Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘pangolín’

Soy muy crítico de  El Creador y La Naturaleza, lo cierto es que ambos se portaron  muy mal conmigo. No bastó con mi aspecto salvaje, mi pelambrera enmarañada, mis rasgos simiescos y estos malditos pies que sólo han servido para que el Hombre me cubra de ridículos apodos. Un día cualquiera, cuando era aún un infante, vi mi imagen reflejada en una pared de hielo y me sorprendió ingratamente, hasta entonces, siempre me había creído igual a cualquiera de esos niños pastores que corretean cabras en las laderas de la montaña.

-Madre –pregunté-, ¿Quién es ése?

-Eres tú, pequeño. ¿No ves acaso lo mucho que te pareces a tu padre?

Creo que fue entonces cuando los vi por primera vez, antes sólo los había mirado. Cierto, ahí estaba papá, ligeramente gibado de espaldas, algo excedido de peso, más velludo que nunca, chupando el tuétano de un hueso de cabra con evidente placer. ¡Y yo era su viva imagen, qué castigo, qué pena, qué vergüenza! Toda la mañana recorrí los senderos de la montaña tratando de dar paz a mis alocados sentimientos. Muy tarde, cuando la luz empezaba a borrarse, escondido entre los pinos espié a los Hombres que juntaban leña para la fogata que les daría protección cuando cayera la noche. Razón tenían para  sentirse orgullosos. El Creador les había concedido todo para prosperar y la Naturaleza, tan inflexible con nosotros y las demás especies, no había dudado en darles el puntapié inicial para comenzar su exitoso camino por la vida.

Me hice adulto sabiendo de nuestro trágico destino: estábamos condenados a ser nuestros propios carceleros. Nunca conoceríamos el mar, nunca  espiaríamos desde más allá de las nubes. Ni siquiera podríamos desplazarnos más allá de las altas cordilleras. Éramos demasiado tímidos y, por añadidura, demasiado simiescos. Si osábamos bajar a las planicies del Hombre no pasaría mucho tiempo antes de que fuéramos exterminados a causa de nuestra diferencia. ¿Acaso no le había sucedido lo mismo a nuestro primo de Neanderthal? ¿Y el dodó, el lobo de Tasmania, los alacalufes y tantos más?

Soy un individuo informado. Entre sus muchos defectos el hombre carga con el del descuido. ¡Si supiérais vosotros cuantos periódicos ha traído el viento hasta la boca de nuestras cavernas! No  me costó nada aprender a leer, mucho más me costó aprender a entenderos! ¿Por qué no sois capaces de vivir en paz, de respetar al otro, de vivir y dejar vivir?

Hay tantos peces en el mar, tanto ganado en las sabanas, el Hombre no necesitaba del poder y las armas. Le bastaba con seguir su vida y dejar a los demás tranquilos, pero ni entre ellos respetan esta mínima exigencia. Siempre quiere más: su tierra y la del vecino, su mujer y la ajena, su oro y el de todos, su persona y un batallón de serviles para aplastar al que pisa su  ruta. Quizás se deba a que fue el último en unirse a la fiesta de la creación que aún no logra aprender el término absoluto: compartir.

Aún así, lo envidio. Así como a la Luna, alcanzará las estrellas. Navegará el espacio con la misma audacia que se lanzó a los siete mares a riesgo de su vida. ¡Quién sabe qué cosas le quedan por descubrir! Y yo seguiré estando aquí, escondido en los Himalayas, en los Andes, en los Apalaches, en la tundra. Podéis llamarme como queráis: Yeti, Sasquatch, Chuchuna, Pie Grande, somos los mismos que fuimos aunque también somos los restos. Los restos de una especie grande, alta, garbosa, que se encaró con el mamut y el lobo marino, que anduvo descalza cuando vos debisteis calzar botas, que se abrigó con su piel cuando vos nos asesinasteis para abrigaros del viento. Somos –como dijera uno de los nuestro, un patagón- todo cara. Le hemos hecho cara al hielo y al sol, al dolor y la alegría.

Podéis seguir  buscándonos,  escribir lo que se os antoje en vuestras páginas intrusas, que no daréis con nosotros. Milenios llevamos escondiéndonos de vuestro salvajismo. Pobre Hombre, tanto que hubiera podido aprender de nosotros, la Vida Salvaje.

Nota: por considerarlo merecido, se ha optado porque  nuestro personaje contara su  propia historia.

