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Posts Tagged ‘piano’

Abuela está muy bien vestida esta tarde. Lleva puesto su traje de seda de la China  con estampado de rosas, una puntilla de hilo tejida a crochet y su broche de oro y ámbar. Se ve hermosa la abuela. Quizás sean los mágicos ocelos de Mignon los que le dan  a los de la anciana un especial brillo mientras  relata con acento misterioso: 

 

-La culpa de todo, la tiene mi madre. Mire que dejarme ir por la vida sin una advertencia siquiera, sin un  ¡cuidado!  Qué va, me ha dejado ir de fiestas, de pic nic, de playas y de excursiones sin decir agua va. Me levanta temprano, me da el desayuno en la cocina, me peina las trenzas y me envía al colegio con un bolsoncito de cuero del que estoy  muy orgullosa. Mi uniforme es una maravilla, usamos unos hermosos uniformes azules con cuello marinero y una gorrita de tripulante que todos los otros colegios nos envidian. A medida que uno crece puede ganar méritos y eso significa tener hermosos cordones dorados o jinetas de seda que se ven la mar de bien. Mi colegio es siempre el que mejor luce en los desfiles patrióticos.

Cada tarde, después de almuerzo y todavía con el uniforme del colegio puesto, parto yo a casa de la señorita Soto   a lidiar con el piano. No es que me guste mucho, pero mi madre siempre dice que una señorita no es tal si no puede acompañarse al piano cuando canta y yo soy una hija obediente, aunque corra por allí el ingrato rumor de que  atraigo las calamidades.

            Sea como sea, ya lo dije, no es mi culpa. Yo sólo hago lo que me dicen  y si mamá me hubiera aclarado el origen de mi nombre no tendríamos nada que lamentar. ¡Armida! Llama mamá,  y yo cruzo toda la casa para satisfacer sus deseos. Todo el día mamá siempre está  llamándome, hasta que terminé dándome cuenta de que lo que más le gusta de mí a mamá es el sonido de mi nombre: ¡Armida, Armida!

            Siempre fuí, como ya dije, una niña  buena y complaciente. No es culpa mía que las figuras de porcelana se tiren de bruces a mi paso o que las copas de Baccarat se suiciden lanzándose desde el último piso del buffet. ¡Ni siquiera las toco, apenas paso por allí!  Yo no hago nada para que las sillas del comedor se desbaraten cuando papá se sienta en ellas  y me declaro absolutamente inocente de que las polillas hayan devorado el tapiz de Bayona que la abuela heredó de su tía Beatriz.

 

            Es un azote esta niñita, el apocalipsis en persona. Zzummm, zzummmm. Por lo menos una vez a la semana se sala la sopa o se queman los bizcochos. De doce huevos que ponen las gallinas, tres al menos están hueros. La leche se corta día por medio y apenas recién comprada,  la harina ya está llena de gorgojos. Por su culpa, en esta casa nada sale bien.

Momentito, no estoy exagerando, díganme si en alguna otra casa han caído los niños enfermos de paperas, alfombrilla y tos ferina todos los años. Si acaso hay otra familia a cuya abuela se le suelten los tornillos una vez a la semana y le dé por practicar la cuerda floja en el tendedero, especialmente cuando esta abuela ya cumplió los ochenta y dos. Zzummm, zzummm. Díganme, a ver.

           

            La señorita Soto siempre me recibe de mala cara. No es lo que se llama una persona sutil. Desde mi segunda clase tiene todos los muebles cubiertos con sábanas blancas y vaya uno a saber dónde guarda esos bibelots y copas de plata  que divisé la primera vez. ¡Cómo si fuera culpa mía que el gato hubiera tenido su cola en mi camino y que en cuanto se la pisé haya salido saltando y maullando como si le hubiera dado el mal de San Vito!

¡Gato loco! Se  paseó dando brincos enloquecidos  por los estantes, las sillas tapizadas de felpa y  la mesa de comedor. Las  pastorcillas y los flautistas de porcelana volaban de aquí para allá.   Cuando  el  minino llegó al piano, a la señorita Soto ya le había dado un soponcio y estaba desmayada en el piso, así que por suerte no vio la poza que la bestezuela dejó sobre la cubierta. Su madre, muy diligente, ya la había secado cuando ella se recuperó del  desmayo, pero quedó para siempre una aureola ligeramente más clara. No hay clase en que la señorita Soto no pase su mano por allí con aire de melancolía. Después me da una mirada fea y me regaña:

            -¡Cuidado con esos arpegios, Armida!

-¡Cómo si yo hubiera tenido la culpa de algo!

