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Posts Tagged ‘golondrina’

Zorzalina quedó bastante sentida con Golondrisa Petrucciani. Cada vez que veía disminuir  su provisión de chocolates Hanstord un pequeño ataque estaba a punto de producírsele. Golondrisa no se daba por enterada. ¡Incluso tuvo la desvergüenza de ofrecerle una caja a precio de costo!

Zorzalo no estaba mucho mejor. Las incursiones de los Palomérez y los Gorriontínez  habían llegado a tal punto de agresividad que su habitual  timidez estaba convirtiéndose en una especie de furia depresiva, que amenazaba con hacer explosión  en el momento menos pensado.  Zorzalo era  pájaro desprendido, le encantaba que su jardín estuviera siempre tan bien provisto para que el pajarerío del barrio no sufriera privaciones, pero la falta de respeto de Palomingo Palomérez estaba llegando a un extremo insoportable para él. ¡Dos días atrás había sido capaz de picotear la cola bifurcada de Golondrisa Petrucciani, su amiga e invitada personal!  Por suerte, Palomingo cometió esta barbaridad justo cuando se acababa  el almuerzo,  por lo que salió volando de inmediato y al otro día a  Zorzalo, que tiene cabeza de pájaro, ya se le había olvidado todo lo ocurrido.  Zorzalina, en cambio, que sí tenía muy buena memoria, se sintió secretamente satisfecha. Al fin su honor había sido vengado, aunque fuera por ese cargante de Palomingo Palomérez.

Las cosas podrían haber seguido en calma, si el destino no hubiera tenido otras intenciones. Se acercaba el cumpleaños de  Zorzalo, de manera que los amigos de la calle Queltehues decidieron prepararle una fiesta sorpresa.

Los preparativos se hicieron en un secreto tan profundo que  Zorzalo anduvo toda la semana deprimido porque su amada Zorzalina había olvidado su cumpleaños. Los amigos, bueno, ellos no tenían por qué saberlo, pero su propia esposa, que ella lo olvidara era casi tan terrible como enterrarse una espina de nopal en el corazón.

Para que  Zorzalo no se percatase de lo que estaba preparándose, Zorzalina fingió estar preocupada por sus ataques, pidió hora para una consulta con el  doctor Lechuzo Chunchón  y  obligó a su marido a soportar  una hora en la sala de espera.  Zorzalo, con resignación,  soportó su pena y las aburridas quejas de Tortolita Gómez,  tía de las Tortolatti, más que conocida como una hipocondríaca exasperante.

Como si eso fuera poco, el doctor Chunchón, que no estaba al tanto de la fiesta sorpresa, se tomó muy en serio el chequeo médico de  Zorzalina; le revisó las plumas una por una,  le encontró un poco de stress y sobrepeso de diez gramos y le recomendó  practicar media hora de vuelo después de cada comida.  Así pues, cuando   Zorzalo se libró de Tortolita Gómez no tuvo más remedio que tragarse  todo el rosario de preocupaciones de su esposa.

-La Bodega va a ser mi perdición -Se lamentaba  Zorzalina-, mañana mismo me pongo a dieta. ¿Cuál será mejor, la de la luna o la de la avena? ¿Qué crees tú, Zorzalo?

Zorzalo, corroído por la melancolía, no emitía pitido.

Pasaban de las dos cuando se posaron sobre el balcón de su nido. Zorzalina  explicó que le dolía la cabeza y se iría a reposar y lo dejó solo. No había un alma en el jardín.  Zorzalo decidió preparar las cosas para cuando la vecina llenara el plato  otra vez,  de manera que bajó la escalera de hiedra con sus ágiles saltitos. Ya estaba llegando al césped cuando de entre las ramas aparecieron sus amigos batiendo alas y gritando como  locos:

-¡Sorpresa, sorpresa, feliz cumpleaños  Zorzalo!

