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Posts Tagged ‘nuevo capítuklo’

 

3618937292_8108dac1f5Cuando  Lino, Tai y  Tahuma llegaron a la meseta, sólo el humo de los pastizales secos  recordaba la presencia de los cazadores del clan. Buscando un poco más por los alrededores, Tahuma dio con tres túmulos de piedra.

-Tres cazadores  volvieron a la Madre Tierra –dijo Tahuma sombrío.

Lino no quería poner en palabras sus pensamientos. ¿Quiénes serían los muertos? ¿Sería Kuma uno de ellos? Era muy posible, porque eran tres los túmulos funerarios. En caso de que Sibán hubiera logrado su cometido, allí estarían con él Melimo y Raki,  los dos cazadores que le eran a Kuma tan queridos como hermanos. La ansiedad se apoderó del niño.

-¿Cómo podemos saberlo, viejo? –preguntó Lino.

-No podemos, Lino. La muerte está  con ellos y si abres los túmulos, se apoderará de ti y  estarás maldito. Nunca podrías volver con el clan y vagarías para siempre..

-Si mi padre está allí, yo nunca podré volver con el clan, viejo. Sibán me ofrecerá a la Tierra y aplastará mi cabeza con su maza  antes de echarme a los emplumados de la muerte.

Tahuma pensó que Lino era un niño muy sabio. No había una  sola de sus palabras que no fuera verdadera. ¿Qué podían hacer ahora? Si los cazadores volvían al campamento con Sibán a la cabeza, la madre de Lino y sus hermanos ya estarían muertos cuando ellos regresaran. ¿Y para qué volver si la muerte aguardaba por  Lino en  la maza de piedra de Sibán?

Tai los sacó de sus  pensamientos.

-¡Mira, Lino, los emplumados de la muerte están bajando!

Tai tenía razón, los rapaces que habían acompañado su ruta estaban descendiendo  y se perdían al borde del barranco. Tahuma corrió hasta allí y se detuvo en la orilla a investigar,  desde allí les hizo señas para que se le unieran.

Cuando los niños llegaron junto a él, descubrieron inmediatamente la razón por la cual las aves de rapiña planeaban en esa dirección. Al pie del barranco yacían los restos de dos mastodontes y sobre ellos se afanaba como una siniestra nube negra  una gran cantidad de aves que se disputaban con graznidos y picotazos lo poco que  quedaba de los gigantes.

-¡Qué buena caza –exclamó el viejo-;  los cazadores deben haber regresado  aplastados por el peso de tanta carne y  el clan tendrá tanta comida que se cantará y bailará  en todos los fuegos!

¡Feliz expectativa para el clan! Lino no pudo evitar  que  sentimientos de envidia y nostalgia lo embargaran. ¿Podría Lino disfrutar los festejos de la caza con su clan o tendría que mantenerse oculto sufriendo por los seres amados perdidos para siempre a manos de Sibán? Al parecer, el viejo pensaba lo mismo que él, porque le dijo con voz tan sombría como el cielo, que hacia media tarde había comenzado a cubrirse de nubes aceradas:

-Debemos regresar por otro camino, Lino. La mitad del clan  llegó aquí por las alturas e inició el fuego  que atrapó a la manada; los demás vinieron siguiendo las huellas de Ranú. Lino debe tomar esa ruta, porque, debido a la pesada carga que llevaban,  los cazadores regresaron por los desfiladeros,  y no quiero pensar lo que ocurrirá si son guiados por Sibán y nos descubren. Mira – indicó- esas son las huellas de los mastodontes que huyeron  y por este otro  cañón se fue uno que estaba herido. Ranú, el mastodonte, es más peligroso aún cuando está herido, pero este pierde mucha sangre; pronto estará muerto y para seguir nuestro camino  necesitamos su carne.

