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pavo_real

 

Tal como se lo había dicho a mamá, el lunes siguiente fui a disculparme con las señoritas Pereira de Olivar. Sebastián se ofreció a acompañarme, pero le dije que no, muchas gracias, esto es algo que tengo que hacer sola. Quedamos de vernos más tarde para estudiar juntos, él vendrá a casa,  aún prepara el famoso examen de ingreso al Instituto Nacional.

Sabía  que no iba a ser fácil, pero uno no puede traicionar a sus amigas imaginando de ellas las cosas horrorosas que yo pensé  durante el último par de semanas y hacer como que aquí no ha pasado nada. Tampoco era cosa de llegar al local y decir “bueno, ya, me equivoqué y les pido disculpas”, de manera que averigüé qué bus me servía y fui hasta la parcela de La Reina. La verdad, de día era mucho más linda y había que ser idiota para asustarse. Sí, yo fui esa idiota, qué horror. Llamé por el micrófono y apenas dije mi nombre, la voz de  Penélope saludó y sonó el botón del portero eléctrico que no vimos la noche de la fiesta. Tampoco están tan anticuadas como para no tenerlo.

Fui caminando por unos senderos preciosos, rodeados de rosales floridos, hortensias azules y dalias multicolores. El jardín emanaba mil aromas a cuál más delicioso y los árboles que tanto me aterrorizaran en la fiesta de Halloween estaban llenos de zorzales, tordos, cotorras, chincoles y otros pájaros que ni conozco, todos ellos banquetéandose con los damascos maduros. Ploch, se escuchaba por acá, ploch, por allá y ése era otro damasco que había mordido el polvo. A cada momento me sentía más tonta. ¡Me había portado como una niñita miedosa, qué manera de hacer el ridículo!

Penélope estaba esperándome junto a la piscina.

-¿Trajiste traje de baño? –preguntó.

¡Claro que no, ni se me había pasado por la mente que ellas todavía quisieran invitarme a pasarlo bien en la piscin!.

-No, en realidad, Penélope, yo he venido a pedirles perdón por lo mal que actué hablando todas esas barbaridades de ustedes.

-Querida, no te lo tomes tan a pecho. Nosotras debimos  darnos cuenta que una fiesta de Halloween podía ser terrorífica para una niña de tu edad, además, estuvo lo de las gatitas, que se portaron tan mal. Todo  eso debe haberte causado una impresión tremenda. Si lo miras bien, es culpa nuestra.

Sus grandes ojos amarillos estaban fijos en mí, dulces y apenados a la vez. ¡Era como si fuese a maullar en cualquier instante, triste y coqueta, como Penny!

-Lo que hice fue vergonzoso, Penélope, pero fue sin mala intención. Nunca pensé que Sebastián hablaría con su papá y él, a propósito, también se siente muy mal. La actitud de su papá fue muy decepcionante para él.

-No te preocupes, Toni, entiendo perfectamente; además, durante el fin de semana recibimos algunas noticias de la Galería. Supe que anduviste recorriendo los locales para  poner a esos chismosos en su lugar.

-Mamá dijo que era el colmo del machismo.

-Siempre he sostenido que tu mamá es toda una dama, Toni.

No pude evitarlo y me eché encima de ella, me daba mucha vergüenza y tenía deseos de llorar. Nos quedamos abrazadas largo rato.

-Ya está bien, Toni, vamos a la terraza a ver a las chiquillas –invitó.

Así son mis viejitas Pereira de Olivar, tienen como mil años, pero siguen llamándose entre ellas como si aún tuvieran quince. Me tomó de la mano y rodeamos la casa, junto a la piscina estaban esperándonos Lisístrata y Gertrudis.

-¡Hola, Toni querida, qué bueno qué viniste! –Lisístrata se veía feliz de verme.

-Tanto tiempo sin verte –me reprochó, suavemente, Gertrudis al tiempo que me servía un jugo de frutas- , te habíamos echado de menos.

Para qué voy a pasar una vez más por la humillación de contarles, con lujo de detalle, el lamentable episodio de mi solicitud de perdón. Creo que ellas se sentían tan mal como yo, de manera que hicieron todos los esfuerzos posibles por impedirme hablar, pero no me amilané y les pedí disculpas en todos los tonos posibles.  Después nos pusimos a comer  toda clase de alfajorcitos, tartaletas, mazapanes,  bombones y demases que ellas preparan para esperar la Navidad. Debo haber subido como cien kilos de tanto comer. A cada rato aparecían nuevas exquisiteces y jugos de fruta frescos. Ya estaba empezando a entender como fue que Lisístrata llegó a ganar ese sobrepeso y si no me detenía a tiempo, sí, la idea pasó por mi mente encendiendo todas las alarmas, la próxima obesa mórbida del grupo iba a ser yo, Antonia Gutiérrez.

-No, gracias, no puedo comer una migaja más –rechacé con pesar el helado de pistacho que Gertrudis  me ofrecía.

Me pregunté dónde estarían las mininas. No habían aparecido en todo ese rato. De veras deseaba ver a Penny, sentir su colita serpenteando alrededor de mis piernas.

-¿Y Penny? –pregunté.

-Cuando estamos acá nunca quieren bajarse de los árboles –respondió Penélope. Es una lástima, porque te quieren tanto y después, cuando olfateen que estuviste aquí, estarán apenadas.

-Son las gatitas más adorables del mundo –dije con toda sinceridad. No porque sufrieron un ataque de celos las voy a borrar de mi lista de afectos.

Las tres me devolvieron una sonrisa esplendorosa. Aman tanto a sus gatas que se toman los cumplidos para ellas en forma casi personal.

-Hay algo que necesito saber –les dije-, y es muy importante.

-Pues habla, querida –dijo Penélope mirando a sus hermanas. Gertrudis me lanzó una mirada recelosa.

-¿Van a abrir el local de nuevo o es verdad que han pensado en venderlo?

Se miraron una a otra y se acomodaron en las sillas antes de responder.

-Hubo un momento en que pensamos seriamente en vender –comenzó Lisístrata.

-Pero nos daba mucha rabia que alguien se aprovechara de un mal rato  nuestro para sacarnos del negocio-continuó Gertrudis.

– Y después vino eso de la publicidad –remató Penélope.

-¿Qué publicidad? –pregunté.

-Es que no sabes, Toni, ahora que creen que somos brujas y nos convertimos en gatas, todo el mundo quiere comprar nuestras antigüedades.

-¡Hasta nos ofrecieron ir a un programa de televisión!

-¡Y nos pagarían!

Estaban locas de felicidad. Al fin había llegado su momento. Lisístrata ha pensado en  que necesitan un ropero nuevo y Penélope ha mirado telas finas por internet. Gertrudis no dice nada, pero resulta evidente que no le gusta nada eso de hacerse tan conocida. Desconfía hasta de su sombra, igual que Gertie.

Lo que quedaba de mi visita se nos fue haciendo planes para el verano. Lisístrata insistía en que yo debía ir todas las semanas a bañarme en la piscina, que se gastaba tanto en mantenerla para que nadie se metiera en ella, salvo, claro, en la Fiesta de Halloween.

Todas reímos, qué divertido parecía ahora, a pleno sol, con los pajarillos cantando y un pavo real…sí, no estaba viendo visiones, había un pavo real asomando entre los arriates de flores.

-¡Es un pavo real! –no pude quedarme callada. Estaba asombrada.

-Claro querida, es Mike. Anda ve a verlo, es lo más mansito que hay.

Me puse en pie de un salto y fui hasta él, que no mostró temor alguno. De cerca era aún más lindo, con todos esos maravillosos colores brillantes. Arrastraba su maravillosa cola como si fuera el manto de un rey.

 Penélope vino detrás trayendo migas para él y me las iba pasando para que yo lo alimentara. Se veía de lo más acostumbrado a comer tartaleta de manzana y no perdía nada.

-¿Hace mucho que lo tienen? –pregunté.

-Un par de años, no lo viste el otro día porque a esa hora está durmiendo. Queremos comprar otro, nos parece que se siente un poco solito- aseguró Penélope.

-¿No es extraño que se llame Mike?-pregunté.

-¿Extraño, por qué?

-Es parecido a Miguel –dije.

-Parecido no, es que  a los Migueles se les dice Mike en inglés.

-Eso pensé.

Al menos este Miguel no nos va abandonar –murmuró Penélope con pena.

-Oh, no, no tenga pena, estoy segura de que volverá a buscarla – dije tomándola de la mano.

-¿De veras lo crees, Toni?

-Estoy segura.

Y lo cierto es que de pronto tenía la certeza de que lo que le decía era así. Don Miguel regresaría junto a ella, no precisamente con una capa de plumas de pavo real, pero volvería. Si  lo pienso bien,  sería  mucho mejor  que regrese vestido con algo menos absurdo que la chaqueta de su disfraz de Halloween.

El ave movió su cabeza como dándome la razón. Era realmente encantador. Hasta me dio la misma impresión que a veces me hace sentir Penny: era como si el ave tuviera ganas de decirme algo tan importante que no podía esperar.

