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Posts Tagged ‘norte’

-Don Adalberto Montoya abandonó el Monte de Piedad con una sonrisa en los labios. ¡Qué linda sorpresa le daría a su mujer esa tarde! Le gustaban tanto las cosas lindas a su querida Isabel, daba gusto como tenía la casa,  hacía olvidar  a cualquiera de que se vivía allí tan lejos de la capital, careciendo hasta del agua necesaria para  las cosas mínimas de la vida.

-¿Qué es el Monte de Piedad, abuela?

-Una casa de empeños, las personas llevan allí sus objetos de valor y les prestan dinero por ellas. Para recuperarlas deben pagar ese dinero y un poco más.

-Pero él la compró, ¿no?. -Es Daniel quien pregunta.

-Sí, cuando las personas no pueden recuperar sus objetos de valor se ponen a la venta y cualquiera puede hacerlo.

-¿Y los pierdes?

-Sí. Es una pena, pero así ocurre, bien, continuemos.

-Don Adalberto no tenía por qué saberlo, pero a esa misma hora el vapor Allegra se acercaba a toda marcha hacia el puerto. Zzummm, zzummm. La mar estaba demasiado pacífica esa tarde, al capitán le extrañaba en especial la ausencia de aves marinas. ¿Qué había ocurrido con las gaviotas, los petreles y los pelícanos?

Al  capitán del Allegra la cercanía del puerto de Iquique le da nuevas energías. La rueda de gobierno se siente tan liviana como un volantín. El capitán deja el puente a cargo del primer oficial y sale a cubierta. El sol ya comienza a  bajar en el horizonte pintando el confín  de rojo y amarillo. Para tratarse del mes de mayo, la tarde está sorprendentemente cálida, quizás sean estos calores los que se han llevado a las aves marinas. En estos mares refrescados por la corriente de Humboldt, recuerda el capitán,   la más mínima alza de la temperatura corre a parejas con la desaparición de la pesca y de las aves que se alimentan de ella.

 En fin,  el capitán puede creer lo que le parezca mejor,  lamentablemente, el futuro inmediato se encargará de sacarlo de su error. Zzummm, zzummm

 

Don Adalberto no dijo ni una palabra sobre su obsequio cuando doña Isabel le salió a recibir con la efusividad que le era propia.

-¡Le tengo un vinito recién llegado del sur, Adalberto, – ofreció doña Isabel.- y  la cocinera preparó un pescado que está de chuparse los bigotes!

-¿Y de postre, que, Isabelita? -Preguntó él (porque han de saber ustedes que don Adalberto era un goloso de primera)

-¡Guayabas en almíbar, una delicia! -y luego llamó alegremente-  ¡Hermelinda, hijita, venga a comer que ya está aquí el papá!

Hermelinda, única hija,  llegó al comedor con la misma cara larga que ponía cada vez que su madre pronunciaba su nombre.  Nunca podría entender por qué la madre de don Adalberto, su inestimable abuela,  había tenido que llamarse Hermelinda  y jamás, ni en el mejor de los mundos, perdonaría a su madre por permitir que la misma carga se le trasmitiese a ella. ¡Qué injusta puede ser la vida con una jovencita, mire que  condenarla a llevar de por vida apelativo tan ridículo como ése!

-Mamá, cuándo será el día que se acuerde de llamarme Linda, sólo eso,  Linda.- Reclamó.

-Tan bromista esta niña -continuó doña Isabel como quién oye llover- tome, pásele la ensalada a su padre. 

Para la desdichada Hermelinda, la cena transcurrió como de costumbre, entre los inagotables arrullos con que los  Montoya se expresaban su afecto.  Ya estaban en los postres y don Adalberto, goloso,  exigía  su repetición acostumbrada cuando de pronto recordó la sorpresa que tenía para su esposa. Con modales ampulosos, el dueño de casa sacó de su bolsillo una cajita  forrada en seda, que  puso en la mano de doña Isabel con  amplia sonrisa.

