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Por Alida Mayne-Nicholls

La agente Marla se había enfrentado a casos muy difíciles desde que se había graduado de investigadora. Ese evento le había cambiado la vida, como ella siempre había querido. Ahora se encontraba a pocos días de celebrar su primer aniversario como agente, pero estaba tan ocupada con un nuevo caso que no había tenido tiempo siquiera de pensar en cómo iba a conmemorarlo.

“Ya habrá tiempo de pensar en aniversarios”, se había dicho a sí misma durante algunas mañanas, con tanto convencimiento que prácticamente lo había olvidado. Su madre, que seguía siendo una gallina ponedora de gran renombre en la granja, había realizado esfuerzos infructuosos por conseguir la atención de Marla. Y no necesitaba mucho: un listado de sus amigos y la confirmación del día y hora de la fiesta. Ella se encargaría de todo lo demás, desde las decoraciones a la comida. Pero cada vez que trataba de hablar con Marla, ella andaba recorriendo la granja con su lupa, o revisando pistas en el microscopio, o metiendo en bolsitas de plástico las evidencias que encontraba.

Ni siquiera cuando Marla atrapó al ladrón de los guisantes las cosas cambiaron. Estaba demasiado ocupada en revisar por tercera vez la evidencia, para que en el juicio no se cometiera ningún error que pudiera dejar libre al ladrón.

Cuando terminó el juicio –en el cual hubo una inapelable sentencia de “culpable”-, la agente Marla tampoco se dio el tiempo de atender los llamados cluecos de su madre. Ya el mayor Tricho le había hecho llegar una nueva asignación. El caso se veía complicado, de hecho, le parecía que podía tratarse de varios misterios condensados en uno solo, debido a que había habido robos de las más diversas especies, algunos tomados de la mismísima despensa de la casa grande: harina, aceite, papeles de colores, frutillas… Y la lista seguía ampliándose con el correr ¡de las horas!

La agente Marla comprendió rápidamente que no podía perder tiempo en esta asignación, porque el ladrón –aunque posiblemente se trataba de toda una pandilla- actuaba a cualquier hora del día. En algunas ocasiones se denunciaban robos apenas minutos después de que la agente Marla hubiera abandonado la escena del crimen. No podía entender cómo un grupo tan sigiloso de seres la estaba sacando de sus casillas, a ella, que siempre se dejaba guiar por su intelecto.

El principal inconveniente era que el o los ladrones eran muy cuidadosos. La mayor parte de las veces no conseguía ninguna pista, nada, ni siquiera la huella parcial de una pata de gallo. Al principio le había sorprendido la sagacidad de los ladrones, luego la sorpresa se había convertido en desazón. Había llegado a tal extremo su pesar, que temía que no podría resolver el caso. ¿Y qué pasaría entonces con su reputación? Después de todo, la agente Marla tenía un registro impecable y en su hoja de vida sólo había reconocimientos y felicitaciones. No podía manchar eso con un “caso no resuelto”.

Tenía ya una gran colección de robos relacionados con el caso y tan poca evidencia, que pensó que lo apropiado sería no seguir dejando sus propias patas marcadas en el suelo de tanto andar, y encerrarse en su cuarto a pensar. Si el ladrón era tan inteligente, entonces necesitaría pensar con más claridad que nunca para descubrirlo. Aunque no tenía muchas pistas, tal vez podría llegar a pensar como él y si lo pillaba con las manos en la masa, eso contaría para cualquier jurado.

La agente Marla cerró con llave su cuarto y se sentó en un pequeño taburete, mirando hacia la pared. Era como si su madre la hubiera castigado, pero lo cierto es que no quería interrupción ni distracción alguna. Se apoyó en sus rodillitas y se puso a pensar, pensar y pensar. Su mente no se detuvo y, de pronto, se dio cuenta. Se llegó a caer de espaldas de la impresión, dejando que algunas de sus plumitas se desprendieran y volaran por los aires. Muy compuesta se levantó, arregló su plumaje y abrió la puerta.

