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Todo niño del norte de Chile que se respete debe vivir, al menos, dos experiencias terroríficas, a saber: Ir al cementerio en una noche de luna y llamar a la lola en las quebradas.

La primera realmente asusta. A pesar de la luz de la luna, difícil es ver dónde pone uno el pie  en dichos lugares. Los cementerios  del norte, especialmente si han sido abandonados, suelen estar llenos de fosas al descubierto, de rejas derrumbadas y materiales de construcción regados en total desorden. Además, las coronas de flores suelen ser de porcelana y latón o papel. ¿Saben a qué se parece el clac-clac   de las coronas de hojalata? ¡Al golpear de los huesos de un esqueleto! ¿Les gustaría sentir que un esqueleto pisa tras sus pasos? No a mí.

Las flores de papel desteñidas por el sol tampoco lo hacen mal con su frufrú, parece que en cualquier momento va a aparecer por allí un fantasma envuelto en sus harapos susurrantes. Los niños van de una tumba en otra sabiéndose intrusos y temiendo, a cada paso, la aparición de los habitantes legítimos del lugar.

Sin embargo, es a la lola, la bella Dolores a la que más debieran temer y de seguro lo harían si no fuera porque los chicos no van por las quebradas entre las tinieblas de la noche, y en el día, cuando sus llamados rebotan  por los muros de andesita de las quebradas, repitiendo una y otra vez “lola, lola, lola”, a esa hora, por fortuna, la lola duerme el sueño de…¿los justos?…No  precisamente.

Tan bella era Dolores que su padre la cuidaba como hueso santo de los galanes que la rondaban como moscas a un pastel; no fuera a ser cosa que su respirar empañase el espejo de  la virtud impoluta de su hija adorada.

Claro que eso no impidió que uno de aquellos se robase el corazón de su hija y las  condiciones que el padre impuso, una tras otra,  para que mereciera la mano de Dolores,  cayeron todas juntas cuando el aspirante a novio se topó con un filón de oro que lo convirtió, de un día para otro, en un minero rico y un postulante apetecible.

Así, la bella Dolores, Lola, entró a la iglesia  vestida de encaje blanco y salió de ella del brazo del que hasta entonces fuera el más enamorado de los hombres.

Y digo “fuera”, porque desde ese mismo día, obtenido ya lo ambicionado y con el bolsillo bien abastecido por el oro de su mina, el marido de Lola fue deseando y obteniendo, una y otra vez los dones de otras mujeres, que poseían una cualidad irresistible: no estaban casadas con él.

Nada dura para siempre y mucho menos la inocencia de una esposa engañada. El día llegó que Lola, empujada por las maledicentes  voces de sus amigos y vecinos, vistiendo los encajes de su día de bodas, espió a su marido hasta descubrirlo en compañía de una más de sus amantes y, con el mismo cuchillo que trinchaba el asado de los domingos,  pinchó el corazón de su amado, que se desplomó sin un suspiro.

Desesperada al ver lo que había hecho, Lola corrió al desierto; sin querer aceptar la verdad de su crimen se repetía que su amado había sido asesinado por otro, un rival, un envidioso. Corrió, corrió y corrió,  hasta que, perdida la razón y hechos jirones sus encajes,  cayó sobre la tierra ardiente, agonizante a causa de la sed, y allí se fue apagando hasta que la última luz de sus ojos murió también. Y en ese momento, al morir la bella Dolores, nació la lola.

-“Lola, lola, lola” –gritan los niños por las quebradas, y el eco les devuelve cien veces su aullido: “Lola, lola, lola”.

La lola no responde, es que duerme de día el sueño eterno y sólo se levanta de su improvisada tumba cuando la noche se abate sobre la tierra. Entonces agarra la  pesada carga de su crimen y va por el desierto llorando tristemente, buscando, en cada rincón, al asesino maldito que acabó con el hombre de su vida.

La primera vez que se encontró con él, por poco no lo ve. La lola iba pasando de largo cuando, al descorrerse un poco las nubes que ocultaban la luna, un pirquinero que se aprestaba a dormir vio pasar lloriqueando tristemente a una bella mujer vestida de blanco, apenas una sombra más en la oscuridad.

El pirquinero fue tras ella casi sin creer lo que veían sus ojos. ¡Tan bella, tan blanca, tan frágil,  tan sola, tan triste, tan cansada de cargar el gran bulto que arrastraba y que parecía chocar contra cada piedra. La siguió acercándose  cada vez más y le pareció más bella aún. ¿De dónde podía venir esta hermosa  mujer que interrumpía su soledad tan intempestivamente?

–       ¡Señorita! – Llamó-

La lola se detuvo bruscamente, pero no se volvió.

–       ¿Qué le sucede, señorita, puedo ayudarla?

El pirquinero ya casi había llegado junto a la lola. Extendía su mano, buscaba sus ojos. Sólo  entonces, cuando la lola se volvió, él pudo ver que lo que arrastraba era un ataúd  de negra madera desteñida. Lo siguiente, fue mirar su cara.

Un alarido de terror quebró la quietud de la noche. En el rostro reseco por el sol y el viento hasta parecer un delicado pergamino apenas pegado a los huesos, resplandecían como brasas las cuencas de los ojos vacías, fuego eterno que  quemó, primero su cerebro, y luego su corazón. El pirquinero se desplomó sin vida convirtiéndose así en el primer eslabón de una larga cadena de muertes.

¿Y la lola? La lola recogió la cuerda que tira del ataúd de su amado y siguió su camino en las tinieblas; tal como le ocurriera la primera vez,  acababa de olvidar que ya había dado muerte al supuesto asesino de su marido y otra vez sentía la urgencia de encontrarlo. ¡Ya vería, el maldito, cuando se encontrase con ella, de qué era capaz la bella Dolores! La lola.

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-Nacho, ayúdame a  cortar el pasto –dijo el bisabuelo Fernando asomándose por la  ventana.

-Claro, Tata –dijo el niño con una mueca de desagrado.

No había caso con el Tata, qué pesado era. ¿Por qué no le pedía ayuda al flojo de Javier?

Después de que Nacho  le había arreglado el pastel con mamá  echándose la culpa de lo sucedido  Javier no había cambiado su actitud; en cuanto le levantaron  el castigo se echó a volar otra vez y apenas si se le veía a la hora de cenar. Era,  lejos, el peor hermano del mundo.

Nacho se levantó  de mala gana,  apagó el televisor decimonónico y  salió  por la ventana hacia el patio.

Muy mala idea. Su abuelo ya estaba allí con la podadora  y las tijeras.

-Nacho, me vienes de perlas: allí tienes el rastrillo, recoge el pasto cortado y las hojas secas y lo echas en esa bolsa – ordenó don Fernando.

¡Oh no, no terminaría nunca de pagar las culpas de su escapada… qué injusta era la vida!

Resignado, hizo lo que le pidiera el tata Fernando.

