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peleagatos

Es verdad, lo juro, yo  estaba decidida a guardar esto como un secreto eterno. No conté nada de nada, evité cuidadosamente anotarlo en mi diario y a los interrogatorios de mamá sólo di respuesta con cosas como lo de la comida deliciosa –que ellos también habían probado antes de irse-, la belleza de los disfraces, la simpatía de los invitados, la música, los faroles chinos y cosas así. Ni pensé en mencionar la pelea de las gatas y mucho menos el vergonzoso chapuzón de don Miguel empujado por esas bandidas. Me había prometido que no expondría a las viejitas, después de todo, no me había sucedido nada, todo estaba bien. Quizás sólo se había tratado de mi imaginación, quería creer eso firmemente.

El lunes, al llegar a la cafetería, divisé a Lisístrata sentada en la caja, quien me hizo señas con su mano enguantada de negro, que correspondí desde la distancia. Decidí que no iría a verlas ese día, me tranquilizaba saber que ella estaba bien y no quería pensar en su lastimoso aspecto de la fiesta fatal. Todavía tenía que ordenar mis pensamientos, tranquilizar mis temores. Durante toda la tarde, las tres hermanas anduvieron de un lado a otro del local conversando animadamente. Yo también estaba pendiente de ellas, me temo, no podía dejar de espiar por el rabillo del ojo.

Pero no fui ese día, ni al siguiente y el miércoles, cuando mi alejamiento  empezaba a lucir un poco raro, le dije a mamá que no la ayudaría en la cafetería porque tenía que estudiar para la prueba de historia. Me aburrí como una ostra toda la tarde y lo peor  fue que esa materia ya  me la sabía.

Así llegó el jueves, ya no tenía excusas posibles y papá todos los días conversando de la nueva camioneta que estaba comprando, que ya la había ido a ver, que en dos días salía el financiamiento, que el trabajo estaba tan bien, que  el transporte de antigüedades era poco menos que el trabajo del futuro.  Me sentía pésimo, porque yo los había metido en eso y ahora lo único que quería era salir arrancando.

Entonces, como caído del cielo, apareció Sebastián a almorzar su tradicional sándwich de queso jamón caliente con jugo de naranjas.

Y no aguante más y se lo conté todo y lo que no le conté tal cual sucedió es casi seguro que estaba algo adornado. Sebastián  escuchó con la boca abierta y cuando terminé, comentó lapidario:

-¿No te dije yo? Aquí todos dicen que son brujas.

En ese momento tuve una ligera idea de que quizás había exagerado un poco al comentarle mis tribulaciones del sábado recién pasado.

-No quise decir eso, Seba. Lo que pasa es que me asusté mucho. Todas esas personas eran muy diferentes a mí y estaba tan oscuro.

-¿Y cómo explicas lo de don Miguel? Porque él venía todos los días a ver a Penélope y no se le ha vuelto a ver.

Tenía razón y de pronto supe que eso era lo que yo había estado esperando para ir a ver a mis amigas viejas: ver a don Miguel y saber que allí no había pasado nada, que las cosas seguían igual; con Lisístrata celosa, Penélope feliz y Gertrudis gruñendo su desaprobación en silencio en su sillón de tapiz encarnado.

Cuando Seba se fue me sentí mucho más calmada; sacar las cosas a luz me había hecho ver lo alharaca que estaba siendo. Si uno analiza las cosas con detalle. ¿Qué era lo que había visto?

 Dos gatas, un caballero tan asustado como para caerse a la piscina, una fiesta de noche de brujas muy animada…para la tercera edad y, lo más lamentable de todo, a la pobre Lisístrata quejándose de dolor porque la pobre se había dado tremendo porrazo por buscar a su gata regalona en la oscuridad.

Lamentablemente, yo había cometido un descuido fatal, que habría de echar mi tranquilidad por la borda mucho antes de lo que imaginaba: había olvidado decirle a Sebastián que todo lo comentado era secreto de estado sola y exclusivamente para él. Lo olvidé porque yo soy muy reservada, siempre me  he guardado las cosas para mí y solo las comento cuando ya han salido a luz, pero claro, Seba no tenía por qué ser como yo. Las personas somos diferentes y los niños también podemos serlo. Es por esa razón que no puedo culparlo por todo lo que ocurrió después, la culpa es mía y sólo mía, pero en todo caso acepto las mil y una disculpas que me ha dado desde entonces porque también es cierto que no tenía por qué ser tan boca floja.

Antes de irme a casa pasé a ver a mis amigas. Las tres estaban leyendo, aunque me pareció ver que Gertrudis se había dormido, tenía la nariz metida en él.

-Hola –dije a Lisístrata-, espero que ya estés bien del golpe.

-Sigo adolorida, pero al menos ya están todas las piezas en su lugar de nuevo –rió-, por suerte estoy bien acolchada, pero eso mismo hace que uno caiga con más fuerza. Estoy toda llena de verdugones.

