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Nunca faltan las voces malintencionadas que se esfuerzan por manchar la figura del Cóndor:

-¿Por qué llamarlo cóndor –cuestionan? Si no es otra cosa que un buitre, un carroñero más?

¡Cómo si la delicada labor de un animal carroñero no fuese tan necesaria para nuestra Naturaleza maltratada! El Cóndor, siempre orgulloso y amante del silencio de los desfiladeros andinos, continúa sus evoluciones aéreas sin prestar atención a estos comentarios tan venenosos como insignificantes.

-Al menos –se dicen los cóndores mientras ejecutan su majestuoso vuelo-,  hubo alguno que reconoció el valor de nuestra presencia y nos coronó junto al Huemul!

-¿Qué suerte,  no? Muchos se oponían a que fuéramos el símbolo de esta tierra –retrucan otros.

Y a continuación, melancólicos, hacen memoria de aquellos buenos tiempos en que todavía era posible disfrutar la sabrosa carne de un huemul sin que nadie pusiese el grito en el cielo. ¡Cada día son más escasas las presas, no queda más remedio que conformarse con los duros conejos silvestres o la desabrida carne de una vaca o una oveja desbarrancada!

-¡Quién pudiera picotear un pudú jugoso, salpicado de aquellos deliciosos gusanos que tan bien lo sazonan! – razonan mientras observan los valles desde las alturas de su patrullaje diario.

Tristemente  reflexionan los cóndores sobre  el tiempo perdido. Se duelen de la presencia invasiva del hombre, que cada día trepa más arriba obligando a pumas, zorros, roedores y aves de rapiña a refugiarse en lo más alto de la Cordillera.

Porque antes, cuando la tierra era joven e inocente, los Cóndores, majestades de los aires, volaban sobre toda la franja que se asoma al Pacífico. La luz de cada amanecer los sorprendía en sus grandes nidos y  los empujaba de inmediato a surcar el cielo. Iban de norte a sur, de este a oeste, respirando el aire helado de Los Andes y disfrutando el frufrú de sus alas  henchidas por el viento. No dejaban de observar hasta que de algún lugar de la campiña llegaba el aroma penetrante de la carne descomponiéndose, sólo entonces, avisados ya todos los componentes de la bandada, se acercaban rasgando el viento con un silbido a llenarse la barriga hasta que, de tan pesados, no podían emprender el regreso. No les quedaba entonces sino dormitar con la cabeza oculta bajo sus grandes alas mientras hacían la digestión.

Pero, poco a poco, las  imágenes que se imprimían en sus agudos ojos fueron cambiando. Los hombres cultivaban la tierra y poblaban los campos con nuevas bestias ajenas al entorno. Los primeros caminos que se dibujaron sobre la tierra eran ásperos e intrincados y las carretas quedaban atrapadas en el barro después de las lluvias, las luces que se encendían eran débiles y titilaban delatando la presencia de las casas de adobe, pero, casi sin que ellos se dieran cuenta, el paisaje comenzó a cambiar.

Un día, un cóndor divisó una mancha que olía diferente: tenía la marca del hombre. Cuando bajaron a comer el extraño animal que yacía sobre la tierra lo hicieron desconfiados, temerosos. Sin embargo, aquello que los hombres llamaban “res” llenó la panza de muchos animales y después de que el Puma comiese hasta hartarse siguieron los culpeos y los cóndores y no pararon hasta dejar los huesos limpios. Todos los animales libres supieron entonces que el hombre tenía algo bueno: podía proporcionar comida, y no hay nada más importante que la comida para la vida de aquellos que están a la buena de Dios.

Muchos soles desaparecieron tras el horizonte hasta que un día el Cóndor vio a los hombres elevando torres a través de los campos. Los observó divertido, vaya qué trabajo se daban esos hombres. ¿Para qué construir torres si ya existían árboles tan altos por todo el valle?