-¡Qué es esto, un regalo! -doña Isabel dio un gritito de alegría.

Bastó que abriera la caja para que quedara embelesada en la contemplación de su nuevo broche. ¡Qué encantador gesto el de su Adalberto, qué  preciosura! Con sus manos regordetas,  doña Isabel puso el broche  en su blusa de seda blanca y cometió entonces el terrible error de pronunciar las palabras más premonitorias de su vida:

-¡Nunca voy a olvidar este momento, Adalberto querido!

Ahí fue cuando el diablo metió la cola, porque apenas había terminado doña Isabel esas palabras cuando el vientre de la tierra gruñó sordamente.

-Temblor-  don Adalberto  siempre se preocupaba por los temblores, a los que su mujer les tenía verdadero pánico.

 

El mar se encrespó violentamente cuando el Armida tenía Cavancha a la vista; a lo lejos, como pintadas  sobre las primeras sombras de la noche, fulguraban las luces de la ciudad. Desde el pecho de doña Isabel, yo percibí el embate de las olas y temblé ligeramente. Algo se traía la noche, algo terrible que no  éramos capaces de imaginar. 

 

El  fuerte remezón hizo saltar a los Montoya de sus sillas, el temblor venía in crescendo; la cristalería y la loza tintinearon fuertemente en el aparador, algunas piezas se quebraron aparatosamente,  las sillas se balancearon y cayeron, doña Isabel chilló con  pulmones que hubiera envidiado una prima donna y los gritos del vecindario  que huía despavorido le pusieron un trágico coro de fondo. Todo el litoral se estremeció  y grandes aludes de rocas y tierra se desmoronaron por las laderas de los cerros. Las casas, casi todas ellas de madera, bailotearon en sus cimientos y crujieron estruendosamente.

Los Montoya salieron corriendo a la calle seguidos por la cocinera y la criada que daban alaridos de espanto. Sorprendentemente, un violento ventarrón se había largado a soplar sobre la costa levantando nubes de polvo que impedían la visión y avivando el fuego de los incendios.

-¡Terremoto, terremoto!

La ciudad entera  se volcaba en las calles  forzada por la vocación sísmica de la tierra chilena, pero aunque ellos no lo supieran, lo peor todavía estaba por venir.

Casi inmediatamente  el mar  comenzó a recogerse descubriendo los negros roqueríos  tapizados de verduras y moluscos; al faltarles el agua, los altos matorrales de algas pardas se desplomaron sobre el lecho abisal desnudo; en  el fondo de la bahía, oscura boca salpicada de botes y barcos encallados, centellearon los peces  que boqueaban en agonía.

El mar continuó su retroceso inexorable; cada vez más atrás, como una fiera lista para atacar, la marea gruñía en sordina preparándose para saltar sobre su presa.

-¡La mar, la mar se sale!

La gente corrió  a los cerros enloquecida de pavor, llevando apenas lo puesto, tropezando y cayendo, casi sin resuello, con el corazón galopando en los pechos, perdiendo el equilibrio una y otra vez por los corcoveos brutales de la tierra.

-¡Se sale la mar, se sale la mar!

 

En esa trágica noche del nueve de mayo de 1887 el Armida se vino volando sobre las olas gigantescas en busca de la costa que había parecido tan tentadora en las largas horas de navegación. Si el capitán hubiera atracado alguna vez en  Hawai habría podido reconocer en la figura rampante de su barco la frágil prestancia de una tabla de surf.

Saltando, rebotando, la cubierta barrida una y otra vez por las olas , el Armida voló sobre las aguas  dejando atrás un reguero de cadáveres  y objetos  inútiles  hasta reventarse estruendosamente en los arrecifes de la costa. Cuando el maremoto pasó, todavía no eran las diez de la noche. La tierra y el mar se calmaron  y la ciudad se dio un respiro para lamerse las heridas.

 

 (Es una pena que sea yo quien deba decirlo, pero ningún tripulante del Armida sobrevivió a la tragedia. Zzummm, zzummm) 

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