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Posts Tagged ‘nave interplanetaria’

Algunas semanas después,  el Capitán Z*Quq podía explorar la casa con bastante tranquilidad,  siempre escoltado   por Bobby, que mostraba gran curiosidad por sus actividades,  pero   se quedaba tranquilo con un sencillo soborno, ya fuera  éste una lonja de jamón o una goma de borrar que devoraba con avidez.

El capitán consideraba que ya tenía suficientes provisiones para emprender el regreso, incluso había escondido algunos implementos para disimular el gran tentáculo superior y los  ágiles tentáculos dorsales. Lo único que  lo ponía nervioso  era la ruta. ¿Cómo llegaría hasta  su vehículo de superficie? El ideal habría sido conducir el vehículo de Azul Papá, pero eso estaba descartado, demasiado grande y demasiado vigilado por su propietario. Durante un tiempo pensó seriamente en  fugarse en  el vehículo de dos ruedas de Azul Pancho, pero sus piernecillas regordetas nunca podrían alcanzar los pedales.

 Nuevos reconocimientos le permitieron descubrir dos excelentes vehículos. Uno de tres ruedas perteneciente al  hijo menor de los vecinos y la plataforma rodante de  Azul Mari. La plataforma rodante  estaba mucho más a mano, pero un par de paseos en ella,  a los que fue  sometido por la niña,  terminaron por descorazonarlo. ¡Qué velocidad, Z*Amustaq;  algo  para perder el aliento!

Finalmente, el valiente oficial decidió confiscar el  vehículo  del pequeño Matías y una tarde  que los dueños de casa habían partido a la playa   le pareció el momento más apropiado.

El Capitán Z*Quq  oteó  cuidadosamente los alrededores y cuando estuvo seguro de que no había moros en la costa se encaminó resueltamente hacia el vehículo abandonado en el antejardín. ¡Estupendo,  qué maravilla, era justo lo que necesitaba! Hasta se subió en el aparato para probar el tamaño. Los pedales quedaban  perfectos para el largo de sus extremidades, casi como si los hubieran diseñado para un zédico*.

Un leve chasquido a su espalda lo sobresaltó, el Capitán  giró tan rápido como un relámpago. Allí, de pie, estaba el pequeño Matías:

-Name mi ticiclo.- exigió el niño.

Aterrado, el Capitán Z*Quq  hizo exactamente todo lo contrario, pedaleó rápidamente para alejarse de él.  Todo  lo veloz, claro, que puede ser el  triciclo de un niño de cuatro años. Finalmente, optó por echar el vehículo sobre su espalda y correr a todo lo que le permitieran sus piernecitas. Matías, desesperado al verlo marcharse con su triciclo empezó a gritar y a lloriquear.

-¡Name mi ticiclo, name mi ticiclo, mamá, mamá, en ñiño se lleva mi ticiclo!

            Unos pocos minutos después toda la familia estaba allí. El  padre salió a la calle en busca del ladrón. Ni un alma. Los hermanos mayores recorrieron el patio, nada. Matías continuaba llorando.

-En ñiñito se dobó mi ticiclo.

Los interrogatorios de la madre no dieron mucho resultado. Matías se empecinaba en repetir que un niño se había robado su triciclo.

-¿Cómo era el niño? -Preguntó el padre.

La respuesta los dejó intrigados. Según Matías, el niño tenía la cabeza muy grande, un  sólo pelo largo sobre ella,  era de color anaranjado  y  estaba  vestido de mujer.

 -Debe haber soñado, mami -dijo Tere-, Mari tiene un extraterrestre de juguete  que es así,  y seguramente  Matías  lo vio el otro día.

 La madre recordó al pequeño lo importante que era decir la verdad. Se  lo recordó tanto que finalmente Matías terminó por creer que lo había inventado todo  y no paraba de llorar a gritos su arrepentimiento. Para consolarlo, el padre prometió que al día siguiente le compraría un nuevo triciclo, no, mejor una bicicleta con ruedas auxiliares. Matías se sintió feliz de ser considerado grande, paró sus lágrimas y  se fue a la cocina a consolarse con un plato de cereales con leche.

