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Posts Tagged ‘mastodonte’

Dos soles habían pasado cuando  los dos niños y el Viejo de las Palabras  llegaron, por fin, al Valle  Verde. Si hubieran  podido llevar cuenta  del tiempo transcurrido,  sabrían  que  casi ocho días antes habían comenzado su peligroso viaje.

A decir verdad, no era mucho el sol que había iluminado las últimas jornadas. Un  viento tibio había soplado a diario, empujando  por el cielo pesados nubarrones  que  a cada momento  se descargaban  y empapaban la tierra. Aún así, los viajeros no estaban preparados para el rápido cambio que había experimentado el Valle Verde, que gracias a la lluvia había hecho honor a su nombre en una auténtica  fiesta de la naturaleza.  Aquí y allá, verdeaban las praderas que antes de su partida, ellos  vieran  todavía mustias por el invierno y la sequía y ya asomaban  capullos de flores por todos lados.

Sobre tanta belleza  zumbaba una nube de mosquitos  hambrientos que  se  arrojó sobre los viajeros,  tratando de encontrar  algún punto de sus cuerpos  que no estuviera pintado por el lodo amarillo de la laguna.

Junto con la primavera, habían regresado los herbívoros. Manadas de ciervos de los pantanos se desplazaban hacia el norte en busca de los pastos ya maduros y  en las riberas del Río que Brama  se veían las primeras   bandadas de emplumados, patos y garzas,  con su característico bullicio.

¡Había finalizado el tiempo frío! La temporada generosa comenzaba para todos, el clan y los animales.  El calor y el agua  hacían renacer  los pastos y  el verdor de estos  invitaba a todo tipo de vida, que se alimentaba la una de la otra. Hasta el viejo megaterio muerto había sido reemplazado por un joven ejemplar de piel rojiza que rascaba su espalda contra los árboles más altos del bosque.

Bordeando el bosque, escondiéndose entre sus ramas, Lino, Tai y Tahuma avanzaron por el valle en dirección al campamento. Si mantenían el paso, podrían estar llegando allí  por la noche o cerca del nuevo amanecer. Tahuma y Tai estaban animados3941048480_60b360f957; el viejo,  olvidado el dolor de sus piernas,  hacía planes para relatar al clan los acontecimientos vividos  y Tai, entusiasmado con la gran cantidad de hierbas e insectos, no paraba de recoger muestras para llevar al Hombre-Medicina.

Sólo Lino estaba sombrío.  ¿A  qué se arriesgaba, qué le deparaba la proximidad del clan? Quizás ninguno de sus seres queridos estaba con vida y, si ese era el caso, apenas pisara el campamento, el traidor Sibán lo haría prisionero. Era muy posible que esa misma noche se le sacrificara junto al fuego. Sibán bebería su sangre y el Hombre-Medicina arrancaría su corazón para que el nuevo jefe se apoderara de su fuerza.

¡Jamás! Lino no rendiría su vida como un débil conejo. Si era forzoso, llevaría una vida solitaria por el resto de sus días. ¡Lino era capaz de  cazar, de defenderse de Mulkan, de pescar; de salvar la vida del pequeño Ranú, Lino no se entregaría a Sibán por nada del mundo!

-¡Detente, viejo! –ordenó.

Tahuma y Tai le obedecieron. Lino trató de ordenar en su mente las  ideas que se le atropellaban como ciervos desbocados.

-¿Qué es lo que lo quieres, Lino? –preguntó Tahuma.

-Lino no regresará al campamento, viejo. Si lo hago, puedo  morir. Lo he pensado bien y prefiero  ser un solitario. Hoy cazaré un ciervo y  buscaré un lugar donde refugiarme.

-Lino, ¿recuerdas la cueva que encontramos cuando buscábamos lagartos? –Era Tai quien preguntaba.

-¡Es cierto, Tai, la había olvidado.  Allí llevaré mi ciervo y tendré una piel para abrigarme y mucha carne para secar!

-¡Vamos a cazarlo, Lino!

Tai era demasiado optimista, pensó el viejo. Una cosa era cazar  un pato, pero el majestuoso ciervo de los  pantanos  era algo muy diferente.

-Tahuma te ayudará, Lino. En nombre de Kuma, tu padre, que siempre  escuchó mis palabras.

Lino reptó silencioso como una fiera hasta la manada de Targa. Sería mejor dejar atrás al viejo, pensó, era demasiado bullicioso. Se  arrastraba como una serpiente  moribunda, aplastando ramitas y pastos secos, avisándole a todo el valle que allí había comida fácil. ¿Es que ya había olvidado cómo se hacía? Por fortuna, tenían el viento en contra y no serían detectados por el olor.

En cuanto tuvo la manada a tiro,  Lino seleccionó su objetivo; un joven ejemplar de unas dos semanas. Ya corría bien, tenía patas firmes, pero no conocía la pradera y se alejaba demasiado de la madre, saltando  por allí en busca de nuevas sensaciones. Era un crío todavía, pero el mismo Serak acechaba crías, también Mulkan y no perdían su honor por eso. Y Lino no tenía en su mano el poder de herir a un ejemplar más crecido.

La manada de Targa pastaba tranquila, pero siempre pendiente de lo que ocurría a su alrededor. La cornamenta de Targa ya estaba crecida, aunque no había alcanzado todo su esplendor. Se pavoneaba delante de las hembras, las acosaba, ponía en su lugar a los machos jóvenes que tenían la peregrina idea de  dudar de  su grandeza.

 

No lejos de allí, dos pupilas amarillas se clavaron en Targa. Era demasiado fuerte Targa. Estaba bien armado con su cornamenta. Los ojos amarillos  buscaron  un poco más y dieron con una hembra de vientre hinchado, casi incapaz de correr. Mucha carne. Pupila Amarilla extendió una  zarpa y sus enormes garras  se clavaron en la tierra. También vio la cría saltarina. Estaba unos metros más allá, no  lejos de su madre, saltaba y jugaba persiguiendo una enorme mariposa blanca.  Dos  presas disponibles para Pupila Amarilla. Satisfecho, Serak se agazapó; su cuerpo tenso como un arco, fijos los ojos en la hembra próxima a parir.

Repentinamente, algo se movió en el campo visual de Serak. Un pequeño. Estaba viejo y costaba entender cómo se había aproximado tanto a Targa sin ser notado. Otra posible presa. El  cerebro de Serak no estaba preparado para elegir entre tantas opciones. A Serak le gustaba la carne de los pequeños, pero éste estaba viejo, seguramente no tendría mucho que  comer, lo mismo que la cría, y Serak tenía mucha hambre después de ese largo invierno.  Cazaría la hembra y después, si alcanzaba, mataría al pequeño. Es más, era casi seguro que mataría al pequeño; sería demasiado fácil para el tigre de los dientes como puñales.

