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Posts Tagged ‘mineros’

 

Las regiones del norte de Chile son mineras. Todo allí es  tierra,  piedra y arena, el norte es el lugar más árido del mundo, en el desierto de Atacama no existe otra vida que la que el hombre implanta allí, pero cada rincón esconde un valioso tesoro: salitre,  cobre, plata, oro. Y para eso están los hombres allí, para arrancarle a la tierra las riquezas que oculta y que defiende de la rapacidad humana con dientes de hierro y garras de andesita.

Y puedo asegurárselos: no es fácil. Hay mineros que dan con su sueño y se vuelven hombres ricos, pero esos son los menos, los más son aquellos que van gastando sus vidas en un vagar inútil sobre esa tierra inhóspita, en un eterno escarbar la superficie obteniendo a cambio la magra cosecha de unas manos encallecidas y un corazón amargo.

Allí, en la búsqueda, todo se vale, hasta el crimen, si bien existen hombres que prefieren buscar la suerte. Se encomiendan a la Virgen y le erigen, por aquí y por allá, santuarios a la Carmelita, a la Candelaria, a la de Punta Negra. Otros ruegan a San Lorenzo y llevan su oración en el bolsillo de la camisa, pegadito al corazón. Algunos, los soñadores, buscan al alicanto.

El alicanto es un pájaro. Grande, fuerte, bello, con alas de oro que al volar despiden reflejos metálicos. De oro porque es del oro y la plata de las montañas que se alimenta el alicanto. Los ojos del alicanto despiden extraños fulgores áureos y, al volar, no deja sombra sobre la tierra.

Cuando ha comido demasiado, el alicanto no puede volar, entonces camina lentamente por  los altos cerros hasta que encuentra su nido y deposita allí dos huevos, de oro o de plata, según lo que haya comido. Esos huevos nunca serán encontrados, pero los mineros saben que siguiendo al alicanto encontrarán algo tan bueno como un huevo de oro o de plata: la mina donde el alicanto se alimenta.

Y van los hombres por el desierto pidiéndole a la Virgen de Punta Negra que les conceda lo que no puede, porque de la mano virginal o divina nunca viene la riqueza, sino de la otra, de la del demonio. Y mientras ellos ruegan que se les aparezca el alicanto van perdiendo la agudeza de la vista, quemada por el sol del desierto, y la frescura de la piel, resecada por el viento, y también las fuerzas que empujan la picota y la pala y, por último, la esperanza de volverse ricos

Manuel González, uno de tantos que arañan las vetas, nunca se sintió un hombre de suerte, es más, se creía maldecido por ella. Decidido a darle una mejor vida a su familia, se había marchado al desierto para ganar duramente su pan, pero al regresar sorpresivamente a su casa, delirando de fiebre,  la puerta se la había abierto la persona equivocada, no su mujer, sino su remplazante. González  no era hombre de lágrimas ni de peleas sin destino; se dio media vuelta y borró a su mujer de la memoria.

Desde ese día, la soledad y la miseria eran su única compañía. La mala suerte  que lo aplastaba le echaba al poco tiempo de todas las minas donde conseguía trabajo y las mujeres parecían haberle cerrado la puerta de su corazón ya antes de conocerlo. Tomó la decisión de pirquinear solo, tenía la esperanza de que así,  haría fortuna.

Por eso, la noche que el alicanto aleteó en las cercanías de su campamento dejando tras de sí un reguero de chispas multicolores, González no dudó un segundo en partir tras él.

Lo siguió en la oscuridad, tropezando con las piedras, cayendo de bruces al suelo una y otra vez, pero no abandonó la partida. Finalmente, cerca de la madrugada, perdió su rastro en las cercanías del cerro El Marqués, lugar que tiene fama de estar asolado por fantasmas y en el cual no uno, sino cientos han dejado la juventud buscando el oro que se cree esconde.

González volvió sobre sus pasos y trasladó su campamento a los pies del Marqués, no cerca de Cobija, el poblado de los fantasmas, ni de Timalchaca, en la ladera opuesta, sino justo entre ambos,  cerca de donde desapareciera el alicanto.

Y empezó a estrechar el cerco, lenta, pacientemente. Porque no había vuelto a ver al ave, apenas divisaba los últimos chispazos dejados por su vuelo rasante sobre las rocas.

Cuando creyó estar cerca de su objetivo, detuvo la búsqueda. Tan sólo cavó un agujero debajo de una enorme piedra y se dispuso a pasar las noches en su improvisado refugio. Sin dormir, porque eso lo hacía en el día, en su campamento a los pies del cerro.

