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Posts Tagged ‘platillo volador’

 

Todo niño del norte de Chile que se respete debe vivir, al menos, dos experiencias terroríficas, a saber: Ir al cementerio en una noche de luna y llamar a la lola en las quebradas.

La primera realmente asusta. A pesar de la luz de la luna, difícil es ver dónde pone uno el pie  en dichos lugares. Los cementerios  del norte, especialmente si han sido abandonados, suelen estar llenos de fosas al descubierto, de rejas derrumbadas y materiales de construcción regados en total desorden. Además, las coronas de flores suelen ser de porcelana y latón o papel. ¿Saben a qué se parece el clac-clac   de las coronas de hojalata? ¡Al golpear de los huesos de un esqueleto! ¿Les gustaría sentir que un esqueleto pisa tras sus pasos? No a mí.

Las flores de papel desteñidas por el sol tampoco lo hacen mal con su frufrú, parece que en cualquier momento va a aparecer por allí un fantasma envuelto en sus harapos susurrantes. Los niños van de una tumba en otra sabiéndose intrusos y temiendo, a cada paso, la aparición de los habitantes legítimos del lugar.

Sin embargo, es a la lola, la bella Dolores a la que más debieran temer y de seguro lo harían si no fuera porque los chicos no van por las quebradas entre las tinieblas de la noche, y en el día, cuando sus llamados rebotan  por los muros de andesita de las quebradas, repitiendo una y otra vez “lola, lola, lola”, a esa hora, por fortuna, la lola duerme el sueño de…¿los justos?…No  precisamente.

Tan bella era Dolores que su padre la cuidaba como hueso santo de los galanes que la rondaban como moscas a un pastel; no fuera a ser cosa que su respirar empañase el espejo de  la virtud impoluta de su hija adorada.

Claro que eso no impidió que uno de aquellos se robase el corazón de su hija y las  condiciones que el padre impuso, una tras otra,  para que mereciera la mano de Dolores,  cayeron todas juntas cuando el aspirante a novio se topó con un filón de oro que lo convirtió, de un día para otro, en un minero rico y un postulante apetecible.

Así, la bella Dolores, Lola, entró a la iglesia  vestida de encaje blanco y salió de ella del brazo del que hasta entonces fuera el más enamorado de los hombres.

Y digo “fuera”, porque desde ese mismo día, obtenido ya lo ambicionado y con el bolsillo bien abastecido por el oro de su mina, el marido de Lola fue deseando y obteniendo, una y otra vez los dones de otras mujeres, que poseían una cualidad irresistible: no estaban casadas con él.

Nada dura para siempre y mucho menos la inocencia de una esposa engañada. El día llegó que Lola, empujada por las maledicentes  voces de sus amigos y vecinos, vistiendo los encajes de su día de bodas, espió a su marido hasta descubrirlo en compañía de una más de sus amantes y, con el mismo cuchillo que trinchaba el asado de los domingos,  pinchó el corazón de su amado, que se desplomó sin un suspiro.

Desesperada al ver lo que había hecho, Lola corrió al desierto; sin querer aceptar la verdad de su crimen se repetía que su amado había sido asesinado por otro, un rival, un envidioso. Corrió, corrió y corrió,  hasta que, perdida la razón y hechos jirones sus encajes,  cayó sobre la tierra ardiente, agonizante a causa de la sed, y allí se fue apagando hasta que la última luz de sus ojos murió también. Y en ese momento, al morir la bella Dolores, nació la lola.

-“Lola, lola, lola” –gritan los niños por las quebradas, y el eco les devuelve cien veces su aullido: “Lola, lola, lola”.

La lola no responde, es que duerme de día el sueño eterno y sólo se levanta de su improvisada tumba cuando la noche se abate sobre la tierra. Entonces agarra la  pesada carga de su crimen y va por el desierto llorando tristemente, buscando, en cada rincón, al asesino maldito que acabó con el hombre de su vida.

La primera vez que se encontró con él, por poco no lo ve. La lola iba pasando de largo cuando, al descorrerse un poco las nubes que ocultaban la luna, un pirquinero que se aprestaba a dormir vio pasar lloriqueando tristemente a una bella mujer vestida de blanco, apenas una sombra más en la oscuridad.

El pirquinero fue tras ella casi sin creer lo que veían sus ojos. ¡Tan bella, tan blanca, tan frágil,  tan sola, tan triste, tan cansada de cargar el gran bulto que arrastraba y que parecía chocar contra cada piedra. La siguió acercándose  cada vez más y le pareció más bella aún. ¿De dónde podía venir esta hermosa  mujer que interrumpía su soledad tan intempestivamente?

