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Posts Tagged ‘gatas’

galpón

Lo primero que hice al llegar el jueves fue salir corriendo a ver a mis viejitas, pero la realidad me tenía preparada una de esas sorpresas que le encanta darnos cuando hemos metido la pata. ¡El local estaba cerrado en pleno día laboral!

Un letrero garrapateado a mano anunciaba que, por razones de fuerza mayor, permanecería así hasta fecha próxima.

-Las brujas andan de paseo en sus escobas –me gritó el dueño del local vecino-, aprovecha y enciérrate para que no te pase nada.

-Muy gracioso –le enrostré-, debiera ser respetuoso con sus vecinas, que siempre  son tan buenas personas con usted.

-Yo no soy el que anda diciendo que se transforman en gatas –respondió-, pero siempre lo había pensado.

-Porque son unos tontos y unos peladores, no se de dónde puede haber sacado esas tonteras.

-Anda a preguntarle a tu amigo, el hijo del librero –gruñó- de alguna parte tiene que haber sacado todo eso ¿no?

Estaba furiosa con él, estaba enojada con Seba, pero más que nada estaba absolutamente indignada conmigo. ¿Cómo había podido ser tan estúpida? Por  primera vez, no sabía qué hacer. Me fui caminando a lo largo de la Galería hasta que llegué a Antigüedades Leonora Latorre. Sebastián estaba solo, dedicado a ordenar y desempolvar las vitrinas plumero en mano. Ni siquiera lo saludé.

-¿Cómo pudiste hacerme eso? –Pregunté.

No hacía falta que fuera adivino para saber a qué me estaba refiriendo.

-Antonia, perdona, yo sólo estaba preocupado por lo que podía pasarte y le pedí ayuda a mi papá y tú sabes cómo es él, siempre anda molestando conque las viejitas son brujas y se puso a comentarlo con todo el mundo.

-No se cómo es tu papá, pero lo que hizo es muy feo. Yo sólo te conté  cómo lo había pasado y nunca pensé que te lo tomaras en serio. Es más, después de que te lo dije me di cuenta de que eran puras ideas locas mías, soy chica todavía, era la primera vez que pasaba la noche fuera de mi casa y me asusté, eso fue todo.

-Lo siento, sé que metí la pata, me di cuenta al tiro, porque entre todos esos tontos que comentaban y señalaban a las viejitas no faltó el que se hizo el amable y corrió a contarles lo que había pasado. Cerraron temprano, pusieron el letrero y no hablaron con nadie, dicen que van a vender el local y hasta surgieron algunos interesados.

¡Cómo, ya estaban haciendo trizas el mejor negocio de la Galería! Y lo peor de todo es que la culpa era mía y sólo mía, las viejitas me habían dado su amistad y yo la había hecho mil pedazos antes de arrojarla al viento. Una pena negra me invadió y  me di cuenta de que lo único que quería era llorar, pero no podía dejar que Seba me viera y trataba de aguantarme.

-Lo siento –volvió a decir.

Y entonces no pude aguantarme más y me lancé a llorar como si fuera una niñita de cinco años; la vergüenza que sentí fue tan grande que salí corriendo hasta la cafetería.

-Antonia, estás llorando ¿Qué te pasa? –me recibió mamá.

Y entonces le conté lo que no había querido contar la noche anterior. De cómo me había asustado con los acontecimientos de la noche de Halloween y a la vez de como la conversación con Seba me había ayudado a entender que no eran más que niñerías.

-Yo nunca me imaginé que él se lo diría a su papá y que él armaría ese tremendo escándalo –gimoteé.

Lo más sorprendente de todo fue que mamá estuvo totalmente de acuerdo conmigo.

-Bien poca cosa, el caballero. Aprovecharse de unos niños para  correr a las señoritas del local.

-¿Entonces tú me crees, mamá?

-Por supuesto, hija. Nadie podría creer esas cosas de unas damas tan cariñosas y amables como tus amigas. Lo que pasa aquí, disculpa que te lo diga, es que el papá de Seba hizo muy mal, se mostró como un copuchento y un machista. Hace tiempo que se sabía que él quería el local de las viejitas, que es mucho mejor que el suyo y está en una ubicación estupenda.

-¿Tú crees que Seba lo hizo adrede, mamá?

