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pavo_real

 

Tal como se lo había dicho a mamá, el lunes siguiente fui a disculparme con las señoritas Pereira de Olivar. Sebastián se ofreció a acompañarme, pero le dije que no, muchas gracias, esto es algo que tengo que hacer sola. Quedamos de vernos más tarde para estudiar juntos, él vendrá a casa,  aún prepara el famoso examen de ingreso al Instituto Nacional.

Sabía  que no iba a ser fácil, pero uno no puede traicionar a sus amigas imaginando de ellas las cosas horrorosas que yo pensé  durante el último par de semanas y hacer como que aquí no ha pasado nada. Tampoco era cosa de llegar al local y decir “bueno, ya, me equivoqué y les pido disculpas”, de manera que averigüé qué bus me servía y fui hasta la parcela de La Reina. La verdad, de día era mucho más linda y había que ser idiota para asustarse. Sí, yo fui esa idiota, qué horror. Llamé por el micrófono y apenas dije mi nombre, la voz de  Penélope saludó y sonó el botón del portero eléctrico que no vimos la noche de la fiesta. Tampoco están tan anticuadas como para no tenerlo.

Fui caminando por unos senderos preciosos, rodeados de rosales floridos, hortensias azules y dalias multicolores. El jardín emanaba mil aromas a cuál más delicioso y los árboles que tanto me aterrorizaran en la fiesta de Halloween estaban llenos de zorzales, tordos, cotorras, chincoles y otros pájaros que ni conozco, todos ellos banquetéandose con los damascos maduros. Ploch, se escuchaba por acá, ploch, por allá y ése era otro damasco que había mordido el polvo. A cada momento me sentía más tonta. ¡Me había portado como una niñita miedosa, qué manera de hacer el ridículo!

Penélope estaba esperándome junto a la piscina.

-¿Trajiste traje de baño? –preguntó.

¡Claro que no, ni se me había pasado por la mente que ellas todavía quisieran invitarme a pasarlo bien en la piscin!.

-No, en realidad, Penélope, yo he venido a pedirles perdón por lo mal que actué hablando todas esas barbaridades de ustedes.

-Querida, no te lo tomes tan a pecho. Nosotras debimos  darnos cuenta que una fiesta de Halloween podía ser terrorífica para una niña de tu edad, además, estuvo lo de las gatitas, que se portaron tan mal. Todo  eso debe haberte causado una impresión tremenda. Si lo miras bien, es culpa nuestra.

Sus grandes ojos amarillos estaban fijos en mí, dulces y apenados a la vez. ¡Era como si fuese a maullar en cualquier instante, triste y coqueta, como Penny!

-Lo que hice fue vergonzoso, Penélope, pero fue sin mala intención. Nunca pensé que Sebastián hablaría con su papá y él, a propósito, también se siente muy mal. La actitud de su papá fue muy decepcionante para él.

-No te preocupes, Toni, entiendo perfectamente; además, durante el fin de semana recibimos algunas noticias de la Galería. Supe que anduviste recorriendo los locales para  poner a esos chismosos en su lugar.

-Mamá dijo que era el colmo del machismo.

-Siempre he sostenido que tu mamá es toda una dama, Toni.

No pude evitarlo y me eché encima de ella, me daba mucha vergüenza y tenía deseos de llorar. Nos quedamos abrazadas largo rato.

-Ya está bien, Toni, vamos a la terraza a ver a las chiquillas –invitó.

Así son mis viejitas Pereira de Olivar, tienen como mil años, pero siguen llamándose entre ellas como si aún tuvieran quince. Me tomó de la mano y rodeamos la casa, junto a la piscina estaban esperándonos Lisístrata y Gertrudis.

-¡Hola, Toni querida, qué bueno qué viniste! –Lisístrata se veía feliz de verme.

-Tanto tiempo sin verte –me reprochó, suavemente, Gertrudis al tiempo que me servía un jugo de frutas- , te habíamos echado de menos.

Para qué voy a pasar una vez más por la humillación de contarles, con lujo de detalle, el lamentable episodio de mi solicitud de perdón. Creo que ellas se sentían tan mal como yo, de manera que hicieron todos los esfuerzos posibles por impedirme hablar, pero no me amilané y les pedí disculpas en todos los tonos posibles.  Después nos pusimos a comer  toda clase de alfajorcitos, tartaletas, mazapanes,  bombones y demases que ellas preparan para esperar la Navidad. Debo haber subido como cien kilos de tanto comer. A cada rato aparecían nuevas exquisiteces y jugos de fruta frescos. Ya estaba empezando a entender como fue que Lisístrata llegó a ganar ese sobrepeso y si no me detenía a tiempo, sí, la idea pasó por mi mente encendiendo todas las alarmas, la próxima obesa mórbida del grupo iba a ser yo, Antonia Gutiérrez.

-No, gracias, no puedo comer una migaja más –rechacé con pesar el helado de pistacho que Gertrudis  me ofrecía.

Me pregunté dónde estarían las mininas. No habían aparecido en todo ese rato. De veras deseaba ver a Penny, sentir su colita serpenteando alrededor de mis piernas.

-¿Y Penny? –pregunté.

-Cuando estamos acá nunca quieren bajarse de los árboles –respondió Penélope. Es una lástima, porque te quieren tanto y después, cuando olfateen que estuviste aquí, estarán apenadas.

-Son las gatitas más adorables del mundo –dije con toda sinceridad. No porque sufrieron un ataque de celos las voy a borrar de mi lista de afectos.

Las tres me devolvieron una sonrisa esplendorosa. Aman tanto a sus gatas que se toman los cumplidos para ellas en forma casi personal.

-Hay algo que necesito saber –les dije-, y es muy importante.

-Pues habla, querida –dijo Penélope mirando a sus hermanas. Gertrudis me lanzó una mirada recelosa.

-¿Van a abrir el local de nuevo o es verdad que han pensado en venderlo?

Se miraron una a otra y se acomodaron en las sillas antes de responder.

-Hubo un momento en que pensamos seriamente en vender –comenzó Lisístrata.