–       ¡Señorita! – Llamó-

La lola se detuvo bruscamente, pero no se volvió.

–       ¿Qué le sucede, señorita, puedo ayudarla?

El pirquinero ya casi había llegado junto a la lola. Extendía su mano, buscaba sus ojos. Sólo  entonces, cuando la lola se volvió, él pudo ver que lo que arrastraba era un ataúd  de negra madera desteñida. Lo siguiente, fue mirar su cara.

Un alarido de terror quebró la quietud de la noche. En el rostro reseco por el sol y el viento hasta parecer un delicado pergamino apenas pegado a los huesos, resplandecían como brasas las cuencas de los ojos vacías, fuego eterno que  quemó, primero su cerebro, y luego su corazón. El pirquinero se desplomó sin vida convirtiéndose así en el primer eslabón de una larga cadena de muertes.

¿Y la lola? La lola recogió la cuerda que tira del ataúd de su amado y siguió su camino en las tinieblas; tal como le ocurriera la primera vez,  acababa de olvidar que ya había dado muerte al supuesto asesino de su marido y otra vez sentía la urgencia de encontrarlo. ¡Ya vería, el maldito, cuando se encontrase con ella, de qué era capaz la bella Dolores! La lola.

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Cinco patatas, tres zanahorias

Un tomate y media achicoria,

 Hay que ver que imaginación

Para hacer de la sopa un horror.

El zapallo lo permito

Y también el dulce choclito,

Pero por nada meterás

Coliflor en este berenjenal.

Brum, brum, brum, mira quién viene

En el avioncito de la tía Cleme:

Arroz graneado y un filete

De pollo asado que es un siete.

Abre la boquita, no seas mañoso

Todos fuimos niños y sufrimos un poco.

Pero mañana serás tan grande

Como el orgulloso Mariscal de Flandes.

Qué tramposa resulta ser  esta abuela,

Siempre echando albahaca en la cazuela,

Apenas me volteo y lista está

Para sazonar patatas con azafrán.

¡No quiero comer, llévame a pasear,

Cómprame un helado y un mazapán!

Prometo que mañana no dejaré  migaja

Comeré la acelga y el topinambur

Antes de que tú digas ¡Salud!

Quiero leche asada para terminar,

Dulce y suave como fresca crema

 Empapada toda en dulce  caramelo.

Comeré solito, prometo, y con el baño,

Me quitas los restos que olvidé en mi pelo.

¿Último bocado? ¡Quién lo diría!

Es que un rico postre mejora cualquier día.

A dormir la siesta un bostezo llama

Y abuela un descanso urgente reclama.

Me voy, más recuerda, sólo es una tregua

Que suspenderemos a hora de la cena.

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¿El escenario del flamenco son las vegas? Claro, eso es un hecho. Y los que piensan que se trata de Las Vegas, esa iluminada y parafernálica ciudad del desierto de Nevada, se equivocan. Una vega es una  laguna, un hermoso espejo de agua helada como la puna y trasparente como el cielo, ojos salitrosos que reflejan la belleza de Los Andes.

Los primeros flamencos que llegaron a  las vegas andinas  descubrieron allí un refugio de extraña belleza,  que si bien podía ser muy frío por las noches  prácticamente carecía de predadores que amenazaran su existencia.  Satisfechos por loo que veían, hundieron  sus picos curvos en el lodo amarillento de las vegas y sí, allí estaban sus crustáceos favoritos. ¡Para qué seguir buscando!

Los flamencos llevaban su tranquila existencia  sin presiones. Compartían  territorio con la jolla y los patos salvajes, pero  alimento había de sobra para todos. Desde  su  sitio en el centro de la laguna observaban  el ir y venir de los camélidos que se acercaban a beber para luego  marcharse con paso aristocrático a ramonear  las ásperas  hierbas  que les proporcionaba la puna. A veces, un puma solitario  venía a mojar sus patas acolchadas en la orilla  salobre; asustados, los flamencos ocultaban la cabeza bajo las alas. El puma tiene mala fama por esos derroteros.

Un día, un Flamenco más inquieto que sus hermanos  descubrió que estarse allí todo el día,  parándose en una u otra pata, escondiendo su cabeza bajo el ala y viendo pasar un guanaco de vez en cuando  le estaba resultando sumamente aburrido.