El rastreador levantó la punta de la nariz y una decena de olores se atropellaron  en ella. La carne de Targa, el ciervo de los pantanos,  los pastos frescos, las flores, y por sobre ellos, dominante, la orina fuerte y penetrante de un felino. ¡Serak, el tigre de los dientes como puñales,  también estaba al acecho! Sin una palabra, respirando apenas, el rastreador levantó una mano y ordenó a sus cazadores que estuvieran preparados. El rastreador sabía que contaba con tantas lanzas como dedos en una mano, más que suficiente para dar muerte a dos ciervos de los pantanos. Sólo faltaba un detalle; había que pensar en qué hacer con Serak, que seguramente se les echaría encima en cuanto  derribaran  sus presas.

El rastreador levantó apenas la cabeza  por entre la hierba. Nada se movía. Los emplumados callaron y un pesado silencio cayó sobre la pradera.  Targa, inquieto, dejó de comer y levantó la cabeza. El rastreador se paralizó. Una bandada de emplumados pasó chillando sobre los árboles.  Nada. Confiado, Targa continuó  pastando. La cría de Targa correteaba cerca de unos arbustos. El rastreador se preparó para saltar al ataque, pero en eso, algo totalmente inesperado ocurrió.

Una esmirriada figura ululante se abalanzó hacia  el hijo de Targa. Era Lino.  Cubierto de lodo reseco, el niño saltó hacia la cría como empujado por un resorte; la lanza fuertemente agarrada en la mano derecha. Más que correr, volaba sobre la hierba y cuando arrojó el arma, el tiempo pareció detenerse.

La lanza voló rauda hasta la cría de Targa y  cuando ya parecía que el cervato alcanzaría a huir, se clavó fuertemente en su pata trasera. La cría cayó y entonces todo en la pradera se convirtió en un infierno.

Serak saltó hacia la hembra en el mismo instante que Targa iniciaba la fuga. Tahuma se puso de pie y rengueó detrás de Lino. Los ciervos corrían desesperados  en dirección al norte y Serak  les pisaba los talones.

Al mismo tiempo, un coro de aullidos se desató en la pradera. Cinco pequeños habían despegado su cuerpo de la tierra y corrían hacia la manada. Serak se detuvo y los enfrentó rugiendo fieramente. Sus  zarpazos abatieron a uno, pero los otros  lo atacaron  como pequeños demonios. Serak   volvió  sobre sus pasos y  en las pupilas amarillas se grabó otra escena: la cría de Targa herida, que se arrastraba, y junto a ella, una cría de pequeño, con el rostro pintado de amarillo y una maza de piedra en su mano, lista para aplastar la cabeza del cervato caído.

-¡Lino, arranca, arranca!

¿Esa voz? Lino se volvió justo a tiempo para ver a Serak corriendo hacia él. Lo aguardó de pie, enarbolando  la maza  como un auténtico guerrero. ¿De quién era esa voz?

-¡Arranca, Lino, no te quedes ahí!

¡Era Kuma, estaba vivo! Lino vio con asombro cómo los cuatro cazadores  corrían  hacia Serak. Kuma arrojó su lanza, que  pasó rozando  el lomo del tigre. Los cazadores aullaban y se acercaban  listos  para atacar. En el último momento, Lino hizo exactamente lo que le había ordenado su padre, retrocedió.

Serak  quería el cervato, se conformaría con él. Los  pequeños habían espantado la manada y Serak había perdido a la hembra preñada, pero eran demasiados pequeños y Serak  los conocía bien; los pequeños eran buenos cazadores; capaces de enfrentarse con cualquiera y darle muerte. Y eso incluía a Serak. Hirviendo de furia, el tigre de los dientes  como puñales, abandonó la presa y  corrió hacia el bosque.

-¡Padre!

-¡Lino, el Hombre-Medicina dijo que te había llevado la Madre Tierra!

-¡No padre, no estaría vivo si la Madre Tierra no caminara conmigo y con Tai!

Todos habían llegado junto  a ellos. Al final, combado bajo el peso de la cría de Targa, apareció el Viejo de las Palabras.

-¿Qué haces  aquí, Viejo de las Palabras?

-Tahuma, padre, su nombre es Tahuma.

-Traje la presa de Lino, Kuma.

Tai llegó rengueando hasta ellos. Admiró el cervato muerto.

-Ya tienes tu primera piel, Lino.

-¿Y Sibán, padre, dónde está Sibán?

-Sibán  camina en los senderos de la muerte, Lino, junto a Maki y Gola.

¡Eran sus túmulos los que vieran en la montaña! ¡Qué bueno que no había escarbado en ellos para ver si se trataba de su padre!

-Sibán quería traicionarte, padre.

-Lo intentó, Lino, pero  la gran Ranú salvó mi vida. Ahora, Ranú es mi tótem protector.

¡Parecía mentira! ¿Ranú había salvado a Kuma y a Lino al mismo tiempo? Eran demasiadas emociones para un solo día.

No sería necesario un túmulo para el cazador muerto. Los cazadores llevarían su cuerpo para que las mujeres se arrancaran el pelo y  lloraran por él.  El cuerpo del caído fue amarrado al  tronco de un árbol nuevo.

-Volvamos al campamento, Lino. Esta vez, llevarás tu primera presa y esta noche, cuando la compartamos, Hombre-Medicina sabrá que pronto serás un cazador.

¡Un cazador, como su padre, como el padre de su padre y así hasta los tiempos olvidados!  El pecho de Lino se hinchó de orgullo,  pero no podía olvidar lo más importante; fue hasta donde estaban Tahuma y Tai y enfrentó a su padre con la cabeza en alto:

-Y también Hombre de las Palabras, padre. Tahuma me enseñará. Y dentro de muchas lunas, cuando Tai sea Hombre-Medicina, tú escucharás las palabras en mi fuego. 

Kuma lo miró sorprendido. ¿Qué más quería su hijo? De repente iba a salir queriendo ser el nuevo jefe. Los cazadores reían. Digno hijo de Kuma, ese Lino. Kuma  palmoteó la cabeza de su hijo con afecto. Lino, pensó, era sangre y carne de Kuma. Algún día sería Hombre de las  Palabras, cierto, pero cuando los huesos de Kuma se debilitaran, Lino sería un gran jefe para el clan. Los Cazadores  que vinieron del Norte tenían el mañana asegurado.

El sol empezaba a caer. Los cazadores tomaron el camino al campamento. Mañana sería otro día; otro sol, nuevas presas en la pradera. Este sería un  buen tiempo para todos.

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3327648181_5d48456661Nunca se había visto en el Valle Oscuro un grupo tan extraño como el  que bajó de la montaña.

Se trataba de tres  pequeños que se encontraban en muy mal estado, cubiertos de lodo y rasguños; el más alto cojeaba lastimosamente y utilizaba una lanza quebrada para apoyarse. El grupo era encabezado por un niño delgado y nervudo, que iba muy atento a lo que sucedía a su alrededor y no se despegaba de  su lanza. Junto a él, y eso sí que era raro, caminaba una cría de mastodonte que ya lo aventajaba por más de una cabeza.

Aunque los árboles son el lugar que Serak escoge para acechar a sus presas, el grupo  prefería caminar entre ellos, como tratando de pasar  inadvertidos, lo que no es nada de fácil cuando uno marcha en compañía de un mastodonte, por pequeño que sea.