Me despedí de las señoritas Pereira de Olivar a medio camino de la puerta de entrada. El sol pegaba fuerte y las pobres hacían esfuerzos para soportarlo entrecerrando los ojos y haciendo visera con la mano para protegerlos. Las  tres se quedaron bajo una  enorme palmera, Penélope con su mano derecha apoyada en el añoso tronco para descansar, disfrutando de la sombra,  cuando di vuelta el recodo del caminillo empedrado.

Ya  había caminado unos cinco metros cuando  recordé el pañuelo de Penélope, lo había tenido desde la fiesta y mamá lo había lavado para que se lo devolviera. Regresé corriendo a buscarlas mientras lo sacaba de mi cartera y  volvía a tomar la curva en sentido inverso.

Y entonces pareció que el mundo había girado en ciento ochenta grados de un solo golpe.

Las señoritas Pereira de Olivar habían desaparecido. O al menos, eso creí. En su lugar, las tres gatas viejas tomaban sombra bajo la palmera, con excepción de Penny, que con las dos patas delanteras apoyadas en el tronco, parecía lista para  subir hasta la copa.

Las gatas maullaron suavemente y se me acercaron coquetas restregándose  junto a mí. Tres segundos, habrían sido unos tres segundos…era imposible que tres viejecillas casi nonagenarias hubieran desaparecido tan rápidamente y las gatas, de dónde habían llegado las gatas. Lisi, gorda floja, se tumbó en el pasto a lavarse con una lengua sonrosada como jamón y Gertie se sentó muy tiesa; de tan flacuchenta parecía figura de porcelana.

-Miaau- era Penny con sus ojos amarillos dedicados a su actividad favorita: hacerme sentir que tiene algo muy importante que decirme. Su colita peluda serpenteó en mis piernas haciéndome cosquillas.

-Hola, preciosa –la acaricié-, por favor, entrégale su pañuelo a Penélope y dile que muchas gracias – acomodé el pañuelo en el collar con unas vueltas para que no se fuera a caer.

Y después, qué vergüenza confesarlo,  me fui corriendo a mil por hora. Hacía  un calor de mil demonios, no corría la más leve brisa, pero a mí un escalofrío me recorría las costillas y llegué hasta la puerta temblando y apenas la traspasé la cerré dando un portazo que debe haber hecho historia en la tranquila calle  reinina.

Sólo entonces se me pasó el miedo, mis rodillas dejaron de temblequear  y pude partir a la carrera hacia el paradero.

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galpón

Lo primero que hice al llegar el jueves fue salir corriendo a ver a mis viejitas, pero la realidad me tenía preparada una de esas sorpresas que le encanta darnos cuando hemos metido la pata. ¡El local estaba cerrado en pleno día laboral!

Un letrero garrapateado a mano anunciaba que, por razones de fuerza mayor, permanecería así hasta fecha próxima.

-Las brujas andan de paseo en sus escobas –me gritó el dueño del local vecino-, aprovecha y enciérrate para que no te pase nada.

-Muy gracioso –le enrostré-, debiera ser respetuoso con sus vecinas, que siempre  son tan buenas personas con usted.

-Yo no soy el que anda diciendo que se transforman en gatas –respondió-, pero siempre lo había pensado.

-Porque son unos tontos y unos peladores, no se de dónde puede haber sacado esas tonteras.

-Anda a preguntarle a tu amigo, el hijo del librero –gruñó- de alguna parte tiene que haber sacado todo eso ¿no?

Estaba furiosa con él, estaba enojada con Seba, pero más que nada estaba absolutamente indignada conmigo. ¿Cómo había podido ser tan estúpida? Por  primera vez, no sabía qué hacer. Me fui caminando a lo largo de la Galería hasta que llegué a Antigüedades Leonora Latorre. Sebastián estaba solo, dedicado a ordenar y desempolvar las vitrinas plumero en mano. Ni siquiera lo saludé.

-¿Cómo pudiste hacerme eso? –Pregunté.

No hacía falta que fuera adivino para saber a qué me estaba refiriendo.

-Antonia, perdona, yo sólo estaba preocupado por lo que podía pasarte y le pedí ayuda a mi papá y tú sabes cómo es él, siempre anda molestando conque las viejitas son brujas y se puso a comentarlo con todo el mundo.

-No se cómo es tu papá, pero lo que hizo es muy feo. Yo sólo te conté  cómo lo había pasado y nunca pensé que te lo tomaras en serio. Es más, después de que te lo dije me di cuenta de que eran puras ideas locas mías, soy chica todavía, era la primera vez que pasaba la noche fuera de mi casa y me asusté, eso fue todo.

-Lo siento, sé que metí la pata, me di cuenta al tiro, porque entre todos esos tontos que comentaban y señalaban a las viejitas no faltó el que se hizo el amable y corrió a contarles lo que había pasado. Cerraron temprano, pusieron el letrero y no hablaron con nadie, dicen que van a vender el local y hasta surgieron algunos interesados.

¡Cómo, ya estaban haciendo trizas el mejor negocio de la Galería! Y lo peor de todo es que la culpa era mía y sólo mía, las viejitas me habían dado su amistad y yo la había hecho mil pedazos antes de arrojarla al viento. Una pena negra me invadió y  me di cuenta de que lo único que quería era llorar, pero no podía dejar que Seba me viera y trataba de aguantarme.

-Lo siento –volvió a decir.

Y entonces no pude aguantarme más y me lancé a llorar como si fuera una niñita de cinco años; la vergüenza que sentí fue tan grande que salí corriendo hasta la cafetería.

-Antonia, estás llorando ¿Qué te pasa? –me recibió mamá.

Y entonces le conté lo que no había querido contar la noche anterior. De cómo me había asustado con los acontecimientos de la noche de Halloween y a la vez de como la conversación con Seba me había ayudado a entender que no eran más que niñerías.

-Yo nunca me imaginé que él se lo diría a su papá y que él armaría ese tremendo escándalo –gimoteé.

Lo más sorprendente de todo fue que mamá estuvo totalmente de acuerdo conmigo.

-Bien poca cosa, el caballero. Aprovecharse de unos niños para  correr a las señoritas del local.

-¿Entonces tú me crees, mamá?

-Por supuesto, hija. Nadie podría creer esas cosas de unas damas tan cariñosas y amables como tus amigas. Lo que pasa aquí, disculpa que te lo diga, es que el papá de Seba hizo muy mal, se mostró como un copuchento y un machista. Hace tiempo que se sabía que él quería el local de las viejitas, que es mucho mejor que el suyo y está en una ubicación estupenda.

-¿Tú crees que Seba lo hizo adrede, mamá?

-No, hija, de ninguna manera, fue su padre quién se aprovechó de la amistad que ustedes se tienen, lo que es muy feo. Pero ahora tenemos que solucionar esto y me temo que vas a tener que ser responsable y enfrentar las cosas como una niña grande. En todo caso, no te voy a dejar sola. Yo te acompañaré, porque vamos a ir a ver al papá de Sebastián y después a todos esos chismosos de la Galería, empezando con el vecino de las viejitas, qué hombre más falso. Yo creí que era realmente su amigo.

Mamá es súper. Primero me acompañó a poner en su lugar al papá de Sebastián; muy diplomáticamente para no dañar nuestra amistad, y después me llevó local por local para que los locatarios escucharan de mis propios labios la verdad del asunto. Al último que vimos fue al vecino de mis amigas, quién terminó disculpándose en todos los tonos posibles y rogando que no le fuera a contar a ellas que había sido capaz de creer en esas tonterías.

-No se lo merece –le dije-, pero no les contaré para que no tengan la pena de saber que uno de sus amigos queridos es más falso que Judas.

Ya estábamos por cerrar la cafetería cuando llegó Sebastián.

-Supe todo –me dijo-, mi papá está enojado conmigo, pero en el fondo yo creo que se arrepintió de lo que hizo. Y yo quería pedirte otra vez que me perdones, fui un tonto, pero te prometo, Antonia, lo hice porque estaba preocupado por ti, de veras. Nunca me imaginé que mi papá fuera a hacer ese escándalo.

-¿Por qué no van a dar una vuelta y conversan  con calma? –Ofreció mamá- Yo los invito un helado.

Caminamos largo rato, llegamos hasta una plaza cercana y nos sentamos tomando un helado doble; ya saben, a mí me encantan el pistacho y los berries. Seba me contó que en dos semanas da el examen para el  Instituto Nacional y que está tranquilo, se siente bien preparado.

-De todas maneras voy a seguir repasando. Creo que tengo posibilidades de quedar, pero ahí tendré que seguir siendo el mejor del curso, o al menos uno de ellos, cuando termine necesitaré postular a una beca para ir a la Facultad de Medicina y no es fácil ganarlas. Mi  padre nunca podría pagarme la universidad.

Lo entiendo perfectamente, porque lo mismo me sucederá algún día a mí. Y yo quiero sí o sí llegar a la Universidad. Aunque ahora ya las cosas no son tan urgentes, no creo que vaya a ser necesario cumplir dieciocho para que mamá me deje salir sola alguna vez,  mamá ha ido cambiando y tiene más confianza en mí; se ha dado cuenta de que necesito tener amigos y la verdad ahora que conocí a Seba me gustaría también tener otras amigas, no sólo mis viejitas.

