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libros

 Leí mi primera Jane Eyre entre los 9 o 10 años y a partir de ese momento  la releí innumerables veces, sin embargo, recién ahora, más de medio siglo después, leo, al fin, la versión completa,  libre de los desperejilamientos a los que  someten los libros algunos editores canallescos. Qué maravilla este alegato sobre la pasión y el amor. Qué generosa Charlotte Brönte mostrándonos además las dificultades de la vida en su época y esa visión tan femenina y feminista a la vez.

Cuando era niña la gente era muy inteligente, en vez de chatarra plástica, regalaba libros, así fui formando mi pequeña biblioteca personal: Salgari, Verne, May Alcott, Karl May, Ruskin, la colección completa de Las travesuras de Naricita, de Monteiro Lobato y siempre allí, presente, el Tesoro de la Juventud. En ese tiempo teníamos en Chile una excelente educación pública, de la cual me reconozco agradecida deudora. Usábamos libros de Lectura como El niño chileno, Los episodios Nacionales. Todavía guardo en mi memoria los poemas que aparecían en ellos. “ Ten un poco de amor para las cosas” , decía Villaespesa, “este era un rey que tenía un rebaño de elefantes” , continuaba Darío. Por las mañanas, mi padre nos sacaba del sueño recitando a voz en cuello “qué linda y fresca la mañanita, me agarra el aire por la nariz…” Darío otra vez.  En la puerta de su casa estaba la niña negra y “ ciudadanos, quién nos une en este instante, quién nos llama? Víctor Dgo. Silva, quién otro.

Continuos traslados de residencia en solitario, vale decir, sin mi familia, me hicieron ir perdiendo una y otra vez mis escasas pertenencias, pero yo tenía una excelente memoria donde mucho de ello quedó refugiado.

El día llegó en que no fue suficiente seguir leyendo, no, la lectura invita a entablar un diálogo con aquellos que tan generosamente nos regalan el producto de su pensamiento. Tomó tiempo, lo reconozco, pero Saramago empezó más tarde aún.

¡Qué puedo decirles? Lean, lean, lean. No podemos pasar por la vida perdiendo ese tesoro inagotable. Allí está la literatura británica completa, una colección de joyas: Dickens, Wilde, Waugh,  Austen, Christie, Barnes, McEwan,  todo Philip Pullman, Jk Rawlins, Susannah Clarke, Tolkien, Lewis. No hay dónde perderse.

Gogol, Chejov,  Dostoyesky, Dumas, Hesse;  me faltaría espacio para recordar  lo que no se pueden perder, y conste que el tiempo vuela. Lean clásicos, son más baratos y no hay dónde perderse. Sólo desconfíen de la prensa, cuando se lee, hay que hacerlo entre líneas, buscando el mensaje subliminal.  Por  mi vida lectora ha pasado de todo, incluso cosas que me prohibieron en su momento sin que  nunca haya  sufrido daño o menoscabo por eso, no hay mejor juez que uno mismo. Yo jamás les prohibí nada a mis 4 hijos, pero puse libros a su alcance.

 Lean de todo: historietas, revistas, novelas, poesía, historia. Homero es una larga sucesión de hechos gloriosos para los antiguos griegos, pero ¡qué prosa arrolladora, cómo envidio esa fuerza vital, esas magníficas construcciones de palabras!

En cuanto a la partitura, eso, del Hombre, es lo que más me hace creer en la existencia de un soplo divino. Si bien fue uno de esos monos desnudo el que empezó haciendo un tam tam en un tronco caído, el que sopló en una caña hueca, lo cierto es que Vivaldi, Haendel, Debussy, Saint Säens, Chopin, Brhams, Beethoven y todos ellos  me hacen pensar seriamente en que la música es lo más parecido a un regalo de Dios. En Chile  todavía sobrevive Radio Beethoven, 96.5 FM. Aprovéchenla,  y también está en internet. Lamento no haber aprendido a tocar un instrumento, cualquiera que no se soplara, no soy persona de soplidos. Mi instrumento era la voz, pero el asma acabó prematuramente con mi registro de soprano. De sólo pensar que hay tanta buena música que no alcanzaré a conocer tengo una sensación de pérdida irreparable.

Mi marido, lector por demás agudo, ha dedicado sus últimos años pre retiro a comprar libros, que en Chile son muy caros y no creo que sea sólo por el IVA. Se acumulan por todas partes, haciendo torrecitas por aquí y por allá, cada vez que acomodo uno dejo otro dando vueltas por allí. Se prepara para cuando la pensión no permita esos lujos de la misma manera que algunos tontos gastan su dinero en construirse  un búnker antiatómico. ¡Quién querría sobrevivir en un mundo arrasado por las bombas! Mejor leer y escuchar buena música. De cualquier tipo, folklore, selecta, progresiva. De todo, pero bueno, en estos asuntos hay que ser algo menos tolerante de lo que estamos siendo.

Unos días atrás tomábamos el té en compañía de nuestras hijas y mi nieto. Tony había estado canturreando “cucú le llamó, cucú le llamó” durante la tarde. Tuve, de pronto, una idea: cantémosle a Tony el Cucú a cuatro voces. Listos, comenzamos. Tony me escuchó empezar, luego se unió su mamá, Alida, sorprendiéndolo;  siguieron Miranda y Allegra, mi marido, Anthony. Sonaba magnífico, pero de pronto a Tony le brillaron los ojos y escondió la cabeza en el pecho de su tía. La emoción había sido demasiada.

Lo dije: la música es lo más cercano a Dios que muestra el Hombre. Y no confundir con la música que se canta en nuestras parroquias, no, please.

Por último, tanto amo los libros que mis hijas menores llevan, lo han visto, nombres relacionados con Shakespeare y Byron. Al haber cometido el error de cargarle mi nombre a la mayor no me quedó más remedio que construir posteriormente ese lazo. Oscura y sudaca, yo también soy literatura.

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BRUJA

Cerré la puerta de un golpe, eché el pestillo y me metí a la cama de un salto; temblaba como una hoja. De pronto la casa de las señoritas Pereira de Olivar me parecía terrorífica, las ramas que el viento movía afuera dibujaban cosas horrorosas en el cielo, el apagado sonido de la música ya no era alegre, sino melancólico, todo en la casa crujía y casi podía ver como  extraños seres salían de cada rincón para  recorrerla de puntillas.  Por todos lados se escuchaba el chirrido de puertas que se abrían tratando de no ser notadas. ¿Qué estaba pasando fuera de mi refugio?

Una de las gatas, quién sabe cuál de ellas, comenzó a gemir tristemente en el segundo piso. De pronto tuve la certeza de que se trataba de Lisi, su herida le estaba causando  dolor…pero, ¿y si en vez de Lisi fuera Lisístrata la que gemía? La había visto claramente, tenía una herida horrible en la pierna y no podía quitarme de la mente su deplorable aspecto. Repentinamente, una espantosa idea cruzó mi mente: ¡Ellas se transformaban en sus gatas, eso era, mis amigas viejas eran en verdad unas brujas, unos monstruos que me habían invitado con quién sabe qué funestos propósitos!

Los minutos comenzaban a eternizarse y a convertirse en horas que se arrastraban como caracoles  moribundos  dejando detrás, en vez de una huella plateada,  un terrible rastro de desconfianza. Decidí que, pasara lo que pasara,  no iba a dormir. Si lo hacía estaría indefensa ante cualquier maniobra malvada que pudieran intentar.

