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Posts Tagged ‘naufragio’

La audiencia, expectante, no emite un suspiro. ¡Cómo se ha hecho de rogar la abuela  esta noche! Y esa pesada de la señora Márquez, que no se iba nunca.

 

Al día siguiente, la noticia corrió como un reguero de pólvora: el señor López había pedido la mano de la señorita Soto y la que pudo haber sido su suegra le había dado con la puerta en las narices. Todo parecía incomprensible ¡no podían haber desaprovechado la ocasión!

 

-Eso es trampa, abuela, tú dijiste que triunfaba el amor y…

-¡No nos adelantemos a los hechos, Daniel, todavía tenemos paño para cortar. -Responde la anciana.

-¿Qué vamos a cortar qué?

-Es sólo una manera de decir, Daniel. Un futuro escritor, como tú, debiera ir familiarizándose con los dichos. Los viejos, los actuales, los que vienen. Pero, ahora,   volvamos con el cuento:

 

De inmediato, la  madre de la Señorita Soto dispuso algunas medidas draconianas:  Se suspendieron las clases y se prohibió para siempre el ingreso del señor López en la casa. La  tragedia fue mayúscula, la señorita Soto no paraba de llorar y  su  único  consuelo  era que Armida la fuese a visitar llevando con ella el broche de ámbar -sí, mi encantadora personita-  sobre la blusa.

            -Sólo la belleza logra consolarme. – gimoteaba la señorita Soto.

Yo la comprendía, para qué voy a negarlo, pero eso no quiere decir que estuviera contenta con mi exilio pasajero. Armida, para calmar su dolor, me prendía en su pecho y me dejaba allí hasta el otro día. Un martirio. No me sacaba de encima esas manos heladas de señorita a la que no se le mueve un pelo. Además, yo sabía muy bien que debajo de esa superficie de hielo se estaba incubando la erupción de un volcán. Yo era testigo de todo: de su desesperación, de las notitas secretas que le llegaban por mano de la vecina y de las muchas veces que casi cayó ventana abajo tratando de divisar al señor López, que la espiaba escondido a la vuelta  de la esquina.

            Si el rechazo del señor López fue la comidilla de la ciudad, lo que inevitablemente debía suceder a continuación equivale a la destrucción de Pompeya. Zzummm, zzummm. Yo caí de las nubes, Armida abandonó el piano para siempre y su madre pagó muy duro el no haberle dicho nunca por qué la había bautizado con ese nombre fatal. 

           

            Tuvo que ocurrir todo aquello para que mi madre llegase a confesarlo, principalmente, porque mi padre se lo arrojó a la cara en un momento de exaltación.

            -¡Cómo se te ocurre -gritó- cristianar a esta niñita con el nombre del vapor que naufragó frente a  la Poza de los Caballos!

            Esa era toda la madre del cordero. El alarido de mi padre resultó ser la manera de enterarme  de que llevaba yo un  nombre maldito por la fortuna, un nombre que acarreaba la desgracia. Pero también un nombre lleno de matices, que había desbocado la imaginación de mi madre desde el mismo día que el Armida , vapor de bandera alemana,  se hundió,  con toda su tripulación y el estandarte al tope, a tan sólo cien metros de la costa,  por causa del maremoto de 1887…Sólo a mi madre se le podía ocurrir  darle ese nombre a su primera hija;  a mí, lo que es más trágico. Sólo  a ella.

            Allí, por fin, me quedaba todo claro: la leche cortada,  los innumerables accidentes sufridos por nuestra familia,  el amor fallido de la señorita Soto y  la mala fama que he acarreado desde el día que nací. Yo no podía quedarme sin hacer nada al respecto; supe que debía hacer cuentas con lo que quedaba de mi infancia y prepararme para el futuro. Y  debo decir que fui muy positiva.

Evaluemos:  Lo mejor de lo ocurrido, fue terminar con las clases de piano, que a decir verdad, no me gustaban para nada.   Lo  peor, fue despedirme de mi querida avispa, al fin y al cabo, se suponía que yo estaba destinada a heredarla.   Lo más entretenido, los comentarios del pueblo, que se extendieron por meses.  Lo más sanador, fue liberarme de  la maldición del Armida. Me sentí, de pronto, como si naciera de nuevo, limpia e inocente,  porque después de todo, nunca había tenido yo la culpa de nada. Esa, por completo, le pertenecía a mamá.

Y, por último, siempre es mejor llamarse Armida que Hermelinda, ¿no creen?

