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Posts Tagged ‘infantil’

Lindo niñito,

Date por vencido,

Que duermas un rato

Es todo lo que pido.

Ya has recorrido

De Ceca a La Meca,

Hurgado en mil cajas

Buscando sorpresas,

Mas no hay descanso

Para el pequeñín

Es que ahora quiere

Salir al jardín.

Tus ojos se estrechan,

Tu boca se queja,

Mas, ay,  mira abuela,

Encontré una abeja,

Un barco de ruedas,

Una bicicleta.

¿Quién puede dormir

Sabiendo que el perro

Espera por mí?

Duérmete mi niño,

Duérmete tesoro,

Me duelen las piernas,

Me ataca un atoro,

Ya llegó el momento

De bajar cortinas,

Sombrear cabeceras,

De mecer la cuna

Para que mi niño

Cierre los ojitos

Y  sueñe un par de horas

Con los angelitos.

Ya bajó el potrillo

Desde la colina

Y junto al estanque

Están las gallinas

Peleando el espacio

Con los cinco patos

Que hace dos semanas

Cambié por un gato.

Te doy cien palomas

Por un elefante

Sólo si prometes

Dormir un instante.

Yo quisiera, abuela,

Pero al acostarme

Mis ojos rebeldes

Azules se abren.

Es que divisaron

El móvil de alambre

Con gansos, ovejas

Y bolas de estambre.

Me doy una vuelta

Bajo la cobija

Que tanto acalora

Y  mis fuerzas fatiga.

Yo quiero salir

A cortar las flores

Que guiñan sus ojos

A los picaflores.

Cuncuna peluda

Que vienes trepando

Por el verde tallo

Del  sombrío acanto

No te has dado cuenta

que te estoy mirando.

Te comes las hojas

Y te vas bordando

Entre nervaduras

Tu encaje de encanto.

Duérmete mi niño,

Descansa, te invito,

Apenas despiertes

A un paseíto

Por la calle arriba

Hasta la plazuela

Donde está la fuente

En que los girasoles

Estiran sus cuellos

Aún remolones

Hacia el sol que estalla

Con sus mil colores.

En cuanto despiertes

Cambio tus pañales

Y peino tus rizos

Color de trigales,

Calzo tus piecitos,

Tomamos las llaves

Y vamos paseando

En tu cochecito

Saludando niños,

Abuelos, gatitos,

Los perros del barrio,

Todos los amigos.

Ya cierro mis ojos,

Guárdame paciencia,

Se que los abuelos

Tienen más sapiencia

Pero me parece

Que ya han olvidado

Lo que es ser un niño

Que ha de ser dormido.

Ay que aburrimiento,

Ay que desespero,

Trae mi chaqueta,

Busca mi sombrero,

A mamá le gusta

Cubrir mi cabeza

Del sol que inclemente

Va tostando tejas,

Tengo en mi bolsillo

Mi auto favorito,

Y en mi mano llevo

Al fiel soldadito

fundido en plomo

Que el azar fortuito

Ha dejado falto

De un piececito.

A ellos les gusta

Tanto como  a mí

Salir de paseo

Y comer cuchuflí.

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Para todos aquellos que leyeron  la segunda  entrega de Diego Herreros en este blog y para aquellos que quieran conocerla ahora, les cuento que ya apareció, publicado por Editorial MN Chile,  en una linda edición con dibujos de Francisco Ramos La Sociedad del diamante secreto.

¿Qué pasará esta vez cn Diego? Se enterará finalmente de lo que en verdad sucedió en la Cordillera de los Andes o seguirá convencido de que  tuvo un sueño muy extraño?

Esta vez, junto al ex-niño de plomo -no del Plomo- nos vamos a tierras muy lejanas, a una nueva ciudad secreta y en compañía de la Sociedad del diamante Secreto trataremos de salvar a los hombres.

Los invitamos a encontrarse con él en Librerías Antártica y Ferias del libro. Que lo disfruten

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Niños, -dice la maestra-

Vamos todos a sacar

Los cuadernos, los colores

Y la goma de borrar.

Sobre estas páginas frescas

Empezaremos a armar

Satélites,  nebulosas,

Todo  el sistema solar.

¿Cómo haremos con la Tierra

que se me quiere escapar

por un agujero negro

a los confines de la eternidad?