Mañana pongo al día el inventario –avisé-, espero que las ventas hayan estado buenas.

-¡Estupendas, querida –intervino Penélope-, parece que nos has traído suerte, necesitábamos una racha de aire fresco circulando por aquí!

Me acompañó hasta afuera, de modo que aproveché de preguntar por don Miguel.

-No he sabido nada de él, ni siquiera por correo – confesó tristona-, creo que va a ser difícil que perdone el episodio de las mininas, con suerte no cogió un resfrío, pero fue una humillación totalmente inmerecida, Miguel sólo estaba tratando de ayudar. Y las gatitas, las pobrecitas están tan arrepentidas, no puedes imaginarte la pena que tienen.

 Nos despedimos con un abrazo. Yo estaba contenta porque todo había terminado y las cosas volvían a la normalidad. O al menos, eso creía yo.

Pues esa noche, cuando papá llegó a cenar, me quitó toda ilusión de la cabeza. Apenas si había cerrado la puerta  cuando soltó la andanada:

-¿Cómo fue eso de que las viejitas se convirtieron en gatas para pelearse por el gringo flaco ése?

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¿Por qué alguien nos desearía feliz Halloween, qué nos quiere decir en realidad, quiere que nos encontremos con un monstruo terrorífico, con un fantasma, con la Parca en persona?

Por si acaso…desconfía. En la víspera de Halloween las cosas no son lo que parecen.  En todo caso, nosotros, que recelamos tanto como tú, te entregamos el Especial de Halloween 2012, para que vayas juntando miedo y en plena fiesta, esta noche, lo pienses un poco antes de abrir una puerta.

¡Cuidado!

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Cuando su padre los llevó a vivir a esa pequeña ciudad provinciana, a David se le cayó el mundo encima.  Odiaba a esos pelmazos compañeros cuya máxima entretención era irse de pesca, despreciaba su aspecto anticuado y estúpido y no podía entender que en vez de observar con admiración su apariencia de chico de la  gran ciudad  vestido a la última moda, lo viesen con un poco de asombro para luego cuchichear a sus espaldas.

Pero a quién más odiaba David era a María, la chica rubia, de ojos verdes felinos, que se sentaba en la primera fila y destinaba todos sus esfuerzos en convertirse en la mejor alumna de la historia.

María era bonita, cierto, David no podía dejar de reconocerlo, pero tenía ese aspecto de pequeña bruja que le parecía más odioso que cualquier otra cosa. Y luego estaban sus ropas, los vestidos de algodón relavado que colgaban como trapos viejos de su cuerpo, las trenzas al estilo de la abuela y, para rematar…un par de gafas. Lo peor para David era darse cuenta de que, a pesar de todo, no podía dejar de mirarla a hurtadillas cada vez que podía. Eso era lo que más rabia le producía.

La mañana del día de Halloween, David llegó a clases de mala gana. Le irritaba de sobremanera pensar en que tendría que salir a pedir dulces con una tropa de latosos de manera que tomó una decisión durísima: este año no habría Halloween para él. Se quedaría en casa, cualquier cosa era preferible a ser visto en compañía de sus nuevos compañeros.

Por eso, cuando entró a la sala y los descubrió contando cuentos de terror, lo invadió una rabia arrolladora. ¡Por culpa de esos idiotas pasaría el Halloween más aburrido de la historia! ¡Tenía que hacer algo!

Se quedó escuchando con una sonrisilla de desprecio asomada en su boca. Contaban pavadas, por supuesto, eso él lo sabía. Quizás él debería  sorprenderlos con algunos mitos urbanos de aquellos que los dejaban temblando en su viejo colegio.

Entonces, María cometió el error de contar SU historia. Y habló de su abuelo, a quien parecía admirar sin límites. De cómo el viejo la aterraba contándole la historia de un tiburón que nadaba alrededor de su cama  y, de cómo,  cuando ella quería levantarse,  los dedos de sus pies se mojaban y veía una vasta extensión de mar hasta el horizonte y una siniestra aleta gris que se acercaba a su cama, que ahora flotaba balanceándose sobre las olas. María estaba segura de algo: si ella se bajaba de la cama, se hundiría en el mar y el tiburón la devoraría. Por eso, levantaba rápida su pie y la mandíbula feroz del escualo hacía  ¡Ñoc! al cerrarse sobre el vacío.

David se largó a reír como si los demonios de Halloween lo poseyeran y luego lanzó las palabras fatales:

-Esa es la historia más ridícula que he escuchado.

María se volvió hacia él y sus ojos se humedecieron. Un par de lágrimas  gordas se fueron formando en las comisuras de sus ojos y cuando ya estuvieron llenas, se deslizaron por sus mejillas. María abrió la boca como para decir algo, pero en vez de eso se puso de pie y huyó.