Anuncios

Read Full Post »

El ciervo ratón almizclero acuático (¡Uf!) vivía su vida en paz y armonía. Amaba las riberas de los ríos que riegan su territorio, se escondía previsor de los predadores que lo amenazan y se reproducía un poco como aquellos a quién se parece, los roedores,  por lo tanto, su población se mantenía estable. Sólo una cosa lo molestaba: la condenada insistencia de los hombres en llamarlo ciervo ratón. ¿Vamos, es que no lo habían visto? ¡Si era cosa de mirarlo, de ver sus lindas pezuñas, su escueto rabo, su bello lomo, su hociquillo vegetariano y rumiante! ¡Cualquiera podía darse cuenta de que era un ciervo! ¿Cómo decían, colmillos? Si, cierto que le asomaban esos feos colmillos de roedor, pero si no fuera por ellos habría sido muy difícil escarbar por raíces, uno tiene que arreglárselas en esta vida.

Era cosa sabida entre  los ciervos almizcleros acuáticos –a quien podríamos llamar por su versión en inglés, chevrotain, para simplificar las cosas- que había un primo de América, el pudú. En las  oscuras noches que los predadores rondaban sus refugios, se solía hablar de la buena elección domiciliaria del primo. Bastó una decisión audaz para que ahora tuviese una estupenda selva lluviosa casi para él sólo. Un poco fuera de circuito, cierto, pero sin leones, sin leopardos, sin hienas, sin víboras ni otros vecinos desagradables de aquellos que insisten en incluirlo a uno en el menú. ¡Qué buena habría sido la vida del chevrotain si hubiera escogido Sudamérica en vez del África Negra! Es casi seguro que podrían pasear tranquilamente a la orilla del río en vez de andar a salto de mata, escondiéndose hasta de su propia sombra, aprendiendo a nadar en todos los estilos conocidos y por conocer para arrancar de esos vecinos tan voraces que no le daban tregua. Una pena no poder comunicarse con el primo de América, contarle al pudú que el chevrotain, el ciervo más pequeño del mundo, vivía valientemente en el territorio más peligroso de África sin que le temblara una patita y mucho menos el bigote. Ni hablar de que le castañetearan los colmillos…¡habría sido terriblemente incómodo!

Así pasaron los tiempos mientras el chevrotain, superadas las dificultades de los tiempos primigenios, se afianzaba en los ríos del continente negro, conversando en las horas flojas de la canícula sobre lo lindo que sería conocer al primo de América. Sin duda, el pudú quedaría sorprendido al constatar  la bravura de un  cérvido más pequeño aún que él mismo.

Repitiéndose a sí mismo lo maravilloso que era,  había pasado el día que las páginas de  un viejo periódico resbalaron hasta la orilla del agua. El primer chevrotain en verlo corrió de inmediato a contarle a su familia que acababa de ver una foto en la prensa,  nada menos que del primo de América. Un rápido galope dejó a la manada devorando las palabras del artículo en cuestión:

…”el pudú que habita en la selva valdiviana…” –esas eran las buenas noticias, el primo no se había cambiado de casa-…” se encuentra ahora en peligro de extinción en su hábitat natural…-y esas eran las malas, pasaban por los mismos problemas- …”  es el ciervo más pequeño del mundo…”

Bastó con leer esas líneas para que  todos los chevrotains montaran en cólera. ¡Qué farsante, cómo se atrevía el pudú a apoderarse de un título duramente ganado por el chevrotain! Además, como si fuera poco, no tenía colmillos y ostentaba un par de cuernitos bellísimos…qué injusticia, cómo podía El Creador haber hecho al primo de América más parecido a un ciervo que el chevrotaine, era el último y peor de los agravios.

Una comisión especial revisó toda la información posible para llegar a la conclusión    de que el pudú era aproximadamente veinte centímetros  más chico y un par de kilos más liviano que el chevrotaine. Era, efectivamente, el ciervo más pequeño del mundo. Al chevrotain le costó mucho tiempo asomar otra vez el  hociquillo fuera de su refugio. Si hasta le parecía que se reían de él. ¡Seguramente todos habían leído el diario antes de que ellos lo  devoraran hasta la última letra para acabar con la evidencia, y eso que sabía bastante mal.

