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Posts Tagged ‘pangolines’

181486931_b360f7dc3fOficialmente, ningún funcionario del Creador o La Naturaleza ha reconocido  su responsabilidad en el asunto; además, los Babuinos son sumamente desmemoriados, de manera que nadie recuerda  quién fue el desconsiderado que les hizo probar la goma de mascar de fresa por  primera vez.

-Esto es algo que el Hombre ideará por allá por el siglo XX –dijo el culpable-,  me parece muy rica…¿Quieren probarla?

Nada más probarla los Babuinos, una terrible adicción a la goma de mascar de fresa  corrió entre ellos como un reguero de pólvora. Donde uno mirase, allí había un babuino comiendo goma de mascar de fresa. Para  qué contarles las proezas que hacían para conseguirla, considerando que todavía no se había inventado.

Al principio fue divertido.  Nadie que masque goma de mascar  podrá evitar verse un poco ridículo y si  uno tiene los colmillos del tamaño de los de  un Babuino,  ya pueden imaginar la escena. Hilarante, eso dijeron  de ellos los Leones y en menos que canta un gallo,  eran la comidilla de toda la fauna africana.

Los Babuinos son animales muy sociables, pero su vida social se reduce estrictamente a…los demás Babuinos. Por esa razón, tardaron bastante en hacerse cargo de  que los demás animales los consideraban ridículos y aún después de que todos se reían de ellos,  a decir verdad, les importó bien poco. ¡Es que las gomas de mascar de fresa  compensaban  cualquier mal rato, tan deliciosas como eran!

De modo que iban por allí  haciendo  globos color rosa y encontrando muy divertido cuando estos se reventaban y quedaban adheridos a su nariz, sus orejas, el árbol más cercano o algún desdichado animal que tuviese la mala suerte de ir pasando en ese mismo momento.  No había quien no estuviese  furioso con ellos, pero los Babuinos arrojaban su  goma de mascar ya sin sabor al suelo y sacaban otra que empezaban a masticar de inmediato. 

Cuando adquirieron esta pésima costumbre (porque antes tenían otra igual de mala, pegarlos a las rocas o los troncos de los árboles) el malestar  de la fauna salvaje alcanzó ribetes insospechados: ¿Cómo podía  León  conservar su majestuosidad con la  melena  pegoteada? ¿Qué gracia  tenía el caminar de la Jirafa cuando  una  pata  pegajosa la forzaba a cojear? ¿Cómo podía una Gacela conservar su vida cuando, apenas  ponía patas en polvorosa,  pisaba una goma de mascar y se iba de bruces  delante de las Hienas o los Licaones?

Y ya saben como es la burocracia: tanto El Creador como La Naturaleza estaban conscientes del problema, pero  ninguno quería resolverlo para no ser acusado de ser el causante del problema.

Lo peor es que, en esos tiempos primigenios, los Babuinos vivían en los mejores terrenos de la sabana y ocupaban los mejores bosques de acacias.  La contaminación por goma de mascar de fresa amenazaba con la destrucción del hábitat y ponía en jaque la industria turística. ¿Quién querría pasear  por  el Ngorongoro a riesgo de pisar, o peor aún, sentarse, en una goma blanducha y ennegrecida por el sol?

Toda clase de quejas se presentaron en las respectivas oficinas de partes, sin embargo,conscientes de lo  demorosas que suelen ser estas apelaciones,  los animales salvajes prefirieron esperar con calma. Ya llegaría tiempo, en un par de millones de años, de recibir la anhelada solución.

Entretanto, la vida en la selva seguía su curso normal. Aparecían nuevas especies, los antepasados del Hombre se paseaban por las canteras de Olduvai y a las sequías les sobrevenían  copiosas lluvias.  Los Babuinos incluso tenían ahora  nuevos sistemas para conseguir su bocado favorito, de manera que la mitad de África estaba cubierta de  goma de mascar pegajosa a la espera de nuevas víctimas.

Por desgracia, ese año los aguaceros que sucedieron a la sequía fueron tan abundantes que numerosos animales murieron ahogados. Consciente del error y preocupado por  los estragos, El Creador  decidió ver la situación con sus propios ojos. 

