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Posts Tagged ‘hora del cuento’

         …Mi prolongado viaje, querido Daniel,  apenas está comenzando. Desde mi larga gestación en las entrañas de la tierra  la sorprendente vida del planeta ha desfilado ante mis ocelos como  un colorido, vibrante carnaval en que se mezclan, como en un cóctel,  grandes saurios de afiladas garras, homo sapiens  que imprimen sus manos en las paredes de las cavernas, diluvios terroríficos, glaciaciones que congelan  los bosques, ríos de lava que desbordan los cráteres de los volcanes burbujeando como champaña, patriarcas que guian a sus pueblos,  caballeros andantes que acorralan dragones,  ballenas bufantes de los siete mares y narvales de colmillo enroscado, damiselas que piden socorro desde torreones de piedra, corsarios de parche en el ojo, músicos de larga cabellera,  escritores que inventan  mundos que no envejecen, rockeros de modales desenfadados y héroes que de tan desprendidos no se han enterado de que lo son.     Zzummm, zzummm. El planeta es una caja de sorpresas inagotables y en todas partes, allí donde se necesitaba que un hecho se imprimiese en la memoria de los hombres, allí estaba un escritor.

A mí las letras no se me dan muy bien, lo mío es el escenario. No soy ni tan frívola ni tan vanidosa como parezco. Finjo muy bien, tengo pasta de actriz,  y de las grandes. La  abuela solía decir que yo habría sido tan buena como la divina Sara o la trágica  Eleonora.  También he sido siempre una avispa curiosa. Yo hubiera querido estar con todos ellos…no te imaginas cómo me habría gustado  escuchar la tos cascada del hidalgo de La Mancha o sentir la caricia de las manos de Mona Lisa del Giocondo…(¡me muero de ganas de saber por qué sonreía con esa gracia atemporal!) ¡Daría mi engaste de oro por volver atrás  el tiempo y poder centellear en el jubón  de Leonardo, por embarcarme en la Santa María a descubrir  Indias que no son tales  o por  surcar el espacio en la Apolo XI para escuchar el silencio infinito de la noche universal!

           

En mi modesta opinión, lo mejor de todos esos hombres, aún de los peores, residió en la audacia, el desenfado y  la curiosidad que los empujó al otro lado del globo y la valentía que los sostuvo hasta que dieron el último suspiro. ¡Ojalá hubieras estado tú allí para documentar sus pasos, Daniel, lo habrías pasado de maravillas.

Al acompañarlos, yo puse un toque de belleza en sus periplos, ese no sé qué de elegancia que sólo una verdadera avispa de ámbar puede dar. Zzummm, zzummm. (Recuerden que hay muchos mosquitos que en vano han querido imitarme, qué frescura) 

Por el momento, me acarician las manos de esta dama encantadora que me cuida como hueso santo. Zzummm.  No está nada de mal, pero tampoco  pierdo las esperanzas de ser raptada por un extraterrestre que me lleve a conocer los anillos de Saturno. Hace mucho tiempo que me enteré de que las estrellas fugaces no están hechas de diamantes fundidos, de manera que me encantaría visitar esos anillos de hielos  más eternos que cualquiera que haya conocido la Antártida. Quizás me toque en suerte un ladrón internacional de joyas; por si acaso, siempre reluzco lo más posible para deslumbrarlos…pero esta es una ciudad demasiado tranquila.

Zzummm, zzummm. No importa, Daniel, la puerta del mañana siempre está abierta, ni siquiera mi prisión ha impedido que vuele de un lado a otro…quién sabe con qué cosas me encontraré a la vuelta de la próxima página.

            En todo caso, suceda lo que suceda. ..no sé cómo pedírtelo y por favor, no se lo digas a nadie, me da un poco de pudor, pero, cuando tú escribas, ¿crees tú que sería mucha frescura pedirte que yo sea uno de tus protagonistas?

Cariñosamente

Mignon

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Abuela está muy bien vestida esta tarde. Lleva puesto su traje de seda de la China  con estampado de rosas, una puntilla de hilo tejida a crochet y su broche de oro y ámbar. Se ve hermosa la abuela. Quizás sean los mágicos ocelos de Mignon los que le dan  a los de la anciana un especial brillo mientras  relata con acento misterioso: 

 

-La culpa de todo, la tiene mi madre. Mire que dejarme ir por la vida sin una advertencia siquiera, sin un  ¡cuidado!  Qué va, me ha dejado ir de fiestas, de pic nic, de playas y de excursiones sin decir agua va. Me levanta temprano, me da el desayuno en la cocina, me peina las trenzas y me envía al colegio con un bolsoncito de cuero del que estoy  muy orgullosa. Mi uniforme es una maravilla, usamos unos hermosos uniformes azules con cuello marinero y una gorrita de tripulante que todos los otros colegios nos envidian. A medida que uno crece puede ganar méritos y eso significa tener hermosos cordones dorados o jinetas de seda que se ven la mar de bien. Mi colegio es siempre el que mejor luce en los desfiles patrióticos.