Claro que había una pista. En todas las escenas del crimen había visto lo mismo. No le había dado importancia, no lo había relacionado con el ladrón, porque la marca aparecía antes del robo. ¡Los lugares que iban a ser asaltados eran marcados antes! Y ella había visto esa marca aparecer en un nuevo lugar. Si se apuraba llegaría antes que los ladrones hubieran partido y los esposaría en el acto.

Se acercó hasta el gallinero, y notó más movimiento del que ya tenía un gallinero lleno de gallinas ponedoras. Pensó que los ladrones ya estaban adentro, así que corrió, derribó la puerta y ¡los sorprendió en el acto! O más bien, la sorprendieron a ella en el acto. Porque al echar abajo la puerta, se dio cuenta de que no había ladrones, sino una fiesta para celebrar su primer año como agente. Su madre lo había planeado todo con el mayor Tricho, sabiendo que lo único que podría llamar la atención de Marla era un caso de difícil resolución. Así que la agente Marla olvidó el caso –“aunque de todas maneras lo resolví”, pensaba ella- y se dedicó a celebrar con sus amigos.

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181486931_b360f7dc3fOficialmente, ningún funcionario del Creador o La Naturaleza ha reconocido  su responsabilidad en el asunto; además, los Babuinos son sumamente desmemoriados, de manera que nadie recuerda  quién fue el desconsiderado que les hizo probar la goma de mascar de fresa por  primera vez.

-Esto es algo que el Hombre ideará por allá por el siglo XX –dijo el culpable-,  me parece muy rica…¿Quieren probarla?

Nada más probarla los Babuinos, una terrible adicción a la goma de mascar de fresa  corrió entre ellos como un reguero de pólvora. Donde uno mirase, allí había un babuino comiendo goma de mascar de fresa. Para  qué contarles las proezas que hacían para conseguirla, considerando que todavía no se había inventado.

Al principio fue divertido.  Nadie que masque goma de mascar  podrá evitar verse un poco ridículo y si  uno tiene los colmillos del tamaño de los de  un Babuino,  ya pueden imaginar la escena. Hilarante, eso dijeron  de ellos los Leones y en menos que canta un gallo,  eran la comidilla de toda la fauna africana.

Los Babuinos son animales muy sociables, pero su vida social se reduce estrictamente a…los demás Babuinos. Por esa razón, tardaron bastante en hacerse cargo de  que los demás animales los consideraban ridículos y aún después de que todos se reían de ellos,  a decir verdad, les importó bien poco. ¡Es que las gomas de mascar de fresa  compensaban  cualquier mal rato, tan deliciosas como eran!

De modo que iban por allí  haciendo  globos color rosa y encontrando muy divertido cuando estos se reventaban y quedaban adheridos a su nariz, sus orejas, el árbol más cercano o algún desdichado animal que tuviese la mala suerte de ir pasando en ese mismo momento.  No había quien no estuviese  furioso con ellos, pero los Babuinos arrojaban su  goma de mascar ya sin sabor al suelo y sacaban otra que empezaban a masticar de inmediato. 

Cuando adquirieron esta pésima costumbre (porque antes tenían otra igual de mala, pegarlos a las rocas o los troncos de los árboles) el malestar  de la fauna salvaje alcanzó ribetes insospechados: ¿Cómo podía  León  conservar su majestuosidad con la  melena  pegoteada? ¿Qué gracia  tenía el caminar de la Jirafa cuando  una  pata  pegajosa la forzaba a cojear? ¿Cómo podía una Gacela conservar su vida cuando, apenas  ponía patas en polvorosa,  pisaba una goma de mascar y se iba de bruces  delante de las Hienas o los Licaones?

Y ya saben como es la burocracia: tanto El Creador como La Naturaleza estaban conscientes del problema, pero  ninguno quería resolverlo para no ser acusado de ser el causante del problema.

