dos, las pueden ocupar ustedes, queridos amigos. En estos momentos dolorosos, los pájaros tenemos que estar unidos.

Las señoras se ocuparon de los heridos, despertaron a Zorzalina de su desmayo y organizaron la retirada de los demás vecinos que se habían refugiado entre la hiedra. Un rato después llegó Golondrisa, todavía sin aliento a causa de su peligrosa fuga.

-Dicen que la guerra va a ser larga -pió-, creo que lo mejor será  viajar. Dicen que las tropas enemigas se están reagrupando en la calle Caiquenes y que planean un nuevo ataque para mañana, a la misma hora.

A  Zorzalo le hirvió la sangre.

-Esto es inconcebible, yo no lo voy a aceptar. Tenemos que hacer algo o este invierno, centenares de pájaros morirán de hambre o serán asesinados por las milicias de Tiuquemante.

Leotordo se puso en pie con ayuda de una muleta de Granado de flor  para secundarlo.

-Yo estoy con usted, Zorzalo, no podemos dejarnos aplastar como babosas de jardín.

Zorzalo estrujó su cabecita y luego dijo:

-Nosotros somos aves pacíficas, no vamos a aceptar que nos obliguen a caer en la violencia. Creo que tendremos que  planificar una ofensiva mediática.

Mari Loica se agachó un poco, estiró su cabeza y susurró:

-Yo tengo amigos que pueden ayudarnos, don Zorzalo: los caracoles de jardín.

Así fue como, gracias a Mari Loica,   fueron los caracoles de jardín los que iniciaron la ofensiva comunicacional destinada a levantar la moral de los pájaros del barrio.

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Querido lector,  desde hace casi un año, más de veinte mil personas han  leído nuestros zoocuentos haciendo de ellos  su lectura favorita en este blog. El más leído, lejos, es el que cuenta la historia del Panda Mayor, y le siguen sin dar tregua el Rinoceronte, el Quirquincho, el Hipopótamo, el Salmón, el Dromedario e incluso el Demonio de Tasmania. Tejón y Topo no se quedan atrás.

Les agradecemos una vez más su lealtad como lectores. Salvo  dos comentario ingratos a todos les gustan los relatos sobre la fauna y esperamos  continuar  entregándoles lectura placentera. Pero tenemos algo que proponerles:

¿Qué tal si ustedes eligen el animal que deberá ser investigado? Después de estudiarlo,  escribiremos un cuento para ustedes. Ese es el trato. Esperamos sus propuestas  para trabajar en ellas. Amamos la vida silvestre, queremos que el hombre la trate con respeto y estos cuentos van en esa dirección.  De paso, agradecemos a las personas que ceden sus imágenes generosamente a través de flickr y nos permiten entregarles un blog mucho más atractivo. Nos vemos.  

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Hola, amigos,  a todos se nos están acabando las vacaciones. Nos quedan unos pocos días,  que debemos  disfrutar a concho. Por eso, para ponerle un poco de fantasía a la vida diaria, estamos empezando marzo con uno de nuestros sustanciosos especiales: una nueva novela por entregas, un zoo cuento y  poesía para recitar con los niños. Además, les anuncio una nueva sección: La Vitrola. Allí encontrarán  las  letras de las viejas canciones infantiles para compartir  con los más pequeñitos.

Y con la nueva novela, no sólo van al pasado, es más, se van a meter  en un verdadero túnel del tiempo, tan  inesperado que incluso se encontrarán con lo que menos quisiera uno toparse en una noche sin luna: un tiranosaurio rex.

Ya viene, el lunes, “Operación Ty-Rex” 

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Abuela está muy bien vestida esta tarde. Lleva puesto su traje de seda de la China  con estampado de rosas, una puntilla de hilo tejida a crochet y su broche de oro y ámbar. Se ve hermosa la abuela. Quizás sean los mágicos ocelos de Mignon los que le dan  a los de la anciana un especial brillo mientras  relata con acento misterioso: 

 

-La culpa de todo, la tiene mi madre. Mire que dejarme ir por la vida sin una advertencia siquiera, sin un  ¡cuidado!  Qué va, me ha dejado ir de fiestas, de pic nic, de playas y de excursiones sin decir agua va. Me levanta temprano, me da el desayuno en la cocina, me peina las trenzas y me envía al colegio con un bolsoncito de cuero del que estoy  muy orgullosa. Mi uniforme es una maravilla, usamos unos hermosos uniformes azules con cuello marinero y una gorrita de tripulante que todos los otros colegios nos envidian. A medida que uno crece puede ganar méritos y eso significa tener hermosos cordones dorados o jinetas de seda que se ven la mar de bien. Mi colegio es siempre el que mejor luce en los desfiles patrióticos.