Lentamente, algunas invitadas comenzaban a despedirse, los ecos de la fiesta iban muriendo. En algún lugar de la casa, la gata continuaba lloriqueando tristemente y yo aguantaba el sueño con todas mis fuerzas. Debo decir que no era tan difícil,  el miedo me impedía dormir.

Cuando todo quedó en silencio, escuché pasos en el corredor que  se fueron aproximando lentamente hasta detenerse ante mi puerta. Aterrada, descubrí que la perilla de la puerta intentaba girar.

-Toni ¿duermes? –Era la voz de Penélope. Apagué la lámpara y me sumergí bajo la cubrecama.

-Buenas noches, Toni, que duermas bien – la escuché decir. Luego escuché sus pasos alejándose y subiendo la escalera.

Me quedé allí, muerta de miedo, prendí la luz otra vez porque no era capaz de estar en la oscuridad. Me quedé allí tratando de no pensar en todas esas cosas absurdas que había visto, hasta que sin darme cuenta pasé de la vigilia al sueño y tuve las peores pesadillas de mi vida. En ellas, una gata de ojos amarillos me perseguía por la parcela tratando de matarme en medio de unas tinieblas espesas que se podrían haber cortado con cuchillo. Y yo, que no podía saber por dónde andaba, terminaba cayendo a la piscina y ahí, ahogado, ¡flotaba el cuerpo de don Miguel!

Yo gritaba desesperada llamando a papá y entonces una mano agarraba la mía. ¡Alguien me iba a salvar al fin!, mas, cuando me acercaba hasta mi salvador, lo que veía era el rostro arrugado de Penélope, con una sonrisa  siniestra bailándole en los labios y un chispazo diabólico en sus ojos amarillos.

Toc, toc, toc.

Desperté bruscamente al escuchar los golpes y me senté despacio, tratando de que nadie se diera cuenta de mis movimientos. Descubrí que todavía llevaba el vestido de Alicia y comencé a sacarme el tonto disfraz velozmente, rabiando con los innumerables botones, cierres y broches. Los golpecitos en la puerta cesaron y yo todavía no era capaz de sacarme el vestido de Alicia en el País de las Maravillas. ¿Qué maravilla, no? Cualquiera querría pasar una noche tan maravillosa como la anterior.

-Toni, el desayuno está listo, te esperamos en la cocina –anunció Penélope.-, arriba, pronto llegarán tus padres.

Sus palabras terminaron de darme alas. ¡Papá venía a rescatarme al fin! Me quité las medias y los zapatos y me puse mi ropa. Ahora, de regreso en mi piel, mis jeans y mi polerón me sentía más segura, estaba usando un par de buenas zapatillas, algo viejitas, excelentes  para echar a correr de ser necesario y las hermanas, yo estaba segura de eso al menos, estaban demasiado viejas para alcanzarme.

Pero debajo de cada pensamiento de alivio se abría otro de horror: ¿Y si las que me perseguían eran las gatas? Ya sé que son tan viejas como sus amas, pero los animales son mucho más rápidos que nosotros, no me quedaría otra que buscar una escoba para defenderme. ¡Un momento, yo sabía dónde estaban, justo a la salida de la cocina había visto una la noche anterior! Si tenía que escapar por los jardines la pescaría y la usaría para defenderme.

Oh, no, no podía ser yo la que estaba pensando todas esas  tonteras. Penélope me había llamado a desayunar, ya era día claro, papá estaba por llegar. Me repetía una y otra vez que todo era nada más que mi imaginación, pero no tenía muy buena llegada conmigo misma, porque al segundo siguiente ni yo me creía.

Apenas estuve lista, fui hacia la puerta, corrí el pasador y la abrí lentamente, tratando de no hacer ruido. El pasillo estaba vacío y no se escuchaba nada en las cercanías.  De  la cocina,  sin embargo, llegaba sonido de platos y el escurrir del agua en el fregadero. Tomé mi bolso y salí paso a paso. Las ventanas de la sala estaban abiertas y una brisa fresca entraba desde los jardines; tal como el día anterior, los pájaros cantaban y algunos insectos madrugadores comenzaban a zumbar sobre los arriates de flores. Armándome de valor, entré en la cocina.

Gertrudis estaba bebiendo en una gran taza desayunera y Penélope lavaba algunos platos con sus manos enguantadas. Ni luces de Lisístrata. Ambas hermanas se dieron vuelta a mirarme y con una sonrisa acogedora me dieron los buenos días. El aroma del pan tostado y los huevos con jamón me asaltaron haciéndome descubrir que estaba muerta de hambre.

-Ven, Toni, ya te serví chocolate –dijo Penélope.

Comí despacio, me moría de hambre, pero estaba tan nerviosa que apenas podía tragar. Era un desayuno muy bueno; jugo de naranja, huevos, dulces surtidos y tostadas crujientes rebosantes de mantequilla. Hubiera querido decir que no quería y salir volando, pero mi barriga gruñía peor que la de Tito cuando espera sus pellets.

-¿Y Lisístrata? –Tenía qué preguntar, no podía seguir en la ignorancia.

-No sabes nada, Toni; anoche salió corriendo detrás de las gatas y se cayó en el jardín, se hizo un rasguño horrible y está toda adolorida. Además que su vestido quedó para la historia y era su disfraz favorito.

-Conseguir esas telas hoy es imposible, no quedará otra que mandarlo a reparar al Zurcidor Japonés-comentó Gertrudis con voz de ultratumba. Había olvidado cuánta importancia le dan a su vestimenta  las hermanas Pereira.

-¿Existe todavía? Lo dudo mucho. No importa, yo buscaré alguien que lo deje como nuevo- Penélope estaba muy seria.

En eso sonó el teléfono. Penélope salió a contestar y volvió  casi al instante.

-Han llegado tus padres, están esperando afuera, Toni. Les dije que en cuanto terminaras salíamos.

-Ya terminé, gracias –respondí. Y me paré de un salto, tomé mi mochila y salí de la cocina.  No quería quedarme un segundo más en esa casa. Ya sé que hasta ayer apenas pensaba que ellas eran mis mejores amigas, pero ahora no podía mirarlas a la cara sin pensar que me estaban engañando. Hasta olvidé despedirme de Gertrudis.

Papá y mamá aguardaban por mí en el gran portón de entrada. Los abracé y subí al utilitario de un salto, cerrando la puerta tras de mí.

-Antonia –dijo mamá-, no te has despedido de la señorita Penélope.

Debo haberla mirado con ojos suplicantes, de manera que la propia Penélope se acercó a la ventanilla y me hizo señas cariñosas, que correspondí lo mejor que pude. Lo único que quería era salir de ahí lo antes posible y no quedé tranquila hasta que  nuestro  fiel cacharrito empezó a dejar atrás las calles sombreadas por inmensos árboles. Sólo cuando alcanzamos las primeras  calles transitadas  me pude relajar.

-No hallaba las horas de volver a casa –suspiré.

Y mamá, sorprendida, se dio vuelta a verme.

-Antonia, qué es eso, parece que no lo hubieras pasado muy bien.

-Claro que no, mamá, todo estuvo bien, pero me asusté un poco. Después de todo, era la noche de Halloween.

