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Hinchado de orgullo, el ordenanza Tiuquemales entró a la oficina del capitán y se cuadró sonoramente. Detrás,  feliz porque había demostrado iniciativa personal, el cabo Tiúquez.

-Orden cumplida, mi capitán, aquí le traigo a Zorzalo López y a dos prisioneros más.

-¡Que me los interroguen  ahora mismo! -Chirrió el capitán.

Pero por más que se lo preguntaran, a Zorzalo le era imposible decir qué había ocurrido con el agente secreto 00Bird.

-La última vez que lo ví iba camino de Ave de Janeiro. -Se cansaba de explicar.

Indignado, el capitán Tiuquemante hizo preparar un documento en que Zorzalo le traspasaba su jardín, su nido de cuatro habitaciones y el comedor para pájaros.

Pero a Zorzalo las alitas le temblaban tanto que no podía firmar y dio vuelta cuatro veces el frasco de Tinta de Pulpo de las Antillas.

Por otra parte, Mari Loica no paraba de lloriquear:

-¡Mis pobres polluelos, mis hijitos!

El capitán Tiuquemante perdió la calma definitivamente y le gritó con los ojos inyectados en sangre.

-¡Cállese de una vez, señora!, ¿qué hicieron con los polluelos de esta señora…cómo se llama usted?

-Mari Loica Huenumán. -Respondió ella muy enojada mientras se pescaba la pechera roja en el pecho con  cuatro broches de presión.

Capitán y ordenanza se fueron de bruces y quedaron con el pico clavado en las ramas del piso. Tiuquemante fue el primero en reponerse de la conmoción, se paró y dijo:

-¡EsunidiotauncretinoordenanzacómoseleocurretraeradoñaMariLoica!

Inmediatamente le soltaron las esposas y  le ordenaron que se retirara, pero Mari Loica se negó a dejar solos a Zorzalo y Leotordo.

-¡Exigo justicia y una reparación!

Y en ese momento caótico, cuando al Capitán ya nada peor le parecía posible, un  ave elegantemente vestida entró volando por la ventana y se plantó detrás del capitán presionándole la espalda con la punta de su ala derecha.

-¡Alas arrriba! -Ordenó- Wings up!

 En todo caso, a Tiuquemante, le pareció que le había apuntado con un arma de modo que le obedeció al instante.

00Bird los desarmó,  esposó y amordazó. Después liberó a Zorzalo y Leotordo.

-¡Creímos que había volado a Alondraterra! -dijo Zorzalo aliviado.

-Esou erra lo que mi  querienda que pensarran. Toudous. -Explicó 00Bird.

Mientras los amigos estrujaban sus cabecitas planeando cómo escapar del cuartel llevándose a sus prisioneros, antes captores, ocurrió lo más inesperado de todo.

Tatatatá, tatatá, tatatá.

Un estruendo se desató en el cuartel de la Brigada Tiuque. ¡la Guardia presidencial había llegado! Los Halcones y  los Cóndores  ocuparon raudos el cuartel, formaron a la Brigada y luego les dieron una sonora orden:

-¡Preseeenten arr!

  Y tiraron una alfombra roja por la que entró caminando  Su Excelencia, Don Lautaro Condorñir, presidente de la república de Terrandina. Su distinción y  sencillez  impactaron  a todo el pajarerío, que presentó armas de muy buena gana,  para decepción del capitán. Don Lautaro saludó a todo el mundo con un apretón de alas, preguntó, solícito, por la salud de su prima, carraspeó un poco y con la cresta roja de indignación, le espetó a Tiuquemante:

-¿Tiene usted una explicación por todo este desbarajuste, capitán?

El capitán, amordazado como estaba, sólo supo agachar la cabezota dura.

Zorzalo se dio cuenta y  le quitó la mordaza.

 -Ejem, Su Excelencia, en realidad, bueno, todo esto no ha sido más que una broma, malinterpretada por algunos…, cómo le diría, exagerados. -Explicó el Capitán con toda desvergüenza.

El presidente lo hizo callar, abrazó a Mari Loica y le pidió a Zorzalo que le presentara a James Swallow.

-My name is Swallow, James Swallow.- saludó  el agente.

Y el Presidente, que era su rendido admirador, le pidió  un autógrafo con la excusa de que era para su hijo.

