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Posts Tagged ‘presencias tutelares’

Bajo el inclemente sol del desierto, Nacho  trataba en vano  de ubicar el sitio exacto aparecido en La Estrella de Puerto Seguro. ¿Dónde estaban las famosas Presencias Tutelares? Es más, ¿qué demonios eran esas Presencias que,  encima de todo, andaban  tutelando algo por allí?

Fernando, que si  no sabía algo era casi absolutamente  capaz de  inventarlo,  no fue de gran ayuda. Esta vez, su  Manual de Conocimientos Pampinos había abierto una página en blanco. Algo  sugirió  sobre  ciertas cumbres que  habrían llevado ese nombre,  pero Nacho  ni siquiera intentó tomarlo en serio. Aquí, en plena Pampa del Lagarto, detectar una cumbre que superara el metro y medio de altura era prácticamente imposible.

La tarde se aproximaba a su fin  sin que se pusieran de acuerdo al respecto. Finalmente, optaron por eliminar el punto del Registro Escrito de la Operación Ti-Rex. Sin saber qué hacer, los niños caminaron y caminaron sin rumbo.  Buscando en vano las famosas Presencias Tutelares, se comieron el magro cocaví y se bebieron casi toda el agua.

Nacho ya se estaba cansando de tanta aventura, un mes era demasiado; además, si llegaba a sobrevivir, de todas maneras  su madre iba a matarlo en cuanto le pusiese las manos encima. ¿Qué podía perder?

Nada más negro que la amargura de un niño cuyo plan ha fracasado. Tanto, que Nacho recordó con cariño y nostalgia a su hermano mayor.  Después de dos semanas sin verlo,  su memoria  era benévola con Javier  y lo revestía de esas  grandes  cualidades que tanta falta le hacían a Nacho ahora para salir del atolladero en que se había metido. Inmerso en su desesperación,  creció en él  la esperanza de toparse  con Javier y  se puso a llamarlo  a grito pelado.

-¡Javier, Javier, soy yo!

Fernando había escuchado a su padre contando sobre cómo  los mineros perdían el juicio al extraviarse en el desierto, de manera que no se sorprendió de que le ocurriera también a su amigo.  Lamentablemente, después de media hora de vocear en vano,  Nacho no sólo se había acabado las últimas gotas de agua, también estaba afónico. Perdidos los  últimos jirones de su dignidad,  se acordó incluso de los tres gorilones:

-¡Astudillo, Astudillo…!

Nada. Apenas un silbido del viento en el desierto.

-¡Gemelos Rojaaas…!

Las rocosas murallas de la Quebrada le devolvieron sus palabras.

–         ojaaaas…

Cuando Nacho las escuchó, lo pensó un poco mejor y  enmudeció. Estaba cayendo demasiado bajo. Si Fernando podía resistir la soledad  sin llamar a su madre   ni llorar a moco tendido, él también podía, de eso estaba casi seguro.

El sol se acercaba al  ocaso. Al menos, había refrescado un poco. Los niños cobraron nuevos ánimos y siguieron  adelante.  Sin darse cuenta  habían regresado a la huella y caminaban  alejándose de la Quebrada de Malpaso.

 

            Repentinamente, el sol cayó bajo el horizonte y la oscuridad cayó también sobre la Pampa del Lagarto.  Para no ser menos, la temperatura caía además   rápidamente. Los niños ni siquiera habían pensado en traer  una prenda de abrigo y sintieron el frío. Entre tantas caídas, nada tuvo de raro que cayera también la noche y el temor se les metió  bajo la piel sin que pudieran hacer nada por evitarlo.  Tenían el ánimo tan bajo –recuerden, todo estaba yéndose al piso- que hasta podrían haberse tropezado con él.

 

  Fernando fue el primero en escuchar los extraños bramidos.

– Son los avestruces – aseguró.