Y por primera vez desde su llegada, los chicos del grupo miraban a David con admiración,  como si no pudieran creer lo que habían visto. Hasta pensó que estaban exagerando, después de todo, sólo había ridiculizado a una niñita tonta, no era nada heroico ni mucho menos. Los provincianos podían ser más tontos aún de lo que él imaginara. Entonces, uno de ellos  rompió el silencio.

-Yo jamás me habría atrevido a hablarle así a la nieta del viejo Elías –dijo.

Y todos asintieron sin hablar.

-¿Por qué, quién es el viejo Elías? –Preguntó David.

-Pensé que no lo sabías –continuó el chico-, el viejo Elías es el brujo que vive en la colina sombría, ahí donde nunca sale el sol.

Y todos se marcharon de prisa, sin nada más que decir.

Más tarde, ya camino de casa, David trató de ver dónde quedaba la colina sombría. No llevaba tanto tiempo en el pueblo como para saber si una colina estaba siempre nublada, pero llegó a la conclusión de que ya sabía cuál era el lugar. Después de todo era fácil darse cuenta, soló había dos  colinas en las afueras del pueblo y a una de ellas, una niebla pertinaz la envolvía.

David se acostó temprano. Afuera, el bullicio de los niños crecía. Llamaban a la puerta, su mamá entregaba dulces parloteando y riendo. Enojado y aburrido, David terminó por dormirse.

Una brisa helada lo despertó. Seguramente se le había quedado abierta la ventana, porque tenía un frío terrible. David dudaba entre envolverse en las cobijas o levantarse a cerrarla. Pero el frío persistía y finalmente se decidió por lo segundo, hizo las tapas a un lado y se sentó en la cama.

Dos cosas espantosas sucedieron simultáneamente. La primera fue que su cama se balanceó bruscamente y la segunda, oh Dios, David tembló de terror, sus pies se sumergieron en el agua.

David recogió los pies y comprobó que estaban empapados. Una bocanada de aire salobre llenó sus pulmones. Aterrado, David se escondió entre las sábanas rogando para que terminara su pesadilla.

Poco a poco, se atrevió a salir de su refugio. Empezaba a aclarar y el cielo…sí, era cielo lo que veía, un cielo gris y nublado. David se pellizcó y lanzó un ay de dolor. No estaba soñando, después de todo. Era sólo su imaginación. ¿Qué le había hecho el viejo Elías, lo había embrujado o se había metido en su cerebro para hacerle creer que estaba en medio del mar?

Volvió a sentarse en la cama y decidió que ningún viejo idiota provinciano le haría algo así a él. Haría las cosas con calma. Pensaría con claridad y luego se bajaría de la cama para cerrar la ventana y llamar a su mamá.

Pero cuando se incorporó, la luz ya permitía ver lo suficiente. Su cama flotaba en  un mar proceloso y alrededor de ella, una  tenebrosa aleta gris giraba sin descanso: ¡Era el tiburón, el tiburón de María!

David llamó a gritos a su madre, a su padre, rogó a Dios, lloró pidiendo a María que lo perdonara y finalmente al viejo Elías. Sin embargo, nadie lo escuchó. El tiburón continuó allí, girando en torno a la cama. Las horas se sucedían morosamente, la sed lo desesperaba. Sus labios resecos estaban agrietados, el hambre . Finalmente,  David, agotado, perdió el conocimiento.

Cuando despertó, todavía podía sentir el balanceo de las olas.  Una luz gris se escurría por entre las cortinas de su habitación. David  miró todo con recelo y finalmente se atrevió a sentarse en la cama. El piso, allí estaban las tablas del piso, al fin. Qué pesadilla horrorosa, nunca olvidaría esa noche de terror.

Con sus pies, buscó las zapatillas para levantarse. Cuando las halló,  las arrastró hacia afuera y metió los pies en ellas.

Un grito de terror rompió la tranquilidad de la casa. La madre de David entró corriendo, asustada y preguntando qué le había sucedido.

-¡Las zapatillas –balbuceó David-, las zapatillas!

Y la madre, tan asombrada como él, tomó las zapatillas de David para descubrir que chorreaban agua salada y que de una de ellas asomaba la cinta parda y brillante de un alga fresca y recién cortada.

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Mantícora es probablemente el más monstruoso asesino serial de la historia y lo único bueno que podemos decir de ella es que habita en cuevas de la India, Irak, Irán, Afganistán y Turquía, es decir, bien lejos.

Su aparición es tan primigenia que se ignora quién la creó, o bien su irresponsable creador prefirió mantener el anonimato.

La primera vez que un hombre enfrentó a Mantícora fue paralizado por el terror.  Justo delante de él, en medio del sendero, había un enorme ser con el  cuerpo de un león, la cola de un escorpión y la cabeza de un hombre, de mechas horrorosas e hirsutas. De pronto, el monstruo abrió la boca, de labios anchos y delgados, y profirió un horrible chillido. Cuando lo hizo, el hombre pudo ver tres hileras consecutivas de dientes, filudos como los de un tiburón,

De pronto, el deseo de vivir bulló en él y el hombre pudo mover sus pies. Retrocedió lentamente, arrastrando los pies sobre la tierra. Delante de él, la horrorosa bestia seguía gruñendo y chillando. El hombre le dio la espalda y huyó como alma que lleva el diablo.