¡Pronto, tomen sus tijeras

y la goma de pegar;

la cortamos, la encolamos

y nadie la moverá.

Con estos hilos de seda

A   Saturno le quedarán

Los anillos más brillantes

Que una corona real.

¿Y del sol su cabellera

cómo vamos a pintar

para recrear el fuego

que tanta vida nos da?

Rojo, blanco y amarillo

Y anaranjado quedará

Tanto que la luna llena

Más que nunca brillará.

Yo supe -dice Juanito-

Que un astrónomo encontró

Nuevos mundos tan lejanos

Que nadie jamás  conoció.

No lo creo -dice Alfonso-

Si es así ¿cómo los vio?

No hay telescopios tan grandes

Ni en Atacama ni en Ecuador.

Si de Alfonso se tratase,

-salta José- pienso yo

que  todavía la Tierra

sería plana como un tambor.

Si en vez de pelear ponemos

La cabeza en la labor

Nuestro Universo de cartulina

Funcionará como un reloj.

Nuestro Sol está en el centro

Latiendo como un corazón

Y nosotros orbitamos

Todo un año  alrededor.

Esta nube tan etérea

Que parece una ilusión

La  bautizó Vía Láctea

Un hombre que la admiró.

¡Es casi como un camino

para llegar hasta Dios,

cada estrella, un ladrillito,

cada grupo, un escalón!

Este es Marte, misterioso,

Planeta Rojo se le llamó.

Dicen ahora los científicos

Que un día la vida conoció.

¿Será cierto que solo hielos

existen allá en Plutón,

que de tan grande y lejano

hasta su atmósfera se congeló?

Algún día, en el futuro,

El hombre podrá viajar

Comprimiendo mucho el espacio

Y expandiéndolo hacia atrás.

¡En una de esas grandes naves

quisiera ser capitán

y recorrer las galaxias

y el Universo sin parar!

Por mucho que recorrieran

No podrían terminar

Un viaje hacia el infinito

Todos los miembros de la humanidad.

Te volverías viejito

Te tendrían que cambiar

Por tus hijos, por tus nietos

Y a ellos, por muchos más.

Eso creían, es cierto,

Nada  más osábamos pensar

Pero un hoyo de gusano

Promete ser la puerta para viajar

A Marte, Venus, Mercurio,

Urano, Júpiter y muchos más

Que de tan desconocidos

El hombre aún no llega a bautizar.

Así la clase ha terminado,

Nuestros planetas orbitarán

En su cielo de cartón piedra

Y en los sueños que todos tendrán.

 

 

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Mi tatara tatarabuela

Horneaba pan en Italia,

Almidonaba camisas,

Perfumaba las toallas.

Mi tatarabuelo recogió el ancla

De su flamante balandra,

Dio la vuelta al Cabo de Hornos

Y se estableció en Pisagua.

Por otro lado, mi bisabuelo,

Vistió de huaso y segó trigo.

Montó a caballo, tuvo diez hijos

Y se murió sin pedir permiso.

Su mujer, mi bisabuela,

Hacía empanadas, tejía calcetas.

Tenía un chivo consentido

Que no hay cosa que no se haya comido.

Otro más vino en un barco

De grandes velas desplegadas

Al viento de los sietes mares

Que de su Inglaterra lo alejaban.

Otra lejana pariente

Del bisabuelo paterno

Vino desde el Ecuador

En un carguero a vapor.

De todos ellos yo guardo

Un detalle, algún recuerdo,

Pecas, ojos o el cabello,

O un poco de tinte negro.

Los hombres somos así,

Tan mezclados como el viento,

Cuando éste llega silbando

Sobre los techos del puerto

Yo me asomo a la ventana

Y todas sus voces siento.

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Una aventura a la medida de Rena

3065774685_d8946652d3_oRena es la regalona de Ani y Pepe. Ellos la quieren, la visten y cuidan; la acuestan cuando tiene sueño y la sientan en el sillón recién retapizado cuando quiere tomar un poco de sol y mirar por la ventana.

Rena también quiere a Ani y Pepe, por eso se pone un poco triste cada mañana que ellos salen de casa para ir a trabajar. Ella se queda tranquila, durmiendo sobre la cama, bien tapadita, con su cabeza apoyada sobre su cojín favorito, el verde con dibujos, y sus suaves cornamentas bien peinadas y estiradas por las manos de Ani.