-Pero nos daba mucha rabia que alguien se aprovechara de un mal rato  nuestro para sacarnos del negocio-continuó Gertrudis.

– Y después vino eso de la publicidad –remató Penélope.

-¿Qué publicidad? –pregunté.

-Es que no sabes, Toni, ahora que creen que somos brujas y nos convertimos en gatas, todo el mundo quiere comprar nuestras antigüedades.

-¡Hasta nos ofrecieron ir a un programa de televisión!

-¡Y nos pagarían!

Estaban locas de felicidad. Al fin había llegado su momento. Lisístrata ha pensado en  que necesitan un ropero nuevo y Penélope ha mirado telas finas por internet. Gertrudis no dice nada, pero resulta evidente que no le gusta nada eso de hacerse tan conocida. Desconfía hasta de su sombra, igual que Gertie.

Lo que quedaba de mi visita se nos fue haciendo planes para el verano. Lisístrata insistía en que yo debía ir todas las semanas a bañarme en la piscina, que se gastaba tanto en mantenerla para que nadie se metiera en ella, salvo, claro, en la Fiesta de Halloween.

Todas reímos, qué divertido parecía ahora, a pleno sol, con los pajarillos cantando y un pavo real…sí, no estaba viendo visiones, había un pavo real asomando entre los arriates de flores.

-¡Es un pavo real! –no pude quedarme callada. Estaba asombrada.

-Claro querida, es Mike. Anda ve a verlo, es lo más mansito que hay.

Me puse en pie de un salto y fui hasta él, que no mostró temor alguno. De cerca era aún más lindo, con todos esos maravillosos colores brillantes. Arrastraba su maravillosa cola como si fuera el manto de un rey.

 Penélope vino detrás trayendo migas para él y me las iba pasando para que yo lo alimentara. Se veía de lo más acostumbrado a comer tartaleta de manzana y no perdía nada.

-¿Hace mucho que lo tienen? –pregunté.

-Un par de años, no lo viste el otro día porque a esa hora está durmiendo. Queremos comprar otro, nos parece que se siente un poco solito- aseguró Penélope.

-¿No es extraño que se llame Mike?-pregunté.

-¿Extraño, por qué?

-Es parecido a Miguel –dije.

-Parecido no, es que  a los Migueles se les dice Mike en inglés.

-Eso pensé.

Al menos este Miguel no nos va abandonar –murmuró Penélope con pena.

-Oh, no, no tenga pena, estoy segura de que volverá a buscarla – dije tomándola de la mano.

-¿De veras lo crees, Toni?

-Estoy segura.

Y lo cierto es que de pronto tenía la certeza de que lo que le decía era así. Don Miguel regresaría junto a ella, no precisamente con una capa de plumas de pavo real, pero volvería. Si  lo pienso bien,  sería  mucho mejor  que regrese vestido con algo menos absurdo que la chaqueta de su disfraz de Halloween.

El ave movió su cabeza como dándome la razón. Era realmente encantador. Hasta me dio la misma impresión que a veces me hace sentir Penny: era como si el ave tuviera ganas de decirme algo tan importante que no podía esperar.

Me despedí de las señoritas Pereira de Olivar a medio camino de la puerta de entrada. El sol pegaba fuerte y las pobres hacían esfuerzos para soportarlo entrecerrando los ojos y haciendo visera con la mano para protegerlos. Las  tres se quedaron bajo una  enorme palmera, Penélope con su mano derecha apoyada en el añoso tronco para descansar, disfrutando de la sombra,  cuando di vuelta el recodo del caminillo empedrado.

Ya  había caminado unos cinco metros cuando  recordé el pañuelo de Penélope, lo había tenido desde la fiesta y mamá lo había lavado para que se lo devolviera. Regresé corriendo a buscarlas mientras lo sacaba de mi cartera y  volvía a tomar la curva en sentido inverso.

Y entonces pareció que el mundo había girado en ciento ochenta grados de un solo golpe.

Las señoritas Pereira de Olivar habían desaparecido. O al menos, eso creí. En su lugar, las tres gatas viejas tomaban sombra bajo la palmera, con excepción de Penny, que con las dos patas delanteras apoyadas en el tronco, parecía lista para  subir hasta la copa.

Las gatas maullaron suavemente y se me acercaron coquetas restregándose  junto a mí. Tres segundos, habrían sido unos tres segundos…era imposible que tres viejecillas casi nonagenarias hubieran desaparecido tan rápidamente y las gatas, de dónde habían llegado las gatas. Lisi, gorda floja, se tumbó en el pasto a lavarse con una lengua sonrosada como jamón y Gertie se sentó muy tiesa; de tan flacuchenta parecía figura de porcelana.

-Miaau- era Penny con sus ojos amarillos dedicados a su actividad favorita: hacerme sentir que tiene algo muy importante que decirme. Su colita peluda serpenteó en mis piernas haciéndome cosquillas.

-Hola, preciosa –la acaricié-, por favor, entrégale su pañuelo a Penélope y dile que muchas gracias – acomodé el pañuelo en el collar con unas vueltas para que no se fuera a caer.

Y después, qué vergüenza confesarlo,  me fui corriendo a mil por hora. Hacía  un calor de mil demonios, no corría la más leve brisa, pero a mí un escalofrío me recorría las costillas y llegué hasta la puerta temblando y apenas la traspasé la cerré dando un portazo que debe haber hecho historia en la tranquila calle  reinina.

Sólo entonces se me pasó el miedo, mis rodillas dejaron de temblequear  y pude partir a la carrera hacia el paradero.

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BRUJA

Cerré la puerta de un golpe, eché el pestillo y me metí a la cama de un salto; temblaba como una hoja. De pronto la casa de las señoritas Pereira de Olivar me parecía terrorífica, las ramas que el viento movía afuera dibujaban cosas horrorosas en el cielo, el apagado sonido de la música ya no era alegre, sino melancólico, todo en la casa crujía y casi podía ver como  extraños seres salían de cada rincón para  recorrerla de puntillas.  Por todos lados se escuchaba el chirrido de puertas que se abrían tratando de no ser notadas. ¿Qué estaba pasando fuera de mi refugio?