-¡Es que  aquí no pasa nada, pero nada entretenido! – le comentó a sus vecinos más cercanos.

¿Entretención? –respondieron ellos- Nunca se ha sabido de flamencos que pasen la vida buscando en qué entretenerse. A las alturas del altiplano se viene a descansar de las agotadoras migraciones, a tomar sol, a traer  polluelos al mundo. ¡Es más que suficiente en materia de emociones!

-¡Cómo no va a ser aburrido convivir con quiénes piensan así –refunfuñó Flamenco.

Deprimido, se dedicó a observar el movimiento de los juncos y las olas que el viento dibujaba sobre los matojos de paja brava.

De tanto observarlos, Flamenco terminó por encontrarles gracia. ¡Qué bien ondulaban las hierbas andinas, casi parecía que bailaban a impulsos de la ventolera! Repentinamente, una idea afloró en su  pequeño cerebro. Flamenco corrió hacia el centro de la bandada y empezó a hacer extrañas figuras sobre sus patas altas ydesgarbadas.

Sus evoluciones terminaron por despertar el interés de los demás flamencos. ¡Era extraño lo que hacía Flamenco, pero sin duda alguna, lo hacía ver muy bien…y parecía entretenido!

Paulatinamente, toda la bandada se fue sumando a la coreografía de Flamenco. Iban de izquierda a derecha, aleteaban un poco, se paraban en una pata, escondían la cabeza y después repetían la secuencia completa en un raro y alucinante ballet andino.

 Andando el tiempo, el ballet de Flamenco alcanzó su peak de popularidad y todas las familias de flamencos adoptaron la costumbre de bailar sobre los lagos salobres. Todavía se les puede ver  danzando muy entretenidos en su multitudinaria danza  que destaca bellamente su extraordinario colorido.

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Devorado por la desesperación, el capitán Z*Quq tenía un aspecto deplorable. Iba de un lado a otro de la nave tratando de arrancarse el tentáculo superior  sin parar de gemir:

-Mi amada X*Klimi, mis adorados padres, mis maestros queridos…

Tanto dolor no podía quedar sin respuesta. Pancho se le acercó, le tocó el hombro derecho y le dijo con voz temblorosa.

-Bueno, no todo está perdido, Capitán…podrían venirse a vivir acá.

La idea era descabellada, pero la situación era tan desesperada que el Capitán se agarró de ella como un náufrago de un salvavidas.

-¿Tú crees que el Mariscal de Tierra aceptará, terrestre Pancho?

No fue sencillo explicarle al Capitán y al Mariscal Z*Yaiq que la Tierra carecía de un Mariscal único. La idea de algunos centenares de mandatarios, de los cuales sólo unos pocos tenían verdadera importancia en las decisiones que involucraban al planeta, les era difícil de asumir.

En todo caso, más sabe un Mariscal por viejo que por otra cosa. Como todo político avezado, el Mariscal resolvió el asunto designando a Pancho como  Embajador Plenipotenciario de Zdn ante las Naciones Unidas. Pancho, por su parte, decidió que ocultaría esos honores cuidadosamente por razones de seguridad personal  y  enseguida elaboró un plan perfecto para que la colonización de los zédicos* pasase inadvertida.

El Mariscal, bien aleccionado por algunos reportes secretos del Capitán Z*Quq, estuvo de acuerdo. Casi simultáneamente, los zédicos* comenzaron a embarcarse. Las naves que aguardaban en las plataformas de lanzamiento se llenaban,  cerraban sus escotillas y emprendían el vuelo. El Mariscal Z*Yaiq estaba contento: la evacuación de Zdn se efectuaba con precisión y calma, tal como fuera planificada.

En las últimas naves se embarcó toda la fauna de Zdn. Los últimos en subir fueron los nefertiles, que habían sido a su vez los últimos en buscar refugio bajo la superficie.  Tenían tal bullicio dentro de sus jaulas que casi enloquecían a los pilotos de sus naves. Incluso, se corrió la voz de que unos esklemtiles, que son unos animales bastante tímidos,  habían intentado suicidarse arrojándose desde lo alto de la torre. Los nefertiles provocan pasiones encontradas.

-O se les ama o se les odia -decía de ellos el profesor Z*Asmuq.

Los últimos en subir fueron doscientos ejemplares de canfini spola (que han sido llevados al borde  de la extinción a causa de sus bellas plumas nacaradas) y cincuenta y dos parejas de tamuks  con los que se esperaba iniciar crianza tan pronto como fuera  posible.