 

Z*Quq, que ya había escondido el vehículo  bajo la colección de desechos de Papá Azul, contempló toda la escena desde la ventana de Mari. Cuando regresó la tranquilidad, se acomodó entre los cojines, se comió la nueva crema  facial antiarrugas con retinol-c de Azul Mamá untándola en las páginas del Manual de Historia de Chile de Mari  y,  después de deshacerse de las evidencias,  se dispuso a dormir una larga siesta. Los zédicos*, como ya habrán notado, son, además de golosos,  una especie bastante  remolona.

 

Por el momento, Tere  olvidó el incidente, pero al día siguiente, mientras veía televisión con  Mari y Pancho,  sus ojos se clavaron en el extraterrestre de juguete y las palabras llegaron sin esfuerzo:

-Tu muñeca extraterrestre se robó el triciclo de Matías.

Mari, que frente al televisor  pierde la mitad de sus facultades mentales, ni siquiera le puso atención, pero Pancho, como era de esperar, pescó el asunto al vuelo.

-¿El mono feo ése, qué quieres decir?

Tere explicó el asunto con pelos y señales; ya para entonces Mari había salido un poco  del trance televisivo, de manera que intercedió en defensa de su juguete favorito.

-Siempre me echan la culpa de las cosas que hace Pancho, pero que se la echen a Klik, me parece demasiado.

-¿Tu hermano había visto el mono antes?-preguntó Pancho.

-¡Claro que sí! -saltó Mari- Si no, de dónde iba a inventar esa tontera, además, deja de decirle mono, se llama Klik.

La conversación quedó allí, si bien  cada cierto rato Pancho  hacía preguntas a Mari sobre el nuevo juguete. Después de repetirlas tres veces, lograba que su hermana las respondiera y se quedaba tranquilo hasta que, un rato después, volvía a la carga:

-¿Dónde encontraste el bicho ése?

-¿Cómo diste con él?

-¿Y lo sacaste de la basura? ¡Guácala!

-¿Ladraba mucho?

-¿Dónde quedó el uniforme?

Mari terminó por aburrirse  y estaba por echarlo de su dormitorio cuando, aparentemente, Pancho  se dio por satisfecho  y se dedicó a observar al Capitán con lujo de detalles. Le abría y cerraba los ojos, le movía  el tentáculo superior de un lado para otro, le hacía  cosquillas en la panza, le levantaba los tentáculos  dorsales, le inspeccionaba los ocho dedos de las manos. El pobre Z*Quq estaba desesperado  por la situación y se aguantaba cómo podía los pellizcos y cosquilleos. Las cosas sin embargo, iban de mal en peor y cuando Pancho le jaló fuertemente el tentáculo superior,  el Capitán no pudo evitar un leve rictus de dolor  que,  por supuesto, Pancho captó inmediatamente.

Estaba a punto de  repetir la operación  cuando Mari le arrebató el juguete de las manos.

-¡Termina de hacerle  cosas a Klik, le voy a decir a mi mamá que ya estás tratando de rompérmela también!

Mari tiene fundadas sospechas de que los juguetes que desaparecen de su  habitación pasan por las manos de Pancho antes de  acabar destrozados en la cama de Bobby. Si no, ¿cómo es que Bobby nunca rompe los juguetes favoritos de Pancho? Además, que ella sepa, Bobby nunca se ha interesado en sus cosas cuando se queda a dormir con ella. Ah, casualmente, los juguetes destrozados nunca muestran marcas de dientes, sino de serruchos o martillos.