Con el correr del tiempo las torres, que estaban unidas una a otra con pesados cables de cobre, abarcaron todo lo largo y ancho de la comarca y comenzaron a trepar por los taludes cordilleranos. Sin embargo, para ellos la presencia de las torres no tenía relación con el hecho de que las casas se iluminaran brillantemente y mucho menos con los nuevos caminos, que como cintas grises, eran recorridos velozmente por extraños vehículos.

Para entonces, la mayor parte de los animales se había replegado lejos de la presencia del hombre. Algunos, no pocos, fueron menguando hasta que no se les volvió a ver más. Ningún cóndor supo qué había pasado con ellos. Ahora a cualquiera le resultaba difícil encontrarse con los antiguos habitantes de la tierra y hasta al mismo cóndor le costaba divisarlos desde la privilegiada posición de sus patrullajes celestes.

Los cóndores podían ver claramente el cansancio de la tierra. Los hombres desviaban ríos, encerraban las aguas con altas murallas de concreto, abrían la tierra con enormes máquinas y arrancaban de ella todo lo que tuviera algún valor dejando tras sí un reguero de escoria y desechos y la tierra arrasada. Aquí y allá se levantaban las viviendas en que habitaban y no lejos de ellas se amontonaban los  basurales que producían sus moradores.

Una triste mañana de invierno, fría y gris, el cóndor despertó en su nido de la montaña. Estiró perezosamente las poderosas alas, revolvió la cabeza calva en su cuello de albo y suave plumaje y finalmente se incorporó sobre sus patas. Una ráfaga de viento lo azotó sin piedad, el cóndor pensó que era una mañana perfecta para alzar el vuelo y así pensando se arrojó en las corrientes de aire que se perdían en los desfiladeros de Los Andes. Primero planeó en círculos -¡cómo le gusta al cóndor planear en círculos! -, después enfiló hacia el valle de la gran ciudad.

La ruta estaba cruzada por largas columnas de humo tóxico que el cóndor evitó cuidadosamente y  aunque desde esas alturas el cóndor no podía escuchar el rugido proveniente de las carreteras estaba claro para él que todo allá abajo era agitación y prisas.

Pero ¿dónde estaba la ciudad? ¡Todo había desaparecido como borrado por una mano colosal! En el lugar donde se levantaba la ciudad había ahora una niebla oscura y sucia que no dejaba ver nada, ni siquiera a la poderosa vista de un cóndor. El cóndor  penetró en la nube y mientras respiraba sintió el cansancio que esa nube espesa y sucia producía en sus pulmones.  Aterrado, aleteó con fuerza  para arrancar de esa masa monstruosa. Se alejó sin mirar atrás hacia su nido en la montaña.

Esa tarde, mientras la luz se esfumaba lentamente, descansando en su nido, el cóndor supo que nunca más un cóndor querría volver a las tierras bajas. ¡Ya no había allí nada digno de verse ni de ser  disfrutado por un cóndor, hasta el aire mismo lo habían cambiado por esa mezcla extraña,  sucia y desagradable!

Por un momento, antes de cerrar los ojos, el cóndor pensó que le gustaría haber sido capaz de soñar para recordar en sueños la tierra tal como había sido, pensamiento que fue descartado por la razón de que los cóndores nunca podrán soñar.

Pero antes de dormir recordó al hombre que vivía en esas casas apiñadas, respirando ese aire sucio, atrapado entre el estruendo de las carreteras y la urgencia de la vida diaria y por un instante apenas se compadeció de él. Arrepentido, desechó ese pensamiento que lo traicionaba.  ¡El hombre, por ningún motivo, merecía la compasión, después de todo, la culpa del desastre era toda suya!

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La ranita de Darwin del norte era una de las regalonas de La Naturaleza. ¡Qué bien se las había arreglado, siendo tan pequeña como era,  para poblar ese extraño país alargado de América, Chile, a través de una extensa zona que llegaba hasta los primeros enclaves patagónicos!

