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prometeo

Contra todo lo que uno pueda suponer,  la vida en el Olimpo poco y nada tenía de olímpica y mucho menos,  de fair play.  Zeus era un dueño de casa  de carácter tiránico y, pese a su origen divino, como cualquier presidente de hoy, se sentía con derecho ilimitado a la reelección en el cargo de Dios de  dioses, padre de los mismos y de los hombres y dios del cielo y los truenos. Y así, con todos sus títulos, era como gustaba de ser llamado.

Llevado por sus ideas, hizo fama por sacarse hijas de la cabeza o engendrar héroes en mujeres despistadas. Tirano sin remedio, no perdía detalle de lo que ocurría en sus dominios y asestaba rayos castigadores por un quítame allá estas pajas.

Sin embargo, no debe haber sido tan brillante Zeus si Prometeo fue capaz de engañarlo tan fácilmente con el asunto de la carne de res. ¿Qué asunto, dirán ustedes?  Bueno, ocurre que, Prometeo, hijo de Jápeto y Asia, tenía manifiesta simpatía por los hombres y, cansado de ver los abusos que los dioses cometían con estos, mató una res e hizo con ella dos bultos: el primero con la carne, pero envuelto en el cuero, y el segundo con los huesos, pero muy disfrazados por una buena capa de grasa. Se presentó ante Zeus con ambos bultos y le pidió que escogiera uno y Zeus, a quién se le hacía agua la boca de sólo pensar en el asado, escogió el segundo. Ni tan genial.

Prometeo le llevó luego la carne a los hombres y Zeus,  enloquecido de  furia, fulminó los huesos con un rayo hasta reducirlos a cenizas.

Zeus tenía estilo y clase, no iba a rebajarse arrebatándole una mísera res a los hombres ni mucho menos acabaría con Prometeo por hacerle tan fea, pero inteligente jugada. No, él se quedó rumiando su ira y planeando cómo y cuándo cobraría venganza del atrevido que había osado burlarse de  su grandeza. El hecho de que posteriormente corriera el rumor de que  los hombres habían hecho un hábito del comer la carne y quemar los huesos en honor de los dioses, no hizo sino avivar su rencor.

Esperó pacientemente, eso es fácil para aquellos que disfrutan de la vida eterna.

Pero Prometeo, creyéndose más listo que Zeus, no halló mejor plan que robar el fuego de la forja del Olimpo y llevárselo a los hombres. Nadie esperaba tamaña insolencia, no había guardias privados ni seguridad alguna, los dioses griegos estaban demasiado ocupados en sus tropelías, de modo que Prometeo acudió junto a la fragua de Hefesto y sin que éste se percatara, encendió una caña que guardaba el fuego en su interior. Tan fácil como quitarle un dulce a un niño.

¡Ya os imaginaréis los festejos de los hombres cuando supieron que se acababan las oscuridades, el frío y la carne cruda! Tal fue el jolgorio que hasta en el Olimpo se escucharon los ecos.

Zeus comprendió que ya no podía tomarse más tiempo pensando en la mejor venganza. Es más, de pura y simple rabia se le ocurrió inmediatamente el plan genial, ya sabía cómo castigar a Prometeo.

Al primero que llamó fue a Hefesto, el despistado, que no tuvo más remedio que secundarlo para pagar su error. Dios  del fuego, hombrecillo contrahecho de quien se decía que de tan feo que era lo había arrojado su madre, Hera, desde la cima del monte Olimpo, lisiándolo para siempre. A pedido del jefe, Hefesto fabricó una bella figura de mujer en arcilla, de perfectas proporciones, magnífico rostro y tentadoras curvas.

Atenea, hija predilecta, reina del estilo de la época,  la vistió con sus mejores galas. Sedas, oro, perlas, tisúes, nada era suficiente para realzar la perfección de la estatua.

Hermes, que ya estaba cansado de usar su inteligencia en engañar a  comerciantes, trapisondistas y mensajeros, empleó todas sus artes para concederle el poder de la seducción y la capacidad de manipular al más frío y duro de los hombres.

