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Posts Tagged ‘koala’

El ciervo ratón almizclero acuático (¡Uf!) vivía su vida en paz y armonía. Amaba las riberas de los ríos que riegan su territorio, se escondía previsor de los predadores que lo amenazan y se reproducía un poco como aquellos a quién se parece, los roedores,  por lo tanto, su población se mantenía estable. Sólo una cosa lo molestaba: la condenada insistencia de los hombres en llamarlo ciervo ratón. ¿Vamos, es que no lo habían visto? ¡Si era cosa de mirarlo, de ver sus lindas pezuñas, su escueto rabo, su bello lomo, su hociquillo vegetariano y rumiante! ¡Cualquiera podía darse cuenta de que era un ciervo! ¿Cómo decían, colmillos? Si, cierto que le asomaban esos feos colmillos de roedor, pero si no fuera por ellos habría sido muy difícil escarbar por raíces, uno tiene que arreglárselas en esta vida.

Era cosa sabida entre  los ciervos almizcleros acuáticos –a quien podríamos llamar por su versión en inglés, chevrotain, para simplificar las cosas- que había un primo de América, el pudú. En las  oscuras noches que los predadores rondaban sus refugios, se solía hablar de la buena elección domiciliaria del primo. Bastó una decisión audaz para que ahora tuviese una estupenda selva lluviosa casi para él sólo. Un poco fuera de circuito, cierto, pero sin leones, sin leopardos, sin hienas, sin víboras ni otros vecinos desagradables de aquellos que insisten en incluirlo a uno en el menú. ¡Qué buena habría sido la vida del chevrotain si hubiera escogido Sudamérica en vez del África Negra! Es casi seguro que podrían pasear tranquilamente a la orilla del río en vez de andar a salto de mata, escondiéndose hasta de su propia sombra, aprendiendo a nadar en todos los estilos conocidos y por conocer para arrancar de esos vecinos tan voraces que no le daban tregua. Una pena no poder comunicarse con el primo de América, contarle al pudú que el chevrotain, el ciervo más pequeño del mundo, vivía valientemente en el territorio más peligroso de África sin que le temblara una patita y mucho menos el bigote. Ni hablar de que le castañetearan los colmillos…¡habría sido terriblemente incómodo!

Así pasaron los tiempos mientras el chevrotain, superadas las dificultades de los tiempos primigenios, se afianzaba en los ríos del continente negro, conversando en las horas flojas de la canícula sobre lo lindo que sería conocer al primo de América. Sin duda, el pudú quedaría sorprendido al constatar  la bravura de un  cérvido más pequeño aún que él mismo.

Repitiéndose a sí mismo lo maravilloso que era,  había pasado el día que las páginas de  un viejo periódico resbalaron hasta la orilla del agua. El primer chevrotain en verlo corrió de inmediato a contarle a su familia que acababa de ver una foto en la prensa,  nada menos que del primo de América. Un rápido galope dejó a la manada devorando las palabras del artículo en cuestión:

…”el pudú que habita en la selva valdiviana…” –esas eran las buenas noticias, el primo no se había cambiado de casa-…” se encuentra ahora en peligro de extinción en su hábitat natural…-y esas eran las malas, pasaban por los mismos problemas- …”  es el ciervo más pequeño del mundo…”

Bastó con leer esas líneas para que  todos los chevrotains montaran en cólera. ¡Qué farsante, cómo se atrevía el pudú a apoderarse de un título duramente ganado por el chevrotain! Además, como si fuera poco, no tenía colmillos y ostentaba un par de cuernitos bellísimos…qué injusticia, cómo podía El Creador haber hecho al primo de América más parecido a un ciervo que el chevrotaine, era el último y peor de los agravios.

Una comisión especial revisó toda la información posible para llegar a la conclusión    de que el pudú era aproximadamente veinte centímetros  más chico y un par de kilos más liviano que el chevrotaine. Era, efectivamente, el ciervo más pequeño del mundo. Al chevrotain le costó mucho tiempo asomar otra vez el  hociquillo fuera de su refugio. Si hasta le parecía que se reían de él. ¡Seguramente todos habían leído el diario antes de que ellos lo  devoraran hasta la última letra para acabar con la evidencia, y eso que sabía bastante mal.