Todo un día recorrió la zona, llegando a la conclusión de que los reportes eran un tanto exagerados,  las aguas estaban alcanzando niveles normales y todos estaban felices porque las nuevas pasturas proporcionaban  comida a todas las especies,  engordando a la vez las presas de los carnívoros.

Sucedió  que, cansado de tanta caminata, El Creador tuvo la  mala idea de sentarse a descansar bajo la sombra de unos árboles; corría una deliciosa brisa y aprovechó de  descabezar una siesta.

 Cuando fue a levantarse,  descubrió sorprendido que estaba pegado  al suelo. ¡Se había  dormido sobre un botadero de goma de mascar!

Tratando de quitársela de su mejor  túnica, terminó por esparcirla en sus sandalias y su báculo y, como si fuera poco,  en  la larga cabellera de la que siempre ha  estado tan orgulloso (si no me creen, vean la Capilla Sixtina)

  Para qué les digo el trabajo que tuvieron allá arriba tratando de dejarlo presentable otra vez. Lástima que parte de su pelo debió ser cortado, porque no hubo manera de quitar la goma de mascar. Ya de regreso en sus funciones, El Creador ni siquiera alcanzó a redactar un decreto, estaba tan furioso que lanzó su condena  con un vozarrón que se escuchó en todas las esquinas del universo conocido:

-¡PARA QUE NUNCA OLVIDEN LAS CONSECUENCIAS DE SU DESACATO Y FALTA DE CONSIDERACION, LOS CONDENO A LLEVAR  LA GOMA DE MASCAR EN SUS TRASEROS HASTA EL FIN DE LOS DIAS! – explotó.

Inmediatamente, los traseros de los Babuinos comenzaron a crecer y a tomar un  vistoso color fucsia, adquiriendo la apariencia de una gran goma de mascar húmeda,  pegoteada e inflada.

Lo que al principio fue una tragedia, se vio aminorado por el hecho de que las hembras  lo consideraron muy atractivo y comenzaron a elegir a sus parejas  en razón de lo muy rosada y vistosa que tenía su zona posterior.  Eso les sirvió de consuelo a los machos, pero  tanto rieron los animales salvajes a costa de ellos, que terminaron por mudarse a los más empinados roqueríos y allí, lejos de los demás, se olvidaron totalmente de la goma de mascar de fresa. Ni siquiera  quieren oír hablar de ella.

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116521611_00f2d8507cDesde los primeros tiempos de su existencia, los hipocampos  mostraron una veta romántica que no los abandonaría jamás.

Al comienzo, ese romanticismo se traducía en una serie interminable de amoríos. Los  machos de la especie eran unos  rompecorazones e iban por  los mares de Dios enamorando  a sus pequeñas congéneres  como si el mundo se fuera a acabar al día siguiente. Las chicas sufrían en silencio  su vocación de Casanovas y criaban a sus pequeñuelos sin una queja…pero solas.  Valientemente, ellas salían adelante, pero las crías resultaban cada día más rebeldes y no pocas veces, tomaban el mal camino causándoles muchos sufrimientos a sus madres.

Pero un día cualquiera, en el comienzo de los tiempos,  un hipocampo más romántico que lo usual, se enamoró locamente de una bella hembrita de colita coquetona.  Tanta era su pasión, que  la persiguió por los siete mares rogándole que le concediera su colita; ella, que había visto los sufrimientos  de su madre, estaba decidida a seguir soltera y se le escurría entre las algas, rechazaba los deliciosos copépodos que el apasionado galán le regalaba y  finalmente, cansada de tanta persecusión, le escribió una  fría carta:

“Cansada de  esconderme, estimado señor hipocampo, le informo que he decidido permanecer soltera para evitarme los dolores de un corazón destrozado por otro amante fugaz. No insista.”

Apenas leídas estas gélidas letras, nuestro héroe rompió en llanto.  ¡Justo a él, que amaba sin límites, le tocaba en suerte esta  caballita de mar tan  orgullosa y tan  decidida a evitarse sufrimientos!