Zorzalo pasó del tremendo susto a  la más absoluta felicidad. ¡No se habían olvidado de él! Su amada Zorzalina le puso al cuello una bufanda de flores de madreselva y le susurró lo mucho que lo amaba, Juanito Chincólez le regaló las Obras Completas de Sir  Arthur Chercan  Bird; Golondrisa Petrucciani,   las Cuatro Estaciones de Píovaldi interpretadas por la  Orquesta de Cámara de los Ruiseñores;  Leotordo,  una caja  de tintos Santa Tordoliana de Lontué envejecidos en barricas de palo de rosa y Martín Escolibrí, seis botellas de su reserva de mieles escogidas. Vinieron tantos vecinos que Zorzalina no hallaba dónde guardar tanto chanchito y tanto pulgón. Todos sus amigos estaban allí. Hubo abrazos,  cantos y una que otra fuga masiva cuando la humana del número cinco trajo, por tres veces consecutivas, un surtido de semillas finas para reponer  la Bodega. La tarde no podía ser más feliz.

Pero el destino había decidido otra cosa.  Aunque ellos lo ignoraban, los alegres  festejantes  estaban siendo espiados desde la copa del maitén. Unos ojos negros, brillantes como ascuas, seguían sus bailes y planeos, y si don Zorzalo hubiera sabido a quién pertenecían esas pupilas  frías y crueles, habría volado a refugiarse en el rincón más oculto de su nido de cuatro habitaciones.

Demasiada felicidad. ¿Qué se creían esos pájaros de mala muerte? Mañana, pasado, ahora mismo podía él salir de caza y acabar con media docena de ellos, si quisiera. Dónde se había visto que los pájarillos tuvieran bodega de alimentos, que ya no tuvieran que exponerse buscando sus granos por  el vecindario. ¡Las avecillas miserables con la panza a reventar mientras él  tenía que conformarse con lagartijas y ratones!

A esto había que ponerle coto. Primero  que nada,  desunirlos. Nada más débil que un puñado de pajarillos que andan cada uno por su cuenta. Segundo, quitarles la comida, muertos de hambre no tendrían ánimo para nada. Tercero, atacarlos con todo. y para eso, nadie mejor que él,   el Capitán Tiuquemante. Qué se había creído,  ese Zorzalo López. En este barrio,  nadie más podía  piar fuerte.

El   Capitán   Tiuquemante desplegó su alas y planeó sobre la alegre reunión. Su sombra desató uno que otro movimiento inquieto, pero eso fue todo.  Los  invitados siguieron bailando y  picoteando alpiste.  Indignado por esa manifestación de independencia, el Capitán enrumbó directamente hacia los tejados de la calle Caiquenes.  Si se trataba de hambrear al vecindario,  Palomingo Palomérez y Volantín Gorriontínez eran los más indicados.

El Capitán  Tiuquemante  no necesitó decir mucho con su voz sibilina para que   Palomingo  montase en cólera.

-Los escuché perfectamente, Palomingo, viejo amigo. ¿No vé que yo vivo al frente?  Zorzalo López  lo dijo a voz en cuello: “En este jardín, desde hoy en adelante, sólo comen mis amigos”.

Palomingo estaba rojo de indignación. ¡Qué avaricia, qué iniquidad, habiendo tanta paloma hambrienta en este mundo y tan pocas plazas con jubilados… a dónde  íbamos a parar las aves  si los jubilados ya no quieren actuar como es debido alimentando palomas en las plazas y unos pocos privilegiados se apropian  los comedores para aves en  beneficio propio!

-…No se olvide de contarle a Volantín Gorriontínez.- Deslizó el capitán.

-¡Por supuesto que le voy a contar, ahora mismo, ya verá ese engreído de Zorzalo López, ya verá!

Palomingo partió hecho un cohete, seguido de toda la familia Palomérez.  Contemplar la alegre algarabía de los pájaros en la Bodega lo había puesto de un humor terrible.

Entre tanto, nuevas visitas se sumaban al festejo. Don Federico Chercanmán y su familia, los Diucamingo, la familia Chirihuez.  Zorzalina no se daba abasto para guardar tantos regalos en la despensa. Y su marido,  pobre Zorzalo López,  estaba muy lejos de imaginar que su hermosa fiesta de cumpleaños sería mucho más sorpresiva y absolutamente más ingrata de lo esperado.

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Diez días después, mientras leía el diario,  Zorzalo escuchó la campanilla de su nido, dejó el Correo Alado  sobre su poltrona y fue a abrir la puerta. Allí, con una caja forrada en papel de estraza bajo el ala derecha se encontraba Leotordo Trillo.