Una de las gatas, quién sabe cuál de ellas, comenzó a gemir tristemente en el segundo piso. De pronto tuve la certeza de que se trataba de Lisi, su herida le estaba causando  dolor…pero, ¿y si en vez de Lisi fuera Lisístrata la que gemía? La había visto claramente, tenía una herida horrible en la pierna y no podía quitarme de la mente su deplorable aspecto. Repentinamente, una espantosa idea cruzó mi mente: ¡Ellas se transformaban en sus gatas, eso era, mis amigas viejas eran en verdad unas brujas, unos monstruos que me habían invitado con quién sabe qué funestos propósitos!

Los minutos comenzaban a eternizarse y a convertirse en horas que se arrastraban como caracoles  moribundos  dejando detrás, en vez de una huella plateada,  un terrible rastro de desconfianza. Decidí que, pasara lo que pasara,  no iba a dormir. Si lo hacía estaría indefensa ante cualquier maniobra malvada que pudieran intentar.

Lentamente, algunas invitadas comenzaban a despedirse, los ecos de la fiesta iban muriendo. En algún lugar de la casa, la gata continuaba lloriqueando tristemente y yo aguantaba el sueño con todas mis fuerzas. Debo decir que no era tan difícil,  el miedo me impedía dormir.

Cuando todo quedó en silencio, escuché pasos en el corredor que  se fueron aproximando lentamente hasta detenerse ante mi puerta. Aterrada, descubrí que la perilla de la puerta intentaba girar.

-Toni ¿duermes? –Era la voz de Penélope. Apagué la lámpara y me sumergí bajo la cubrecama.

-Buenas noches, Toni, que duermas bien – la escuché decir. Luego escuché sus pasos alejándose y subiendo la escalera.

Me quedé allí, muerta de miedo, prendí la luz otra vez porque no era capaz de estar en la oscuridad. Me quedé allí tratando de no pensar en todas esas cosas absurdas que había visto, hasta que sin darme cuenta pasé de la vigilia al sueño y tuve las peores pesadillas de mi vida. En ellas, una gata de ojos amarillos me perseguía por la parcela tratando de matarme en medio de unas tinieblas espesas que se podrían haber cortado con cuchillo. Y yo, que no podía saber por dónde andaba, terminaba cayendo a la piscina y ahí, ahogado, ¡flotaba el cuerpo de don Miguel!

Yo gritaba desesperada llamando a papá y entonces una mano agarraba la mía. ¡Alguien me iba a salvar al fin!, mas, cuando me acercaba hasta mi salvador, lo que veía era el rostro arrugado de Penélope, con una sonrisa  siniestra bailándole en los labios y un chispazo diabólico en sus ojos amarillos.

Toc, toc, toc.

Desperté bruscamente al escuchar los golpes y me senté despacio, tratando de que nadie se diera cuenta de mis movimientos. Descubrí que todavía llevaba el vestido de Alicia y comencé a sacarme el tonto disfraz velozmente, rabiando con los innumerables botones, cierres y broches. Los golpecitos en la puerta cesaron y yo todavía no era capaz de sacarme el vestido de Alicia en el País de las Maravillas. ¿Qué maravilla, no? Cualquiera querría pasar una noche tan maravillosa como la anterior.

-Toni, el desayuno está listo, te esperamos en la cocina –anunció Penélope.-, arriba, pronto llegarán tus padres.

Sus palabras terminaron de darme alas. ¡Papá venía a rescatarme al fin! Me quité las medias y los zapatos y me puse mi ropa. Ahora, de regreso en mi piel, mis jeans y mi polerón me sentía más segura, estaba usando un par de buenas zapatillas, algo viejitas, excelentes  para echar a correr de ser necesario y las hermanas, yo estaba segura de eso al menos, estaban demasiado viejas para alcanzarme.

Pero debajo de cada pensamiento de alivio se abría otro de horror: ¿Y si las que me perseguían eran las gatas? Ya sé que son tan viejas como sus amas, pero los animales son mucho más rápidos que nosotros, no me quedaría otra que buscar una escoba para defenderme. ¡Un momento, yo sabía dónde estaban, justo a la salida de la cocina había visto una la noche anterior! Si tenía que escapar por los jardines la pescaría y la usaría para defenderme.

Oh, no, no podía ser yo la que estaba pensando todas esas  tonteras. Penélope me había llamado a desayunar, ya era día claro, papá estaba por llegar. Me repetía una y otra vez que todo era nada más que mi imaginación, pero no tenía muy buena llegada conmigo misma, porque al segundo siguiente ni yo me creía.

Apenas estuve lista, fui hacia la puerta, corrí el pasador y la abrí lentamente, tratando de no hacer ruido. El pasillo estaba vacío y no se escuchaba nada en las cercanías.  De  la cocina,  sin embargo, llegaba sonido de platos y el escurrir del agua en el fregadero. Tomé mi bolso y salí paso a paso. Las ventanas de la sala estaban abiertas y una brisa fresca entraba desde los jardines; tal como el día anterior, los pájaros cantaban y algunos insectos madrugadores comenzaban a zumbar sobre los arriates de flores. Armándome de valor, entré en la cocina.

Gertrudis estaba bebiendo en una gran taza desayunera y Penélope lavaba algunos platos con sus manos enguantadas. Ni luces de Lisístrata. Ambas hermanas se dieron vuelta a mirarme y con una sonrisa acogedora me dieron los buenos días. El aroma del pan tostado y los huevos con jamón me asaltaron haciéndome descubrir que estaba muerta de hambre.

-Ven, Toni, ya te serví chocolate –dijo Penélope.

Comí despacio, me moría de hambre, pero estaba tan nerviosa que apenas podía tragar. Era un desayuno muy bueno; jugo de naranja, huevos, dulces surtidos y tostadas crujientes rebosantes de mantequilla. Hubiera querido decir que no quería y salir volando, pero mi barriga gruñía peor que la de Tito cuando espera sus pellets.