Mantícora rió, ni siquiera intentó correr tras su presa, no era más que un simple hombrecillo, un caminante de ningún lugar. El monstruo alzó la mortífera cola y lanzó las púas que crecían en ella.  Varias de las púas alcanzaron al hombre, que, acusando el golpe,  dejó de correr y trató de caminar lejos de Mantícora.

Pero sus músculos no le obedecían, sus piernas pesaban como si estuvieran hechas de piedra y el desdichado comprendió que el monstruo lo había envenenado.

Mantícora se acercó paso a paso, relamiéndose por adelantado; las mantícoras pueden comer  de todo, insectos, alimañas, toda clase de animales, pero la carne del hombre es su favorita y la busca con gula diabólica. Cuando estuvo cerca de él dio un salto aterrador y cayó sobre el hombre, derribándolo. Los dientes rasgaron el cuello del hombre casi separándolo de la cabeza, dándole muerte instantáneamente. El letal monstruo  continuó comiendo tranquilamente, a grandes tarascadas. Cuando terminó, del hombre no quedaba nada, ni siquiera los restos de su vestimenta, apenas las manchas de sangre que empapaban la arena e iban desapareciendo con rapidez. Es costumbre de las mantícoras no dejar atrás nada que recuerde la existencia de sus víctimas, así, nada hay de qué acusarla y nadie tampoco se atreverá a emprender una expedición de caza por las montañas sin saber qué debe buscar.

Era la primera vez que una mantícora bajaba a los valles, hasta ahora se habían alimentado de cabras, osos, y ovejas que encontraban en las estribaciones de las montañas, pero la población de mantícoras había ido creciendo y el hambre las había obligado a buscar alimento en otros lugares.

Ahora, con el estómago lleno, Mantícora se sentía fuerte e invencible y lo primero que pensó fue que necesitaba más comida, más carne. Y humana, la mejor carne.

Por más de un año asoló la región sola y nadie supo por qué razón tanta gente iba desapareciendo. Hasta que una mañana, dos pastores que guiaban su rebaño decidieron pasar la noche en la cercanías de una vertiente de agua. Mientras uno de ellos encendía fuego para calentarse, el otro partió a buscar agua; cuando volvía con ella, un aullido de terror le heló los huesos. El hombre regresó al campamento arrastrándose y fue testigo de una pavorosa escena; un horrible monstruo con cabeza humana y cuerpo de león había matado a su compañero y lo devoraba completamente.  Algunas ovejas agonizaban estremeciéndose y a  lo lejos escuchó  al resto del rebaño que  huía balando despavorido. Cuando mantícora terminó con el hombre, devoró las ovejas. Cuando terminó con todo, era como si nada hubiese sucedido y el monstruo se marchó satisfecho, sacudiendo la monstruosa cola donde ya asomaban las nuevas púas venenosas.

Las noticias del horrible crimen se esparcieron como la espuma en la orilla del mar y todos comprendieron que había que matar al monstruo lo antes posible. Pero ya no era una la mantícora hambrienta, sino muchas, y todas ellas habían bajado a los valles a cazar al hombre. Por esa razón, tomó largo tiempo empujarlas de regreso a sus cuevas de las montañas. Desterrar a las mantícoras fue trabajo de generaciones completas, que emprendieron la cacería perdiendo muchas veces la propia vida.

Hasta que, finalmente, la mantícora supo que la tierra del hombre ya no era su coto de caza privado. Centenares de hombres armados organizaron batidas que barrieron las montañas aniquilando a sus hembras y a sus crías. Cuando mantícora decidió devolverle la tranquilidad al hombre, su especie ya estaba al borde de la extinción.

 

Hace mucho, mucho tiempo que ninguna mantícora ha sido vista por el hombre, pero hoy, cuando la guerra asola una vez más las montañas del oriente, extrañas desapariciones se han estado produciendo. Primero fueron ovejas, luego camellos, un niño, otro, un pastor. Tarde o temprano, algún hombre verá de nuevo lo que nadie en su sano juicio quisiera ver.

Porque el más monstruoso asesino serial de la historia está de regreso, y se llama Mantícora.

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La vida nunca ha sido fácil para nadie, pero mucho menos para un buscador de trufas, especialmente antes de que se hicieran famosas y sus precios se fueran a las nubes. ¿Se imaginan lo que significa buscar  un hongo que crece bajo la tierra, tratar de adivinar en qué lado puede haber una?

