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pangolinHace mucho, mucho tiempo, los pangolines  eran uno  de los animales más recientemente aceptados en el Club de los Mamíferos y, como la mayor parte de ellos, estaba cubierto de una  tupida pelambrera. Aunque no faltaban  los enemigos naturales que lo consideraban un exquisito bocado, su vida era tranquila y abundaban en bosques y llanuras,   porque nadie los consideraba  extraños ni los había declarado  como medicina exótica.

Por eso mismo, sus vidas eran largas y celebraban sus cumpleaños por todo lo alto.  Pang, nuestro protagonista, esperaba el suyo ansioso porque mamá Angie le había prometido  un banquete y  muchos regalos.

Y así ocurrió, sólo que esta vez, entre los regalos había uno que habría de trastornar su vida, se trataba de un libro bellamente ilustrado: El Amadís de Gaula.

Leerlo y amarlo, todo fue uno.  Pang  salió corriendo de la madriguera a contarle a la familia  de ese  gallardo caballero, el Amadís de Gaula, que salvaba damiselas en peligro, aporreaba malvados y vestía una  armadura de última generación, con cota de malla incluida,  espada, casco, escudo  y lanza.

Pang resultó un buen cuenta cuentos y su  entusiasmó  desató el fanatismo por los caballeros andantes, primero en su familia, luego en los clanes vecinos y finalmente en toda la pangolinada mundial. Desde Benin a Senegal, desde Gambia al Indostán, todos los pangolines  se desvivían por las aventuras de los caballeros y soñaban con  salir en busca del Santo Grial.

Pang y sus hermanos, primos y amigos cercanos eran los fanáticos más admirados  por sus congéneres.  Apenas abrían los ojos  perdían una mañana  poniéndose gel en el pelo hasta  que lucía como una armadura y salían a  pasearse con  sus lanzas y escudos  delante de las chicas bonitas, que  pestañeaban románticamente mientras dejaban caer sus pañuelos  perfumados.  

La vida  transcurría pacíficamente  hasta que  se  corrió el rumor de que los pangolines se estaban convirtiendo en una presa fácil, lenta y empaquetada, a la que no era difícil atrapar,  pero a la que costaba un mundo  hincarle el diente a causa de tanto gel  que usaban para peinarse, pero sabían muy bien.

En la selva, un rumor basta para acabar con la tranquilidad de una especie.  Pronto, casi todos los predadores andaban a la caza de esos pangolines peinados, que  prácticamente no podían correr y  tenían tan buen sabor.

La pangolinada estaba en pánico. ¿Cómo era posible que no tuvieran ningún respeto por los pangolines andantes? ¿Es que nadie estaba enterado de la cantidad de bellas damiselas  pangolinas que debian su  vida a tan gentiles caballeros?

Los pangolines no se darían por vencidos tan fácilmente, mientras los mayores  meditaban en la mejor manera de  darle flexibilidad  al gel  endurecedor, los jóvenes se dedicaron a practicar con sus lanzas y espadas. Aunque algunos perderían su vida, nadie les arrebataría  su calidad de caballeros.

Casualmente, en mitad del debate atinó a pasar por allí un ángel de la guarda que regresaba de sus vacaciones en  el  Senegal y se puso a escucharlos.   Se    trataba de un ángel muy comprensivo de manera que, conmovido por la situación, interrumpió al orador,  para proponer  lo siguiente:

-Queridos amigos pangolines, el entusiasmo que sienten por la literatura es  cosa admirable, pero deben saber que los amadises ya causaron mucho daño entre sus lectores y  se ha sabido de alguno que anduvo  a la caza de molinos de viento creyéndolos gigantes…

Cuando los pangolines lo escucharon montaron en cólera y no lo dejaron  terminar. ¡Qué se creía este desconocido, con qué derecho  atacaba sus libros favoritos y principal motivo de inspiración!

Sin  escuchar sus explicaciones lo echaron fuera y  continuaron  la discusión a puertas cerradas.

Preocupado, el ángel de la guarda regresó al cielo y apenas se encontró con  El Creador, le puso al tanto del problema. Para su sorpresa, al Creador no le pareció preocupante, es más, estaba encantado de que esos pequeños mamíferos trepadores, que vivían en  madrigueras,  fueran  el último sostén del romanticismo y la caballería.

Inmediatamente, tomó las medidas pertinentes para que  el pelo de los pangolines se convirtiera en una armadura a base de escamas coriáceas. Junto con el decreto de Autorización de Cambio Físico, les  envió sus ejemplares favoritos  de la Gran Biblioteca del Caballero Andante.

Ambos regalos fueron recibidos en éxtasis por los pangolines de todo el mundo. Desde entonces, han abandonado espadas y  lanzas, pero es casi seguro que si te invitan a su madriguera encontrarás allí  una linda colección de aventuras de los pangolines andantes,  en papel couché y con ilustraciones a todo color.

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Pese a formar una hermosa armadura, las escamas del Pangolin han contribuido directamente a la caza de este bello animal, ya que el hombre las utiliza en la elaboración de medicinas para curar hechizos y conjuros según la creencia popular.  Para mayor información acerca del Pangolin, visita los siguientes sitios:

African Wildlife Foundation

Wikipedia

 

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