Para ser tan anciano, el abuelo de  su madre todavía era una persona bastante fuerte, pensó Nacho.  Algo flaco, claro. Se veía divertido con camiseta. Pensándolo bien, era la primera vez que lo  veía sin  corbata. ¡Qué decir  sin  camisa,  don Fernando era un caballero muy formal! Sin embargo, ahora que se la había quitado, don Fernando trabajaba con habilidad,  podando los arbustos con  rapidez.

-¡Ay!

El anciano tropezó y cayó cuan largo era.

De un salto, Nacho estuvo junto a él.   El   bisabuelo no estaba tan bien como él había pensado. Nacho lo tomó del brazo izquierdo para ayudarlo y el anciano se  levantó con grandes dificultades. Nacho pensó que  el Tata  se veía muy divertido en camiseta. Tenía los delgados brazos  muy blancos,  cubiertos de pecas y manchas anaranjadas  y a lo largo del antebrazo… ¡Un momento! Nacho nunca  se había fijado en esto. A lo largo del antebrazo, el bisabuelo Fernando   ¡tenía una larga cicatriz blanca, borroneada por el tiempo!

-¡Tata!

– No te asustes, Nacho, sólo fue una caídita;  estoy bien.

Don Fernando terminó de incorporarse

– Sí, pero Tata, esa cicatriz, ¿cómo te la hiciste?

El anciano se miró el brazo. Sus dedos recorrieron la cicatriz  como haciendo memoria.

– Hace muchos años. Yo era un niño todavía.

-¿Y cómo fue?

– Me caí en un cementerio.

-¿En un cementerio, de veras?

– Claro,  por qué iba a mentir. Me caí en el cementerio  de Malpaso  y me corté con unas hojas de latón.

-¡Increíble! ¿Qué andabas haciendo ahí, Tata, te acuerdas todavía?

Don Fernando se sentó.  Se acarició la cicatriz con  expresión  pensativa.

– Cómo no me voy a acordar. Fue el mismo día que se murió mi hermanito menor. Nachito se llamaba. Igual que tú. Te pusieron así en su memoria. 

-¡Tata!

– Vivíamos en la Oficina Nebraska, donde mi padre era capataz.  Me fui a Pampa del Lagarto  con un amigo – continuó el abuelo con mirada distraída-, nos escondimos en la cachurreta  que llevaba la comida de los chanchos y  llegamos  a la  quebrada de Malpaso. Andábamos buscando algo con   mi amigo Ignacio. Mi amigo también se llamaba así…

Ignacio tenía la lengua pegada al paladar. El asombro le atenazaba  la barriga.

– Y qué andaban buscando, Tata, qué encontraron Nacho y tú –preguntó con voz temblorosa.

Don Fernando se volvió hacia él  bruscamente.  Los ojos del anciano lo  taladraron   lenta, minuciosamente, desconfiados. Luego, volvió la cabeza y volvió a acariciar su brazo  con la vista perdida en la nada.

– Nada. No encontramos nada.

Nacho se sentó junto al anciano, su pequeña  mano descansando en el antebrazo  arrugado como  el cogote de una tortuga.  En   el cerebro de Nacho, todas las piezas del rompecabezas caían en su lugar, encajando una con otra  hasta que no quedó espacio vacío.

– ¿Te acuerdas del otro día, Tata,  de esa noticia de los dinosaurios que salía en  la Estrella de Puerto Seguro?

– Sí, claro, cómo  lo iba a olvidar. 

-¿Nunca viste un dinosaurio, Tata, estás seguro?

Esta vez, la mirada de don Fernando se clavó en él  como la de un águila en su presa. Nacho se sintió pequeño,  pequeño,  asustado ante este señor tan alto  y serio y su cicatriz  casi borrada por los años.

–         ¿Un  verdadero dinosaurio? –Preguntó el anciano.

–         ¡Claro, uno real!

–         ¿Un Tiranosaurio Rex todo acorazado, con enormes colmillos y un terrible mal aliento que estaba parado en medio del camino? –especificó luego.

–         ¡Sí, Tata, ese mismo!

Nacho tenía la lengua seca y   la barriga hecha un nudo. La respuesta del tata vino como un balde de agua fría.

– Claro que nunca vi a un dinosaurio, chiquillo tonto. ¿Acaso tú viste alguno, cuando te perdiste en   Oficina  Nebraska, Nacho?

Esta vez, Nacho no supo qué responder. Tan sólo se quedó allí, en silencio, por primera vez en mucho tiempo, mudo.

Don Fernando, en cambio, lanzó una carcajada ronca y  larga. Parecía que nunca iba a parar de reír. Sus ojos brillaban por lágrimas de risa  reprimida y de pronto sin saber por qué a Nacho le dio también tanta risa que   no pudo aguantarse y los dos se quedaron allí apretándose la panza de tanto reír mientras gotas de sudor resbalaban por sus caras dibujando pequeños mapas en sendas  capas de tierra que el trabajo en el jardín había depositado  en sus mejillas.

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El sol ya estaba alto cuando el camión  hizo  su entrada en la Oficina Salitrera  Nebraska.  Se detuvo  delante de la casa del administrador.  Los niños se habían dormido y a don Dámaso  no le quedó  más  que remecerlos para que despertaran.  Era casi mediodía y  ya había  bastante movimiento. Los obreros iban camino de las obras y algunos clientes  hacían cola  pacientemente  delante de  la pulpería.    Una jauría de  perros   adormilados se rascaba entusiasta  bajo el alero de la calle Comercio. 

La  casa de  miss Rachel  estaba llena de gente que entraba  y salía cargada de velas y ramilletes de flores de papel  que el viento hacía crujir meláncolicamente.  Fernando  se despabiló violentamente:

-¡Nachito, cómo amaneció Nachito! -dijo.

            Mientras lo decía, Fernando supo que ya conocía la respuesta.   Pasó sobre Nacho y se bajó de un salto, corrió hacia la puerta trasera de la casa,  se estrelló contra las polleras de una anciana que le acarició la cabeza  rapada al cepillo,   irrumpió en la habitación  y se detuvo de  improviso. Ahí, en medio del cuarto, en un  pequeño ataúd de madera blanca, pequeño, delgado, pálido,  bello y vestido con su mejor trajecito tejido, el pequeño Ignacio se había  quedado dormido para  siempre.  

Nacho, que venía tras su amigo, quedó  paralizado en el  vano de la puerta.  El olor de las velas lo mareaba;   Fernando lloraba desconsolado  abrazado de su madre. Los ojos de  Nacho también se llenaron de lágrimas;   unas manos lo apartaron con suavidad.  Era  miss Rachel, que  hacía su entrada  con frufrú de sedas y encajes importados. De reojo,  Nacho vio un gran ramo de flores  blancas de papel de seda  y una corona de rosas de porcelana y  latón.

Esto ya era demasiado. Nacho salió corriendo  por el patio en busca de la puerta principal. Estaba cerrada. Desesperado, el niño  fue empujando una a una las ventanas hasta que al fin una de ellas cedió ante su mano. Nacho miró a  todos lados. No había moros en la costa.  Se  encaramó en el marco, la ventana se abrió para darle  paso, las cortinas  lo acariciaron con su  elegante suavidad de felpa. Estaba   en el salón principal otra vez.