Nacho no quiso reconocer que no tenía la menor idea de qué sonido emitían los avestruces. A veces, los gritos lejanos  le parecían gruñidos de cerdo llevados por el viento. Los dos amigos iban a tientas en la noche, de un lado a otro,  tomados de la mano, cada uno más entumido que el otro.

De pronto,  Fernando  resbaló hacia el vacío, soltando la mano de Nacho con un grito desesperado.

-¡Socorro!

¿Otro agujero de gusano? ¡Al fin podría volver a casa?  Esperanzado, Nacho  buscó a tientas a Fernando,  pero sólo  estrelló su cabeza contra unas piedras.

-¡Socorro!

Esta vez, la voz de Fernando estaba casi junto a  su oreja y por poco lo deja sordo.  Nacho extendió la mano y  en vez del agujero de gusano, dio con la cabeza de su amigo.

–         ¡Aquí estoy, aquí estoy! – Dijo Fernando.

–         ¿Dónde estamos? – Preguntó Nacho.

–         No sé, un lugar raro, hay piedras y hoyos.

–         Un zapato viejo también – continuó Nacho mientras  tanteaba por allí.

–         Y una cruz.

–         ¿Una cruz?

–         Sí, la estoy tocando. Además, estoy sangrando porque me caí encima de  un tarro.  – especificó Fernando,  al borde de la desesperación y el grito de “¡Mamá!”.

–         ¿Qué lugar será éste, la granja de avestruces? –preguntó Nacho.

–         No creo, más bien, parece un cementerio –respondió su amigo.

–         ¡Cementeriooo! – Gritó Nacho, todavía más desesperado que su compañero de aventuras.

–         Sí,  ¿sientes el ruido?

Se callaron y por sobre el silbido del viento, Nacho escuchó claramente un frufrú de sedas y  un campanillear de metales.

–         Una vez –explicó Fernando – fuimos de noche  al cementerio de  Nebraska, y sonaba igual que ahora.  Son las flores. Hay de papel de seda y de lata.

Había pasado el momento de pánico y estaban conversando tranquilamente, pero  no es que hubiese mucho motivo para no sentir miedo. ¡Un cementerio, de noche y sin luna, para rematar!

            – Me duele –continuó Fernando-, me sigue saliendo sangre.

– Espera, te voy a hacer una venda con mi polera.

-¿Qué, la vas a romper?

¿Qué más podía hacer Nacho?  Ni siquiera podía explicarle a Fernando que esa era su polera de la suerte, la de Harry Potter, su máximo héroe, en busca de la Piedra Filosofal. ¿Cómo lo entendería Fernando? Además, después de los lavados con agua de cubas que le había aplicado misiá Panchita  y del  recorrido en el camión de Don Dámaso,  bien poco se podría hacer con  ella.

Valiente y generoso,  Nacho rasgó una larga tira de algodón. Como mejor pudo, la enrolló en el brazo izquierdo de Fernando.

–  Parece  una herida grande –comentó Nacho.

– A todo lo largo del antebrazo – explicó Fernando, cuando amanezca te la muestro.

– Y ni lloraste – se sorprendió Nacho.

–         Es que no está mi mamá – se lamentó Fernando.

            Volviendo sobre el tema de los cementerios, Fernando  contó que aquí  en la pampa no existían  las flores  y  que, si las había, eran un lujo, artículos carísimos en los  que nadie desperdiciaría dinero.   Se acordó de su madre, de  lo exigente que era la señorita Eduvigis y de lo  mucho que le gustaría leer  Veinte mil leguas de Viaje Submarino. Los niños  se distrajeron y comentaron  el viaje, lo grandes que eran los perros de don Dámaso y lo mal que había salido todo. 

Entre tanta conversa, Fernando confesó que estaba aburrido de escribir tanto y se negó a continuar con el Registro.  Nacho  lo entendió perfectamente, pero no estaba  dispuesto a sacrificarse haciéndose cargo de tremenda tarea, de modo que decidió eliminarlo.