El capitán Tiuquemante trató por todos los medios de convencer a Su Excelencia y a sus víctimas de que tenía un extraño sentido del humor. Todo lo ocurrido, no pasaba de ser una bromita de mal gusto, repitió hasta el cansancio. En  todo caso, al Presidente Condorñir era muy difícil engañarlo. Mandó al capitán y al ordenanza arrestados,  puso un nuevo oficial al mando y   luego pidió disculpas en nombre de todo Terrandina.

-…a los distinguidos extranjeros que nos visitan, a nuestros queridos vecinos, Zorzalo y Leotordo y todos sus amigos,  y a la prima de mi madre, la inestimable señora Mari Loica Huenumán.

Se sentía muy avergonzado cuando le contaron de los bombardeos y los ataques aéreos.

-No es posible que estas cosas ocurran en Terrandina sin que yo me entere,  yo tengo el deber de velar por las aves del país.

En todo caso, retó a Zorzalo por no haberlo puesto al corriente de la situación.

-El presidente es un servidor de su pueblo -explicó- y éste debe tener confianza en él para demandar sus derechos.

Sus palabras le sonaban como música a Zorzalo, Leotordo y Mari Loica. ¡Qué lindo saber que el presidente era todo un cóndor, que, pasara lo que pasara, podían confiar en él!

Ya emprendían el regreso cuando se cruzaron con Tiuquemante, que partía castigado a la Región Austral por seis meses.

-En realidad, se me pasó la mano, señores, no tengo palabras con qué pedirles perdón. – Dijo. Y siguió tratando  de convencerlos de que en realidad todo había sido una broma pesada. Definitivamente, un fresco.

Cuando  los amigos lo vieron alejarse, convenientemente escoltado por una guardia de cóndores, suspiraron aliviados.

-Quién iba a decir que el capitán Tiuquemante tenía tanto sentido de humor .-Rió Leotordo.

-En buen horra nou dedicándouse a humorristou. – Dijo James Swallow.

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Los ataques de la Brigada Tiuque continuaron hasta que la moral de nuestros héroes estaba tan por los suelos que la pisaban continuamente, tropezando y cayendo una y otra vez.

Bajas también estaban las reservas de la despensa de  Zorzalo López. Zorzalina, desesperada, ya no sabía qué cocinar.  Cada mañana le daba un ataque en cuanto miraba  el depósito de víveres.

-¡Qué vamos a hacer! -Se quejaba.

Zorzalo  López   trataba de soportar sus apreturas con optimismo, pero cuando  todos los pájaros se reunían para buscar una solución al problema, lo único que  escuchaba  eran lamentaciones:

-Hoy día se me acabó el alpiste. -Se condolía Elisa Chincólez.

-Lo que es a mí ya casi no me queda raps, pero hoy tengo unas miguitas que me servirán para amasar un poco de  pan.- Mari Loica,  famosa por sus masas campesinas.

Leotordo, con ánimo tan negro como su vestidura, intervenía pesaroso.

-¡Qué primavera más lamentable, hasta las lombrices escasean!

Un día las quejas subieron tanto de tono que  Zorzalo, con mirada sombría, resolvió tristemente.

-Tendremos que emigrar fuera de temporada.

Sus palabras  provocaron un silencio tan espeso que Leotordo trató inútilmente  de cortarlo con su bastón de inválido. Nadie sabía qué decir. Era una resolución tan grave, eran tantos los peligros a los que se exponían.

-Esperemos a ver qué logra el agente  00Bird.- Argumentó tímidamente Zorzalina.

Mejor se hubiera quedado callada. Zorzalo  se agarró de sus palabras y no dejó espantapájaros con cabeza. Durante largo rato ridiculizó a James Swallow. Que era un actorcillo  en decadencia, que para lo único que tenía licencia era para piar, que, si no se habían dado cuenta,  Palomingo seguía espiándolos desde  el acacio todas las mañanas -aunque se viera cada día más deprimido- y, por último,  que Golondrisa  tenía que tomar, por una vez,  las cosas en serio. En esta ocasión  no se estaba hablando de un negocio cualquiera, era la vida de todos la que estaba en juego.

Golondrisa estaba tan amargada que se fue al último rincón de la hiedra a llorar. Cuando, un par de horas más tarde Mari Loica se acordó de ella no pudo encontrarla por ninguna parte: Golondrisa Petrucciani había desaparecido

-Tiene que estar por ahí, búsquenla bien. -Dijo Zorzalo secamente.