-Dónde está doña Zorzalina.-Preguntó.

Y cuando ella vino a saludarlo le entregó con toda clase de ceremonias y zalemas la caja, que estaba timbrada por  Golondrina Courier.

-¡Mis chocolates, Leotordo, es usted tan encantador! -pió doña Zorzalina.

Todos estaban felices, abrieron la caja y se dieron un banquete de chocolates suizos sin dejar de agradecerle a Leotordo su última gentileza. Éste, que era un genuino caballero, estaba más que acholado con tanto halago.  Cuando a doña Zorzalina le pareció que ya había comido suficiente, guardó la caja bajo siete llaves y trajo jugo de rosamiel y   galletas de semilla de amapolas.  ¡No fuera a ser cosa que se devoraran sus bienamados chocolates suizos del primo Hanstord!

Al día siguiente, cuando terminaron el almuerzo, Mari Loica Huenumán se llevó a   Zorzalina con todo secreto hacia el lado de las azucenas y le susurró:

-Mira qué cosa más deliciosa tengo para que comamos.

Y le ofreció una barra de chocolate suizo marca Hanstord.

-¿Cómo lo conseguiste? -preguntó doña Zorzalina.

-Una ganga, niña, ayer pasó  Golondrisa por mi nido y se lo compré. Seguramente también va a venir a ofrecerte.

Zorzalina terminó por enterarse de que todo el vecindario estaba comiendo chocolates Hanstord y que Golondrisa Petrucciani había conseguido la representación de la marca para toda Terrandina.

-En seis meses recupero la inversión y de ahí en adelante, puras ganancias.- Le explicó la Petrucciani con todo descaro.

Zorzalina consideró una ventaja poder comprar los chocolates, pero cuando le preguntó a la Petrucciani el precio de la barra estuvo a un tris de atacarse nuevamente. Decidió entonces que los conseguiría más baratos por intermedio de Leotordo; él era tan amable que seguramente le daría la dirección de su primo para encargarlos.

Leotordo le explicó que el primo Hanstord le había cedido los derechos de venta a Golondrisa de manera que ya no podía traerlos por su cuenta. Al parecer su primo Hanstord estaba muy contento de haber podido abrir este nuevo mercado.

-Pero para qué se molesta, querida Zorzalina, llame a Golondrisa, que está haciendo reparto gratis  a domicilio. ¡Ah, también me pidió la dirección del primo Eustordo, parece que quiere la representación de la viña Santa Tordoliana de Lontué.

Estamos fritos -dijo  Zorzalo cuando su mujer le explicó lo sucedido-, nunca más vamos a tomar esos tintos tan buenos.

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La vida de  Zorzalo cambió dramáticamente desde que la humana del N° 5 instaló el comedor para aves.  Es cierto que su situación económica y su fama  se han disparado desde entonces, pero él es más tímido que un  búho, así que poco provecho obtiene de ello.  Zorzalina  es la más feliz. Ahora tienen un nido de cuatro habitaciones y una cama matrimonial de hilos de seda que Golondrisa Petrucciani trajo uno por uno desde la milenaria China  y   los niños, que ya han emplumado  bastante, gozan de una popularidad envidiable. Diariamente, los López y sus amigos se reúnen a comer debajo del quitasol  y lo pasan estupendamente.

En invierno viene un gran  pajarerío  a comer. Gracias a la Bodega, como la llaman,  sobreviven muchos más polluelos que antes, de manera que  los pájaros del sector se sienten comprometidos con  Zorzalo. Aprecian mucho su opinión, le piden consejo, lo invitan a matrimonios y bautizos y envían altos de tarjetas de saludos el día de Navidad.

Lo único malo es que  Zorzalo se ha visto obligado a madrugar para seleccionar la comida temprano, llenar la despensa -ya tienen dos-  y comer tranquilo. Más tarde, cuando llega todo el mundo, el pobre pasea por ahí tratando de mantener el orden, esponja bien el plumaje para recibir los halagos de  pájaros  que ni conoce y comenta las noticias internacionales con Leotordo o Juanito Chincólez,  mientras  Zorzalina prepara la comida con la ayuda de Golondrisa y de Mari Loica Huenumán. El mejor día, lejos, es el domingo, cuando Mari Loica recoge las migas de marraqueta fresca y en un abrir y cerrar de ojos prepara unos panes amasados crujientes, que combinan a la perfección con los chorizos de lombriz  de doña Zorzalina.   Leotordo y su esposa siempre traen el vino,  el tinto es la  especialidad de la familia.