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3 bed graves

El singular  episodio de Penélope marcó una nueva relación entre  las ancianas y yo. Después de lo que yo consideraba el pedido de socorro de Penny,   estaba decidida a derribar todas las barreras y misterios que me separaban de las ancianas. Poco a poco, me fui haciendo parte de las principales actividades. Siempre  estaba cerca para ayudarlas, les daba ideas para simplificar las cosas, cada  cierto tiempo volvía a la carga con la idea del computador y me ofrecía  para hacerse cargo de él como quién no quiere la cosa. Lisístrata casi sufría un infarto cuando se volvía sobre el tema: “¡Esas cosas tan raras,  nunca estaría ella tan loca como para eso!”

No me di por vencida y fui haciéndome cargo de nuevas tareas. Ahora era yo quién se encargaba de leer y seleccionar los obituarios e incluso recomendaba quién debía hacerse cargo de la visita funeraria de rigor. No era difícil, siempre he sido observadora y me gusta aplicar lo que veo y me parece mejor. Yo atendía el teléfono, yo anotaba los recados de los clientes, yo concertaba visitas y también era yo la que contrataba la camioneta que se encargaba de acarrear las compras. Si tenía tiempo, registraba algunos ingresos. Es que mis viejecillas eran demasiado desordenadas, uno podría extraviar cualquier cosa en su local, y por cualquier cosa léase un elefante o tres osos pandas…y atados por una cadena.

Pronto me había convertido en una persona indispensable para la vida de las Pereira de Olivar.  Mamá, como es lógico,  no dejaba de quejarse de lo abandonada que la tenía y yo corría entre el secado de la loza y los recados de la clientela de las Pereira de Olivar todo el día. No vamos a comparar entre los dos trabajos, a quién  no le carga lavar platos, pero no podía dejar botada a mamá. En todo caso, tener tantas cosas que hacer, me encantaba. ¡Nunca antes me había entretenido tanto! El día se me iba en un  abrir y cerrar de ojos.

Hasta que una tarde, encontré a las hermanas esperándome, muy serias.

-Tenemos que hablar, Antonia –anunció Lisístrata sentándose en su sillón  favorito. Su corpachón, envuelto en metros y metros de seda floreada, se desparramó sobre el mueble haciéndolo crujir dolorosamente. Yo, secretamente, estaba esperando el día que el pobre sillón de Lisístrata se derrumbara vencido para siempre por la media tonelada  que debía pesar  su dueña, pero el  mueble se negaba a darme esa satisfacción. Parezco muy mala, pero ¿no habría sido divertido acaso?

Detrás de ella, Gertrudis y Penélope se deslizaron silenciosas hasta sus sitiales. Las gatas, como noté de inmediato, brillaban por su ausencia. ¿Dónde se habrían metido?

-¿Recuerdas que nos ofreciste ayuda para hacer un inventario en computador? – preguntó Lisístrata.

-Claro. ¿Al fin se decidieron?

-Bueno, decidirnos, así como decidirnos –comenzó  Penélope.

-No. En realidad, es muy difícil aprender todas esas cosas –dijo Gertrudis.

-Pero yo podría ayudarlas –ofrecí una vez más.

-Pero nosotras no podemos aceptar eso, Toni querida. Sería un aprovechamiento terrible de nuestra parte.

Por supuesto, se me vino el alma a los pies. yo que había soñado tanto con tener un compu en el local, aunque fuera uno chiquito, para ayudar a las hermanas y de paso practicar las clases de computación. Pero claro, debía haberme dado cuenta de que era demasiado para unas damas tan viejas que parecen haber nacido antes de la invención de la rueda.

-No es tan difícil -suspiré decepcionada mientras me recostaba en una chaise longue desteñida,  que me encanta por lo cómoda y elegante.

-Claro que si tú aceptas un notebook de regalo nuestro, nosotras, a cambio, podríamos aceptar que te encargaras del inventario. Así como si fuera un proyecto estudiantil –continuó Penélope.

Me  senté de un salto. ¿Había escuchado lo que yo creía?

-¿Un notebook? ¿Para mí?

-Siempre que tú pudieras hacer lo del inventario – remató Gertrudis.

-¡Claro que sí, tendrán el mejor inventario del mundo! ¡Gracias, son maravillosas!

Me tiré encima de ellas a darles besos y abrazos, mis viejitas podían ser maravillosas a veces.

-No querida, somos unas viejas frescas, que nos hemos aprovechado de tu ayuda y seguiremos haciéndolo –dijo Lisístrata- , y somos tan viejas que de puro miedo a la palabra computador no habríamos hecho nada de no habernos dado cuenta de una serie de pérdidas de mercadería que hemos tenido últimamente.

-¿Pérdidas? Pero yo  puedo asegurarles que no tengo nada que ver con eso -empecé a decir, toda atolondrada ante la fea sospecha que podía caer sobre mi.

-¡Por supuesto que no, Antonia, fue ese sinvergüenza  de la camioneta, don Raúl, que se aprovechó de nuestra mala memoria y de que cada día estamos más despistadas.

Resultó que Penélope, sin que el dueño de la camioneta se diera cuenta, lo había seguido y espiado, descubriendo que el sobrino cara de comadreja era quien robaba  la mayor parte de las piezas pequeñas en tanto el sinvergüenza de don Raúl hacía desaparecer los muebles en el trayecto al galpón. ¡Bien les había dicho que debían llevar un inventario de compras y ventas! A pesar de todo,  casi no podía creerlo. ¡Era el colmo que don Raúl, después de tanto tiempo trabajando para las viejitas, saliera con algo tan feo!

-Fuimos las tres a enfrentarlo y pudimos recuperar lo que todavía no había vendido –dijo muy enojada Penélope mientras se abanicaba furiosamente con lo que yo pude ver era su maravilloso y bienamado abanico de marfil.

-¡Apareció el abanico! –exclamé.

-¿Me vas a creer que se lo iba a regalar a su polola? –saltó Penélope indignada.

-¡Qué bueno que lo recuperó!

-No fui yo, fue Penny, me lo trajo de regreso en su propio hociquito, es tan linda e inteligente mi gatita.

-Tendrán que buscar otra persona  para el transporte–dije- pero antes que nada haremos el inventario. Nadie más se aprovechará de ustedes mientras yo esté para ayudarlas. En todo caso, yo puedo ofrecerles la ayuda de papá, es cierto que el utilitario es pequeño, pero puede hacer dos viajes en vez de uno.

-¡Excelente idea, Toni –saltó Penélope-, tienes que hab lar ahora mismo con él!

-En realidad ya lo habíamos pensado cuando don Raúl apareció con ese sobrino tan mal encarado –acotó Lisístrata-, pero nos daba un poco de vergüenza pedirle el favor.

-¡Para nada, papá estará feliz por tener algo más de trabajo!

Las hermanas me miraron  emocionadas. Sin darse cuenta ellas mismas estaban cada día más encariñadas conmigo. Seguramente, pensando  que merecía el notebook y comprarían el mejor y más caro que encontraran. Aunque no les sirviera de nada, total a mí me gustaba. Pero ya era un comienzo

Esa misma tarde le conté a mamá, ella llamó a papá y él vino para conversar con Lisístrata. Esa noche festejamos su nuevo trabajo con hamburguesas y papas fritas, estaban deliciosas y lo pasamos muy bien.