            Mi vida no es cosa de risa. ¡Un mundo le costó a mi madre que la señorita Soto accediera a continuar con las lecciones!  Mi padre zanjó el asunto con una bonificación generosa. Vale la pena pagar por unas horas de calma, dijo el traidor. Cómo si yo hubiera sido responsable, como si no fuera mamá la que…

            Mis relaciones con la señorita Soto mejoraron en forma radical a partir  del día que el piano terminó por desafinarse  del todo. Las clases se suspendieron por dos semanas y entonces mi padre, desesperado, anduvo la ciudad de arriba abajo hasta que dio con un afinador. El día que el señor López  logró por fin dejar el piano perfectamente afinado, cosa que le tomó  una semana más,  la señorita Soto se olvidó totalmente de nuestras dificultades.

            ¡Es que era una locura! ¡Fortissimo, Armida, me ordenaba, fortissimo! Y yo,  que apenas podía hacerlo con mis manos tan pequeñas,  le atizaba a las teclas hasta que me dolían las puntas de los dedos. Cada dos por tres el piano que se desafinaba otra vez y vuelta a llamar al señor López.   Parecía ser  lo que papá llama un círculo vicioso. Fortissimo, señor López, clases, y así una y otra vez. 

Con el tiempo casi era como que el señor López se hubiera mudado allí. Yo me afanaba tocando mis escalas y ellos aprovechaban de intercambiar   miradas de carnero degollado a mis espaldas. No puedo decir que no comprendía a la señorita Soto, el señor López era bastante guapo. Para  ser un afinador de pianos, claro.

            Infortunadamente, las cosas no podían seguir así. En  una familia normal habrían estado felices de que la señorita Soto hubiera encontrado novio (según Norita, que es bastante chismosa, ella casi estaba como para decir que la dejaba el tren),  es cierto, si bien esta familia no era tan normal como parecía. Cualquier  familia habría celebrado  la aparición del señor López,  pero la  maestra de piano tenía madre, madre de las que dicen hay una sola, pero es que la de la señorita Soto, ésa, valía por diez.

            Comenzó por sentarse en el comedor, desde donde les arrojaba a los tortolitos  unas miradas que eran como dardos envenenados. Hay que reconocer que ellos resistían imperturbables, actitud que fue poniendo cada vez más nerviosa a la madre de la señorita López.

Poco a poco se fue acercando y al final estaba en medio de ellos como una estaca. El señor López, que era un cobarde, se comía las uñas y tiritaba entero. Antes de marcharse, le daba a la señorita Soto una mirada febril que le incendiaba hasta las horquillas del moño. Y ella, la pobrecita, ¿cómo explicarlo? Si  los suspiros fueran música, la señorita Soto habría sido Adelina Patti.

 

            Es una pena tener que contar estas intimidades, pero la señorita Soto no era tan angelical como la muestra Armida. Yo diría, más bien, que la procesión la llevaba por dentro. Zzummm, zzummm.  Tan sensible como soy, lo supe en el primer instante que nos conocimos, ese día de la presentación anual en el salón de la parroquia. Armidita, tan llena de mañas como de costumbre, si no más,  insistió en llevarme consigo:  que me trae buena suerte, que es tan linda (para qué lo vamos a discutir),  que todas van a ir elegantes, que si no me lo prestas, mamá, yo no me atrevo a  presentarme.

Ante esas amenazas,  ¿qué podía decir doña Hermelinda? Partí a la presentación sobre la blusa de muselina de Armida y debo reconocer que me veía más bella que en otras ocasiones, lo que no es poco decir. Verme la señorita Soto y caer en trance por mí, fue todo uno.

            Con la función ocurrió lo que era de esperar, todo salió mal, excepto Armida. El chiquitín de los Rodríguez  se puso a llorar en medio del proscenio, a la vecinita de enfrente se le cortó el elástico de la enagua justo cuando agradecía al público y el florero con rosas se volcó sobre las partituras, cosa que quedó  de manifiesto cuando  nadie entendía qué era lo que estaba tocando la pequeña Emita  Rosales.

Armida estuvo muy bien, el piano casi no llegó a desafinarse, aunque el señor López estaba allí mismo, lanzándose miradas incandescentes con la maestra por detrás del decorado.    Zzummm, zzummm.

 

Esta vez no nos puedes dejar a medias, abuela, tienes que contarnos el final o muchos se quedarán sin saberlo.

Daniel está determinado a lograr su objetivo. ¡No será él quien se quede sin el final de la loca historia de Hermelinda y Armida!

-Lo sé, Daniel, no te preocupes, esta noche nos quedaremos un rato más, porque a todos nos gusta que  cuando dos personas se amen ocurra una cosa. ¿Qué será?

            -¿Que se casen? – Pregunta la prima Rosita.

            -Sí, el matrimonio es parte de ello, pero lo que nos gusta es algo  que tiene muchas aristas, lo que todos queremos es que triunfe…

            -¡El amor!

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