Cada tarde, después de almuerzo y todavía con el uniforme del colegio puesto, parto yo a casa de la señorita Soto   a lidiar con el piano. No es que me guste mucho, pero mi madre siempre dice que una señorita no es tal si no puede acompañarse al piano cuando canta y yo soy una hija obediente, aunque corra por allí el ingrato rumor de que  atraigo las calamidades.

            Sea como sea, ya lo dije, no es mi culpa. Yo sólo hago lo que me dicen  y si mamá me hubiera aclarado el origen de mi nombre no tendríamos nada que lamentar. ¡Armida! Llama mamá,  y yo cruzo toda la casa para satisfacer sus deseos. Todo el día mamá siempre está  llamándome, hasta que terminé dándome cuenta de que lo que más le gusta de mí a mamá es el sonido de mi nombre: ¡Armida, Armida!

            Siempre fuí, como ya dije, una niña  buena y complaciente. No es culpa mía que las figuras de porcelana se tiren de bruces a mi paso o que las copas de Baccarat se suiciden lanzándose desde el último piso del buffet. ¡Ni siquiera las toco, apenas paso por allí!  Yo no hago nada para que las sillas del comedor se desbaraten cuando papá se sienta en ellas  y me declaro absolutamente inocente de que las polillas hayan devorado el tapiz de Bayona que la abuela heredó de su tía Beatriz.

 

            Es un azote esta niñita, el apocalipsis en persona. Zzummm, zzummmm. Por lo menos una vez a la semana se sala la sopa o se queman los bizcochos. De doce huevos que ponen las gallinas, tres al menos están hueros. La leche se corta día por medio y apenas recién comprada,  la harina ya está llena de gorgojos. Por su culpa, en esta casa nada sale bien.

Momentito, no estoy exagerando, díganme si en alguna otra casa han caído los niños enfermos de paperas, alfombrilla y tos ferina todos los años. Si acaso hay otra familia a cuya abuela se le suelten los tornillos una vez a la semana y le dé por practicar la cuerda floja en el tendedero, especialmente cuando esta abuela ya cumplió los ochenta y dos. Zzummm, zzummm. Díganme, a ver.

           

            La señorita Soto siempre me recibe de mala cara. No es lo que se llama una persona sutil. Desde mi segunda clase tiene todos los muebles cubiertos con sábanas blancas y vaya uno a saber dónde guarda esos bibelots y copas de plata  que divisé la primera vez. ¡Cómo si fuera culpa mía que el gato hubiera tenido su cola en mi camino y que en cuanto se la pisé haya salido saltando y maullando como si le hubiera dado el mal de San Vito!

¡Gato loco! Se  paseó dando brincos enloquecidos  por los estantes, las sillas tapizadas de felpa y  la mesa de comedor. Las  pastorcillas y los flautistas de porcelana volaban de aquí para allá.   Cuando  el  minino llegó al piano, a la señorita Soto ya le había dado un soponcio y estaba desmayada en el piso, así que por suerte no vio la poza que la bestezuela dejó sobre la cubierta. Su madre, muy diligente, ya la había secado cuando ella se recuperó del  desmayo, pero quedó para siempre una aureola ligeramente más clara. No hay clase en que la señorita Soto no pase su mano por allí con aire de melancolía. Después me da una mirada fea y me regaña:

            -¡Cuidado con esos arpegios, Armida!

-¡Cómo si yo hubiera tenido la culpa de algo!

            Mi vida no es cosa de risa. ¡Un mundo le costó a mi madre que la señorita Soto accediera a continuar con las lecciones!  Mi padre zanjó el asunto con una bonificación generosa. Vale la pena pagar por unas horas de calma, dijo el traidor. Cómo si yo hubiera sido responsable, como si no fuera mamá la que…

            Mis relaciones con la señorita Soto mejoraron en forma radical a partir  del día que el piano terminó por desafinarse  del todo. Las clases se suspendieron por dos semanas y entonces mi padre, desesperado, anduvo la ciudad de arriba abajo hasta que dio con un afinador. El día que el señor López  logró por fin dejar el piano perfectamente afinado, cosa que le tomó  una semana más,  la señorita Soto se olvidó totalmente de nuestras dificultades.

