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En el principio de los tiempos, Medusa era tan bella que la misma Aurora de rosáceos dedos  tenía vergüenza de competir  con la luz de sus mejillas. Tan grande era su dulzura que solía ser puesta de ejemplo para que las doncellas buscasen el ideal de perfección.

Medusa  era dichosa e iba por la vida perfumando su camino, repartiendo y generando sonrisas, admirada por todos, envidiada por no  pocos, que aun a su pesar debían reconocer que tanta maravilla era prácticamente imposible de reproducir y, a pesar de todo, que  Medusa se las ingeniaba para ser encantadora, buena y digna de todo afecto y admiración.

Su fama llegó a los confines de la Tierra y de los cuatro rincones habitados acudieron aquellos que querían comprobar lo oído con sus propios ojos.  Medusa siempre logró satisfacer las expectativas y, como si eso fuera poco, encendió en los corazones más salvajes y reacios  un sentimiento de  amor puro que la rodeó como una coraza protectora.

   Cuando todos en la Tierra conocida ya habían comprobado que Medusa era un regalo de los dioses a los hombres, un tritón que tomaba el sol  no muy lejos del Coloso de Rodas la vio venir  cogiendo flores y quedó deslumbrado por su encanto; apenas recuperado del hechizo, saltó en las aguas y repartió la nueva por los mares y océanos. Pronto se supo de cardúmenes de peces que pasaban el día saltando fuera del agua con la loca esperanza de verla pasar y de que  cien narvales  habían formado una guardia de honor a la espera de que Medusa, la bella,  mojase sus tobillos en el Tirreno.

Y entonces llegó el turno de Poseidón, que, sin que se enteraran  sus súbditos para no parecer ridículo, aguardó oculto entre los sargazos hasta que al fin una mañana  la vio asomar camino de la playa.

Medusa caminaba sonriente, rodeada de avecillas y mariposas blancas.  Sus delicados pies dibujaban rosas de sombra sobre la arena y el cimbrar de sus caderas parecía envuelto en una melodía mágica desplegada más allá de los oídos terrestres. Poseidón la vio y la deseó, pero  su negro corazón  oscurecido por la noche de los océanos más profundos fue incapaz de cobijar un sentimiento puro de amor.

Y lo que Poseidón quiso,  Poseidón obtuvo,  y para tenerlo debió arrebatarle a Medusa hasta el último aliento de felicidad y gracia. Avergonzado, el cielo se abrigó de nubes tormentosas, las corolas de las flores se cerraron y las aves  se taparon los ojos con las alas. Nadie quería ver el dolor de Medusa, nadie quería sentir la humillación de Medusa, nadie quería empaparse en las lágrimas de Medusa. La dulce, la bella, la adorable, la encantadora, ya no lo era más. Medusa, clamando a Zeus para que acabara con su vida, se metió en un agujero de la tierra y aulló de dolor.

El día que Medusa regresó mejor hubiera sido que no hubiera llegado nunca. Ahora, Medusa era la Gorgona.  Medusa era tan ágil o más que antes y se escurría veloz por los senderos sedienta de sangre y sed de venganza. A pesar de la nueva dureza de su boca conservaba los mismos rasgos que antes la hicieran tan famosa. Sólo que ahora los ojos destellaban fuego, los labios de rosa se contraían en un rictus de odio, las caderas
remataban en la cola de una serpiente, las uñas nacaradas eran garras de fiera, los pechos virginales eran escudo de acero y en su cabeza, oh Zeus, en aquella cabeza de cabellos dorados como el trigo, miles de serpientes  se retorcían amenazantes, con los venenosos colmillos listos para morder al que osara aproximarse.

Sólo una cosa parecía aliviar tanto horror. Ahora, si Medusa te clavaba los ojos, no importaban las garras, el acero, las serpientes. Mucho antes de que estos te rozaran siquiera, el fuego de sus ojos enloquecidos de rabia te habrían convertido en piedra para siempre jamás.

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