Con el tiempo, los buscadores de trufas descubrieron que los cerdos las encontraban mucho más fácilmente que los hombres, el único problema era que se las comían con la misma rapidez. Es que los cerdos, aunque alimentados con las sobras del hombre,  son de fino paladar,  y cuando pueden le dan en el gusto y qué gustazo se daban con las trufas.

Érase pues la historia de un buscador de trufas que estaba aburrido a más no poder de pelear el sustento con sus cerdos,  y que correteaba de aquí para allá a espantar a los golosos gorrinos apenas estos olían una trufa y comenzaban a desenterrarla. ¡Qué trabajo para un hombre recuperarlas para luego caminar hasta el mercado y vender la magra cosecha!

Y espantando cerdos estaba el día que  uno de ellos se topó con la trufa más grande que hubiera visto nunca. El campesino se agachó a sacarla y de tanto excavar su mano se enredó en unas raíces que lo hicieron lanzar un grito, y en esas raíces estaba atrapada la trufa.

Cuando terminó de cavar lo más inesperado del mundo apareció ante sus ojos. Allí estaba la trufa, descansando entre las manos de una mandrágora, la más perfecta que hubiera visto jamás.  Era una hembra, eso estaba claro, su cuerpo, delicadamente formado y la larga cabellera de raicillas que coronaban su cabeza lo dejaban bien claro. Sus piernas eran largas y bien torneadas y sus manos delicadas y de dedos finos y si bien observó muy bien su bello rostro, por desgracia no fue capaz de ver el gesto cruel y torvo con que la mandrágora le premió apenas le dio la espalda.

El campesino sabía lo peligroso que es sacar una mandrágora, el chillido que emiten al ser arrancadas de la tierra es tan agudo que el sólo oírlo puede matar al que lo hace.  ¿Y si era el cerdo el que tiraba de ella? Sería una lástima perder un buen cerdo, pero el negro manchado, un glotón empedernido que sólo le ocasionaba pérdidas, ese no importaba tanto. Hasta podía ponerle tapones en las orejas y si se daba lo peor, bueno, entonces vendía la mitad y el resto lo ponía en el horno o lo hacía pastel. ¡Tanto que le cuesta al hombre llevar un buen pastel de cerdo a la mesa!

Así como lo pensó, lo hizo. Ató el cerdo a la mandrágora con un cordel negro, tal cual manda la tradición,  y se marchó a su cabaña. Volvió por la tarde y apenas llegó encontró el cuerpo del cerdo tendido junto a la mandrágora, la trufa había desaparecido, seguramente en el hocico de otro cerdo, pero claro, eso ya no tenía importancia, ahora tenía la mandrágora. Y esa misma noche hubo cerdo asado para la cena.

No llevó la mandrágora a su casa, sino a una cueva al pie de la montaña, y allí comenzó a practicar los hechizos para los que había querido a la mandrágora. Y  ella cumplía. Poco a poco crecía la cosecha, aumentaban las ventas, mejoraba la vida. La bolsa  del campesino pesaba cada vez más y debió hacer un agujero en la cueva para ir ahorrando los excedentes.

Mas, sin que él se diera cuenta, la mandrágora se iba apoderando de su corazón. La acariciaba, le decía palabras amorosas, la vestía con sedas y terciopelos que jamás hubiera comprado para su mujer o sus hijas. Un día sintió el deseo irrefrenable de comprarle una joya y tomando todos sus ahorros corrió a la ciudad más cercana donde los cambió por un brazalete de perlas, que le puso al cuello como si fuera un collar. Al verla, se sintió feliz al pensar  que la mandrágora le pertenecía.

Sin embargo, era exactamente lo contrario, la mandrágora lo poseía a él y su propio cuerpo iba secándose,  como si la raíz embrujada le chupara la fuerza vital. Había abandonado totalmente el trabajo y su carácter era insufrible. Gritaba a su mujer, golpeaba a sus hijas, abandonó los cerdos a su destino y, de no sentirse tan débil,  se habría agarrado a golpes con nueve de cada diez  conocidos.

Finalmente llegó el  momento en que no pudo salir más de la cueva. Y se echó en un rincón del que sólo se levantaba acuciado por la sed y el hambre. Tragaba unos bocados, bebía unos sorbos y el asco lo embargaba. Corría hasta la boca de la cueva y cuando ya iba a salir se detenía como si una muralla invisible le cerrara el paso. Entonces, agotado, volvía a su rincón y se tumbaba adorándola desde la distancia.

Ahora la mandrágora ya ni siquiera se molestaba en esconder sus sentimientos, lo miraba con abierto desprecio, torcía sus bellos labios en un gesto de disgusto cuando él fijaba sus ojos en ella. A medida que se acercaba su muerte, le asomó a los labios una sonrisa de triunfo que  se iba haciendo cada vez más desvergonzada en tanto él perdía la capacidad de ponerse de pie. El día que no pudo arrastrarse hasta el agua, lanzó una carcajada muda que rebotó por los muros de la cueva como un tiro hasta dar directamente en su corazón. Mientras moría, le pareció escucharla reír.