Lo peor es que, en esos tiempos primigenios, los Babuinos vivían en los mejores terrenos de la sabana y ocupaban los mejores bosques de acacias.  La contaminación por goma de mascar de fresa amenazaba con la destrucción del hábitat y ponía en jaque la industria turística. ¿Quién querría pasear  por  el Ngorongoro a riesgo de pisar, o peor aún, sentarse, en una goma blanducha y ennegrecida por el sol?

Toda clase de quejas se presentaron en las respectivas oficinas de partes, sin embargo,conscientes de lo  demorosas que suelen ser estas apelaciones,  los animales salvajes prefirieron esperar con calma. Ya llegaría tiempo, en un par de millones de años, de recibir la anhelada solución.

Entretanto, la vida en la selva seguía su curso normal. Aparecían nuevas especies, los antepasados del Hombre se paseaban por las canteras de Olduvai y a las sequías les sobrevenían  copiosas lluvias.  Los Babuinos incluso tenían ahora  nuevos sistemas para conseguir su bocado favorito, de manera que la mitad de África estaba cubierta de  goma de mascar pegajosa a la espera de nuevas víctimas.

Por desgracia, ese año los aguaceros que sucedieron a la sequía fueron tan abundantes que numerosos animales murieron ahogados. Consciente del error y preocupado por  los estragos, El Creador  decidió ver la situación con sus propios ojos. 

Todo un día recorrió la zona, llegando a la conclusión de que los reportes eran un tanto exagerados,  las aguas estaban alcanzando niveles normales y todos estaban felices porque las nuevas pasturas proporcionaban  comida a todas las especies,  engordando a la vez las presas de los carnívoros.

Sucedió  que, cansado de tanta caminata, El Creador tuvo la  mala idea de sentarse a descansar bajo la sombra de unos árboles; corría una deliciosa brisa y aprovechó de  descabezar una siesta.

 Cuando fue a levantarse,  descubrió sorprendido que estaba pegado  al suelo. ¡Se había  dormido sobre un botadero de goma de mascar!

Tratando de quitársela de su mejor  túnica, terminó por esparcirla en sus sandalias y su báculo y, como si fuera poco,  en  la larga cabellera de la que siempre ha  estado tan orgulloso (si no me creen, vean la Capilla Sixtina)

  Para qué les digo el trabajo que tuvieron allá arriba tratando de dejarlo presentable otra vez. Lástima que parte de su pelo debió ser cortado, porque no hubo manera de quitar la goma de mascar. Ya de regreso en sus funciones, El Creador ni siquiera alcanzó a redactar un decreto, estaba tan furioso que lanzó su condena  con un vozarrón que se escuchó en todas las esquinas del universo conocido:

-¡PARA QUE NUNCA OLVIDEN LAS CONSECUENCIAS DE SU DESACATO Y FALTA DE CONSIDERACION, LOS CONDENO A LLEVAR  LA GOMA DE MASCAR EN SUS TRASEROS HASTA EL FIN DE LOS DIAS! – explotó.

Inmediatamente, los traseros de los Babuinos comenzaron a crecer y a tomar un  vistoso color fucsia, adquiriendo la apariencia de una gran goma de mascar húmeda,  pegoteada e inflada.

Lo que al principio fue una tragedia, se vio aminorado por el hecho de que las hembras  lo consideraron muy atractivo y comenzaron a elegir a sus parejas  en razón de lo muy rosada y vistosa que tenía su zona posterior.  Eso les sirvió de consuelo a los machos, pero  tanto rieron los animales salvajes a costa de ellos, que terminaron por mudarse a los más empinados roqueríos y allí, lejos de los demás, se olvidaron totalmente de la goma de mascar de fresa. Ni siquiera  quieren oír hablar de ella.

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116521611_00f2d8507cDesde los primeros tiempos de su existencia, los hipocampos  mostraron una veta romántica que no los abandonaría jamás.