El Valle Oscuro es mucho más grande que otros, sus pasturas son altas y están siempre frescas, gracias  a la laguna que le proporciona humedad.  La laguna es también la causa de que muchos bosques se levanten aquí y allá. Los árboles se empinan por las laderas de las montañas y cubren muy bien las cavernas donde se ocultan Serak y Mulkan; pero no hay ser vivo que lo olvide, porque  ellos son los amos del Valle Oscuro y se lo reparten sin pelear: Mulkan sale de día, hurga en los troncos por insectos y miel y pesca en las aguas  turbias de la laguna; cuando tiene mucha hambre, sale de caza. Serak afila sus grandes colmillos en las rocas, caza de noche y es raro que pierda una pieza. Durante el día, dormita en su cubil o se tiende al sol perezosamente.

Los demás habitantes del valle duermen con un ojo y velan con el  otro. Al menor chasquido entre los árboles, huyen lo más  lejos que pueden. Hay paleollamas y guanacos y en las marismas que se extienden más allá de la laguna pastan los ciervos de los pantanos. Todos ellos son grandes y robustos, aunque nunca tanto como los megaterios o milodones, que algún día serán tan pequeños que treparán a los mismos árboles que suelen derribar de tanto rascarse el lomo contra ellos.  En la primavera, el ciervo de los pantanos  se corona con una magnífica cornamenta e inicia su período de cortejo.

Lino condujo a Kiya hasta un riachuelo que se alimentaba de la laguna, donde el joven mastodonte  bebió hasta saciar su sed y jugó largo rato a arrojarse agua en el lomo. Después debió pensar que estaba demasiado limpio, de modo que se tumbó  en el lodo y se restregó con entusiasmo para deshacerse de los molestos insectos que pululaban sobre él. Lino, Tai y Tahuma siguieron su ejemplo y después de refrescar sus cuerpos fatigados, escarbaron en la orilla para sacar lodo amarillento y  se pintaron las caras y las extremidades. Los pantanos bullían de enormes mosquitos y tábanos.

Con un certero lanzazo,  Lino capturó un pato gordo y sabroso cuya sangre chuparon hasta la última gota. ¡Qué reconfortante era la sangre tibia del pato! Ahora se sentían mucho mejor y estaban más animados. Tai se quedó con las plumas suaves del vientre del pato y Tahuma buscó musgo y paja seca para hacer fuego. Con ayuda de unos maderos se sentó a hacerlo, pero al parecer hacía mucho tiempo que no tenía su propio fuego, porque la ansiada llamita se negaba a aparecer y ya se estaba haciendo tarde, tan tarde que allá arriba, en la montaña, Serak bramó fieramente  llenándolos  de temor.

-Te ayudaré con el fuego, viejo –dijo Lino.

Y sabedor de que Serak es enemigo de las llamas, buscó sus propios materiales; si querían regresar con el clan, muy pronto sería necesario tener un cordón de fuego a su alrededor. Tai recogió ramas y  las fue enlazando para construir un  intrincado círculo; al centro de esa empalizada  estaría el fuego.

Tahuma y Lino frotaban sus ramas con ansiedad no disimulada; pasó largo rato antes de que sobre el musgo de Lino bailotease una débil llamita; poco después, otra apareció sobre la pila del viejo.  ¡Al fin tenían fuego!

El viejo puso el pato sobre el fuego y el  acre olor de la pluma quemada  afloró. Tai y Tahuma se sentaron, pero Kiya se negaba a acercarse al fuego, peor aún, al parecer, quería marcharse. Lino acarició su cabezota para tranquilizarlo. Kiya se revolvía nervioso, el fuego le asustaba. Tai le trajo una brazada de hierba fresca y el mastodonte  se fue calmando poco a poco. A veces levantaba la cabeza, agitaba su trompa en el aire, sus orejas se movían  a uno y otro lado, como si tratase de identificar los sonidos del valle.

-¿Qué le sucede a Ranú, viejo? –preguntó Tai.

-Sólo los cazadores son amos del fuego, Tai; para la cría de  Ranú, el fuego es la muerte, su misma madre murió a causa de él. Si la cría de Ranú se marcha, Serak preferirá su carne a la de  Targa, el ciervo de los pantanos. Ranú tiene mucha carne, que  es tierna y jugosa,  un viejo como yo la comería gustoso.

Tai y Lino protestaron escandalizados, ¡cómo podía el viejo pensar en el pequeño Ranú como en comida!   

El pato sí que olía  a  comida. Las plumas habían desaparecido  y estaba todo ennegrecido y apetitoso. Tai podría asegurar que sabía muy bien. ¡El primer pato cazado por Lino!

Tahuma lo sacó del fuego y sin poder evitar quemarse, lo despedazó sobre la hierba. Cada uno escogió una presa. Es cierto que el primer pato de Lino no era para  nada tierno, sino algo viejo y correoso, pero tenía mucha carne y si pato no hubiese estado tan cerca de regresar a la tierra, difícil habría sido que un cazador novato, como Lino, lo hubiera atrapado.  Se chuparon los dedos, y arrancaron la carne del pato a mordiscos. Había que tironear fuerte para arrancarla, pero los niños tenían dientes jóvenes. No así Tahuma, que pugnaba por romperlo con sus encías desdentadas.

Después de comer, los niños se quedaron dormidos. Tahuma se sentó junto al fuego, velando. Las horas transcurrieron y el cansancio  vino hasta los ojos del viejo. Su cabeza flaqueaba y los brazos resbalaron: Tahuma cerró los ojos y se durmió. El fuego continuó crepitando  y las ramas que lo alimentaban se fueron consumiendo lentamente hasta convertirse en brasas y la luz que envolvía al grupo se fue apagando hasta que la oscuridad los envolvió.

 

Un barrito de Kiya despertó a los durmientes. El mastodonte se retorcía asustado, el fuego estaba casi apagado y al otro lado del círculo de ramas, un ronco gruñido y un aliento caliente y fétido iba de aquí para allá.

-¡Aviva el fuego, Lino, pon más ramas! –gritó  Tahuma.

Pero las ramas  verdes se negaban a encenderse, apenas producían un poco de humo y una  lucecilla  amarillenta. Tahuma  y los niños se habían puesto de espaldas al fuego y atisbaban a su alrededor tratando de descubrir al que los acechaba.

Una rama encendió al fin y  la luz que produjo les permitió ver lo que tanto temían: ¡la gigantesca cabeza de Mulkan y un par de enormes garras que se abatían sobre la enramada para derrumbarla!

Desesperado, Lino cogió la rama encendida y la blandió delante del hocico de Mulkan; el oso retrocedió  rugiendo airado. Ahora Tai y Tahuma soplaban sobre el fuego para avivarlo y encendían nuevas ramas para espantar al monstruoso animal. Tahuma arrojó una rama sobre la empalizada, que empezó a arder; lentamente al comienzo, con más brío luego. Pronto todo el enramado era un círculo de llamas, pero en cuanto este se consumiera, ya nada podría detener a Mulkan.