La mandrágora sólo sacudió su cabellera de raicillas y saltó al suelo, lenta muy lentamente, se arrastró fuera de la cueva y en las lindes del bosque cavó un agujero en la tierra y a medida que se introducía en él una sensación de paz llenó su rostro. Al fin se había librado de ese perfecto estorbo.

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Las regiones del norte de Chile son mineras. Todo allí es  tierra,  piedra y arena, el norte es el lugar más árido del mundo, en el desierto de Atacama no existe otra vida que la que el hombre implanta allí, pero cada rincón esconde un valioso tesoro: salitre,  cobre, plata, oro. Y para eso están los hombres allí, para arrancarle a la tierra las riquezas que oculta y que defiende de la rapacidad humana con dientes de hierro y garras de andesita.

Y puedo asegurárselos: no es fácil. Hay mineros que dan con su sueño y se vuelven hombres ricos, pero esos son los menos, los más son aquellos que van gastando sus vidas en un vagar inútil sobre esa tierra inhóspita, en un eterno escarbar la superficie obteniendo a cambio la magra cosecha de unas manos encallecidas y un corazón amargo.

Allí, en la búsqueda, todo se vale, hasta el crimen, si bien existen hombres que prefieren buscar la suerte. Se encomiendan a la Virgen y le erigen, por aquí y por allá, santuarios a la Carmelita, a la Candelaria, a la de Punta Negra. Otros ruegan a San Lorenzo y llevan su oración en el bolsillo de la camisa, pegadito al corazón. Algunos, los soñadores, buscan al alicanto.

El alicanto es un pájaro. Grande, fuerte, bello, con alas de oro que al volar despiden reflejos metálicos. De oro porque es del oro y la plata de las montañas que se alimenta el alicanto. Los ojos del alicanto despiden extraños fulgores áureos y, al volar, no deja sombra sobre la tierra.

Cuando ha comido demasiado, el alicanto no puede volar, entonces camina lentamente por  los altos cerros hasta que encuentra su nido y deposita allí dos huevos, de oro o de plata, según lo que haya comido. Esos huevos nunca serán encontrados, pero los mineros saben que siguiendo al alicanto encontrarán algo tan bueno como un huevo de oro o de plata: la mina donde el alicanto se alimenta.

Y van los hombres por el desierto pidiéndole a la Virgen de Punta Negra que les conceda lo que no puede, porque de la mano virginal o divina nunca viene la riqueza, sino de la otra, de la del demonio. Y mientras ellos ruegan que se les aparezca el alicanto van perdiendo la agudeza de la vista, quemada por el sol del desierto, y la frescura de la piel, resecada por el viento, y también las fuerzas que empujan la picota y la pala y, por último, la esperanza de volverse ricos

Manuel González, uno de tantos que arañan las vetas, nunca se sintió un hombre de suerte, es más, se creía maldecido por ella. Decidido a darle una mejor vida a su familia, se había marchado al desierto para ganar duramente su pan, pero al regresar sorpresivamente a su casa, delirando de fiebre,  la puerta se la había abierto la persona equivocada, no su mujer, sino su remplazante. González  no era hombre de lágrimas ni de peleas sin destino; se dio media vuelta y borró a su mujer de la memoria.

Desde ese día, la soledad y la miseria eran su única compañía. La mala suerte  que lo aplastaba le echaba al poco tiempo de todas las minas donde conseguía trabajo y las mujeres parecían haberle cerrado la puerta de su corazón ya antes de conocerlo. Tomó la decisión de pirquinear solo, tenía la esperanza de que así,  haría fortuna.

Por eso, la noche que el alicanto aleteó en las cercanías de su campamento dejando tras de sí un reguero de chispas multicolores, González no dudó un segundo en partir tras él.

Lo siguió en la oscuridad, tropezando con las piedras, cayendo de bruces al suelo una y otra vez, pero no abandonó la partida. Finalmente, cerca de la madrugada, perdió su rastro en las cercanías del cerro El Marqués, lugar que tiene fama de estar asolado por fantasmas y en el cual no uno, sino cientos han dejado la juventud buscando el oro que se cree esconde.

González volvió sobre sus pasos y trasladó su campamento a los pies del Marqués, no cerca de Cobija, el poblado de los fantasmas, ni de Timalchaca, en la ladera opuesta, sino justo entre ambos,  cerca de donde desapareciera el alicanto.

Y empezó a estrechar el cerco, lenta, pacientemente. Porque no había vuelto a ver al ave, apenas divisaba los últimos chispazos dejados por su vuelo rasante sobre las rocas.

Cuando creyó estar cerca de su objetivo, detuvo la búsqueda. Tan sólo cavó un agujero debajo de una enorme piedra y se dispuso a pasar las noches en su improvisado refugio. Sin dormir, porque eso lo hacía en el día, en su campamento a los pies del cerro.