Al comienzo, ese romanticismo se traducía en una serie interminable de amoríos. Los  machos de la especie eran unos  rompecorazones e iban por  los mares de Dios enamorando  a sus pequeñas congéneres  como si el mundo se fuera a acabar al día siguiente. Las chicas sufrían en silencio  su vocación de Casanovas y criaban a sus pequeñuelos sin una queja…pero solas.  Valientemente, ellas salían adelante, pero las crías resultaban cada día más rebeldes y no pocas veces, tomaban el mal camino causándoles muchos sufrimientos a sus madres.

Pero un día cualquiera, en el comienzo de los tiempos,  un hipocampo más romántico que lo usual, se enamoró locamente de una bella hembrita de colita coquetona.  Tanta era su pasión, que  la persiguió por los siete mares rogándole que le concediera su colita; ella, que había visto los sufrimientos  de su madre, estaba decidida a seguir soltera y se le escurría entre las algas, rechazaba los deliciosos copépodos que el apasionado galán le regalaba y  finalmente, cansada de tanta persecusión, le escribió una  fría carta:

“Cansada de  esconderme, estimado señor hipocampo, le informo que he decidido permanecer soltera para evitarme los dolores de un corazón destrozado por otro amante fugaz. No insista.”

Apenas leídas estas gélidas letras, nuestro héroe rompió en llanto.  ¡Justo a él, que amaba sin límites, le tocaba en suerte esta  caballita de mar tan  orgullosa y tan  decidida a evitarse sufrimientos!

Pasaban  los días y la bella  de esta historia recibía toda clase de tristes recados: “Está tan delgado,  parece que quisiera morirse de hambre”, decía un amigo, “Ay, pero si parece alma en pena”, comentaba otro.

-Ya se le pasará –decía la causante de tanto dolor- , apenas conozca a otra, se olvidará de mí.

Pero  el tiempo pasaba y la tan esperada hipocampo que habría de reemplazarla en el corazón del dolido caballito de mar, no apareció. Peor aún,  nuestro hipocampo,   loco de amor, decidió entregarse en brazos de la muerte y, escribiendo una bella carta de adiós  en un pétalo de anémona marina, se despidió de su amada y partió al encuentro de unos  pescadores chinos, enemigos mortales de los hipocampos que tienen en peligro su población  con su grosera insistencia de envasarlos como medicamento exótico.

Por fortuna, el mensajero, sabedor de sus intenciones, galopó por las aguas y entregó rápidamente el mensaje. La bella hipocampo, desesperada y con su corazón conmovido por la tenacidad de su amante,  partió a salvarlo.

-¡Detente –le gritó cuando ya estaba a punto de ser atrapado-, si tú estás dispuesto a morir por mi amor,  yo no puedo menos que vivir para el tuyo!

Dichoso, y sin pensarlo mucho, él le juró amor eterno, y  fidelidad absoluta y  como no le pareció suficiente, se comprometió a compartir los dolores de la paternidad haciéndose cargo de la incubación de sus futuros  hijos.

Al día siguiente, en romántica ceremonia, prometieron ante Neptuno que se amarían  hasta el último día de sus vidas.

Y, como ya les dije, los hipocampos  tenían  vocación romántica. Apenas su historia se conoció,  todos querían imitarlos.  Los romances de un día  comenzaron a ser de mal tono y en poco tiempo la monogamia era la única  regla aceptable para ellos.  Además, ahora que los machos se encargaban de la incubación de las crías, consideraron que una esposa era más que suficiente para ellos.

Tan bellas historias de amor se dieron  entre los hipocampos que el Creador y la Naturaleza solían ponerlos como ejemplo en sus  mensajes y manuales, y ellos,  orgullosos, añadieron una nueva condición a sus  amores: cada vez que un hipocampo perdiera su pareja, el otro moriría de amor.