Repentinamente, un ruido entre las tumbas  los hizo huir despavoridos. Los niños trataban en vano de regresar a la  huella polvorienta, aunque sin darse cuenta de que  ya estaban   en ella.  Todo era un caos. Corrían tanto que  dieron  de bruces contra  la ladera. Tantearon, se agacharon y reconocieron el camino pedregoso y reseco.  ¡Estaban en la orilla del camino!

            Se sentaron a recuperar el aliento y tomaron una decisión:   esperarían que amaneciera y buscarían el camión de don Dámaso para regresar a casa.  Eso los tranquilizó;  los niños retomaron  la caminata no sin esfuerzo. Nunca habían estado tan cansados y hambrientos como ahora.

            No habían avanzado más de cien metros  cuando de  pronto,  ¡clump!, de un salto ciclópeo, una inmensa  masa oscura cruzó  por sobre sus cabezas. Los niños se detuvieron  aterrados. 

-¿Qué ha sido eso, lo sentiste?

– Sí, ¿y tú?

– Yo también.

            Nacho y Fernando  no se percataron de que cuchicheaban. Estaban paralizados en el mismo sitio.

–         Vamos –musitó Nacho.

–         Sí –susurró Fernando.

Siguieron su camino casi de puntillas. La grava crujía bajo sus pies y Nacho hubiera querido arrojar lejos  los horribles bototos de Fernando, que   rechinaban  tanto que parecía que  gritaban. Ambos temblaban, y a Nacho le castañeteaban los dientes.

-Hace frío –se disculpó.

Dieron vuelta a la curva y de pronto, allí, en medio del camino, ¡clump!, se plantó otra enorme figura. La oscuridad y la niebla no les permitían  determinar de qué se trataba. ¿Se  habría adelantado el camión de don Dámaso, algún otro vehículo que atinó a pasar por allí  se habría  detenido?

 

            Entonces, mágicamente, las nubes rasgaron su cubierta y la luna filtró luz suficiente para que pudieran ver con nitidez   la enorme bestia que avanzaba por  la carretera,  tan calmada como si  fuera un efecto especial de  la última reposición de Parque Jurásico 3 en  televisión.  

La bestia era lo más cercano a un tiranosaurio rex que ellos vieran  jamás. Era enorme y,   tal como lo dijera el experto consultado por  La Estrella de Puerto Seguro, tenía  dos pequeñas patas delanteras que le colgaban sobre la panza y  otras dos traseras,  poderosas y rematadas en unas garras increíbles,  la piel gris, rugosa y arrugada,  estaba llena de pliegues que parecían blindados y en  la  inmensa cabeza  destacaban las fauces abiertas y un par de ojos negros, crueles  y brillantes,  que volvió lentamente  hacia  los niños. 

Ahora   Fernando y Nacho  podían  ver a la perfección, con lujo de detalles,  un hocico enorme, todo erizado de  colmillos afilados, una lengua roja, larga y puntiaguda. 

El dinosaurio, en todo caso,  no se veía muy inteligente;   un montón de baba  que  le caía de las fauces resbalaba hacia su  panza acorazada.  Claro que, ¿para qué necesitaba el tiranosaurio ser  más inteligente? ¡Ya era bastante terrible  sin necesidad de ser un genio! Repentinamente, los niños  se dieron  cuenta de que ya ni siquiera lo querían  seguir viendo,  no a esa distancia tan corta, no en carne y hueso;  sólo un loco querría ver tanto.  Y lo peor era que de tan cercanos que estaban  hasta  podían  percibir su aliento; una vaharada de carne podrida y tibia  que  daba ganas de vomitar. 

La bestia  giró  su corpachón  hacia  ellos. Los niños podían   oírla jadeando y gruñendo al mismo tiempo. Lanzó un  bramido ronco que llenó toda la noche.  Casi como un resorte, la bestia se agazapó, se encogió lista para saltar y esta vez,   una idea horrorosa   se le imprimió  a Nacho en el cerebro: esta vez,  el dinosaurio  saltaría   sobre ellos.