Últimamente se ha sabido de algunos chevrotains que hacen rigurosa dieta para pesar menos que sus primos americanos, pero todavía no ha habido ninguno que logre medir menos y no pasa un día sin que tan triste noticia les atormente su pequeño corazón de ciervos almizcleros de agua.

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Apenas había sido presentado en sociedad cuando el Tenrec listado sorprendió a todo el planeta  con su novedoso sistema de comunicaciones: un código secreto que se trasmitía mediante el roce de sus púas cervicales. Como era de esperar, todo el mundo científico quedó con la boca abierta.  El Tenrec listado, diminuta criatura recientemente descubierta,   había  sido catalogado apenas un tiempecillo antes y ya estaba dando que hablar.  ¡Cómo era posible que un  animalito tan pequeño, casi insignificante, hubiera creado una manera tan  elaborada de comunicación! Cierto que era bonito…para tratarse de un erizo, y sin contar con lo escurridizo que era el animalito en cuestión.

Los primeros en manifestarle su  comprensión fueron los lemúridos. El Aye-aye en persona había organizado una manifestación de apoyo.

-Cualquiera que haya vivido en Madagascar puede entender la necesidad del Tenrec listado de mantener su existencia en secreto – arguyeron.

Cuando la prensa malgache les demandó mayor precisión se negaron tajantemente a aclarar sus palabras.

-El Hombre es un recién llegado en esta isla y no seremos nosotros quiénes le demos en el gusto -Dijo el Lémur de cola anillada.

-De haber seguido los consejos del Tenrec listado,  muchos miembros de mi familia seguirían  con nosotros -expresó el Aye-aye con su habitual ánimo fúnebre.

La aparición del Tenrec listado había puesto de cabeza a los zoólogos, que no pueden vivir sin entrometerse en la vida íntima de las especies.  Ahora, el descubrimiento del código secreto los tenía al borde del colapso  a causa de la curiosidad.

Los Tenrecs listados no hicieron el menor esfuerzo por facilitarles el problema. Simplemente,  continuaron paseando en los rincones secretos de la selva y frotaron  sus púas afanosamente hasta  comunicarse con todos los despistados que se habían extraviado por allí. Jamás habían esperado la popularidad y desde la aparición en BBC  se reunían  diariamente para rogar al Creador por el urgente fin de la televisión.

-Ya ni  a escondidas se puede vivir tranquilo en este planeta -reclamaron.

Porque  mucho antes que el hombre, ese desagradable y presuntuoso ser que se cree amo de la Tierra,  osase siquiera pisar las arenas de Madagascar, los Tenrecs listados habían padecido los abusos de cualquiera que fuese más grande que ellos. Y vaya que eso no es nada difícil. Los Tenrecs habían llegado a creer que las Fossas  eran la manifestación misma del mal hasta que finalmente el hombre había aparecido por allí. Cuando eso sucedió, el Tenrec listado se escondió en el corazón de la selva y puso a sus Consejos de Sabios a trabajar en la solución del problema y así fue como se llegó al Código Secreto.

Porque sin rugidos, sin alaridos, sin chillidos…¿cómo puede uno comunicarle a las crías despistadas que se están exponiendo al peligro?

Hasta que a un genio se le ocurrió la genial idea:

-Podemos frotar nuestras púas cervicales y crear un lenguaje con ellas -propuso.

Una ovación cerrada  saludó sus palabras y como  de sobrevivencia se trataba pusieron púas a la obra de inmediato.  Lo que no fue fácil, El Creador y La Naturaleza estaban tan ocupados con las especies importantes que ni siquiera respondieron su solicitud de Cambio Físico. A los Tenrecs no les quedó más remedio que proceder a la antigua usanza:  trabajo evolutivo duro, lento y concienzudo. Léase, milenios.

Hasta que al fin nació  una generación  con púas bien adaptadas y que tenía el lenguaje secreto bien inscrito en su código genético. Los Tenrecs listados dieron un suspiro de alivio pensando que la supervivencia de su especie al fin estaba asegurada y continuaron viviendo en paz.