Por eso, cuando estés nadando y te topes con uno, no cometas el error de  capturarlo o llevarás dos muertes en tu conciencia, una,  la del hipocampo que te llevaste y otra, la del que se murió de amor.

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Estimado lector, mañana  nos internaremos en  los secretos de la vida del Cheetah, ese bello  felino que habita la sabana africana y sabremos Por qué los cheetah corren como el viento.  No te pierdas este nuevo capítulo

de  La vida secreta de la fauna salvaje   y pronto, muy pronto, hurgaremos en las intimidades de los pudúes.

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Querido lector, esta es la sorpresa que te teníamos para el viernes: Por qué las hienas ríen sin motivo. Muchas teorías se han esbozado al respecto, pero si tú querías saber la verdad,  sólo  tienes una oportunidad. Y está en nuestras páginas.

Nos vemos.

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3081691679_315ef9425dLa verdad de este caso  se encuentra  tan atrás en el tiempo que ya casi ha quedado en el olvido y, si no fuera por  el íntimo deseo de los pingüinos de  sacarla de allí, no podríamos relatárosla.

Lo cierto es que los pingüinos  fueron  figuras importantísimas de la Corte de los Hielos,  y durante  milenios,  fieles y amados servidores de Su Majestad,  el Oso Polar.   En sus  siempre elegantes personitas descansaban todos los secretos de la diplomacia y el protocolo. Más aún,  ostentaban estas aves los principales cargos  de la Corte: Pingüinos eran el Chambelán, los  más importantes  Caballeros  de la Mesa Nevada, el Médico Real y  los Consejeros de Su Majestad. Nada sucedía en el Palacio de los Hielos  si no pasaba por las  alas de estas  ceremoniosas aves que no pueden volar y, como si fuera poco, los pingüinos  tenían fama de estar siempre vestidos para la ocasión.

Lamentablemente, los  pingüinos  fueron adquiriendo tanta importancia  que terminaron por creerse indispensables. Para  ejecutar la más mínima tarea tardaban horas acicalándose y luego se hacían  de rogar  para cualquier cosa en que se requiriese de ellos. Poco a poco   fueron obligando a los súbditos del Oso Polar a  entregarles  regalos por llevar a cabo lo que era su deber. Todo tenía su precio: un trámite, un pez, un título, un cardumen.  Como era de suponer, tantos regalos terminaron por corromperlos, nada les bastaba, y tuvieron la peregrina ocurrencia de que la Corte de los Hielos    debía cobrar impuestos a  todos los  habitantes del Ártico  para  demostrar su poder.

Su Majestad, cansado de tantas cacerías, lo consideró  muy razonable, e inmediatamente lo promulgó como ley.  Era digno de admiración  asomarse a ver las largas filas de zorros,  renos, focas, liebres árticas, morsas  y leones marinos,  que llegaban  arrastrando  grandes peces plateados que, de tan frescos,  todavía  boqueaban.

Si los pingüinos no hubieran  sido, además de elegantes,  tan presuntuosos,  es probable que hubieran puesto un poco de atención a los  gruñidos y silbidos de los siervos de Su Majestad. Nadie estaba contento. Nunca antes los  animales del Ártico habían trabajado tanto para comer tan poco, y les irritaba sobremanera ver a la pingüinada, gorda y  satisfecha, que  se paseaba de punta en blanco por los salones,  instándoles a darse prisa para no  interrumpir la siesta de Su Majestad.

Tan enojados estaban los animales que fueron a reunirse a la orilla del mar y debatieron largamente la situación. Ninguno de ellos quería malquistarse con el Oso Polar,  cuyo poderío y fortaleza eran más que legendarias, pero soportar a los pingúinos estaba más allá de toda consideración: debían ser defenestrados.

-Déjenmelos a mí –dijo repentinamente el narval sacudiéndose   el agua  bajo el escuálido sol boreal-; yo hablaré con el rey.  Los pingüinos no son malas  aves, debemos hacerlos entrar en razón.

Y se fue  a pedir audiencia  a toda prisa.