Últimamente se ha sabido de algunos chevrotains que hacen rigurosa dieta para pesar menos que sus primos americanos, pero todavía no ha habido ninguno que logre medir menos y no pasa un día sin que tan triste noticia les atormente su pequeño corazón de ciervos almizcleros de agua.

Read Full Post »

El Hombre primitivo  estaba muy lejos de entender la grandeza oculta del caracol.  La primera vez que recogió uno lo observó con curiosidad. ¿Qué era esa cosita que se movía tan lentamente? Al tenerlo en sus manos quedó asombrado. ¡Qué bello era en su perfecto espiral!

Por supuesto, aquel Hombre no fue capaz de articular esas palabras, pero inmediatamente lo imaginó como parte de su dieta y lo incorporó a ella. Crudos le parecieron un asco, pero ya  cocinados sobre las ascuas de la fogata estaban mucho mejor y eran mucho menos difíciles de cazar que un mamut o un uro e incluso que un conejo.

Posteriormente, cuando superó el temor al agua, el Hombre descubrió que los Caracoles también  vivían en el mar y que sabían, si eso era posible, aún mejor que los otros. Sus caparazones eran algo diferentes, más imaginativas, más hermosas, si cabía.  El Hombre siguió comiendo Caracoles, aprendió incluso a soplar en sus caparazones como si fueran cornos y nunca más se detuvo. Le encantaban estos pequeños gasterópodos.

Los arqueólogos  han encontrado  pruebas de ello en  lugares habitados desde la Edad del Bronce y ya los romanos  dejaron pruebas escritas de su predilección por ellos. Un hombre llamado Fulvius Hirpinus  creó la primera  instalación  para su cría en Tarquinia allá por el  año 50 AC y las granjas en que los romanos los  cultivaron fueron llamadas cochlearum. El mismo Plinio el Viejo, el historiador, los recomendó como efectiva cura contra  males estomacales y  pulmonares…pero siempre que fueran consumidos en número impar. Lógica humana, ligeramente primitiva.

El Caracol, en tanto,  ha recorrido la tierra sin dejar nunca de cargar su casa.  De personalidad sumamente reservada, escogió nunca comunicarse en forma perceptible por el Hombre y por ese motivo El Creador dejó bajo su responsabilidad algunos grandes secretos que la humanidad  haría cualquier cosa por conseguir.

–         Tú tendrás –le advirtió- los secretos de la proporción áurea. Cada vez que construyas una nueva cámara de tu concha, está será más grande que la anterior en una proporción constante. El Hombre tardará  millones de vidas en desentrañar este secreto y aún así no llegará más allá de su aplicación  práctica básica…

Y luego le musitó  al oído todo aquello que verdaderamente se podría alcanzar con dicho conocimiento.

Asombrado, el Caracol  observó su caparazón en el espejo del charco más cercano. ¡Hasta él se sorprendía de haber sido escogido para cargar con esa perfecta representación de phi  sobre su pequeño y esmirriado cuerpecillo!

Mirándose un poco más, se encontró tan perfectamente hermoso que no pudo resistir la tentación de trasmitir su secreto a los demás. El problema era que no tenía cómo hacerlo: se había privado voluntariamente de toda comunicación posible con el Hombre.

Y entonces,  milagrosamente, recordó su baba. ¡Claro, allí tenía el medio y  sería imposible que los Hombres dejaran de ver los mensajes! De esa manera, el Hombre y el Caracol serían amigos para siempre.

Trabajosamente,  trepó una roca y una larga, fina estela brillante fue marcando su camino.  El  Caracol  escribió en ella, codificado, el secreto universal que El Creador le confidenciara, palabra por palabra.

El primer Hombre que pasó por allí vio su huella y supo inmediatamente lo que le pareció  más importante de dicho mensaje:

-Hm, por aquí  hay Caracoles…y yo tengo hambre.

Rebuscó bajo las matas y recogió todos los que pudo para comérselos a la primera oportunidad.

Afortunadamente, uno de los escribas había reptado hasta  unas matas más lejanas de manera que, espantado por la desleatad y estupidez del Hombre,  convino con los demás de su especie la perfecta venganza: Por el resto de la vida de la tierra, los caracoles contarían los secretos del creador en todas las superficies reptables…y el hombre sería incapaz de usarlos en su provecho.