Porque, si alguien ha visto una ranita más pequeña que esta, una que a duras penas supere los 30 milímetros de largo, por favor, que se lo haga saber a La Naturaleza, que desde su desaparición está pasando por una severa depresión. Depresión justificada, la ranita de Darwin del sur, la variedad que aún sobrevive,  sólo tiene unas treinta y seis poblaciones registradas  y sus integrantes están disminuyendo con  una frecuencia pavorosa.

No se trata de que la ranita de Darwin del norte no se haya esforzado por seguir siendo uno de los más  pequeños y encantadores  habitantes del planeta, no. Cuando  Darwin anduvo de paseo por esas tierras tan alejadas de la mano del Creador, la consideró una de las especies más abundantes. Y era cierto, no necesitabas levantar una piedra para dar con una, por lo general, la ranita ya estaba tendida  sobre ella, oteando su microscópico horizonte de ranita y tomando el sol, cuando casualmente no llueve por allí.

Además, la ranita de Darwin del norte hizo  esfuerzos realmente heroicos por sobrevivir. Consciente de que la pequeñez de sus crías las hacía tan vulnerables, el padre, heroicamente, se encargó de conservar las larvas en su cavidad bucal durante la fase de la metamorfosis. Y no bromeo, así como lo dijo, lo hizo. Admirable, estoy seguro de que mi padre no habría sido capaz de hacer ese sacrificio por mí y que, muy probablemente,  el padre de ustedes tampoco.

Y es que la ranita de Darwin del norte no había pedido mucho cuando se la incluyó en la lista de  futuros habitantes del planeta. Aceptó ser pequeñísima, aceptó el frío, aceptó la lluvia, aceptó todo y, finalmente, cometió un error fatal: aceptó convivir con el hombre.

Con los hombres originarios no tuvo problemas. Vivían y dejaban vivir. Cuidaban la tierra como a su propia madre y la dejaron tranquila; era demasiado pequeña como para interesar a sus sistemas alimentarios.

Tampoco los que vinieron después, a pesar de todos sus esfuerzos, lograron complicarle la existencia. Eran agricultores y  ganaderos y con esa excusa comenzaron a quemar o talar las primeras zonas boscosas…pero dejaron intacto gran parte del bosque nativo. La ranita de Darwin del norte tomó sus escasos bártulos, acomodó bien sus larvas en la boca, y se adentró un poco más en la espesura. Lejos del hombre, respiró tranquila y se reacomodó.

Los años siguieron pasando, en teoría, el hombre tenía un par de siglos más de evolución y podía suponerse que era todavía más inteligente que sus ancestros. Incluso solía jactarse de sus pequeños avances: construía mejores viviendas, habían dejado de ser analfabetos, progresaban cada día más.

Lo que la ranita de Darwin del norte ignoraba era que la llegada de la civilización no es sinónimo de hombre de mejor calidad. Hagamos memoria. ¡Los romanos, esos agresivos turistas de la Antigüedad,  fueron uno de los puntos altos del hombre, la Belle Epoque remató su seguidilla de fiestas en una de las guerras más sanguinarias de la historia, peor, nos fuimos de paseo a la luna mientras dejábamos morir millones de biafranos de hambre!

Entre tanto, inocente de todo, la ranita de Darwin del norte – ¡y, oh, qué susto, la del sur sigue creyendo lo mismo!- continuaba su camino por la historia del planeta,  feliz de formar parte del gran proyecto del Creador: La Tierra.

Y entonces, algunos hombres civilizados consideraron que aún no eran lo suficientemente ricos como para sentirse satisfechos y felices y decidieron incrementar su riqueza con la explotación de los bosques nativos. Lo hicieron como a ellos les gusta: convirtieron buena madera sólida en madera aglomerada de aquella que se deshace con facilidad y se vende con mayor facilidad aún. Para evitar que su riqueza se limitara no les quedó más remedio que aceptar una condición: si iban a  hacer astillas esos bosques debían replantar nuevos árboles en la misma tierra que acababan de dejar desnuda. El hombre, que para todo tiene un nombre, lo llamó reforestación y se sintió muy orgulloso de haber tenido esa genial idea.