Apenas reclamó su derecho a ser recibido por Su Majestad,  Narval fue informado de que  el trámite le costaría  cinco peces de buen tamaño.  Sus  protestas indignadas no dieron resultados y  no le quedó más remedio que salir de pesca y regresar con lo solicitado.

–                      ¿Soborno? Estúpidos pingüinos, con este gesto  han llegado demasiado lejos– se dijo el narval.

 Ya en  presencia del Oso Polar,  Narval  expuso  claramente  la larga lista de quejas  que los animales del Ártico habían preparado con esmero.  Sin embargo, la respuesta de Su Majestad fue decepcionante:

-Los pingüinos no han hecho más que actuar en mi nombre –rugió fieramente el Oso Polar. Ya su chambelán le había advertido  que  lo mejor para mantener la paz en el reino, era manifestar claramente su poder.

Narval se quedó de una pieza. ¿Qué  hacer si Su Majestad  apoyaba a los pinguinos? Eso era algo que no se les había pasado por la cabeza. Repentinamente, una idea cruzó su mente.

-Decidme, Su Alteza –preguntó en un hilo de voz: ¿Existe un registro de todo lo que se cobra en impuestos y gabelas?

-¡Por supuesto,  insolente narval! –se apresuró a intervenir  el pingüino Chambelán.

-Si es así, no tendrás  reparos  a que le sea mostrado a Su Majestad –dijo  Narval. Estaba tan nervioso que su  colmillo temblaba.

– No creo que sea necesa…-empezó a decir  uno de los caballeros de la Mesa Nevada.

-¡Mostradlo de inmediato! –rugió el Oso Polar, recordando que los pingüinos, como súbditos que eran,  también debían ser incluídos en el grupo de los Posibles Revoltosos que Deben ser Mantenidos a Distancia.

– Su Majestad el Oso Polar revisó el registro y llegó a la conclusión de que todo estaba en orden, pero  Narval insistió:

-¿Constan allí los cinco peces que pagué por esta audiencia, mi Señor?

-¿Audiencia, pagaste por la audiencia? –rugió el Oso Polar, tan enojado esta vez que las paredes de hielo se fracturaron en  numerosos sitios.

Los pingüinos fueron llevados a juicio y se les condenó a pagar  una compensación a Su Majestad por cada pez indebidamente cobrado; bien sabido es que  hasta el día de hoy pagan su deuda. Perdieron  absolutamente todos sus privilegios y una triste mañana de invierno fueron expulsados de la Corte de los Hielos para  nunca más  regresar. Narval fue nombrado nuevo Chambelán y su primera medida en el cargo fue terminar con el pago de impuestos.  Desde entonces,  los animales del Ártico le tienen en la más alta estima. 

Para entonces, el Oso Polar  se encontraba  hibernando, de manera que no fue sino hasta la siguiente primavera que se enteró de que, si quería alimentarse, no le quedaría más remedio que salir de caza diariamente.

Los pingüinos, desolados, se habían repartido por las costas de todo el planeta, y vivían recordando sus pasadas glorias.  Nunca más volvieron por sus fueros, pero, para no olvidar,   conservaron sus tenidas de etiqueta y les encanta pasearse  solemnemente por las playas barridas por el viento norte. Los demás  animales suelen considerarlos unos  lateros.

Nota:

El pingüino es  la única ave no voladora adaptada al buceo con sus alas. Su capacidad de retener la mayor parte del calor de su cuerpo les permite vivir en las zonas más frías del planeta. Existen actualmente  alrededor de diecinueve variedades de pingüinos

El narval es un cetáceo odontoceto  perteneciente a la misma familia de las ballenas beluga. Se caracterizan por su largo colmillo en forma de sacacorchos que puede llegar a los dos metros de longitud. El colmillo del narval  fue usado para  probar  la existencia del unicornio.