Pancho evaluó la situación y consideró oportuna una rápida desaparición.  Las  niñas se quedaron tranquilas frente al televisor. El Capitán Z*Quq  suspiró casi sin que se notara. Al  fin se había marchado el monstruo.  Se  interesó en la película y  se relajó un poco, es decir, lo poco que puede relajarse un zédico* que  contempla las horribles imágenes de una invasión extraterrestre sufrida antes por  el Planeta Azul, ocasión  en la que la mitad de las cabezas  de los Azules parecían haber volado por los aires en un terrible baño de sangre.

-Me encanta esta película- comentó Tere

-A mí también -dijo Mari atacando las ramitas de queso.

El Capitán, que se moría por la bolsa de las ramitas de queso,  mantuvo su silencio, pero para sus adentros,  reafirmó su convicción de que los Azules estaban locos. ¿Cómo, si no,  podían disfrutar con el espectáculo del  brutal exterminio de la especie Azul? 

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Mari  estaba aburrida esa tarde. Hay que entenderla, no es fácil para  una niña soportar una madre fanática del orden, un padre fanático del Colo Colo y un hermano troglodita fanático del  hip hop. En esas ocasiones,  lo único que puede hacer Mari es fingir que saca a pasear a Bobby, su labrador, y arrancarse de casa por lo menos un par de horas.

Bobby, que por desgracia es también fanático por oler las cosas menos olorosas del mundo, estaba en uno de sus peores días.  A Mari le costó un mundo sacarlo de toda clase de lugares asquerosos. Estuvo largo rato aguardándolo fuera de un callejón lleno de basura, hasta que no le quedó más remedio que entrar a buscarlo.

Bobby ladraba como si le pagaran por ello;  estaba parado en tres patas al lado  de uno de los tarros de basura y apuntaba con su nariz  detrás de él. A Mari le dio un poco de asco, seguro que se trataba de un ratón, pero como Bobby insistía con sus ladridos,  le entró curiosidad y fue a ver qué era lo que los originaba.

 

Así fue como el extraterrestre de plástico entró en la vida de Mari. Era tan mono que así, todo embarrado como estaba, daban ganas de  tenerlo. La niña lo tomó del tentáculo que tenía en la cabezota anaranjada, con mucho cuidado para no mancharse, y se lo llevó a casa. El extraterrestre hacía unos ruidos y muecas de lo más divertidas.

Tres veces debió lavarlo para que su aspecto fuera satisfactorio. Mari estuvo tentada de meterlo a la lavadora, pero a veces esos plásticos tan delicados  se estropean en la máquina, así que lo sometió a variadas sesiones de escobillado y enjabonado hasta que el refulgente color anaranjado brilló en todo su esplendor.  El  tentáculo necesitó de bastante gel para quedar en la posición que le pareció más atractiva, aunque siempre tenía una tendencia a caerse a la derecha. Mari solucionó el problema con un gran lazo de cinta azul, sobrante de los regalos navideños. Después lo perfumó, lo olió y volvió a perfumarlo dos veces más. Costaba un mundo quitarle el aroma a callejón o a plástico de juguete. El uniforme rotoso fue arrojado a la basura, pero, por suerte,  uno de los vestidos de la muñeca grande le quedaba perfecto. Se veía mucho mejor como una mujer extraterrestre, en realidad.

Cuando finalmente estuvo satisfecha, tomó su nuevo juguete, lo acomodó entre los cojines de la cama y  se sintió totalmente feliz.  Se echó junto a él y encendió  la tele. 

Dos adolescentes se sacudieron frenéticamente en la pantalla al ritmo de un estruendoso tema tropical mientras ella reflexionaba sobre su nueva adquisición. ¿Cómo lo llamaría? ¿E.T.? No, claro,  ya estaba trillado, además, ahora era una extraterrestre niña. ¿Algo creativo y simpático,  como Yoli? Hmm, no, mejor no. ¿Puchi? No, definitivamente fuchi. Claro, cómo no se le había ocurrido: Klik, se llamaría Klik.

-¡Mari, anda a comprar  pan para el té!

¡Oh no, pillada in fraganti! Era demasiado tarde para arrancarse a la casa de  Tere,  ¿qué podía hacer?