            No podía saber qué pasaba por la cabeza de Fernando, pero para él,  el reloj parecía haberse detenido eternizando  su  terror y  su  agonía.

¡Brooummm!

            De pronto, a sus espaldas, el viejo camión de don Dámaso    apareció      doblando  la curva de la cuesta,   traqueteando  a duras penas,   y se detuvo justo  detrás  de ellos envuelto en una nube de polvo. Los débiles focos   del Chevrolet perforaban apenas la  espesa capa de niebla que   cubría los cerros, pero era más que  suficiente  para  delatar  todos y cada uno de los detalles de la bestia.

 

            El animal vacilaba, dudaba.  Rugía  bajito, como  si tratara de determinar a  quién atacaba primero,   a quién escogería:   esos dos animales extraños que  parecían ofrecer tan poca carne   o a esa nueva bestia de ojos de fuego y olor tan apetitoso.

            Nacho y Fernando estaban varados  entre ambos gigantes y no sabían qué hacer. Giraron  las  cabezas de uno a otro muy lentamente.  Al volante del camión, la cara de don Dámaso estaba blanca como el papel y su boca dibujaba  un círculo de perfecto asombro;  al otro lado, Tiranosaurio Rex terminó de encogerse y preparó su musculatura para el zarpazo final.  Podría haberse oído volar una mosca.

            El silencio fue roto por un bramido lejano;  los demás  dinosaurios se marchaban.

            Aquí, sobre la ruta que atraviesa   Pampa del Lagarto,   la llamada surtió efecto. El resorte interno del dinosaurio lo  impulsó al fin, a  saltar, pero por fortuna, en dirección contraria.  De un brinco fenomenal, la bestia se perdió   cerro abajo sacudiendo la  superficie con sus zancadas de gigante. Lo último  que los niños  pudieron  sentir   de él,  fue su bramido elefantiásico, una  rara mezcla de bocina  fantasmal  y  rugido  feroz  que atronó el aire  hasta que desapareció.

Un pesado silencio cayó sobre la  Cuesta de Malpaso.  Nacho se dio cuenta de que estaba helado y empapado en sudor y que le temblaban cosas que hasta unos segundos antes ni siquiera sabía qué tenía.  Algo le tocó y llegó a saltar.

-¡Ay!

Era la mano de Fernando.  Los niños se miraron   y corrieron   hacia el camión.  Don Dámaso  todavía  estaba  paralizado al volante. Fernando abrió  la puerta,  se trepó  de un salto a la cabina y preguntó:

-¿Nos lleva don Dámaso?

Casi al mismo tiempo,   Nacho  se  dejó  caer en el asiento a su lado. Error. Era duro como la piedra.  ¿Qué no conocían los cojines en este tiempo?  Alelado, el gordo camionero  no era capaz de articular una respuesta.  Miraba como hipnotizado hacia la huella pedregosa y vacía que la luz de la luna comenzaba a revelar en todos sus detalles.  La niebla se estaba disipando al fin.

-¿Vieron lo que yo vi? –  preguntó  don Dámaso con voz temblorosa.

Fernando  y Nacho se  miraron en silencio, Fernando ya estaba abriendo la boca para responder cuando Nacho lo interrumpió:

 – ¿Vimos  qué cosa? 

 Don Dámaso lo pensó  mejor, sus ojos  revisaron los rostros inocentes de los  niños que se habían trepado a su lado. Ambos temblaban. Una cosa estaba    clara,  uno era el chico de doña  Panchita, que  tenía  la  camisa manchada de sangre    y un vendaje mugriento a punto de  caérsele del brazo izquierdo. El otro era Dios sabe quién, y  no estaba mucho mejor; tenía las mejillas cubiertas de tierra que el sudor había  dibujado  con ridículas  figuras y vestía una prenda rarísima  a la que le faltaba un pedazo que, don Dámaso habría podido jurarlo,  parecía ser  el mismo del vendaje.