Cada vez que se cierra la puerta del departamento, Rena escucha el “pórtate bien” de Pepe y sonríe pensando en lo feliz que es con el hogar que los tres comparten.

Sin embargo, pasar parte del día sola no la emociona. En las mañanas intenta ver televisión, pero los programas no están pensados en una pequeña Rena, ella poco entiende de los comentarios de la prensa y las copuchas. Preferiría saber qué sucede con los otros renos que habitan el mundo o ver qué están haciendo Ani y Pepe fuera de casa en eso que ellos llaman trabajo.

A veces pasa un rato en el notebook de Ani, jugando solitario o viendo las fotos digitales que sus padres adoptivos han acumulado y que los muestran de vacaciones, en fiestas familiares y tardes de picnic. Esa sí que es diversión y no los días que Rena debe esperar a que Ani y Pepe regresen del trabajo.

Por eso un día martes simplemente Rena se aburrió de esperar. Ani y Pepe no lo saben, pero los renos no suelen esperar eternamente, no son de esos animalitos de peluche que se quedan de brazos cruzados. Tarde o temprano –y más temprano en el caso de Rena- la aventura los llama.

En este caso la aventura era descubrir qué cosa tan importante era lo que mantenía a Ani y Pepe fuera de casa. El plan original de Rena era esconderse en el bolso de Ani, pero los planes no siempre resultan como uno espera. Esa mañana Ani llevaba dos bolsos, una cartera más pequeña que había usado toda la semana anterior y un bolso grande y lleno de ropa y fue en ese bolso que Rena prefirió meterse, porque iba a estar más cómoda y sus cornamentas no se saldrían por los lados de la cartera.

Ani tomó los dos bolsos y los metió al auto. El viaje fue relativamente corto, lo que sorprendió a Rena. Siempre pensó que si salían de casa, viajaban muy lejos. El problema fue que Ani se bajó con el bolso grande, entró en una tienda y dejó el bolso ahí luego de hablar con la encargada. Rena no entendía mucho, unos calcetines se le habían colgado de sus orejas, lo que le dificultaba escuchar. Le costó trabajo abrirse paso a través de la ropa, pero cuando lo hizo y deslizó el cierre, se dio cuenta de que Ani no estaba y que en su lugar había una mujer mayor que nunca había visto. Rena pensó que Ani había regalado toda esa ropa a la señora mayor, lo que era un poco extraño, porque le parecía haber visto el pantalón favorito de Pepe. No quiso perder más tiempo, ya que temía que no podría ver hacia dónde iba Ani, así que saltó del bolso y corrió hacia la puerta del local, la empujó con fuerza y salió a la calle justo para ver el auto de Ani perderse en la esquina.

Si Rena hubiera escuchado en vez de adornar sus orejas con calcetines usados, se habría dado cuenta de que estaba en una lavandería y sabría que Ani volvería esa misma tarde a buscar la ropa para llevarla a casa. Le habría bastado esperar junto al bolso, incluso podría haber ayudado a doblar la ropa. En vez de eso, llegó corriendo a la esquina y no vio por ningún lado el auto de Ani.

Qué puede hacer una Rena sola en la calle, sin conocer a nadie. Eso era lo mismo que se preguntaba Rena con sus cornamentas caídas, por la tristeza de haberse separado de Ani. Si tan solo se hubiera quedado calientita en casa, durmiendo hasta tarde y sin pasar ningún peligro… Rena estaba dado rienda suelta a sus pensamientos, cuando pasó junto a ella Pepe en su bicicleta. Pepe se detuvo al verla ahí en la calle. Al principio no entendía nada. Luego de pensarlo un poco, siguió sin entender qué hacía Rena en la esquina de la lavandería. La tomó, la puso dentro de su chaqueta y se la llevó con él al trabajo.

Rena no podía creer su buena suerte. Le gustó eso de andar en bicicleta. Asomaba su nariz redonda por la abertura de la chaqueta de Pepe y dejaba que el viento moviera sus cornamentas. Esto del trabajo le parecía de lo más divertido. Aunque pronto descubrió que se trataba solo de una parte de la historia. Pepe llegó a la oficina al poco rato y escondió bien a Rena para que ninguno de sus compañeros se diera cuenta de que estaba llevando a su monito de peluche al trabajo.