-¡No te  hagas la sorda, Mari, baja!

Resignada, la niña salió de su dormitorio envuelta en  la misma nube de pesimismo que la atacaba cada vez que recibía algún encargo de su mamá.

 

En cuanto la niña abandonó la habitación, el Capitán Z*Quq saltó de su lugar entre los cojines y corrió a espiar por la ventana. Obviamente, no veía nada. Qué altas eran las ventanas de los azules, cómo no se les ocurría hacerlas bien.  Saltó sobre  la cama y se inclinó a observar  el exterior. En ese mismo instante Mari salía de la casa arrastrando la bolsa del pan por  las losas de la entrada. Un vehículo cruzó con estruendo la calzada. El Capitán se estremeció.

-¡Bang, bang!

¡Ratatatatatatá!

-¡Acabaré contigo, Mingo Slak!

Sólo después de estas palabras el Capitán comprendió que los sonidos provenían de la extraña cajita oscura que la niña Azul había dejado funcionando. Haciendo gala de audacia, salió de debajo de la cama donde se había arrojado y espió  cuidadosamente la programación. ¡Dos Azules se atacaban con armas, pies y puños, qué horror! El  barullo de la pelea lo tenía casi sordo. ¿Qué sería eso, una ventana de observación? En realidad se parecía a las pantallas de información que unían a los habitantes de Zdn, pero las imágenes trasmitidas eran  completamente  diferentes, una sucesión de  cosas espantosas.

Muerto de hambre, el Capitán  revisó el velador de Mari. Encontró dos chicles, una vela con aroma a limón, una pastilla de menta y un loly chupado,  todo pegoteado de pelusas, cosas que devoró en una fracción de micmilstar, de puro hambre que tenía.  ¡Qué alivio! Ahora sí que podía pensar y prepararse para la tarea que se le había encomendado.

Anotó los siguientes puntos en su bitácora:

 

Mag zik:

Punto goom: el Planeta Azul NO es el lugar más apropiado para la raza zédica*.

Punto sud: debo arrancarme a como dé lugar, recuperar el vehículo de superficie, regresar a la nave y  encender los fogs para regresar a Zdn a la brevedad.

Punto dreiw: comida, necesito mucha comida antes de que el tentáculo se me termine por venir abajo de pura inanición. La habitación de la niña no está nada de mal, pero tendré que hacer una pasada rápida por algún punto más atractivo de la casa.

Punto wolf: por el momento, necesito dormir.

 

  Lo mejor parecía ser  regresar a los mismos cojines donde  lo  había instalado la extraña criatura infantil azul  (que, dicho sea de paso, era definitivamente rosa y castaño)

Z*Quq se acomodó entre los cojines, qué descanso, qué bien se estaba allí.

Snorr, snorr

Un micmilstar después roncaba sonoramente.

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Mag  mink:

Yo sé que mi relato les parecerá aterrador, pero es necesario que el pueblo zédico* conozca toda la verdad acerca del Planeta Azul. Mis últimos mags han sido terribles; he vivido saltando de un peligro a otro, sin apenas tiempo para cuidar  la integridad  de mi tentáculo superior. Espero que el mariscal Z*Yaiq pueda perdonar el estado de mi uniforme,  no ha sido culpa mía y tampoco lo del vehículo de superficie; yo hice todo lo posible para que el vehículo de superficie se mantuviera intacto, tendrán que creer que no miento,  que fue un accidente del cual no soy responsable.

Es que los Azules -que por lo demás son más bien rosados o tiraditos a café-   conducen como locos,  a velocidades tremendas, más apropiadas para  naves espaciales. Al interior de las franjas  negras nadie esquiva a nadie, sólo se arrojan a ellas presionando sin parar el acelerador y  el aparato productor de sonidos histéricos, de los cuales poseen una variedad increíble.