-¡Qué tintos más oscuros y aterciopelados! – Comentan los Chincólez.

Y Leotordo,  feliz, aclara que  proceden de la viña Santa Tordoliana  de Lontué, propiedad de su primo  Eustordo.  A  su familia, se jacta,  todo lo oscuro le resulta perfecto.

-¡Si viera usted, don Zorzalo, el  chocolate semiamargo que prepara mi primo Hanstord, de Suiza!

Doña Zorzalina, que es una golosa, casi tiene un ataque, simplemente, tiene que probarlo. No se queda tranquila hasta que Leotordo promete encargar  una remesa vía  bird-mail esa misma noche.

-Con suerte, el próximo domingo lo tenemos aquí. -Asegura.

A Golondrisa Petrucciani los birdólars le hacen tilín en el cerebro. Se lleva aparte a Leotordo y  no lo deja tranquilo hasta que consigue que sus primos se hagan  cargo del flete. Le ofrece tarifa rebajada, saca calculadora quién sabe de dónde, teclea precio por gramo, hace un descuento del veinte por ciento, le suma los impuestos, la tasa de embarque, el porcentaje de ganancia y el impuesto al valor agregado, se queja amargamente porque va a salir perdiendo plata y finalmente le cobra a Leotordo diez por ciento más de lo que hubiera costado traerlo  vía Gaviota. Leotordo paga encantado.

En cuanto Golondrisa  parte para la cocina  en busca del pastel de hormigas rojas recién horneado Leotordo vuelve con  Zorzalo y  Juanito Chincólez y comenta el buen negocio que acaba de hacer. Sus amigos  intercambian una mirada de comprensión. ¡Tan ingenuo este Leotordo! Pero a fin de cuentas, no vale la pena amargarle más de la cuenta el chocolate, de manera que  Zorzalo  saca a colación la fuerte alza que ha tenido el precio del trigo.

-No se dónde vamos a parar si seguimos así. -Don Juanito, muy serio.

-Y las propiedades que están por las nubes -acota  Zorzalo, que nunca es más feliz que cuando habla de su flamante nido de cuatro habitaciones-,  el otro día no más  fuí al Banco del Avestado  para poner al día mi situación financiera. ¿Me creerán que mi nido  cuesta ahora ciento cuarenta mil birdólars? Hoy día, no podría comprarla, no tendríamos más remedio, mi Zorzalina y yo, que tomarnos una rama de un arbolillo en una calle cualquiera. Jardines cómo éste ya no se encuentran.

Y da una mirada enternecida al hermoso rectángulo cubierto de césped y rosas. Al pobre Leotordo no le queda otra que admirarlo una vez más. Don Juanito Chincólez, que ya está aburrido de su discurso, se hace el leso.

Un piído desesperado los saca de su conversación. ¡Los Gorriontínez acaban de llegar y asaltaron  a Golondrisa Petrucciani  cuando venía bajando la escalera de hiedra!  Golondrisa defiende con garras y pico la torta de hormigas rojas, pero no hay caso, cuando los caballeros llegan a defenderla los Gorriontínez han largado el vuelo en dirección a la Bodega y de la torta  no queda una sola migaja. Golondrisa llora amargamente; Elisa Chincólez , furiosa,   persigue a los Gorriontínez con la escoba de hierbas, pero ellos no le hacen ni el menor caso porque están ocupadísimos comiendo y tirando cáscaras para todos lados.  Doña Zorzalina amenaza con sufrir un nuevo ataque, pero los demás están tan ocupados consolando a Golondrisa Petrucciani que  no le queda  otro recurso  que guardar sus ánimos para una ocasión más propicia.