(No debemos juzgar a don Dámaso, a estas alturas no era nada de fácil reconocer a Nacho y sólo se habían visto una vez)

Por un eterno segundo, don Dámaso pudo  sentir los ojos curiosos de sus vecinos, escuchar las risillas soterradas, imaginar los comentarios;   se vio a sí mismo, con su traje dominical,  entrando al bar La Perla  para que se hiciera  el silencio total  ante su presencia.   Tragó saliva. 

– No,  nada –replicó don Dámaso.

 

Entonces, exhalando un suspiro de alivio, Fernando se acomodó en el asiento.  Un tirón de su brazo le recordó  la herida que lo decoraba,  pero qué cómodo se estaba aquí, lejos de los barriles de  bazofia  y  el viento frío del amanecer.  Especialmente cómodo lejos de ese gruñido terrorífico y del espantoso hedor de ese hocico  inmenso.

– Ah, nosotros tampoco-   mintió.

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Lo  despertó el traqueteo del vehículo por la carretera.  La camioneta rugía poderosa en la tenue claridad del amanecer y  devoraba el desierto  con rapidez.  Los   expedicionarios habían encendido la radio y una batería electrónica atronaba la cabina.  Los cristales del parabrisas  vibraban.  Con cautela,  Nacho se asomó por sobre el borde metálico. Empezaba a aclarar y el sol pronto estaría  calentando  la pampa. Tenía hambre.  Sacó  una marraqueta, la rellenó con jamón y devoró hasta la última miga.  Ahora  las cosas eran muy diferentes;  se sentía bien, tranquilo y animado. Hasta podría dormir tranquilo, pensó,  pero estaba muy equivocado.

No supo cuánto tiempo dormitó, pero no debió ser mucho. Hacía un calor de los mil demonios, el sol casi le derretía la cara y una manaza de gorilón le sacudía con la gentileza característica de los gemelos Rojas.

– ¡Déjame, déjame! –  Rogó, confesémoslo.

Gorilón 1 le dejó libre, pero ahora era el turno de Javier.  Le sacó volando de la carrocería, le dio un sopapo en la oreja y le subió y le bajó dándoselas de grande y responsable. Como si  Nacho no lo conociera desde que nació. Última vez,  juró Nacho en silencio, última vez que le guardaba alguna metida de pata. Desde hoy papá lo sabría todo, ya vería, traidor, mal hermano.

Cuando pararon de sacudirlo, Nacho pudo enterarse de que estaban en  Nebraska, una antigua oficina salitrera abandonada o lo que dejaran de ella los ladrones.  Mientras Javier se hacía el lindo con Nacho,  los gorilones le daban el bajo a los sandwiches y a los huevos duros. Javier se dio cuenta y por suerte paró de retarle y comió  lo poco que quedaba.

Nacho  se sentó  tratando de parecer lo más inofensivo  que pudiera y  como era de esperarse, no fue suficiente. Cuando se acabó la primera tanda de comida,  su hermano del alma se acordó de él  y dijo las palabras mágicas una vez más.

– Bueno, Nacho, te quedas aquí y que no se hable más del asunto. Y que conste,  no es culpa mía, te metiste  sin que nadie te invitara y tú sabes que nuestra misión es peligrosa, no es para niños chicos. A la tarde, cuando vengamos de regreso, te pasamos a recoger.  

Judas, ¿no lo habíamos dicho antes? Se subieron a la camioneta  muertos de la risa y se fueron  hechos una bala. Nacho se quedó parado en  medio de la polvareda que levantaron;  con la mochila colgando  y   toda la furia del mundo acumulada en su pequeño corazón. 