Cada tarde, después de almuerzo y todavía con el uniforme del colegio puesto, parto yo a casa de la señorita Soto   a lidiar con el piano. No es que me guste mucho, pero mi madre siempre dice que una señorita no es tal si no puede acompañarse al piano cuando canta y yo soy una hija obediente, aunque corra por allí el ingrato rumor de que  atraigo las calamidades.

            Sea como sea, ya lo dije, no es mi culpa. Yo sólo hago lo que me dicen  y si mamá me hubiera aclarado el origen de mi nombre no tendríamos nada que lamentar. ¡Armida! Llama mamá,  y yo cruzo toda la casa para satisfacer sus deseos. Todo el día mamá siempre está  llamándome, hasta que terminé dándome cuenta de que lo que más le gusta de mí a mamá es el sonido de mi nombre: ¡Armida, Armida!

            Siempre fuí, como ya dije, una niña  buena y complaciente. No es culpa mía que las figuras de porcelana se tiren de bruces a mi paso o que las copas de Baccarat se suiciden lanzándose desde el último piso del buffet. ¡Ni siquiera las toco, apenas paso por allí!  Yo no hago nada para que las sillas del comedor se desbaraten cuando papá se sienta en ellas  y me declaro absolutamente inocente de que las polillas hayan devorado el tapiz de Bayona que la abuela heredó de su tía Beatriz.

 

            Es un azote esta niñita, el apocalipsis en persona. Zzummm, zzummmm. Por lo menos una vez a la semana se sala la sopa o se queman los bizcochos. De doce huevos que ponen las gallinas, tres al menos están hueros. La leche se corta día por medio y apenas recién comprada,  la harina ya está llena de gorgojos. Por su culpa, en esta casa nada sale bien.

Momentito, no estoy exagerando, díganme si en alguna otra casa han caído los niños enfermos de paperas, alfombrilla y tos ferina todos los años. Si acaso hay otra familia a cuya abuela se le suelten los tornillos una vez a la semana y le dé por practicar la cuerda floja en el tendedero, especialmente cuando esta abuela ya cumplió los ochenta y dos. Zzummm, zzummm. Díganme, a ver.

           

            La señorita Soto siempre me recibe de mala cara. No es lo que se llama una persona sutil. Desde mi segunda clase tiene todos los muebles cubiertos con sábanas blancas y vaya uno a saber dónde guarda esos bibelots y copas de plata  que divisé la primera vez. ¡Cómo si fuera culpa mía que el gato hubiera tenido su cola en mi camino y que en cuanto se la pisé haya salido saltando y maullando como si le hubiera dado el mal de San Vito!

¡Gato loco! Se  paseó dando brincos enloquecidos  por los estantes, las sillas tapizadas de felpa y  la mesa de comedor. Las  pastorcillas y los flautistas de porcelana volaban de aquí para allá.   Cuando  el  minino llegó al piano, a la señorita Soto ya le había dado un soponcio y estaba desmayada en el piso, así que por suerte no vio la poza que la bestezuela dejó sobre la cubierta. Su madre, muy diligente, ya la había secado cuando ella se recuperó del  desmayo, pero quedó para siempre una aureola ligeramente más clara. No hay clase en que la señorita Soto no pase su mano por allí con aire de melancolía. Después me da una mirada fea y me regaña:

            -¡Cuidado con esos arpegios, Armida!

-¡Cómo si yo hubiera tenido la culpa de algo!

            Mi vida no es cosa de risa. ¡Un mundo le costó a mi madre que la señorita Soto accediera a continuar con las lecciones!  Mi padre zanjó el asunto con una bonificación generosa. Vale la pena pagar por unas horas de calma, dijo el traidor. Cómo si yo hubiera sido responsable, como si no fuera mamá la que…

            Mis relaciones con la señorita Soto mejoraron en forma radical a partir  del día que el piano terminó por desafinarse  del todo. Las clases se suspendieron por dos semanas y entonces mi padre, desesperado, anduvo la ciudad de arriba abajo hasta que dio con un afinador. El día que el señor López  logró por fin dejar el piano perfectamente afinado, cosa que le tomó  una semana más,  la señorita Soto se olvidó totalmente de nuestras dificultades.