Claro, respondieron, somos hombres modernos, inteligentes, responsables, incluso vamos a hacerles un regalo: en vez de estos árboles nativos e insignificantes vamos a plantar pino insigne. ¡Es mucho más comercial,más grande, crece más rápido y lo podemos cortar antes,  no sabemos cómo al Creador se le pasó este detalle, qué poco sentido práctico!

Y ese fue el punto de quiebre en la existencia de la ranita de Darwin del norte. Su hábitat desaparecía, el alimento escaseaba, cada día, nuevas hordas de hombres civilizados contribuían un poco más a su desaparición.

Por eso, perdónenme un poco si me siento algo molesto. Disculpen si el tono de mi voz, además de quebrarse ligeramente, está pintado por la ira. Yo no quería que la ranita de Darwin del norte se marchara así, sin un adiós, sin una lágrima. Me gustaba saber que vivía allí, que era tranquila, pacífica, pequeña y bella. Después de todo, le bastaba con eso para ser feliz.

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Soy muy crítico de  El Creador y La Naturaleza, lo cierto es que ambos se portaron  muy mal conmigo. No bastó con mi aspecto salvaje, mi pelambrera enmarañada, mis rasgos simiescos y estos malditos pies que sólo han servido para que el Hombre me cubra de ridículos apodos. Un día cualquiera, cuando era aún un infante, vi mi imagen reflejada en una pared de hielo y me sorprendió ingratamente, hasta entonces, siempre me había creído igual a cualquiera de esos niños pastores que corretean cabras en las laderas de la montaña.

-Madre –pregunté-, ¿Quién es ése?

-Eres tú, pequeño. ¿No ves acaso lo mucho que te pareces a tu padre?

Creo que fue entonces cuando los vi por primera vez, antes sólo los había mirado. Cierto, ahí estaba papá, ligeramente gibado de espaldas, algo excedido de peso, más velludo que nunca, chupando el tuétano de un hueso de cabra con evidente placer. ¡Y yo era su viva imagen, qué castigo, qué pena, qué vergüenza! Toda la mañana recorrí los senderos de la montaña tratando de dar paz a mis alocados sentimientos. Muy tarde, cuando la luz empezaba a borrarse, escondido entre los pinos espié a los Hombres que juntaban leña para la fogata que les daría protección cuando cayera la noche. Razón tenían para  sentirse orgullosos. El Creador les había concedido todo para prosperar y la Naturaleza, tan inflexible con nosotros y las demás especies, no había dudado en darles el puntapié inicial para comenzar su exitoso camino por la vida.

Me hice adulto sabiendo de nuestro trágico destino: estábamos condenados a ser nuestros propios carceleros. Nunca conoceríamos el mar, nunca  espiaríamos desde más allá de las nubes. Ni siquiera podríamos desplazarnos más allá de las altas cordilleras. Éramos demasiado tímidos y, por añadidura, demasiado simiescos. Si osábamos bajar a las planicies del Hombre no pasaría mucho tiempo antes de que fuéramos exterminados a causa de nuestra diferencia. ¿Acaso no le había sucedido lo mismo a nuestro primo de Neanderthal? ¿Y el dodó, el lobo de Tasmania, los alacalufes y tantos más?

Soy un individuo informado. Entre sus muchos defectos el hombre carga con el del descuido. ¡Si supiérais vosotros cuantos periódicos ha traído el viento hasta la boca de nuestras cavernas! No  me costó nada aprender a leer, mucho más me costó aprender a entenderos! ¿Por qué no sois capaces de vivir en paz, de respetar al otro, de vivir y dejar vivir?