El encuentro fue totalmente inesperado. Cuatro días más tarde, exhausto y sediento, González se acomodaba en su helado agujero cuando un chispazo dorado iluminó la noche. Era el alicanto, pero no volaba, caminaba lenta y pesadamente, con el buche hinchado de tanto oro que había comido. El alicanto se desplazó jadeante por la tierra y tras él, reptando como una serpiente, González lo siguió  sin emitir suspiro. Ya casi de madrugada, el ave se detuvo y cantó, un canto dolorido y exhausto. Después se metió al amparo de una roca y puso dos huevos, grandes como los del ñandú, pero de oro refulgente.

Cuando terminó, el alicanto se sintió liviano y feliz, mañana empezaría a empollar sus crías, pero para eso necesitaba energía, necesitaba alimento y quedaba menos de una hora de oscuridad. Alzó el vuelo  de inmediato y una estela de chispas multicolores  lo siguió.

Entonces, en ese momento fatal, González olvidó todo; su mala suerte, sus años de pobreza, sus decepciones amorosas, su soledad y la traición de su amada y  entre tantas cosas, olvidó algo de vital importancia: al alicanto hay que seguirlo cuando va a alimentarse, saber dónde está la veta, , pero nunca, jamás, hay que descubrir su nido y si lo haces, si tienes  algo de sensatez y de amor por tu vida, nunca, jamás, debes robarle los huevos.

González regresó a la carrera al campamento, no quería nada de allí, apenas una camisa limpia y una cantimplora de agua y en cuanto tuvo lo que quería envolvió los huevos en un chaleco viejo,  los escondió en el fondo de su morral y emprendió el camino de regreso.

Pero el alicanto apenas había comido un poco antes de sentir la nostalgia de su nidada y antes de llegar allí ya sabía que algo andaba mal; no podía percibir el  resplandor de sus huevos. Un chillido furioso marcó el momento de la comprobación y,  apenas segundos después,  ya estaba tras las huellas del ladrón.

González iba sin aliento, corriendo como alma que lleva el diablo, cuando sintió el batir de las enormes alas del alicanto; precavido, detuvo su carrera y se fue deslizando medio escondido entre los vericuetos del Marqués. Si  lo detectaba a la derecha, viraba a la izquierda, cuando una estela de chispas doradas bajaba el cerro, González subía.

Así, sin poder darse cuenta, perdió el rumbo de la misma manera que había perdido el seso al robar el nido del alicanto. Una sola cosa llamaba su atención: ¿Por qué, si faltaba tan poco para el alba, la noche seguía pegada allí sobre su cabeza? No era posible que, hasta ese momento, la corona de la luz matutina no hubiese aparecido tras las cumbres de Los Andes.

González ignoraba que la noche es cómplice y guardiana de las criaturas que le pertenecen.

El ave lo fue guiando como si fuera un niño, perdido y asustado en las tinieblas que envolvían al Marqués. Desaparecida ya la luna, ausentes las estrellas en ese perfecto jalón de terciopelo negro que era el cielo, el ladrón iba sin rumbo, justo hacia donde el que había sido robado lo quería.

No tardó mucho, cuando estuvo al borde del barranco bastó  con que el alicanto aleteara a sus espaldas. Muerto de miedo, González dio el paso fatal cayendo hacia el abismo con un alarido de espanto.

El alicanto llegó sobre sus restos poco después y con su fuerte pico curvo rajó el morral de lona sin problemas. Un par de tirones dieron vuelta sobre la piedra dos grandes huevos de oro que destellaron en la oscuridad. El alicanto los atrapó cuidadosamente con su pico y emprendió el vuelo de regreso, ya era tiempo de empezar a empollarlos.

Apenas se  tumbó sobre los huevos, amaneció, y el sol bañó de luz la cordillera, todo el cerro Marqués y, a medio camino entre Cobija y Timalchaca, el cuerpo destrozado, irreconocible de un hombre.

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Todo niño del norte de Chile que se respete debe vivir, al menos, dos experiencias terroríficas, a saber: Ir al cementerio en una noche de luna y llamar a la lola en las quebradas.

La primera realmente asusta. A pesar de la luz de la luna, difícil es ver dónde pone uno el pie  en dichos lugares. Los cementerios  del norte, especialmente si han sido abandonados, suelen estar llenos de fosas al descubierto, de rejas derrumbadas y materiales de construcción regados en total desorden. Además, las coronas de flores suelen ser de porcelana y latón o papel. ¿Saben a qué se parece el clac-clac   de las coronas de hojalata? ¡Al golpear de los huesos de un esqueleto! ¿Les gustaría sentir que un esqueleto pisa tras sus pasos? No a mí.

Las flores de papel desteñidas por el sol tampoco lo hacen mal con su frufrú, parece que en cualquier momento va a aparecer por allí un fantasma envuelto en sus harapos susurrantes. Los niños van de una tumba en otra sabiéndose intrusos y temiendo, a cada paso, la aparición de los habitantes legítimos del lugar.