            ¡Es que era una locura! ¡Fortissimo, Armida, me ordenaba, fortissimo! Y yo,  que apenas podía hacerlo con mis manos tan pequeñas,  le atizaba a las teclas hasta que me dolían las puntas de los dedos. Cada dos por tres el piano que se desafinaba otra vez y vuelta a llamar al señor López.   Parecía ser  lo que papá llama un círculo vicioso. Fortissimo, señor López, clases, y así una y otra vez. 

Con el tiempo casi era como que el señor López se hubiera mudado allí. Yo me afanaba tocando mis escalas y ellos aprovechaban de intercambiar   miradas de carnero degollado a mis espaldas. No puedo decir que no comprendía a la señorita Soto, el señor López era bastante guapo. Para  ser un afinador de pianos, claro.

            Infortunadamente, las cosas no podían seguir así. En  una familia normal habrían estado felices de que la señorita Soto hubiera encontrado novio (según Norita, que es bastante chismosa, ella casi estaba como para decir que la dejaba el tren),  es cierto, si bien esta familia no era tan normal como parecía. Cualquier  familia habría celebrado  la aparición del señor López,  pero la  maestra de piano tenía madre, madre de las que dicen hay una sola, pero es que la de la señorita Soto, ésa, valía por diez.

            Comenzó por sentarse en el comedor, desde donde les arrojaba a los tortolitos  unas miradas que eran como dardos envenenados. Hay que reconocer que ellos resistían imperturbables, actitud que fue poniendo cada vez más nerviosa a la madre de la señorita López.

Poco a poco se fue acercando y al final estaba en medio de ellos como una estaca. El señor López, que era un cobarde, se comía las uñas y tiritaba entero. Antes de marcharse, le daba a la señorita Soto una mirada febril que le incendiaba hasta las horquillas del moño. Y ella, la pobrecita, ¿cómo explicarlo? Si  los suspiros fueran música, la señorita Soto habría sido Adelina Patti.

 

            Es una pena tener que contar estas intimidades, pero la señorita Soto no era tan angelical como la muestra Armida. Yo diría, más bien, que la procesión la llevaba por dentro. Zzummm, zzummm.  Tan sensible como soy, lo supe en el primer instante que nos conocimos, ese día de la presentación anual en el salón de la parroquia. Armidita, tan llena de mañas como de costumbre, si no más,  insistió en llevarme consigo:  que me trae buena suerte, que es tan linda (para qué lo vamos a discutir),  que todas van a ir elegantes, que si no me lo prestas, mamá, yo no me atrevo a  presentarme.

Ante esas amenazas,  ¿qué podía decir doña Hermelinda? Partí a la presentación sobre la blusa de muselina de Armida y debo reconocer que me veía más bella que en otras ocasiones, lo que no es poco decir. Verme la señorita Soto y caer en trance por mí, fue todo uno.

            Con la función ocurrió lo que era de esperar, todo salió mal, excepto Armida. El chiquitín de los Rodríguez  se puso a llorar en medio del proscenio, a la vecinita de enfrente se le cortó el elástico de la enagua justo cuando agradecía al público y el florero con rosas se volcó sobre las partituras, cosa que quedó  de manifiesto cuando  nadie entendía qué era lo que estaba tocando la pequeña Emita  Rosales.

Armida estuvo muy bien, el piano casi no llegó a desafinarse, aunque el señor López estaba allí mismo, lanzándose miradas incandescentes con la maestra por detrás del decorado.    Zzummm, zzummm.

 

Esta vez no nos puedes dejar a medias, abuela, tienes que contarnos el final o muchos se quedarán sin saberlo.

Daniel está determinado a lograr su objetivo. ¡No será él quien se quede sin el final de la loca historia de Hermelinda y Armida!

-Lo sé, Daniel, no te preocupes, esta noche nos quedaremos un rato más, porque a todos nos gusta que  cuando dos personas se amen ocurra una cosa. ¿Qué será?

            -¿Que se casen? – Pregunta la prima Rosita.

            -Sí, el matrimonio es parte de ello, pero lo que nos gusta es algo  que tiene muchas aristas, lo que todos queremos es que triunfe…

            -¡El amor!

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