 

            ¡Confío que nadie creerá su discursito de cordero sacrificial! Yo fui  la verdadera y única víctima. Yo fui la infortunada que pagué por todo,  yo, que no tuve arte ni parte… Zzummm, pero claro, esta niñita es tan egoísta que será incapaz de reconocerlo. Yo fui la sorprendida esa madrugada, cuando la señorita Soto me prendió en su abrigo y se fugó por la puerta falsa, donde la estaba aguardando, muerto de miedo, su adorado afinador;  yo fui quien sirvió de testigo cuando se juraron amor eterno delante del padre Gordillo,  yo fuí la que casi muere triturada cuando el tren que nos llevaba hacia el sur se  descarriló en el kilómetro  mil trescientos veinte   y yo fui también la que perdió pan y pedazo cuando los rescatadores se llevaron a la señorita Soto y  su flamante marido al hospital más cercano,  dejándome abandonada sobre los restos destrozados del vagón. Yo, y sólo yo, supe lo que significaba ser recogida por un vagabundo, vendida a precio vil en un mercado, ir de aquí para allá como maleta vieja  y terminar  mi calvario en las manos de un joyero bogotano,  aburriéndome como ostra por treinta años más   gracias a cincuenta relojes de mediocre calidad y un despertador descompuesto. Yo,  Yo,  yo, siempre se trató de mí; si la maldición fue traspasada a la señorita Soto, yo lo causé; si triunfó el amor, a mí me deben las gracias,  aunque esa niñita vanidosa insista en decir que ella lo sufrió todo, que ella  fue la víctima de extrañas circunstancias. ¿De qué, digo yo?

 

-Y bien,niños,  hemos llegado al final de nuestras reuniones nocturnas. La de Armida fue la última historia.

La abuela, piensa Daniel, se ve un poquito triste  al decir que se terminó su cuento. Es extraño lo que sucede, también a él le ha puesto un poco triste  llegar a la palabra fin;  por más largas que fuesen,  las historias le han dejado un sabor a poco, a algo que falta.

Todos los niños se han despedido ya de la abuela. Ella les besa la frente y les regala un delicioso confite de chocolate y coco.    Cuando llega el turno de Daniel, el niño se acerca hasta la anciana y se empina para abrazarla y recibir el beso.

-Para tí tengo otro regalo, Daniel.

La anciana va hasta el escritorio y saca del cajón unas hojas enrolladas con una cinta azul.

-Esto lo escribió Mignon especialmente para tí.- Dice.

Daniel  parte a dormir apretando contra su pecho el rollito de páginas manuscritas. Esta misma noche lo leo, se promete, aunque me muera de sueño.  

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-Cosas inesperadas ocurren a menudo cuando los progenitores  bautizan a sus hijos sin tomar en cuenta que éstos deberán ir cargando esos nombres por todo lo largo y ancho de sus vidas. A Hermelinda yo no  la conozco muy bien, -dijo la abuela- pero la comprendo. Piensen ustedes que a la abuela paterna la pobre Hermelinda no la conoció jamás, peor, sepan ustedes que la anterior Hermelinda murió mucho antes que don Adalberto pensase siquiera en casarse con doña Isabel, y, lo que es realmente imperdonable: la abuela paterna de Hermelinda siempre detestó su nombre y no creo que hubiese tenido el menor interés en que se lo plantasen a su nieta así como así.

Por eso,  cuando terminó el terremoto, se hizo el recuento de víctimas y el inventario de pérdidas navales y terrestres y se inició la  reconstrucción de  la ciudad,  no resultó nada extraño que la desdichada Hermelinda se enamorase de los restos del Armida que se iban desguazando lentamente sobre los arrecifes en que encallaran.

-Armida, Armida.- musitaba la muchacha  con los ojos fijos en la decena de ojos de buey que todavía  quedaban pegados al  casco.

Desde su observatorio en las rocas, Hermelinda soñaba despierta: Mi nombre es Armida, algún día, un hombre maravilloso llegará a buscarme desde el otro lado del oceáno navegando en un gran vapor, y en cuanto me conozca, se enamorará de mí, nos casaremos y seremos felices para siempre.

 

Porque han de saber ustedes que ese es  el típico sueño de las muchachas algo tontas, especialmente los de aquellas pobres que tienen que cargar  con  alguna cosa que detestan en sus vidas. Y si alguien tiene derecho a estar cansada de cargar con algo, esa es Hermelinda Montoya, la hija de mi señora. Zzummm.