-Las cosas están mejorando poco a poco –reflexionó mamá-, en buena hora me hice cargo de la cafetería.

-Tú también has sido parte importante, Antonia –dijo papá-, has hecho buena amistad con las señoritas Pereira y ellas lo valoraron.

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AmericanPainting

Una semana después ocurrió algo totalmente inesperado. Mientras  Penélope y Gertrudis atendían a unos extranjeros interesados en porcelana antigua, Lisístrata entró sin aliento y dijo con voz entrecortada:

-¡Esto es terrible, miren lo que trae el diario de la tarde!

Y ahí, en una extensa y vistosa nota, leímos un titular que nos dejó con la boca abierta:

ROBAN PINACOTECA DE FALLECIDO

COLECCIONISTA AVELLANEDA

¡Los clientes quedaron momentáneamente olvidados! Las tres anticuarias estaban espantadas por la noticia y, como buenas comerciantes, indignadas porque acababan de perder un gran negocio que ya veían casi cerrado. Gertrudis debió hacer un gran esfuerzo para atenderlos sin perder palabra de lo que sus hermanas comentaban y apenas se fueron, guardó el dinero en la caja fuerte y se unió al grupo.

Era lamentable, durante gran parte de la semana Gertrudis y Lisístrata habían conversado con doña Eduvigis,  la sobrina y heredera de Avellaneda y estaban a un tris de cerrar el trato por algunas de las pinturas más valiosas y gran cantidad de libros, porcelana y la platería completa.

-Lo que más lamento –se quejaba Lisístrata- es la pérdida del Valenzuela Llanos y esa estupenda pintura de Camilo Mori.

-¡Y el Rebolledo, además, te olvidas de esas acuarelas de Toral!

-¡Qué pérdida, Avellaneda amaba tanto esas pinturas. Y el precio era justo, podríamos habérselas ofrecido a cualquier coleccionista o museo importante y las habríamos vendido de inmediato!

-Hay algo muy extraño en esto –murmuró Penélope-, la que más se oponía a la venta era la hija de doña Eduvigis aquí aparece diciendo que ya no hay nada que hacer, que será imposible recuperar lo robado. Es como si no quisiera recuperar nada.

-¿Te parece sospechoso? Es cierto que tú siempre has tenido olfato para estas cosas –comentó Lisístrata.

-Creo que este es un trabajo para Penny – intervino Gertrudis.

-¿Por qué le dice Penny a su hermana? –pregunté.

Lisístrata y Penélope tosieron incómodas, pero Getrudis casi se atoró antes de responderme.

-Ay, pero qué curiosa. Así le decía yo cuando era pequeña.

-Ah, ya entiendo –acepté. Yo no hubiera tenido el menor interés en que me dijeran  Penélope o Lisístrata, es más, creo que habría hecho todo lo posible porque nadie se enterara de que me llamaba así.

Al rato, Penélope desapareció y junto con ella también se esfumó Penny por casi tres días. El  saqueo de la pinacoteca de Avellaneda era la noticia top del momento y todos la comentaban en la galería. Hasta mis padres, que se sentían más involucrados ahora que yo me había convertido en amiga de las hermanas, estaban pendientes de lo que aparecía en la prensa.

Así que no constituyó sorpresa que la mañana del cuarto día mi padre fuera el primero en entrar con el diario en la mano y casi sin aliento a darnos la noticia.

-¡Pillaron a los ladrones, la hija de doña Eduvigis les pasó la llave y les pagó para efectuar el robo!

Todos corrimos a la televisión a la espera de novedades. Y ahí estaban; la desvergonzada hija de la sobrina de Avellaneda  no se había conformado con recibir su parte a la muerte de su propia madre, de manera que había planeado todo con ayuda de su novio. Los artículos robados fueron devueltos, la madre retiró la denuncia y a la policía no le quedó más remedio que dejarla ir, pero el delito fue frustrado.

Cuando llegamos al Galpón,  lo primero que hice fue ir a ver a mis amigas. Estaban orgullosísimas, porque según ellas todo se había resuelto gracias a las investigaciones de Penélope.

-No puedo adjudicarme todos los ases –intervino Penélope-, no habría podido hacer nada sin Penny. Le colgué un micrófono del collar y ella, tan lista, se subió al auto de la sobrina ladrona y grabó las conversaciones que sostuvo con sus cómplices. ¡Hasta les dijo el lugar donde tenían que llevarle los artículos robados!

-La policía no podía creer que una anticuaria y su gata les estuvieran llevando esas pistas.

-Inmediatamente allanaron y recuperaron todo.

Pero Lisístrata estaba compungida por los resultados de la investigación de su hermana.

-Lo peor de todo es que a la pobre doña Eduvigis le dio un ataque que casi la instala en los obituarios del día de hoy, se ha salvado por un pelo.

-¡Y ella no tiene muchos! –se burló Penélope.

Todas reímos, en realidad doña Eduvigis aparenta tener más pelo del que posee gracias a una horrorosa peluca platinada. Gertrudis, orgullosa del éxito de su hermana continuó halagándola.

-Nada de esto habría sucedido si no fuera por nuestra pequeña. ¡No se le va una! La Policía se ha llevado todos los honores por resolver el caso, pero nada habrían hecho sin las grabaciones de Penélope.

-¡Siempre ha tenido olfato policial!-acotó Lisístrata. Penélope se esponjaba toda de pura satisfacción, mas bien por lo de pequeña que por lo del olfato policial. Que a uno le digan pequeña cuando frisa los ochenta es como demasiado para cualquiera, menos el afortunada(a)

Cierto que Penélope se la pasa leyendo novelas policiales, se muere por Agatha Christie y Conan Doyle, pero de ahí a haber resuelto el caso me parecía una exageración. En todo caso, mis amigas  están tan viejitas que pueden creer cualquier cosa.

Esa misma semana y apenas doña Gertrudis salió de la Clínica, se cerró el negocio entre la heredera de Avellaneda y Lisístrata. Don Raúl, el fletero que siempre ocupaban, descargó gran parte de las piezas en el local, pero no pude ver los cuadros, que habían sido guardados en una caja de seguridad. Me llamó la atención que don Raúl, que declaró haber estado muy enfermo, ya no conducía su camioneta. El chófer era su sobrino, un tipo flaco con cara de comadreja que andaba husmeando por todos lados. No me gustó para nada.

Toda la Galería supo de la participación de Penélope en la solución del caso, lo que la hizo repentinamente popular entre los locatarios y clientes. Muchos veían a preguntarle por los detalles y las ventas sufrieron un alza bastante notoria. Después de aquello, Penélope llegaba al Galpón envuelta en una nube de satisfacción.  Cuando no era sustituida por Penny, que parecía creerse tanto como su ama y era más consentida que nunca por las otras dos.