Cuando llegó a su escritorio, se quitó la chaqueta y puso a Rena sobre la mesa, junto a la pantalla del computador y le pidió que se quedara tranquila mientras él trabajaba en sus diseños y llamaba a Ani para ponerla al corriente de las novedades. Pero Rena había estado tranquila por mucho tiempo, y al ver lo bien que había resultado su excursión matutina, ya no sentía deseos de detenerse. Además ahora que sabía a dónde iba Pepe cada mañana, quería familiarizarse bien con el lugar. Así que apenas Pepe le sacó los ojos de encima –solo por un par de segundos para servirse un café-, Rena había bajado de un salto del escritorio y comenzado a recorrer la vieja casona en la que trabajaba Pepe junto a otro grupo de diseñadores, que tomaban café en el escritorio, escuchaban música y reían contándose historias unos a otros. ¿Y esto es trabajar?, se preguntaba Rena. Porque eso era exactamente lo que Pepe hacía en casa, pero con ella y Ani, que ciertamente eran más queridas por Pepe que sus amigos del trabajo.

Aunque la visita había descolocado a Rena, no había sido lo suficiente como para desanimarla. Todo lo contrario. Trabajar le encantó. Aunque no le permitieron probar ni siquiera un sorbo de café –“no es para las pequeñas Renas”, le dijeron-, bailó y tarareó sobre los escritorios y escuchó historias sobre lugares de los que Pepe y Ani jamás le habían hablado y a los cuales tampoco la habían llevado, como el metro, la nieve y el Parque Forestal. Ahora quería ir a todos y ese mismo día si era posible.

A la hora de almuerzo, Pepe llevó a Rena a almorzar con Ani. Se juntaron en un pequeño restorán a medio camino entre sus respectivos trabajos. No fue un largo almuerzo, pero Rena nunca se había sentado en una silla de madera como esa ni visto meseras y meseros llevar comida en bandejas ni llevar cuentas a la mesa. Cuando terminaron, Rena se fue con Ani a su oficina. El lugar no se parecía en nada a la vieja y divertida casona de los diseñadores. Era una oficina grande y moderna, con poco colorido. La pobre Rena no sabía si podía tocar las blancas y pulcras superficies, temía dejar las marcas de sus manos por todas partes y meter a Ani en problemas. Mientras Ani trabajaba muy tranquila en su escritorio –ordenado en vez de sobrecargado como el de Pepe-, dejó que Rena recorriera el piso. Aquí no había música ni historias sobre lugares desconocidos y atractivos. Los compañeros de Ani trabajaban calladitos y descubrió que en la oficina más grande y que siempre tuvo la puerta cerrada, se encontraba el jefe, pero no le vio ni la punta de la nariz.

A Rena le dio pena que Ani tuviera que pasar su día en ese trabajo y pensaba que sería mejor que Ani aprendiera un poco de diseño y se fuera a trabajar con Pepe. Así ella podría ir también y ya no se separarían en las mañanas.

Rena estaba apoyada contra el notebook de Ani, y los ojos se le cerraban solos, cuando Ani comenzó a apagarlo. “Vamos, Rena, es hora de volver a casa”, le dijo. Se levantó y se metió dentro de la cartera de Ani. El día no había tenido tantas aventuras como ella pensaba y no todo lo que conoció le había gustado, pero estaba feliz. Feliz y con un sueño tan grande como el que no había sentido jamás. Eso de las aventuras estaba bien, pero tal vez no todos los días.

Alida Mayne-Nicholls

Periodista y Licenciada en Estética de la Pontificia U. Católica, la autora es miembro de la tripulación del Platillo Volador.

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Bajo la luna de agosto,

Siempre en puntitas de pie,

Es que los ratones bailan

El primer domingo del mes.

Vienen corriendo del campo,

La paja del trigo adherida al chaqué,

Para girar como trompos

De fina madera y acerado pie.

No hay ser vivo en el bosque

Que no quiera ver quinientos ratones

Saltando a la vez.

¡Qué enredo de colas,

Qué felices se ven.

Aunque por la mañana

Del granjero huyendo estén!

Trompetas, fanfarrias, tachún, rataplán,

La Reina Ratona ya está por llegar.

Ya abre camino la Guardia Real,

La ruta, de rosas, van a tapizar.