Cuando el fuego empezó a flaquear  todavía  el oso  rugía y rondaba   alrededor. Mulkan preparó sus  colmillos, agitó su cabezota. Kiya, aterrado, trompeteaba enloquecido. Ahora el sonido era distinto. Podían sentir que la misma tierra se estremecía y un ruido sordo llegó hasta sus oídos. El  fragor crecía por instantes, se levantaba una nube de polvo que los hizo toser. Ni  Tahuma ni los niños podían entender lo que estaba ocurriendo, Mulkan, en cambio, lo comprendió todo y con un  rugido de airada decepción, emprendió la retirada.

Cuando Mulkan se marchó, la  colosal figura de Ranú se recortó contra la oscuridad. Tahuma y los niños  se agazaparon aterrados. ¿Habían escapado de Mulkan para terminar ensartados en los colmillos de Ranú?

 Kiya, en cambio,  estaba contento. Barritaba alegremente y saludaba a Ranú  agitando la cabeza de arriba abajo.

El fuego de la empalizada estaba casi apagado. Ranú pisoteó  los restos y Kiya atravesó  el círculo de  brasas dando saltitos para no quemarse. Ranú lo empujó con su trompa para darle prisa. La mastodonte alfa y la última cría de la manada desaparecieron en la noche sin mirar atrás.

-Ranú nos ha salvado por ayudar al pequeño –dijo Lino.

-Así es Lino, aunque Tahuma diga estas palabras, nadie lo creerá.

-Si hubieras matado al pequeño Ranú, ahora todos nosotros estaríamos en la barriga de Mulkan, viejo – Tai, como siempre, hablaba poco, pero con sabiduría.

– Ranú es sabia y compasiva con los cazadores; pero no podemos confiar en Mulkan –reflexionó Tahuma-;  Mulkan sólo sabe del gruñido de su tripa vacía. Recojamos  más leña para rearmar la empalizada y alimentar el fuego.

Él mismo puso manos a la obra para dar el ejemplo.

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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3222339989_3c20aeb7c0Ahora  la manada de Ranú  caminaba por  la cima de los cerros  y la maleza que tanto les retrasara prácticamente había desaparecido; la manada pisaba una espesa alfombra de hierba reseca. El terreno  se allanaba casi imperceptiblemente y se iba  convirtiendo en una  extensa meseta hasta la cual  el viento traía el olor de la hierba fresca y del agua, mucha agua. Pronto  llegarían a ella.

Repentinamente, Ranú se detuvo, olfateó el aire nerviosamente. Los demás mastodontes hicieron lo mismo. Algo estaba sucediendo, algo terrible estaba por desencadenarse sobre ellos. Ranú conocía esta sensación, la había vivido muchas veces y su cerebro trataba de identificarla. Pero ya era demasiado tarde.

Una espesa columna de humo se levantó de la hierba. ¡Peligro! Ranú no sabía qué hacer. ¿Para dónde debía huir con su manada? Sus negros ojos buscaban una salida con ansiedad, pero estaba casi paralizada.

Simultáneamente, dos, tres, seis columnas de humo se levantaron  hacia el cielo y pronto toda  la pradera había estallado en llamas. ¡Fuego! Eso sí que lo conocían todos los mastodontes;  la manada echó a correr  enceguecida     por el terror. El   fuego apenas se había desatado y ya  era más alto que las crías de mastodonte. Sólo  había un punto que no ardía y  hacia allá los guió Ranú.

En ese momento, el grupo de Sibán hizo su aparición. Venían sin aliento a causa de la carrera que iniciaran al ver  los pastos en llamas. No por eso se detuvieron, aullando como demonios, se enfrentaron a la manada. Ranú los vio venir y se detuvo en seco; sus grandes patas resbalaron en la tierra y su  corpachón  peludo quedó  envuelto en una nube de polvo. Rápida como el viento, Ranú giró sobre sus pasos y se lanzó a correr en dirección contraria con su hueste pisándole los talones.

La manada de Ranú corría ahora enloquecida al borde de un barranco. La mastodonte alfa lo había visto y los apartó de allí corriendo en línea recta hacia un estrecho desfiladero entre los cerros. Nanay empujaba a Kiya con su trompa para que el pequeño no se quedara atrás.

Cuando ya estaban por alcanzar el cañón, sobrevino la tragedia.

Gritando, aullando, agitando antorchas  y esgrimiendo sus temidas lanzas, más pequeños cayeron sobre  ellos como una pesadilla. Esta vez era Kuma  quien los encabezaba; el experimentado cazador había adelantado a sus hombres y a la manada para incendiar los pastos y  cerrarle el paso. Ranú giró en redondo, los mastodontes tropezaban, perdían pie. 

Los pequeños  aparecían de todos lados y donde ellos no estaban, allí estaban las llamas. El  fuego crepitaba devorando la hierba, quemando las patas, chamuscando la piel. Los mastodontes habían entrado en un remolino de muerte y bramaban desesperados. La ola de los pequeños se les echó encima ululando y sus lanzas volaron por los aires para estrellarse en  patas y lomos. La gruesa piel de los mastodontes era su única protección y los  gigantes, perdidos en el caos, cegados por el humo y el polvo, sólo podían aguantar a pie firme la tragedia que se les abatía encima. Los cazadores, por otra parte, no esperaban otra cosa; sabían que sus lanzas eran demasiado débiles para  dañar a los gigantes, por eso la encerrona.  Sin  necesidad de  órdenes, tal como siempre lo hicieran y sus padres antes que ellos, la horda empujó a los mastodontes hacia la muerte.

En medio de la barahúnda, Kuma vio aparecer frente a él, el rostro de Sibán desencajado por la ira.  A sus espaldas, Ranú enfurecida se alzó sobre las patas traseras.

-¡Atrás, atrás! –gritó Kuma.

Pero Sibán no le hizo caso. Es más, siguió avanzando directo hacia Kuma, con la lanza en ristre y una mueca de odio desfigurándole la cara. ¿Estaba loco acaso? ¿Qué quería Sibán?  Una  luz de comprensión atravesó el cerebro de Kuma: ¡A él, Sibán lo quería a él!

Cegado por la ambición, Sibán lo olvidó todo. Al fin tenía a Kuma al alcance de su lanza. El jefe del clan parecía no haber entendido aún quién era la presa. Sibán alzó su arma y el odio puso fuego en su brazo. Con un aullido de ira, Sibán atacó.

Entonces, las poderosas patas de Ranú  se desplomaron sobre el pequeño. Sibán aulló de dolor y Ranú sintió cómo los huesos del pequeño se quebraban bajo su envión. Un último grito de dolor  se escapó de la garganta de Sibán. Kuma quiso salvarlo, pero ya era tarde.  Arrojó  su lanza hacia la enorme cabeza de Ranú, pero el arma resbaló sobre la piel y se perdió en el caos del combate. Kuma retrocedió en busca de otra arma mientras Ranú  pisoteaba con furia los restos del pequeño que acababa de matar. Ahora Sibán no era otra cosa que un guiñapo sangriento e irreconocible.