Por supuesto, El Creador estuvo algo molesto por  el incumplimiento de los Caracoles a su promesa de no  contar su secreto al Hombre, pero cuando comprobó personalmente que  el aludido era aún más ciego a la verdad de lo que había pensado, se rio largamente a costa suya. ¡Cómo era posible que su máxima creación fuera tan poco  lista, seguramente, había cometido algún error en el proceso!

El Caracol, en tanto, sigue adelante con su venganza. Ahora que el Hombre lo cría en forma industrial para aprovechar sus cualidades está aún más  furioso que antes y en las mismas barbas de su tirano, escribe:

-Hombre, torpe glotón de pacotilla, deja de comerte la Naturaleza entera y aprende que …

Y luego pinta de un tirón el mensaje secreto del Creador. Total, no hay ningún riesgo de que  ellos lo entiendan.

Read Full Post »

Desde el amanecer de la historia, el Zorro y el Conejo mantuvieron una estrecha relación. A mayor abundancia de Conejos, mejor alimentados estaban los Zorros y  dado que el Conejo  se sentía lo bastante inteligente como  para  despistar a su principal predador,  ambos compartían los campos y colinas de Inglaterra sin pensar en el mañana.

Sin embargo, Conejo ignoraba que un terrible  destino se cernía sobre su pequeña y peluda cabecita: los granjeros estaban molestos por su extrema facilidad para reproducirse y, egoísta como es el Hombre, querían a todo coste deshacerse de ellos. Algunos más malvados que de costumbre,  entregaron el problema en manos de los científicos.

Los científicos han hecho innumerables y valiosos aportes al desarrollo de la Humanidad, pero  a menudo ignoran que lo más valioso de nuestro planeta es la Vida y que el deber del Hombre es preservarla respetuosamente en todas sus formas.  Pasando sobre este principio,  los científicos descubrieron que el peor enemigo del Conejo Europeo era un virus, un virus que le significaba una larga y dolorosa muerte y que en poco tiempo destruía las poblaciones de Conejos Europeos al punto de situarlos al borde de la extinción: el virus trasmitía una enfermedad llamada Mixomatosis.

Los primeros en dedicarse a combatir conejos con este virus, fueron australianos. En realidad el conejo no era una especie nativa y como suele ocurrir había sido introducida por un descuidado granjero que quería ganar más dinero. ¿Alguno de ustedes ha leído algo similar antes? Claro. Hay granjeros que han trasladado visones, hurones, coipos, jabalíes, ciervos, llamas y alpacas. Los primeros en sufrir las consecuencias son los integrantes de la Fauna Autóctona y el motivo de estas radicaciones forzosas es siempre el mismo: la codicia.

Los granjeros franceses tampoco estaban satisfechos con su población de Conejos. “Son demasiados –decían-, acaban con nuestros cultivos, provocan el hambre de nuestros animales domésticos, hay que acabar con ellos.”  

Conejo, ausente de las complejidades de la prensa y la burocracia agrícola, continuaba viviendo en el país de Jauja. Apasionados como son, vivían una vida de continuo  romance y se reproducían como…sí, eso mismo, como conejos.

Bastó un año para que una pareja de conejos infectados arrasara con el noventa por ciento de los conejos franceses. Poco después la plaga atravesó fronteras  desangrando las colonias belgas  e incluso cruzó el canal de la Mancha despoblando de conejos las colinas de Gran Bretaña.

Zorro, ignorante de lo que estaba sucediendo, descubrió repentinamente una epidemia tan peligrosa como aquella: la del hambre. Mientras los Conejos agonizaban en sus madrigueras, los Zorros vagaban  famélicos y desesperados. El Hombre, una vez más, había jugado cruelmente con la Naturaleza. El Hombre, como siempre,  ganaba. Los animales, los perdedores, sufrían.

La vida es fuerte, así como en Australia los Conejos  generaron resistencia a la cruel epidemia, algún día los Conejos de Europa volverán a ser fuertes. El amor, dicen ellos, nos salvará, y continúan trayendo  gazapillos al mundo sin medida ni control.

Pero Zorro tenía tanta hambre que se acercó a las granjas mucho más de lo que la prudencia aconsejaba. El granjero tendía trampas, lo obligaba a huir con sus escopetas. Desesperado, Zorro fue más lejos, tan lejos que la silueta de las ciudades se fue acercando cada vez más hasta que un día Zorro se encontró cruzando una calle de Londres.