-No, hija, de ninguna manera, fue su padre quién se aprovechó de la amistad que ustedes se tienen, lo que es muy feo. Pero ahora tenemos que solucionar esto y me temo que vas a tener que ser responsable y enfrentar las cosas como una niña grande. En todo caso, no te voy a dejar sola. Yo te acompañaré, porque vamos a ir a ver al papá de Sebastián y después a todos esos chismosos de la Galería, empezando con el vecino de las viejitas, qué hombre más falso. Yo creí que era realmente su amigo.

Mamá es súper. Primero me acompañó a poner en su lugar al papá de Sebastián; muy diplomáticamente para no dañar nuestra amistad, y después me llevó local por local para que los locatarios escucharan de mis propios labios la verdad del asunto. Al último que vimos fue al vecino de mis amigas, quién terminó disculpándose en todos los tonos posibles y rogando que no le fuera a contar a ellas que había sido capaz de creer en esas tonterías.

-No se lo merece –le dije-, pero no les contaré para que no tengan la pena de saber que uno de sus amigos queridos es más falso que Judas.

Ya estábamos por cerrar la cafetería cuando llegó Sebastián.

-Supe todo –me dijo-, mi papá está enojado conmigo, pero en el fondo yo creo que se arrepintió de lo que hizo. Y yo quería pedirte otra vez que me perdones, fui un tonto, pero te prometo, Antonia, lo hice porque estaba preocupado por ti, de veras. Nunca me imaginé que mi papá fuera a hacer ese escándalo.

-¿Por qué no van a dar una vuelta y conversan  con calma? –Ofreció mamá- Yo los invito un helado.

Caminamos largo rato, llegamos hasta una plaza cercana y nos sentamos tomando un helado doble; ya saben, a mí me encantan el pistacho y los berries. Seba me contó que en dos semanas da el examen para el  Instituto Nacional y que está tranquilo, se siente bien preparado.

-De todas maneras voy a seguir repasando. Creo que tengo posibilidades de quedar, pero ahí tendré que seguir siendo el mejor del curso, o al menos uno de ellos, cuando termine necesitaré postular a una beca para ir a la Facultad de Medicina y no es fácil ganarlas. Mi  padre nunca podría pagarme la universidad.

Lo entiendo perfectamente, porque lo mismo me sucederá algún día a mí. Y yo quiero sí o sí llegar a la Universidad. Aunque ahora ya las cosas no son tan urgentes, no creo que vaya a ser necesario cumplir dieciocho para que mamá me deje salir sola alguna vez,  mamá ha ido cambiando y tiene más confianza en mí; se ha dado cuenta de que necesito tener amigos y la verdad ahora que conocí a Seba me gustaría también tener otras amigas, no sólo mis viejitas.

¡Mis viejitas, me había olvidado totalmente de ellas! Ahora que hice lo que debía en la Galería falta lo principal: ir con ellas, contarles y pedirles perdón por los malos ratos que les he causado. Y, como dice mamá, eso va a tener que ser hecho con la responsabilidad de una chica grande: solita y ¡ya!

Pero llegó el viernes, pasó el sábado y el local de mis amigas continuaba cerrado. El teléfono de la parcela no respondía mis llamadas y cada vez iba sintiendo más pesado el propósito que me había hecho. Debe ser porque todavía soy un poco chica, espero. No quiero fracasar en esto, no puedo fracasar en esto. Tendrá que ser el tiempo el  que se encargue de separarme de mis amigas, nunca, jamás, mi tontería. Una vez más marqué su número y el teléfono respondió como siempre.

Pipipipipipipipipi….

-Vas a tener que ir allá, Antonia –era mamá-, papá te puede llevar el domingo.

-Es que quiero ir sola, mamá.

-Pero si tú nunca has andado en bus sola, hija.

-Bien, ¿no crees que ya va siendo hora de hacerlo, mamá? Si no, nunca voy a poder irme al colegio sola,  y el día de mañana, cuando tenga que ir a la universidad, no me va a gustar para nada que tú me acompañes para que no me pierda. ¡Imagínate el tremendo ridículo que iba a hacer, sería el hazmerreír de todos!  Hay momentos en que uno debe hacer cosas por su cuenta y ese momento ha llegado para mí.

Me miró muy seria, como si me viera por primera vez.

-Sabes, Antonia, estoy muy orgullosa de ti.