¡Mis viejitas, me había olvidado totalmente de ellas! Ahora que hice lo que debía en la Galería falta lo principal: ir con ellas, contarles y pedirles perdón por los malos ratos que les he causado. Y, como dice mamá, eso va a tener que ser hecho con la responsabilidad de una chica grande: solita y ¡ya!

Pero llegó el viernes, pasó el sábado y el local de mis amigas continuaba cerrado. El teléfono de la parcela no respondía mis llamadas y cada vez iba sintiendo más pesado el propósito que me había hecho. Debe ser porque todavía soy un poco chica, espero. No quiero fracasar en esto, no puedo fracasar en esto. Tendrá que ser el tiempo el  que se encargue de separarme de mis amigas, nunca, jamás, mi tontería. Una vez más marqué su número y el teléfono respondió como siempre.

Pipipipipipipipipi….

-Vas a tener que ir allá, Antonia –era mamá-, papá te puede llevar el domingo.

-Es que quiero ir sola, mamá.

-Pero si tú nunca has andado en bus sola, hija.

-Bien, ¿no crees que ya va siendo hora de hacerlo, mamá? Si no, nunca voy a poder irme al colegio sola,  y el día de mañana, cuando tenga que ir a la universidad, no me va a gustar para nada que tú me acompañes para que no me pierda. ¡Imagínate el tremendo ridículo que iba a hacer, sería el hazmerreír de todos!  Hay momentos en que uno debe hacer cosas por su cuenta y ese momento ha llegado para mí.

Me miró muy seria, como si me viera por primera vez.

-Sabes, Antonia, estoy muy orgullosa de ti.

-Gracias mamá. Eso es lo que quiero, y te agradezco que me lo hayas dicho.

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gato-gordo

 

La parcela donde vivían las tres hermanas quedaba casi rozando los cerros donde termina La Reina. Era un lugar muy lindo, les aseguro que no me habría molestado para nada vivir allí. Todo estaba lleno de árboles inmensos y el portón delante del cual  papá detuvo el utilitario era una obra maestra de volutas, rosetones y hojas de fierro forjado. Estaba entreabierto, de manera que nos bajamos y comenzamos a recorrer el sendero bordeado de árboles. A lo lejos se divisaban las luces de la casa; pasaban las ocho treinta y estaba oscuro.

Un viento frío sacudió los árboles, que se inclinaron dibujando extrañas figuras en el piso y trayendo ecos de risas y el sonido apagado de la música. Por más que habíamos caminado bastante, aún no llegábamos a la casa.

Finalmente, al dar vuelta un recodo del sendero, un espectáculo  inesperado apareció ante nosotros. Habíamos llegado a una gran piscina iluminada completamente por faroles chinescos. Alrededor de la piscina,  largas mesas cubiertas con manteles blancos que rozaban el piso desplegaban todo tipo de delicias: dulces, jaleas de diferentes formas, torres de bocadillos, tortas, kuchenes.

En  torno a ellas pululaba una legión de viejitas y uno que otro señor, más viejito aún. Todos ellos vestidos  con lujosos disfraces de damas y caballeros antiguos, trajes de crinolina y miriñaque, fracs de corte perfecto y capas de satén que arrastraban por sobre las losas. Llevaban antifaces bordados y todos tenían la   cabeza sepultada por pelucas blancas y empolvadas.

-¡Se pasaron! –dijo papá asombrado.

 -¡Aquí estaban, al fin han llegado! –dijo tras de mi Lisístrata.

Era imposible no reconocerla, aunque su rostro estuviera cubierto por una máscara. No hay dos señoras con ese tamaño en todo el hemisferio sur. Además, en los agujeros del antifaz brillaban sus ojos azules.

-Esto es precioso – fue lo único que atiné a decir-, estás muy linda.

-Lo vamos a pasar muy bien, Toni querida, ya han llegado casi todos. Ve adentro, Penélope te está esperando con tu disfraz listo –y luego, dirigiéndose a mis padres mientras me empujaba  discretamente hacia la casa. – ¿Una copa de champaña antes de irse? Mañana pueden venir por ella, le tenemos listo el dormitorio de visitas.

No atiné a despedirme de ellos porque estaba demasiado emocionada con esa fiesta maravillosa. Pobres, seguro les habría encantado quedarse, pero la amiga de las viejitas soy yo ¿no? En todo caso, alcancé a verlos brindando con champaña y comiendo canapés, deben haber estado felices y yo me alegré por ellos. Mis papás son muy sacrificados y trabajan duro para salir adelante.

La casa de mis amigas era un gran chalet de piedra de  dos pisos envuelto en enredaderas de todo tipo, las ventanas tenían vidrios de colores con las iniciales de sus apellidos y en la puerta había una manito de fierro empuñada, con la cual llamé. Penélope vino de inmediato a abrir.

– ¡Al fin has llegado, Toni, ven, tengo todo listo para que escojas disfraz.

Y era cierto, en el dormitorio de  visitas tenía la cama cubierta por ellos. Uno de japonesa, otro de española, precioso, con lunares negros, peineta, mantilla y zapatos encarnados de tacón, otro de Blanca Nieves, demasiado aburrido para mí y el de Alicia. Y claro, Penélope tenía razón, el de Alicia era precioso, con su corte a la cadera, los puños y la faldita de encaje, el lazo de satén y unos zapatos blancos tan hermosos que aguanté la respiración hasta no comprobar que me calzaran. Y por supuesto, todo era como hecho para mi talla. Es más, podría jurar que ese dormitorio había sido mío alguna vez; nada se veía extraño sino, por el contrario, como si yo misma hubiese puesto esas cosas en su sitio la noche anterior.

Me vestí y cuando estuve lista Penélope me estaba esperando. Me  pasó un antifaz y con los ojos amarillos chispeantes, me dijo:

-Estás preciosa, Toni. Eres la Alicia más encantadora que haya visto.

-¿Este traje era tuyo, no?

-Sí, mi madre se lo mandó a coser a las señoritas Lennec para mi fiesta de doce años. Fue una fiesta muy bonita, pero triste. Apenas había empezado cuando llamaron por teléfono para avisar que mi pobre padre había sufrido un accidente.

-¡Eso es terrible, Penélope, qué triste final para un momento tan lindo!

-No te imaginas cuánto, querida –la voz de Penélope sonaba muy rara y sorprendí otra clase de brillo en sus ojos, lo que me hizo pensar que estaba aguantando las lágrimas. No quise seguir preguntando cosas que la harían sufrir. Era probable que su padre hubiera  muerto ese día y la sola idea de recordárselo era atroz.

Salimos al jardín y Penélope me dijo que haríamos un tur por lo más entretenido. Primero iríamos a que me leyeran el tarot, después veríamos a la quiromántica y terminaríamos el recorrido en el baúl del fantasma, todo ello mientras recorríamos las bandejas llenas de delicias. Papá y mamá ya se habían marchado, estaba sola con un montón de desconocidos.

-Aquí están tus cartas –dijo la tarotista, una señora tocada con un turbante morado que llevaba puesto un extraño traje árabe y calzaba babuchas-: el carro de la victoria, la torre y el sacerdote. Veo que eres una niña muy madura e inteligente y tienes un gran futuro  por delante, pero ten cuidado, estás a punto de vivir una experiencia límite. No debes salir de noche ni hablar con extraños.

¡Qué locura, era la noche de Halloween y estaba hablando con ella, una perfecta extraña a la que ni siquiera podía verle la cara! Seguramente me estaba diciendo todo eso para asustarme. En realidad, todo el mundo a mi alrededor hablaba de cosas terroríficas y poco a poco el jardín iba tomando visos menos felices. Serían los árboles mecidos por el viento, que producían  sombras monstruosas contra las murallas de piedra o  la piscina ennegrecida brillando como un trozo de azabache de aquellos conque a Gertrudis le gusta tanto adornar sus vestidos de luto eterno.

-Buenas noches, encantadora dama –musitó una voz tras de nosotras.

Sorprendidas, nos volteamos al mismo tiempo para ver  al más extraño caballero que puedan haber imaginado. Era muy delgado, tenía la cara tapada por un antifaz de seda negra y  vestía un extraño smoking cuya chaqueta estaba totalmente bordada con plumas de pavo real, que de tan bien hechas se veían casi reales. ¡Inmediatamente reconocí a Don Miguel!

Penélope estaba  tan feliz como una adolescente.

-Qué bueno que pudiste venir –suspiró Penélope estirando su derecha, que él tomó con toda delicadeza.

-No faltaría por nada del mundo –respondió él besando su mano.

¡Un momento! ¿Es idea mía o yo estaba sobrando allí? Don Miguel le ofreció su brazo y Penélope lo aceptó al mismo tiempo que me tomaba de la mano. Vamos, que todavía podía recordar que yo existía.

-Vamos a ver a la quiromántica –invitó.

La  quiromántica resultó ser una señora que leía las líneas de la mano. Fui la primera en ser atendida por ella.

-Eres una niña muy afortunada –comenzó a decir-, tu línea de la vida es muy larga y nítida, no pasarás malos momentos y tendrás una salud de hierro.

No estaba mal, pero la verdad, mi futuro se estaba viendo algo aburrido.

-Y parece que ya estás empezando a cambiar tu destino. Un primer paso muy importante para tu futuro-continuó.