¡Qué horrible podía ser todo allí! Los coches abundaban tanto o más que en las carreteras que ya había aprendido a esquivar y el suelo que pisaban era duro como la piedra, helaba en invierno y ardía en verano.  De pronto, Zorro divisó unos árboles  y corrió a refugiarse a su sombra y con asombro, se vio en medio de un bello parque.

-Esto –se dijo Zorro- es casi tan bueno  y bello como la campiña que debimos  dejar atrás.

Esa misma tarde descubrió la existencia de  unos receptáculos llenos de alimentos. Si Zorro  hurgaba en ellos antes de que los camiones del hombre  los vaciasen podía llenar la barriga hasta que no había un milímetro más  de espacio por llenar.

A medida que otros miembros de la familia fueron llegando a las ciudades,  encontraron otros parques, estadios, plazas  y jardines. Hábilmente,  Zorro  se escondió en los callejones oscuros,  armó su madriguera  bajo escaleras o en alcantarillas.

-Nosotros – dijeron- podemos usar al Hombre así como él se ha servido de el Zorro  y a cambio, no recibirán los daños que nosotros hemos tolerado.

En todo caso, los Zorros son orgullosos,  no querían que el Hombre los acusara de parásitos, mendigos o ladrones. Han echado a correr el rumor de que  llegaron atraídos por  la alegría y la música del Swinging London y ni muertos reconocerían que lo hicieron por necesidad.

Read Full Post »

Previo a  que el Hombre lo llamase como mejor se le antojó, el  Panda Rojo carecía de nombre y  vivía feliz en sus tierras del Asia. China, Bhutan,  Nepal y otros países le habían visto trepados a sus árboles por tanto tiempo que le conocían perfectamente y aunque no tuvieran la  posibilidad de compararlo con  mapaches, mofetas y otros mustélidos tampoco habían tenido la visita de zoólogos europeos que lo catalogasen erróneamente.  El Hombre que compartía su territorio, sin rebuscamientos, le había llamado por el sonido de su ladrido, Wha, y  luego le había rebautizado como Panda; posteriormente, al conocer de la existencia de un Panda de mayor envergadura y más visibles atractivos, curiosos zoólogos europeos le habían agregado el deprimente calificativo de Menor.

El Panda Rojo –o Menor-  sabe que son muchos los animales mal clasificados y, conocedor como es de la lentitud de la burocracia ha dejado de esperar la respuesta a la Solicitud de  Correcta Definición Taxonómica que elevó  ante La Naturaleza hace  casi 200 años. Durante largo tiempo  mantuvo indignada correspondencia con un francés de nombre Cuvier,  causante involuntario del estropicio, sin jamás recibir una respuesta de su parte.

Panda Menor  continuaba viviendo en absoluta  felicidad allá en sus montañas nevadas cuando, por una lamentable casualidad, sus ojos se posaron en las hojas amarillentas de un periódico  que el viento había arrastrado  hasta  su domicilio. Panda Menor creyó ver impreso un rostro conocido y se escurrió de su madriguera para comprobar sus sospechas.

Y claro, allí estaba, en cuatro columnas y a todo color,  el Panda Gigante, aquel vecino suyo tan lento y poco sociable que se ahbía apoderado de su nombre.  La fotografía  lo favorecía, pensó. Panda Gigante  era un vecino muy atractivo y a Panda Menor le habría encantado tener su tamaño, pero claro, el mundo debía saber que era muy difícil que ello ocurriese: Panda gigante era un úrsido y él, Panda Menor, un mustélido, era imposible que tuvieran en común algo más que el nombre mal catalogado por ese odioso Cuvier.  

Excitado por la novedad de que el Hombre se interesase tanto en un animal y esperando con ansias noticias de su  propia especie, Panda Menor  se dedicó a perseguir  las revistas y periódicos  abandonados por el Hombre, quería a toda costa disfrutar sus quince minutos de fama. A  poco andar, y luego de infinitas lecturas sobre Panda Gigante, comprendió que necesitaba desesperadamente leer un reportaje sobre sí mismo.

Pero la nota sobre Panda Menor y sus hermanos no aparecía nunca  y en su lugar, Panda Menor debió conformarse  con leer, una y otra vez, toda clase de noticias sobre  Panda Gigante. Incluso se enteró, con  profunda decepción, de que  sus vecinos tenían  también gran  cantidad de páginas  en Internet y que se había creado un programa con el sólo propósito de sacarlos de la lista de especies en peligro de extinción. Como si esto fuera poco, Panda Gigante era protagonista de todo tipo de  cuentos y películas para cine y televisión y su perezosa figura –algo entrada en kilos, juzgaba él- ocupaba  kilómetros de espacio en las jugueterías de la tierra.