 

Mantener la seguridad fue la razón de que los primeros zédicos* que pisaron la Tierra lo hicieran fingiendo ser juguetes de plástico. Poco tiempo después, cuando los zédicos  vieron el tamaño de los terrestres y apreciaron algunas de  sus más famosas  seriales de televisión, estuvieron totalmente de acuerdo con los sacrificios que les había impuesto la llegada secreta. ¡Quién habría dicho que los Azules eran tan peligrosos!

Las últimas instrucciones que recibió el Capitán Z*Quq se referían al terrestre  llamado Pancho. Amablemente, el Mariscal Z*Yaiq  deploraba tener que ordenarle que la memoria del niño memoria debía ser borrada en cuanto terminara el desembarco de los zédicos*.

 

Los extraterrestres de plástico anaranjado coparon el mercado con extraordinaria rapidez. Después de que un comerciante declaró que tenían  tan buen sistema de animación que parecían vivos, se convirtieron en la sensación de la temporada. Todo el mundo quería llevarlos a sus casas y era de pésimo gusto no contar con uno de ellos, por lo menos, entre los adornos de la casa. Algunas personas tenían familias completas de las que no podían explicar cómo  habían llegado a poseer. Parecía que se reproducían solos.

Los extraterrestres terminaron  por saturar casas, jugueterías y supermercados. Aunque nunca llegó a saberse quiénes fueron los fabricantes  originales, después  aparecieron en circulación las típicas copias hechas en Taiwan, que distaban mucho de tener la misma calidad de las primeras.  Los  primeros extraterrestres animados sólo tenían un defecto:  tarde o temprano, desaparecían y no había  manera de  recuperarlos.

 

Después, quién sabe de dónde,  surgió el mito urbano de los invasores extraterrestres,  que explicaba  la existencia de los juguetes anaranjados como una invasión pacífica que tarde o temprano se apoderaría de la Tierra. Al desaparecer, se decía, los extraterrestres se marchaban a unas colonias submarinas que habían construido frente a las costas del norte de Chile.

No faltó quien los buscó con ayuda de un submarino y el verano siguiente la mitad de los adolescentes de La Serena  perdió el tiempo mirando debajo del agua para encontrar alguna evidencia. Lógicamente, no se encontró nada.

Al año siguiente nadie hablaba de ellos. Habían pasado de moda. 

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Bebé tenía serias intenciones

de armar un escándalo

de proporciones.

No quiere almorzar,

le carga la sopa,

quiere que mamá

le dé compota.

Con unos gajitos

de mandarina

aquieta las aguas

la tía Ernestina.

Bebé come sopa y postre

y el resultado, claro,

es un desastre.

Cuando terminó,

todo se lavó,

aún la silla alta

donde merendó.

Ahora Bebé quiere jugar

y no se cansa de reclamar:

Quiere la pelota,

quiere su  abanico,

y la caja de cartón

que trajo Federico.

A Bebé los ojos

se le están cerrando

tiene mucho sueño

y sigue reclamando.

Bebé quiere pasear

o  ver televisión.

Bebé no pierde la ocasión

de acelerar mi corazón.

Duérmete mi niño,

duérmete Gugú,

que estás más    irritado

que un pobre emú

al que le han hecho

la permanente

y vio los resultados

reflejados en la fuente.

Bebé está casi, casi dormido

toda la casa ha estremecido

con sus quejas y sus llantos.

Este Gugú, está de espanto.

Cierra los ojitos,

gimotea un poco

y en sólo un segundo

se olvida del mundo.

Ahora que Bebé se durmió

una buena siesta tomaré yo.

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Tres días después,  antes de que los integrantes de su familia abrieran los ojos, Pancho se levantó, se colgó las zapatillas al cuello y  salió sigiloso en dirección a la cabaña de las herramientas. Aún estaba oscuro, era sábado, por lo que estaba seguro de que sus padres no se  despertarían  antes de las nueve de la mañana.  Despejó la superficie de la caja y ante él, soñoliento, apareció el Capitán Z*Quq con el tentáculo superior levemente maltrecho por las incómodas noches pasadas.

Con el extraterrestre acomodado en una mochila,  Pancho llevó su bici hasta llegar a la esquina;  recién ahí se montó en ella y partió velozmente hacia los suburbios. Junto a su oreja derecha asomaba  la cabezota anaranjada de Z*Quq, que trataba de  descubrir el camino dándole las instrucciones más contradictorias que fuera posible.  Eso, hasta que Pancho se detuvo abruptamente.

