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-Cosas inesperadas ocurren a menudo cuando los progenitores  bautizan a sus hijos sin tomar en cuenta que éstos deberán ir cargando esos nombres por todo lo largo y ancho de sus vidas. A Hermelinda yo no  la conozco muy bien, -dijo la abuela- pero la comprendo. Piensen ustedes que a la abuela paterna la pobre Hermelinda no la conoció jamás, peor, sepan ustedes que la anterior Hermelinda murió mucho antes que don Adalberto pensase siquiera en casarse con doña Isabel, y, lo que es realmente imperdonable: la abuela paterna de Hermelinda siempre detestó su nombre y no creo que hubiese tenido el menor interés en que se lo plantasen a su nieta así como así.

Por eso,  cuando terminó el terremoto, se hizo el recuento de víctimas y el inventario de pérdidas navales y terrestres y se inició la  reconstrucción de  la ciudad,  no resultó nada extraño que la desdichada Hermelinda se enamorase de los restos del Armida que se iban desguazando lentamente sobre los arrecifes en que encallaran.

-Armida, Armida.- musitaba la muchacha  con los ojos fijos en la decena de ojos de buey que todavía  quedaban pegados al  casco.

Desde su observatorio en las rocas, Hermelinda soñaba despierta: Mi nombre es Armida, algún día, un hombre maravilloso llegará a buscarme desde el otro lado del oceáno navegando en un gran vapor, y en cuanto me conozca, se enamorará de mí, nos casaremos y seremos felices para siempre.

 

Porque han de saber ustedes que ese es  el típico sueño de las muchachas algo tontas, especialmente los de aquellas pobres que tienen que cargar  con  alguna cosa que detestan en sus vidas. Y si alguien tiene derecho a estar cansada de cargar con algo, esa es Hermelinda Montoya, la hija de mi señora. Zzummm.

No es lo único que carga Hermelinda; desde la trágica noche del terremoto y maremoto de 1887, mi señora, doña Isabel, ha ido perdiendo lentamente la razón.  A veces quiere ser malabarista, otras, dedicarse al trapecio. No falta la ocasión en que se dedica a ser domadora de los gatos de la casa. Un poquito más trastornada cada día y algo más que de costumbre en el mes de mayo. Algunas crisis especialmente fuertes han tenido lugar a las ocho y media de la noche, después de cenar. Es lamentable, pero ¿quién podría lanzar la primera piedra sobre la pobre doña Isabel? Nadie sabe lo que es pasar por algo así. Zzummm, zzummm.

En todo caso, Hermelinda resultó ser una muchacha afortunada por muchas razones: primera, su madre, en uno de sus raptos de locura, le regaló su broche de oro y ámbar dándole la  más grata sorpresa de su vida. Segunda, el año de 1895 un barco de la Armada fondeó en la ciudad y se organizó en la gobernación un gran baile donde Hermelinda conoció al que sería su amante esposo. Y tercera, zzummm, zzummm, cinco años después, dio a luz a una hija a la que llamó con el maravilloso nombre que siempre había querido tener: Armida.

Hay una cuarta razón, pero sería muy raro que ella pudiera conocerla; la cuarta razón es que yo llegué a sus manos en plena madurez, sintiéndome  feliz de disfrutar este espectáculo espléndido que resulta ser la vida; si eso no es maravilloso, francamente, me resulta difícil pensar qué puede serlo. Zzummm, zzummm.

-Esa avispa tuya es una presuntuosa, abuela -Daniel, lapidario.

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