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Posts Tagged ‘operación ti-rex’

– Despierta, niño, despierta.

Nacho abrió los ojos.  Estaba  en una  habitación grande, muy bonita y arreglada.   Lugar un poco oscuro, pero elegante. Las cortinas eran gruesas y lujosas y  casi no hacía calor. Había un piano, unas sillas de lo más ridículas y un sillón de tapiz floreado  con los brazos cubiertos con pañitos tejidos. Era como una casa de película. Y eso no era nada,   lo más increíble era la gente. Un montón de cabezas inclinadas sobre él, lo que no era raro, porque Nacho, vaya uno a saber por qué,  estaba tirado en el piso.    El   círculo  de gente le rodeaba  con cara de  preocupados. Gente  extraña, vestida  y peinada de formas más extrañas aún.  Las señoras con faldas negras y blusas blancas llenas de vuelos y los hombres de corbata  y pantalón a rayas. Caballeros serios que  usaban unos    bigotones de lo más ridículos. 

Un momento, la habitación le parecía conocida… claro, si ésa era la puerta… la puerta de la habitación abandonada donde él había entrado recién.    Se veía muy diferente ahora.  La habitación se había  llenado de muebles, hasta había un jarrón con flores sobre la  mesa.  ¿De dónde había salido todo esto?

De pronto, a Nacho  le dio un susto terrible. Sudaba frío. Le  aterraban todas esas señoras  con   vestidos largos, mangas y cuellos  de encaje, criadas con moño y delantal hasta las rodillas, si es que las tenían  debajo de  esos  largos pollerones. 

Los extraños, además, estaban tan intrigados como él y no tenían ni la más mínima consideración por su presencia,  hablaban de Nacho como si se hubiera muerto:

 
Escúchese Grabación N°2

-¿Quién es este niño?

-¿Qué hace  tirado en medio del salón?

-¿Estará  perdido, entró a robar,  alguien lo conoce?

(Las preguntas quedaban sin respuestas y lo que es peor, aparecían otras)

-¿Por qué  no habla?

-¿Será necesario que llamemos  al médico?

-Yo que usted, miss Rachel,  llamaría  a la policía de la ciudad más cercana o  al sacerdote  de  Malpaso.  Esto no puede ser normal, mírele la ropa, qué clase de zapatos son ésos.

 

La mujer llamada miss Rachel   era la más elegante de todas y estaba  inclinada sobre Nacho. Era una señora bastante bonita,  era rubia, crespa y tenía los ojos azules como bolitas de vidrio.

– No poder hacer nada con niño en este estadou –dijo la señora-, misiá Panchita, llevelou a  coucina y dar  algo de comer, please.  Don Pedrou ayudar you.

Don Pedro salió de la nada y  tomó a Nacho en sus brazos como si fuera una pluma.   Le llevó por la casa  detrás de misiá Panchita hasta que llegaron a la cocina, lugar también oscuro, tibio y perfumado. El olor era delicioso  y sobre la mesa   estaba la fuente de emisión, como dice su padre:  una gran fuente de galletas.

 Misiá Panchita  puso unas en un plato y sacó un  tazón  de lata,  un paquete de algo café y  el azucarero. Puso tres cucharadas  de polvo en el   tazón,  luego tres de azúcar y después le volcó agua caliente de la tetera, que estaba puesta sobre el fuego de la cocina.  Para qué decirlo, pero claro,  la cocina era extrañísima, salía fuego de adentro y producía un calor de los mil demonios.

 

Pronto,  el lugar ya no le parecía tibio sino terriblemente caluroso.  Nacho lo comprendió todo cuando misiá Panchita echó unos trozos de carbón en  donde debió estar el horno.

-Tómate el ulpo calientito,  m’hijito – dijo misiá Panchita.

Nacho tenía tanto hambre que hubiera podido comerse  media docena de hamburguesas, pero tomarse el ulpo no era nada fácil. No  era malo, en realidad;  era dulce,  una papilla espesa y caliente que  quizás le hubiera encantado cuando aún no le aparecían los dientes. También comió galletas, que estaban de primera, pero no tenía ningún interés en la papilla y la apartó a un lado.

-¡A ver niñito,  primero el ulpo, después las galletas!

Misiá Panchita estaba frente a él con las manos en las caderas y  cara seria. Se veía realmente  poderosa y ningún niño se  avergonzaría  de decir que le hizo  caso al tiro, Nacho no tenía por qué ser diferente, no fuera cosa que se enojara con él. Después de todo, el ulpo no era tan malo y  cuando lo hubo acabado, se sintió mucho mejor.    

Seguramente la señora Panchita no estaba al tanto de que Nacho no solía ser tan obediente, porque su actitud le pareció de lo más natural. Puso otras galletas en el plato y  con un vozarrón digno de relator deportivo, llamó:

-¡Fernandooo!

Fernando debió estar con el  grupo que espiaba por la ventana porque apareció  al segundo.

-Diga, mamita.

Se trataba de un niño delgado y moreno, vestido con pantalones cortos y camisa blanca.

-Llévate al niño a jugar un rato y a ver si te cuenta de dónde viene, su madre lo debe andar buscando –ordenó su madre.

Don Pedro rompió su silencio:

-Este niño, misiá Panchita, debe haber andado con los gitanos que pasaron el otro día, yo no lo he visto por aquí antes.

Sus palabras detuvieron la acción momentáneamente. Fernando se puso a comer galletas,  misiá Panchita se puso a  amasar el pan y la gente que espiaba por la ventana se aburrió y se marchó. 

-¿Usté cree, Don Pedro?

-Claro, pues, no ve que se fueron  de un día para otro.

Misiá Panchita volvió sus ojos hacia Nacho.

-¿Cómo te llamas, niño?

– Ignacio –respondió  nuestro héroe con un hilo de voz.

-¡Ignacio, igual que mi niño! ¿Sabes que mi hijo menor está enfermito?

– No,  señora.

La señora pareció querer decirle algo, pero luego lo olvidó totalmente y continuó:

– Tiene razón, don Pedro, como siempre. Este pobre niño está un poco lelo, mejor le armamos un lugar donde dormir, le voy a poner un  catre en la pieza de Fernandito.

– Yo que usté, misiá Panchita, lo mandaba a la escuela con la señorita  Eduvige.

-¡Qué buena idea, don Pedro! Mañana mismito, pero por ahora, anda, llévalo  para que conozca la oficina,  Fernando.

Nacho y Fernando se miraron. Eran casi de la misma estatura y aunque Fernando estaba  quemado por el sol de la pampa, se podría decir que eran muy parecidos. Quizás tenían la misma edad.

-¿Vamos? – Preguntó el niño.

Y Nacho ni siquiera alcanzó a contestar, porque cuando Fernando salió corriendo no le quedó otra que hacer lo mismo. 

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