-Mira, tú me dijiste que llegaste por la carretera.

-Sí.

-Y que entraste por el acceso norte.

-Sí.

-Bueno, quédate callado y yo te llevo allá.

-¡Pero tengo que encontrar el vehículo de superficie!

-¿Y dónde lo dejaste?

-En  el parque, junto a unas estatuas.

-Esta bien, vamos allá.

Media hora después, luego de afanosa búsqueda, el Capitán Z*Quq  logró dar con elvehículo de superficie, que estaba  medio sepultado por los matojos y la tierra. El vehículo de superficie tenía el capot feamente averiado y  tan mal aspecto que el Capitán dio el contacto con preocupación, pero el motor ronroneó suavemente. ¡Funcionaba!

A Pancho le costó bastante introducirse en el vehículo de superficie, es más, nunca habría imaginado que se pudieran  hacer autos tan chicos. Pero a fin de cuentas, su tío Luis era dueño de un Austin Mini del año de la  pera, así que ya tenía un poco de práctica en esas lides.  Para hacerle más espacio, el Capitán se deshizo de las raciones de emergencia,  que Pancho escondió junto a su bici y la mochila vacía.

  Pocos minutos después, enfilaban por la Carretera Panamericana Norte en busca de la Nefertil I.

 

-¡Aquí, aquí fue! Mi nave debe estar hacia el este.

¿Cómo podía estar tan seguro el Capitán? A Pancho todo el desierto le parecía igual.

-De ninguna manera -explicó el Capitán Z*Quq-, toda la información del aterrizaje quedó  registrada en Nefertil I y los instrumentos del vehículo de superficie están conectados directamente con el cerebro de la nave.

Y obedeciendo las instrucciones de su pantalla,  se encaminó directamente hacia las montañas.

Contra todo lo que Pancho pudiera pensar, el vehículo de superficie era bastante eficiente. Sin ningún problema superaba dunas, colinas, pedregales y  bajadas. El niño iba totalmente doblado y encogido, pero el todo terreno del Capitán Z*Quq no se achicaba con el peso extra. Cuando las cuestas se hacían muy pesadas, el Capitán presionaba un nuevo botón de marcha, entonces el ronquido del motor se hacía más profundo y en pocos minutos superaba la subida.

 La  incómoda posición, sumada a la poca costumbre de madrugar,  terminaron por cansar al niño. Sus ojos se fueron cerrando hasta que finalmente se durmió del todo.

 

-Ahí está, hemos llegado!

            El grito del Capitán Z*Quq despertó al niño. Con las extremidades adormecidas y el cuello maltrecho, Pancho trató de ver la nave en  la ventanilla del todo terreno, pero delante de él sólo se divisaba una gran extensión de desierto bañada por el sol.

            -Yo no veo nada -se quejó.

-No te preocupes, terrestre -repuso el zédico*-, ya podrás verla.

Reduciendo la velocidad al mínimo, el Capitán Z*Quq se adelantó con decisión  hacia una pila de rocas, Pancho abrió la boca para gritar ¡Cuidado!, pero no alcanzó a hacerlo. Todo lo que los rodeaba desapareció y repentinamente, las rocas se convirtieron en una gran pasarela plateada por la que el vehículo de superficie trepó sin dificultades hasta llegar al corazón de la nave interplanetaria.

-¡Guau! ¿Cómo hiciste eso?

-Dejé la nave protegida con un camuflador de imagen, aunque estábamos delante de ella, no podías verla. -Explicó Z*Quq.

El Capitán  saltó ágilmente hacia el interior de la nave. Pancho hubiera querido hacer lo mismo, pero sus piernas entumecidas no se lo permitieron. No pudo  evitar un par de ayes de dolor a medida que entre cabezazos y  estirones lograba salir del pequeño   vehículo.

-Bienvenido a mi nave,  terrestre.

Pancho estaba maravillado. La Nefertil I  era bastante grande si se consideraban las dimensiones de los zédicos*. Todo relucía brillante e impecable a bordo; después de todo, uno de los motivos por el que se le asignara la misión a Z*Quq habían sido sus  excelentes calificaciones en la Escuela Interplanetaria de Vuelo y Exploración.  Asombrado, el niño iba de un lado a otro revisando los aparatos, el tablero de vuelo, la ventanilla salpicada  de desechos de nefertil  de brillante color rojo y el vistoso traje de astronauta  con  el que Z*Quq se apresuró a reemplazar el vestido de la  muñeca de  Mari.