Este verano, Nacho  ha odiado a Javier más que nunca antes. En realidad, antes de venir aquí ni siquiera lo odiaba.  Hacían un montón de cosas juntos y lo pasaban bien. Si los gorilones Rojas no hubieran aparecido,  estas vacaciones podrían haber sido perfectas y Nacho estaba seguro de que Javier nunca se hubiera portado mal con él. Los gorilones tenían  la culpa de todo. 

Tosiendo y estornudando  para eliminar el polvo del camino, Nacho  comenzó a dirigirse hacia  los restos de la Oficina  Salitrera Nebraska. En teoría, nuestro héroe  estaba casi al lado de ella, pero cien metros en la pampa, a todo sol, no son lo que parecen.  Cuando finalmente alcanzó la sombra de las construcciones,   Nacho estaba hecho polvo.  Se sentó en una piedra y   echó un vistazo a su alrededor.  Unas pocas construcciones  medio destrozadas y cubiertas de tierra eran todo Nebraska.  Todavía quedaban algunos vidrios en su lugar. Lo único que se escuchaba era el silbido del viento. 

Tomó un sorbo de agua de su cantimplora scout. Estaba tibia.  ¿Saben lo que es  el agua  tibia en el desierto?  ¿No? Pues los felicito, no se han perdido de nada.

Había una escalera  maltrecha para subir a las instalaciones, a Nacho se le ocurrió que la vista del desierto, desde allí, podría proporcionarle algunas ideas interesantes y tomó la pésima decisión de subirla.  Le costó un mundo llegar arriba; a la escalera le faltaban varios peldaños y los que  sobrevivían no estaban en su mejor estado.  La madera casi parecía deshacerse en hilachas.  Nacho iba de un lado para otro tratando de imaginar qué había sido esto  cien años atrás.  ¡El lugar era  viejísimo, casi tan decrépito como el Tata! Todo, absolutamente todo, estaba que se venía abajo al primer suspiro y todo, todo, todo era del mismo color. Color tierra. Así, cafecito claro, desteñido por el sol.  La madera, los fierros oxidados, las piedras, las planchas de zinc agujereadas. Todo, ¿no lo dijimos ya? 

No supo cuánto tiempo pasó, pero Nacho estaba  seguro de que él mismo  estaba envejeciendo también; estaba tan aburrido que hasta el  televisor antediluviano del Tata  se le aparecía como  lo mejor, así que   decidió bajar, tarea que no fue nada fácil.  Los  peldaños que faltaban eran muchos más  que cuando subió y parecían mucho más separados.  Corriendo   todo tipo de peligros, Nacho  logró  llegar a tierra firme de pie y sólo con  un susto terrible. En una de ésas, casi se  fue guarda abajo  y  alcanzó apenas a  agarrarse de un fierro.  Ya que estamos en privado, podemos contar  que lloró un poco colgando  en el vacío. Javier tiene la culpa, eso sí,  porque todo esto le sucedió a causa de él.   Nacho  nunca llora, al menos, no por cosas sin importancia. Por suerte,  no había testigos.

Bueno, qué podía hacer si ya estaba en esto.  Decidió que lo menos peligroso  para su salud sería   explorar las casas abandonadas y en cuanto puso pie en tierra firme, se fue a recorrer   las viejas habitaciones polvorientas. 

Salvo algunos recuerdos desagradables y de las típicas  “Pedro  estuvo aquí”, “Constanza ama a   Juanito”  y “Bote por  fulano…” (así en el original), en las casas no había nada, ni siquiera un lápiz  para corregir  las faltas de ortografía. Vidrios rotos, papeles amarillos, montones de tierra, techumbres caídas. Eso era todo.   

Mas  Nacho tenía mucho tiempo por delante y nada qué hacer, así que en uno de  esos arranques de genialidad que lo caracterizan,  decidió buscar un buen lugar para esconderse y darle a Javier, cuando le hiciera el favor de regresar,  el susto de su vida.  No era cosa fácil, por lo demás.  Todo estaba en un estado catastrófico y  lo único bueno era que no había telas de araña. Ni una.  La pampa era tan árida, tan muerta, que ni las arañas querían vivir allí.