El encuentro fue totalmente inesperado. Cuatro días más tarde, exhausto y sediento, González se acomodaba en su helado agujero cuando un chispazo dorado iluminó la noche. Era el alicanto, pero no volaba, caminaba lenta y pesadamente, con el buche hinchado de tanto oro que había comido. El alicanto se desplazó jadeante por la tierra y tras él, reptando como una serpiente, González lo siguió  sin emitir suspiro. Ya casi de madrugada, el ave se detuvo y cantó, un canto dolorido y exhausto. Después se metió al amparo de una roca y puso dos huevos, grandes como los del ñandú, pero de oro refulgente.

Cuando terminó, el alicanto se sintió liviano y feliz, mañana empezaría a empollar sus crías, pero para eso necesitaba energía, necesitaba alimento y quedaba menos de una hora de oscuridad. Alzó el vuelo  de inmediato y una estela de chispas multicolores  lo siguió.

Entonces, en ese momento fatal, González olvidó todo; su mala suerte, sus años de pobreza, sus decepciones amorosas, su soledad y la traición de su amada y  entre tantas cosas, olvidó algo de vital importancia: al alicanto hay que seguirlo cuando va a alimentarse, saber dónde está la veta, , pero nunca, jamás, hay que descubrir su nido y si lo haces, si tienes  algo de sensatez y de amor por tu vida, nunca, jamás, debes robarle los huevos.

González regresó a la carrera al campamento, no quería nada de allí, apenas una camisa limpia y una cantimplora de agua y en cuanto tuvo lo que quería envolvió los huevos en un chaleco viejo,  los escondió en el fondo de su morral y emprendió el camino de regreso.

Pero el alicanto apenas había comido un poco antes de sentir la nostalgia de su nidada y antes de llegar allí ya sabía que algo andaba mal; no podía percibir el  resplandor de sus huevos. Un chillido furioso marcó el momento de la comprobación y,  apenas segundos después,  ya estaba tras las huellas del ladrón.

González iba sin aliento, corriendo como alma que lleva el diablo, cuando sintió el batir de las enormes alas del alicanto; precavido, detuvo su carrera y se fue deslizando medio escondido entre los vericuetos del Marqués. Si  lo detectaba a la derecha, viraba a la izquierda, cuando una estela de chispas doradas bajaba el cerro, González subía.

Así, sin poder darse cuenta, perdió el rumbo de la misma manera que había perdido el seso al robar el nido del alicanto. Una sola cosa llamaba su atención: ¿Por qué, si faltaba tan poco para el alba, la noche seguía pegada allí sobre su cabeza? No era posible que, hasta ese momento, la corona de la luz matutina no hubiese aparecido tras las cumbres de Los Andes.

González ignoraba que la noche es cómplice y guardiana de las criaturas que le pertenecen.

El ave lo fue guiando como si fuera un niño, perdido y asustado en las tinieblas que envolvían al Marqués. Desaparecida ya la luna, ausentes las estrellas en ese perfecto jalón de terciopelo negro que era el cielo, el ladrón iba sin rumbo, justo hacia donde el que había sido robado lo quería.

No tardó mucho, cuando estuvo al borde del barranco bastó  con que el alicanto aleteara a sus espaldas. Muerto de miedo, González dio el paso fatal cayendo hacia el abismo con un alarido de espanto.

El alicanto llegó sobre sus restos poco después y con su fuerte pico curvo rajó el morral de lona sin problemas. Un par de tirones dieron vuelta sobre la piedra dos grandes huevos de oro que destellaron en la oscuridad. El alicanto los atrapó cuidadosamente con su pico y emprendió el vuelo de regreso, ya era tiempo de empezar a empollarlos.

Apenas se  tumbó sobre los huevos, amaneció, y el sol bañó de luz la cordillera, todo el cerro Marqués y, a medio camino entre Cobija y Timalchaca, el cuerpo destrozado, irreconocible de un hombre.

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Todo niño del norte de Chile que se respete debe vivir, al menos, dos experiencias terroríficas, a saber: Ir al cementerio en una noche de luna y llamar a la lola en las quebradas.

La primera realmente asusta. A pesar de la luz de la luna, difícil es ver dónde pone uno el pie  en dichos lugares. Los cementerios  del norte, especialmente si han sido abandonados, suelen estar llenos de fosas al descubierto, de rejas derrumbadas y materiales de construcción regados en total desorden. Además, las coronas de flores suelen ser de porcelana y latón o papel. ¿Saben a qué se parece el clac-clac   de las coronas de hojalata? ¡Al golpear de los huesos de un esqueleto! ¿Les gustaría sentir que un esqueleto pisa tras sus pasos? No a mí.

Las flores de papel desteñidas por el sol tampoco lo hacen mal con su frufrú, parece que en cualquier momento va a aparecer por allí un fantasma envuelto en sus harapos susurrantes. Los niños van de una tumba en otra sabiéndose intrusos y temiendo, a cada paso, la aparición de los habitantes legítimos del lugar.