Miles de luciérnagas van a iluminar

Todos los rincones del gran robledal

Y si tanto baile llegara a sofocar

Otras tantas libélulas sus alas batirán.

Ratones de campo, de bosque, de ciudad,

Vestidos de lana, tafeta o percal.

Ratonas coquetas, matronas obesas

Que buscan las crías bajo de las mesas.

Los grillos arrancan de sus mil violines

Acordes dulcísimos para los querubines

Y sobre las ramas de la gran encina

La orgullosa alondra su garganta afina.

Ya de madrugada todo está despierto

Con tanto redoble, con tanto minueto

Y en cada corola asoma curioso

Su pequeño rostro un nomo enojoso.

Un bostezo disimula la Señora Luna

Ocultando su boca con boa de plumas.

-¡Cómo, ya es tan tarde,

Si aún esta fiesta parece que arde!

Levantando enaguas corren las ratonas

Y ellos sus sombreros de copa abandonan

Sobre las hojillas de la zarzamora,

Las piedras, los hongos y la guaripola.

Y al salir el sol el claro ha  quedado

Como si los hunos hubiesen hollado

La grama y la hierba, la vertiente y el vado.

Y en  la gran encina muy sola han dejado

La áurea corona de Su Majestad

Que cuando la ha visto Zorzal al pasar

Ha dicho riendo:

-¡En el pellejo de esos guardias,  no quisiera estar!

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gatosBernardita es profesora de lenguaje, escritora y poetisa; también   es encargada de la Biblioteca CRA. Vive en Palena lo que significa que, cualquiera sea la ruta que tome, llegar a Puerto Montt le significan  12 horas de viaje.

Cuando Chaiten era nuestro pueblo…

(Para Roberto y Mariana)

Manchita es mi hermana, ella es la mayor y me enseñó  a correr sobre los tejados de alerce sin resbalarme bajo la lluvia .Juntos recorríamos la costanera para visitar la pescadería, donde la dueña   siempre descuidaba alguna merluza , de esas que los pescadores traían desde Talcán .

También visitábamos el muelle cuando llegaban las lanchas desde Buil, en esas mañanas de verde y sol .En las  tardes, jugábamos  entre los coigües y arrayanes, esperando que los niños volvieran de la escuela.

La Manchi-  así le decía yo a mi hermanita – era muy precavida, ella siempre estaba advirtiéndome que  no fuera más allá del río Blanco, donde me gustaba saltar entre las piedras, esas tan blancas que parecían panes escondidos en el agua.

– ¡Cuidado hermanito!- gritaba siempre la Manchi- mira que allá viene el perro de la esquina- pero yo me alejaba porque   me gustaba aventurarme por esas calles tan anchas y al atardecer subir  al techo de la casa, para quedarme allí muy quieto esperando que salieran las estrellas,  tal vez por eso mi nombre es  Cósmico, extraño nombre para un gato.

Ella, mi hermana,  prefería las mañanas de lluvia y se quedaba viendo desde la ventana, el apacible volcán Corcovado y  los aviones que a esa hora llegaban a Chaitén.

Una mañana, todos en la casa se levantaron muy temprano, porque la tierra se movía y se escuchaban ruidos extraños, yo creía que eran  los rugidos de un monstruo, porque en la noche antes de bajar de mi azotea, alcancé a divisar como relumbraban sus ojos más allá del pueblo.

No sé que ocurrió,  a veces creo que ha sido un dragón de esos que los niños miraban en sus libros, o  tal vez era una guerra, porque  todos huyeron en los barcos cuando el pueblo se puso oscuro y parecía que  mi bosquecito de arrayanes estaba triste, muy triste por esa lluvia de ceniza que parecía ahogarlo.

No sé donde estará mi Manchi, sólo recuerdo  que ese día me subieron a un camión que iba a la cordillera.

Ahora, tengo una nueva casa, un patio de manzanos y  un amigo labrador grandote y amistoso, que da coletazos para invitarme a correr tras las liebres. A veces, en la noche, me pierdo en el cerro y  subo al ciprés más alto, allí espero que caiga alguna estrella para pedir que un día la lluvia, nos reúna a  jugar con mi hermanita.

Bernardita Hurtado Low

Mayo-2oo8-  En Palena, cuando el viento hace remolinos en la hojarasca.

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