            ¡Es que era una locura! ¡Fortissimo, Armida, me ordenaba, fortissimo! Y yo,  que apenas podía hacerlo con mis manos tan pequeñas,  le atizaba a las teclas hasta que me dolían las puntas de los dedos. Cada dos por tres el piano que se desafinaba otra vez y vuelta a llamar al señor López.   Parecía ser  lo que papá llama un círculo vicioso. Fortissimo, señor López, clases, y así una y otra vez. 

Con el tiempo casi era como que el señor López se hubiera mudado allí. Yo me afanaba tocando mis escalas y ellos aprovechaban de intercambiar   miradas de carnero degollado a mis espaldas. No puedo decir que no comprendía a la señorita Soto, el señor López era bastante guapo. Para  ser un afinador de pianos, claro.

            Infortunadamente, las cosas no podían seguir así. En  una familia normal habrían estado felices de que la señorita Soto hubiera encontrado novio (según Norita, que es bastante chismosa, ella casi estaba como para decir que la dejaba el tren),  es cierto, si bien esta familia no era tan normal como parecía. Cualquier  familia habría celebrado  la aparición del señor López,  pero la  maestra de piano tenía madre, madre de las que dicen hay una sola, pero es que la de la señorita Soto, ésa, valía por diez.

            Comenzó por sentarse en el comedor, desde donde les arrojaba a los tortolitos  unas miradas que eran como dardos envenenados. Hay que reconocer que ellos resistían imperturbables, actitud que fue poniendo cada vez más nerviosa a la madre de la señorita López.

Poco a poco se fue acercando y al final estaba en medio de ellos como una estaca. El señor López, que era un cobarde, se comía las uñas y tiritaba entero. Antes de marcharse, le daba a la señorita Soto una mirada febril que le incendiaba hasta las horquillas del moño. Y ella, la pobrecita, ¿cómo explicarlo? Si  los suspiros fueran música, la señorita Soto habría sido Adelina Patti.

 

            Es una pena tener que contar estas intimidades, pero la señorita Soto no era tan angelical como la muestra Armida. Yo diría, más bien, que la procesión la llevaba por dentro. Zzummm, zzummm.  Tan sensible como soy, lo supe en el primer instante que nos conocimos, ese día de la presentación anual en el salón de la parroquia. Armidita, tan llena de mañas como de costumbre, si no más,  insistió en llevarme consigo:  que me trae buena suerte, que es tan linda (para qué lo vamos a discutir),  que todas van a ir elegantes, que si no me lo prestas, mamá, yo no me atrevo a  presentarme.

Ante esas amenazas,  ¿qué podía decir doña Hermelinda? Partí a la presentación sobre la blusa de muselina de Armida y debo reconocer que me veía más bella que en otras ocasiones, lo que no es poco decir. Verme la señorita Soto y caer en trance por mí, fue todo uno.

            Con la función ocurrió lo que era de esperar, todo salió mal, excepto Armida. El chiquitín de los Rodríguez  se puso a llorar en medio del proscenio, a la vecinita de enfrente se le cortó el elástico de la enagua justo cuando agradecía al público y el florero con rosas se volcó sobre las partituras, cosa que quedó  de manifiesto cuando  nadie entendía qué era lo que estaba tocando la pequeña Emita  Rosales.

Armida estuvo muy bien, el piano casi no llegó a desafinarse, aunque el señor López estaba allí mismo, lanzándose miradas incandescentes con la maestra por detrás del decorado.    Zzummm, zzummm.

 

Esta vez no nos puedes dejar a medias, abuela, tienes que contarnos el final o muchos se quedarán sin saberlo.

Daniel está determinado a lograr su objetivo. ¡No será él quien se quede sin el final de la loca historia de Hermelinda y Armida!

-Lo sé, Daniel, no te preocupes, esta noche nos quedaremos un rato más, porque a todos nos gusta que  cuando dos personas se amen ocurra una cosa. ¿Qué será?

            -¿Que se casen? – Pregunta la prima Rosita.

            -Sí, el matrimonio es parte de ello, pero lo que nos gusta es algo  que tiene muchas aristas, lo que todos queremos es que triunfe…

            -¡El amor!