Pero ahora, después de la mala jugada que les hizo la televisión británica andan con el ánimo por los suelos.

– ¿Quién puede ser tan idiota como para desear esos malditos quince minutos de fama? -alegaron- ¡Ni que fuéramos hombres!

Y se dice por la selva que están abocados ya a conseguir una nueva  fórmula que les asegure el anonimato que siempre  quisieron.

 

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¿El escenario del flamenco son las vegas? Claro, eso es un hecho. Y los que piensan que se trata de Las Vegas, esa iluminada y parafernálica ciudad del desierto de Nevada, se equivocan. Una vega es una  laguna, un hermoso espejo de agua helada como la puna y trasparente como el cielo, ojos salitrosos que reflejan la belleza de Los Andes.

Los primeros flamencos que llegaron a  las vegas andinas  descubrieron allí un refugio de extraña belleza,  que si bien podía ser muy frío por las noches  prácticamente carecía de predadores que amenazaran su existencia.  Satisfechos por loo que veían, hundieron  sus picos curvos en el lodo amarillento de las vegas y sí, allí estaban sus crustáceos favoritos. ¡Para qué seguir buscando!

Los flamencos llevaban su tranquila existencia  sin presiones. Compartían  territorio con la jolla y los patos salvajes, pero  alimento había de sobra para todos. Desde  su  sitio en el centro de la laguna observaban  el ir y venir de los camélidos que se acercaban a beber para luego  marcharse con paso aristocrático a ramonear  las ásperas  hierbas  que les proporcionaba la puna. A veces, un puma solitario  venía a mojar sus patas acolchadas en la orilla  salobre; asustados, los flamencos ocultaban la cabeza bajo las alas. El puma tiene mala fama por esos derroteros.

Un día, un Flamenco más inquieto que sus hermanos  descubrió que estarse allí todo el día,  parándose en una u otra pata, escondiendo su cabeza bajo el ala y viendo pasar un guanaco de vez en cuando  le estaba resultando sumamente aburrido.

-¡Es que  aquí no pasa nada, pero nada entretenido! – le comentó a sus vecinos más cercanos.

¿Entretención? –respondieron ellos- Nunca se ha sabido de flamencos que pasen la vida buscando en qué entretenerse. A las alturas del altiplano se viene a descansar de las agotadoras migraciones, a tomar sol, a traer  polluelos al mundo. ¡Es más que suficiente en materia de emociones!

-¡Cómo no va a ser aburrido convivir con quiénes piensan así –refunfuñó Flamenco.

Deprimido, se dedicó a observar el movimiento de los juncos y las olas que el viento dibujaba sobre los matojos de paja brava.

De tanto observarlos, Flamenco terminó por encontrarles gracia. ¡Qué bien ondulaban las hierbas andinas, casi parecía que bailaban a impulsos de la ventolera! Repentinamente, una idea afloró en su  pequeño cerebro. Flamenco corrió hacia el centro de la bandada y empezó a hacer extrañas figuras sobre sus patas altas ydesgarbadas.

Sus evoluciones terminaron por despertar el interés de los demás flamencos. ¡Era extraño lo que hacía Flamenco, pero sin duda alguna, lo hacía ver muy bien…y parecía entretenido!

Paulatinamente, toda la bandada se fue sumando a la coreografía de Flamenco. Iban de izquierda a derecha, aleteaban un poco, se paraban en una pata, escondían la cabeza y después repetían la secuencia completa en un raro y alucinante ballet andino.

 Andando el tiempo, el ballet de Flamenco alcanzó su peak de popularidad y todas las familias de flamencos adoptaron la costumbre de bailar sobre los lagos salobres. Todavía se les puede ver  danzando muy entretenidos en su multitudinaria danza  que destaca bellamente su extraordinario colorido.

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Sabido es que el Pavo Real se niega a recordar su oscuro pasado y se aprovecha, para ello, de que la Tierra era aún tan joven que el mismo Creador y la veleidosa Naturaleza parecen haber archivado los hechos en lo más profundo de sus memorias.