-¿Y Lisístrata? –Tenía qué preguntar, no podía seguir en la ignorancia.

-No sabes nada, Toni; anoche salió corriendo detrás de las gatas y se cayó en el jardín, se hizo un rasguño horrible y está toda adolorida. Además que su vestido quedó para la historia y era su disfraz favorito.

-Conseguir esas telas hoy es imposible, no quedará otra que mandarlo a reparar al Zurcidor Japonés-comentó Gertrudis con voz de ultratumba. Había olvidado cuánta importancia le dan a su vestimenta  las hermanas Pereira.

-¿Existe todavía? Lo dudo mucho. No importa, yo buscaré alguien que lo deje como nuevo- Penélope estaba muy seria.

En eso sonó el teléfono. Penélope salió a contestar y volvió  casi al instante.

-Han llegado tus padres, están esperando afuera, Toni. Les dije que en cuanto terminaras salíamos.

-Ya terminé, gracias –respondí. Y me paré de un salto, tomé mi mochila y salí de la cocina.  No quería quedarme un segundo más en esa casa. Ya sé que hasta ayer apenas pensaba que ellas eran mis mejores amigas, pero ahora no podía mirarlas a la cara sin pensar que me estaban engañando. Hasta olvidé despedirme de Gertrudis.

Papá y mamá aguardaban por mí en el gran portón de entrada. Los abracé y subí al utilitario de un salto, cerrando la puerta tras de mí.

-Antonia –dijo mamá-, no te has despedido de la señorita Penélope.

Debo haberla mirado con ojos suplicantes, de manera que la propia Penélope se acercó a la ventanilla y me hizo señas cariñosas, que correspondí lo mejor que pude. Lo único que quería era salir de ahí lo antes posible y no quedé tranquila hasta que  nuestro  fiel cacharrito empezó a dejar atrás las calles sombreadas por inmensos árboles. Sólo cuando alcanzamos las primeras  calles transitadas  me pude relajar.

-No hallaba las horas de volver a casa –suspiré.

Y mamá, sorprendida, se dio vuelta a verme.

-Antonia, qué es eso, parece que no lo hubieras pasado muy bien.

-Claro que no, mamá, todo estuvo bien, pero me asusté un poco. Después de todo, era la noche de Halloween.

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libros

 

Estaba sola atendiendo la cafetería y la clientela brillaba por su ausencia, de manera que aproveché de lee; ahora mis amigas me prestan todo los libros que quiero,  así que yo   aprovecho todo mi tiempo libre para lectura. Estaba tan absorta que llegué a dar un salto cuando una voz  vino a interrumpirme.

-Hola, me das un jugo de naranja, porfa.

Quién hablaba era un chico como de mi edad, delgado y más alto.  Tenía la cabeza coronada por una mata crespa de pelo castaño y en un segundo vistazo, me di cuenta de que era algo pecoso.

-¿Perdón? –respondí.

-Un jugo de naranja, porfa. Disculpa si te quito tiempo de la lectura.

-Claro que no, discúlpame tú –saqué el jugo de la heladera y se lo pasé-. Son trescientos cincuenta.

-¿Tienes sándwiches?

-De queso, aliado y de pollo con mayonesa.

-¿Qué es un aliado?-preguntó.

-Queso y jamón, si quieres puede ser caliente.

-Ya, eso quiero.

Se había instalado en el mesón y pidiendo permiso se puso a revisar mi libro, “El extraño incidente del perro a medianoche”, de Haddon, que no es un préstamo, me lo regaló Penélope. Los clientes del local no venden libros tan modernos.

-Parece bueno –continuó.

Y ahí me largué. Le conté lo bueno que es, que nunca me habría imaginado que hicieran libros tan buenos para chicos y que estaba segura de que a él también le gustaría.  Y  entonces se me ocurrió que estaba hablando demasiado, que iba a pensar quién sabe qué cosas de mí y me callé.

-Me encantaría leerlo –dijo.

-Vale la pena, te lo aseguro – y luego pregunté-. ¿Eres de aquí de la galería?

-Si, mi papá es dueño de un local que queda en el pasillo siete, Antigüedades Leonora Latorre.

-Parece que tu papá es admirador de Adiós al 7° de Línea, eh.

-Cierto, los ha leído un millón de veces y después nos los cuenta.

Le pasé el sándwich y conversamos mientras comía. Es un año mayor que yo y  quiere cambiarse al Nacional, así que estudia, estudia y estudia.

-Quiero ser médico – afirmó.

Le deseé suerte de corazón. No sólo es una carrera difícil, también es cara. En todo caso, yo creo que cuando uno quiere realmente algo y se esfuerza por conseguirlo, lo logra, y él se ve muy convencido. A mí me gustaría ser diseñadora de modas o profesora de castellano. Amo los libros y la ropa linda.

 Sucedió que Sebastián –ése es su nombre- se había fijado en mi cuando empecé a visitar a las anticuarias. Me contó que todo el mundo habla de ellas y sus gatas  en la galería, qué dicen que son brujas  y  las encuentran raras.

-No tienen nada de raras –me enojé-, sólo porque son solteras y se visten algo anticuadas. Además, no tienen nada de brujas, son las mejores personas que conozco y las quiero mucho.

-Lo siento, no es que yo piense así, sólo quería conversar. Eso de vestirse a la antigua debe ser por su trabajo –comentó.

Yo pienso lo mismo, de manera que le conté algunas cosas, nada importante porque no soy chismosa (¡ni una palabra de don Miguel!),  cosas como lo del notebook y del inventario, de cómo Penélope había descubierto  a los ladrones de la pinacoteca.

-¡Vaya, es súper, nunca me lo hubiera imaginado! –Sebastián estaba admirado por lo que oía.

-Además –terminé- me invitaron a su fiesta de Halloween.

-¿Y vas a ir?

¡Por supuesto que iría, en qué mundo vive este chico, cree que porque es guapo y ya cumplió trece lo sabe todo! Uno puede perfectamente tener amigas viejitas, yo las tengo y nos queremos mucho.