-¿No se habrá enojado por lo que dijo usted, mi estimado Zorzalo? -preguntó Leotordo

Juanito Chincólez se mantuvo en silencio. A él  no le gustaban nada esos arranques de mal humor de Zorzalo. Si las cosas seguían empeorando ya tenía pensado echarse a volar.

Zorzalo no quería dar su brazo a torcer, insistió con aquello de que Golondrisa no se tomaba nada en serio. Que de todos sus primos no se hacía uno. Y por último, esto no era ninguna película, estaban viviendo un conflicto de verdad.

-Claro -dijo Mari Loica-, pero mientras no lo resolvamos, quién nos devuelve a  nuestra amiga.

Lo más triste de todo es que, para sus adentros, todos le encontraron la razón.

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Una de esas mañanas, un hecho sorprendente ocurrió en el jardín.  Zorzalo se levantó de madrugada para  recoger la comida antes de que llegaran los bandoleros. La Bodega ya estaba llena hasta el tope, la fuente de agua desbordaba frescuras y en medio de todo, pintada de azul reluciente, se destacaba la que fuera paloma de hierro oxidado.

-Y se veía bastante bien. -Le contó a Zorzalina  mientras guardaba los víveres en la despensa.

Zorzalina, que veía bajar las reservas de alimento con terror, le respondió, apabulladora.

-De qué nos sirve, ahora ni siquiera podemos disfrutar nuestro propio jardín.

Zorzalo se sintió muy mal. Zorzalina  tenía razón, era igual que si los hubiesen expulsado; ahora tenían que esconderse entre las hiedras hasta que a los malacatosos  les diera la gana o, finalmente, vaciaran la Bodega. Peor aún, si había algún responsable, ése era él, Zorzalo López, el inútil que no era capaz de hacerse respetar en su propio patio. Seguramente Zorzalina no se lo había dicho tal cual de puro buena que era, pero él estaba consciente de que la resistencia pacífica no había mostrado resultados.

Sin  duda alguna, él debió parar las cosas mucho antes de la intervención de la Brigada Tiuque. Debió exigirle a los Palomérez y los Gorriontínez que se comportaran como era debido.

-Dejar que las malas aves hagan lo que se les antoje es casi tan malo como convertirse en una de ellas. -Reflexionó.

Claro que ahora no se podía hacer mucho. Desde la intervención del capitán Tiuquemante  las cosas se habían salido totalmente del cauce normal. ¡Quién se iba a atrever a decirle cuatro verdades a Tiuquemante, mucho menos a expulsarlo del jardín! La Brigada Tiuque no comía granos, tan sólo los aventaba de un lado para otros y protegía a sus cómplices hasta que el alimento había desaparecido, después  se paseaba amenazadora  por el jardín. Con eso bastaba y sobraba, ninguna avecilla se habría atrevido a exponerse a sus siniestros apetitos.

¿Resultaría la resistencia pacífica? ¿Funcionarían los llamados al entendimiento? ¿No estaría  exponiendo a peligros inimaginados a sus compañeros?

Las plumas del cuello se le erizaron del susto.  Zorzalo creyó escuchar, a lo lejos, las alas de la Brigada que se acercaba al jardín. Temblando de miedo, corrió a esconderse en su nido de cuatro habitaciones, tres de ellas ocupadas por sus mejores amigos. Cosas de la guerra.

La Brigada Tiuque planeó sobre el jardín hasta que los Palomérez y los Gorriontínez ya se habían posado a comer ávidamente.  Después bajó a pasearse entre los rosales sembrando el silencio con el tintineo de sus espadas y el fuerte taconear de sus botas de cuero de oruga.

-Buenos días, Capitán Tiuquemante, sargento Palomérez a sus órdenes.- Saludó Palomingo.

-A discreción, sargento Palomérez. Quiero que no me dejen un grano de alpiste en este jardín. ¿Está lista la tropa?- Preguntó.

– Afirmativo, capitán.- Respondió Palomingo con el pico lleno. Pero ya Tiuquemante le había dado la espalda  para inspeccionar a la Brigada Tiuque, esas desordenadas palomas  lo ponían de mal genio, ¡nunca llegarían a ser buenos soldados!