¿Oscuro pasado? Quizás sería más justo llamarlo…deslucido.  Pues sépase bien y que nadie lo olvide, porque  así fue el Pavo Real desde el principio de los tiempos,: ordinario y deslucido, gris y apagado, carente de la bella cola que hoy lo caracteriza, en cierta manera, similar a la hembra actual, pero opaco  y más bien feo.

No  es de extrañar entonces, que las hembras de Pavo Real vivieran soñando con los  Faisanes, los Papagayos, las Cacatúas  y, en fin, todas esas bellas aves   que pasean por el planeta   haciendo alarde de su exuberante plumaje multicolor.

Los Pavos Reales sufrían en silencio el desprecio de sus hembras. A fin de cuentas, por más que los días de éstas transcurriesen  en la añoranza de otros machos mejor engalanados, al final, era con ellos y sólo ellos que se veían obligadas a formar una pareja y eran sus genes los que marcaban el futuro de los huevos que empollaban en sus nidales.

Y probablemente así habrían continuado por los siglos de los siglos de no haber atinado a pasar por allí un Ave Lira. Apenas lo vieron  las hembras de Pavo  Real,  quedaron fascinadas  por su belleza y perfección y esta insensata pasión  desató el caos  entre los Pavos Reales.

En el curso de una semana, noventa por ciento de las familias de Pavo Real estaba en crisis y el cien por ciento de los noviazgos se había roto. Eso, claro, evitaba que las parejas del mañana  se uniesen sin amor, pero condenaba a la especie a una progresiva desaparición.

La situación  llevó a un punto de tan extrema gravedad que las hembras de Pavo Real redactaron  a toda prisa una solicitud  para El Creador y con un timbre rojo marcaron en la primera página la palabra URGENTE. En ella,  respetuosamente, las hembras  solicitaban cambio de especie. Querían, a la brevedad posible, convertirse en hembras de Ave Lira.

Como era de suponer para cualquiera que lo conozca,  El Creador  quedó escandalizado. No podía creer lo que estaban leyendo sus ojos. Arrojó lejos el documento y envió un Serafín de Pimera Clase a informar a las hembras de Pavo Real que, de no retirar ipso facto la demanda, emitiría, en respuesta, un Decreto de Extinción Inmediata de la Especie.

Pero la locura estaba muy lejos de terminar. Las hembras recogieron la solicitud y la reexpidieron  prestamente a la Oficina de Partes de La Naturaleza. Los Pavos reales, sumidos en el dolor, se fueron a llorar su desventura   a la selva y esperaron  humildemente el rayo justiciero del Creador.

El Creador no pudo dejar de compadecerlos. ¡Qué volubles podían ser las hembras de Pavo Real, no había derecho! Hasta le daba pena extinguir a estos pobres enamorados no correspondidos.  Además, estaba sumamente molesto. Era un hecho que ya no se le tenía la misma consideración que antes. ¿Qué estaba pasando en la Tierra?

Y entonces,como suele ocurrir, tuvo El Creador una de sus ideas brillantes. ¡Esas falsas  hembras  tendrían lo que se merecía! ¡Pasarían su vida  rogando por la atención de sus Pavos Reales! Tomó su pluma, garabateó apurado un nuevo decreto, imprimió su sello y firmó con la letra grande y segura que le es tan propia.

En la selva, simultáneamente, los Pavos reales sintieron que sus colas se volvían  cada vez más pesadas. No era todo, algo crecía también en sus cabezas, les hormigueaban las plumas.  Parecía que toda su sangre  giraba enloquecida por  las venas.

Los Pavos Reales alzaron el vuelo hasta la laguna más cercana a mirarse en las aguas. No podían creer lo que estaban viendo.  Un espléndido azul reemplazaba el antiguo gris y una hermosa cola, mucho más larga que la del Ave Lira, arrastraba por el pasto.

Repentinamente, acuciadas por un  raro llamado, las hembras se hicieron presentes y quedaron deslumbradas por estos machos magníficos  de origen desconocido. Apenas verlas, los machos sintieron que sus colas se desplegaban en espléndido abanico. El dorado, el esmeralda y el azul  casi las cegaban. ¡Qué perfección, que delicadeza,  que despliegue de color!