Al menos eso ya estaba mejor, es más, yo también lo he pensado. Mi vida ha ido cambiando muy velozmente desde que conocí a mis viejitas. Y no sólo a ellas, por supuesto, ahora también está Sebastián. Al fin tengo un amigo, cuando se loconté a Juana no podía creerlo.

Me dio frío y estornudé. Penélope buscó en su bolso y me pasó un pañuelillo bordado de esos que tiene por cientos para que me sonara. Dejé la silla para el próximo cliente de la lectora de manos,  Penélope no quiso saber nada de su futuro, dijo algo así como que ya no quedaba nada sorprendente por delante para ella. Don Miguel  le aseguró que todo en ella era sorprendente, empezando por esos ojos felinos. Penélope sonreía feliz.

-Yo sigo –dijo su pretendiente. Y se instaló frente a la quiromántica con su mano izquierda estirada.

Ella la tomó con firmeza y se inclinó para ver mejor. Fruncía los ojos para revisarla, pero lentamente, su expresión comenzó a cambiar. Su boca se abrió demostrando asombro y respiró hondo. Repentinamente, soltó la mano de don Miguel como si ésta la quemara y se estremeció.

-Hace frío –murmuró.

No era para tanto, en realidad. El sector donde estábamos queda a resguardo del viento, pero ella no dejaba de temblar.

-esto no se ve nada bien, debe tener cuidado –advirtió en voz baja a don Miguel-, está en medio de una pelea de fieras y algo terrible está por suceder.

-¿Terrible? – Don Miguel se reía.-  A mi edad lo único terrible es morirse.

-No, no se trata de eso –la quiromántica se veía preocupada-, es algo peor, la prisión, una prisión bella, pero larga. Veo unas alas, que significan libertad, pero las suyas están cortadas y le impedirán volar.

Y luego, simplemente, no quiso seguir leyendo. Dijo que tenía que tomar un jugo, que la garganta se le había secado, en fin, hasta tosió antes de pararse y salir escapando. Nosotros nos quedamos  con la boca abierta y me temo que ellos estaban tan asustados como yo. ¿Qué había querido decir la quiromántica con eso de las alas cortadas? ¿Y la prisión, dónde existe una prisión bella?

-El amor es la única cadena hermosa que puede aprisionarnos –empezó a decir don Miguel-, y no me asustaría correr ese riesgo otra vez…

-¡Miauuuuu!

¡Lisi estaba junto a nosotros! Hecha un ovillo de pelos  saltó en brazos de don Miguel y le mostraba los dientes a Penélope. ¡Era algo increíble, nunca había visto a una de las mininas tan furiosa! Penélope trató de acariciarle la cabeza, pero Lisi le tiró un zarpazo dejándole un feo rasguño en la mano.

-Ah, gata mañosa –Penélope estaba tan enojada como Lisi ahora. Don Miguel quería bajar a Lisi para ver la herida de Penélope, pero ella se agarraba de su chaqueta y no podía desprenderla. Penélope, con los ojos brillantes de lágrimas, se envolvió la mano con un pañuelo bordado.

-Voy a curarme –avisó -, los veo más tarde en la casa.

Y se marchó como una sombra por el sendero. Nosotros nos fuimos caminando hasta la piscina todavía con la gata prendida de la elegante chaqueta, que ahora mostraba un montón de hilachas enredadas en la pechera. Al llegar allí, don Miguel buscó unos bocadillos para regalonear a Lisi. La retaba suavemente por lo mal que se había portado. Qué gatita más peleadora, dijo, esas cosas no se hacen. Lisi estaba feliz y ronroneaba satisfecha  restregando su nariz contra la chaqueta bordada de plumas de pavo real.

La comida estaba riquísima. Aproveché de servirme de todo. Había un pianista tocando en el salón y alguien había abierto las puertas para que la música se escuchara en el jardín. No vi a Lisístrata por ninguna parte y Gertrudis también había desaparecido. Algunas señoras bailaban y un viejo caballero vestido de Rey Sol se había sentado casi sin aliento, parecía estar a punto de sufrir un infarto, por lo menos.

Y entonces ocurrió lo peor. Penélope saltó desde un árbol hacia Lisi empujándola violentamente al suelo. Ambas gatas se echaron una sobre otra hechas un ovillo, maullando y gruñendo como si estuvieran endemoniadas. Don Miguel, desesperado, trataba de separarlas, pero era imposible. Las señoras chillaban, una de ellas pedía a gritos  por una manguera y otra trataba de agarrarlas a escobazos. No servía de nada, Penny y Lisi seguían su combate en mitad de la fiesta;  todos habíamos hecho un círculo a su alrededor.

-¡Lisístrata, Penélope, dónde están, que las gatas están peleando! –gritó don Miguel con voz de pánico.

Y entonces, de la nada, apareció Gertrudis, roja de furia, con una escoba en la mano y echando fuego por los ojillos azules.

-¡Basta ya! –gritó con voz cascada.

Penny y Lisi detuvieron su pelea, estaban ahora al borde de la piscina y comenzaron a girar en círculos, amenazándose y amagando golpes con las patas delanteras. Lisi tenia una herida fea en la pata izquierda.

-Usted tome a Lisi y yo me encargo de Penny –le dijo don Miguel a Gertrudis haciendo  amago de recoger a esta última.

Pero las dos gatas, como si sufrieran un ataque de locura repentina, se le echaron encima y lo hicieron retroceder bruscamente.

¡Plach!

Don Miguel cayó a la piscina aparatosamente y a pesar de su flacura una gran cantidad de agua saltó hacia afuera salpicándonos a todos. Aprovechando el impacto, Lisi y Penny salieron arrancando a mil por hora y en medio de todo sólo quedó Gertrudis, desesperada, llorando y repitiendo:

-¿Por qué tenía que pasar esto, por qué tenía que pasar esto?

Don Miguel, que por suerte sabía nadar, salió de la piscina chorreando litros de agua, que de seguro estaba heladísima. Tosía y estornudaba como loco.

-¡Gatas cargantes! –Gruñó- Me voy a pescar un resfriado capaz de llevarme a la tumba.

-No,  de ninguna manera, venga, yo lo daré ropa seca y un coñac para que se reponga –dijo Gertrudis.

Desaparecieron en dirección a la casa; Gertrudis iba diciéndole que entrarían por la puerta trasera para no estropear el parquet.

El pianista volvió a su sitio y atacó otra melodía; la fiesta retomaba su alegría y por falta de tema de conversación nadie podía quejarse: todo el mundo comentaba la extraña actitud de las gatas; algunas amantes de los perros salían del clóset diciendo que eran muy superiores a los gatos aprovechando que las dueñas de casa no podían escucharlas. Todo era una locura; me di cuenta de que estaba totalmente sola entre esos extraños. No sabía qué había pasado con Lisístrata y Penélope, así que me fui a la casa pensando en acostarme. Era tarde, tenía sueño y, definitivamente, la pelea de las mininas viejas no me había sentado bien. De pronto me sentía muy apenada por ellas. ¡Qué extraño había sido todo el episodio, jamás las había visto así, siempre son tranquilas, cariñosas!

-¡Dónde está Miguel, supe lo que pasó! –dijo alguien a mi lado.

Era Penélope, su rostro, habitualmente pálido, estaba enrojecido y descompuesto. Su peinado  se venía abajo por todos lados y una manga de su vestido de dama antigua ostentaba una aparatosa rajadura. Y  lo más extraño de todo era que ya no olía a rosas, sino a polvo y sudor.

    -Se fue con Gertrudis –informé-, tiene que cambiarse de ropa para no enfermarse.

-Y tú, querida, perdona que te dejara sola. Ya es muy tarde.

-Sí, tengo sueño y me iba a acostar.

Me dio un beso y me deseó buenas noches. Cuando llegué a la pieza descubrí esperándome en el velador una bandeja con leche y dulcecitos., que no tardé un segundo en devorar.

Afuera, la fiesta continuaba y me asomé a ver por la ventana. La luna había salido y me daba una excelente vista de la escena. No vi a don Miguel ni a Lisístrata, pero Penélope  -que se había cambiado de disfraz- y Gertrudis iban de un grupo en otro conversando y riendo. Corrí las cortinas y decidí que era hora de dormir.

De pronto, escuché un ruido en el corredor, alguien caminaba con dificultad y se quejaba. Tratando de no hacer ruido, apagué la luz,  abrí la puerta y me asomé en la oscuridad. Era Lisístrata. Rengueaba con dificultad hacia el interior de la casa, suspirando y quejándose. A su vestido de encaje violeta le faltaba una manga, la izquierda,  y el brazo que quedaba a la vista ostentaba una larga herida roja y lacerante.  ¡La misma que había visto en la pata izquierda de Lisi cuando  empujara a don Miguel a su chapuzón de medianoche!

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libros

 

Estaba sola atendiendo la cafetería y la clientela brillaba por su ausencia, de manera que aproveché de lee; ahora mis amigas me prestan todo los libros que quiero,  así que yo   aprovecho todo mi tiempo libre para lectura. Estaba tan absorta que llegué a dar un salto cuando una voz  vino a interrumpirme.