Inmediatamente después, el Capitán se instaló en el asiento de mando y  encendió el intercomunicador.

-Nefertil I a Base Zdn, Nefertil I a Base Zdn, este es el Capitán Z*Quq, Nefertil I llamando…

La respuesta vino emocionada desde el otro lado del universo:

-¡Base Zdn a  nave Nefertil, creímos que habría muerto, Capitán! ¡Este es un gran día para Zdn!

-Tengo tantas cosas que contarle, Mariscal Z*Yaiq, que no sé por dónde empezar, pero, antes que nada, debo decirle lo peor: el Planeta Azul no está deshabitado. No podremos instalarnos aquí.

Un largo silencio se alzó a través del cosmos. El Capitán Z*Quq pensó que había pasado una eternidad  cuando la voz del Mariscal Z*Yaiq volvió a escucharse  por el intercomunicador.

– También nosotros tenemos algo que decirle, capitán. El proceso de supernova de nuestra  vieja y querida Estrella Madre se ha salido de los márgenes normales. Sólo contamos con treinta mags para evacuar a nuestro pueblo hacia algún punto de la galaxia  donde no nos alcance su poder destructivo. 

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Lo primero que hizo Pancho fue devolverle el triciclo a Matías e interrogarlo minuciosamente sobre lo sucedido el día del robo. El proceso de obtener información se produjo sin dificultades, pero para su sorpresa, cuando intentó dejar el triciclo el niño se negó a recibirlo.

-No do quiedo, ahoda teno una biciqueta.-

Matías estaba aterrado. ¿Qué tal si a papá se le ocurría devolver su preciosa bicicleta nueva ahora que el triciclo estaba de vuelta?

En todo caso, Pancho  insistió tanto que  todos los demás aparecieron -así son las cosas en la  familia de Matías, todo es asunto de estado-, se enteraron del asunto  y quedaron convencidos de que  el pequeño había escondido el triciclo para que le compraran una bicicleta.

Mamá pensó que su bebé era muy listo y lo había planeado todo, pero que habría que reforzar su honradez. Matías no podía ir por la vida mintiendo con esa soltura.

Tere pensó que su hermanito era un fresco, pero ¡qué bacán!

Matías lloró con auténtica desesperación porque nadie le creía y perdería su bicicleta nueva.

Y  papá, conmovido,  prometió que no devolvería la bicicleta, pero le hizo prometer a su pequeñín que nunca más inventaría cosas. El niño aceptó entre sollozos, Mamá consideró la posibilidad de una visita al sicólogo, el triciclo fue asignado al primito Benjamín y  Matías conservó para siempre  la desagradable  reputación de un niño mentiroso, que le acarrearía serios problemas en su adolescencia.  

Las cosas parecían haber quedado claras para todos, menos para Pancho. Su febril imaginación de niño era perfectamente capaz de todo. En otras palabras, Pancho  creía  la más fantástica de las versiones del asunto: el extraterrestre de su hermana era en realidad un invasor, había robado el triciclo y quién sabe qué otras cosas  y estaba esperando el mejor momento para llenar la Tierra de otros invasores enanos y anaranjados que se harían pasar por juguetes hasta apoderarse del mundo.

Sólo necesitaba una cosa: pruebas.

Porque una cosa es suponer una verdad  y otra muy distinta es probarlo ante el mundo. Para  eso, Pancho necesitaba un detalle muy importante: el juguete de su hermana.

En todo caso, Pancho ya tiene diez años  y conoce bien el mundo exterior. Temiendo que le ocurriera lo mismo que a Matías, se guardó muy bien de contar a su familia lo que había descubierto. En vez de eso, fingió absoluta inocencia, se desentendió totalmente del dormitorio de su hermana y tres días después se robó la llave del armario.  Para que Mari  se mudara de ropas, Mamá debió llamar un maestro  que rompiera la cerradura  e instalara una nueva. La  niña recibió un buen reto por  las molestias que había provocado y Pancho disfrutó la oportunidad de ver como la hermana perfecta cometía un error.

Ahora que ni siquiera necesitaba la llave, Pancho, que ha visto bastantes series policiales,  se deshizo de las evidencias incriminatorias arrojando la llave a la basura y esperó pacientemente  que llegara el sábado. Ese día, mientras la familia hacía preparativos para el cine, sufrió repentinamente un dolor de estómago  que estuvo a punto de hacer que  Mamá llamara al médico. Notando que sobreactuaba, Pancho moderó sus gemidos, concedió que se sentía mejor, pero que prefería quedarse acostado y cuando todos salieron, se dio un margen de seguridad de cinco minutos y luego saltó como un resorte en dirección al closet de su hermana.