No es lo único que carga Hermelinda; desde la trágica noche del terremoto y maremoto de 1887, mi señora, doña Isabel, ha ido perdiendo lentamente la razón.  A veces quiere ser malabarista, otras, dedicarse al trapecio. No falta la ocasión en que se dedica a ser domadora de los gatos de la casa. Un poquito más trastornada cada día y algo más que de costumbre en el mes de mayo. Algunas crisis especialmente fuertes han tenido lugar a las ocho y media de la noche, después de cenar. Es lamentable, pero ¿quién podría lanzar la primera piedra sobre la pobre doña Isabel? Nadie sabe lo que es pasar por algo así. Zzummm, zzummm.

En todo caso, Hermelinda resultó ser una muchacha afortunada por muchas razones: primera, su madre, en uno de sus raptos de locura, le regaló su broche de oro y ámbar dándole la  más grata sorpresa de su vida. Segunda, el año de 1895 un barco de la Armada fondeó en la ciudad y se organizó en la gobernación un gran baile donde Hermelinda conoció al que sería su amante esposo. Y tercera, zzummm, zzummm, cinco años después, dio a luz a una hija a la que llamó con el maravilloso nombre que siempre había querido tener: Armida.

Hay una cuarta razón, pero sería muy raro que ella pudiera conocerla; la cuarta razón es que yo llegué a sus manos en plena madurez, sintiéndome  feliz de disfrutar este espectáculo espléndido que resulta ser la vida; si eso no es maravilloso, francamente, me resulta difícil pensar qué puede serlo. Zzummm, zzummm.

-Esa avispa tuya es una presuntuosa, abuela -Daniel, lapidario.

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-Don Adalberto Montoya abandonó el Monte de Piedad con una sonrisa en los labios. ¡Qué linda sorpresa le daría a su mujer esa tarde! Le gustaban tanto las cosas lindas a su querida Isabel, daba gusto como tenía la casa,  hacía olvidar  a cualquiera de que se vivía allí tan lejos de la capital, careciendo hasta del agua necesaria para  las cosas mínimas de la vida.

-¿Qué es el Monte de Piedad, abuela?

-Una casa de empeños, las personas llevan allí sus objetos de valor y les prestan dinero por ellas. Para recuperarlas deben pagar ese dinero y un poco más.

-Pero él la compró, ¿no?. -Es Daniel quien pregunta.

-Sí, cuando las personas no pueden recuperar sus objetos de valor se ponen a la venta y cualquiera puede hacerlo.

-¿Y los pierdes?

-Sí. Es una pena, pero así ocurre, bien, continuemos.

-Don Adalberto no tenía por qué saberlo, pero a esa misma hora el vapor Allegra se acercaba a toda marcha hacia el puerto. Zzummm, zzummm. La mar estaba demasiado pacífica esa tarde, al capitán le extrañaba en especial la ausencia de aves marinas. ¿Qué había ocurrido con las gaviotas, los petreles y los pelícanos?

Al  capitán del Allegra la cercanía del puerto de Iquique le da nuevas energías. La rueda de gobierno se siente tan liviana como un volantín. El capitán deja el puente a cargo del primer oficial y sale a cubierta. El sol ya comienza a  bajar en el horizonte pintando el confín  de rojo y amarillo. Para tratarse del mes de mayo, la tarde está sorprendentemente cálida, quizás sean estos calores los que se han llevado a las aves marinas. En estos mares refrescados por la corriente de Humboldt, recuerda el capitán,   la más mínima alza de la temperatura corre a parejas con la desaparición de la pesca y de las aves que se alimentan de ella.

 En fin,  el capitán puede creer lo que le parezca mejor,  lamentablemente, el futuro inmediato se encargará de sacarlo de su error. Zzummm, zzummm

 

Don Adalberto no dijo ni una palabra sobre su obsequio cuando doña Isabel le salió a recibir con la efusividad que le era propia.

-¡Le tengo un vinito recién llegado del sur, Adalberto, – ofreció doña Isabel.- y  la cocinera preparó un pescado que está de chuparse los bigotes!

-¿Y de postre, que, Isabelita? -Preguntó él (porque han de saber ustedes que don Adalberto era un goloso de primera)

-¡Guayabas en almíbar, una delicia! -y luego llamó alegremente-  ¡Hermelinda, hijita, venga a comer que ya está aquí el papá!

Hermelinda, única hija,  llegó al comedor con la misma cara larga que ponía cada vez que su madre pronunciaba su nombre.  Nunca podría entender por qué la madre de don Adalberto, su inestimable abuela,  había tenido que llamarse Hermelinda  y jamás, ni en el mejor de los mundos, perdonaría a su madre por permitir que la misma carga se le trasmitiese a ella. ¡Qué injusta puede ser la vida con una jovencita, mire que  condenarla a llevar de por vida apelativo tan ridículo como ése!

-Mamá, cuándo será el día que se acuerde de llamarme Linda, sólo eso,  Linda.- Reclamó.