Hay tantos peces en el mar, tanto ganado en las sabanas, el Hombre no necesitaba del poder y las armas. Le bastaba con seguir su vida y dejar a los demás tranquilos, pero ni entre ellos respetan esta mínima exigencia. Siempre quiere más: su tierra y la del vecino, su mujer y la ajena, su oro y el de todos, su persona y un batallón de serviles para aplastar al que pisa su  ruta. Quizás se deba a que fue el último en unirse a la fiesta de la creación que aún no logra aprender el término absoluto: compartir.

Aún así, lo envidio. Así como a la Luna, alcanzará las estrellas. Navegará el espacio con la misma audacia que se lanzó a los siete mares a riesgo de su vida. ¡Quién sabe qué cosas le quedan por descubrir! Y yo seguiré estando aquí, escondido en los Himalayas, en los Andes, en los Apalaches, en la tundra. Podéis llamarme como queráis: Yeti, Sasquatch, Chuchuna, Pie Grande, somos los mismos que fuimos aunque también somos los restos. Los restos de una especie grande, alta, garbosa, que se encaró con el mamut y el lobo marino, que anduvo descalza cuando vos debisteis calzar botas, que se abrigó con su piel cuando vos nos asesinasteis para abrigaros del viento. Somos –como dijera uno de los nuestro, un patagón- todo cara. Le hemos hecho cara al hielo y al sol, al dolor y la alegría.

Podéis seguir  buscándonos,  escribir lo que se os antoje en vuestras páginas intrusas, que no daréis con nosotros. Milenios llevamos escondiéndonos de vuestro salvajismo. Pobre Hombre, tanto que hubiera podido aprender de nosotros, la Vida Salvaje.

Nota: por considerarlo merecido, se ha optado porque  nuestro personaje contara su  propia historia.

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El Hombre primitivo  estaba muy lejos de entender la grandeza oculta del caracol.  La primera vez que recogió uno lo observó con curiosidad. ¿Qué era esa cosita que se movía tan lentamente? Al tenerlo en sus manos quedó asombrado. ¡Qué bello era en su perfecto espiral!

Por supuesto, aquel Hombre no fue capaz de articular esas palabras, pero inmediatamente lo imaginó como parte de su dieta y lo incorporó a ella. Crudos le parecieron un asco, pero ya  cocinados sobre las ascuas de la fogata estaban mucho mejor y eran mucho menos difíciles de cazar que un mamut o un uro e incluso que un conejo.

Posteriormente, cuando superó el temor al agua, el Hombre descubrió que los Caracoles también  vivían en el mar y que sabían, si eso era posible, aún mejor que los otros. Sus caparazones eran algo diferentes, más imaginativas, más hermosas, si cabía.  El Hombre siguió comiendo Caracoles, aprendió incluso a soplar en sus caparazones como si fueran cornos y nunca más se detuvo. Le encantaban estos pequeños gasterópodos.

Los arqueólogos  han encontrado  pruebas de ello en  lugares habitados desde la Edad del Bronce y ya los romanos  dejaron pruebas escritas de su predilección por ellos. Un hombre llamado Fulvius Hirpinus  creó la primera  instalación  para su cría en Tarquinia allá por el  año 50 AC y las granjas en que los romanos los  cultivaron fueron llamadas cochlearum. El mismo Plinio el Viejo, el historiador, los recomendó como efectiva cura contra  males estomacales y  pulmonares…pero siempre que fueran consumidos en número impar. Lógica humana, ligeramente primitiva.

El Caracol, en tanto,  ha recorrido la tierra sin dejar nunca de cargar su casa.  De personalidad sumamente reservada, escogió nunca comunicarse en forma perceptible por el Hombre y por ese motivo El Creador dejó bajo su responsabilidad algunos grandes secretos que la humanidad  haría cualquier cosa por conseguir.

–         Tú tendrás –le advirtió- los secretos de la proporción áurea. Cada vez que construyas una nueva cámara de tu concha, está será más grande que la anterior en una proporción constante. El Hombre tardará  millones de vidas en desentrañar este secreto y aún así no llegará más allá de su aplicación  práctica básica…

Y luego le musitó  al oído todo aquello que verdaderamente se podría alcanzar con dicho conocimiento.