Palomingo Palomérez anduvo de aquí para allá picoteando a sus familiares y espantando a esos cobardes de los gorriones, que de cualquier cosa largaban el vuelo. Iba a darle un aletazo a su primo Colombón cuando se topó a pico de jarro con la paloma azul más hermosa que había visto en su vida.

-Buenos días, señorita. -Saludó.

Pero ella, sin dignarse responderle, continuó con la mirada perdida en el horizonte.

A Palomingo el corazón le dio un salto en el pechito emplumado. Siguió comiendo, pero cada cierto rato le daba una mirada a la  belleza azul.

Como ella  continuó sin notar su presencia, Palomingo esponjó bien la pechuga y  caminó a su alrededor  muy circunspecto.

Nada. La paloma azul continuó indiferente. El corazón de Palomingo galopaba desbocado. Así le gustaban a él las palomas, orgullosas. ¡Qué preciosura, qué encanto!

Se olvidó de comer. Toda la mañana se la pasó rondando a la paloma azul. Le arrastraba el ala, le meneaba la cabeza, inflaba la pechuga hasta que apenas podía respirar. No había caso, era como si no existiese para ella. Hasta tuvo la osadía de darle un ligero picotón  en la cola, pero ella no le hizo el menor caso.

Cuando llegó la hora de marcharse Palomingo estaba locamente enamorado. Por si acaso, cortó  una flor de cardenal y se acercó audazmente hasta su pico para regalársela, arriesgándose a una respuesta violenta.

Pero ella no hizo nada por demostrar que lo hubiera visto. Palomingo estaba tan desesperado que hubiera preferido un picotazo a esa gélida indiferencia con que ella lo  maltrataba.

-Mañana nos vemos, linda  – susurró.

Y se marchó mirando para atrás, quería comprobar si ella se daba vuelta ahora que creía que no la estaban viendo. Terrible decepción, su adorada  siguió como ausente, con esa elegancia que lo trastornaba.

Palomingo tenía muy claro que no podía exponer más su dignidad. No volvió al jardín en  el resto del día, aunque cada cierto rato volaba sobre él  para divisar a su adorada, siempre tan tranquila posada sobre las losas de la glorieta.

Soñó toda la noche con ella.

Al día siguiente llegó de madrugada, quería verla antes de que llegasen los demás.

Para su desgracia, el pesado de Zorzalo López  ya estaba allí recogiendo semillas. Al poco rato se le sumaron Chincólez, Leotordo, Mari Loica, Escolibrí,  y la Petrucciani. Ya era algo tarde cuando las CotorrÍnez y las Torttolatti hicieron su aparición. Algo preocupado, Palomingo consultó su reloj: faltaba poco para el ataque de la Brigada.

Ya no habría tiempo para hablar con ella a solas, tendría que ser otro día. Tanto que le había costado levantarse temprano, ese Zorzalo era demasiado madrugador para su gusto.

Palomingo recordó su deber, tenía cinco minutos para organizar a su escuadrón. Despegó como una flecha en dirección al Pájaropuerto de la calle Caiquenes.  ¡Cuando se iba a acabar esta lesera de la guerra!

El Capitán Tiuquemante  se estaba paseando entre las tropas cuando llegó.

-Dos minutos de atraso,  cabo Palomérez, qué no vuelva a repetirse o lo mando al calabozo.

Rojo de vergüenza, en el más absoluto de los silencios, Palomingo, ahora cabo, ordenó a su tropa. Lo peor de todo  fue la sonrisa irónica que le pareció divisar en el pico de Gorriontínez. ¡Cómo se le había pasado la hora de esa manera!

Sin embargo, cuando se acordó de lo linda que estaba esa mañana la paloma azul, se le olvidaron  sus penas.

-Ya no más voy a conquistarla -se dijo-, a mí siempre me han vuelto loco las palomas como ella, tan elegantes y soberbias. Mi padre decía que es el ave madrugadora la que atrapa el gusano, en este caso, la paloma. Mañana voy a llegar antes de que baje Zorzalo López, total, esto es de la guerra es una tontera típica de Tiuquemante, a quién se le ocurre tomarse las cosas de esa manera. Antes vivíamos de los más tranquilos.