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-Cosas inesperadas ocurren a menudo cuando los progenitores  bautizan a sus hijos sin tomar en cuenta que éstos deberán ir cargando esos nombres por todo lo largo y ancho de sus vidas. A Hermelinda yo no  la conozco muy bien, -dijo la abuela- pero la comprendo. Piensen ustedes que a la abuela paterna la pobre Hermelinda no la conoció jamás, peor, sepan ustedes que la anterior Hermelinda murió mucho antes que don Adalberto pensase siquiera en casarse con doña Isabel, y, lo que es realmente imperdonable: la abuela paterna de Hermelinda siempre detestó su nombre y no creo que hubiese tenido el menor interés en que se lo plantasen a su nieta así como así.

Por eso,  cuando terminó el terremoto, se hizo el recuento de víctimas y el inventario de pérdidas navales y terrestres y se inició la  reconstrucción de  la ciudad,  no resultó nada extraño que la desdichada Hermelinda se enamorase de los restos del Armida que se iban desguazando lentamente sobre los arrecifes en que encallaran.

-Armida, Armida.- musitaba la muchacha  con los ojos fijos en la decena de ojos de buey que todavía  quedaban pegados al  casco.

Desde su observatorio en las rocas, Hermelinda soñaba despierta: Mi nombre es Armida, algún día, un hombre maravilloso llegará a buscarme desde el otro lado del oceáno navegando en un gran vapor, y en cuanto me conozca, se enamorará de mí, nos casaremos y seremos felices para siempre.

 

Porque han de saber ustedes que ese es  el típico sueño de las muchachas algo tontas, especialmente los de aquellas pobres que tienen que cargar  con  alguna cosa que detestan en sus vidas. Y si alguien tiene derecho a estar cansada de cargar con algo, esa es Hermelinda Montoya, la hija de mi señora. Zzummm.

No es lo único que carga Hermelinda; desde la trágica noche del terremoto y maremoto de 1887, mi señora, doña Isabel, ha ido perdiendo lentamente la razón.  A veces quiere ser malabarista, otras, dedicarse al trapecio. No falta la ocasión en que se dedica a ser domadora de los gatos de la casa. Un poquito más trastornada cada día y algo más que de costumbre en el mes de mayo. Algunas crisis especialmente fuertes han tenido lugar a las ocho y media de la noche, después de cenar. Es lamentable, pero ¿quién podría lanzar la primera piedra sobre la pobre doña Isabel? Nadie sabe lo que es pasar por algo así. Zzummm, zzummm.

En todo caso, Hermelinda resultó ser una muchacha afortunada por muchas razones: primera, su madre, en uno de sus raptos de locura, le regaló su broche de oro y ámbar dándole la  más grata sorpresa de su vida. Segunda, el año de 1895 un barco de la Armada fondeó en la ciudad y se organizó en la gobernación un gran baile donde Hermelinda conoció al que sería su amante esposo. Y tercera, zzummm, zzummm, cinco años después, dio a luz a una hija a la que llamó con el maravilloso nombre que siempre había querido tener: Armida.

Hay una cuarta razón, pero sería muy raro que ella pudiera conocerla; la cuarta razón es que yo llegué a sus manos en plena madurez, sintiéndome  feliz de disfrutar este espectáculo espléndido que resulta ser la vida; si eso no es maravilloso, francamente, me resulta difícil pensar qué puede serlo. Zzummm, zzummm.

-Esa avispa tuya es una presuntuosa, abuela -Daniel, lapidario.

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Desde su prolongada estadía en la sede episcopal de Chiapas – comienza la abuela esta noche-, el teniente Joaquín Martínez del Pedregal ya  no es el mismo. Eso,  cualquiera podría decirlo. Él, que era tan valiente, tan audaz, tan arrojado, se la pasa ahora protestando por el trato que reciben los indios.  Sus superiores ya no saben qué hacer con él. Apenas hace unos meses   atrás fueron llamadas las tropas para pacificar a los indios de Comayagua; qué más podría pedir un oficial que esa tremenda oportunidad de demostrar lo que vale,  pero el teniente ha cubierto de vergüenza a su regimiento al permitir que los indios se marcharan sin que se les tocase un pelo.

-Son los malos tratos los que les han hecho rebelarse. -Ha explicado a su regreso.