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gatos

Cierto que yo ayudaba  en tareas menores de la cafetería, pero eso no me quitó tiempo para ir estableciendo relaciones de amistad con las señoritas Pereira de Olivar. También allí me ganaba la simpatía de las propietarias sacudiendo el polvo de los muebles con un plumero alopécico o poniendo en orden las pilas de libros viejos que siempre estaban creciendo por los lugares más inesperados. Las señoritas no eran tacañas, me premiaban con barras de chocolate, bolsas de papas fritas y a menudo con alguna muñeca despeinada o un libro ilustrado. A mi me gustaba acompañarlas. Eran simpáticas, tranquilas hasta el bostezo y olían a perfumes antiguos, como violetas, rosas o jazmines. Aunque notoriamente anticuadas, las ancianas eran muy elegantes y llevaban trajes bien cortados, de terciopelo o seda, cuellos y puños  de encaje y coquetos prendedores  sobre el pecho. Yo  tenía claro que el ropero de las hermanas tenía más años que yo,  mi madre y mi abuela  juntas, pero estaba feliz de ver telas finas, joyas llenas de volutas y sombreros emplumados, tanto que le comenté a mamá que, cuando sea grande, me gustaría ser diseñadora de vestuario. ¡Amo la ropa y sueño con vestir elegante!

Gran parte del día las señoritas Pereira de Olivar lo pasaban peinando a sus gatas, a las que consentían  con los mejores bocados y  un espacio en los sillones más elegantes. Las gatas eran prácticamente reinas del local y disponían, incluso, de un viejo sillón de terciopelo raído donde afilar sus garras. Se paseaban ágilmente por arriba de los libreros y parecían tener poderes especiales; aparecían y desparecían cuando yo menos lo esperaba. Desde el primer día, me llamó la atención que, a pesar del evidente amor que se tenían,  nunca estuvieran todas juntas y un día le pregunté a Lisístrata:

-¿Y su gata, dónde está?

-Debe andar dando un paseo por ahí -respondió la anciana.

-¿Y no le da miedo el gato techero?

A la señorita Lisístrata casi le da un ataque. Habló airadamente en defensa de la reputación de su querida Lisi y se mostró ofendidísima porque me había atrevido a lanzar un comentario tan  insensible. Trágame tierra, pensaba yo.

Pero lo cierto fue que Lisi no apareció el resto de la tarde y eso lo pude saber  porque después de arrancar de la indignación de la gorda anticuaria arranqué a mil por hora y me pasé la tarde espiando a mis nuevas viejas  amigas desde la cafetería. La señorita Lisístrata, por su parte, se arrebató de tanta furia y pasó la tarde dormida en el sillón favorito de su gata. A mí, desde lejos, me parecía que ronroneaba.

Para evitar nuevos enojos,  no volví a preguntar por las gatas ausentes, lo que no quitaba que estuviera pendiente de sus idas y venidas. A veces desaparecía Penny, otras Gertie y en ocasiones cualquiera de ellas se esfumaba en compañía de alguna de las damas. Lo cierto era que ya estaba segura de algo: nunca se las podía ver a las seis juntas.

A medida que avanzaba el verano, me convertí en la lectora principal de obituarios. Si alguno parecía especialmente interesante debía marcarlos con un scripto rojo. Todo era interesante y misterioso y yo me sentía muy importante colaborando en una misión tan delicada.

La lectura se suspendía de inmediato con el ingreso de un cliente, especialmente,  si se trataba de una persona mayor. Cierto que los clientes de las anticuarias eran como sus artículos, tan viejos que parecían arrancados directamente de una pirámide. Algunos parecían centenarios, como el Sr. Avellaneda o don José de las Mercedes, o la señora viuda de Larrazabal.   Noté  también que las señoritas Pereira de Olivar consideraban de la mayor inconveniencia que sus  clientes importantes las sorprendieran con la página de obituarios en las manos. Yo no lo creía así,  hasta que un día descubrí la razón.

-…Comunicamos –leí- el triste fallecimiento de nuestro querido tío, hermano, primo, tío abuelo, etc, etc,  don Casiano Alonso Avellaneda de Artiagabeitía…

-¡Se nos fue Avellaneda! –dijo Penélope saltando con la agilidad de un gato  en su sillón tapizado de rojo.

-Y tú que apenas la semana pasada lo fuiste a ver – prosiguió Gertrudis.

Lisístrata las taladró con su mirada azul haciendo que se sentaran muy serias y contritas.

-Hace tiempo que estaba mal, el pobre –comentó luego.

La Srta. Penélope agarró su bolso y se marchó precipitadamente mientras decía:

-Tengo que  estar presente en ese velorio.

Yo recordaba perfectamente que el señor Avellaneda las había visitado un día de la semana pasada, vestido de punta en blanco con un traje de lino  y una camisa de listas rosadas. Era imposible olvidarse de su corbata de mariposa y su clavel en la solapa. ¡En toda mi vida nunca había visto algo así! Además, recordaba perfectamente que él estaba muy animado y antes de marcharse con el mejor florero de cristal de Bohemia en una mano, había estirado la otra para agarrar y besar la mano de Lisístrata,  recordándole que la estaría esperando al día siguiente.  Visitar a las señoritas Pereira era como estar en una película histórica y siempre con un ligero aroma a naftalina de fondo.

-Es cierto que se veía muy bien –comenté.

Las ancianas, muy apenadas, permanecieron en silencio sepulcral, que al rato interrumpieron para entablar una encendida discusión sobre un tema de vital importancia: quién de ellas se encargaría de visitar a los herederos.

-¡Alguien ha visto el  abanico de marfil que le compré a la Tilita? –preguntó Penélope. Escarbaba en un cajón echando todo al suelo sin dar con lo que necesitaba.

-No me digas que se perdió también –dijo, enojada, Gertrudis.

-Ya van siendo  demasiadas las cosas que se pierden, los duendes nos tienen de caseras –retrucó Lisístrata.

-Pues vamos a tener que hacer algo. Ese abanico lo compré hace  siglos, es mi regalón y no lo voy a dar por perdido –rabió Penélope, que ahora echaba todo dentro del cajón en el más perfecto desorden. Tenemos que arreglar esto, ya no podemos seguir con este problema.

Yo podría hacerles un inventario si tuvieran un computador –propuse-, usados salen baratos.

Hace tiempo que tomo clases en el cole y me encanta la computación. Además, si ellas tuvieran un PC yo podría practicar mientras les ayudo.

-Esos aparatos son como las armas, Toni querida –dijo Lisístrata, los carga el diablo.

-Nada de eso, todo es mucho más fácil con uno de ellos, mi profe de computación dice que son la mejor herramienta del mundo moderno – defendí mi idea lo mejor que pude, pero me sabía derrotada antes de empezar.

-No para nosotras, Antonia, lo importante es ordenar y buscar lo que se ha extraviado en el caos –dijo Penélope. No voy  a parar hasta que aparezca mi abanico.

Y se puso a dar vuelta el contenido del ropero con la luna cuarteada. Casi de inmediato se tocó la cabeza con las manos y se puso de pie saliendo a toda prisa del local.

La Srta Lisístrata intervino para  volver atrás la conversación. ¿Acaso nadie se acordaba del pobre Avellaneda? El pobre, todavía no lo habían sepultado y ya estaban olvidándolo por un computador. Lisístrata decía computador como si escupiera la palabra, parecía que hablaba de un monstruo mitológico o una serpiente venenosa. Debían recordar, añadió, que Avellaneda sólo había dejado una heredera: su ya anciana sobrina, Eduvigis.

Entretanto, la gata Penny había llegado y se subió al sofá. Gertrudis  cloqueó como gallina vieja de puro placer, sería estupendo hacer negocios con una dama.

-…Una dama viuda, con hijos codiciosos –especificó Gertrudis-. Avellaneda no podía soportarlos porque siempre le estaban enviando a su sobrina con intención de conseguir piezas de la   herencia por adelantado.