Había terminado de comer, así que pagó la cuenta y antes de irse me aseguró que vendría a verme todos los días. No le creí mucho, pero lo cierto es que tal como dijo, cumplió. Todos los días ha venido a almorzar algo en la cafetería y nos estamos haciendo muy amigos. Es una pena que vivamos en comunas tan alejadas, pero aquí podemos vernos bastante seguido. Sebastián es el primer amigo que tengo y es una suerte que nos guste hacer las mismas cosas; bueno, tanto como hacer, no, poco es lo que yo puedo hacer, pero tenemos gustos parecidos. Tanto que mamá se ha puesto bien pesadita, lo mira feo y me anda inventando cosas para hacer cuando Seba viene a almorzar, de modo que en cuanto él se va, me arranco a ver a Penélope.

A propósito, Penélope anda tan salidora, casi todos los días va al centro de compras y no me queda más remedio que quedarme con Gertrudis, porque Lisístrata, ya lo saben, siempre está ocupada con el negocio. Después llega muy misteriosa, callada,  con mirada soñadora. Nunca trae los manos vacías: una caja de bombones, un ramito de rosas o un remolino brillante.  Gertrudis suspira y Lisístrata  sufre violentos  ataques de tos y todo el mundo se revoluciona para darle Agüita del Carmen azucarada y ponerle pañuelos húmedos en la cabeza, que según ella se queja, le duele, le duele, le duele, tanto que parece que le va a reventar..

Con todas estas novedades voy a impactar a Juana, una de las dos amigas que tengo en mi curso. Mis compañeras me ven como una gansa porque no tengo permiso para salir sola, pero de todas maneras logré hacerme un amigo, mucho más guapo que los que tienen ellas y además simpático y educado. Olvidaba contarles que Seba me trajo un chocolate ayer, de menta, mi favorito. Me encanta tener un amigo. Yo le presté el “Incidente” y lo está leyendo, quedamos que cuando termine lo vamos a comentar juntos. Me encanta ese libro, en cuanto me lo devuelva lo leo otra vez.

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AmericanPainting

Una semana después ocurrió algo totalmente inesperado. Mientras  Penélope y Gertrudis atendían a unos extranjeros interesados en porcelana antigua, Lisístrata entró sin aliento y dijo con voz entrecortada:

-¡Esto es terrible, miren lo que trae el diario de la tarde!

Y ahí, en una extensa y vistosa nota, leímos un titular que nos dejó con la boca abierta:

ROBAN PINACOTECA DE FALLECIDO

COLECCIONISTA AVELLANEDA

¡Los clientes quedaron momentáneamente olvidados! Las tres anticuarias estaban espantadas por la noticia y, como buenas comerciantes, indignadas porque acababan de perder un gran negocio que ya veían casi cerrado. Gertrudis debió hacer un gran esfuerzo para atenderlos sin perder palabra de lo que sus hermanas comentaban y apenas se fueron, guardó el dinero en la caja fuerte y se unió al grupo.

Era lamentable, durante gran parte de la semana Gertrudis y Lisístrata habían conversado con doña Eduvigis,  la sobrina y heredera de Avellaneda y estaban a un tris de cerrar el trato por algunas de las pinturas más valiosas y gran cantidad de libros, porcelana y la platería completa.

-Lo que más lamento –se quejaba Lisístrata- es la pérdida del Valenzuela Llanos y esa estupenda pintura de Camilo Mori.

-¡Y el Rebolledo, además, te olvidas de esas acuarelas de Toral!

-¡Qué pérdida, Avellaneda amaba tanto esas pinturas. Y el precio era justo, podríamos habérselas ofrecido a cualquier coleccionista o museo importante y las habríamos vendido de inmediato!

-Hay algo muy extraño en esto –murmuró Penélope-, la que más se oponía a la venta era la hija de doña Eduvigis aquí aparece diciendo que ya no hay nada que hacer, que será imposible recuperar lo robado. Es como si no quisiera recuperar nada.

-¿Te parece sospechoso? Es cierto que tú siempre has tenido olfato para estas cosas –comentó Lisístrata.

-Creo que este es un trabajo para Penny – intervino Gertrudis.

-¿Por qué le dice Penny a su hermana? –pregunté.

Lisístrata y Penélope tosieron incómodas, pero Getrudis casi se atoró antes de responderme.

-Ay, pero qué curiosa. Así le decía yo cuando era pequeña.

-Ah, ya entiendo –acepté. Yo no hubiera tenido el menor interés en que me dijeran  Penélope o Lisístrata, es más, creo que habría hecho todo lo posible porque nadie se enterara de que me llamaba así.

Al rato, Penélope desapareció y junto con ella también se esfumó Penny por casi tres días. El  saqueo de la pinacoteca de Avellaneda era la noticia top del momento y todos la comentaban en la galería. Hasta mis padres, que se sentían más involucrados ahora que yo me había convertido en amiga de las hermanas, estaban pendientes de lo que aparecía en la prensa.

Así que no constituyó sorpresa que la mañana del cuarto día mi padre fuera el primero en entrar con el diario en la mano y casi sin aliento a darnos la noticia.

-¡Pillaron a los ladrones, la hija de doña Eduvigis les pasó la llave y les pagó para efectuar el robo!

Todos corrimos a la televisión a la espera de novedades. Y ahí estaban; la desvergonzada hija de la sobrina de Avellaneda  no se había conformado con recibir su parte a la muerte de su propia madre, de manera que había planeado todo con ayuda de su novio. Los artículos robados fueron devueltos, la madre retiró la denuncia y a la policía no le quedó más remedio que dejarla ir, pero el delito fue frustrado.

Cuando llegamos al Galpón,  lo primero que hice fue ir a ver a mis amigas. Estaban orgullosísimas, porque según ellas todo se había resuelto gracias a las investigaciones de Penélope.

-No puedo adjudicarme todos los ases –intervino Penélope-, no habría podido hacer nada sin Penny. Le colgué un micrófono del collar y ella, tan lista, se subió al auto de la sobrina ladrona y grabó las conversaciones que sostuvo con sus cómplices. ¡Hasta les dijo el lugar donde tenían que llevarle los artículos robados!