Lino concordó con el viejo; incluso Tai estaba entusiasmado: ¡Al Hombre-Medicina le encantaría tener siquiera un ojo de Ranú para su magia! Tai, distraído como era, no había comprendido que difícilmente podría volver al campamento si no era acompañado por Lino y Tahuma y hacía toda clase de planes para cuando estuvieran de regreso. Lino fingía indiferencia y el viejo de las palabras le lanzaba miradas de enojo que Tai tampoco parecía notar.

Se pusieron en marcha rastreando las huellas del mastodonte herido. Nanay había dejado  un reguero de sangre oscura que ya había sido absorbida por la tierra en su mayor parte. Nanay caminaba sobre las pisadas de Kiya  para protegerlo. Eso, sumado a que arrastraba con dificultad las patas traseras, impedía al viejo  darse cuenta de la presencia de su cría.

No habían caminado mucho cuando el cielo se oscureció más todavía y los nubarrones descargaron  un espeso aguacero  sobre sus cabezas. Pronto la lluvia borró todo rastro de Nanay y a duras penas podían ver por donde iban. El agua les corría por las cabelleras desgreñadas y se deslizaba bajo las pieles de ciervo que los cubrían. Sin embargo, eso les infundía más esperanza. ¡Hacía tanto tiempo que no caía agua del cielo! El invierno  había sido el más seco que  los ancianos del clan recordaran y, sin ir más lejos, cuando  llegaron al Valle Verde los rastreadores casi no lo habían reconocido de tan amarillento que estaba a causa de las heladas y la sequedad. La sequía y el frío habían ahuyentado a los cérvidos de aparatosa cornamenta con los que el clan solía alimentarse y habían  puesto al clan en una situación  crítica.

El desfiladero se estrechaba y se retorcía cada vez más. Los pies se hundían en el lodo y la persecución propuesta por el viejo se hacía cada vez más difícil. Tai casi no podía caminar sin ayuda.

-Viejo, debemos regresar, la montaña terminará por devorarnos –dijo Lino.

-No podemos darnos por vencidos, Lino. Ranú también está sufriendo el agua del cielo y no podrá avanzar mucho más.

-Está bien, seguiremos, pero si encontramos otra dificultad, volveremos sobre nuestros pasos.

Continuaron en silencio, de pronto, el viejo lo rompió atropelladamente:

-¡Mira, Lino, ahí, mira, mira!

Lino no podía ver nada. El cañón estaba oscurecido por la lluvia y más adelante sólo se divisaba un montículo que lo obstruía; el niño pensó  que les daría más de un problema para continuar y así se lo hizo saber:

-Será muy difícil pasar al otro lado, viejo.

-Estás equivocado, niño, mira bien.

Lino vio con asombro que una parte del montículo se movía y se separaba del resto.

¡El montículo era Ranú  tumbada en medio del cañón y aquello que se movía, era su cría!

 

Kiya estaba desesperado. Hacía mucho rato que Nanay  había caído y ya no podía  moverse. Nanay sólo atinaba a fijar en él un ojo grande y triste, por más que Kiya la presionaba con su pequeña trompa.

Cuando los pequeños llegaron junto a ellos, Kiya estaba aterrado. ¡Nunca había estado tan cerca de los mortíferos cazadores y estos eran más pequeños que ninguno!  Moribunda, Nanay ni siquiera intentó levantarse.

Lino y Tai nunca habían estado tan cerca de Ranú y menos aún de una cría. La ferocidad de  Ranú para aquellos que se acercaban a su cría  era cosa más que sabida. El mismo Tahuma no pudo recordar haber visto una cría tan de cerca en toda su vida.

-No es Ranú, es una hembra joven-dijo Tahuma.

Ahora que estaban junto a ella, todos los propósitos del trío se esfumaban. ¿Cómo carnear a  la mastodonte en presencia de su cría? La Madre Tierra nunca perdonaría algo así. Tahuma  fue más allá e hizo  una cruel proposición. 