-¡Imperdonable, qué fea es la avaricia! –Comentó Lisístrata acariciando el lomo erizado de Penny, que había aparecido sin que yo me diera cuenta cómo. . Indignada por alguna razón que yo no podía entender, Penny  lanzó unos maullidos tan agudos que herían los oídos.

Y entonces, para mi sorpresa, la Srta. Gertrudis le palmeó el lomo afectuosamente y dijo.

-Claro, por supuesto, tienes toda la razón, querida.

Yo debo haberla mirado como quién se topa con un extraterrestre.

-¿Está hablando con Penny, Srta. Getrudis? -pregunté

La anciana me miró como si me viera por primera vez y luego, con expresión de disgusto, respondió:

-¿Acaso tú no hablas con tu perro, Antonia?

Había algo frío y metálico en su voz, de manera que yo, que estaba a punto de decir que no, por supuesto, preferí quedarme callada; sin duda fue lo mejor que pude haber hecho, porque se había hecho un silencio tan espeso como para ser cortado con cuchillo. Incluso Penny, como si hubiera entendido el punto, saltó al suelo y se puso a buscar un rincón para dormir la siesta en el ropero. Las cosas se relajaron al rato y media hora después, terminada la lectura de obituarios, la Srta. Gertrudis se marchó sin despedirse.

-Creo que es mejor que vayas a ver a tu madre, querida –recomendó Lisístrata.- parece que tiene mucho trabajo.

No era cierto, pero opté por obedecerla, era evidente que estaba sentida conmigo aunque yo no podía entender por qué. Ya en la cafetería, me instalé frente a la caja mientras mamá leía el diario. De pronto, sentí un roce sedoso en las piernas. ¡Era Penny, que se restregaba suavemente junto a mi!   La  acaricié y la subí sobre mis rodillas. Penny me miró con sus ojos amarillos, muy seria, como si también estuviese enojada conmigo, maullaba suavemente con los ojos clavados en los míos, después saltó al piso y se marchó.

-Sabes mamá. Creo que Penny quería decirme algo, estaba muy extraña –dije

-Creo que tienes que ver menos a esas viejitas, Antonia, si no, vas a terminar más rara que ellas, lo que es mucho – rió mamá.

-Qué pesada eres, mamá- yo estaba indignada, cómo se le ocurre decirme algo así.

Y  luego salí a dar una vuelta por la galería. No quería ver a  mamá burlándose de mis amigas viejas, pero tampoco quería pasar por el local de las ancianas. Necesitaba pensar en lo que había sucedido con Penny. ¿Qué era la que quería la minina? Estaba preocupada, eso era evidente, por algo había ido a buscarme. Algo muy serio debía estar sucediendo a las tres hermanas. Y tarde o temprano, yo iba a saberlo, porque desde ese día en adelante,  estaba decidida a comenzar una nueva etapa en mi relación con las hermanas Pereira de Olivar. Una etapa en la que todos los secretos deberían ser revelados. Porque la amistad es sinceridad ¿o no?

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persa

1

Les quiero  contar una historia muy rara

 

Este año que acaba de terminar debe haber sido el más raro de mi vida. No es que yo haya tenido muchos años raros, ni siquiera he tenido muchos años, acabo de cumplir doce, me llamo Antonia Gutiérrez, me gustan las cosas lindas, ir de paseo al San Cristóbal y tomar helados. Mi  actor favorito es Daniel Radcliffe  y mi película favorita,  todas las de Harry Potter. También me gusta la computación y sin duda me gustaría más si tuviera ocasión de practicarla, pero no tenemos PC en casa y aunque me encantan las clases que tomo en el colegio, es muy poco el tiempo que puedo dedicarle. Somos más de quince alumnos  para cinco monitores, así que ya pueden imaginarse cómo es eso.

Lo peor de mi vida no es que no tengamos muy buena situación económica, de ninguna manera. Mis padres son un siete y entiendo perfectamente que no todos en la vida pueden tener todo lo que quieren. No.  Lo peor es que soy hija única, lo que significa que mamá me cuida como si fuera su pasaporte al cielo y no me deja salir ni a la esquina si no estoy acompañada de tres guardias armados, media docena de escapularios y una procesión  de beatas que rueguen por mí. Lo peor de mi vida es que mi colegio no es mixto –ah, no lo sabían, todavía existen y mamá debe tener el listado completo de ellos en algún lugar conocido sólo por ella-, lo que significa que sólo voy a conocer chicos cuando vaya a la universidad; lo peor es que no estoy autorizada para salir sola, ni para abrir la puerta de casa cuando alguien se cuelga del timbre y que apenas suena el teléfono,  levanto el auricular y digo “Aló”, mamá levanta el otro y  dice:

-¿Es para mí?

Y bueno, por lo general sí es para ella o papá; las chicas de mi curso  deben encontrarme aburridísima porque no tengo permiso para ir a ninguna parte, de manera que sólo me llaman cuando necesitan ayuda con las tareas. Porque sí, debo reconocerlo, soy la mejor alumna del curso.

No importa, ya cumplí doce años. Al paso que voy, en apenas seis estaré entrando a la universidad –tengo muy buenas notas y espero mantenerlas en media- y allí, cuando sea mayor de ed

2

La galería de los anticuarios

-Ese la galería de los Anticuarios –dijo mamá.

¡Qué decepción, era una bodega vieja, que se levantaba gris y deslustrada en una esquina poco concurrida del sector antiguo de la ciudad. Mamá se estacionó  cerca, bajamos,  y, abriendo la puerta trasera  comenzábamos a bajar del utilitario las bolsas con alimentos que había preparado desde  que abriera el día.

Moría de curiosidad de manera que me puse a examinar todo el lugar. Hacía unos meses que mamá se había hecho cargo de la cafetería del lugar y  desde entonces se levantaba  antes de que saliera el sol, y partía a la Vega a comprar  mercadería en cantidades cada vez mayores. Al parecer el negocio marchaba, lo que tenía a mamá cada vez más satisfecha.  El nuevo proyecto económico de la familia nos estaba sacando de aprietos económicos y pequeñas comodidades nos sorprenden cada día. Mamá había comprado algunas prendas de vestir nuevas para todos –por suerte, todo me estaba quedando chico y me veía ridícula-, un gran refrigerador flamante atiborrado de carne para los hambrientos clientes de la cafetería,  un LCD en el que papá puede  ver los partidos de su equipo favorito –  y el utilitario, por supuesto. Un furgoncito chino salpicado de rayas y  una que otra abolladura que mamá cargaba hasta que apenas podía moverse.

Ayudadas por un carrito que se adivinaba apenas bajo una torre de lechugas, tomates, pan y frutas diversas, madre e hija se internaron por los pasillos dla galería.

Yo, que iba por primera vez, estaba asombrada, me sentía empequeñecida entre esos locales atiborrados de mesas deslucidas, roperos con la luna del espejo desteñida, cómodas desportilladas, sillas con el tapiz sucio e hilachento, sillones con los resortes asomando a la superficie, teteras saltadas, floreros trizados,  cajitas diversas, muñecas de ojos muertos y rulos despeinados, pinturas  enmarcadas en molduras que alguna vez fueron doradas y ahora estaban oscurecidas por el tiempo y la suciedad.