Asombrado, el Caracol  observó su caparazón en el espejo del charco más cercano. ¡Hasta él se sorprendía de haber sido escogido para cargar con esa perfecta representación de phi  sobre su pequeño y esmirriado cuerpecillo!

Mirándose un poco más, se encontró tan perfectamente hermoso que no pudo resistir la tentación de trasmitir su secreto a los demás. El problema era que no tenía cómo hacerlo: se había privado voluntariamente de toda comunicación posible con el Hombre.

Y entonces,  milagrosamente, recordó su baba. ¡Claro, allí tenía el medio y  sería imposible que los Hombres dejaran de ver los mensajes! De esa manera, el Hombre y el Caracol serían amigos para siempre.

Trabajosamente,  trepó una roca y una larga, fina estela brillante fue marcando su camino.  El  Caracol  escribió en ella, codificado, el secreto universal que El Creador le confidenciara, palabra por palabra.

El primer Hombre que pasó por allí vio su huella y supo inmediatamente lo que le pareció  más importante de dicho mensaje:

-Hm, por aquí  hay Caracoles…y yo tengo hambre.

Rebuscó bajo las matas y recogió todos los que pudo para comérselos a la primera oportunidad.

Afortunadamente, uno de los escribas había reptado hasta  unas matas más lejanas de manera que, espantado por la desleatad y estupidez del Hombre,  convino con los demás de su especie la perfecta venganza: Por el resto de la vida de la tierra, los caracoles contarían los secretos del creador en todas las superficies reptables…y el hombre sería incapaz de usarlos en su provecho.

Por supuesto, El Creador estuvo algo molesto por  el incumplimiento de los Caracoles a su promesa de no  contar su secreto al Hombre, pero cuando comprobó personalmente que  el aludido era aún más ciego a la verdad de lo que había pensado, se rio largamente a costa suya. ¡Cómo era posible que su máxima creación fuera tan poco  lista, seguramente, había cometido algún error en el proceso!

El Caracol, en tanto, sigue adelante con su venganza. Ahora que el Hombre lo cría en forma industrial para aprovechar sus cualidades está aún más  furioso que antes y en las mismas barbas de su tirano, escribe:

-Hombre, torpe glotón de pacotilla, deja de comerte la Naturaleza entera y aprende que …

Y luego pinta de un tirón el mensaje secreto del Creador. Total, no hay ningún riesgo de que  ellos lo entiendan.

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2500483634_bdc284e173Hace tanto tiempo que los demonios de Tasmania eran animales encantadores que ya casi nadie se acuerda de ello. En esa época no compartían  su bella isla con los humanos y tenían muy buena relación con La Naturaleza. Tenían mucha comida a su disposición y un brillante pelaje  negro atravesado por un  collar blanco en el cuello. En  ese tiempo eran  conocidos como los chiquitines de Tasmania, pero ¡ay de aquel que los llamase así! Ellos lo consideraban ofensivo y muy políticamente incorrecto.

No eran tan diferentes a hoy, dirán ustedes, pero sí,  lo eran. Cada mañana,  los  demonios, hoy solitarios,  se juntaban en los claros del bosque a comer. Llegaban desde todas partes trayendo insectos gordos y sabrosos, pequeños roedores marsupiales, huevos y raíces. Juntaban  sus aportes en un  gran banquete y celebraban por todo lo alto.

Hasta que un día, La Naturaleza, que andaba  en visita de inspección, atinó a pasar por allí.

-¡Pero qué chiquitines encantadores! –exclamó deleitada con el espectáculo.

Apenas  la escucharon,  los chiquitines de Tasmania  se molestaron con ella

-¡Cómo que chiquitines! –dijeron.

La Naturaleza no estaba al tanto de la larga lucha de los chiquitines tasmanos por  lograr el respeto de las demás especies, de manera que insistió.

-¿No son ustedes los marsupiales chiquitines?