-Hola, me das un jugo de naranja, porfa.

Quién hablaba era un chico como de mi edad, delgado y más alto.  Tenía la cabeza coronada por una mata crespa de pelo castaño y en un segundo vistazo, me di cuenta de que era algo pecoso.

-¿Perdón? –respondí.

-Un jugo de naranja, porfa. Disculpa si te quito tiempo de la lectura.

-Claro que no, discúlpame tú –saqué el jugo de la heladera y se lo pasé-. Son trescientos cincuenta.

-¿Tienes sándwiches?

-De queso, aliado y de pollo con mayonesa.

-¿Qué es un aliado?-preguntó.

-Queso y jamón, si quieres puede ser caliente.

-Ya, eso quiero.

Se había instalado en el mesón y pidiendo permiso se puso a revisar mi libro, “El extraño incidente del perro a medianoche”, de Haddon, que no es un préstamo, me lo regaló Penélope. Los clientes del local no venden libros tan modernos.

-Parece bueno –continuó.

Y ahí me largué. Le conté lo bueno que es, que nunca me habría imaginado que hicieran libros tan buenos para chicos y que estaba segura de que a él también le gustaría.  Y  entonces se me ocurrió que estaba hablando demasiado, que iba a pensar quién sabe qué cosas de mí y me callé.

-Me encantaría leerlo –dijo.

-Vale la pena, te lo aseguro – y luego pregunté-. ¿Eres de aquí de la galería?

-Si, mi papá es dueño de un local que queda en el pasillo siete, Antigüedades Leonora Latorre.

-Parece que tu papá es admirador de Adiós al 7° de Línea, eh.

-Cierto, los ha leído un millón de veces y después nos los cuenta.

Le pasé el sándwich y conversamos mientras comía. Es un año mayor que yo y  quiere cambiarse al Nacional, así que estudia, estudia y estudia.

-Quiero ser médico – afirmó.

Le deseé suerte de corazón. No sólo es una carrera difícil, también es cara. En todo caso, yo creo que cuando uno quiere realmente algo y se esfuerza por conseguirlo, lo logra, y él se ve muy convencido. A mí me gustaría ser diseñadora de modas o profesora de castellano. Amo los libros y la ropa linda.

 Sucedió que Sebastián –ése es su nombre- se había fijado en mi cuando empecé a visitar a las anticuarias. Me contó que todo el mundo habla de ellas y sus gatas  en la galería, qué dicen que son brujas  y  las encuentran raras.

-No tienen nada de raras –me enojé-, sólo porque son solteras y se visten algo anticuadas. Además, no tienen nada de brujas, son las mejores personas que conozco y las quiero mucho.

-Lo siento, no es que yo piense así, sólo quería conversar. Eso de vestirse a la antigua debe ser por su trabajo –comentó.

Yo pienso lo mismo, de manera que le conté algunas cosas, nada importante porque no soy chismosa (¡ni una palabra de don Miguel!),  cosas como lo del notebook y del inventario, de cómo Penélope había descubierto  a los ladrones de la pinacoteca.

-¡Vaya, es súper, nunca me lo hubiera imaginado! –Sebastián estaba admirado por lo que oía.

-Además –terminé- me invitaron a su fiesta de Halloween.

-¿Y vas a ir?

¡Por supuesto que iría, en qué mundo vive este chico, cree que porque es guapo y ya cumplió trece lo sabe todo! Uno puede perfectamente tener amigas viejitas, yo las tengo y nos queremos mucho.

Había terminado de comer, así que pagó la cuenta y antes de irse me aseguró que vendría a verme todos los días. No le creí mucho, pero lo cierto es que tal como dijo, cumplió. Todos los días ha venido a almorzar algo en la cafetería y nos estamos haciendo muy amigos. Es una pena que vivamos en comunas tan alejadas, pero aquí podemos vernos bastante seguido. Sebastián es el primer amigo que tengo y es una suerte que nos guste hacer las mismas cosas; bueno, tanto como hacer, no, poco es lo que yo puedo hacer, pero tenemos gustos parecidos. Tanto que mamá se ha puesto bien pesadita, lo mira feo y me anda inventando cosas para hacer cuando Seba viene a almorzar, de modo que en cuanto él se va, me arranco a ver a Penélope.

A propósito, Penélope anda tan salidora, casi todos los días va al centro de compras y no me queda más remedio que quedarme con Gertrudis, porque Lisístrata, ya lo saben, siempre está ocupada con el negocio. Después llega muy misteriosa, callada,  con mirada soñadora. Nunca trae los manos vacías: una caja de bombones, un ramito de rosas o un remolino brillante.  Gertrudis suspira y Lisístrata  sufre violentos  ataques de tos y todo el mundo se revoluciona para darle Agüita del Carmen azucarada y ponerle pañuelos húmedos en la cabeza, que según ella se queja, le duele, le duele, le duele, tanto que parece que le va a reventar..

Con todas estas novedades voy a impactar a Juana, una de las dos amigas que tengo en mi curso. Mis compañeras me ven como una gansa porque no tengo permiso para salir sola, pero de todas maneras logré hacerme un amigo, mucho más guapo que los que tienen ellas y además simpático y educado. Olvidaba contarles que Seba me trajo un chocolate ayer, de menta, mi favorito. Me encanta tener un amigo. Yo le presté el “Incidente” y lo está leyendo, quedamos que cuando termine lo vamos a comentar juntos. Me encanta ese libro, en cuanto me lo devuelva lo leo otra vez.

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tren 

Don Miguel había irrumpido en  nuestra rutina como un huracán y con la clara intención de quedarse en ella; toda la semana anterior a Halloween apareció  en los momentos más inesperados, con una sola condición: eran los momentos en que Penélope se encontraba en el local.

Don Miguel puso todo de cabeza y el terrible resultado fue que  Lisístrata y Penélope estuvieron sin hablarse por un día entero. Ustedes no pueden tener idea de lo que eso significa, las hermanas Pereira de Olivar nunca paran de conversar, salvo cuando duermen, creo yo, y escucharlas mandándose recaditos y acusaciones vía Gertrudis era una visión aterradora para cualquiera.

Lisístrata le reprochaba a su hermana que no le hubiera contado nada acerca de sus nuevas “amistades”, palabra que decía como si fuera altamente contaminante y Penélope, como si tuviera apenas quince años, se quejaba de que su hermana le quitaba libertad. Gertrudis no  se abanderizó por ninguna, pero su fría actitud con Don Miguel dejaba muy en claro lo que opinaba de su persona. La pobre debía estar agotada con el pimponeo al que la tenían sometida, de modo que no fue sorpresa para mí cuando se levantó de golpe y arrojando lejos su tejido lanzó unos quejidos desesperados:

-Ya basta, esto es insoportable, si quieren decirse cosas, háganlo solas, porque yo me voy.

Y dicho y hecho, no volvió en el resto del día. Al rato apareció Gertie lanzándoles miradas feas y con el lomo engrifado. Penélope y Lisístrata se abalanzaron sobre ella para regalonearla, pero se detuvieron a medio metro de distancia para no tener que dirigirse la palabra. Revoloteaban alrededor de la gata, le ofrecían bocadillos y la acariciaban cada vez que la otra se descuidaba. Gertie no les hacía el menor caso;  ronroneaba con expresión de disgusto en el sillón favorito de su ama y al rato se quedó dormida.

Para mí, todo esto, más que un drama,   era una soberana  lata. Por varias razones, Penélope ha sido siempre mi favorita: es más joven –si se puede decir eso de una persona de 77 años-, más simpática y divertida, está más al día con el mundo y se puede conversar de todo con ella. Son razones de peso. ¿No creen? Aunque si uno lo piensa bien, Lisístrata es lejos la razón de más peso en esta ecuación, fácilmente supera los ciento veinte.

Después de lo que había pasado todo el mundo estaba enojado con todo el mundo; las tres se escondían detrás de un libro para emerger de su refugio solamente cuando Don Miguel llegaba y se ponía a conversar en voz baja y a intercambiar risitas y sonrisitas con Penélope.  Y  mientras eso pasaba, la cara de Lisístrata, la pobre, se iba poniendo de un rojo subido y ya veía que iba a hacer explosión en el momento menos pensado.

-Quién iba a imaginar que todavía le quedara un tren –comentó mamá mirando a Penélope y don Miguel, ensimismados en su charla de la tarde.

-¿Un tren, qué quieres decir con eso, mamá –pregunté intrigada.

Mamá me explicó que antes, cuando te quedabas solterona –así se les decía a las que no se casaban-, todos decían que te había dejado el tren. Qué tonto, imagínense que de cada mujer que no se casa, hoy, dijeran que la ha dejado el Metro, no tiene el menor sentido.

-Me alegro por ella -continuó diciendo-, alguien que le de ilusión a sus  últimos años.

¿Últimos años? Yo no sería tan pesimista; si conozco a mis  viejitas las tres van a pasar  el siglo, así que ojalá les queden trenes a todas, para que lo pasen chancho. Para que vayan  a bailar tango los viernes por la noche, para que lean muchas novelas románticas y policiales, para que escriban notas sobre gatos de todas las razas, incluidas aquellas que ni siquiera existen y  para que tomen un crucero por Europa todos los años, que es el sueño de cada una de ellas.