Tropezó con un sillón, su rodilla le reclamó  airada los maltratos de las últimas horas. La gruesa alfombra que cubría el piso ahogaba  sus pasos.  Se detuvo casi en el centro esperando  el desmayo. Nada. ¿Es que no podría regresar nunca a casa? ¿Qué iba a pasar con mamá, con Javier, con el Tata,  el papá, el colegio y  su  viejo y querido computador?

Lloraba a moco tendido y sin asomo de vergüenza.

Un momento… éste era casi el centro de la  habitación.  A diferencia del día de su llegada, el centro mismo estaba ahora  ocupado por una mesa ovalada de madera tallada.  Un  jarrón  coronado por  grandes rosas de seda amarilla descansaba sobre un paño de hilo  tejido. Se apoyó en ella y empujó suavemente.

La mesa ni se movió. Desesperado, Nacho empujó más fuerte. La pesada mesa se desplazó  con exasperante  lentitud. Con nuevo esfuerzo, Nacho volvió a empujarla;  la mesa se deslizó chirriando sobre el piso;  el corazón le dio un salto en el pecho. Otra vez, volvió a apoyar el hombro contra la mesa, empujó, la mesa pareció ceder con un gemido  y de pronto,  todo se movió hacia delante y el niño cayó en la más absoluta oscuridad.

A su alrededor, todo temblaba, las garras del  dinosaurio  se habían clavado en su hombro y lo sacudían   violentamente.  La bestia abría su  inmenso hocico y el aliento mefítico de sus colmillos lo mareaba. El dinosaurio  ahora rugía,  feroz y sanguinario.

– Nacho, Nacho, despierta!

Nacho abrió los ojos.

El dinosaurio había desaparecido. En su lugar, la cara preocupada de  Javier  apareció ante él. Más atrás, los pelmazos gemelos Rojas y  el más pelmazo aún  de Luis Astudillo le observaban con  el mismo interés  que si estuvieran  estudiando una rata de laboratorio.

-¡Despertó!

-¿Estará loco? Mírale los ojos –ese era  Rodrigo Rojas, tan sutil como siempre.

-¿Qué onda con la polera? ¡Hasta le falta un pedazo!

– Nacho, ¿cómo te sientes? – Volvió a preguntar Javier.

– No te va a contestar,  Jota, está en  shock, mírale los ojos de loco que tiene –ese era claramente Gonzalo Rojas, tan genial como su hermano gemelo.

-¡Cállate, idiota! 

¿Cómo,  era Javier el que lo acababa de retar?

Claro que era Javier. El dinosaurio  se había marchado para siempre y ahora era Javier el que  mojaba un pañuelo con agua mineral y se lo ponía cariñosamente en  la frente.  Esto era demasiado, qué sueños más locos.

–  Yo estoy bien Javier, no te preocupes, ya desperté.

–  Puchas, Nacho, sustito que me diste. ¿Qué te pasó? Tienes toda la ropa rota y sucia. Hasta tu polera de Harry Potter está  arruinada.

– No importa Javier,  ya pasó. Salí a explorar, me caí, después entré aquí y me quedé dormido.

– Mi mamá me va a matar cuando te vea.

– No te preocupes, Javier, yo le explico – lo tranquilizó Nacho. 

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Bajo el inclemente sol del desierto, Nacho  trataba en vano  de ubicar el sitio exacto aparecido en La Estrella de Puerto Seguro. ¿Dónde estaban las famosas Presencias Tutelares? Es más, ¿qué demonios eran esas Presencias que,  encima de todo, andaban  tutelando algo por allí?

Fernando, que si  no sabía algo era casi absolutamente  capaz de  inventarlo,  no fue de gran ayuda. Esta vez, su  Manual de Conocimientos Pampinos había abierto una página en blanco. Algo  sugirió  sobre  ciertas cumbres que  habrían llevado ese nombre,  pero Nacho  ni siquiera intentó tomarlo en serio. Aquí, en plena Pampa del Lagarto, detectar una cumbre que superara el metro y medio de altura era prácticamente imposible.

La tarde se aproximaba a su fin  sin que se pusieran de acuerdo al respecto. Finalmente, optaron por eliminar el punto del Registro Escrito de la Operación Ti-Rex. Sin saber qué hacer, los niños caminaron y caminaron sin rumbo.  Buscando en vano las famosas Presencias Tutelares, se comieron el magro cocaví y se bebieron casi toda el agua.

Nacho ya se estaba cansando de tanta aventura, un mes era demasiado; además, si llegaba a sobrevivir, de todas maneras  su madre iba a matarlo en cuanto le pusiese las manos encima. ¿Qué podía perder?

Nada más negro que la amargura de un niño cuyo plan ha fracasado. Tanto, que Nacho recordó con cariño y nostalgia a su hermano mayor.  Después de dos semanas sin verlo,  su memoria  era benévola con Javier  y lo revestía de esas  grandes  cualidades que tanta falta le hacían a Nacho ahora para salir del atolladero en que se había metido. Inmerso en su desesperación,  creció en él  la esperanza de toparse  con Javier y  se puso a llamarlo  a grito pelado.

-¡Javier, Javier, soy yo!

Fernando había escuchado a su padre contando sobre cómo  los mineros perdían el juicio al extraviarse en el desierto, de manera que no se sorprendió de que le ocurriera también a su amigo.  Lamentablemente, después de media hora de vocear en vano,  Nacho no sólo se había acabado las últimas gotas de agua, también estaba afónico. Perdidos los  últimos jirones de su dignidad,  se acordó incluso de los tres gorilones:

-¡Astudillo, Astudillo…!

Nada. Apenas un silbido del viento en el desierto.

-¡Gemelos Rojaaas…!

Las rocosas murallas de la Quebrada le devolvieron sus palabras.

–         ojaaaas…

Cuando Nacho las escuchó, lo pensó un poco mejor y  enmudeció. Estaba cayendo demasiado bajo. Si Fernando podía resistir la soledad  sin llamar a su madre   ni llorar a moco tendido, él también podía, de eso estaba casi seguro.

El sol se acercaba al  ocaso. Al menos, había refrescado un poco. Los niños cobraron nuevos ánimos y siguieron  adelante.  Sin darse cuenta  habían regresado a la huella y caminaban  alejándose de la Quebrada de Malpaso.

 

            Repentinamente, el sol cayó bajo el horizonte y la oscuridad cayó también sobre la Pampa del Lagarto.  Para no ser menos, la temperatura caía además   rápidamente. Los niños ni siquiera habían pensado en traer  una prenda de abrigo y sintieron el frío. Entre tantas caídas, nada tuvo de raro que cayera también la noche y el temor se les metió  bajo la piel sin que pudieran hacer nada por evitarlo.  Tenían el ánimo tan bajo –recuerden, todo estaba yéndose al piso- que hasta podrían haberse tropezado con él.