En todo caso, detrás de los Gorriontínez habían aparecido los Palomérez,  de manera que los Escolibrí y los Cotorrínez, unas cotorras recién llegadas   de Argentina que rentaron los dos ciruelos de la otra cuadra,  abandonaron los damascos que ya empezaban a madurar al otro extremo del patio.  Los Palomérez se apropiaron inmediatamente del plato de semilla.  Palomingo, con todo descaro, picoteaba a las pobres tortolitas de la calle Petrel corriéndolas del plato como si el jardín hubiese sido suyo y cada cierto rato se iba de aletazos con la paloma de metal. Tal era el caos que  Zorzalo, desesperado, invitó a todo el mundo a pasar a su nido.

Ver el nido de  Zorzalo y caer en trance no les tomó a sus amigos más de un minuto. ¡Zorzalina había arreglado las habitaciones con tanto gusto! Golondrisa Petrucciani, que les había ido trayendo los textiles y los muebles de sus viajes por el mundo,  no podía desaprovechar la ocasión,   de modo que  sacó su cuaderno de pedidos e iba de una dama en otra anotando y sacando cuentas.

-¡Qué maravilla -decía Leotordina- estos sillones de plumón de gallineta!

-Tienes un gusto impecable, mia cara,   claro que lo buono  hay que pagarlo, ma io te cobro baratísimo, una ganga.

-Qué irá a decir Leotordo -se preocupaba su mujer-, pero no puedo resistirlo. Quiero uno igual para mi nido. ¿Y esas camitas de hilos de seda, saldrán muy caras?

-No, si te las traigo de la India, piccola mia. Mis primos de Benarés las traen rebajadas, cuarenta por ciento más baratas que en Nueva Delhi…¡y unos colores! Te mueres, Leotordina, te mueres.

Y Leotordina sellaba el negocio dejándole a Golondrisa una ganancia del sesenta por ciento.

-A Golondrisa hay que regatearle bastante, más que de Italia, parece que hubiera venido del Asia menor. – Intervino   Zorzalo.

La Petrucciani le dio una mirada que si hubiera podido hacía un agujero en el piso del nido, justo debajo de las patitas del dueño de casa.

Todo el pajarerío de la cuadra habría quedado endeudado si no hubiera aparecido doña Zorzalina con unas galletitas de pulgón de rosa simplemente deliciosas.       Martín Escolibrí -que se había colado últimamente como si fuera íntimo de don Zorzalo-  no paraba de alabárselas. Por último, prometió volver al día siguiente  con unos pasteles de hormiga roja que la consolarían  inmediatamente por la pérdida de la torta. Doña Zorzalina estaba feliz, cómo había sido tan desconsiderado Zorzalo de no haber invitado antes a los Escolibrí, que además eran tan buenos bailarines.

-¿Y usted, dónde vive señor Escolibrí?-  preguntó don Juanito Chincólez, tratando de dejar en evidencia la condición de afuerino del primero.

-Aquí a la vuelta no más, en el acacio número tres de la calle  Canberra, nido número quince, tercera rama a la derecha. Vaya cuando quiera, don Zorzalo, mi señora hace una miel de azahares perfecta para los pasteles de masa de hoja, recuérdeme traerle un frasco, vecinita.

-Qué nombre más raro tiene esa calle.- Volvía don Juanito a la carga, enojado porque Escolibrí había salido del paso con tanta elegancia y facilidad.

Golondrisa Petrucciani intervino inmediatamente.

-Pero si es el nombre de una ciudad tan linda, con árboles inmensos, yo tengo allá amici de tutta mia vitta,  Bert Kuka Burra y su familia. Hombre muy educado, políglota, y de tan buen humor que nos moríamos de la risa con sus chistes.

Qué  feliz estaba  Zorzalina; al fin, después de tanto tiempo, habían logrado integrarse al barrio. Y Zorzalo,  que tanto había temido relacionarse con los vecinos, siempre pensando que no les caía bien.  De pura alegría partió para la cocina y regresó con una  nueva bandeja de galleticas sobre las cuales los polluelos se arrojaron al más puro estilo bandada de gorriones.

 Empero,  pese a lo bien que lo estaban pasando, de vez en cuando  Zorzalo no podía evitar asomarse al balcón  para ver el deprimente espectáculo de los Palomérez  y los Gorriontínez peleando por las últimas semillas de sésamo para luego menear la cabeza con gesto de resignación. Si algo no podía entender era qué había pasado con los buenos modales del pasado, tan necesarios para vivir en paz.

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