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Desde el amanecer de la historia, el Zorro y el Conejo mantuvieron una estrecha relación. A mayor abundancia de Conejos, mejor alimentados estaban los Zorros y  dado que el Conejo  se sentía lo bastante inteligente como  para  despistar a su principal predador,  ambos compartían los campos y colinas de Inglaterra sin pensar en el mañana.

Sin embargo, Conejo ignoraba que un terrible  destino se cernía sobre su pequeña y peluda cabecita: los granjeros estaban molestos por su extrema facilidad para reproducirse y, egoísta como es el Hombre, querían a todo coste deshacerse de ellos. Algunos más malvados que de costumbre,  entregaron el problema en manos de los científicos.

Los científicos han hecho innumerables y valiosos aportes al desarrollo de la Humanidad, pero  a menudo ignoran que lo más valioso de nuestro planeta es la Vida y que el deber del Hombre es preservarla respetuosamente en todas sus formas.  Pasando sobre este principio,  los científicos descubrieron que el peor enemigo del Conejo Europeo era un virus, un virus que le significaba una larga y dolorosa muerte y que en poco tiempo destruía las poblaciones de Conejos Europeos al punto de situarlos al borde de la extinción: el virus trasmitía una enfermedad llamada Mixomatosis.

Los primeros en dedicarse a combatir conejos con este virus, fueron australianos. En realidad el conejo no era una especie nativa y como suele ocurrir había sido introducida por un descuidado granjero que quería ganar más dinero. ¿Alguno de ustedes ha leído algo similar antes? Claro. Hay granjeros que han trasladado visones, hurones, coipos, jabalíes, ciervos, llamas y alpacas. Los primeros en sufrir las consecuencias son los integrantes de la Fauna Autóctona y el motivo de estas radicaciones forzosas es siempre el mismo: la codicia.

Los granjeros franceses tampoco estaban satisfechos con su población de Conejos. “Son demasiados –decían-, acaban con nuestros cultivos, provocan el hambre de nuestros animales domésticos, hay que acabar con ellos.”  

Conejo, ausente de las complejidades de la prensa y la burocracia agrícola, continuaba viviendo en el país de Jauja. Apasionados como son, vivían una vida de continuo  romance y se reproducían como…sí, eso mismo, como conejos.

Bastó un año para que una pareja de conejos infectados arrasara con el noventa por ciento de los conejos franceses. Poco después la plaga atravesó fronteras  desangrando las colonias belgas  e incluso cruzó el canal de la Mancha despoblando de conejos las colinas de Gran Bretaña.

Zorro, ignorante de lo que estaba sucediendo, descubrió repentinamente una epidemia tan peligrosa como aquella: la del hambre. Mientras los Conejos agonizaban en sus madrigueras, los Zorros vagaban  famélicos y desesperados. El Hombre, una vez más, había jugado cruelmente con la Naturaleza. El Hombre, como siempre,  ganaba. Los animales, los perdedores, sufrían.

La vida es fuerte, así como en Australia los Conejos  generaron resistencia a la cruel epidemia, algún día los Conejos de Europa volverán a ser fuertes. El amor, dicen ellos, nos salvará, y continúan trayendo  gazapillos al mundo sin medida ni control.

Pero Zorro tenía tanta hambre que se acercó a las granjas mucho más de lo que la prudencia aconsejaba. El granjero tendía trampas, lo obligaba a huir con sus escopetas. Desesperado, Zorro fue más lejos, tan lejos que la silueta de las ciudades se fue acercando cada vez más hasta que un día Zorro se encontró cruzando una calle de Londres.

¡Qué horrible podía ser todo allí! Los coches abundaban tanto o más que en las carreteras que ya había aprendido a esquivar y el suelo que pisaban era duro como la piedra, helaba en invierno y ardía en verano.  De pronto, Zorro divisó unos árboles  y corrió a refugiarse a su sombra y con asombro, se vio en medio de un bello parque.

-Esto –se dijo Zorro- es casi tan bueno  y bello como la campiña que debimos  dejar atrás.

Esa misma tarde descubrió la existencia de  unos receptáculos llenos de alimentos. Si Zorro  hurgaba en ellos antes de que los camiones del hombre  los vaciasen podía llenar la barriga hasta que no había un milímetro más  de espacio por llenar.

A medida que otros miembros de la familia fueron llegando a las ciudades,  encontraron otros parques, estadios, plazas  y jardines. Hábilmente,  Zorro  se escondió en los callejones oscuros,  armó su madriguera  bajo escaleras o en alcantarillas.

-Nosotros – dijeron- podemos usar al Hombre así como él se ha servido de el Zorro  y a cambio, no recibirán los daños que nosotros hemos tolerado.

En todo caso, los Zorros son orgullosos,  no querían que el Hombre los acusara de parásitos, mendigos o ladrones. Han echado a correr el rumor de que  llegaron atraídos por  la alegría y la música del Swinging London y ni muertos reconocerían que lo hicieron por necesidad.

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