 El Capitán Z*Quq ya había acabado con los diarios de vida y atacaba ahora la colección de  fotografías de los astros favoritos  de Mari  cuando la puerta se abrió bruscamente y Azul Pancho lo atrapó en el proceso de engullir al teniente Horacio Hornblower con tricornio y todo.

-¡Te tengo!

Pancho levantó al Capitán, que se atragantó de terror, y le apretó la panza anaranjada hasta que los restos del uniforme de Hornblower saltaron  por el aire. Z*Quq habría preferido desmayarse, pero  no tuvo más remedio que fingir que era un juguete. Por supuesto, a esas alturas era bien difícil que Pancho le creyera;  simplemente lo pescó del tentáculo superior y se lo llevó a  rastras hacia su laboratorio secreto, es decir, lo metió debajo de la mesa de su computador,  donde  le ató las extremidades a las patas del  mueble para  tenerlo asegurado mientras encontraba las herramientas adecuadas.

 ¡El Capitán Z*Quq estaba en manos del peor de sus enemigos! Aterrado, el valiente explorador  empalideció hasta  un enfermizo tono amarillo mayonesa. Azul Pancho no dejaba de observarle y cada cierto rato arrojaba a su alrededor toda clase de herramientas de apariencia diabólica: alicates, cortaplumas, agujas de coser  lana,  tornillos, pinzas. Cuando finalmente apareció esgrimiendo  un gran cuchillo cartonero en la mano derecha, el Capitán  no necesitó seguir actuando y se desmayó de veras.

Al volver  en sí, una luz cegadora  bloqueó sus ojos  y   lo dejó  a un tris de desvanecerse otra vez: ¡un horrible ojo gigantesco lo observaba! El Capitán Z*Quq estaba a punto de conocer la peor cara de los Azules.

-¡Z*Amustaq  -rogó al Dios de Zdn-, apiádate de mí!

Contra su voluntad, el Capitán  no pudo evitar preguntarse si el poder de Z*Amustaq  llegaría hasta el otro lado del Universo o sólo alcanzaría para el planeta Zdn.  Tembló como poseído.

-¡Ah, yo sabía que estabas vivo, invasor! -Rugió Pancho apartando la lupa de Papá de su ojo derecho – ¡Confiesa cuáles son tus planes!

-¡Soy inocente! -Gimió Z*Quq tal y cómo había visto que decían los prisioneros en la pantalla oscura.

El Capitán no podía entender qué  le estaba sucediendo. ¡Estaba echando líquido por los ojos, igual que Azul Mamá y Azul Matías! Por si acaso, repitió todas las frases que había escuchado al prisionero  de “El regreso de los Mutantes III”

– ¡Está bien, te daré todo el dinero!

-¡Confesaré todo, pero no me hagas daño, Azul Pancho!

– ¡ Yo no fuí, soy inocente!

Como era de esperar y tal cual ocurría en la película, Azul Pancho sólo se interesó en el dinero.

-¡Lo tengo escondido en una caja debajo de los zapatos de Azul Mari! -confesó el Capitán.

Pancho fue a buscarlo y regresó con una caja repleta de desodorantes, lápices labiales, esquelas arrugadas, pilas y velas decorativas a medio comer.

-Aquí sólo hay basura -dijo-,  o  confiesas todo, o….

Azul Pancho se inclinó sobre  la barriga  anaranjada con el cuchillo cartonero en  ristre. La punta brilló peligrosamente en la oscuridad acercándose hacia la piel del Capitán, que a estas alturas se veía amarillo pato.

– ¡Yo sólo quería volver a casa, junté ese dinero para comer  hasta que encuentre mi nave! – explicó el extraterrestre mientras derramaba  lágrimas en cantidades que a él mismo le habrían parecido asombrosas si hubiera estado en condiciones de pensarlo.

-Eso no es dinero -dijo Pancho-,  no  me interesa, lo único que yo quiero es que confieses la verdad.

-Esta bien -concedió el Capitán-, te diré todo.

 Para un zédico*, la palabra todo significa exactamente éso: todo.  El Capitán Z*Quq contó  con pelos y señales los motivos que lo habían hecho atravesar el Universo, el triste futuro que aguardaba a  Zdn y los pormenores de la misión que se le había encomendado.  Recordando lo ocurrido al protagonista de “Prisionero de guerra, la película”,  entregó  los nombres de toda su familia, sus superiores, maestros y  amigos más próximos y estaba listo para  dar una visión somera de todos los animales del planeta Zdn cuando Pancho no soportó más tanta cháchara y lo hizo callar.