De tanto buscar,  Nacho  entró en una habitación  grande, muy bien conservada,  si no hubiera sido por la tierra uno podría haberse instalado a vivir allí. Las ventanas estaban cerradas y el  aire  olía rancio.  Tenía que abrirla. Fue hacia ella, pero se detuvo   en el centro de la habitación, algo estaba sucediendo, todo estaba como un poco más oscuro, como más helado. Nacho se sentía tan mal que no tenía fuerzas como para estar de pie. Trató de sentarse, pero sus pies estaban pegados al piso y todo empezó a dar vueltas y  vueltas,  cada vez más deprisa hasta que ya no supo más de nada. 

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La mañana siguiente, por supuesto, cuando ya era demasiado tarde para ir a comprar   pan, Javier   hizo su aparición en el comedor con  un periódico en la mano.

-¡Miren, miren qué notición! – dijo  tirando el diario en la mesa del comedor. 

El tata Fernando, la Nona y  mamá se  estiraron al máximo tratando en vano de leer  los titulares a la escalofriante distancia del ancho de la mesa del comedor;  como era de suponer, no vieron ni jota, pero Nacho  tiene buena vista y pudo leer,  clarito y de corrido.

¡Última Hora!

Impactada se encuentra la comunidad ante el avistamiento de extraños seres en la ruta que  une  Puerto Seguro con  la vecina urbe de  Caleta Buena, luego que fueran dadas a conocer las experiencias vividas por los ocupantes  de dos vehículos en la Quebrada de Malpaso.

En ambos casos, los testigos observaron  seres similares a dinosaurios,  pero inferiores en tamaño y con una fisonomía  parecida a la de un canguro. Darío Riquelme, empleado, conducía la noche del jueves una camioneta  en compañía del funcionario del ejército Hernán Cuevas y sus dos hijas menores.  Faltaban unos minutos para las 10 de la noche   cuando, un par de kilómetros antes de las Presencias Tutelares que se ubican en el sector de Pampa Lagarto   vieron a dos extraños seres en medio de la carretera. 

“Mis acompañantes dijeron “mira la tremenda bestia” y yo atiné a frenar –explicó el testigo- justo unos segundos antes de  que pasara el segundo  y este era más sorprendente, porque era igual que un dinosaurio, con dos patas delanteras chicas y una piel como de rinoceronte”.

Según la descripción del chófer las bestias eran grises y no tenían pelo. Su estatura  fue calculada en unos dos metros de alto y se detuvieron a unos cuatro o cinco metros de ellos.”

 

– ¿Y eso es todo? –preguntó  el Tata.

– Tata,  esto es extraordinario –dijo Javier- imagínese: si de veras hay  dinosaurios,  Puerto Seguro va a ser el lugar más famoso del mundo.

– Claro que hay dinosaurios –replicó el anciano.

Ahora eran otros  los sorprendidos. ¿El Tata  afirmaba que había dinosaurios en la Pampa del Lagarto o habían escuchado mal?  Toda  la familia clavó sus ojos en él.

El Tata  los vio mirándolo con sospecha y captó al tiro que  había hablado de más.

– Bueno, siempre se han visto cosas raras ahí –explicó el  Tata-, los viejos siempre lo decían.

Eso era todo; para que  el Tata  hablara de viejos  tenía  que tratarse, necesariamente,  de hechos más que prehistóricos; paleozoicos.  No  eran necesarias mayores explicaciones; en otras palabras, el Tata todavía no peina la muñeca, al menos, no rulo por rulo.

La  nona dio un suspiro de alivio que se escuhó hasta la antártida y los adultos volvieron al desayuno, Javier, con su acostumbrada discreción,  se echó casi todos   los huevos con jamón en su plato y   Nacho  aprovechó para pedir permiso y se esfumó en compañía del diario. Que Javier recogiese la mesa esta vez.

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