Dos años atrás, el teniente Martínez del Pedregal habría sido el primero en pasar a sangre y fuego sobre los indios, hasta forzarlos a volver a su trabajo en las minas.  Dos años atrás su espada hubiera impuesto la paz a rajatabla, dos años atrás se habría ganado fácilmente las jinetas de Capitán, en cambio, Joaquín Martínez sigue allí, pegado en su grado de teniente, aislado por sus superiores y la tropa que comanda. Nadie confía en él y nadie espera nada bueno de él.

¿Qué es lo que ha pasado?

Podríamos decir que el pobre muchacho no es del todo culpable. En un combate contra los indios  quedó  tan malherido que, dándosele por  acabado se le envió  a bien morir en la misión de fray Bartolomé de Las Casas. Los frailes hicieron un milagro al devolverle  la vida, pero también provocaron irreparable estropicio al sorberle el seso con las prédicas de ese  fraile retorcido, revolucionario y traidor que insiste en proclamar la igualdad de los cristianos con esas criaturas salvajes y a quien en malahora le han nombrado Protector de las Indias.

 

  Cada mañana, apenas amanece, parte el teniente a recorrer las labores mineras. ¡Ay de aquellos que tengan algún indio metido en el cepo o amarrado al poste con la espalda cubierta de sangre! Basta que el teniente les ponga un ojo encima para que se le nuble la vista y se le suba la sangre a las mejillas.

-¡Suéltenlo de inmediato! -Ordena.

En las minas de plata de Juvencio Esquerra,  por lo menos una vez por semana, el teniente encuentra en el cepo a un indio flaco que lleva la espalda toda cruzada con las cicatrices de los latigazos que ha recibido y la cara ennegrecida por los verdugones. El teniente no puede saberlo, pero hace seis meses que el capataz de Juvencio Esquerra intenta arrancarle del pellejo las señas del lugar donde encontró las pepitas de oro con que se había hecho un collar. El indio insiste en que lo rescató de los restos de un naufragio, que no sabe dónde  encontrar  más lágrimas del sol.

Se llama Mayube.

Hoy está la noche  especialmente grata, un airecillo fresco ha bajado de las montañas dando un respiro a la ciudad. Hace ya diez minutos que los niños esperan, la abuela se ha tardado disponiendo el menú de la semana y la impaciencia comienza a hacer estragos.

Alguno propone salir a jugar en la huerta y no faltan los que se entusiasman.

-Yo no voy. -Dice Daniel.

-No seas pesado.

-Quiero saber qué pasa hoy.- Se queja el aludido.

En ese preciso instante llega la abuela, que es recibida con entusiasmo por la parvada de chicos. Casi no la dejan respirar, apresurándola para que retome la historia. ¿Cómo se llamaba el indio? ¡Ya, ya recuerda!

 

Mayube es lo que podríamos llamar ingenuo, pero no tonto. Casi como un niño, el pobrecillo. Me echa encima el vapor de su boca y me frota delicadamente con hojas tiernas hasta que estoy bien abrillantada; después, me esconde bajo su taparrabos en el mayor de los secretos. Zzummmm. Mayube tiene miedo de que le ocurra conmigo lo mismo que con su bello collar de piedras amarillas.

Cuando Mayube regresó a la aldea con el valioso tesoro  regaló al cacique Campeya la mitad de las piedras doradas y el cacique, generosamente, le dio a su hija Tipa  como esposa. Mayube y Tipa tienen cinco hijos, pero hace mucho tiempo que Mayube no ha vuelto a ver a Tipa y a sus hijos, no desde que los  soldados blancos arrasaron la aldea provocando la estampida de los que pudieron; que fueron pocos, porque los demás, Mayube entre ellos, fueron amarrados como fieras y traídos hasta las minas de plata de Comayagua, donde son obligados a trabajar  entre latigazos hasta el día en que caerán muertos.

El mismo soldado que arrebató a Mayube su collar de lágrimas del sol arrancó del cuello del cacique los restos ensangrentados del que usaba. El soldado se los vendió a Juvencio Esquerra y desde ese momento, zzummm, zzummm, a Mayube  no han dejado de apremiarle en el cepo para qué diga de dónde sacó las pepitas de oro.

 Pobre Mayube, dentro de lo que podía, siempre me  trató con gran delicadeza. Dice que soy la diosa de los enjambres y me pide agua y alimentos, sombra y descanso, me duele en el alma no poder complacerle. Cuando podía, me traía deliciosas ofrendas: bananos maduros, orquídeas selectas, aguacates cremosos.  Tan bueno es, que no ha querido culparme por sus sufrimientos actuales, cree que hizo algo malo y debe ser castigado, sólo que todavía no sabe qué es lo que hizo.