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Hace mucho, mucho tiempo, los koalas eran  una de las especies más cariñosas y  seguras de sí misma que poblaban  la Tierra, y,  por esa razón, todos los marsupiales de Oceanía les tenían envidia.  Vivían  todos juntos y revueltos y sin embargo, cada vez que dos koalas se encontraban en un sendero del bosque, no podían evitar abrazarse y recordarse el uno al otro  el largo tiempo que llevaban sin verse y lo mucho  que se habían echado de menos la última media hora.

Si al cálido clima de Australia le sumamos lo muy dormilones que son los koalas,  para qué les cuento  lo corto que se les hacía el día. Entre saludos, abrazos y zalemas varias,  la vida de los koalas se iba  volando. Como si fuera poco, su  proverbial  amabilidad comenzó a extenderse hacia los demás marsupiales y cada vez que se encontraban con un wallaby o una rata canguro corrían a abrazarlos y les decían  cariñosamente:

-¡Tanto tiempo sin verlo, querido vecino!

Los aludidos quedaban un  tanto sorprendidos y  no faltaban quiénes salían comentando que los koalas tenían un tornillo flojo.

Pero los koalas vivían felices  ignorando que eran el comidillo de los demás. La felicidad duró  hasta un día que uno de ellos,  que paseaba por el bosque, escuchó a un kukaburra  gritándole a  otro que pasaba volando:

-¡Anda al claro del bosque a ver a esos tontos koalas!

-¡No me lo perdería por nada del mundo! –respondió el otro.

Koala quedó estupefacto. ¿Por qué querrían espiarlos? ¡Qué extraño era eso! Consciente de que tenía que saber la verdad, Koala se deslizó silencioso hasta el corazón del bosque para saber qué juego se traían entre sus alas los kukaburras. A medida que se acercaba, Koala  iba descubriendo grupitos de wallabies o canguros rojos escondidos entre los arbustos, que se reían para callados tratando de no ser descubiertos.

Cuando nuestro héroe se asomó para ver el motivo de tanta hilaridad,  sólo pudo ver  a sus congéneres yendo de un árbol a otro en busca de sus amigos y vecinos, a quiénes saludaban con grandes muestras de afecto como si no se hubiesen visto en mucho tiempo.

¡Conque de eso se trataba! ¡Qué envidiosos podían ser los animales! ¿En que podía afectarlos que los koalas fueran cariñosos y  expresivos? Apenas oscureció, Koala fue de uno a otro lado poniendo al tanto a la koalada de que se habían convertido en el hazmerreír de toda Oceanía  por  el simple hecho de ser buenos amigos y mejores vecinos. Para los koalas, fue como si les hubieran asestado una puñalada en su tierno corazón.

-¡Nunca más seremos payaso de nadie! –se juramentaron.

Así fue como, al día siguiente, todos fueron testigos de que los koalas habían sufrido un cambio radical. Ahora, al pasear por el bosque, se ignoraban unos a otros y si  llegaban a cruzarse con un amigo, daban vuelta la cara como si estuvieran muy interesados en algo que sucedía muy lejos de allí.

Lo malo fue que, antes de tomar tan drástica decisión, los koalas  no pensaron cuánto tiempo se extendería la medida y  los días, meses, años, decenios y siglos fueron  pasando hasta que se les olvidó totalmente  por qué razón habían cambiado, de manera que ya no necesitaron volver a ser como eran nunca más.

Sin embargo, un resorte secreto se había roto para siempre en sus corazoncitos y  no podían dejar de añorar  los buenos viejos tiempos en que todos se abrazaban  cien o más veces cada día.

Por eso, para no sentir esa pena, los koalas se abrazan de los eucaliptus con una energía y decisión que les impide pensar siquiera en mudarse de árbol, porque cuando estrechan sus bracitos cortos al tronco, en el fondo siempre están pensando:

-¡Ése de allá es mi amigo al que no veo desde esta mañana, qué ganas de darle un abrazo y decirle lo mucho que lo echo de menos!

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