-La policía no podía creer que una anticuaria y su gata les estuvieran llevando esas pistas.

-Inmediatamente allanaron y recuperaron todo.

Pero Lisístrata estaba compungida por los resultados de la investigación de su hermana.

-Lo peor de todo es que a la pobre doña Eduvigis le dio un ataque que casi la instala en los obituarios del día de hoy, se ha salvado por un pelo.

-¡Y ella no tiene muchos! –se burló Penélope.

Todas reímos, en realidad doña Eduvigis aparenta tener más pelo del que posee gracias a una horrorosa peluca platinada. Gertrudis, orgullosa del éxito de su hermana continuó halagándola.

-Nada de esto habría sucedido si no fuera por nuestra pequeña. ¡No se le va una! La Policía se ha llevado todos los honores por resolver el caso, pero nada habrían hecho sin las grabaciones de Penélope.

-¡Siempre ha tenido olfato policial!-acotó Lisístrata. Penélope se esponjaba toda de pura satisfacción, mas bien por lo de pequeña que por lo del olfato policial. Que a uno le digan pequeña cuando frisa los ochenta es como demasiado para cualquiera, menos el afortunada(a)

Cierto que Penélope se la pasa leyendo novelas policiales, se muere por Agatha Christie y Conan Doyle, pero de ahí a haber resuelto el caso me parecía una exageración. En todo caso, mis amigas  están tan viejitas que pueden creer cualquier cosa.

Esa misma semana y apenas doña Gertrudis salió de la Clínica, se cerró el negocio entre la heredera de Avellaneda y Lisístrata. Don Raúl, el fletero que siempre ocupaban, descargó gran parte de las piezas en el local, pero no pude ver los cuadros, que habían sido guardados en una caja de seguridad. Me llamó la atención que don Raúl, que declaró haber estado muy enfermo, ya no conducía su camioneta. El chófer era su sobrino, un tipo flaco con cara de comadreja que andaba husmeando por todos lados. No me gustó para nada.

Toda la Galería supo de la participación de Penélope en la solución del caso, lo que la hizo repentinamente popular entre los locatarios y clientes. Muchos veían a preguntarle por los detalles y las ventas sufrieron un alza bastante notoria. Después de aquello, Penélope llegaba al Galpón envuelta en una nube de satisfacción.  Cuando no era sustituida por Penny, que parecía creerse tanto como su ama y era más consentida que nunca por las otras dos.

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persa

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Les quiero  contar una historia muy rara

 

Este año que acaba de terminar debe haber sido el más raro de mi vida. No es que yo haya tenido muchos años raros, ni siquiera he tenido muchos años, acabo de cumplir doce, me llamo Antonia Gutiérrez, me gustan las cosas lindas, ir de paseo al San Cristóbal y tomar helados. Mi  actor favorito es Daniel Radcliffe  y mi película favorita,  todas las de Harry Potter. También me gusta la computación y sin duda me gustaría más si tuviera ocasión de practicarla, pero no tenemos PC en casa y aunque me encantan las clases que tomo en el colegio, es muy poco el tiempo que puedo dedicarle. Somos más de quince alumnos  para cinco monitores, así que ya pueden imaginarse cómo es eso.

Lo peor de mi vida no es que no tengamos muy buena situación económica, de ninguna manera. Mis padres son un siete y entiendo perfectamente que no todos en la vida pueden tener todo lo que quieren. No.  Lo peor es que soy hija única, lo que significa que mamá me cuida como si fuera su pasaporte al cielo y no me deja salir ni a la esquina si no estoy acompañada de tres guardias armados, media docena de escapularios y una procesión  de beatas que rueguen por mí. Lo peor de mi vida es que mi colegio no es mixto –ah, no lo sabían, todavía existen y mamá debe tener el listado completo de ellos en algún lugar conocido sólo por ella-, lo que significa que sólo voy a conocer chicos cuando vaya a la universidad; lo peor es que no estoy autorizada para salir sola, ni para abrir la puerta de casa cuando alguien se cuelga del timbre y que apenas suena el teléfono,  levanto el auricular y digo “Aló”, mamá levanta el otro y  dice:

-¿Es para mí?

Y bueno, por lo general sí es para ella o papá; las chicas de mi curso  deben encontrarme aburridísima porque no tengo permiso para ir a ninguna parte, de manera que sólo me llaman cuando necesitan ayuda con las tareas. Porque sí, debo reconocerlo, soy la mejor alumna del curso.

No importa, ya cumplí doce años. Al paso que voy, en apenas seis estaré entrando a la universidad –tengo muy buenas notas y espero mantenerlas en media- y allí, cuando sea mayor de ed

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La galería de los anticuarios

-Ese la galería de los Anticuarios –dijo mamá.

¡Qué decepción, era una bodega vieja, que se levantaba gris y deslustrada en una esquina poco concurrida del sector antiguo de la ciudad. Mamá se estacionó  cerca, bajamos,  y, abriendo la puerta trasera  comenzábamos a bajar del utilitario las bolsas con alimentos que había preparado desde  que abriera el día.

Moría de curiosidad de manera que me puse a examinar todo el lugar. Hacía unos meses que mamá se había hecho cargo de la cafetería del lugar y  desde entonces se levantaba  antes de que saliera el sol, y partía a la Vega a comprar  mercadería en cantidades cada vez mayores. Al parecer el negocio marchaba, lo que tenía a mamá cada vez más satisfecha.  El nuevo proyecto económico de la familia nos estaba sacando de aprietos económicos y pequeñas comodidades nos sorprenden cada día. Mamá había comprado algunas prendas de vestir nuevas para todos –por suerte, todo me estaba quedando chico y me veía ridícula-, un gran refrigerador flamante atiborrado de carne para los hambrientos clientes de la cafetería,  un LCD en el que papá puede  ver los partidos de su equipo favorito –  y el utilitario, por supuesto. Un furgoncito chino salpicado de rayas y  una que otra abolladura que mamá cargaba hasta que apenas podía moverse.