El fuego y los cazadores eran demasiado para la manada. Los mastodontes se volvieron hacia el barranco. Ranú, horrorizada, comprendió lo que sucedería casi al mismo tiempo que las dos hembras jóvenes  se desplomaran  cerro abajo con un barrito de espanto. Los pequeños gritaron de alegría.

Con un fuerte trompetazo, Ranú reunió los restos de  su manada y agachando la cabeza, embistió a los cazadores. Dos pequeños volaron por los aires. Ranú corría ahora impulsada por la  furia. Sus pesadas patas reventaron  el cuerpo de otro pequeño, pero esta vez Ranú no se detuvo a rematarlo. Siguió corriendo por el desfiladero y dos sobrevivientes fueron tras ella.

 Nanay fue la última en romper el cerco. Kiya la retrasaba y debía protegerlo. Nanay comprendió que había sido demasiado lenta. Un fuerte dolor le atenazaba el costado y cada paso era una tortura. Había perdido de vista a la manada y el humo le bloqueaba los olores  familiares. Por primera vez en su vida, Nanay no sabía a dónde ir. Bajó por la ladera del cerro y Kiya fue tras ella. Pronto, todo desapareció: el fuego y  los pequeños  quedaron atrás.

Arriba, en la meseta, comenzaba la fiesta.

Agotados y maltrechos, los hombres de Kuma celebraban la victoria al borde del barranco. Abajo, todavía  con vida, las hembras jóvenes  intentaban en vano pararse sobre sus pobres  cuerpos quebrados.

Kuma  se ocupó de su gente. Algunos heridos y  tres muertos, Sibán y Gola entre ellos. Kuma  llamó a tres  cazadores más viejos y les ordenó sepultarlos, al resto, se los llevó con él.

 Saltando y gritando, los cazadores comenzaron a bajar el cerro. ¡Dos mastodontes! ¡Habría tanta comida que podrían dejar incluso alguna carne enterrada para que los estuviera esperando  cuando todo el clan llegara hasta aquí! Con sus cuchillas de sílex en la mano, los cazadores cayeron sobre los mastodontes como una plaga de langosta.

 

 

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113427948_a9bdcddd18Agotado por los acontecimientos de la noche anterior, Lino dormía profundamente sobre una cómoda pila de ramas tiernas y hierbas junto a los otros niños del clan; tan profundamente que ni siquiera percibió la sombra oscura que se inclinó sobre él, sombra que alargó una mano en las tinieblas y la abatió rápida y poderosa sobre la boca del niño.

-Mmmm, mmmm.

Lino se debatió bajo la mano, pero no logró zafarse de ella. Tan veloz como antes,  la sombra  acercó sus labios hasta la oreja de Lino y susurró:

-¡Cállate, Lino, soy yo!

¿Yo?  Bruscamente sacado de su sueño, a Lino le costó relacionar la voz con un rostro, paulatinamente, la oscuridad se fue rasgando y le permitió reconocer  los rasgos marchitos del Viejo de las Palabras.

Sin despegar su mano de la boca de Lino, el viejo lo levantó, lo empujó por la espalda  y lo guió hasta los árboles más próximos. Iban en silencio, como si el viejo tuviera un secreto, un secreto tan urgente que no podía esperar hasta la luz del día.

Una vez en la foresta, el Viejo despegó su mano sucia de la boca del niño.

-No grites, Lino –pidió-, tengo que darte malas nuevas.

Lino  se limpió la saliva de la boca con el antebrazo adolorido por los tirones del viejo.

-¿Qué sucede? –preguntó.

El viejo tardó en responderle. Estaba sin aliento por el esfuerzo realizado.  Se sentó sobre la tierra y dijo.

-Esto es grave, Lino.  Hace un rato desperté y  escuché a tres cazadores que se escondían en la maleza.  Yo estaba un poco cansado, soy viejo y  mi sueño es tan pesado como la roca.

A Lino el viejo no tenía que explicarle mucho; todo estaba claro para él. El viejo había bebido demasiado alcohol de raíz y había caído tendido entre los arbustos. Muchas veces lo había visto así después de las ceremonias del Hombre-Medicina.

-¿Qué cazadores?

-Eran Sibán, Mere y Gola. Sibán dijo que también había hablado con otros dos rastreadores y que mañana, cuando tu padre los guíe hasta la manada de mastodontes, Sibán aprovechará el caos de la lucha,  matará a tu padre y se proclamará nuevo jefe del Clan.  

Lino estaba estupefacto.

-¿Pero por qué? –Exclamó,  mi padre es el jefe y Sibán,  un buen cazador; tienes que estar equivocado, Viejo.

-El Viejo de las Palabras sólo habla palabras verdaderas, niño. Anoche Sibán ofendió a tu padre en la ceremonia y todos esperan que Kuma sea retado dentro de pocos soles; especialmente si fracasa la cacería. Pero Sibán teme la fuerza de Kuma y no quiere esperar al resultado de la lucha. Matará  a tu padre en cuanto tenga oportunidad.

-Hay que avisarle a mi padre –decidió Lino. 

-Demasiado tarde, niño. Kuma adelantó la partida y se fue con todos los cazadores hace unas horas.

-¡Lo dejaste partir!

-¿Qué podía hacer? Sibán es fuerte y si yo hablase me habría matado por ofenderlo. Además, mis piernas no me respondían  bien. Estoy viejo y cansado, Lino.

El asunto era de extraordinaria gravedad. Si el traidor Sibán lograba su cometido, Kuma sería muerto, pero con él, también lo serían  la madre de Lino  y todos sus hijos. La ley del vencedor era implacable.

-Debo ir a avisarle.

-¿Y qué harás? ¿Irás solo? Es demasiado peligro para un niño como tú.

-Pronto seré un guerrero, viejo. Iré solo.

-Estás loco, niño y siempre lo supe; yo te avisé para que te ocultaras con tu madre y tu hermano, no para salir detrás de Kuma arriesgando el pellejo. Pero  ya que quieres salvar a tu padre y dado que  Kuma ha sido un jefe sabio y compasivo, que siempre ha protegido al Clan, yo te acompañaré.

Lino no supo si agradecerle o rogarle que no lo hiciera. ¿Qué clase de ayuda podía ser el Viejo de las Palabras?  Apenas caminaba  y hacía muchas lunas que no acompañaba a los cazadores. Si de capacidades se trataba, desde hacía mucho tiempo el viejo sólo se habría alimentado de raíces o lo habrían devorado las bestias. Pero a Kuma le gustaban sus historias y siempre  se preocupaba de que no le faltase comida.

-Está bien –accedió-, pero ya que vienes conmigo, llevaremos a Tai.

Porque, después de todo, si ya tenía un inútil como compañero, Tai no podía ser  demasiado perjudicial.  Y sobre todas las cosas, Lino estaba seguro de que no podía confiar en nadie más. Frente a un desafío, todo el Clan le daría la espalda; al menos, hasta que las cosas fueran resueltas por la Madre Tierra.