Y no, no es que estos mitos sean algo machistas; cierto que siempre, aún en la Biblia, somos las mujeres las tramposas y las arteras. No, no pensemos mal de Zeus, en el fondo, solo estaba reconociendo que no existiría hombre alguno capaz de actuar ese papel con la perfección de Pandora. Sí, casi lo olvidaba, así la llamó Zeus cuando estuvo lista y después, suavemente, sopló sobre ella el hálito de la vida.

Pandora sacudió sus largas pestañas, se alisó el cabello con la mano, se estiró la seda de la túnica no sin antes exhibir la maravilla de sus tobillos. Algo aburrida, bostezó un poco, no había mucho que hacer en el Olimpo.

¡Pero, no, nada de siestas a esta hora! –exclamó Zeus. Te tengo un plan maravilloso para esta noche.

Y así diciendo la envió, a casa de…Epimeteo, hermano de Prometeo. Zeus no iba a cometer el error de la obviedad. De paso, le encargó encarecidamente que cuidara, hasta que él se dignase recuperarla, de un ánfora donde guardaba algunas cosillas de nada, pero que para él resultaban muy importantes. ¡Ni se te ocurra abrirla, mujer! – advirtió antes de que Pandora se marchara.

Apenas llegada a su destino, las dotes de Pandora no bastaron solo para abrirle la casa de Epimeteo. De inmediato, éste insistió en desposarla, llenarla de lujos y darle una vida de placeres. Hecho esto, se sintió tranquilo y satisfecho y se dedicó a echar panza como un burgués cualquiera.

Y la pobre Pandora, luego de recorrer todos los rincones de su casa, espiar por todas las ventanas y revisar hasta el último de los armarios, se moría de lata. Ya casi había olvidado el ánfora de Zeus y la hubiese pasado por alto de no ser porque el dios de dioses  había dotado su artilugio con un cuchicheo sutil, apenas perceptible, en caso de que, como cualquier trasto, el ánfora quedase abandonada en un rincón.

Por más oído que puso, imposible fue para Pandora comprender los sonidos que se escapaban del ánfora. Hasta llegó a comerse las uñas recién pintadas de tanto pensar en cómo enterarse de lo que había en el interior del adminículo sin que Zeus se enterase de su falta.

Pero claro, tal y cómo Zeus había supuesto, Pandora no era más que una débil heroína de teleserie olímpica, de modo que abrió el ánfora, un poquito apenas, lo suficiente, pensó,  para saber sin que se supiera.

Y entonces, como rayos del Olimpo, la tapa saltó lejos y el contenido del ánfora saltó y se desparramó  en todas direcciones lanzando toda clase de sonidos, chisporroteando  en todos los colores conocidos y por conocer. Pandora, aterrada, apenas alcanzó a poner la tapa en su lugar  para evitar que escapase el último de los regalos de Zeus: la esperanza.

Y vaya si iba a hacer falta, porque del regalo que el  dios de los dioses había enviado a los hombres ya la gran parte se había esparcido por la tierra: los males que iban a aquejar a los hombres para toda la eternidad. Enfermedades, malas artes, guerras, codicia, avaricia, crueldad, locura…faltan palabras para darnos una idea del contenido.

Prometeo se indignó con su hermano, puesto que ya le había advertido que no debía aceptar regalo alguno, porque Zeus trataría de engañarlo. Y conste que la indignación no le sirvió de mucho. Zeus aún tenía una carta bajo su túnica: poco después llegó Hefesto en busca de Prometeo y sin la menor consideración lo llevó hasta la cima de un monte sobrevolado por una poderosa águila. Allí lo encadenó y regresó al Olimpo no sin sentir un poco de piedad por Prometeo. A lo lejos pudo ver como el águila se arrojaba sobre el desdichado y comenzaba a devorarle el hígado.

Durante el día, el águila pasaba de lo más entretenida en su tarea, por la noche, el pobre Prometeo, se recriminaba por su inmortalidad mientras el hígado volvía a crecerle, jugoso y apetitoso para cualquier águila que se precie de tal. De haber podido morir no tendría que seguir soportando la tortura para la eternidad.

Pero…siempre hay un pero. Zeus propone, pero el héroe dispone. El héroe en este caso sería Heracles, pero ése, ese será tema para otra historia.

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