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Durante toda la noche  la familia Caravajacol  trabajó  dejando sus  huellas plateadas; al día siguiente,  todos los nidos y murallas del  barrio estaban cubiertas de llamados a la resistencia pacífica:

Pájaros del mundo, uníos.

La patria alada te llama, únete.

Nido, árbol y libertad.

¡Resistiremos!

Los pájaros, unidos, jamás serán vencidos.

Semillas, justicia y libertad.

Fuera  la Brigada Tiuque.

Abajo el Capitán Tiuquemante.

Y  por último,  el joven Salustio Caravajacol,  miembro muy comprometido de la Parroquia San Petirrojo,  escribió orgullosamente:

Bienaventurados los pájaros, porque de ellos es el reino de los cielos.

El hecho de que pájaros y caracoles, tradicionales enemigos,  trabajaran unidos,  levantó inmediatamente la moral  alada. Uno tras otro, los habitantes de los árboles del sector  se fueron uniendo a la resistencia pacífica y esa misma tarde realizaron una reunión secreta  entre los lirios  del jardín de Zorzalo López.

Zorzalo miró tristemente el caótico  estado en que quedara el jardín después de que los Palomérez, los Gorriontínez y la Brigada Tiuque  se dejaran caer esa mañana, por segunda vez, arrasando con todo el alimento.

-No se les escapó nada -contó-, llegaron a primera hora y, mientras los tiuques vigilaban, se comieron todo e inutilizaron lo que no se podían llevar.

-¡Qué bajeza -Leotordo, indignado-, cómo si alguna vez se les hubiera negado un grano de alpiste! Lo que quieren es provocar una hambruna.

-Lo importante, ahora, es saber qué vamos a hacer. -Dijo Golondrisa, porque si no estamos todos unidos, mejor me exilio.

-Esa es la solución fácil, pero egoísta -dijo Zorzalo-,  vamos a continuar con la campaña pacifista. Vengan, se los explicaré en secreto, cada uno tendrá que hacerse cargo de una parte de la operación y ya verán como todo resultará.

-Ah, pero antes que nada -intervino Juanito Chincólez-, nombremos una secretaria que se haga cargo de la correspondencia. Es necesario enviar una carta a los caracoles para agradecer su apoyo y  felicitarlos por el estupendo trabajo que realizaron.

Zorzalina se ofreció  para el puesto.

-Quiero ayudar -dijo-,  pero con esos ataques que nunca sé cuando me van a llegar, tengo que pensar en un trabajo que me ponga menos nerviosa.

-Éste está perfecto para tí, Zorzalina querida. -Agradeció Zorzalo, enternecido.

Los amigos  se sentaron en las ramas más ocultas de la madreselva, pusieron su mejor cara de  conspiradores y lentamente,  casi en un susurro, expusieron su plan. Zorzalina tomó nota de cada palabra y después escondió el acta  debajo de una piedra. Debían ser muy cuidadosos si querían derrotar a tan poderosos enemigos.

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La vida de  Zorzalo cambió dramáticamente desde que la humana del N° 5 instaló el comedor para aves.  Es cierto que su situación económica y su fama  se han disparado desde entonces, pero él es más tímido que un  búho, así que poco provecho obtiene de ello.  Zorzalina  es la más feliz. Ahora tienen un nido de cuatro habitaciones y una cama matrimonial de hilos de seda que Golondrisa Petrucciani trajo uno por uno desde la milenaria China  y   los niños, que ya han emplumado  bastante, gozan de una popularidad envidiable. Diariamente, los López y sus amigos se reúnen a comer debajo del quitasol  y lo pasan estupendamente.

En invierno viene un gran  pajarerío  a comer. Gracias a la Bodega, como la llaman,  sobreviven muchos más polluelos que antes, de manera que  los pájaros del sector se sienten comprometidos con  Zorzalo. Aprecian mucho su opinión, le piden consejo, lo invitan a matrimonios y bautizos y envían altos de tarjetas de saludos el día de Navidad.