Pasaban  los días y la bella  de esta historia recibía toda clase de tristes recados: “Está tan delgado,  parece que quisiera morirse de hambre”, decía un amigo, “Ay, pero si parece alma en pena”, comentaba otro.

-Ya se le pasará –decía la causante de tanto dolor- , apenas conozca a otra, se olvidará de mí.

Pero  el tiempo pasaba y la tan esperada hipocampo que habría de reemplazarla en el corazón del dolido caballito de mar, no apareció. Peor aún,  nuestro hipocampo,   loco de amor, decidió entregarse en brazos de la muerte y, escribiendo una bella carta de adiós  en un pétalo de anémona marina, se despidió de su amada y partió al encuentro de unos  pescadores chinos, enemigos mortales de los hipocampos que tienen en peligro su población  con su grosera insistencia de envasarlos como medicamento exótico.

Por fortuna, el mensajero, sabedor de sus intenciones, galopó por las aguas y entregó rápidamente el mensaje. La bella hipocampo, desesperada y con su corazón conmovido por la tenacidad de su amante,  partió a salvarlo.

-¡Detente –le gritó cuando ya estaba a punto de ser atrapado-, si tú estás dispuesto a morir por mi amor,  yo no puedo menos que vivir para el tuyo!

Dichoso, y sin pensarlo mucho, él le juró amor eterno, y  fidelidad absoluta y  como no le pareció suficiente, se comprometió a compartir los dolores de la paternidad haciéndose cargo de la incubación de sus futuros  hijos.

Al día siguiente, en romántica ceremonia, prometieron ante Neptuno que se amarían  hasta el último día de sus vidas.

Y, como ya les dije, los hipocampos  tenían  vocación romántica. Apenas su historia se conoció,  todos querían imitarlos.  Los romances de un día  comenzaron a ser de mal tono y en poco tiempo la monogamia era la única  regla aceptable para ellos.  Además, ahora que los machos se encargaban de la incubación de las crías, consideraron que una esposa era más que suficiente para ellos.

Tan bellas historias de amor se dieron  entre los hipocampos que el Creador y la Naturaleza solían ponerlos como ejemplo en sus  mensajes y manuales, y ellos,  orgullosos, añadieron una nueva condición a sus  amores: cada vez que un hipocampo perdiera su pareja, el otro moriría de amor.

Por eso, cuando estés nadando y te topes con uno, no cometas el error de  capturarlo o llevarás dos muertes en tu conciencia, una,  la del hipocampo que te llevaste y otra, la del que se murió de amor.

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Querido lector, esta es la sorpresa que te teníamos para el viernes: Por qué las hienas ríen sin motivo. Muchas teorías se han esbozado al respecto, pero si tú querías saber la verdad,  sólo  tienes una oportunidad. Y está en nuestras páginas.

Nos vemos.

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Hace mucho, mucho tiempo, los koalas eran  una de las especies más cariñosas y  seguras de sí misma que poblaban  la Tierra, y,  por esa razón, todos los marsupiales de Oceanía les tenían envidia.  Vivían  todos juntos y revueltos y sin embargo, cada vez que dos koalas se encontraban en un sendero del bosque, no podían evitar abrazarse y recordarse el uno al otro  el largo tiempo que llevaban sin verse y lo mucho  que se habían echado de menos la última media hora.

Si al cálido clima de Australia le sumamos lo muy dormilones que son los koalas,  para qué les cuento  lo corto que se les hacía el día. Entre saludos, abrazos y zalemas varias,  la vida de los koalas se iba  volando. Como si fuera poco, su  proverbial  amabilidad comenzó a extenderse hacia los demás marsupiales y cada vez que se encontraban con un wallaby o una rata canguro corrían a abrazarlos y les decían  cariñosamente:

-¡Tanto tiempo sin verlo, querido vecino!

Los aludidos quedaban un  tanto sorprendidos y  no faltaban quiénes salían comentando que los koalas tenían un tornillo flojo.

Pero los koalas vivían felices  ignorando que eran el comidillo de los demás. La felicidad duró  hasta un día que uno de ellos,  que paseaba por el bosque, escuchó a un kukaburra  gritándole a  otro que pasaba volando:

-¡Anda al claro del bosque a ver a esos tontos koalas!

