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Posts Tagged ‘hipocampos’

116521611_00f2d8507cDesde los primeros tiempos de su existencia, los hipocampos  mostraron una veta romántica que no los abandonaría jamás.

Al comienzo, ese romanticismo se traducía en una serie interminable de amoríos. Los  machos de la especie eran unos  rompecorazones e iban por  los mares de Dios enamorando  a sus pequeñas congéneres  como si el mundo se fuera a acabar al día siguiente. Las chicas sufrían en silencio  su vocación de Casanovas y criaban a sus pequeñuelos sin una queja…pero solas.  Valientemente, ellas salían adelante, pero las crías resultaban cada día más rebeldes y no pocas veces, tomaban el mal camino causándoles muchos sufrimientos a sus madres.

Pero un día cualquiera, en el comienzo de los tiempos,  un hipocampo más romántico que lo usual, se enamoró locamente de una bella hembrita de colita coquetona.  Tanta era su pasión, que  la persiguió por los siete mares rogándole que le concediera su colita; ella, que había visto los sufrimientos  de su madre, estaba decidida a seguir soltera y se le escurría entre las algas, rechazaba los deliciosos copépodos que el apasionado galán le regalaba y  finalmente, cansada de tanta persecusión, le escribió una  fría carta:

“Cansada de  esconderme, estimado señor hipocampo, le informo que he decidido permanecer soltera para evitarme los dolores de un corazón destrozado por otro amante fugaz. No insista.”

Apenas leídas estas gélidas letras, nuestro héroe rompió en llanto.  ¡Justo a él, que amaba sin límites, le tocaba en suerte esta  caballita de mar tan  orgullosa y tan  decidida a evitarse sufrimientos!

Pasaban  los días y la bella  de esta historia recibía toda clase de tristes recados: “Está tan delgado,  parece que quisiera morirse de hambre”, decía un amigo, “Ay, pero si parece alma en pena”, comentaba otro.

-Ya se le pasará –decía la causante de tanto dolor- , apenas conozca a otra, se olvidará de mí.

Pero  el tiempo pasaba y la tan esperada hipocampo que habría de reemplazarla en el corazón del dolido caballito de mar, no apareció. Peor aún,  nuestro hipocampo,   loco de amor, decidió entregarse en brazos de la muerte y, escribiendo una bella carta de adiós  en un pétalo de anémona marina, se despidió de su amada y partió al encuentro de unos  pescadores chinos, enemigos mortales de los hipocampos que tienen en peligro su población  con su grosera insistencia de envasarlos como medicamento exótico.

Por fortuna, el mensajero, sabedor de sus intenciones, galopó por las aguas y entregó rápidamente el mensaje. La bella hipocampo, desesperada y con su corazón conmovido por la tenacidad de su amante,  partió a salvarlo.

-¡Detente –le gritó cuando ya estaba a punto de ser atrapado-, si tú estás dispuesto a morir por mi amor,  yo no puedo menos que vivir para el tuyo!

Dichoso, y sin pensarlo mucho, él le juró amor eterno, y  fidelidad absoluta y  como no le pareció suficiente, se comprometió a compartir los dolores de la paternidad haciéndose cargo de la incubación de sus futuros  hijos.

Al día siguiente, en romántica ceremonia, prometieron ante Neptuno que se amarían  hasta el último día de sus vidas.

Y, como ya les dije, los hipocampos  tenían  vocación romántica. Apenas su historia se conoció,  todos querían imitarlos.  Los romances de un día  comenzaron a ser de mal tono y en poco tiempo la monogamia era la única  regla aceptable para ellos.  Además, ahora que los machos se encargaban de la incubación de las crías, consideraron que una esposa era más que suficiente para ellos.

Tan bellas historias de amor se dieron  entre los hipocampos que el Creador y la Naturaleza solían ponerlos como ejemplo en sus  mensajes y manuales, y ellos,  orgullosos, añadieron una nueva condición a sus  amores: cada vez que un hipocampo perdiera su pareja, el otro moriría de amor.

Por eso, cuando estés nadando y te topes con uno, no cometas el error de  capturarlo o llevarás dos muertes en tu conciencia, una,  la del hipocampo que te llevaste y otra, la del que se murió de amor.

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