-¡Jamás! –negaron ellos- ¡Nosotros somos más grandes que el noventa por ciento de los marsupiales!

Cierto que eran de mayor tamaño que el noventa por ciento de los marsupiales pequeños, pero ellos omitieron ese término que tanto les  dolía.

-¡Qué engreídos! –se dijo La Naturaleza-.  Quizás va siendo hora de que reciban una lección.

Y apenas de regreso en sus dominios,  emitió un decreto de Racionamiento de Alimento para Marsupiales Conflictivos.

Esa larga noche la pasaron los pobrecillos  buscando en vano los bocadillos habituales. Insectos y roedores parecían haber desaparecido. Apenas amaneció, una triste manada se reunió en el claro del bosque con  las patitas  y el estómago vacíos.

A última hora, uno de ellos llegó arrastrando el cádaver de un wombat que había  muerto a causa de los estragos de la edad.

-Es lo único  que pude conseguir –explicó tristemente.

Los chiquitines pasaron una semana negra y estaban muy enojados cuando  La  Naturaleza volvió por allí a recibir sus disculpas.

-Buenos días, chiqui… -alcanzó ella a decir antes  de ser expulsada del  bosque con  todo tipo de recriminaciones.

-¡Se nota que nunca ha sido madre!  -le espetó una hembra antes de hacerle un desprecio.

La Naturaleza, cuya  gran frustración era no haber tenido hijos,  regresó a su oficina y firmó inmediatamente un Decreto de Cambio de Aroma Específico. Apenas había puesto su rúbrica cuando un chiquitín le preguntó a otro:

-¿No sientes un olor  desagradable?

-Cierto,  ¿de dónde vendrá? – repondió el otro.

Tras unas pocas averiguaciones, los chiquitines se dieron cuenta de que ese desagradable olor  emanaba de sus propios cuerpos. Un kukaburra que pasaba volando les confidenció  que La Naturaleza, ofendida, les había jugado otra mala pasada

-¡Qué vengativa, qué mala persona! –se quejaban ellos inmersos en una profunda depresión. Primero les habían obligado a ser carroñeros y ahora esto.

Formaron al instante un Comité de Defensa contra las Veleidades de La Naturaleza y durante unos meses se les vio correr de un lado a otro como pequeñas trombas colgando letreros que exigían un nuevo trato, rayando las cortezas de los eucaliptus con alusiones desagradables hacia las madres frustradas y otras lindezas por el estilo. Incluso, de tanto gritar, perdieron el grato tono de sus gruñidos y ahora sólo chillaban.

A los seis meses, La Naturaleza  declaró roto el diálogo entre  las  partes y,  para demostrar quién mandaba allí, les mandó de regalo un virus de  tumor facial. Los chiquitines comenzaban sufriendo lo que parecía un ataque de acné nervioso y por más tratamientos que se hiciesen, no conseguían  eliminar esos feos granos. Peor aún,  andando el tiempo, los granos se convertían en un doloroso  tumor facial y   en apenas dos años los chiquitines que lo sufrían ya habían pasado a mejor vida a causa del cáncer.

-¡No les quedará más remedio que pedirme  perdón! –le dijo muy orgullosa La Naturaleza a los wallabies,  a sabiendas de lo chismosos que eran.

La Naturaleza olvidaba un detalle: la proverbial dignidad de los chiquitines de Tasmania. Apenas supieron lo que había dicho, ellos contratacaron con otro misil verbal:

-¡Si la inútil de La Naturaleza  insiste en desquitarse con nosotros, pasará sobre nuestro cadáver!

A estas alturas, los pobres chiquitines no eran la sombra de lo que habían sido. Iban de un lado a otro  chillando como enajenados, esparciendo su desagradable olor sin poder evitarlo. Odiaban su dieta y, para más remate, las hembras habían comenzado a experimentar trastornos reproductivos que, si bien podían ser causados por la tensión nerviosa, toda la chiquilinada los atribuía a “una bajeza más de La  Naturaleza cruel”.