-¡No me lo perdería por nada del mundo! –respondió el otro.

Koala quedó estupefacto. ¿Por qué querrían espiarlos? ¡Qué extraño era eso! Consciente de que tenía que saber la verdad, Koala se deslizó silencioso hasta el corazón del bosque para saber qué juego se traían entre sus alas los kukaburras. A medida que se acercaba, Koala  iba descubriendo grupitos de wallabies o canguros rojos escondidos entre los arbustos, que se reían para callados tratando de no ser descubiertos.

Cuando nuestro héroe se asomó para ver el motivo de tanta hilaridad,  sólo pudo ver  a sus congéneres yendo de un árbol a otro en busca de sus amigos y vecinos, a quiénes saludaban con grandes muestras de afecto como si no se hubiesen visto en mucho tiempo.

¡Conque de eso se trataba! ¡Qué envidiosos podían ser los animales! ¿En que podía afectarlos que los koalas fueran cariñosos y  expresivos? Apenas oscureció, Koala fue de uno a otro lado poniendo al tanto a la koalada de que se habían convertido en el hazmerreír de toda Oceanía  por  el simple hecho de ser buenos amigos y mejores vecinos. Para los koalas, fue como si les hubieran asestado una puñalada en su tierno corazón.

-¡Nunca más seremos payaso de nadie! –se juramentaron.

Así fue como, al día siguiente, todos fueron testigos de que los koalas habían sufrido un cambio radical. Ahora, al pasear por el bosque, se ignoraban unos a otros y si  llegaban a cruzarse con un amigo, daban vuelta la cara como si estuvieran muy interesados en algo que sucedía muy lejos de allí.

Lo malo fue que, antes de tomar tan drástica decisión, los koalas  no pensaron cuánto tiempo se extendería la medida y  los días, meses, años, decenios y siglos fueron  pasando hasta que se les olvidó totalmente  por qué razón habían cambiado, de manera que ya no necesitaron volver a ser como eran nunca más.

Sin embargo, un resorte secreto se había roto para siempre en sus corazoncitos y  no podían dejar de añorar  los buenos viejos tiempos en que todos se abrazaban  cien o más veces cada día.

Por eso, para no sentir esa pena, los koalas se abrazan de los eucaliptus con una energía y decisión que les impide pensar siquiera en mudarse de árbol, porque cuando estrechan sus bracitos cortos al tronco, en el fondo siempre están pensando:

-¡Ése de allá es mi amigo al que no veo desde esta mañana, qué ganas de darle un abrazo y decirle lo mucho que lo echo de menos!

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Los koalas son un bello animal,  de apariencia tierna y simpática. Uno siempre los ve posando  (tienen que posar, nadie puede ser tan bello  sin intención)  sobre las ramas de los eucaliptus o aferrado a su tronco. ¿Habrán sido siempre así, por qué lo hacen?

Entérate mañana.

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pangolinHace mucho, mucho tiempo, los pangolines  eran uno  de los animales más recientemente aceptados en el Club de los Mamíferos y, como la mayor parte de ellos, estaba cubierto de una  tupida pelambrera. Aunque no faltaban  los enemigos naturales que lo consideraban un exquisito bocado, su vida era tranquila y abundaban en bosques y llanuras,   porque nadie los consideraba  extraños ni los había declarado  como medicina exótica.

Por eso mismo, sus vidas eran largas y celebraban sus cumpleaños por todo lo alto.  Pang, nuestro protagonista, esperaba el suyo ansioso porque mamá Angie le había prometido  un banquete y  muchos regalos.

Y así ocurrió, sólo que esta vez, entre los regalos había uno que habría de trastornar su vida, se trataba de un libro bellamente ilustrado: El Amadís de Gaula.

Leerlo y amarlo, todo fue uno.  Pang  salió corriendo de la madriguera a contarle a la familia  de ese  gallardo caballero, el Amadís de Gaula, que salvaba damiselas en peligro, aporreaba malvados y vestía una  armadura de última generación, con cota de malla incluida,  espada, casco, escudo  y lanza.