Luego  de ordenar al viejo que lo esperara, se deslizó de regreso hasta la empalizada  donde dormían los niños. Tenía que despertar a Tai, conseguir agua y unos bocados de carne seca. Y tenía que hacerlo de inmediato o no lograría alcanzar a Kuma antes de que fuera demasiado tarde.  

     Cuando el sol llegó al centro del cielo la manada de Ranú  se alejaba cada vez más del Valle Verde. La mastodonte alfa había empezado a trepar por los cerros que lo circundaban y los demás  gigantes  siguieron sus pasos con la calma y seguridad que les era propia. Se habían alejado bastante de los pequeños, pero Ranú seguía intranquila; no dejaba de olfatear el viento con su trompa velluda  y mantenía el tranco rápido, a pesar del cansancio de las hembras ancianas y de los tres críos, que a duras penas mantenían el paso de sus madres. Nanay no dejaba de fustigar a Kiya con golpes de su trompa en el redondo trasero del pequeño.

Las laderas de los cerros estaban cubiertos de matorrales tan tupidos que les dificultaban el ascenso. La ruta  se intrincaba cada vez más y Ranú se veía forzada a arrancar  y  pisotear la maleza para abrir camino a su manada.  Hacía mucho calor y los  mosquitos, grandes como tábanos, pululaban alrededor de los ojos y de los hocicos resecos por la falta de agua. Hacía ya mucho tiempo que habían dejado atrás el último abrevadero y el aire le decía claramente a Ranú que no habría otra poza de agua por mucho tiempo. Había una buena noticia, al menos: el aire tampoco traía el olor de los pequeños; con suerte se librarían de los feroces cazadores.

Ni siquiera durante la noche permitió Ranú que la manada se detuviera a ramonear. Los mastodontes mordisquearon hojas sobre la marcha para aplacar la sed  y el hambre. Desesperados, los críos trataban de detener a sus madres para alimentarse de su leche. Ranú sabía que con los cazadores las cosas eran así: si pierdes tiempo en comer, serás comido. Había que poner mucha distancia con ellos.

La luz empezó a dibujar otra vez los lomos de los cerros. Amanecía. Ranú  olfateó humedad y se tranquilizó. Se detuvo y permitió que los críos mamaran un poco. Reconfortada por el alimento, la manada de Ranú retomó su camino.

Los hombres de Kuma partieron antes de que la luz dibujara las cumbres de las montañas contra el cielo. Con las consecuencias del festejo aún  firmes en sus cuerpos, los cazadores   debían esforzarse mucho para mantener el tranco de su jefe. Sólo Sibán, Mere y Gola no parecían haber festejado  y pisaban fuerte sobre la tierra, como si tuvieran muy claro su destino o como si tuvieran prisa por  atrapar un mastodonte para regresar al campamento antes de que se les hiciera tarde. Kuma pensó que a Sibán ya se le había olvidado su enojo y se tranquilizó. Sibán era un buen cazador y él siempre había contado con su ayuda.

Cuando el sol estaba alto en el cielo, los cazadores ya habían recorrido largo trecho por el Valle Verde.  Kuma  detuvo la marcha e hizo señas a los cazadores para que se acercaran, luego dijo:

–                     Es  tiempo de separarnos; Kuma irá con algunos hombres por la montaña y los demás Cazadores seguirán el rastro de la manada a lo largo del Valle.

Los cazadores se miraron sorprendidos por sus palabras. ¿Para qué quería Kuma ir por la montaña si más adelante el valle trepaba lentamente y se encontraba con los cerros?  Era un esfuerzo inútil y además, cada grupo sería más débil y estaría más expuesto a las fieras.  Era cosa sabida que Serak, el tigre de los dientes como puñales, vivía en las montañas y que siempre estaba esperando que el cazador se aventurase en su territorio. Si eran pocos, mucho más fácil le sería a Serak atacarlos y matarlos.

No sólo eso, la montaña era también  el hogar de Mulkan, el Oso negro,  otro enemigo peligroso.

Pero no hubo manera de convencer a Kuma.  Escogió a la mitad de los hombres  y  antes de que separaran rutas con el Río que Brama  les hizo beber y llenar de agua las vejigas  de ciervo que llevaban colgadas de la cintura. Sibán quería ir con él, insistió varias veces sin darse por vencido.  Tanta insistencia no le pareció bien a  Kuma, pero sabiamente  le dio el mando del otro grupo y se llevó a Gola y otros seis hombres. Eso bastó para tranquilizar a Sibán. ¡Tenía la jefatura de más de la mitad de los cazadores!

El grupo de Kuma comenzó a trepar la ladera y los hombres de Sibán los vieron  hacerse cada vez más pequeños a medida que ponían camino entre ambos. Pronto, Kuma y sus hombres alcanzaron la cima y entonces ya ninguno de los grupos pudo ver al otro. Kuma estaba en el territorio del tigre y el oso y Sibán guió a  los demás,   no sin antes advertirles que debían aguzar la vista y el olfato.  Las huellas de la  manada de Ranú  no serían tan claras ahora que la mastodonte alfa guiaba a los suyos por la garganta de roca plana.

 

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Hombres primitivos IIEl sol todavía no despuntaba sobre los cerros cuando Kuma  lanzó a su gente sobre las huellas de la manada. Los cazadores caminaban rápidos, sigilosos, tratando de no espantar los pájaros, de no alertar el fino oído de los mastodontes. Tenían hambre, pero no les importaba ¡Ya comerían cuando regresaran cargados de carne fresca! ¡Ya beberían sangre del mismo cuello de sus presas!

Todo estaba envuelto en sombras y detrás de cada árbol  se escondía  el temor. Los cazadores no alcanzaban a darse cuenta cómo el miedo salía de su escondrijo, les saltaba encima  y se les instalaba en la boca del estómago o  en pleno corazón. A cada paso les parecía ver la sombra de Serak, el tigre, lanzándose sobre ellos. Los cazadores apretaron los dientes y  siguieron adelante como había sido siempre y siempre será.

Cuando llegaron a los bordes del Valle Verde,  Kuma se  arrojó cuerpo a tierra y siguió adelante arrastrándose. Sólo una colina   los separaba de la manada y no había arbustos  para  esconderse. Los hombres imitaron a su guía y reptaron como serpientes  hasta  arriba. Kuma, como siempre, llegó el primero, se asomó para mirar hacia el valle y la decepción se pintó en su rostro  barbudo y oscuro.

La manada de Ranú había desaparecido.

Largo rato buscaron los hombres a los mastodontes, pero todo fue en vano. La manada se había marchado al despuntar el alba y al cruzar el pantano no habían dejado huellas suficientes  como para determinar su rumbo. Kuma rodeó el pantano completo hasta dar con las pisadas de los gigantescos animales, pero poco más allá, se  perdían otra vez sobre terreno rocoso.  Son hábiles los mastodontes.

Todas las esperanzas de la partida se esfumaron.  No había ciervos, no había mastodontes,  el valle estaba vacío. Poco más allá, los huesos del viejo megaterio esparcían en el aire su fúnebre hedor. Los Cazadores se lamentaron aparatosamente  porque, una vez más, deberían regresar a comer raíces y hierbas recogidas por las mujeres.   Hambre y vergüenza, todo a la vez.