-Matemos a la cría, Lino. Si no lo hacemos, lo harán Serak o Mulkan.

Tahuma no contaba con un detalle;  Kiya, aterrado por la inminente muerte de Nanay, se había acercado a los niños, les olfateaba con su trompa lanuda,  daba saltitos. Llegó hasta  restregarse contra Lino y el  peso de  su cuerpo  lo empujó al suelo. Lino, embarrado como estaba, quedó aún peor, pero los niños no podian dejar de reírse de las graciosas maniobras del pequeño mastodonte.

      -No podemos matarlo, Tahuma, es sólo un niño que ha perdido a su madre.

-El hijo de la mastodonte no se moverá de aquí hasta que ella termine de morir y luego vendrán los emplumados de la muerte. El agua que cae del cielo no les permite saberlo todavía, pero en cuanto sientan el olor de la muerte, estarán aquí. En cuanto lo vean, lo  matarán –Tahuma gritaba para hacerse oír sobre la estruendosa lluvia.

Todo eso era cierto. ¿Qué podían hacer? Tai, extenuado, se sentó en una piedra a recuperar el aliento; Tahuma rodeó la mole inerte de Nanay  mientras Lino trataba de alejar al crío del cuerpo de su madre.

Repentinamente, a lo lejos, un gruñido sordo vino desde lo profundo  de la montaña. Tahuma puso atención y trató de determinar su origen. ¿Podía tratarse de los demás mastodontes que venían hacia ellos?

-¡Algo sucede, Lino!

El sonido se iba  haciendo cada vez más fuerte. Tahuma presentía que algo estaba por desencadenarse, pero no podía saber qué. Aterrados, los niños se le acercaron en busca de protección. Kiya también  era presa del temor y cuando el ruido se convirtió en un estruendo, Nanay movió débilmente la cabeza. Kiya se le acercó y su madre lo empujó con la trompa como si quisiera alejarlo.

El estruendo se aproximaba, Tahuma reconoció  repentinamente el sonido y agarrando a Tai de un brazo, gritó:

-¡El agua del cielo viene arrastrando la montaña, Lino, huyamos!

Tahuma y Tai corrieron  hacia la ladera y treparon en busca de la seguridad, pero Lino, en vez de seguirlos, corrió hacia Kiya y lo jaló de la trompa azuzándolo a gritos para que se pusiera a salvo.

-¡Ea, vamos, ea,  hijo de Ranú!

Nanay golpeó a Kiya con la trompa y, agotada,  dejó caer la gran cabeza sobre el fango.

Kiya comprendió que era el adiós de su madre. Liberó su trompa de la mano de Lino, la acarició suavemente y trotó detrás del niño hacia la ladera.

Por entre la espesa lluvia, una masa oscura apareció en el recodo más próximo. Era tan alta como un mastodonte y  tan bulliciosa como una enorme manada desbocada. Lino y Kiya trepaban a duras penas, pero el aluvión bajaba tan rápidamente que parecía que no podrían escapar a tiempo.

-¡Corre, Lino, corre!

Los gritos de Tai  eran apagados por el fragor de las aguas. La mano de Tahuma agarró a Lino y mientras éste tiraba la trompa de  Kiya, los tres se abalanzaron hacia delante en busca de la salvación.

En el desfiladero, el agua, lodosa y oscura,  llegaba rugiendo como un millón de tigres gigantes; arbustos y rocas se despeñaban arrastrados por su fuerza. Kiya hizo un esfuerzo, se subió a la roca donde estaban los pequeños, se apegó a ellos   temblando de miedo y dolor.

Abajo, el agua alcanzó el corpachón inerte de Nanay y la volteó una y otra vez, amasándola en su carga de muerte y destrucción. Veloz como el rayo, el aluvión pasó quebrada abajo dejando una huella de devastación.

 Nanay  formaba  ahora parte de las entrañas de la Madre Tierra.    

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