Enloquecidas por la pasión, las hembras olvidaron todo pensamiento sobre el Ave Lira y todavía las esperaba una sorpresa mayor: comenzaban a reconocer en estas aves maravillosas a los mismos que ayer  miraran con desprecio. Al poco rato, todas  corrían a mirarse en las aguas, esperando ansiosas que el cambio las alcanzase.

Todo en vano. El Creador las había privado de esa explosión de belleza para siempre y  no les quedaría otra que perseguir a  los  Pavos Reales hasta la eternidad,  rogando por su  amor  y envidiando para siempre lo que nunca podrían tener.

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La Araña  estiró sus ocho patitas y alargó el cuello para no perder nada de lo que sucedía  a su alrededor. Hacía mucho, mucho tiempo que vivía en la casa de estas tres señoras tan estiradas, tan serias y tan silenciosas.  Ninguna araña  que hubiese vivido en esa casa los últimos dos milenios podría recordarlas manteniendo una conversación.  Eran muy calladas, las viejas damas…¡pero qué talento para manejar la rueca y el telar, que eficiencia en el manejo de la tijera!

Y  casualmente, porque así suceden las cosas, una de las ancianas dejó caer la bobina de hilo,  cuando se agachó para recogerlo,  quedó tiesa,  y un  quejido de dolor escapó de su  boca.

-¡Ay!

-¿Sucede algo, Cloto? – preguntó su vecina.

-Es que  tanto tiempo sin moverme me tiene las coyunturas rígidas, Laquesis – respondió la aludida.

-A mí, querida, me sucede lo mismo –respondió la tercera dama.

– ¿Tienes tú la tijera, Atropos? – preguntó Cloto.

-Claro, no soy yo, acaso, la encargada de cortar el hilo de la vida? –respondió esta pasándole la tijera y levantando luego su tejido contra la pálida luz que entraba por la ventana

¡Qué maravilla, qué delicadeza, qué arte! La Araña quedó muda de admiración. Cierto que ella hilaba su propia fibra, una casi  tan ligera y tan fuerte como la de las Moiras, pero claro, aparte de tender unas hilachas de cornisa a ventana, de una viga a la lámpara de aceite, eso era todo. Jamás, hasta entonces, a araña alguna se le había ocurrido la peregrina idea de tejer algo tan práctico  como una túnica y mucho menos algo tan bello y tan complejo como la vida de un hombre.  ¿Qué araña se habría atrevido a cortar con una tijera el hilo de la vida? A lo más, algunas daban su picotón fatal por aquí y por allá, algo que no se notase mucho.

Muchas  noches pasó la Araña meditando al respecto. Tenía que tejer tan bien como las Parcas. ¿Qué podía hacer para convertirse en una eximia tejedora? ¿Se dedicaría a espiar a las Parcas hasta conocer sus más íntimos secretos o se humillaría ante ellas rogándoles que la aceptaran como su aprendiz?

Lamentablemente, si bien  mucho  caviló al respecto no fue  suficiente, porque escogió la peor alternativa posible: desde su rincón del tejado, entre la paja y el barro que la apelmazaba, no perdió un instante del trabajo de las Parcas hasta que una noche,  cuando éstas se retiraron a descansar, bajó hasta el telar y se dedicó  a copiar el urdido y las puntadas de  las viejas señoras: primero tendió unas hebras formando  la base y después fue  formando sobre ella un  espiral  de rara elegancia;  cada vez que llegaba al punto donde había empezado ensanchaba  el tejido y así se fue  haciendo una bella tela concéntrica.

Todavía faltaba mucho para el alba cuando la Araña detuvo su tarea y se quedó admirándola con  íntima satisfacción.¡Qué bello trabajo, bien que podía estar orgullosa de  su obra!  Tantas horas le había tomado que se sentía exhausta, hubiera dado  cualquier cosa  por una hora de sueño. 

Tal era su cansancio, que se acurrucó en la esquina del tejado y antes de darse cuenta estaba profundamente dormida, tan profundamente,  que  pasó una hora sin que pudiera despertarse y luego pasó otra, y otra y finalmente, amaneció. Un tímido rayo de sol se escurrió por la ventana y la Araña dormía a pata suelta. Todavía estaba en ello cuando entraron las Parcas a retomar su trabajo del día anterior. Atropos  tenía prisa,  se había ido  a la cama sin acabar con tres agonizantes que ya no daban más a causa de tan larga espera.