-Kuma no seguirá comiendo raíces –dice  el rastreador-,  con la nueva luna  Kuma encontrará las huellas de la manada y los perseguirá hasta atrapar uno.    Dos lunas más y llenaremos la barriga con  la carne del mastodonte.

-Mika vio las huellas de dos crías en la manada, podemos  cazarlos fácilmente.

-Kuma no necesita  que las crías de mastodonte lleguen hasta sus pies a entregarle la vida. Kuma puede cazar a la gran hembra que los guía y dar carne a todo el clan por muchas lunas – replicó  el rastreador.

Kuma no lo reconocía, pero estaba furioso. Los mastodontes  se habían escapado en sus narices y debería volver  con  las manos vacías al campamento.

Kuma había sido jefe  del clan por  mucho tiempo, desde que murió su padre, el jefe anterior. Los rezongos de sus hombres lo tenían sin cuidado… en apariencia. Kuma los dejaba gruñir su descontento, pero  no olvidaría las caras ni los nombres de los  rebeldes. Se trataba, como siempre,  de Sibán, Mere y  Gola.

Emprendieron el camino de regreso. Kuma les  ordenó recoger todo lo que se moviera sobre la  superficie y los cazadores, humillados, recogieron   escarabajos y  gusanos, escarbaron en las raíces de los árboles y acumularon una buena porción de larvas jugosas. Los hombres estaban furiosos, esa era tarea de mujeres y niños,  una vergüenza más que les imponía Kuma.

-Coman mucho -dijo Kuma-, mañana necesitaremos fuerzas para seguir la manada.

Los hombres estaban tan hambrientos que sorbieron algunas larvas con deleite, algo que el cazador nunca haría en condiciones normales. Todo debe ser llevado intacto de regreso  para que se reparta junto a la hoguera.  Kuma los dejó hacer, porque el cazador con la barriga vacía no es buena compañía. Hasta él aceptó  una larva gorda y cremosa que le ofreció Melimo.  Kuma hizo grandes aspavientos para que Melimo supiera  lo contento que estaba de comer una larva tan gorda y sabrosa. A ver si los rebeldes se daban cuenta de lo mal que se habían portado. Melimo, en cambio,  era un buen cazador, un hombre leal. Para  estar seguros de que todos  lo entendieran, Kuma  lo olfateó,  le dio un abrazo de oso y los dos rieron juntos.  

   Los rebeldes  gruñeron por lo bajo y  persiguieron saltamontes entre los pastizales resecos.  Kuma no era un buen jefe para ellos, el clan pasaba  hambre y  las crías se morían, pero ellos eran responsables y llevarían comida para sus mujeres.  Aunque  tuvieran que doblar la espalda en busca de  escarabajos.

Los Cazadores del Clan regresaron al campamento con las miradas torvas. Este no había sido un buen día.

 

 

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3372750376_0616e3257fKiya, el  pequeño mastodonte, no lo sabe, pero la era de las grandes bestias del pleistoceno está muy cercana a su fin. Tan sólo en  dos mil años más, no quedará ninguno de sus hermanos en la  cuenca  verde  que algún  día  albergará una gran  ciudad. Para ellos es la eternidad, no podrían medirla, pero ¿qué son dos mil años para una dama tan  altiva como la Tierra?

 Kiya es el miembro más joven de la manada de Ranú, pero no el más insignificante; su madre, Nanay, y todos los adultos, velan por él. Es casi el fin del invierno. La vegetación todavía está marchita y nubes de mosquitos sobrevuelan las tierras húmedas, pantanosas.  La manada se alimenta en los llanos. Allí,  junto a  megaterios y perezosos gigantes, pastan los pequeños caballos llamados eohippos, las manadas de cérvidos de exuberante cornamenta y uno que otro armadillo gigante, milodones y celidodones.  La fauna es abundante y los predadores se alimentan bien. La vida  no es pacífica. El que pasta hoy es la cena mañana y los herbívoros  quisieran tener ojos en la nuca para no ser sorprendidos. Hace  algunas lunas  un grupo errante de pequeños acorraló  cerca de allí al viejo  megaterio del Bosque Sombrío. Los pequeños fueron empujando al megaterio hacia los pantanos próximos  y allí, cuando ya no podía moverse, lo hirieron de muerte, lo arrastraron hacia la orilla y comieron de él hasta saciarse antes de seguir su viaje.  El viejo megaterio no hacía daño a ningún animal; pelaba sus árboles, los desarraigaba, pastaba  tranquilo y los pequeños arrebataron su vida cruelmente. Los huesos del megaterio ya casi no tienen carne,  pero las aves de presa  siguen alimentándose de los gusanos que se criaron en ellos. Huele mal.  La manada de Ranú  percibe  la muerte y esquiva sus restos cuidadosamente.

Ranú olfatea con su larga trompa velluda. No hay señales de los pequeños, ya se han marchado con la carne del viejo megaterio en sus espaldas. Quizás la manada podrá descansar un tiempo en este verde valle cubierto de dulce y sabrosa hierba.

            Los mastodontes caminan en un pequeño pelotón. Ranú a la cabeza, luego las hembras jóvenes y sus crías. Kiya va tras la manada siguiendo el olor de su madre, Nanay. Kiya todavía es demasiado joven  como para entender que el grupo es cada día más pequeño y que él, tan lento e infante, es uno de los que corre peligro. A veces  Kiya se siente cansado; la manada ha recorrido una larga ruta desde las márgenes del Río que Brama y aunque Kiya sólo llegó al mundo cuando pastaban cerca del Valle Verde,  sus patas, que todavía no están lo bastante fuertes, le susurran con rebeldía que ha llegado la hora de detenerse. El pequeño mastodonte  se retrasa  para ramonear en los arbustos o restregarse el lomo en los pozos de arena.

Nanay, enojada, barrita estruendosamente su llamada de alerta. ¿Es Kiya incapaz de percibir el peligro? ¿Acaso no sabe que los pequeños se ocultan entre los arbustos y aparecen de pronto,  aullando y vociferando como demonios, arrojando con sus manos morenas  sus lanzas y flechas ávidas de sangre? Nanay teme por la vida de su cría. Cada día son más los pequeños que habitan los valles. La manada de Ranú ha venido de lejos,  cruzando los cauces de tres ríos tormentosos, una reseca meseta pedregosa y un cordón de cerros.   Todos esos lugares han hollado los mastodontes guiados por  la  poderosa  Ranú, avanzando a marchas forzadas, todo ese largo camino para huir de los pequeños, de sus armas, de su hambre inagotable, de su ferocidad.  La temporada no es buena.  A pesar de las espesas nubes que lo cruzan, no ha querido caer el agua del cielo;  muchos de los pantanos se han secado, sus habitantes emigraron y los pastos  son   pobres   briznas de hierba seca.  La  manada ha sufrido de sed y de hambre al superar los cordones montañosos. Qué bueno es encontrarse ahora en el Valle Verde y arrancar largas brazadas de hierba jugosa con la trompa.