 

¡Cómo le gustaría a Mayube que los extranjeros de piel blanca se dieran cuenta de que él no les está engañando! Todos los días, Mayube le pide a la Diosa de los Enjambres que le revele el lugar donde  nacen las  Lágrimas del Sol, pero ella está tan disgustada con Mayube que no quiere saber nada con él. Es cierto que hace mucho tiempo que Mayube no la agasaja con los mejores frutos de la selva, que hace muchas lunas que la obligó a acompañarle hasta estas montañas resecas y crueles, pero también es verdad que Mayube vino aquí contra su voluntad, que fueron ellos, los guerreros de piel blanca,  los que le forzaron a venir como esclavo.

No importa, Mayube es fuerte, un valiente cazador que ha luchado con serpientes y jaguares, puede soportarlo todo por más largos que sean su prisión y su destierro. Mayube puede soportarlo todo si la Diosa de los Enjambres protege a Tipa y a sus hijos. No hay día que Mayube no ruegue  para que su familia haya podido escapar de los crueles extranjeros. Algún día, cuando Mayube sea libre otra vez, podrá traerle a la Diosa de los Enjambres los más bellos y deliciosos regalos, entonces, ella le perdonará y todo volverá a ser como antes.

Con todo, las cosas no están tan mal, porque Mayube tiene un amigo entre los guerreros de piel blanca. Mayube no entiende una palabra de lo que él dice, pero sabe que cuando él viene hasta las minas  hace correr a los blancos malvados con sus órdenes y todavía no muere el eco de sus palabras cuando  Mayube y los demás esclavos son liberados y se les da agua y algo de comer.  Mayube está seguro de que el guerrero de piel blanca que les ayuda es un enviado de la Diosa de los Enjambres.

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La ciudad dormita la siesta bajo un velo de polvo; encaramado en un árbol, Daniel se lleva la mano a la frente y espía  la huerta vecina. No hay moros en la costa. El niño se escurre por las ramas del árbol  y, antes de dejarse caer del otro lado de la muralla,  para la oreja, tratando de asegurarse de que también los perros duermen. Las tres de la tarde; en la propiedad de don Nacho Bautista las vacas espantan mosquitos con su cola perezosa y el cerdo que se ceba para las navidades ronca desenfadadamente en la pocilga. En silencio, Daniel se deja caer y se mete en la huerta agazapado, escondiéndose detrás de los troncos de los mangos y los guayabos.

Como el  niño lo imaginaba, los mangos están maduros. Daniel corta los mejores frutos y los apretuja en sus bolsillos  hasta que ya no pueden más, entonces desabotona la camisa y los acomoda allí, entre el faldón y la pretina del pantalón corto;  las ramas del árbol han dibujado en sus piernas delgadas el mapa del universo. El último mango es tan grande y perfumado que el niño no puede resistirse y arranca un trozo de piel para chupar la carne dorada y jugosa.

-¡Daniel, que vienen, se despertó el perro!

El niño deja caer la fruta, vuela más que corre hacia la muralla y arroja del otro lado la caña mientras se cuelga del cordel que han lanzado sus compañeros. El temor imprime con fuerza en sus oídos el ladrido de los perros que se acercan y el portazo que ha dado el dueño de la huerta al salir medio dormido a averiguar qué está pasando.

-¡Apúrate, tonto, que ya están aquí!

Un último empeño y sus manos se agarran del borde de la muralla en el instante mismo que  los dos  perrazos asoman corriendo y ladrando como energúmenos. Casi sin aliento, Daniel se monta sobre la muralla y se burla de los guardianes. Justo a tiempo decide dejarse caer del otro lado, pues apenas ha desparecido su cabeza rizada asoma a pocos metros la cara congestionada y furiosa del propietario. Batiendo un palo de escoba, el hombre  llega hasta la muralla  con la lengua afuera.

-Ya verán lo que les pasará  si llego a pescarlos; del pellejo les voy a sacar los mangos.- Vocifera indignado por la fruta  robada y la siesta interrumpida.

Pero ya los niños están lejos, Don Nacho  puede patalear todo lo que quiera, ríe Daniel  mientras reparte los mangos entre sus amigos. Diez minutos después, cuando los perros del vecino llegan al lugar, los niños han desaparecido y sólo quedan en su lugar algunas pieles de mango y un viejo tarro oxidado.

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