Pang resultó un buen cuenta cuentos y su  entusiasmó  desató el fanatismo por los caballeros andantes, primero en su familia, luego en los clanes vecinos y finalmente en toda la pangolinada mundial. Desde Benin a Senegal, desde Gambia al Indostán, todos los pangolines  se desvivían por las aventuras de los caballeros y soñaban con  salir en busca del Santo Grial.

Pang y sus hermanos, primos y amigos cercanos eran los fanáticos más admirados  por sus congéneres.  Apenas abrían los ojos  perdían una mañana  poniéndose gel en el pelo hasta  que lucía como una armadura y salían a  pasearse con  sus lanzas y escudos  delante de las chicas bonitas, que  pestañeaban románticamente mientras dejaban caer sus pañuelos  perfumados.  

La vida  transcurría pacíficamente  hasta que  se  corrió el rumor de que los pangolines se estaban convirtiendo en una presa fácil, lenta y empaquetada, a la que no era difícil atrapar,  pero a la que costaba un mundo  hincarle el diente a causa de tanto gel  que usaban para peinarse, pero sabían muy bien.

En la selva, un rumor basta para acabar con la tranquilidad de una especie.  Pronto, casi todos los predadores andaban a la caza de esos pangolines peinados, que  prácticamente no podían correr y  tenían tan buen sabor.

La pangolinada estaba en pánico. ¿Cómo era posible que no tuvieran ningún respeto por los pangolines andantes? ¿Es que nadie estaba enterado de la cantidad de bellas damiselas  pangolinas que debian su  vida a tan gentiles caballeros?

Los pangolines no se darían por vencidos tan fácilmente, mientras los mayores  meditaban en la mejor manera de  darle flexibilidad  al gel  endurecedor, los jóvenes se dedicaron a practicar con sus lanzas y espadas. Aunque algunos perderían su vida, nadie les arrebataría  su calidad de caballeros.

Casualmente, en mitad del debate atinó a pasar por allí un ángel de la guarda que regresaba de sus vacaciones en  el  Senegal y se puso a escucharlos.   Se    trataba de un ángel muy comprensivo de manera que, conmovido por la situación, interrumpió al orador,  para proponer  lo siguiente:

-Queridos amigos pangolines, el entusiasmo que sienten por la literatura es  cosa admirable, pero deben saber que los amadises ya causaron mucho daño entre sus lectores y  se ha sabido de alguno que anduvo  a la caza de molinos de viento creyéndolos gigantes…

Cuando los pangolines lo escucharon montaron en cólera y no lo dejaron  terminar. ¡Qué se creía este desconocido, con qué derecho  atacaba sus libros favoritos y principal motivo de inspiración!

Sin  escuchar sus explicaciones lo echaron fuera y  continuaron  la discusión a puertas cerradas.

Preocupado, el ángel de la guarda regresó al cielo y apenas se encontró con  El Creador, le puso al tanto del problema. Para su sorpresa, al Creador no le pareció preocupante, es más, estaba encantado de que esos pequeños mamíferos trepadores, que vivían en  madrigueras,  fueran  el último sostén del romanticismo y la caballería.

Inmediatamente, tomó las medidas pertinentes para que  el pelo de los pangolines se convirtiera en una armadura a base de escamas coriáceas. Junto con el decreto de Autorización de Cambio Físico, les  envió sus ejemplares favoritos  de la Gran Biblioteca del Caballero Andante.

Ambos regalos fueron recibidos en éxtasis por los pangolines de todo el mundo. Desde entonces, han abandonado espadas y  lanzas, pero es casi seguro que si te invitan a su madriguera encontrarás allí  una linda colección de aventuras de los pangolines andantes,  en papel couché y con ilustraciones a todo color.

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Pese a formar una hermosa armadura, las escamas del Pangolin han contribuido directamente a la caza de este bello animal, ya que el hombre las utiliza en la elaboración de medicinas para curar hechizos y conjuros según la creencia popular.  Para mayor información acerca del Pangolin, visita los siguientes sitios:

African Wildlife Foundation

Wikipedia

 

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