Las Parcas no podían creer lo que estaba ante sus ojos: una bella tela, sutil y delicada,  se estiraba  sobre el telar, y  el hilado era tan fino que la luz  del sol lo difuminaba casi hasta la invisibilidad.

En eso despertó la Araña y bajó de prisa a compartir su momento de triunfo con las dueñas de casa.

–          ¿Qué os ha parecido mi tela,  queridas Parcas? Hace tanto tiempo que admiraba su trabajo que he encontrado mi verdadera vocación en el tejido. Mientras observaba, perfeccioné mi seda para que fuese más resistente que el hilo de acero y más dúctil y flexible que el mismo oro. No se disuelve ni con alcohol y además tiene propiedades antimicrobianas. Después pensé en ese bello dibujo en espiral, tan elegante.  ¿Qué les parece? No es  linda?

–  ¡Pero cómo, qué insolencia! –alcanzaron a rezongar las Parcas.

Después, en un ataque de auténtica furia, expulsaron a la Araña de su casa en el fin del mundo, prohibiéndole para siempre que se acercara doquiera ellas estuviesen y, en un gesto de infinita maldad, la maldijeron dos veces. Una, para que su vida y la de toda su especie fuera mucho más breve que la de los hombres que ellas hilaban,  y la segunda, para que el hilado de todos los arácnidos fuese para siempre viscoso y difícil de quitar.

Tanta saña  causó  infinitos sufrimientos a las Arañas. Ahora que las Parcas las consideraban sus enemigas, nadie quería relacionarse con ellas y se fueron poniendo cada vez más solitarias. Además, todos  se molestaban con sus bellas telas que solo podían notar cuando estaban enredados y pegoteados en sus hilos. Sólo el descubrimiento de que los insectos se adherían a la tela facilitándoles la cacería  les sirvió de consuelo. No es que los insectos sean un gran almuerzo, después de todo, nadie ha visto una araña gorda, pero los insectos caen en sus telas con tal asiduidad  que tampoco es fácil encontrar una araña hambrienta.

Aquello del tejido, claro, nunca se les quitó del todo. Las Arañas continuaron tejiendo sus telas y envidiando a las demás tejedoras. Algo se ha dicho por ahí de un feo episodio con una tal Penélope, casada con un marino llamado Ulises, pero no ha trascendido lo que realmente sucedió. Lo que sí esta  claro  es que desde  aquel incidente con las Parcas ninguna Araña  teje a plena vista de cualquiera. Prefieren los rincones, a más oscuros, mejor.       

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El Hombre primitivo  estaba muy lejos de entender la grandeza oculta del caracol.  La primera vez que recogió uno lo observó con curiosidad. ¿Qué era esa cosita que se movía tan lentamente? Al tenerlo en sus manos quedó asombrado. ¡Qué bello era en su perfecto espiral!

Por supuesto, aquel Hombre no fue capaz de articular esas palabras, pero inmediatamente lo imaginó como parte de su dieta y lo incorporó a ella. Crudos le parecieron un asco, pero ya  cocinados sobre las ascuas de la fogata estaban mucho mejor y eran mucho menos difíciles de cazar que un mamut o un uro e incluso que un conejo.

Posteriormente, cuando superó el temor al agua, el Hombre descubrió que los Caracoles también  vivían en el mar y que sabían, si eso era posible, aún mejor que los otros. Sus caparazones eran algo diferentes, más imaginativas, más hermosas, si cabía.  El Hombre siguió comiendo Caracoles, aprendió incluso a soplar en sus caparazones como si fueran cornos y nunca más se detuvo. Le encantaban estos pequeños gasterópodos.

Los arqueólogos  han encontrado  pruebas de ello en  lugares habitados desde la Edad del Bronce y ya los romanos  dejaron pruebas escritas de su predilección por ellos. Un hombre llamado Fulvius Hirpinus  creó la primera  instalación  para su cría en Tarquinia allá por el  año 50 AC y las granjas en que los romanos los  cultivaron fueron llamadas cochlearum. El mismo Plinio el Viejo, el historiador, los recomendó como efectiva cura contra  males estomacales y  pulmonares…pero siempre que fueran consumidos en número impar. Lógica humana, ligeramente primitiva.