La mañana se fue en un soplo. Mientras mama cocinaba y atendía a la numerosa clientela, yo iba de un lado a otro acarreando bebidas y vasos, servilletas y sándwiches que chorreaban mayonesa y palta. ¡Cómo trabajaba mamá! Ahora podía entender porque llegaba a casa tan cansada y se quedaba a veces dormida sobre el sofá. Sin embargo,  no se quejaba  y a todos los hambrientos comensales les entregaba además una linda sonrisa que se veía recompensada por el sonido de las monedas que caían en un cajoncillo destinado a las propinas. Toda la mañana personas  de todos los tipos imaginables se sentaron a las mesas y se marcharon satisfechas dejando atrás una pirámide de platos sucios que mamá apenas si tenía tiempo de lavar antes de que llegaran nuevos clientes. Yo  secaba y guardaba el servicio en su lugar y lavaba los vasos.

A la una, mamá me sirvió  el almuerzo, que  devoré con el mismo entusiasmo que los parroquianos, al parecer, tanto trabajo me había abierto el apetito y además estaba riquísimo. Eran casi las tres de la tarde cuando el movimiento  comenzó a disminuir. mamá se sentó delante de un plato de cazuela humeante y apenas si lo terminó antes de correr a atender a una gorda dama que ordenó el almuerzo completo, postre y una agüita caliente –para no engordar- cuando ya no quedaban sino las migas de tres marraquetas crujientes con las que había empujado todo.  Mamá  cobró satisfecha y sin mirarme, preguntó:

-¿Te gustaría ir a conocer la galería?

Y por supuesto, antes que ella respondiera me enumeró todas las precauciones que debía adoptar: nada de conversar con extraños, no alejarse de los lugares abiertos y ser educada con los mayores, además de una larga retahíla de  consejos que  ya tengo bien conocido, he sido su hija por doce años.

Fui  por los pasillos dla galería observándolo todo. En general, la mayor parte de los anticuarios vendía muebles, pero estaba claro que algunos eran más finos, procedentes de antiguas y lujosas mansiones. Unos  se especializaban en cosas pequeñas, como porcelana y cristales, otros estaban saturados de libros amarillentos que los clientes hojeaban y revisaban por todos lados. Otros, de medios más restringidos, arrumbaban muebles desportillados en torres de precario equilibrio y los había también especializados en estampillas, trenes eléctricos, mekanos y juguetes a cuerda que tamborileaban monótonos sobre las mesas. Lo que más me asombró que todo, absolutamente todo estaba cubierto de una espesa capa de polvo, fino y gris, que le daba al lugar un aspecto velado, misterioso, como sacado de una película de miedo. No me hubiera atrevido a tocar nada.

-¿Qué busca la nueva ayudante de la cafetería?

Una anciana alta y maciza era la que me hablaba. Su enorme corpachón estaba envuelto en un vestido de terciopelo floreado que le llegaba hasta los tobillos y sus dos pies rechonchos se embutían en un par de tacones de charol rematados en una roseta aparatosa de la que parecía que iban a rebalsar en cualquier momento. Sin darme cuenta, yo había regresado hasta el pasillo que remataba en la cafetería, desde allí había podido ver este local, pero no le había prestado atención. Ahora me daba cuenta de que las propietarias eran dos ancianas, una de ellas, la que acababa de hablarme, la otra, que vestía de negro riguroso, era,  por el contrario, flaca y apergaminada, un poquitín jorobada y con la cabeza cubierta por un moño plateado. Las dos tenían sus ojillos  azules, acuosos y cegatones, fijos en mí.

¿Y, qué te ha parecido la galería de los anticuarios? –volvió a preguntar la dama gorda.

-Es muy grande – respondí.

-¿Y eso es todo lo que has percibido? –preguntó la viejecilla flaca con voz cascada.

Iba a decir que no,  pero una serpentina suave y peluda se cruzó delante de mi nariz haciéndome estornudar. Se trataba de una gata gris, tan gorda y vieja como la dama del vestido de terciopelo, que se había plantado delante de ella encima de una mesa. Encantado con mi visita, el gato se restregó contra mi pidiendo caricias que  entregué de inmediato, nunca he podido resistirme a un animalito regalón.

-¡Qué bonita! ¿Cómo se llama?

-Esa es Penélope, porque pertenece a nuestra hermana menor que lleva ese mismo nombre. Cierto que es muy bonita. ¿Te gustan los gatos?

-Me encantan, mi abuela tiene uno que se llama Jacinto y es como el rey de la casa.

-Tu abuela es con seguridad una dama inteligente.  A los gatos hay que tratarlos muy bien y ella lo sabe.

-Yo tengo un perro… –comencé a decir.

Apenas escuchó eso,  a la anciana flaca casi le da un ataque. Se atoró, se tuvo que echar aire  con un  elegante abanico que sacó de entre sus ropas y luego se largó en una larga perorata anti perruna. Según ella, los perros eran peligrosos, sucios, tragones, pulguientos, sobreestimados, falsos, vulgares y feroces. Es más, tan sólo hacía una semana uno de ellos había tratado de morder a Gertie, su pobre gatita, una dulzura, tan delicada y viejecita que apenas había logrado esconderse en un velador antes de ser rescatada por el guardia.

Cierto que mi perro  era tragón, pero yo no concordé para nada con el discurso de la anciana, aunque me lo guardé muy calladita. A mi me gustan mucho los perros y si bien también quiero a los gatos –Jacinto se había encargado de que yo los apreciara- no es menos cierto que me causan  alergia y me hacen lagrimear, cosa que la bonita Penélope ya estaba logrando, pues mis ojos estaban comenzando a arder.

-¿Usted también tiene un gato? –pregunté diplomáticamente a la  anciana gorda.

-Claro, mi adorada Lisi –respondió ella.

-¿Y usted  también se llama así? –quise saber.

-Por supuesto, esa soy yo, Lisístrata Pereira de Olivar – comenzó la señora gorda- y esta es mi hermana Gertrudis. Pronto conocerás a Penélope, tuvo que visitar a unos clientes.

Por el momento, la gata Penélope estaba muy presente. Ahora se había parado en sus patas traseras y me rasguñaba el pecho suavemente o me restregaba el fino hociquillo sonrosado contra la barriga. Era realmente tierna y encantadora.

-Es muy amorosa –comenté.

-Sí, se parece a  Penélope. ¿Sabías tú que los animales adquieren poco a poco características del carácter de sus amos?

Pensándolo bien, yo no compartía esa afirmación. Cierto que Tito, mi perro, era remolón como yo, pero también lo son   todos los otros perros y jamás he  visto en él, por fortuna, ninguna similitud entre mi y mi mascota. ¡Me moriría de vergüenza si me hubieran encontrado parecida a ese chascón con aliento a bacalao podrido! Otra vez, sin embargo, me quedó callada y no rebatí a la anciana. Mamá siempre me dijo que a los mayores hay que respetarlos y además, la experiencia con mi abuela me ha enseñado que no es fácil hacerles cambiar de opinión.

-Esta es una jovencita muy educada –dijo Gertrudis-, no lograrás meterla en una polémica.

Y se puso a buscar entre los muebles algo que no aparecía por ninguna pare.

-¿Dónde metiste el diario, Lisístrata?  Todavía no he podido revisar los obituarios.

-Ya lo hice yo, querida. Dejé una lista en mi cuaderno azul.