-Tan bromista esta niña -continuó doña Isabel como quién oye llover- tome, pásele la ensalada a su padre. 

Para la desdichada Hermelinda, la cena transcurrió como de costumbre, entre los inagotables arrullos con que los  Montoya se expresaban su afecto.  Ya estaban en los postres y don Adalberto, goloso,  exigía  su repetición acostumbrada cuando de pronto recordó la sorpresa que tenía para su esposa. Con modales ampulosos, el dueño de casa sacó de su bolsillo una cajita  forrada en seda, que  puso en la mano de doña Isabel con  amplia sonrisa.

-¡Qué es esto, un regalo! -doña Isabel dio un gritito de alegría.

Bastó que abriera la caja para que quedara embelesada en la contemplación de su nuevo broche. ¡Qué encantador gesto el de su Adalberto, qué  preciosura! Con sus manos regordetas,  doña Isabel puso el broche  en su blusa de seda blanca y cometió entonces el terrible error de pronunciar las palabras más premonitorias de su vida:

-¡Nunca voy a olvidar este momento, Adalberto querido!

Ahí fue cuando el diablo metió la cola, porque apenas había terminado doña Isabel esas palabras cuando el vientre de la tierra gruñó sordamente.

-Temblor-  don Adalberto  siempre se preocupaba por los temblores, a los que su mujer les tenía verdadero pánico.

 

El mar se encrespó violentamente cuando el Armida tenía Cavancha a la vista; a lo lejos, como pintadas  sobre las primeras sombras de la noche, fulguraban las luces de la ciudad. Desde el pecho de doña Isabel, yo percibí el embate de las olas y temblé ligeramente. Algo se traía la noche, algo terrible que no  éramos capaces de imaginar. 

 

El  fuerte remezón hizo saltar a los Montoya de sus sillas, el temblor venía in crescendo; la cristalería y la loza tintinearon fuertemente en el aparador, algunas piezas se quebraron aparatosamente,  las sillas se balancearon y cayeron, doña Isabel chilló con  pulmones que hubiera envidiado una prima donna y los gritos del vecindario  que huía despavorido le pusieron un trágico coro de fondo. Todo el litoral se estremeció  y grandes aludes de rocas y tierra se desmoronaron por las laderas de los cerros. Las casas, casi todas ellas de madera, bailotearon en sus cimientos y crujieron estruendosamente.

Los Montoya salieron corriendo a la calle seguidos por la cocinera y la criada que daban alaridos de espanto. Sorprendentemente, un violento ventarrón se había largado a soplar sobre la costa levantando nubes de polvo que impedían la visión y avivando el fuego de los incendios.

-¡Terremoto, terremoto!

La ciudad entera  se volcaba en las calles  forzada por la vocación sísmica de la tierra chilena, pero aunque ellos no lo supieran, lo peor todavía estaba por venir.

Casi inmediatamente  el mar  comenzó a recogerse descubriendo los negros roqueríos  tapizados de verduras y moluscos; al faltarles el agua, los altos matorrales de algas pardas se desplomaron sobre el lecho abisal desnudo; en  el fondo de la bahía, oscura boca salpicada de botes y barcos encallados, centellearon los peces  que boqueaban en agonía.

El mar continuó su retroceso inexorable; cada vez más atrás, como una fiera lista para atacar, la marea gruñía en sordina preparándose para saltar sobre su presa.

-¡La mar, la mar se sale!

La gente corrió  a los cerros enloquecida de pavor, llevando apenas lo puesto, tropezando y cayendo, casi sin resuello, con el corazón galopando en los pechos, perdiendo el equilibrio una y otra vez por los corcoveos brutales de la tierra.

-¡Se sale la mar, se sale la mar!

 

En esa trágica noche del nueve de mayo de 1887 el Armida se vino volando sobre las olas gigantescas en busca de la costa que había parecido tan tentadora en las largas horas de navegación. Si el capitán hubiera atracado alguna vez en  Hawai habría podido reconocer en la figura rampante de su barco la frágil prestancia de una tabla de surf.

Saltando, rebotando, la cubierta barrida una y otra vez por las olas , el Armida voló sobre las aguas  dejando atrás un reguero de cadáveres  y objetos  inútiles  hasta reventarse estruendosamente en los arrecifes de la costa. Cuando el maremoto pasó, todavía no eran las diez de la noche. La tierra y el mar se calmaron  y la ciudad se dio un respiro para lamerse las heridas.

 

 (Es una pena que sea yo quien deba decirlo, pero ningún tripulante del Armida sobrevivió a la tragedia. Zzummm, zzummm) 

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