Sin embargo, es a la lola, la bella Dolores a la que más debieran temer y de seguro lo harían si no fuera porque los chicos no van por las quebradas entre las tinieblas de la noche, y en el día, cuando sus llamados rebotan  por los muros de andesita de las quebradas, repitiendo una y otra vez “lola, lola, lola”, a esa hora, por fortuna, la lola duerme el sueño de…¿los justos?…No  precisamente.

Tan bella era Dolores que su padre la cuidaba como hueso santo de los galanes que la rondaban como moscas a un pastel; no fuera a ser cosa que su respirar empañase el espejo de  la virtud impoluta de su hija adorada.

Claro que eso no impidió que uno de aquellos se robase el corazón de su hija y las  condiciones que el padre impuso, una tras otra,  para que mereciera la mano de Dolores,  cayeron todas juntas cuando el aspirante a novio se topó con un filón de oro que lo convirtió, de un día para otro, en un minero rico y un postulante apetecible.

Así, la bella Dolores, Lola, entró a la iglesia  vestida de encaje blanco y salió de ella del brazo del que hasta entonces fuera el más enamorado de los hombres.

Y digo “fuera”, porque desde ese mismo día, obtenido ya lo ambicionado y con el bolsillo bien abastecido por el oro de su mina, el marido de Lola fue deseando y obteniendo, una y otra vez los dones de otras mujeres, que poseían una cualidad irresistible: no estaban casadas con él.

Nada dura para siempre y mucho menos la inocencia de una esposa engañada. El día llegó que Lola, empujada por las maledicentes  voces de sus amigos y vecinos, vistiendo los encajes de su día de bodas, espió a su marido hasta descubrirlo en compañía de una más de sus amantes y, con el mismo cuchillo que trinchaba el asado de los domingos,  pinchó el corazón de su amado, que se desplomó sin un suspiro.

Desesperada al ver lo que había hecho, Lola corrió al desierto; sin querer aceptar la verdad de su crimen se repetía que su amado había sido asesinado por otro, un rival, un envidioso. Corrió, corrió y corrió,  hasta que, perdida la razón y hechos jirones sus encajes,  cayó sobre la tierra ardiente, agonizante a causa de la sed, y allí se fue apagando hasta que la última luz de sus ojos murió también. Y en ese momento, al morir la bella Dolores, nació la lola.

-“Lola, lola, lola” –gritan los niños por las quebradas, y el eco les devuelve cien veces su aullido: “Lola, lola, lola”.

La lola no responde, es que duerme de día el sueño eterno y sólo se levanta de su improvisada tumba cuando la noche se abate sobre la tierra. Entonces agarra la  pesada carga de su crimen y va por el desierto llorando tristemente, buscando, en cada rincón, al asesino maldito que acabó con el hombre de su vida.

La primera vez que se encontró con él, por poco no lo ve. La lola iba pasando de largo cuando, al descorrerse un poco las nubes que ocultaban la luna, un pirquinero que se aprestaba a dormir vio pasar lloriqueando tristemente a una bella mujer vestida de blanco, apenas una sombra más en la oscuridad.

El pirquinero fue tras ella casi sin creer lo que veían sus ojos. ¡Tan bella, tan blanca, tan frágil,  tan sola, tan triste, tan cansada de cargar el gran bulto que arrastraba y que parecía chocar contra cada piedra. La siguió acercándose  cada vez más y le pareció más bella aún. ¿De dónde podía venir esta hermosa  mujer que interrumpía su soledad tan intempestivamente?

–       ¡Señorita! – Llamó-

La lola se detuvo bruscamente, pero no se volvió.

–       ¿Qué le sucede, señorita, puedo ayudarla?

El pirquinero ya casi había llegado junto a la lola. Extendía su mano, buscaba sus ojos. Sólo  entonces, cuando la lola se volvió, él pudo ver que lo que arrastraba era un ataúd  de negra madera desteñida. Lo siguiente, fue mirar su cara.

Un alarido de terror quebró la quietud de la noche. En el rostro reseco por el sol y el viento hasta parecer un delicado pergamino apenas pegado a los huesos, resplandecían como brasas las cuencas de los ojos vacías, fuego eterno que  quemó, primero su cerebro, y luego su corazón. El pirquinero se desplomó sin vida convirtiéndose así en el primer eslabón de una larga cadena de muertes.

¿Y la lola? La lola recogió la cuerda que tira del ataúd de su amado y siguió su camino en las tinieblas; tal como le ocurriera la primera vez,  acababa de olvidar que ya había dado muerte al supuesto asesino de su marido y otra vez sentía la urgencia de encontrarlo. ¡Ya vería, el maldito, cuando se encontrase con ella, de qué era capaz la bella Dolores! La lola.

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