Sin embargo, es a la lola, la bella Dolores a la que más debieran temer y de seguro lo harían si no fuera porque los chicos no van por las quebradas entre las tinieblas de la noche, y en el día, cuando sus llamados rebotan  por los muros de andesita de las quebradas, repitiendo una y otra vez “lola, lola, lola”, a esa hora, por fortuna, la lola duerme el sueño de…¿los justos?…No  precisamente.

Tan bella era Dolores que su padre la cuidaba como hueso santo de los galanes que la rondaban como moscas a un pastel; no fuera a ser cosa que su respirar empañase el espejo de  la virtud impoluta de su hija adorada.

Claro que eso no impidió que uno de aquellos se robase el corazón de su hija y las  condiciones que el padre impuso, una tras otra,  para que mereciera la mano de Dolores,  cayeron todas juntas cuando el aspirante a novio se topó con un filón de oro que lo convirtió, de un día para otro, en un minero rico y un postulante apetecible.

Así, la bella Dolores, Lola, entró a la iglesia  vestida de encaje blanco y salió de ella del brazo del que hasta entonces fuera el más enamorado de los hombres.

Y digo “fuera”, porque desde ese mismo día, obtenido ya lo ambicionado y con el bolsillo bien abastecido por el oro de su mina, el marido de Lola fue deseando y obteniendo, una y otra vez los dones de otras mujeres, que poseían una cualidad irresistible: no estaban casadas con él.

Nada dura para siempre y mucho menos la inocencia de una esposa engañada. El día llegó que Lola, empujada por las maledicentes  voces de sus amigos y vecinos, vistiendo los encajes de su día de bodas, espió a su marido hasta descubrirlo en compañía de una más de sus amantes y, con el mismo cuchillo que trinchaba el asado de los domingos,  pinchó el corazón de su amado, que se desplomó sin un suspiro.

Desesperada al ver lo que había hecho, Lola corrió al desierto; sin querer aceptar la verdad de su crimen se repetía que su amado había sido asesinado por otro, un rival, un envidioso. Corrió, corrió y corrió,  hasta que, perdida la razón y hechos jirones sus encajes,  cayó sobre la tierra ardiente, agonizante a causa de la sed, y allí se fue apagando hasta que la última luz de sus ojos murió también. Y en ese momento, al morir la bella Dolores, nació la lola.

-“Lola, lola, lola” –gritan los niños por las quebradas, y el eco les devuelve cien veces su aullido: “Lola, lola, lola”.

La lola no responde, es que duerme de día el sueño eterno y sólo se levanta de su improvisada tumba cuando la noche se abate sobre la tierra. Entonces agarra la  pesada carga de su crimen y va por el desierto llorando tristemente, buscando, en cada rincón, al asesino maldito que acabó con el hombre de su vida.

La primera vez que se encontró con él, por poco no lo ve. La lola iba pasando de largo cuando, al descorrerse un poco las nubes que ocultaban la luna, un pirquinero que se aprestaba a dormir vio pasar lloriqueando tristemente a una bella mujer vestida de blanco, apenas una sombra más en la oscuridad.

El pirquinero fue tras ella casi sin creer lo que veían sus ojos. ¡Tan bella, tan blanca, tan frágil,  tan sola, tan triste, tan cansada de cargar el gran bulto que arrastraba y que parecía chocar contra cada piedra. La siguió acercándose  cada vez más y le pareció más bella aún. ¿De dónde podía venir esta hermosa  mujer que interrumpía su soledad tan intempestivamente?

–       ¡Señorita! – Llamó-

La lola se detuvo bruscamente, pero no se volvió.

–       ¿Qué le sucede, señorita, puedo ayudarla?

El pirquinero ya casi había llegado junto a la lola. Extendía su mano, buscaba sus ojos. Sólo  entonces, cuando la lola se volvió, él pudo ver que lo que arrastraba era un ataúd  de negra madera desteñida. Lo siguiente, fue mirar su cara.

Un alarido de terror quebró la quietud de la noche. En el rostro reseco por el sol y el viento hasta parecer un delicado pergamino apenas pegado a los huesos, resplandecían como brasas las cuencas de los ojos vacías, fuego eterno que  quemó, primero su cerebro, y luego su corazón. El pirquinero se desplomó sin vida convirtiéndose así en el primer eslabón de una larga cadena de muertes.

¿Y la lola? La lola recogió la cuerda que tira del ataúd de su amado y siguió su camino en las tinieblas; tal como le ocurriera la primera vez,  acababa de olvidar que ya había dado muerte al supuesto asesino de su marido y otra vez sentía la urgencia de encontrarlo. ¡Ya vería, el maldito, cuando se encontrase con ella, de qué era capaz la bella Dolores! La lola.

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