A estas alturas, Panda menor tenía su autoestima por los suelos. ¿Cómo era posible que nadie recordase su existencia? Tanto tiempo viviendo en la proximidad del Hombre  lo había puesto en la categoría de especie vulnerable, pero nadie se afanaba en crear un centro especial para  control de su especie. ¿Es que nadie se interesaba en fabricar peluches de vivo color rojo y decorativa cola listada? ¿Se vería obligado a teñir su pelo y usar un parche en el ojo para  satisfacer  el sueño de una portada en papel couché?

Panda Menor se encuentra resignado a vivir a la sombra de su famoso tocayo, pero se niega a aceptar que lleve el nombre de Panda Gigante. Por largo tiempo ha litigado ante la justicia  con el  propósito de  arrebatarle legalmente dicho apelativo, pero no ha conseguido evidencias que prueben sus asertos.  No le queda más que continuar viviendo en el anonimato  a la espera de aquel periódico genial que lo presentará al mundo   con todo el rimbombo que su especie merece: a cuatro columnas y con fotografías a todo color.

Read Full Post »

Mucho antes de que el hombre plantara su pie en las praderas de América del Norte, ya vivían allí, en gran número y muy confortablemente; bisontes, lobos, hurones, coyotes y …perritos de la pradera. Claro que en ese tiempo ninguno de ellos habría aceptado los nombres que posteriormente le endilgó el invasor que se paraba en dos patas.  Es más, sus relaciones con él nunca fueron fluidas, si bien los primeros hombres,  miembros de las innumerables tribus de  pieles rojas,  sentían por ellos mucho respeto y  jamás intentaron, como el hombre blanco, erradicarlos de una vez y para siempre. 

Pero la Historia es una dama  muy vieja y por lo tanto, llevada de sus ideas. Cuando decide que algo ha de suceder no hay quien la haga cambiar de opinión. Así, cuando el hombre de piel blanca desembarcó del Mayflower  no tardó muchó en expandirse por las nuevas tierras  e  implantar a continuación su cultura, sus medios de vida, sus cultivos y sus animales de cría. El ganado vacuno sería el desencadenante de la tragedia de los animales originarios.

Al hombre, gran comedor de carne y no menor como bebedor de leche, no le gustaba compartir sus placeres con los animales autóctonos, de manera que puso precio a la cabeza de lobos, coyotes y hurones, ningún hombre estaba dispuesto a alimentar gratuitamente a los legítimos herederos de la tierra.

-Nosotros somos herbívoros –informaron los bisontes, convencidos de que se les dejaría en paz por tal motivo.

El Hombre no se iba a molestar en responderle a una bestia cuadrúpeda, pero  se dijo para sus adentros:

–          Hmm, eso quiere decir que están robándole el alimento al ganado que hará mi riqueza.

También la cabeza del bisonte tuvo precio y montañas de cadáveres se elevaron en la pradera.

 Pronto, la mayor parte de los desdichados animales de la pradera pasaron a integrar  la larga lista de especies en peligro de extinción.  El perrillo de la pradera temía por su vida, pero  algo había escuchado de la larga relación del Hombre con el Perro, de modo que redobló esfuerzos en perfeccionar su ladrido y se escondió bien al fondo de sus laberínticas madrigueras.

-Por milenios –se dijeron-, hemos alimentado al lobo, el coyote, el hurón y el águila, bueno  sería que Manitú  nos libre de la antipatía de este nuevo habitante.

Pero el Hombre veía con preocupación que sus cornilargos  podían quebrarse la pata en los agujeros cavados por los perrillos de la pradera  y, aviesamente, decidió que tampoco  ellos eran dignos de  habitar la tierra que el Gran Manitú les concediera  originalmente.

-Además- se preguntó- , ¿qué valor tiene este Gran Manitú? Nuestro Creador es el único auténtico y genuino.

El Creador, que espiaba refugiado en las estrellas,  movió la cabeza con  pena y disgusto. ¿Es que ignoraba el Hombre que suyos eran todos los nombres  con que alguna vez uno de ellos  lo llamó?  Pero, ya que había cometido el error de garantizar su libre albedrío, guardó silencio y lloró por sus  víctimas silvestres.