 

  Fernando fue el primero en escuchar los extraños bramidos.

– Son los avestruces – aseguró.

Nacho no quiso reconocer que no tenía la menor idea de qué sonido emitían los avestruces. A veces, los gritos lejanos  le parecían gruñidos de cerdo llevados por el viento. Los dos amigos iban a tientas en la noche, de un lado a otro,  tomados de la mano, cada uno más entumido que el otro.

De pronto,  Fernando  resbaló hacia el vacío, soltando la mano de Nacho con un grito desesperado.

-¡Socorro!

¿Otro agujero de gusano? ¡Al fin podría volver a casa?  Esperanzado, Nacho  buscó a tientas a Fernando,  pero sólo  estrelló su cabeza contra unas piedras.

-¡Socorro!

Esta vez, la voz de Fernando estaba casi junto a  su oreja y por poco lo deja sordo.  Nacho extendió la mano y  en vez del agujero de gusano, dio con la cabeza de su amigo.

–         ¡Aquí estoy, aquí estoy! – Dijo Fernando.

–         ¿Dónde estamos? – Preguntó Nacho.

–         No sé, un lugar raro, hay piedras y hoyos.

–         Un zapato viejo también – continuó Nacho mientras  tanteaba por allí.

–         Y una cruz.

–         ¿Una cruz?

–         Sí, la estoy tocando. Además, estoy sangrando porque me caí encima de  un tarro.  – especificó Fernando,  al borde de la desesperación y el grito de “¡Mamá!”.

–         ¿Qué lugar será éste, la granja de avestruces? –preguntó Nacho.

–         No creo, más bien, parece un cementerio –respondió su amigo.

–         ¡Cementeriooo! – Gritó Nacho, todavía más desesperado que su compañero de aventuras.

–         Sí,  ¿sientes el ruido?

Se callaron y por sobre el silbido del viento, Nacho escuchó claramente un frufrú de sedas y  un campanillear de metales.

–         Una vez –explicó Fernando – fuimos de noche  al cementerio de  Nebraska, y sonaba igual que ahora.  Son las flores. Hay de papel de seda y de lata.

Había pasado el momento de pánico y estaban conversando tranquilamente, pero  no es que hubiese mucho motivo para no sentir miedo. ¡Un cementerio, de noche y sin luna, para rematar!

            – Me duele –continuó Fernando-, me sigue saliendo sangre.

– Espera, te voy a hacer una venda con mi polera.

-¿Qué, la vas a romper?

¿Qué más podía hacer Nacho?  Ni siquiera podía explicarle a Fernando que esa era su polera de la suerte, la de Harry Potter, su máximo héroe, en busca de la Piedra Filosofal. ¿Cómo lo entendería Fernando? Además, después de los lavados con agua de cubas que le había aplicado misiá Panchita  y del  recorrido en el camión de Don Dámaso,  bien poco se podría hacer con  ella.

Valiente y generoso,  Nacho rasgó una larga tira de algodón. Como mejor pudo, la enrolló en el brazo izquierdo de Fernando.

–  Parece  una herida grande –comentó Nacho.

– A todo lo largo del antebrazo – explicó Fernando, cuando amanezca te la muestro.

– Y ni lloraste – se sorprendió Nacho.

–         Es que no está mi mamá – se lamentó Fernando.

            Volviendo sobre el tema de los cementerios, Fernando  contó que aquí  en la pampa no existían  las flores  y  que, si las había, eran un lujo, artículos carísimos en los  que nadie desperdiciaría dinero.   Se acordó de su madre, de  lo exigente que era la señorita Eduvigis y de lo  mucho que le gustaría leer  Veinte mil leguas de Viaje Submarino. Los niños  se distrajeron y comentaron  el viaje, lo grandes que eran los perros de don Dámaso y lo mal que había salido todo. 

Entre tanta conversa, Fernando confesó que estaba aburrido de escribir tanto y se negó a continuar con el Registro.  Nacho  lo entendió perfectamente, pero no estaba  dispuesto a sacrificarse haciéndose cargo de tremenda tarea, de modo que decidió eliminarlo.

Repentinamente, un ruido entre las tumbas  los hizo huir despavoridos. Los niños trataban en vano de regresar a la  huella polvorienta, aunque sin darse cuenta de que  ya estaban   en ella.  Todo era un caos. Corrían tanto que  dieron  de bruces contra  la ladera. Tantearon, se agacharon y reconocieron el camino pedregoso y reseco.  ¡Estaban en la orilla del camino!

            Se sentaron a recuperar el aliento y tomaron una decisión:   esperarían que amaneciera y buscarían el camión de don Dámaso para regresar a casa.  Eso los tranquilizó;  los niños retomaron  la caminata no sin esfuerzo. Nunca habían estado tan cansados y hambrientos como ahora.

            No habían avanzado más de cien metros  cuando de  pronto,  ¡clump!, de un salto ciclópeo, una inmensa  masa oscura cruzó  por sobre sus cabezas. Los niños se detuvieron  aterrados. 

-¿Qué ha sido eso, lo sentiste?

– Sí, ¿y tú?

– Yo también.

            Nacho y Fernando  no se percataron de que cuchicheaban. Estaban paralizados en el mismo sitio.

–         Vamos –musitó Nacho.

–         Sí –susurró Fernando.

Siguieron su camino casi de puntillas. La grava crujía bajo sus pies y Nacho hubiera querido arrojar lejos  los horribles bototos de Fernando, que   rechinaban  tanto que parecía que  gritaban. Ambos temblaban, y a Nacho le castañeteaban los dientes.

-Hace frío –se disculpó.

Dieron vuelta a la curva y de pronto, allí, en medio del camino, ¡clump!, se plantó otra enorme figura. La oscuridad y la niebla no les permitían  determinar de qué se trataba. ¿Se  habría adelantado el camión de don Dámaso, algún otro vehículo que atinó a pasar por allí  se habría  detenido?

 

            Entonces, mágicamente, las nubes rasgaron su cubierta y la luna filtró luz suficiente para que pudieran ver con nitidez   la enorme bestia que avanzaba por  la carretera,  tan calmada como si  fuera un efecto especial de  la última reposición de Parque Jurásico 3 en  televisión.  

La bestia era lo más cercano a un tiranosaurio rex que ellos vieran  jamás. Era enorme y,   tal como lo dijera el experto consultado por  La Estrella de Puerto Seguro, tenía  dos pequeñas patas delanteras que le colgaban sobre la panza y  otras dos traseras,  poderosas y rematadas en unas garras increíbles,  la piel gris, rugosa y arrugada,  estaba llena de pliegues que parecían blindados y en  la  inmensa cabeza  destacaban las fauces abiertas y un par de ojos negros, crueles  y brillantes,  que volvió lentamente  hacia  los niños. 

Ahora   Fernando y Nacho  podían  ver a la perfección, con lujo de detalles,  un hocico enorme, todo erizado de  colmillos afilados, una lengua roja, larga y puntiaguda. 

