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BRUJA

Cerré la puerta de un golpe, eché el pestillo y me metí a la cama de un salto; temblaba como una hoja. De pronto la casa de las señoritas Pereira de Olivar me parecía terrorífica, las ramas que el viento movía afuera dibujaban cosas horrorosas en el cielo, el apagado sonido de la música ya no era alegre, sino melancólico, todo en la casa crujía y casi podía ver como  extraños seres salían de cada rincón para  recorrerla de puntillas.  Por todos lados se escuchaba el chirrido de puertas que se abrían tratando de no ser notadas. ¿Qué estaba pasando fuera de mi refugio?

Una de las gatas, quién sabe cuál de ellas, comenzó a gemir tristemente en el segundo piso. De pronto tuve la certeza de que se trataba de Lisi, su herida le estaba causando  dolor…pero, ¿y si en vez de Lisi fuera Lisístrata la que gemía? La había visto claramente, tenía una herida horrible en la pierna y no podía quitarme de la mente su deplorable aspecto. Repentinamente, una espantosa idea cruzó mi mente: ¡Ellas se transformaban en sus gatas, eso era, mis amigas viejas eran en verdad unas brujas, unos monstruos que me habían invitado con quién sabe qué funestos propósitos!

Los minutos comenzaban a eternizarse y a convertirse en horas que se arrastraban como caracoles  moribundos  dejando detrás, en vez de una huella plateada,  un terrible rastro de desconfianza. Decidí que, pasara lo que pasara,  no iba a dormir. Si lo hacía estaría indefensa ante cualquier maniobra malvada que pudieran intentar.

Lentamente, algunas invitadas comenzaban a despedirse, los ecos de la fiesta iban muriendo. En algún lugar de la casa, la gata continuaba lloriqueando tristemente y yo aguantaba el sueño con todas mis fuerzas. Debo decir que no era tan difícil,  el miedo me impedía dormir.

Cuando todo quedó en silencio, escuché pasos en el corredor que  se fueron aproximando lentamente hasta detenerse ante mi puerta. Aterrada, descubrí que la perilla de la puerta intentaba girar.

-Toni ¿duermes? –Era la voz de Penélope. Apagué la lámpara y me sumergí bajo la cubrecama.

-Buenas noches, Toni, que duermas bien – la escuché decir. Luego escuché sus pasos alejándose y subiendo la escalera.

Me quedé allí, muerta de miedo, prendí la luz otra vez porque no era capaz de estar en la oscuridad. Me quedé allí tratando de no pensar en todas esas cosas absurdas que había visto, hasta que sin darme cuenta pasé de la vigilia al sueño y tuve las peores pesadillas de mi vida. En ellas, una gata de ojos amarillos me perseguía por la parcela tratando de matarme en medio de unas tinieblas espesas que se podrían haber cortado con cuchillo. Y yo, que no podía saber por dónde andaba, terminaba cayendo a la piscina y ahí, ahogado, ¡flotaba el cuerpo de don Miguel!

Yo gritaba desesperada llamando a papá y entonces una mano agarraba la mía. ¡Alguien me iba a salvar al fin!, mas, cuando me acercaba hasta mi salvador, lo que veía era el rostro arrugado de Penélope, con una sonrisa  siniestra bailándole en los labios y un chispazo diabólico en sus ojos amarillos.

Toc, toc, toc.

Desperté bruscamente al escuchar los golpes y me senté despacio, tratando de que nadie se diera cuenta de mis movimientos. Descubrí que todavía llevaba el vestido de Alicia y comencé a sacarme el tonto disfraz velozmente, rabiando con los innumerables botones, cierres y broches. Los golpecitos en la puerta cesaron y yo todavía no era capaz de sacarme el vestido de Alicia en el País de las Maravillas. ¿Qué maravilla, no? Cualquiera querría pasar una noche tan maravillosa como la anterior.

-Toni, el desayuno está listo, te esperamos en la cocina –anunció Penélope.-, arriba, pronto llegarán tus padres.

Sus palabras terminaron de darme alas. ¡Papá venía a rescatarme al fin! Me quité las medias y los zapatos y me puse mi ropa. Ahora, de regreso en mi piel, mis jeans y mi polerón me sentía más segura, estaba usando un par de buenas zapatillas, algo viejitas, excelentes  para echar a correr de ser necesario y las hermanas, yo estaba segura de eso al menos, estaban demasiado viejas para alcanzarme.