Ah, y se preguntarán qué era, a todo esto,  de las gatas. Bueno, ellas tampoco se lo estaban tomando mejor. Lisi y Penny se mostraban garras y dientes a cada momento y Gertie andaba como alma en pena por los rincones. Pero, en todo caso, todas, absolutamente todas, se morían por restregar sus colas contra los bien cortados pantalones de  Don Miguel.

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alice 

Como era de suponer, las ancianas estaban equivocadas y el notebook  resultó de gran utilidad para el negocio. En dos semanas ya estaba todo bien organizado y cuando yo las visitaba, actualizaba en el notebook  la información de la mercadería vendida. Otro que fue favorecido fue mi padre, que ahora acarreaba en el utilitario las antigüedades de las Pereira de Olivar y pronto se encontró con nuevos clientes interesados en sus servicios; incluso comentó que, de seguir las cosas en ese ritmo, pronto se vería obligado a cambiar el utilitario por una camioneta. ¡Obligado, si le brillaban los ojos cuando lo dijo!

También en mi casa  las cosas mejoraban y mamá no necesitaba sacrificarse tanto como antes.

-Cuando recupere la inversión puedo pedirle a tu tía Lucy que me ayude –dijo-, hace tiempo que quiere trabajar.

Yo estuve de acuerdo, mamá ha trabajado demasiado duro, apenas pone la cabeza en la almohada se queda dormida y me da pena verla  toda acalorada  cocinando y friendo para atender a la clientela sin demoras.

Pero lo más sorprendente de todo lo que sucedió, fue que Penélope empezó a observar mis actividades de  en el computador y a hacerme toda clase de preguntas. Qué cómo se hace esto, qué apretaste ahí, y dónde haces tal cosa. Estaba intrigada por el compu y me contó que siempre había querido escribir, poesía, por supuesto, aunque  jamás se había entendido con las máquinas de escribir.

-Nunca me quedaban los márgenes iguales y además a cada rato cometía errores de tecleo. No podía soportarlo, las cosas enmendadas y parchadas me cargan.

Eso lo entendía perfectamente. A Penélope y a sus hermanas no se les mueve un pelo fuera de su lugar y jamás he visto una hilacha asomando de sus vestidos, por supuesto que una página llena de erratas le iba a causar un soponcio. . Ya me parecía raro a mí  que siempre comprara tantas máquinas de escribir  para el negocio, pero sin ocupar ninguna.

-Yo te enseñaré a usar el notebook –decidí-, no es difícil aprender lo básico.

Aparentemente, Penélope se había sorprendido, pero algo en el fondo de su mirada me dijo que eso era lo que había estado esperando oír.

Estaba decidida a que Penélope no podía seguir sin aprender algo de computación y durante un tiempo nos sentamos juntas, cabeza con cabeza, para que la anciana fuera descubriendo este nuevo mundo que se abría ante sus ojos. Debo  decir que no fue tan duro como me temía. De repente le daba terror apretar algunas teclas, como si fuera a echar a perder todo con un dedo, pero lentamente empezó a usar el procesador de texto. Y estaba feliz, el mundo de la lírica le abría sus puertas.

-¡Siempre quise seguir los pasos de Gabriela Mistral y Delia Domínguez! –me confesó.

Al poco tiempo, la señorita Penélope escribía poesías en el procesador de texto, revisaba la prensa y hasta se hizo de un e-mail con el que nos comunicábamos.  Por desgracia, yo era su único link, la  única persona con conocimientos de computación que conocía. La verdad, hasta el momento, ninguno de los clientes del local de antigüedades había manifestado interés por la comunicación virtual. Lo de ellos eran el teléfono y las visitas personales con tacita de te incluida.

Penélope estaba tan entusiasmada que todos los días me enviaba largos correos con novedades tan poco novedosas que, debo ser sincera, por un tiempo  estuve arrepentidísima de haberla  ayudado a ingresar en el mundo virtual, hasta que un día tuve la idea de buscar algunos blogs de personas mayores para que Penélope visitara sus páginas. Encantada, Penélope se convirtió rápidamente en activa comentadora e incluso contactó a algunos por correo, con quiénes intercambiaba recetas de cocina, noticias de medicinas naturales y testimonios de amor por los gatos. ¡Parecía que la mitad de los ancianos de la web se morían por los gatos, qué onda!

Lo bueno fue que gané un buen poco de libertad, pero resultaba difícil sacar a Penélope del computador.  La veía siempre en el mail, escribiéndose quién sabe con quién. Por suerte yo me llevaba el notebook a casa después y ahí no tenía competencia, pero tenía que andarla persiguiendo para trabajar el inventario. Cierto día le pregunté a boca de jarro:

-¿Por qué no se compra un notebook para usted? Le hace una falta.

-¡Ay no, m’hijita, cómo se te ocurre, esto no es para viejas!

-Yo creo que usted lo hace muy bien –insistí, sospechando que ella habría preferido que le dijera que no estaba vieja.

Sin darme yo cuenta, Lisístrata debe habernos escuchado, porque una semana más tarde Penélope llegó feliz a contarme que sus hermanas le habían regalado también a ella un notebook. Ahora, al fin, se podía dedicar a la poesía.

Eran excelentes noticias para ella y para mí, que ya no tendría que estarla esperando mientras se comunicaba con sus contactos ultra secretos. Lisístrata también estaba satisfecha ahora que veía a su hermana menor tan animada, sólo Gertrudis se mostraba incómoda.  Todos los horrores del mundo posmoderno estaban colgando como espada de Damocles sobre el cuello de su pequeña –como solía decirle-;  Gertrudis era puntillosa lectora de la prensa escrita, revisaba todos los diarios de pe a pa, y estaba al tanto del lado oscuro de la web.

-¡Todos esos estafadores buscando incautos y además esos malvados pedófilos!

De acuerdo, los embaucadores puede que sí, pero no entendía de qué manera podía Penélope ser amenazada por pedófilos. Más peligrosa podía resultar ella para éstos, porque los odia y es un azote con un paraguas en la mano.

Las cosas en el negocio iban cada día mejor, en los negocios, debiera decir. Mamá me regaló una impresora y tanto ella como papá estaban mucho más tranquilos ahora que lo laboral estaba resultando. Ella y las ancianas se habían hecho amigas –nunca como yo, claro- y  les mandaba fuentes con almuerzo de la cafetería que las viejitas encontraban riquísimo.

Todo iba a la perfección hasta que un día ocurrió lo más inesperado del mundo:

-Antonia –dijo Lisístrata-, no se si sabes que el primero de noviembre es día de todos los santos.

¡Quién no iba a saberlo! Todas mis compañeras salen a pedir dulces ese día, pero mamá jamás me ha dado permiso. Halloween es mi más total frustración.

-Nosotras lo festejamos todos los años en la parcela. ¿Te gustaría venir?

¡Sí, si, si, lo único que quería en el mundo era ir a una fiesta de Halloween, aunque fuera de la tercera edad! Es una lata mirar todo desde la ventana, sabiendo que allá afuera todo el mundo lo pasa súper mientras yo veo películas de miedo en el televisor.

Pero ahora se me presentaba lo más difícil de todo: convencer a mamá. Corrí a contarle y lo único que  conseguí fue que se quedara mirándome como si yo fuera un extraterrestre.

-¿Fiesta de Halloween, con las señoras?

-Señoritas, mamá, acuérdate, o se pueden enojar.

-Ya, señoritas, pero qué clase de fiesta es ésa, con invitados de más de ochenta años que quieren compartir con una niñita de doce. No, y estoy segura de que tu papá tampoco estará de acuerdo.

Yo no podía estar más en desacuerdo con eso. Apenas papá apareció por la cafetería, corrí a pedirle permiso antes de que mamá se opusiera y le mostrara todos los puntos malos del tema.

-¿Con las viejitas? Bueno, ¿pero no te irás a aburrir?

Rogué y rogué en vano, porque mamá estaba decidida a mantenerme lo más alejada posible de cualquier celebración. Ella opina que estas son cosas inventadas en el hemisferio norte y no tienen nada que ver con nuestra cultura.

Y entonces ocurrió algo inesperado. De alguna manera, las hermanas se habían enterado de mis dificultades.

-Buenas tardes –saludó alguien  desde el mesón-, ¿puedo pasar?

¡Era la propia Lisístrata! Habló y habló  hasta que convenció a papá –que no estaba tan en contra como yo creía- y luego atacó con mamá,  pidió y consiguió el permiso, contó maravillas de las tradiciones europeas, de lo que ella y sus hermanas solían hacer cuando eran jóvenes y al parecer vivían en Madrid.

De  pronto vi a mis papás interesados en el tema; Lisístrata continuaba explicando qué clase de gente asistiría –en general viejitas locas que se disfrazaban con sus mejores galas-, lo que se serviría -¡delicias, créanme!- y haría –algo de jugar al fantasma.

Luego  dijo que papá y mamá  podían ir a dejarme para que ambos vieran de qué se trataba y recogerme al día siguiente para no tener que salir tarde. Lo único que evitó, cuidadosamente, fue extender la invitación a mis padres. ¡Suerte para mi, ya veía que estaban muertos de ganas de ir!