El dinosaurio, en todo caso,  no se veía muy inteligente;   un montón de baba  que  le caía de las fauces resbalaba hacia su  panza acorazada.  Claro que, ¿para qué necesitaba el tiranosaurio ser  más inteligente? ¡Ya era bastante terrible  sin necesidad de ser un genio! Repentinamente, los niños  se dieron  cuenta de que ya ni siquiera lo querían  seguir viendo,  no a esa distancia tan corta, no en carne y hueso;  sólo un loco querría ver tanto.  Y lo peor era que de tan cercanos que estaban  hasta  podían  percibir su aliento; una vaharada de carne podrida y tibia  que  daba ganas de vomitar. 

La bestia  giró  su corpachón  hacia  ellos. Los niños podían   oírla jadeando y gruñendo al mismo tiempo. Lanzó un  bramido ronco que llenó toda la noche.  Casi como un resorte, la bestia se agazapó, se encogió lista para saltar y esta vez,   una idea horrorosa   se le imprimió  a Nacho en el cerebro: esta vez,  el dinosaurio  saltaría   sobre ellos.

            No podía saber qué pasaba por la cabeza de Fernando, pero para él,  el reloj parecía haberse detenido eternizando  su  terror y  su  agonía.

¡Brooummm!

            De pronto, a sus espaldas, el viejo camión de don Dámaso    apareció      doblando  la curva de la cuesta,   traqueteando  a duras penas,   y se detuvo justo  detrás  de ellos envuelto en una nube de polvo. Los débiles focos   del Chevrolet perforaban apenas la  espesa capa de niebla que   cubría los cerros, pero era más que  suficiente  para  delatar  todos y cada uno de los detalles de la bestia.

 

            El animal vacilaba, dudaba.  Rugía  bajito, como  si tratara de determinar a  quién atacaba primero,   a quién escogería:   esos dos animales extraños que  parecían ofrecer tan poca carne   o a esa nueva bestia de ojos de fuego y olor tan apetitoso.

            Nacho y Fernando estaban varados  entre ambos gigantes y no sabían qué hacer. Giraron  las  cabezas de uno a otro muy lentamente.  Al volante del camión, la cara de don Dámaso estaba blanca como el papel y su boca dibujaba  un círculo de perfecto asombro;  al otro lado, Tiranosaurio Rex terminó de encogerse y preparó su musculatura para el zarpazo final.  Podría haberse oído volar una mosca.

            El silencio fue roto por un bramido lejano;  los demás  dinosaurios se marchaban.

            Aquí, sobre la ruta que atraviesa   Pampa del Lagarto,   la llamada surtió efecto. El resorte interno del dinosaurio lo  impulsó al fin, a  saltar, pero por fortuna, en dirección contraria.  De un brinco fenomenal, la bestia se perdió   cerro abajo sacudiendo la  superficie con sus zancadas de gigante. Lo último  que los niños  pudieron  sentir   de él,  fue su bramido elefantiásico, una  rara mezcla de bocina  fantasmal  y  rugido  feroz  que atronó el aire  hasta que desapareció.

Un pesado silencio cayó sobre la  Cuesta de Malpaso.  Nacho se dio cuenta de que estaba helado y empapado en sudor y que le temblaban cosas que hasta unos segundos antes ni siquiera sabía qué tenía.  Algo le tocó y llegó a saltar.

-¡Ay!

Era la mano de Fernando.  Los niños se miraron   y corrieron   hacia el camión.  Don Dámaso  todavía  estaba  paralizado al volante. Fernando abrió  la puerta,  se trepó  de un salto a la cabina y preguntó:

-¿Nos lleva don Dámaso?

Casi al mismo tiempo,   Nacho  se  dejó  caer en el asiento a su lado. Error. Era duro como la piedra.  ¿Qué no conocían los cojines en este tiempo?  Alelado, el gordo camionero  no era capaz de articular una respuesta.  Miraba como hipnotizado hacia la huella pedregosa y vacía que la luz de la luna comenzaba a revelar en todos sus detalles.  La niebla se estaba disipando al fin.

-¿Vieron lo que yo vi? –  preguntó  don Dámaso con voz temblorosa.

Fernando  y Nacho se  miraron en silencio, Fernando ya estaba abriendo la boca para responder cuando Nacho lo interrumpió:

 – ¿Vimos  qué cosa? 

 Don Dámaso lo pensó  mejor, sus ojos  revisaron los rostros inocentes de los  niños que se habían trepado a su lado. Ambos temblaban. Una cosa estaba    clara,  uno era el chico de doña  Panchita, que  tenía  la  camisa manchada de sangre    y un vendaje mugriento a punto de  caérsele del brazo izquierdo. El otro era Dios sabe quién, y  no estaba mucho mejor; tenía las mejillas cubiertas de tierra que el sudor había  dibujado  con ridículas  figuras y vestía una prenda rarísima  a la que le faltaba un pedazo que, don Dámaso habría podido jurarlo,  parecía ser  el mismo del vendaje.

(No debemos juzgar a don Dámaso, a estas alturas no era nada de fácil reconocer a Nacho y sólo se habían visto una vez)

Por un eterno segundo, don Dámaso pudo  sentir los ojos curiosos de sus vecinos, escuchar las risillas soterradas, imaginar los comentarios;   se vio a sí mismo, con su traje dominical,  entrando al bar La Perla  para que se hiciera  el silencio total  ante su presencia.   Tragó saliva. 

– No,  nada –replicó don Dámaso.

 

Entonces, exhalando un suspiro de alivio, Fernando se acomodó en el asiento.  Un tirón de su brazo le recordó  la herida que lo decoraba,  pero qué cómodo se estaba aquí, lejos de los barriles de  bazofia  y  el viento frío del amanecer.  Especialmente cómodo lejos de ese gruñido terrorífico y del espantoso hedor de ese hocico  inmenso.

– Ah, nosotros tampoco-   mintió.

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Operación T RexNo  me malinterpreten, no estoy hablando de velocidad, estoy hablando de distancias.  Para ser más precisos, de la distancia  entre Nebraska y la Quebrada de Malpaso. Por suerte  no era más, porque  con los veinte kilómetros por hora que rendía el Chevrolet, Nacho y Fernando habrían sido ancianos antes de  encontrarse con cualquier dinosaurio.

El camión de don Dámaso subía y bajaba con gran empeño  las lomas peladas del desierto y cada cierto tiempo, su propietario, muy orgulloso, hacía  un aporte para  que la máquina no se  quedara dormida  nuevamente  apretando la vieja bocina de goma.

¡Tuut, tuuut!

El bocinazo parecía  inyectar  gasolina de alto octanaje en los conductos del  motor. El Chevrolet rugía y agarraba  una bajada; la velocidad subía   peligrosamernte. Veintiuno, veintidós, veinticuatro, hasta llegar a la escalofriante velocidad de veinticinco kilómetros por hora.