El Capitán Z*Quq  elaboraba mentalmente la retahíla de excusas y justificaciones que le presentaría al Mariscal Z*Yaiq. Todavía no estaba seguro de que fueran lo suficientemente creíbles.

-¿Cómo decirlo? A ver:  iba yo pendiente del camino,  esta es la estricta verdad,  cuando ese asesino me embistió rugiendo y me pasó por encima  sus  ocho o doce ruedas  con las que de milagro no me aplastó. Él tuvo la culpa de todo, yo estaba tan aterrado que perdí la dirección y me estrellé contra un aparato metálico  lleno de desperdicios.  También los desechos son un problema;  los  azules  los coleccionan por todas partes, tienen envases especiales para poder conservarlos por tiempo indefinido;  los azules más fanáticos, los riegan por el suelo para sentirse mejor. En cuanto al vehículo de superficie,  acepto  que  arruiné todo el capot, pero todavía funciona, eso puedo garantizarlo.  Lo escondí entre unos árboles del parque  -¡son verdes! ¿podrán  creerlo?- y lo protegí con el disimulador visual. Era el sitio más seguro, nadie se interesa en los jardines públicos y los jardineros, menos que nadie.

  Contar todo lo que me ha ocurrido sería superior a mis fuerzas, yo creo que ninguno de nuestros grandes poetas ha reunido tantas tragedias en un sólo volumen. Resumiendo, debo  decir que seguí mi camino a pie hasta que ya no podía dar un paso. Debí proseguir escondiéndome en cada resquicio  para no ser atrapado por los Azules (algunos son  especialmente peligrosos y no creo que sea conveniente entrar en contacto con ellos).  En dos mags, no había probado más que una ración de emergencia y moría de hambre.

Atraído por el olor de los alimentos llegué a un lugar que parecía ser un  almacén de  distribución; a pesar de mis esfuerzos, no pude ingresar, pero buscando la puerta trasera  me encontré   con una excelente colección de desperdicios a la que habían arrojado algunas cosas estupendas. Qué derroche.

Me  pregunto  cómo pueden los Azules comer todas esas cosas tan extrañas.  Deben comer mucho, porque los Azules son enormes, todo en ellos es grande, excepto los diminutos  tentáculos superiores  que  les crecen por miles sobre la cabeza y a veces incluso sobre los brazos y la cara.

Hay  Azules de varios tipos: de los que caminan en dos patas, lampiños, en cuatro, lampiños, en cuatro,  peludos,  que dicen guau, en cuatro que dicen miau, en dos con plumas (como los nefertiles, pero de diferentes colores y tamaños),  peludos con manchas y dibujitos en colores, dobles, con cuatro patas, un tentáculo trasero y otra parte superior que también tiene dos brazos, dos patas. Ésos son extraordinarios, desmontables, cada una de las partes puede funcionar por separado y los Azules simples les tienen mucho respeto, especialmente cuando conducen.

Lo peor que tengo que decirles, es que son caníbales. Sí, aunque cueste creerlo, los azules comen  todo tipo de Azules de dos y cuatro patas. Sus favoritos son los blancos de manchas negras y los de pellejo rosado lampiño. También les encantan los Azules emplumados, aunque les quitan las plumas antes de guisarlos. Según  mis observaciones,  los grandes de dos patas se dejan en paz entre ellos,  seguramente por razones de seguridad. Por lo demás, parece que hay Azules femeninos, masculinos e infantiles, exactamente igual que en Zdn, aunque, claro, la belleza y superioridad innata de nuestra  especie difícilmente podrán alcanzarla.

Me protegí   durante el día y por  la noche salía a buscar alimento. Los Azules que dicen guau y  miau no me dejaban en paz. Fuí  mordido, rasguñado, mojado y revolcado en un sinfín de ocasiones.  Al final, ya no daba más, me escondí entre unos desechos y me recosté a esperar la muerte, pero Z*Amustaq, nuestro Dios bienamado, no tuvo piedad de mí. Sigo con vida para cumplir con mi deber.

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