El hombre, en tanto, se entretuvo  cazando. Nada le parecía más divertido que pasar sus tardes haciendo puntería sobre los delgados cuerpecillos de los perritos y la población de estos pobres  animales decreció peligrosamente.  Ahora, cuando miraban la pradera, los sobrevivientes sólo divisaban  los rebaños del ganado del hombre y apenas  retumbaban en la tierra  los cascos de sus caballos,  huían a perderse.

Lo único que consolaba a los perritos de las praderas era que un hombre los había encontrado tan lindos que hasta había creado una historieta  protagonizada por uno de ellos, al que llamaron Perry. La historia de Perry era muy popular y exaltaba su simpatía y unión familiar.

– Como nosotros somos una variedad de perro, el hombre terminará reconociendo que nos ama  –se consolaron.

Pero, por si acaso, construyeron sus madrigueras más intrincadas todavía, para que ningún hombre pudiera llegar a ellos.

Pobre consuelo, algunos zoólogos habían estado investigando  las magras poblaciones  de la pradera y llegaron a una triste conclusión:

-Estos animalitos no pueden ser llamado “perrito” de ninguna manera, porque lo que son, verdaderamente, es una variedad de ardillas.

Y los rebautizaron como Ardillas de la Pradera. ¡Qué decepción,   ya nunca podrían ser mascotas, ni vivir junto  al hombre. Su destino sería dormir con un ojo  y velar con el otro.

Casi estaba  la pradera desierta de sus habitantes originarios, apenas  el ganado paseaba de aquí para allá  ramoneando la hierba.  Por fortuna,  algunos hombres recordaron lo muy distinta que había sido cuando apenas se elevaban unos palmos del suelo y comenzaron a preocuparse. ¿Qué había sido de  todos esos bellos animales que solían verse  en las llanuras? ¿Dónde estaban los bisontes, los hurones, los lobos, los coyotes…qué había sucedido con el familión de los perritos…, perdón, las ardillas de la pradera?

Poco tardaron en comprender que el mismo hombre estaba acabando con la vida silvestre y sus corazones se crisparon de pena. ¡Esto no podía continuar!  ¿Habría alguna manera de revertir la situación?

Lentamente, hombres de buena voluntad fueron uniendo sus fuerzas. Protegieron a los bisontes y pelearon para garantizar su espacio en la pradera.   Se  cuidaron de los lobos, al constatar que no eran  los asesinos que todos temían. Recogieron  los escasos hurones, que padecían una peste fatal,  y los curaron para reintroducirlos. Defendieron las águilas protegiendo sus nidos  y treparon las montañas para cuidar de los osos, los muflones,  el puma y el gato montés

El Creador,  que  apenas ayer estuviera tan decepcionado de los hombres, meneó su bella cabeza con aprobación. Este sí era el hombre que había creído digno de conducir los destinos de la Tierra.

Y las Ardillas de la Pradera, que por si acaso habían presentado una solicitud para  asignarse legalmente los atributos caninos, decidieron  aguardar la respuesta  con paciencia. Total, ellos saben que allá arriba siempre se toman su tiempo para todo,  y si las cosas mejoran un poquito…hasta podrían aceptar  este nuevo nombre. Claro, que por si acaso, ladran un  poquito más fuerte y piensan:

– ¿Ven que somos igualitos a sus perros?

Read Full Post »

En los albores de América,   los primeros ejemplares de Oso  apenas comenzaban a desperdigarse en la zona andina. No eran tan grandes ni tan majestuosos como sus primos del hemisferio norte, pero ya se  mostraban como animales listos y  veloces y se sentían muy orgullosos de su pelaje,  oscuro como una noche en la Puna.

Como el oso es un animal solitario,  son las madres quiénes se encargan por sí solas de criar a la nueva generación. El  oso de los Andes no es una variedad  numerosa por lo que mucho sufrían las hembras, madres muy cariñosas y protectoras, cada vez que perdían  un cachorro. Siempre estaban pendientes del puma, el águila y las serpientes, pero los que más les dolía, era que el peor enemigo de sus  cachorros  era, por  lo general, otro macho de la misma especie, incapaz de aceptar  la existencia de  crías que él no había engendrado. Da un poco  para pensar el hecho de que  la violencia contra  las hembras y sus cachorros sea habitual entre tantas especies que pueblan la Tierra, incluída, para nuestra vergüenza, aquella tan soberbia a la que pertenecemos,  pero ese hecho nos hace compartir el dolor de las madres osas como si fuera nuestro.