Ahora sólo restaba un problema: ¿Qué ponerme? Tengo dos disfraces, uno lo usé para bailar cueca el año pasado. El otro es un traje de hada que me hicieron para una obra hace tres años, imposible ponérmelo. Cierto que voy a estar con unas ancianitas, pero ni así quiero ir con mi vestido de china, no se cómo puede habérsele ocurrido a mamá.

-Te queda precioso –me insiste.

Y yo, cómo le digo que sería ridículo, es Halloween, no es Fiestas Patrias. Ya sé que no podemos gastar en algo así, pero no puedo ir de china a una fiesta en casa de las viejitas más estilosas que existen. Es que ustedes no pueden imaginárselas siquiera. Con sus moños altos, sus peinetas de carey legítimo –eso es caparazón auténtica de tortugas marinas, algo muy poco o nada ecológico, pero ellas son tan antiguas como sus peines y no se han enterado de eso-, sus abanicos de marfil –oh no, eso también es un pecado porque incluye matar elefantes- sus trajes de seda natural que hacen frú frú cuando caminan por los pasillos polvorientos de la galería y sus mantones de Manila de esplendoroso colorido.  ¡Cómo será haber vivido en una época tan elegante? Seguramente Lisístrata  fue muy guapa antes de engordar tanto.

Estábamos en eso cuando apareció Penélope  a la carrera y casi sin aliento.

-¡Antonia, Antonia, Lisístrata se olvidó de un detalle. No te preocupes por tu disfraz, porque nosotras tenemos un montón para que elijas. Ah –y bajito, en secreto- y yo guardo uno precioso de  Alicia en el País de las maravillas, igual a los dibujos de la edición original. Te va a encantar.

¡Bacán! Mi problema había desaparecido. Tan rápida como llegó, Penélope se marchó y me dejó en la caja de la cafetería soñando despierta con el vestido que iba a usar. Si ella dice que es precioso es porque es mucho más que eso. Penélope es la más elegante de las tres. ¡No iba a estar tranquila hasta no verlo!

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Bajo el inclemente sol del desierto, Nacho  trataba en vano  de ubicar el sitio exacto aparecido en La Estrella de Puerto Seguro. ¿Dónde estaban las famosas Presencias Tutelares? Es más, ¿qué demonios eran esas Presencias que,  encima de todo, andaban  tutelando algo por allí?

Fernando, que si  no sabía algo era casi absolutamente  capaz de  inventarlo,  no fue de gran ayuda. Esta vez, su  Manual de Conocimientos Pampinos había abierto una página en blanco. Algo  sugirió  sobre  ciertas cumbres que  habrían llevado ese nombre,  pero Nacho  ni siquiera intentó tomarlo en serio. Aquí, en plena Pampa del Lagarto, detectar una cumbre que superara el metro y medio de altura era prácticamente imposible.

La tarde se aproximaba a su fin  sin que se pusieran de acuerdo al respecto. Finalmente, optaron por eliminar el punto del Registro Escrito de la Operación Ti-Rex. Sin saber qué hacer, los niños caminaron y caminaron sin rumbo.  Buscando en vano las famosas Presencias Tutelares, se comieron el magro cocaví y se bebieron casi toda el agua.

Nacho ya se estaba cansando de tanta aventura, un mes era demasiado; además, si llegaba a sobrevivir, de todas maneras  su madre iba a matarlo en cuanto le pusiese las manos encima. ¿Qué podía perder?

Nada más negro que la amargura de un niño cuyo plan ha fracasado. Tanto, que Nacho recordó con cariño y nostalgia a su hermano mayor.  Después de dos semanas sin verlo,  su memoria  era benévola con Javier  y lo revestía de esas  grandes  cualidades que tanta falta le hacían a Nacho ahora para salir del atolladero en que se había metido. Inmerso en su desesperación,  creció en él  la esperanza de toparse  con Javier y  se puso a llamarlo  a grito pelado.

-¡Javier, Javier, soy yo!

Fernando había escuchado a su padre contando sobre cómo  los mineros perdían el juicio al extraviarse en el desierto, de manera que no se sorprendió de que le ocurriera también a su amigo.  Lamentablemente, después de media hora de vocear en vano,  Nacho no sólo se había acabado las últimas gotas de agua, también estaba afónico. Perdidos los  últimos jirones de su dignidad,  se acordó incluso de los tres gorilones:

-¡Astudillo, Astudillo…!

Nada. Apenas un silbido del viento en el desierto.

-¡Gemelos Rojaaas…!

Las rocosas murallas de la Quebrada le devolvieron sus palabras.

–         ojaaaas…

Cuando Nacho las escuchó, lo pensó un poco mejor y  enmudeció. Estaba cayendo demasiado bajo. Si Fernando podía resistir la soledad  sin llamar a su madre   ni llorar a moco tendido, él también podía, de eso estaba casi seguro.

El sol se acercaba al  ocaso. Al menos, había refrescado un poco. Los niños cobraron nuevos ánimos y siguieron  adelante.  Sin darse cuenta  habían regresado a la huella y caminaban  alejándose de la Quebrada de Malpaso.

 

            Repentinamente, el sol cayó bajo el horizonte y la oscuridad cayó también sobre la Pampa del Lagarto.  Para no ser menos, la temperatura caía además   rápidamente. Los niños ni siquiera habían pensado en traer  una prenda de abrigo y sintieron el frío. Entre tantas caídas, nada tuvo de raro que cayera también la noche y el temor se les metió  bajo la piel sin que pudieran hacer nada por evitarlo.  Tenían el ánimo tan bajo –recuerden, todo estaba yéndose al piso- que hasta podrían haberse tropezado con él.

 

  Fernando fue el primero en escuchar los extraños bramidos.

– Son los avestruces – aseguró.

Nacho no quiso reconocer que no tenía la menor idea de qué sonido emitían los avestruces. A veces, los gritos lejanos  le parecían gruñidos de cerdo llevados por el viento. Los dos amigos iban a tientas en la noche, de un lado a otro,  tomados de la mano, cada uno más entumido que el otro.

De pronto,  Fernando  resbaló hacia el vacío, soltando la mano de Nacho con un grito desesperado.

-¡Socorro!

¿Otro agujero de gusano? ¡Al fin podría volver a casa?  Esperanzado, Nacho  buscó a tientas a Fernando,  pero sólo  estrelló su cabeza contra unas piedras.

-¡Socorro!

Esta vez, la voz de Fernando estaba casi junto a  su oreja y por poco lo deja sordo.  Nacho extendió la mano y  en vez del agujero de gusano, dio con la cabeza de su amigo.

–         ¡Aquí estoy, aquí estoy! – Dijo Fernando.

–         ¿Dónde estamos? – Preguntó Nacho.

–         No sé, un lugar raro, hay piedras y hoyos.

–         Un zapato viejo también – continuó Nacho mientras  tanteaba por allí.

–         Y una cruz.

–         ¿Una cruz?

–         Sí, la estoy tocando. Además, estoy sangrando porque me caí encima de  un tarro.  – especificó Fernando,  al borde de la desesperación y el grito de “¡Mamá!”.

–         ¿Qué lugar será éste, la granja de avestruces? –preguntó Nacho.

–         No creo, más bien, parece un cementerio –respondió su amigo.

–         ¡Cementeriooo! – Gritó Nacho, todavía más desesperado que su compañero de aventuras.

–         Sí,  ¿sientes el ruido?

Se callaron y por sobre el silbido del viento, Nacho escuchó claramente un frufrú de sedas y  un campanillear de metales.

–         Una vez –explicó Fernando – fuimos de noche  al cementerio de  Nebraska, y sonaba igual que ahora.  Son las flores. Hay de papel de seda y de lata.

Había pasado el momento de pánico y estaban conversando tranquilamente, pero  no es que hubiese mucho motivo para no sentir miedo. ¡Un cementerio, de noche y sin luna, para rematar!

            – Me duele –continuó Fernando-, me sigue saliendo sangre.

– Espera, te voy a hacer una venda con mi polera.

-¿Qué, la vas a romper?

¿Qué más podía hacer Nacho?  Ni siquiera podía explicarle a Fernando que esa era su polera de la suerte, la de Harry Potter, su máximo héroe, en busca de la Piedra Filosofal. ¿Cómo lo entendería Fernando? Además, después de los lavados con agua de cubas que le había aplicado misiá Panchita  y del  recorrido en el camión de Don Dámaso,  bien poco se podría hacer con  ella.

Valiente y generoso,  Nacho rasgó una larga tira de algodón. Como mejor pudo, la enrolló en el brazo izquierdo de Fernando.

–  Parece  una herida grande –comentó Nacho.

– A todo lo largo del antebrazo – explicó Fernando, cuando amanezca te la muestro.

– Y ni lloraste – se sorprendió Nacho.

–         Es que no está mi mamá – se lamentó Fernando.

            Volviendo sobre el tema de los cementerios, Fernando  contó que aquí  en la pampa no existían  las flores  y  que, si las había, eran un lujo, artículos carísimos en los  que nadie desperdiciaría dinero.   Se acordó de su madre, de  lo exigente que era la señorita Eduvigis y de lo  mucho que le gustaría leer  Veinte mil leguas de Viaje Submarino. Los niños  se distrajeron y comentaron  el viaje, lo grandes que eran los perros de don Dámaso y lo mal que había salido todo. 