El Caracol, en tanto,  ha recorrido la tierra sin dejar nunca de cargar su casa.  De personalidad sumamente reservada, escogió nunca comunicarse en forma perceptible por el Hombre y por ese motivo El Creador dejó bajo su responsabilidad algunos grandes secretos que la humanidad  haría cualquier cosa por conseguir.

–         Tú tendrás –le advirtió- los secretos de la proporción áurea. Cada vez que construyas una nueva cámara de tu concha, está será más grande que la anterior en una proporción constante. El Hombre tardará  millones de vidas en desentrañar este secreto y aún así no llegará más allá de su aplicación  práctica básica…

Y luego le musitó  al oído todo aquello que verdaderamente se podría alcanzar con dicho conocimiento.

Asombrado, el Caracol  observó su caparazón en el espejo del charco más cercano. ¡Hasta él se sorprendía de haber sido escogido para cargar con esa perfecta representación de phi  sobre su pequeño y esmirriado cuerpecillo!

Mirándose un poco más, se encontró tan perfectamente hermoso que no pudo resistir la tentación de trasmitir su secreto a los demás. El problema era que no tenía cómo hacerlo: se había privado voluntariamente de toda comunicación posible con el Hombre.

Y entonces,  milagrosamente, recordó su baba. ¡Claro, allí tenía el medio y  sería imposible que los Hombres dejaran de ver los mensajes! De esa manera, el Hombre y el Caracol serían amigos para siempre.

Trabajosamente,  trepó una roca y una larga, fina estela brillante fue marcando su camino.  El  Caracol  escribió en ella, codificado, el secreto universal que El Creador le confidenciara, palabra por palabra.

El primer Hombre que pasó por allí vio su huella y supo inmediatamente lo que le pareció  más importante de dicho mensaje:

-Hm, por aquí  hay Caracoles…y yo tengo hambre.

Rebuscó bajo las matas y recogió todos los que pudo para comérselos a la primera oportunidad.

Afortunadamente, uno de los escribas había reptado hasta  unas matas más lejanas de manera que, espantado por la desleatad y estupidez del Hombre,  convino con los demás de su especie la perfecta venganza: Por el resto de la vida de la tierra, los caracoles contarían los secretos del creador en todas las superficies reptables…y el hombre sería incapaz de usarlos en su provecho.

Por supuesto, El Creador estuvo algo molesto por  el incumplimiento de los Caracoles a su promesa de no  contar su secreto al Hombre, pero cuando comprobó personalmente que  el aludido era aún más ciego a la verdad de lo que había pensado, se rio largamente a costa suya. ¡Cómo era posible que su máxima creación fuera tan poco  lista, seguramente, había cometido algún error en el proceso!

El Caracol, en tanto, sigue adelante con su venganza. Ahora que el Hombre lo cría en forma industrial para aprovechar sus cualidades está aún más  furioso que antes y en las mismas barbas de su tirano, escribe:

-Hombre, torpe glotón de pacotilla, deja de comerte la Naturaleza entera y aprende que …

Y luego pinta de un tirón el mensaje secreto del Creador. Total, no hay ningún riesgo de que  ellos lo entiendan.

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Desde el amanecer de la historia, el Zorro y el Conejo mantuvieron una estrecha relación. A mayor abundancia de Conejos, mejor alimentados estaban los Zorros y  dado que el Conejo  se sentía lo bastante inteligente como  para  despistar a su principal predador,  ambos compartían los campos y colinas de Inglaterra sin pensar en el mañana.

Sin embargo, Conejo ignoraba que un terrible  destino se cernía sobre su pequeña y peluda cabecita: los granjeros estaban molestos por su extrema facilidad para reproducirse y, egoísta como es el Hombre, querían a todo coste deshacerse de ellos. Algunos más malvados que de costumbre,  entregaron el problema en manos de los científicos.