Lo único malo es que  Zorzalo se ha visto obligado a madrugar para seleccionar la comida temprano, llenar la despensa -ya tienen dos-  y comer tranquilo. Más tarde, cuando llega todo el mundo, el pobre pasea por ahí tratando de mantener el orden, esponja bien el plumaje para recibir los halagos de  pájaros  que ni conoce y comenta las noticias internacionales con Leotordo o Juanito Chincólez,  mientras  Zorzalina prepara la comida con la ayuda de Golondrisa y de Mari Loica Huenumán. El mejor día, lejos, es el domingo, cuando Mari Loica recoge las migas de marraqueta fresca y en un abrir y cerrar de ojos prepara unos panes amasados crujientes, que combinan a la perfección con los chorizos de lombriz  de doña Zorzalina.   Leotordo y su esposa siempre traen el vino,  el tinto es la  especialidad de la familia.

-¡Qué tintos más oscuros y aterciopelados! – Comentan los Chincólez.

Y Leotordo,  feliz, aclara que  proceden de la viña Santa Tordoliana  de Lontué, propiedad de su primo  Eustordo.  A  su familia, se jacta,  todo lo oscuro le resulta perfecto.

-¡Si viera usted, don Zorzalo, el  chocolate semiamargo que prepara mi primo Hanstord, de Suiza!

Doña Zorzalina, que es una golosa, casi tiene un ataque, simplemente, tiene que probarlo. No se queda tranquila hasta que Leotordo promete encargar  una remesa vía  bird-mail esa misma noche.

-Con suerte, el próximo domingo lo tenemos aquí. -Asegura.

A Golondrisa Petrucciani los birdólars le hacen tilín en el cerebro. Se lleva aparte a Leotordo y  no lo deja tranquilo hasta que consigue que sus primos se hagan  cargo del flete. Le ofrece tarifa rebajada, saca calculadora quién sabe de dónde, teclea precio por gramo, hace un descuento del veinte por ciento, le suma los impuestos, la tasa de embarque, el porcentaje de ganancia y el impuesto al valor agregado, se queja amargamente porque va a salir perdiendo plata y finalmente le cobra a Leotordo diez por ciento más de lo que hubiera costado traerlo  vía Gaviota. Leotordo paga encantado.

En cuanto Golondrisa  parte para la cocina  en busca del pastel de hormigas rojas recién horneado Leotordo vuelve con  Zorzalo y  Juanito Chincólez y comenta el buen negocio que acaba de hacer. Sus amigos  intercambian una mirada de comprensión. ¡Tan ingenuo este Leotordo! Pero a fin de cuentas, no vale la pena amargarle más de la cuenta el chocolate, de manera que  Zorzalo  saca a colación la fuerte alza que ha tenido el precio del trigo.

-No se dónde vamos a parar si seguimos así. -Don Juanito, muy serio.

-Y las propiedades que están por las nubes -acota  Zorzalo, que nunca es más feliz que cuando habla de su flamante nido de cuatro habitaciones-,  el otro día no más  fuí al Banco del Avestado  para poner al día mi situación financiera. ¿Me creerán que mi nido  cuesta ahora ciento cuarenta mil birdólars? Hoy día, no podría comprarla, no tendríamos más remedio, mi Zorzalina y yo, que tomarnos una rama de un arbolillo en una calle cualquiera. Jardines cómo éste ya no se encuentran.

Y da una mirada enternecida al hermoso rectángulo cubierto de césped y rosas. Al pobre Leotordo no le queda otra que admirarlo una vez más. Don Juanito Chincólez, que ya está aburrido de su discurso, se hace el leso.

Un piído desesperado los saca de su conversación. ¡Los Gorriontínez acaban de llegar y asaltaron  a Golondrisa Petrucciani  cuando venía bajando la escalera de hiedra!  Golondrisa defiende con garras y pico la torta de hormigas rojas, pero no hay caso, cuando los caballeros llegan a defenderla los Gorriontínez han largado el vuelo en dirección a la Bodega y de la torta  no queda una sola migaja. Golondrisa llora amargamente; Elisa Chincólez , furiosa,   persigue a los Gorriontínez con la escoba de hierbas, pero ellos no le hacen ni el menor caso porque están ocupadísimos comiendo y tirando cáscaras para todos lados.  Doña Zorzalina amenaza con sufrir un nuevo ataque, pero los demás están tan ocupados consolando a Golondrisa Petrucciani que  no le queda  otro recurso  que guardar sus ánimos para una ocasión más propicia.