Por desgracia, todo lo que baja tiene que subir alguna vez. Poco más allá,  el camino comenzaba a empinarse por  una  colina y aunque los niños  sólo podían conjeturarlo, el glorioso  Chevrolet,  que ya era viejo cuando don Dámaso lo comprara de quinta mano, cambiaba el rugido en tos e invertía las cifras.

Veinte kilómetros, diecinueve, diecisiete, quince.

La  colina, totalmente carente de consideración,  parecía decidida a convertirse en cerro.

Once kilómetros por hora.

Soplando, resoplando,  burlándose de todo, el Chevrolet sacaba fuerzas de flaqueza y remontaba la colina. El motor  humeaba con entusiasmo y el radiador parecía  haberse convertido en una tetera, echando  vapor  por sus cuatro costados.

Pero allí, delante del capó despintado, se desplegaba una larga recta totalmente plana.

Don Dámaso, de puro contento, se puso a cantar, desafinando con entusiasmo:

-¡De la  Sierra Morena, cielito lindo viene bajando…!

El Chevrolet, eufórico,  bramaba sus treinta kilómetros por hora.

-¡…un par de ojitos negros, cielito lindo, de contrabando…!

Se acercaba el mediodía. Todos los estómagos comenzaban a ponerse nostálgicos.  Lamentablemente, un pequeño error de  planificación en la Operación Ti-Rex, había  hecho que:

Continuación del Plan Secreto

8- La comida debe esconderse  en otro sector de la carrocería para que no se contamine.

¡Esto era terrible, la comida estaba escondida entre los ejes del Chevrolet, no había cómo llegar a ella sin detener el vehículo!

-¡Ayayayay….canta y no llores…!

Mientras más ayayeaba don Dámaso, más hambre tenían los pobres niños. Era un hecho que  el chófer no estaba colaborando, sus alaridos agudizaban el sufrimiento de los niños.

La cosa estaba peluda: peligrosamente, la comida de los chanchos comenzaba a olerles menos mal  que antes a nuestros jóvenes aventureros. Los amigos tenían que pellizcarse para no seguir sintiendo deseos de atacar el tambor más próximo.

Nacho estaba seguro que los berridos de don Dámaso terminarían por trastornarlos; el efecto traumático  que ejercían en sus cerebros era superior a su resistencia.  ¿Por cuánto tiempo  más podrían nuestros héroes resistir esta situación?

Ahora don Dámaso, más entusiasmado que nunca,  las emprendía con la siguiente estrofa:

-¡ Ese lunar que tienes, cielito lindo, junto a la boca…!

¿Cómo, más todavía?  La crueldad de Don Dámaso no parecía tener límites.  Mientras  peor se sentían los niños, más fuerte parecía berrea… perdón, cantar.  Tranquilicémonos,  la heroica gesta de  Nacho y Fernando no acabaría  convirtiéndose en tragedia. Los niños lo ignoraban, pero Don Dámaso, hombre de rutinas,  siempre entonaba estas estrofas cuando  se aproximaba a la quebrada de Malpaso. El aroma de  los chiqueros, acarreado por el ventarrón de la tarde, era su inspiración.

-…no se lo des a nadie, cielito lindo, que a mí me toca…

Ahora, el Chevrolet  rugía como tigre cuesta abajo y los niños  comenzaban también a percibir el aroma.  El tufo de la carga era nada en comparación.  Don Dámaso, por su parte,  parecía  haber recargado baterías ahora que las siluetas de una casa y algunos corrales  estaban ya a la vista.

-¡Ayayayay…!

Alertados por  los alaridos del camionero, tres enormes perros  aparecieron haciéndole coro  por el camino.  Las baterías del Chevrolet se sacudían frenéticas,  como si fuera a desarmarse en mil pedazos. Don Dámaso avanzó unos últimos metros por la quebrada  y apretó los frenos.

Con un suspiro de alivio, el camión se estacionó delante de  una choza  tan  estropajosa como él y el motor, ipso facto, se detuvo como si ya no pudiera más.

La portezuela se abrió con un quejido. Los perros ladraban, saltaban y husmeaban por aquí y por allá,  percibiendo los huevos duros y los sandwiches de mortadela ocultos entre los ejes.  Nacho cruzó los dedos. ¡Si llegaban a descubrir la comida, toda la Operación estaba al borde del fracaso!

Afortunadamente, el olor de la carga  despistaba a cualquiera y los perros de Don Dámaso distaban mucho de lo que se considera un sabueso.  Por la misma razón, a los pobres caninos les  resultaba casi imposible detectar a dos niños que,  siguiendo las buenas costumbres de la época, hacía apenas un  mes no más que  habían tomado su último baño.

¡Más puntos del Plan Secreto, esto es Eterno!

9-Recuperar implementos y  emprender camino a las Presencias Tutelares.

Casi hecho.

En cuanto don Dámaso se bajó, los perros olvidaron el sutil aroma de la mortadela y partieron tras él. Nacho y Fernando tenían  el terreno despejado; doloridos, entumecidos y semi asfixiados, los niños bajaron del camión, rescataron las bolsas con comida y salieron de estampida  envueltos en una tenue  nube de olor a bazofia.

El décimo paso de la Operación Ti-Rex había comenzado:

Penúltimo y final (¡Qué alivio!)

10- Salir en  busca de los dinosaurios.

Y claro, aunque no venía al caso, Fernando se acordó al tiro del undécimo:

11- Y de las granjas de avestruces.

O.K!!!!

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Demostrando muy poca originalidad en sus procedimientos para arrancarse de casa, Nacho hizo exactamente lo mismo que la vez anterior, pero  consideró  indispensable llevar un  registro de cada cosa. El encargado de eso sería el sub-comandante Fernando, a Nacho, creo que ya lo dije,  siempre le ha cargado  la redacción.  

Fernando, por el contrario, quería ser escritor y lo hizo bastante bien. El plan   comenzaba por un importante detalle:

Plan  de la Operación Ti-Rex

1- Portarse muy bien y acostarse temprano, sin rezongar, para no despertar sospechas.

Hecho.

2-Dejar la ropa lista debajo de la cama.

Hecho también.

3-Simular  que dormimos  profundamente.

Hechísimo.

4-Acumular comida y esconderla detrás de la despensa.

OK.

Todo salió a pedir de boca. Apenas  se escucharon los ronquidos  de misiá Panchita y don José,  Nacho y Fernando se deslizaron fuera de sus camas, agarraron los ataditos con sus ropas, se arrastraron como pieles rojas hasta la despensa, recogieron las bolsas con comida y agua y tan silenciosos como serpientes, salieron a la oscuridad de la plaza.

Aún no amanecía cuando  ambos niños treparon en el  viejo camión a manivela, otra vez escondidos entre la carga.  Esta vez, claro, con una pequeña variante en el plan: Nacho estaba decidido a bajarse de allí antes de que lo pillaran y lo dejaran botado  donde el diablo perdió el poncho, detalle importantísimo que olvidara planificar  cuando subió a la 4X4 de los gorilones. 

Continuación del Plan

5-Esconderse entre la carga del Chevrolet.

Hecho con gran sufrimiento.