Es cierto, la temporada ha sido muy dura.  A lo largo de su camino,  Nanay ha visto sobre la tierra los restos de muchos eohippos y cérvidos que no lograron alcanzar su objetivo. Los carniceros han dejado sus huesos mondos y ahora blanquean al sol.   Nanay  presiente que ella o su cría podrían unírseles fácilmente en la muerte, y no quiere eso. Nanay quiere caminar sobre los pasos de Ranú, la guía,  mordisquear los dulces retoños de los árboles, lamer la sal que se deposita en el borde de los pozones de agua amarillenta, llenar su trompa de  líquido  y arrojarla  sobre el lomo de Kiya para espantar así los grandes insectos que  lo atormentan. Nanay quiere trompetear  hacia la espesura y ver cómo las bandadas de aves alzan el vuelo chirriando y piando. Nanay quiere vivir y también quiere que  Kiya viva.

Vivir es también el deseo de Ranú. Eso y llegar con su manada hasta  una laguna rodeada de  pasturas  abundantes y frescas, tan escondida que los pequeños nunca podrán dar con ella. Una laguna  donde  pataguas y maitenes  entreguen su sombra y la deliciosa dulzura de sus hojas.  Toda la manada  ama la tierra, la comida, el ardiente sol, el agua fresca y la paz.  Por eso, Ranú decide que no se detendrán en el Valle Verde; no  aquí donde todavía está fresco el olor del viejo megaterio muerto. La mastodonte guía se pone en marcha hacia el sur y la manada va tras ella.

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fosiles-ppal[1] 

El rastreador observó atentamente las huellas y un relámpago de satisfacción cruzó sus ojos.  El rastreador se puso de pie e hizo señas con su lanza.  A lo lejos se veía un grupo de figuras empequeñecidas por la distancia y cuando  estas cambiaron de rumbo  acercándose hacia él, el rastreador saltó de alegría.

Pronto estuvieron a su lado.  Se trataba de un grupo de cazadores armados de lanzas y macanas, que se arrodilló a oler las huellas y a palparlas  para determinar su frescura. Después todos se incorporaron y hablaron a un tiempo, contentos como niños por lo que acababan de ver con sus propios ojos.  Ahora  el clan sabe que una manada de mastodontes se dirige hacia el sur del Valle Verde, una manada que hace menos de dos lunas pasó por aquí.  La  manada de Ranú.                  Ranú, la mastodonte alfa,   ignora la presencia de los cazadores, ni siquiera imagina lo importante que es su manada para  que los pequeños sobrevivan,  pequeños, porque así llaman  los mastodontes a esos peligrosos demonios desnudos. 

Kuma, el rastreador y jefe del Clan, sabe que sólo la carne de un mastodonte puede asegurar la vida de todos durante el invierno que se aproxima.  El  rastreador    miró  las huellas que las patas de los mastodontes habían impreso en el terreno y mostró  sus dedos velludos y  sucios al grupo para hacerles saber que había  tantas  presas  como  dedos de una mano.  La codicia brilló en los ojos del Clan.

– Habrá comida y pieles en abundancia-  repitieron unos a otros.

Kuma  no mostró las dos manos. Hace mucho tiempo que Kuma no detecta manadas de dos manos. Cada mañana, cuando el sol aparece,  menos presas  asoman  sobre la tierra. Kuma sospecha  que las grandes presas se han marchado lejos.  Quizás  cruzaron el camino de los hielos y  regresaron a las tierras de los ancestros, quizás sirvieron de alimento a otros  clanes, quizás se  quedaron dormidos para siempre. Kuma sabe que pequeños y bestias se duermen para siempre  cuando ya están muy cansados de caminar sobre la tierra y no quiere que le ocurra eso a él, a su mujer, o a su hijo;  por eso, Kuma duerme con un ojo y conserva el otro alerta a los ruidos de la noche. 

Kuma olfatea el viento. Mil  olores se atropellan en su nariz. La hierba fresca, la hierba seca, la tierra mojada y el agua descompuesta del pantano. Emplumados, muchos emplumados, algunos de buen tamaño, que suelen cazar para alimento. No hay ciervos del pantano, no hay eohippos, no hay  mastodontes, pero Kuma  huele su boñiga reciente. Inmediatamente se ponen en su busca y dan con ella no lejos de allí. Kuma sigue tratando de encontrar sus rastros. Nada. Los mastodontes ya están demasiado lejos para olerlos, pero no lo suficiente para que sus excrementos estén resecos.

–         Pronto los alcanzaremos –dice Kuma-,  hay que estar preparados.

El Clan confía en Kuma y obedece sus órdenes sin chistar. Regresan esperanzados al campamento. Allí se percibe fácilmente la falta de alimento. Los Cazadores afilan lanzas y  cuchillos y las mujeres  pasan el día de rodillas  escarbando la tierra en busca de raíces e insectos para matar el hambre.  Hoy, sin embargo, el clan presiente que las dificultades están por terminar; ahora que Kuma está sobre las huellas de los mastodontes, pronto  habrá carne para todos.

 La manada de Ranú lo ignora, pero su destino ya está trazado en las estrellas: una luna, dos quizás, y el Clan estará sobre  ellos. Hace  muchas  lunas que el Clan  no prueba el dulce sabor de la sangre fresca, muchas  lunas que el clan araña la tierra en busca de raíces o roe pacientemente las últimas tiras de carne seca. Maimai, la hembra joven,  casi no puede alimentar a su cría, porque el hambre y el frío le han secado los pechos. La cría gime suavemente, ya no tiene fuerzas. Maimai muerde las raíces dulces que arrancó de la tierra helada  y hace con ellas una papilla, que luego va introduciendo con la lengua en la boca de su cría.  Ambas tienen hambre. Maimai sabe que las criaturas mueren cuando llegan el frío y el hambre. Ella ya ha perdido suficientes crías, esta vez, la cría debe resistir. Especialmente porque la nueva cría es un macho y, si vive, será cazador y proveerá a Maimai cuando ésta ya no tenga dientes para preparar los cueros con que se abriga el clan  o para moler las raíces y granos.

El Viejo de las Palabras tampoco tiene fuerzas para abrir la boca. La comida es, primero,  para los cazadores, después para las hembras que crían y los niños. Sólo  al final se alimentan los viejos. Todas las noches, junto al fuego, el Clan se calienta los huesos y ahuyenta sus temores escuchando las historias del viejo de las palabras. Ya nadie recuerda su nombre, quizás hasta él lo ha olvidado también. Hace  muchas lunas que  el viejo  dejó de  ser un cazador y muchas más lunas aún desde que murieron los que lo amaban; sin embargo, todos conocen sus historias y de tanto escucharlas podrían repetir algunas, palabra por palabra. Cuando el viejo de las palabras pinta de magia la noche, los  cazadores, satisfechos,  le dan trozos de su carne seca  para que llene la tripa.  Todos duermen   guarecidos en  alguna cueva y los cazadores se alternan para cuidar del fuego y el grupo. De ambos depende la vida de todos.  Un cazador  que se encuentre solo no sobreviviría,  sin fuego, tampoco.

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