Entre tanta conversa, Fernando confesó que estaba aburrido de escribir tanto y se negó a continuar con el Registro.  Nacho  lo entendió perfectamente, pero no estaba  dispuesto a sacrificarse haciéndose cargo de tremenda tarea, de modo que decidió eliminarlo.

Repentinamente, un ruido entre las tumbas  los hizo huir despavoridos. Los niños trataban en vano de regresar a la  huella polvorienta, aunque sin darse cuenta de que  ya estaban   en ella.  Todo era un caos. Corrían tanto que  dieron  de bruces contra  la ladera. Tantearon, se agacharon y reconocieron el camino pedregoso y reseco.  ¡Estaban en la orilla del camino!

            Se sentaron a recuperar el aliento y tomaron una decisión:   esperarían que amaneciera y buscarían el camión de don Dámaso para regresar a casa.  Eso los tranquilizó;  los niños retomaron  la caminata no sin esfuerzo. Nunca habían estado tan cansados y hambrientos como ahora.

            No habían avanzado más de cien metros  cuando de  pronto,  ¡clump!, de un salto ciclópeo, una inmensa  masa oscura cruzó  por sobre sus cabezas. Los niños se detuvieron  aterrados. 

-¿Qué ha sido eso, lo sentiste?

– Sí, ¿y tú?

– Yo también.

            Nacho y Fernando  no se percataron de que cuchicheaban. Estaban paralizados en el mismo sitio.

–         Vamos –musitó Nacho.

–         Sí –susurró Fernando.

Siguieron su camino casi de puntillas. La grava crujía bajo sus pies y Nacho hubiera querido arrojar lejos  los horribles bototos de Fernando, que   rechinaban  tanto que parecía que  gritaban. Ambos temblaban, y a Nacho le castañeteaban los dientes.

-Hace frío –se disculpó.

Dieron vuelta a la curva y de pronto, allí, en medio del camino, ¡clump!, se plantó otra enorme figura. La oscuridad y la niebla no les permitían  determinar de qué se trataba. ¿Se  habría adelantado el camión de don Dámaso, algún otro vehículo que atinó a pasar por allí  se habría  detenido?

 

            Entonces, mágicamente, las nubes rasgaron su cubierta y la luna filtró luz suficiente para que pudieran ver con nitidez   la enorme bestia que avanzaba por  la carretera,  tan calmada como si  fuera un efecto especial de  la última reposición de Parque Jurásico 3 en  televisión.  

La bestia era lo más cercano a un tiranosaurio rex que ellos vieran  jamás. Era enorme y,   tal como lo dijera el experto consultado por  La Estrella de Puerto Seguro, tenía  dos pequeñas patas delanteras que le colgaban sobre la panza y  otras dos traseras,  poderosas y rematadas en unas garras increíbles,  la piel gris, rugosa y arrugada,  estaba llena de pliegues que parecían blindados y en  la  inmensa cabeza  destacaban las fauces abiertas y un par de ojos negros, crueles  y brillantes,  que volvió lentamente  hacia  los niños. 

Ahora   Fernando y Nacho  podían  ver a la perfección, con lujo de detalles,  un hocico enorme, todo erizado de  colmillos afilados, una lengua roja, larga y puntiaguda. 

El dinosaurio, en todo caso,  no se veía muy inteligente;   un montón de baba  que  le caía de las fauces resbalaba hacia su  panza acorazada.  Claro que, ¿para qué necesitaba el tiranosaurio ser  más inteligente? ¡Ya era bastante terrible  sin necesidad de ser un genio! Repentinamente, los niños  se dieron  cuenta de que ya ni siquiera lo querían  seguir viendo,  no a esa distancia tan corta, no en carne y hueso;  sólo un loco querría ver tanto.  Y lo peor era que de tan cercanos que estaban  hasta  podían  percibir su aliento; una vaharada de carne podrida y tibia  que  daba ganas de vomitar. 

La bestia  giró  su corpachón  hacia  ellos. Los niños podían   oírla jadeando y gruñendo al mismo tiempo. Lanzó un  bramido ronco que llenó toda la noche.  Casi como un resorte, la bestia se agazapó, se encogió lista para saltar y esta vez,   una idea horrorosa   se le imprimió  a Nacho en el cerebro: esta vez,  el dinosaurio  saltaría   sobre ellos.

            No podía saber qué pasaba por la cabeza de Fernando, pero para él,  el reloj parecía haberse detenido eternizando  su  terror y  su  agonía.

¡Brooummm!

            De pronto, a sus espaldas, el viejo camión de don Dámaso    apareció      doblando  la curva de la cuesta,   traqueteando  a duras penas,   y se detuvo justo  detrás  de ellos envuelto en una nube de polvo. Los débiles focos   del Chevrolet perforaban apenas la  espesa capa de niebla que   cubría los cerros, pero era más que  suficiente  para  delatar  todos y cada uno de los detalles de la bestia.

 

            El animal vacilaba, dudaba.  Rugía  bajito, como  si tratara de determinar a  quién atacaba primero,   a quién escogería:   esos dos animales extraños que  parecían ofrecer tan poca carne   o a esa nueva bestia de ojos de fuego y olor tan apetitoso.

            Nacho y Fernando estaban varados  entre ambos gigantes y no sabían qué hacer. Giraron  las  cabezas de uno a otro muy lentamente.  Al volante del camión, la cara de don Dámaso estaba blanca como el papel y su boca dibujaba  un círculo de perfecto asombro;  al otro lado, Tiranosaurio Rex terminó de encogerse y preparó su musculatura para el zarpazo final.  Podría haberse oído volar una mosca.

            El silencio fue roto por un bramido lejano;  los demás  dinosaurios se marchaban.

            Aquí, sobre la ruta que atraviesa   Pampa del Lagarto,   la llamada surtió efecto. El resorte interno del dinosaurio lo  impulsó al fin, a  saltar, pero por fortuna, en dirección contraria.  De un brinco fenomenal, la bestia se perdió   cerro abajo sacudiendo la  superficie con sus zancadas de gigante. Lo último  que los niños  pudieron  sentir   de él,  fue su bramido elefantiásico, una  rara mezcla de bocina  fantasmal  y  rugido  feroz  que atronó el aire  hasta que desapareció.

Un pesado silencio cayó sobre la  Cuesta de Malpaso.  Nacho se dio cuenta de que estaba helado y empapado en sudor y que le temblaban cosas que hasta unos segundos antes ni siquiera sabía qué tenía.  Algo le tocó y llegó a saltar.

-¡Ay!

Era la mano de Fernando.  Los niños se miraron   y corrieron   hacia el camión.  Don Dámaso  todavía  estaba  paralizado al volante. Fernando abrió  la puerta,  se trepó  de un salto a la cabina y preguntó:

-¿Nos lleva don Dámaso?

Casi al mismo tiempo,   Nacho  se  dejó  caer en el asiento a su lado. Error. Era duro como la piedra.  ¿Qué no conocían los cojines en este tiempo?  Alelado, el gordo camionero  no era capaz de articular una respuesta.  Miraba como hipnotizado hacia la huella pedregosa y vacía que la luz de la luna comenzaba a revelar en todos sus detalles.  La niebla se estaba disipando al fin.

-¿Vieron lo que yo vi? –  preguntó  don Dámaso con voz temblorosa.

Fernando  y Nacho se  miraron en silencio, Fernando ya estaba abriendo la boca para responder cuando Nacho lo interrumpió:

 – ¿Vimos  qué cosa? 

 Don Dámaso lo pensó  mejor, sus ojos  revisaron los rostros inocentes de los  niños que se habían trepado a su lado. Ambos temblaban. Una cosa estaba    clara,  uno era el chico de doña  Panchita, que  tenía  la  camisa manchada de sangre    y un vendaje mugriento a punto de  caérsele del brazo izquierdo. El otro era Dios sabe quién, y  no estaba mucho mejor; tenía las mejillas cubiertas de tierra que el sudor había  dibujado  con ridículas  figuras y vestía una prenda rarísima  a la que le faltaba un pedazo que, don Dámaso habría podido jurarlo,  parecía ser  el mismo del vendaje.

(No debemos juzgar a don Dámaso, a estas alturas no era nada de fácil reconocer a Nacho y sólo se habían visto una vez)

Por un eterno segundo, don Dámaso pudo  sentir los ojos curiosos de sus vecinos, escuchar las risillas soterradas, imaginar los comentarios;   se vio a sí mismo, con su traje dominical,  entrando al bar La Perla  para que se hiciera  el silencio total  ante su presencia.   Tragó saliva. 

– No,  nada –replicó don Dámaso.

 

Entonces, exhalando un suspiro de alivio, Fernando se acomodó en el asiento.  Un tirón de su brazo le recordó  la herida que lo decoraba,  pero qué cómodo se estaba aquí, lejos de los barriles de  bazofia  y  el viento frío del amanecer.  Especialmente cómodo lejos de ese gruñido terrorífico y del espantoso hedor de ese hocico  inmenso.

– Ah, nosotros tampoco-   mintió.

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