Los pobres niños estaban casi asfixiados por el olor. ¿Qué llevaría don Dámaso allí atrás? Nacho se tapó la nariz con  la camisa, pero el olor se metía de cualquier forma, hasta por las orejas y el ombligo. Fernando, habitante de épocas más arcaicas, parecía llevárselo mejor.

Más puntos del Plan

6- ¡No dormirse en ningún momento!

Dificilísimo. Hecho.

(El olor de la carga fue de gran ayuda, era casi imposible dormirse soportándolo)

Al poco rato de estar allí, don Dámaso apareció en la plaza comiendo un pan con arrollado.  Le dio algunas vueltas a la manivela, pero surgió una complicación que no había sido considerada en ningún punto de la Operación Ti-Rex:  el Chevrolet no parecía muy decidido a  moverse.

Una y otra vez, don Dámaso daba vueltas la manivela. El Chevrolet gruñía su desagrado  por dos segundos y volvía a dormirse otra vez.

¡Qué lata, los chicos ya estaban que se bajaban a empujar! Finalmente, después de una sarta de maldiciones muy poco académicas, don Dámaso logró encender el motor.   El Chevrolet no ronroneaba, más bien,  jadeaba como gato asmático.  Don Dámaso  instaló no sin esfuerzo sus cien kilos de peso frente al volante y metió primera. La caja de cambios chirrió  tristemente y luego, lento, muy lento,  el camión se movió hacia la esquina; desde allí podía verse, a cuatro cuadras, el final de la calle principal  y el comienzo de la Pampa.

La Oficina Salitrera Nebraska no era un lugar muy grande que digamos, pero qué importaba, después de esta aventura, quedaría para siempre en los anales de la Humanidad. Fernando mojó el lápiz con la punta de la lengua y retomó el registro:

Lo mismo que lo anterior, pero diferente

7- ¡Tres, dos, uno, cero… partieron!

Parecía mentira.  

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Después de ser acogido como el nuevo integrante, Nacho descubrió que la familia de Fernando  vivía en  tres  pequeñas habitaciones  que daban a la cocina  de miss Rachel, lugar que misiá Panchita mantenía inmaculadamente limpio. En una de ellas dormían  los niños, Raquel de seis, carente de toda importancia para él por su dedicación total a las muñecas y a  la ronda,   y Fernando. El pequeño Ignacio, de dos, dormía con sus padres porque estaba enfermo y pasaba gran parte de la noche tosiendo.  Misiá Panchita estaba muy preocupada por él, pero ¿qué podía hacer? El pequeño Ignacio ya había sido visto por el médico de la compañía y ella seguía todas sus indicaciones al pie de la letra. Más no se podía hacer; la ciudad más próxima –Puerto Seguro-  quedaba a más de cincuenta kilómetros por el desierto y  allí tenían el único hospital de la provincia.  

Fernando, su nuevo gran amigo,  tenía diez años,  casi dos menos que Nacho,  y era el amigo perfecto, o lo sería si pudiera entender el sentido de  las palabras agujero de gusano o si al menos hubiera escuchado hablar de  La Estrella de Puerto Seguro.  Eso sí, era un hecho que Fernando había  leído bastante más que Nacho.  Lo primero que hizo al despuntar el día, fue mostrarle a Nacho la pequeña montaña de libros que atesoraba junto a su cama. Tal como le había dicho, sus favoritos eran La máquina del tiempo y El Mundo Perdido, de ese tal Señor Wells.  A Fernando le costó mucho aceptar que Nacho había llegado sin necesidad de una máquina del tiempo hasta Oficina Nebraska y muy en secreto,  estaba convencido de que esa tal 4X4  era el medio que había utilizado su amigo. 

– Por eso fueron a buscar a los dinosaurios en ella, Nacho, no sé cómo no te diste cuenta.

¿Cómo explicarle a Fernando que en 2006 las 4X4 eran tan cotidianas como el pan con mantequilla y el Play Station? Nacho ni siquiera lo intentó. No había manera, Fernando ni siquiera podía aceptar que existía algo llamado Internet donde todo el planeta estaba comunicado.

En eso, Nacho tuvo una idea genial:

– En las últimas elecciones presidenciales, se eligió a la primera Presidenta de Chile –dijo.

Fernando se indignó.

-¡Eres demasiado mentiroso!- gritó.

Lo dejó más botado que bolsón escolar en vacaciones.

Estuvieron todo el día enojados el uno con el otro. Nacho, porque lo habían ofendido y Fernando, porque lo habían tomado por tonto.

Se reconciliaron al día siguiente, pero, para no recaer, prometieron no hablar nunca más del tema.  Lo más extraño de todo, era que a Fernando no le costaba nada creer en las granjas de avestruces, después de todo, habían aparecido en la Estrella de Puerto Seguro, pero eso de que Ignacio inventara una presidenta estaba fuera de todo límite.

 

Oficina Nebraska era un lugar tranquilo,  tanto que llegaba a ser aburrido.  Sus habitantes trabajaban de sol a sol y al parecer jamás habían oído hablar de la jornada de ocho horas.  Al anochecer, después de cenar y contar  historias de terror junto al fuego de la cocina,  estaban tan cansados que apagaban las velas y  se dormían profundamente hasta  que amanecía otra vez. ¡Qué madrugadoras eran estas personas, a las cinco de la mañana ya estaban tomando desayuno y partiendo a trabajar!

Nacho  no dejaba de sorprenderse con su sistema de vida. ¡Era todo tan diferente!  Recordó que el Tata  solía contar historias de su infancia en la pampa y lamentó no haberle puesto atención. Siempre le había parecido tan  latoso, el Tata, que cuando se ponía a hablar de sus viejos tiempos todo el mundo se escabullía.

Para Fernando, en cambio, Nacho era  el niño más interesante del mundo. Venía del futuro, había viajado al pasado en una 4X4 y  le había  ratificado todo lo que siempre creyera a pie juntillas: el hombre llegaría a la luna, viajaría veinte mil leguas bajo el mar en algo llamado submarino atómico y  todas las familias tendrían automóvil y teléfono. ¡Qué maravilla de futuro, lástima que faltaba tanto tiempo para que se hiciera realidad, tanto que él difícilmente podría llegar a verlo!

A  Nacho también le gustaba Fernando.  Lo  mejor de Fernando era que  estaba  completamente decidido a acompañarle a buscar  a esos dinosaurios  que con toda seguridad debían vivir en una de las quebradas próximas.  En cuanto Fernando, por otra parte,  se dio cuenta de que Nacho no tenía  idea de donde estaba parado, le contó que el desierto era enorme, casi inexplorado,  y que los mineros del salitre contaban cada historia que la de los dinosaurios quedaba pequeñita al lado de ellas.

–         Podemos ir en bus  y nos bajamos en las Presencias Tutelares – propuso Nacho.

-¿Qué es eso?

– No sé, salía en la Estrella, pero es un nombre súper, ¿no crees?