Pero debajo de cada pensamiento de alivio se abría otro de horror: ¿Y si las que me perseguían eran las gatas? Ya sé que son tan viejas como sus amas, pero los animales son mucho más rápidos que nosotros, no me quedaría otra que buscar una escoba para defenderme. ¡Un momento, yo sabía dónde estaban, justo a la salida de la cocina había visto una la noche anterior! Si tenía que escapar por los jardines la pescaría y la usaría para defenderme.

Oh, no, no podía ser yo la que estaba pensando todas esas  tonteras. Penélope me había llamado a desayunar, ya era día claro, papá estaba por llegar. Me repetía una y otra vez que todo era nada más que mi imaginación, pero no tenía muy buena llegada conmigo misma, porque al segundo siguiente ni yo me creía.

Apenas estuve lista, fui hacia la puerta, corrí el pasador y la abrí lentamente, tratando de no hacer ruido. El pasillo estaba vacío y no se escuchaba nada en las cercanías.  De  la cocina,  sin embargo, llegaba sonido de platos y el escurrir del agua en el fregadero. Tomé mi bolso y salí paso a paso. Las ventanas de la sala estaban abiertas y una brisa fresca entraba desde los jardines; tal como el día anterior, los pájaros cantaban y algunos insectos madrugadores comenzaban a zumbar sobre los arriates de flores. Armándome de valor, entré en la cocina.

Gertrudis estaba bebiendo en una gran taza desayunera y Penélope lavaba algunos platos con sus manos enguantadas. Ni luces de Lisístrata. Ambas hermanas se dieron vuelta a mirarme y con una sonrisa acogedora me dieron los buenos días. El aroma del pan tostado y los huevos con jamón me asaltaron haciéndome descubrir que estaba muerta de hambre.

-Ven, Toni, ya te serví chocolate –dijo Penélope.

Comí despacio, me moría de hambre, pero estaba tan nerviosa que apenas podía tragar. Era un desayuno muy bueno; jugo de naranja, huevos, dulces surtidos y tostadas crujientes rebosantes de mantequilla. Hubiera querido decir que no quería y salir volando, pero mi barriga gruñía peor que la de Tito cuando espera sus pellets.

-¿Y Lisístrata? –Tenía qué preguntar, no podía seguir en la ignorancia.

-No sabes nada, Toni; anoche salió corriendo detrás de las gatas y se cayó en el jardín, se hizo un rasguño horrible y está toda adolorida. Además que su vestido quedó para la historia y era su disfraz favorito.

-Conseguir esas telas hoy es imposible, no quedará otra que mandarlo a reparar al Zurcidor Japonés-comentó Gertrudis con voz de ultratumba. Había olvidado cuánta importancia le dan a su vestimenta  las hermanas Pereira.

-¿Existe todavía? Lo dudo mucho. No importa, yo buscaré alguien que lo deje como nuevo- Penélope estaba muy seria.

En eso sonó el teléfono. Penélope salió a contestar y volvió  casi al instante.

-Han llegado tus padres, están esperando afuera, Toni. Les dije que en cuanto terminaras salíamos.

-Ya terminé, gracias –respondí. Y me paré de un salto, tomé mi mochila y salí de la cocina.  No quería quedarme un segundo más en esa casa. Ya sé que hasta ayer apenas pensaba que ellas eran mis mejores amigas, pero ahora no podía mirarlas a la cara sin pensar que me estaban engañando. Hasta olvidé despedirme de Gertrudis.

Papá y mamá aguardaban por mí en el gran portón de entrada. Los abracé y subí al utilitario de un salto, cerrando la puerta tras de mí.

-Antonia –dijo mamá-, no te has despedido de la señorita Penélope.

Debo haberla mirado con ojos suplicantes, de manera que la propia Penélope se acercó a la ventanilla y me hizo señas cariñosas, que correspondí lo mejor que pude. Lo único que quería era salir de ahí lo antes posible y no quedé tranquila hasta que  nuestro  fiel cacharrito empezó a dejar atrás las calles sombreadas por inmensos árboles. Sólo cuando alcanzamos las primeras  calles transitadas  me pude relajar.

-No hallaba las horas de volver a casa –suspiré.

Y mamá, sorprendida, se dio vuelta a verme.

-Antonia, qué es eso, parece que no lo hubieras pasado muy bien.

-Claro que no, mamá, todo estuvo bien, pero me asusté un poco. Después de todo, era la noche de Halloween.

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