Ayudadas por un carrito que se adivinaba apenas bajo una torre de lechugas, tomates, pan y frutas diversas, madre e hija se internaron por los pasillos dla galería.

Yo, que iba por primera vez, estaba asombrada, me sentía empequeñecida entre esos locales atiborrados de mesas deslucidas, roperos con la luna del espejo desteñida, cómodas desportilladas, sillas con el tapiz sucio e hilachento, sillones con los resortes asomando a la superficie, teteras saltadas, floreros trizados,  cajitas diversas, muñecas de ojos muertos y rulos despeinados, pinturas  enmarcadas en molduras que alguna vez fueron doradas y ahora estaban oscurecidas por el tiempo y la suciedad.

La mañana se fue en un soplo. Mientras mama cocinaba y atendía a la numerosa clientela, yo iba de un lado a otro acarreando bebidas y vasos, servilletas y sándwiches que chorreaban mayonesa y palta. ¡Cómo trabajaba mamá! Ahora podía entender porque llegaba a casa tan cansada y se quedaba a veces dormida sobre el sofá. Sin embargo,  no se quejaba  y a todos los hambrientos comensales les entregaba además una linda sonrisa que se veía recompensada por el sonido de las monedas que caían en un cajoncillo destinado a las propinas. Toda la mañana personas  de todos los tipos imaginables se sentaron a las mesas y se marcharon satisfechas dejando atrás una pirámide de platos sucios que mamá apenas si tenía tiempo de lavar antes de que llegaran nuevos clientes. Yo  secaba y guardaba el servicio en su lugar y lavaba los vasos.

A la una, mamá me sirvió  el almuerzo, que  devoré con el mismo entusiasmo que los parroquianos, al parecer, tanto trabajo me había abierto el apetito y además estaba riquísimo. Eran casi las tres de la tarde cuando el movimiento  comenzó a disminuir. mamá se sentó delante de un plato de cazuela humeante y apenas si lo terminó antes de correr a atender a una gorda dama que ordenó el almuerzo completo, postre y una agüita caliente –para no engordar- cuando ya no quedaban sino las migas de tres marraquetas crujientes con las que había empujado todo.  Mamá  cobró satisfecha y sin mirarme, preguntó:

-¿Te gustaría ir a conocer la galería?

Y por supuesto, antes que ella respondiera me enumeró todas las precauciones que debía adoptar: nada de conversar con extraños, no alejarse de los lugares abiertos y ser educada con los mayores, además de una larga retahíla de  consejos que  ya tengo bien conocido, he sido su hija por doce años.

Fui  por los pasillos dla galería observándolo todo. En general, la mayor parte de los anticuarios vendía muebles, pero estaba claro que algunos eran más finos, procedentes de antiguas y lujosas mansiones. Unos  se especializaban en cosas pequeñas, como porcelana y cristales, otros estaban saturados de libros amarillentos que los clientes hojeaban y revisaban por todos lados. Otros, de medios más restringidos, arrumbaban muebles desportillados en torres de precario equilibrio y los había también especializados en estampillas, trenes eléctricos, mekanos y juguetes a cuerda que tamborileaban monótonos sobre las mesas. Lo que más me asombró que todo, absolutamente todo estaba cubierto de una espesa capa de polvo, fino y gris, que le daba al lugar un aspecto velado, misterioso, como sacado de una película de miedo. No me hubiera atrevido a tocar nada.

-¿Qué busca la nueva ayudante de la cafetería?

Una anciana alta y maciza era la que me hablaba. Su enorme corpachón estaba envuelto en un vestido de terciopelo floreado que le llegaba hasta los tobillos y sus dos pies rechonchos se embutían en un par de tacones de charol rematados en una roseta aparatosa de la que parecía que iban a rebalsar en cualquier momento. Sin darme cuenta, yo había regresado hasta el pasillo que remataba en la cafetería, desde allí había podido ver este local, pero no le había prestado atención. Ahora me daba cuenta de que las propietarias eran dos ancianas, una de ellas, la que acababa de hablarme, la otra, que vestía de negro riguroso, era,  por el contrario, flaca y apergaminada, un poquitín jorobada y con la cabeza cubierta por un moño plateado. Las dos tenían sus ojillos  azules, acuosos y cegatones, fijos en mí.

¿Y, qué te ha parecido la galería de los anticuarios? –volvió a preguntar la dama gorda.

-Es muy grande – respondí.

-¿Y eso es todo lo que has percibido? –preguntó la viejecilla flaca con voz cascada.

Iba a decir que no,  pero una serpentina suave y peluda se cruzó delante de mi nariz haciéndome estornudar. Se trataba de una gata gris, tan gorda y vieja como la dama del vestido de terciopelo, que se había plantado delante de ella encima de una mesa. Encantado con mi visita, el gato se restregó contra mi pidiendo caricias que  entregué de inmediato, nunca he podido resistirme a un animalito regalón.

-¡Qué bonita! ¿Cómo se llama?

-Esa es Penélope, porque pertenece a nuestra hermana menor que lleva ese mismo nombre. Cierto que es muy bonita. ¿Te gustan los gatos?

-Me encantan, mi abuela tiene uno que se llama Jacinto y es como el rey de la casa.

-Tu abuela es con seguridad una dama inteligente.  A los gatos hay que tratarlos muy bien y ella lo sabe.

-Yo tengo un perro… –comencé a decir.

Apenas escuchó eso,  a la anciana flaca casi le da un ataque. Se atoró, se tuvo que echar aire  con un  elegante abanico que sacó de entre sus ropas y luego se largó en una larga perorata anti perruna. Según ella, los perros eran peligrosos, sucios, tragones, pulguientos, sobreestimados, falsos, vulgares y feroces. Es más, tan sólo hacía una semana uno de ellos había tratado de morder a Gertie, su pobre gatita, una dulzura, tan delicada y viejecita que apenas había logrado esconderse en un velador antes de ser rescatada por el guardia.