Los científicos han hecho innumerables y valiosos aportes al desarrollo de la Humanidad, pero  a menudo ignoran que lo más valioso de nuestro planeta es la Vida y que el deber del Hombre es preservarla respetuosamente en todas sus formas.  Pasando sobre este principio,  los científicos descubrieron que el peor enemigo del Conejo Europeo era un virus, un virus que le significaba una larga y dolorosa muerte y que en poco tiempo destruía las poblaciones de Conejos Europeos al punto de situarlos al borde de la extinción: el virus trasmitía una enfermedad llamada Mixomatosis.

Los primeros en dedicarse a combatir conejos con este virus, fueron australianos. En realidad el conejo no era una especie nativa y como suele ocurrir había sido introducida por un descuidado granjero que quería ganar más dinero. ¿Alguno de ustedes ha leído algo similar antes? Claro. Hay granjeros que han trasladado visones, hurones, coipos, jabalíes, ciervos, llamas y alpacas. Los primeros en sufrir las consecuencias son los integrantes de la Fauna Autóctona y el motivo de estas radicaciones forzosas es siempre el mismo: la codicia.

Los granjeros franceses tampoco estaban satisfechos con su población de Conejos. “Son demasiados –decían-, acaban con nuestros cultivos, provocan el hambre de nuestros animales domésticos, hay que acabar con ellos.”  

Conejo, ausente de las complejidades de la prensa y la burocracia agrícola, continuaba viviendo en el país de Jauja. Apasionados como son, vivían una vida de continuo  romance y se reproducían como…sí, eso mismo, como conejos.

Bastó un año para que una pareja de conejos infectados arrasara con el noventa por ciento de los conejos franceses. Poco después la plaga atravesó fronteras  desangrando las colonias belgas  e incluso cruzó el canal de la Mancha despoblando de conejos las colinas de Gran Bretaña.

Zorro, ignorante de lo que estaba sucediendo, descubrió repentinamente una epidemia tan peligrosa como aquella: la del hambre. Mientras los Conejos agonizaban en sus madrigueras, los Zorros vagaban  famélicos y desesperados. El Hombre, una vez más, había jugado cruelmente con la Naturaleza. El Hombre, como siempre,  ganaba. Los animales, los perdedores, sufrían.

La vida es fuerte, así como en Australia los Conejos  generaron resistencia a la cruel epidemia, algún día los Conejos de Europa volverán a ser fuertes. El amor, dicen ellos, nos salvará, y continúan trayendo  gazapillos al mundo sin medida ni control.

Pero Zorro tenía tanta hambre que se acercó a las granjas mucho más de lo que la prudencia aconsejaba. El granjero tendía trampas, lo obligaba a huir con sus escopetas. Desesperado, Zorro fue más lejos, tan lejos que la silueta de las ciudades se fue acercando cada vez más hasta que un día Zorro se encontró cruzando una calle de Londres.

¡Qué horrible podía ser todo allí! Los coches abundaban tanto o más que en las carreteras que ya había aprendido a esquivar y el suelo que pisaban era duro como la piedra, helaba en invierno y ardía en verano.  De pronto, Zorro divisó unos árboles  y corrió a refugiarse a su sombra y con asombro, se vio en medio de un bello parque.

-Esto –se dijo Zorro- es casi tan bueno  y bello como la campiña que debimos  dejar atrás.

Esa misma tarde descubrió la existencia de  unos receptáculos llenos de alimentos. Si Zorro  hurgaba en ellos antes de que los camiones del hombre  los vaciasen podía llenar la barriga hasta que no había un milímetro más  de espacio por llenar.

A medida que otros miembros de la familia fueron llegando a las ciudades,  encontraron otros parques, estadios, plazas  y jardines. Hábilmente,  Zorro  se escondió en los callejones oscuros,  armó su madriguera  bajo escaleras o en alcantarillas.

-Nosotros – dijeron- podemos usar al Hombre así como él se ha servido de el Zorro  y a cambio, no recibirán los daños que nosotros hemos tolerado.

En todo caso, los Zorros son orgullosos,  no querían que el Hombre los acusara de parásitos, mendigos o ladrones. Han echado a correr el rumor de que  llegaron atraídos por  la alegría y la música del Swinging London y ni muertos reconocerían que lo hicieron por necesidad.

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