-Bueno, ya está bien. Basta con eso.

A continuación, para sorpresa del Capitán, cortó sus ligaduras con el cuchillo cartonero y le ayudó a ponerse de pie. Z*Quq le llegaba exactamente a la cintura.

-¿En verdad se va a acabar tu planeta? -preguntó.

Una  nueva andanada de explicaciones científicas fue interrumpida con rapidez.

-No te preocupes, te creo.

E inmediatamente atacó con otra pregunta.

-¿Y qué era lo que pensabas hacer ahora?

El Capitán Z*Quq se tomó media hora para contar las  aventuras vividas al llegar y explicarle a Pancho que debía llegar hasta su nave para contactarse con el Mariscal Z*Yaiq y abortar  el despegue de las naves zédicas* hacia el Planeta Azul.

-Tierra -explicó Pancho-, se llama Tierra.

 A Z*Quq todavía le quedaba una pregunta que hacer.

 -¿Por qué me vas a ayudar, Azul Pancho?

Pancho no supo qué responder. Él no lo tenía muy claro del todo; los ojos de Z*Quq, por algún motivo,  le recordaban los de Tomás, uno de sus mejores amigos. La familia de Tomás ocupaba la casa de la esquina hasta que un día el padre  se quedó sin trabajo. Habían vivido con dificultades varios meses, pero   finalmente no les había quedado más remedio que vender la casa y mudarse. Pancho tenía grabados los ojos de Tomás el día que se despidieron: grandes, sin brillo, con una llama de tristeza parpadeando en el fondo, exactamente como los del  extraterrestre anaranjado.

En todo caso, admitir una debilidad como ésa delante de un invasor extraterrestre o de cualquier chico del barrio era algo que ni siquiera se podía plantear.

-Por nada -dijo-, quiero que  vuelvas a tu planeta y nos dejen tranquilos. Y no me digas Azul.  Pancho, sólo Pancho.

 Finalmente, llegaron a un acuerdo. Pancho le ayudaba a recobrar su vehículo y el Capitán prometía que  los zédicos* nunca invadirían la Tierra. Z*Quq no pudo evitar un suspiro  melancólico  al pensar en los desodorantes con mermelada de frambuesa. ¡Qué pérdida! Pancho, por su parte, paladeó mentalmente las delicias de verse en la televisión como “el heroico niño que libró a la Tierra de una invasión extraterrestre”. De paso, recordó que tendría que tomar muchas fotografías para que le creyeran.

El Capitán Z*Quq se tranquilizaba. Después de todo, Pancho no era tan monstruoso como había pensado, hasta podría pensarse que los Azules, perdón, los humanos,  eran buenas personas. Algo brutos no más. El resto de la tarde  lo pasaron compartiendo  información sobre Zdn y la Tierra. Al zédico* le costó convencerse de que la información trasmitida por la pantalla oscura era mayormente ficción para entretener a esa desconcertante especie de vida que eran los Hombres.  A Pancho le encantaron los planos de la Nefertil I y  los mapas interestelares del Capitán, que copió lo mejor que pudo con la loca idea de un viaje interespacial  germinando allá en el fondo de su cerebro.

Antes de que la familia regresara del cine todo estaba programado: en tres días partirían a buscar la nave en la bicicleta de Pancho. Por el momento, el niño consideraba que era mejor que el Capitán se escondiera; podría ocurrir que la actitud de  Mari no fuese tan tolerante con los invasores extraterrestres, por más  pacíficos que fuesen.

El Capitán estuvo de acuerdo y se  metió sin titubear en el cajón de las herramientas del jardín, acompañado de una buena cantidad de  tubos de pasta dental,  textos de historia y biología, un frasco de miel de abejas y una  botella  del  lavalozas favorito de   Mamá.

– Esto está un poco oscuro -se quejó Z*Quq cuando la tapa se cerraba sobre su cabeza-.  ¿Me  vas a venir a ver, terrestre Pancho?  

 -¿Se te ocurre? Se ve que no conoces a mi hermana; cuando descubra que  no estás  en el clóset me voy a ver en aprietos -explicó Pancho antes de tapar  la caja y cubrirla con toda clase de  cosas en desuso.

Por si acaso, añadió una ligera capita de polvo, así parecería que nada se había movido por allí en mucho, mucho tiempo. 

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