-Debo leerlos personalmente, a ti siempre se te saltan los casos más interesantes.

-Está en el cajón del escritorio inglés, no, no ese, el de cortina.-explicó Lisístrata.

Finalmente, la ancianilla encontró el diario, se acomodó en un sillón y se puso a revisar lo que tanto le interesaba.

-¿Qué son los obituarios? – le pregunté a doña Lisístrata.

-¿Cómo, no lo sabes? Son los avisos de defunción, querida. En ellos los deudos comunican el fallecimiento de sus familiares.

¿Y por eso ustedes los leen? –quise saber.

-Querida, los obituarios son muy importantes. Nuestros mejores proveedores terminan algún día nombrados en un breve aviso de defunción. Ahí es cuando nos hacemos de las cosas que no  han querido vender cuando todavía estaban vivos. Mira…-invitó. Este caballero, por ejemplo, nos vendió algunas cosas muy buenas a precios excelentes, pero  tenía en gran estima su biblioteca, y nunca la quiso desarmar. Ahora es el momento, estoy segura de que a sus hijos no les interesan para nada sus libros. Mañana mismo nuestra Penélope deberá hacerles una visita. Ella se especializa en bibliotecas.

-¿Ah no, esos pesados, por qué debiera ser yo la que se encargue de ellos? Esta vez te toca a ti, Lisístrata.

La mujer que hablaba había aparecido silenciosamente detrás de mí. Me  di vuelta a mirarla y con sorpresa para ella no pudo sino darle la razón a doña Lisístrata: la señorita Penélope y su gata del mismo nombre eran casi idénticas: cabello gris, ojos amarillentos, piel blanca y delicadamente arrugada. Se deslizaba por el local con la misma gracia y ligereza de la  gata que…a propósito…¿Dónde estaba la gata Penelópe?

-¿Y mi Penny? –preguntó doña Penélope como si pudiera leer su mente.

-Debe andar por allí coqueteando con ese gato del librero –respondió hosca Lisístrata.

-Debo irme, señora –comencé a decir.

¡Señorita, querida! Mis hermanas y yo  somos señoritas y también lo son nuestras gatas –esta vez era Penélope quién hablaba – y por supuesto que mi Penny no  coquetea con ese gato techero. Faltaba más.

-Mi mamá me está llamando –dije, porque la había visto volverse loca haciéndome señas desde la cafetería. También quería arrancar, no me gusta que casi me coman por la palabra señorita

-Muy bien, pero no te pierdas querida.  No soporto a los niños, que andan jugando a la pelota  hasta por encima del piano, pero tú eres una niña muy bien educada. A nuestras gatas les gustan mucho las niñas como tú.

-Veré si mamá me da permiso para volver –contesté halagada-. Hasta pronto.

Mientras  caminaba de regreso a la cafetería,  supe que volvería a verlas apenas pudiera. Qué locas ancianas, nunca antes había conocido alguien así. ¡Y aunque parecía una locura, me encantaban!

-¿Qué te decían las viejitas? –Preguntó mamá apenas me metí detrás del mostrador.

-Un montón de cosas, mamá. De gatos y  de obituarios. Me invitaron a visitarlas porque soy muy educada.

-Ah, eso está muy bien, pero no te pongas a intrusear en  sus cosas, podrían molestarse. ¿Obituarios? A quién se le ocurre hablar de obituarios con una niña- comentó mientras secaba los vasos- . Y tú Antonia –agregó-, encárgate del servicio.  No he tenido un minuto para descansar.

ad, podré tomar el mando de mi vida sin que mamá sufra un soponcio fatal. Al menos, eso espero, no creo que vaya a ser tan exagerada como para querer seguir  sobreprotegiéndome a esas alturas.

Este fue el año más extraño de mi vida. Más extraño que yo misma: el año en que intervinieron mi vida, para volcarla de cabeza,  tres gatas viejas.

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Viernes, 10 am, para qué les cuento lo que costó llegar al Jardín Infantil Semillitas del Futuro, que está escondido entre los vericuetos de Renca, casi justo bajo la protección de la cruz.

Nos  recibe la directora, la tía Mónica Negrete, que nos invita a recorrer su segunda casa, el jardín.  Todo en el Jardín brilla como espejo, los pisos relucen, los niños tienen sus caritas  sonrientes y  hacen gracias a  las visitantes.

He llegado hasta aquí a conocer como son por dentro los jardines de la Junji -Junta Nacional de Jardines Infantiles-.

Muchos chilenos viven cada día los beneficios de contar con la Junji, pero muchos más somos los que ignoramos el esfuerzo que se oculta tras los muros de los jardines infantiles. No sabemos que las tías enseñan, cuidan, educan, miman y preparan a miles de pequeñines, desde los tres meses de edad, para que su futuro sea mejor.

Semillitas del futuro tuvo un sueño, lo convirtió en una meta y se  denominó también El Jardín de la Ciencia. Todas las tías y hasta el último eslabón de la cadena laboral están dedicados a  ese  plan,  y no están solos, cuentan con el apoyo de los padres de sus pequeños  alumnos. Entre todos han elaborado preciosos murales que  entregan diferentes conocimientos en forma gráfica y muy atractiva. Manos hábiles han hecho figuras, han pintado, han armado casitas, han tejido, han llenado  frasquitos de olores y sabores. Todo para que los niños aprendan.

Las mismas tías trabajan un huerto, organizan juegos y ejercicios, leen cuentos  a pequeñines que recién se asoman a la magia de los libros. Los  chiquitines escuchan atentamente, parece que ya se dieran cuenta de todo el valioso esfuerzo que se está haciendo por ellos.  El jardín está tan bien dotado que me sorprende. La tía Mónica me cuenta que en el amoblado, igual que en los murales, colaboran los apoderados. ¡Qué mejor manera de lograr  los sueños que sumar todas las manos para construírlos!

Entusiasmadas con incentivar el conocimiento científico, las tías fueron al  MIM en busca de ideas y llegaron llenas de ideas que querían poner en marcha de inmediato.  Por aquí y por allá  pidieron recursos. Con lo que se obtuvo, se armaron dos juegos didácticos en torno a la ciencia en el patio.  Dos meses les duró la alegría. El mismo tiempo que le tomó a los inútiles que se entretienen  destruyendo el patio los fines de semana destrozarlos. Pero no se dan por vencidas, ahora las tías quieren materiales más resistentes,  juegos desmontables. Todo lo que ayude a  que cada día, los juegos estén disponibles para los niños que asisten al jardín. Espero que lo logren, pocas veces he visto tanto  afán, tanto corazón, puesto en un recinto público. Vayan mis felicitaciones para tía Mónica, tía Fabiola, tía Adriana, tía Marcela, tía Tania y todas y cada una de las personas que nos recibieron tan cálidamente, que nos abrieron el apetito con el sabroso olor del almuerzo, que nos permitieron acompañarlas para sentirnos orgullosas de estas mujeres  extraordinarias, de estas chilenas que aportan mucho más que un grano de arena  para el futuro de todos.

Ahora las tías están encaminando a los niños en el amor por la lectura. Un paso más  para abrir sus cabecitas al mundo que los rodea. ¡Qué ganas de ser mago y revolotear mi varita para  que los juegos  aparezcan en el patio, para que la biblioteca  se triplique, para que ningún niño de Chile se pierda cosas tan lindas como  las que vi hoy!

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