Cierto que mi perro  era tragón, pero yo no concordé para nada con el discurso de la anciana, aunque me lo guardé muy calladita. A mi me gustan mucho los perros y si bien también quiero a los gatos –Jacinto se había encargado de que yo los apreciara- no es menos cierto que me causan  alergia y me hacen lagrimear, cosa que la bonita Penélope ya estaba logrando, pues mis ojos estaban comenzando a arder.

-¿Usted también tiene un gato? –pregunté diplomáticamente a la  anciana gorda.

-Claro, mi adorada Lisi –respondió ella.

-¿Y usted  también se llama así? –quise saber.

-Por supuesto, esa soy yo, Lisístrata Pereira de Olivar – comenzó la señora gorda- y esta es mi hermana Gertrudis. Pronto conocerás a Penélope, tuvo que visitar a unos clientes.

Por el momento, la gata Penélope estaba muy presente. Ahora se había parado en sus patas traseras y me rasguñaba el pecho suavemente o me restregaba el fino hociquillo sonrosado contra la barriga. Era realmente tierna y encantadora.

-Es muy amorosa –comenté.

-Sí, se parece a  Penélope. ¿Sabías tú que los animales adquieren poco a poco características del carácter de sus amos?

Pensándolo bien, yo no compartía esa afirmación. Cierto que Tito, mi perro, era remolón como yo, pero también lo son   todos los otros perros y jamás he  visto en él, por fortuna, ninguna similitud entre mi y mi mascota. ¡Me moriría de vergüenza si me hubieran encontrado parecida a ese chascón con aliento a bacalao podrido! Otra vez, sin embargo, me quedó callada y no rebatí a la anciana. Mamá siempre me dijo que a los mayores hay que respetarlos y además, la experiencia con mi abuela me ha enseñado que no es fácil hacerles cambiar de opinión.

-Esta es una jovencita muy educada –dijo Gertrudis-, no lograrás meterla en una polémica.

Y se puso a buscar entre los muebles algo que no aparecía por ninguna pare.

-¿Dónde metiste el diario, Lisístrata?  Todavía no he podido revisar los obituarios.

-Ya lo hice yo, querida. Dejé una lista en mi cuaderno azul.

-Debo leerlos personalmente, a ti siempre se te saltan los casos más interesantes.

-Está en el cajón del escritorio inglés, no, no ese, el de cortina.-explicó Lisístrata.

Finalmente, la ancianilla encontró el diario, se acomodó en un sillón y se puso a revisar lo que tanto le interesaba.

-¿Qué son los obituarios? – le pregunté a doña Lisístrata.

-¿Cómo, no lo sabes? Son los avisos de defunción, querida. En ellos los deudos comunican el fallecimiento de sus familiares.

¿Y por eso ustedes los leen? –quise saber.

-Querida, los obituarios son muy importantes. Nuestros mejores proveedores terminan algún día nombrados en un breve aviso de defunción. Ahí es cuando nos hacemos de las cosas que no  han querido vender cuando todavía estaban vivos. Mira…-invitó. Este caballero, por ejemplo, nos vendió algunas cosas muy buenas a precios excelentes, pero  tenía en gran estima su biblioteca, y nunca la quiso desarmar. Ahora es el momento, estoy segura de que a sus hijos no les interesan para nada sus libros. Mañana mismo nuestra Penélope deberá hacerles una visita. Ella se especializa en bibliotecas.

-¿Ah no, esos pesados, por qué debiera ser yo la que se encargue de ellos? Esta vez te toca a ti, Lisístrata.

La mujer que hablaba había aparecido silenciosamente detrás de mí. Me  di vuelta a mirarla y con sorpresa para ella no pudo sino darle la razón a doña Lisístrata: la señorita Penélope y su gata del mismo nombre eran casi idénticas: cabello gris, ojos amarillentos, piel blanca y delicadamente arrugada. Se deslizaba por el local con la misma gracia y ligereza de la  gata que…a propósito…¿Dónde estaba la gata Penelópe?

-¿Y mi Penny? –preguntó doña Penélope como si pudiera leer su mente.

-Debe andar por allí coqueteando con ese gato del librero –respondió hosca Lisístrata.

-Debo irme, señora –comencé a decir.

¡Señorita, querida! Mis hermanas y yo  somos señoritas y también lo son nuestras gatas –esta vez era Penélope quién hablaba – y por supuesto que mi Penny no  coquetea con ese gato techero. Faltaba más.

-Mi mamá me está llamando –dije, porque la había visto volverse loca haciéndome señas desde la cafetería. También quería arrancar, no me gusta que casi me coman por la palabra señorita

-Muy bien, pero no te pierdas querida.  No soporto a los niños, que andan jugando a la pelota  hasta por encima del piano, pero tú eres una niña muy bien educada. A nuestras gatas les gustan mucho las niñas como tú.

-Veré si mamá me da permiso para volver –contesté halagada-. Hasta pronto.

Mientras  caminaba de regreso a la cafetería,  supe que volvería a verlas apenas pudiera. Qué locas ancianas, nunca antes había conocido alguien así. ¡Y aunque parecía una locura, me encantaban!

-¿Qué te decían las viejitas? –Preguntó mamá apenas me metí detrás del mostrador.

-Un montón de cosas, mamá. De gatos y  de obituarios. Me invitaron a visitarlas porque soy muy educada.

-Ah, eso está muy bien, pero no te pongas a intrusear en  sus cosas, podrían molestarse. ¿Obituarios? A quién se le ocurre hablar de obituarios con una niña- comentó mientras secaba los vasos- . Y tú Antonia –agregó-, encárgate del servicio.  No he tenido un minuto para descansar.

ad, podré tomar el mando de mi vida sin que mamá sufra un soponcio fatal. Al menos, eso espero, no creo que vaya a ser tan exagerada como para querer seguir  sobreprotegiéndome a esas alturas.

Este fue el año más extraño de mi vida. Más extraño que yo misma: el año en que intervinieron mi vida, para volcarla de cabeza,  tres gatas viejas.

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