En todo caso, detrás de los Gorriontínez habían aparecido los Palomérez,  de manera que los Escolibrí y los Cotorrínez, unas cotorras recién llegadas   de Argentina que rentaron los dos ciruelos de la otra cuadra,  abandonaron los damascos que ya empezaban a madurar al otro extremo del patio.  Los Palomérez se apropiaron inmediatamente del plato de semilla.  Palomingo, con todo descaro, picoteaba a las pobres tortolitas de la calle Petrel corriéndolas del plato como si el jardín hubiese sido suyo y cada cierto rato se iba de aletazos con la paloma de metal. Tal era el caos que  Zorzalo, desesperado, invitó a todo el mundo a pasar a su nido.

Ver el nido de  Zorzalo y caer en trance no les tomó a sus amigos más de un minuto. ¡Zorzalina había arreglado las habitaciones con tanto gusto! Golondrisa Petrucciani, que les había ido trayendo los textiles y los muebles de sus viajes por el mundo,  no podía desaprovechar la ocasión,   de modo que  sacó su cuaderno de pedidos e iba de una dama en otra anotando y sacando cuentas.

-¡Qué maravilla -decía Leotordina- estos sillones de plumón de gallineta!

-Tienes un gusto impecable, mia cara,   claro que lo buono  hay que pagarlo, ma io te cobro baratísimo, una ganga.

-Qué irá a decir Leotordo -se preocupaba su mujer-, pero no puedo resistirlo. Quiero uno igual para mi nido. ¿Y esas camitas de hilos de seda, saldrán muy caras?

-No, si te las traigo de la India, piccola mia. Mis primos de Benarés las traen rebajadas, cuarenta por ciento más baratas que en Nueva Delhi…¡y unos colores! Te mueres, Leotordina, te mueres.

Y Leotordina sellaba el negocio dejándole a Golondrisa una ganancia del sesenta por ciento.

-A Golondrisa hay que regatearle bastante, más que de Italia, parece que hubiera venido del Asia menor. – Intervino   Zorzalo.

La Petrucciani le dio una mirada que si hubiera podido hacía un agujero en el piso del nido, justo debajo de las patitas del dueño de casa.

Todo el pajarerío de la cuadra habría quedado endeudado si no hubiera aparecido doña Zorzalina con unas galletitas de pulgón de rosa simplemente deliciosas.       Martín Escolibrí -que se había colado últimamente como si fuera íntimo de don Zorzalo-  no paraba de alabárselas. Por último, prometió volver al día siguiente  con unos pasteles de hormiga roja que la consolarían  inmediatamente por la pérdida de la torta. Doña Zorzalina estaba feliz, cómo había sido tan desconsiderado Zorzalo de no haber invitado antes a los Escolibrí, que además eran tan buenos bailarines.

-¿Y usted, dónde vive señor Escolibrí?-  preguntó don Juanito Chincólez, tratando de dejar en evidencia la condición de afuerino del primero.

-Aquí a la vuelta no más, en el acacio número tres de la calle  Canberra, nido número quince, tercera rama a la derecha. Vaya cuando quiera, don Zorzalo, mi señora hace una miel de azahares perfecta para los pasteles de masa de hoja, recuérdeme traerle un frasco, vecinita.

-Qué nombre más raro tiene esa calle.- Volvía don Juanito a la carga, enojado porque Escolibrí había salido del paso con tanta elegancia y facilidad.

Golondrisa Petrucciani intervino inmediatamente.

-Pero si es el nombre de una ciudad tan linda, con árboles inmensos, yo tengo allá amici de tutta mia vitta,  Bert Kuka Burra y su familia. Hombre muy educado, políglota, y de tan buen humor que nos moríamos de la risa con sus chistes.

Qué  feliz estaba  Zorzalina; al fin, después de tanto tiempo, habían logrado integrarse al barrio. Y Zorzalo,  que tanto había temido relacionarse con los vecinos, siempre pensando que no les caía bien.  De pura alegría partió para la cocina y regresó con una  nueva bandeja de galleticas sobre las cuales los polluelos se arrojaron al más puro estilo bandada de gorriones.

 Empero,  pese a lo bien que lo estaban pasando, de vez en cuando  Zorzalo no podía evitar asomarse al balcón  para ver el deprimente espectáculo de los Palomérez  y los Gorriontínez peleando por las últimas semillas de sésamo para luego menear la cabeza con gesto de resignación. Si algo no podía entender era qué había pasado con los buenos modales del pasado, tan necesarios para vivir en paz.

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