Los niños averiguaron entre los adultos, pero ni siquiera don Pedro, que todo lo sabía, supo decirles qué eran las Presencias tutelares. Por complicado, el tema se archivó temporalmente.  Mientras seguían planificando su aventura, Fernando  advirtió  que Nacho andaba un poco despistado. A   toda costa,  quería tomar un bus para ir a Pampa del Lagarto. A Fernando le  costó un mundo convencerlo de que no existían.  Mucho menos  un tren.

Muy deprimidos, los niños evaluaron la posibilidad de una caminata, pero eso era casi suicidio. Fernando lo expuso claramente. ¿De dónde sacarían agua? ¿Cómo   encontrarían el camino?  Ni siquiera un adulto podría caminar tanto.  Los niños  pasaron los  tres próximos días tratando de descubrir una manera de llegar a la  Pampa del Lagarto.

            El cuarto día, desesperados,  prepararon lo que  Fernando llamó un cocaví y partieron rumbo al norte. A mediodía ya habían acabado con la mitad del agua y el total de los huevos duros. A las cuatro de la tarde, no tenían idea de dónde estaban parados y a las seis,  ya imaginaban el próximo  titular de La Estrella:

“DOS NIÑOS DESAPARECEN EN LA PAMPA”

Entonces el destino les  puso justo frente a la solución.

-¡Tuuut, tuuut!

El bocinazo fue lo primero, después, rugiendo y rezongando, subiendo y bajando por las lomas resecas, un camión cacharriento  y  oxidado apareció frente a ellos.

-¡Don Dámaso, cómo no se me había ocurrido!- dijo Fernando.

El camión avanzó hasta llegar junto a ellos y se detuvo  con rechinar de frenos y un solo de batería,  producto del millón de latas sueltas  que lo integraban.

            Una vaharada de olor a podrido estremeció a Nacho, el camión olía apestosamente.  Para rematar, un hombre gordo y sudoroso sacó la cabeza por la ventanilla carente de vidrios y preguntó:

-¿Para dónde van niños?

-¡Vamos para Oficina Nebraska!- respondieron simultáneamente.

-¡Suban, los llevo!

Los niños treparon  al camión. Ya allí, el olor era todavía peor, pero Nacho terminó acostumbrándose, tanto que se le pasaron las ganas de vomitar. El cacharro  resultó ser un  Chevrolet  y el conductor un hombre parlanchín,  divertido y muy curioso,  que los interrogó a fondo:

Aquí debería escucharse grabación N°3, resumida

¿Qué andaban haciendo por allí, acaso no era Fernando el hijo de don José, el capataz,  por casualidad, a alguien se le había ocurrido pedir permiso?

 

Eran demasiadas preguntas. Con mucha cautela, Fernando respondió todas sus consultas sin informarle en absoluto.   Al rato, el tiempo parecía haberse detenido, satisfecha su curiosidad inicial,  Don Dámaso hablaba y hablaba y su tema favorito era él mismo.

– Todos los días vengo desde la Quebrada de Malpaso, –explicó- allá tengo mi criadero de chanchos, cerquita de la Pampa del Lagarto.  Vengo a recoger los restos de comida que me guardan en Nebraska y se los llevo a mis animalitos. Cuando mato un chancho,  traigo carne y les vendo  barato.

Bueno, eso sin duda que explicaba lo del olor.  Lástima que el Chevrolet, si es que lo era, no andaba mucho más veloz que ellos,  porque lo tendrían que soportar más tiempo;  tan lento era que, gracias a eso, ya casi eran las nueve cuando los viajeros hicieron su entrada en  Nebraska, pero a Nacho no le quedó otra que reconocer que, al menos, no estaban cansados,  salvo de tanto zangolotear por esos pedregales de la pampa que allá por 1935 se llamaban caminos.

            Esa misma noche, después de lavar los platos y fregar el piso de la cocina en castigo por irse sin permiso,  Nacho y Fernando se fueron a la cama sin cenar por la misma razón y en cuanto pusieron la cabeza en la almohada comenzó el   aluvión de secreteos con que los conspiradores planificaron paso a paso la escapada del día siguiente. Elaboraron un plan detallado que comenzaba por el punto más importante:

            Nacho sería el comandante de la operación secreta.

Resuelto este punto, lo demás era  papaya.

– Tiene que tener un nombre – sentenció el  comandante-, todas las operaciones secretas tienen nombre.

A Nacho le encantaban las películas de ciencia-ficción y agentes secretos.

-¿Qué te parece Operación  Héroes de la Pampa? – preguntó Fernando, fanático de los Episodios Nacionales.

Nacho lo quedó mirando como si fuera extraterrestre. Qué nerd y pasado de moda  podía  ser Fernando. Mucho más de lo que cualquiera se habría imaginado.

-¡Jamás! –respondió lapidario-, para que salga en los diarios tiene que tener un nombre bacán,  con onda, como de película.

Las proposiciones iban y venían:

Operación  Ciberespacio

Operación  Norte Grande

Operación  Amigos en el Tiempo

Operación Oficina Nebraska

Operación Nacho y Fernando

(Esa casi estuvo a punto de satisfacer el ego de ambos exploradores, pero fue rechazada por ser  demasiado larga)

            De  pronto Nacho tuvo una ocurrencia genial:

-¡Ya sé, se llamará Operación Ti-Rex!

Explicarle el nombre a Fernando resultó casi tan largo y complicado como planear la operación completa. Nacho casi se había dado por vencido cuando Fernando entendió lo que había querido decir  con el nombre. El hecho de saber que en esas fantásticas historias llamadas Parque Jurásico el Tiranosaurio Rex era llamado así,  terminó por convencerlo. 

            Ahora que lo más difícil había sido resuelto, lo demás era pan comido.   Esta vez se irían en el camión de don Dámaso y no tendrían ningún problema.

El día D sería el jueves. Regresarían al día siguiente,  lo que les daría  tiempo suficiente  para encontrar los dinosaurios.  A Fernando le pareció  que incluso sobraría,  de modo que quería aprovechar la ocasión para conocer  las granjas de  avestruces.  Después  de todo, si se viajaba al pasado ¿por qué no se podía también ir al futuro?   A Nacho su razonamiento le pareció  de lo más lógico, si viajaban al futuro él   podría volver a su casa a enfrentar el castigo que su propia madre le impondría por llevar perdido más de una semana.

-¿Tú crees que   si voy contigo me castigará también? – preguntó  Fernando.

Nacho  lo dio por  descontado, su madre no iba a perder esa ocasión por nada del mundo.  Además, le parecía totalmente justo. ¿Acaso no había lavado él, bajo pena de azotes,  los platos de misiá Panchita y, además,  fregado el piso,  a pesar de venir del futuro? Lo menos que podía hacer Fernando, si era tan buen amigo como decía, era compartir la pena.

            En fin, también en esa materia hubo acuerdo y los niños se durmieron  tan compinches como el primer día.

Toda la noche soñaron con dinosaurios. Con pequeñas diferencias, claro. Nacho los perseguía en una nave espacial y Fernando,  en una cuatro por cuatro.  

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