Ocurría, como  os contaba, que  muchas crías  morían en su primera infancia y las osas, desesperadas, fueron trepando los Andes en busca de refugio para sus camadas sin pensar que donde quiera que fuesen, allí las seguirían los machos empujados por La Naturaleza, de manera que  el hecho se seguía repitiendo inevitablemente.

Sucedió  que un día,  una camada de tres oseznos  jugueteaba en el bosque mientras la madre  buscaba alimento para su sustento. Se trataba de tres ositos muy listos y alegres, que  jugaban con tantas ganas que no alcanzaron a darse cuenta a tiempo de la  aparición de un macho cruel y desagradable, que se les echó encima rugiendo  de furia,  decidido a acabar con sus vidas.

El primero de los oseznos, que se sentía responsable de sus hermanitos, vio  con desesperación que la muerte les caía encima y, recordando que poseía cuatro patas bien rematadas en fuertes garras, corrió hacia el árbol más próximo gritando a sus hermanos que lo siguieran. En cosa de segundos, los oseznos estaban trepados en las ramas más altas, perdido el aliento y con el corazoncito  batiendo aterrorizado en el pecho.

Más terror  experimentaron al ver que el macho malvado comenzaba a trepar tras ellos, pero el peso de la enorme bestia no le permitió  seguir, se dio por vencido, y se marchó refunfuñando.  Al rato, y ya tranquilizados, los oseznos pensaron en bajar de su refugio, pero como temían que el oso regresara, permanecieron allí y se pusieron a  mirar a su alrededor.

Descubrieron entonces la magnífica belleza de los Andes: las altas cumbres nevadas, los hilillos de plata que bajaban a alimentar los cursos de agua y  los cóndores que planeaban  en el aire helado de la mañana. 

-Un día –dijo el más listo-, alguien inventará una manera de volar como los cóndores tan sólo por el placer de ver la tierra desde allí arriba.

-Tú estás loco –intervino uno de sus hermanos-, está escrito que los que carecemos de alas nunca podremos volar.

-Alguien puede cambiar lo que está escrito -reflexionó el osezno-, así como tres simples cachorros como nosotros hemos descubierto que podíamos salvar la vida trepando hasta aquí.

–Pero si  hubiéramos volado –acotó el tercer osito-, el viento nos habría cerrado los ojos y chocaríamos con los árboles o nos estrellaríamos con las montañas.

-Cuando  llegue el día que  aquel que no tiene alas vuele –prometió el listillo-, usará unos lindos anteojos  para proteger sus ojos y nada de eso sucederá.  Yo se bien lo que se debe hacer.

Y tomando un poco de resina, se dibujó un par de gafas sobre la piel y subido en la copa del árbol,  soñó que era un aviador capaz de llegar hasta el cielo y más allá.

Apenas regresó la madre, los oseznos le contaron lo sucedido y juntos celebraron la inteligente maniobra que los había puesto a  salvo.  Pronto, todos los osos de los Andes conocían la historia y las más felices eran las madres, que ya no sufrían tanto la muerte de sus  crías.  Además, ahora que todos los oseznos soñaban con ser aviadores y se entretenían jugando en las ramas más altas,   las madres vieron que sus  hijos se habían pintado gafas y como  las encontraron muy bonitas, se las pintaron también.

Menos contentos estaban los machos, pero la razón era tan vergonzosa que no tuvieron más remedio que guardarla  en secreto.  Se  consolaron pensando que podían pintarse anteojos y  verse tan bien como las hembras y sus crías.

La Naturaleza, que de todas maneras no es tan cruel como la pintan, encontró  que todo el asunto era muy divertido y en los Planes de Evolución correspondientes a los osos, escribió a escondidas un breve acápite  concediéndoles  unos bellos  anteojos de pelo blanco en forma definitiva. Desde entonces, y para envidia de todos los demás osos del planeta,  al Oso de los Andes se le conoce  como el Oso de Anteojos.

Y  los oseznos, cuando juegan al avión  encaramados en las copas de los árboles, se sienten muy orgullosos de haber  sido los causantes de todo.

Read Full Post »

Older Posts »