La moción de la directiva del Comité de Defensa proponiendo  la  adopción del nombre Demonio de Tasmania fue votada favorablemente por el cien por ciento de la especie.  Era un último gesto  para  reponerse de los dolores de su orgullo pisoteado.

Desde entonces,  La Naturaleza vive a la espera de  que los demonios de Tasmania  lleguen a pedirle perdón de rodillas, pero está equivocada. Los demonios de Tasmania, a pesar de sus sufrimientos, siempre han hecho gala de una fortaleza de carácter  digna de admiración.  Se han juramentado a luchar hasta el último demonio y si no fuera porque una campaña de protección contra el tumor facial se encuentra en plena aplicación por instituciones protectoras de la fauna, hace tiempo que  habrían  visto cumplida su palabra.

Nota: El demonio de Tasmania es un marsupial cuya supervivencia se encuentra amenazada.

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Latino Australia

RTVE.ES

Wikipedia

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Un año de mala estrella

Doña Luna y Señor Sol

Terminaron su romance

Y el universo tembló.

Apagáronse las noches

La mañana se murió

Y toda la tierra entera

Cerró un ojo y bostezó.

Fueron muriendo de a poco

La yerbabuena y el alcanfor,

Los arándanos, las nueces,

La melissa y la coliflor.

Hormigas de ojitos tristes

Desfilaron en escuadrón

Y en los recodos del bosque

Lloró la ardilla, penó el lirón.

Y allí estábamos durmiendo

Grillo, zorro, trigo y flor;

No hubo nadie aquí en la Tierra

Que no sintiera dolor.

-Doña Luna, no me olvides,

Que cada noche estoy yo

Penando por tu presencia-

Se lamentaba el choroy.

Y la luna, coquetona,

Espiaba sin rubor

Escondida tras los velos

De dos cirros y un nubarrón.

-¡Todavía  me recuerdan,

Se desviven por mi luz.

Y yo aquí, en medio del cielo,

Escondo mi cara como el avestruz!

Las espigas se doblaron

Sin llegar a madurar

Y las manzanas marchitas

Se arrojaron en la mar.

¡Ay qué pena, qué tristeza

Que allí ya no pueda estar

Con su brillante cabeza

Señor Sol al despertar.

Y un año de buena estrella

Se comenzó a murmurar

Que alguna cosa podrían

Los conejos organizar.

En la colina reseca

Se escuchó un fuerte tam-tám

De tantas como eran las patas

En la familia  del conejo Bastián.

Y recorrieron los campos,

Los desiertos, la ciudad.

A todas partes llegaron

Donde hubo ánimos que levantar.

Y un día de madrugada

En que el Sol no iba a clarear

Los ejércitos de la Tierra

A Señor Sol fueron a reclamar.

-¡Cómo es esto, qué desastre

Han llegado a provocar

Estos dos bellos amantes

Que no saben perdonar!

Grandes nubes de abejorros

Que zumbaron al volar

Escoltaron a las rosas,

Los alhelíes y el azafrán.

Las libélulas y el sapo

No dejaron de incitar

A las aves que cansadas

Se tardaban en llegar.

-¡Venid todas, se hace tarde,

El Señor Sol no saldrá

Si toda la Tierra misma

No le reprocha su actuar!

Y ese año de buena estrella,

Ya cuando se iba a acostar,

El Señor Sol a su amada

Su perdón le fue a rogar.

-¡Ven, mi hermosa, abre tus ojos,

Ven la noche a iluminar

Que yo sin tus labios rojos

No me atrevo a respirar!

Y Doña Luna encendida

Ante tanto y tanto amor

Sonrió como una niña

Y el cielo resplandeció.

Alondras y ruiseñores

Cantaron a toda voz.

Gaviotas y cormoranes

Batieron sus alas, hacía calor.

Desde esa tarde gloriosa

En que todo renació

Cada día, por la tarde,

Doña Luna besa al Sol

Y su amado, con sus rayos,

Pinta en su rostro el color.

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