-Gracias mamá. Eso es lo que quiero, y te agradezco que me lo hayas dicho.

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peleagatos

Es verdad, lo juro, yo  estaba decidida a guardar esto como un secreto eterno. No conté nada de nada, evité cuidadosamente anotarlo en mi diario y a los interrogatorios de mamá sólo di respuesta con cosas como lo de la comida deliciosa –que ellos también habían probado antes de irse-, la belleza de los disfraces, la simpatía de los invitados, la música, los faroles chinos y cosas así. Ni pensé en mencionar la pelea de las gatas y mucho menos el vergonzoso chapuzón de don Miguel empujado por esas bandidas. Me había prometido que no expondría a las viejitas, después de todo, no me había sucedido nada, todo estaba bien. Quizás sólo se había tratado de mi imaginación, quería creer eso firmemente.

El lunes, al llegar a la cafetería, divisé a Lisístrata sentada en la caja, quien me hizo señas con su mano enguantada de negro, que correspondí desde la distancia. Decidí que no iría a verlas ese día, me tranquilizaba saber que ella estaba bien y no quería pensar en su lastimoso aspecto de la fiesta fatal. Todavía tenía que ordenar mis pensamientos, tranquilizar mis temores. Durante toda la tarde, las tres hermanas anduvieron de un lado a otro del local conversando animadamente. Yo también estaba pendiente de ellas, me temo, no podía dejar de espiar por el rabillo del ojo.

Pero no fui ese día, ni al siguiente y el miércoles, cuando mi alejamiento  empezaba a lucir un poco raro, le dije a mamá que no la ayudaría en la cafetería porque tenía que estudiar para la prueba de historia. Me aburrí como una ostra toda la tarde y lo peor  fue que esa materia ya  me la sabía.

Así llegó el jueves, ya no tenía excusas posibles y papá todos los días conversando de la nueva camioneta que estaba comprando, que ya la había ido a ver, que en dos días salía el financiamiento, que el trabajo estaba tan bien, que  el transporte de antigüedades era poco menos que el trabajo del futuro.  Me sentía pésimo, porque yo los había metido en eso y ahora lo único que quería era salir arrancando.

Entonces, como caído del cielo, apareció Sebastián a almorzar su tradicional sándwich de queso jamón caliente con jugo de naranjas.

Y no aguante más y se lo conté todo y lo que no le conté tal cual sucedió es casi seguro que estaba algo adornado. Sebastián  escuchó con la boca abierta y cuando terminé, comentó lapidario:

-¿No te dije yo? Aquí todos dicen que son brujas.

En ese momento tuve una ligera idea de que quizás había exagerado un poco al comentarle mis tribulaciones del sábado recién pasado.

-No quise decir eso, Seba. Lo que pasa es que me asusté mucho. Todas esas personas eran muy diferentes a mí y estaba tan oscuro.

-¿Y cómo explicas lo de don Miguel? Porque él venía todos los días a ver a Penélope y no se le ha vuelto a ver.

Tenía razón y de pronto supe que eso era lo que yo había estado esperando para ir a ver a mis amigas viejas: ver a don Miguel y saber que allí no había pasado nada, que las cosas seguían igual; con Lisístrata celosa, Penélope feliz y Gertrudis gruñendo su desaprobación en silencio en su sillón de tapiz encarnado.

Cuando Seba se fue me sentí mucho más calmada; sacar las cosas a luz me había hecho ver lo alharaca que estaba siendo. Si uno analiza las cosas con detalle. ¿Qué era lo que había visto?

 Dos gatas, un caballero tan asustado como para caerse a la piscina, una fiesta de noche de brujas muy animada…para la tercera edad y, lo más lamentable de todo, a la pobre Lisístrata quejándose de dolor porque la pobre se había dado tremendo porrazo por buscar a su gata regalona en la oscuridad.

Lamentablemente, yo había cometido un descuido fatal, que habría de echar mi tranquilidad por la borda mucho antes de lo que imaginaba: había olvidado decirle a Sebastián que todo lo comentado era secreto de estado sola y exclusivamente para él. Lo olvidé porque yo soy muy reservada, siempre me  he guardado las cosas para mí y solo las comento cuando ya han salido a luz, pero claro, Seba no tenía por qué ser como yo. Las personas somos diferentes y los niños también podemos serlo. Es por esa razón que no puedo culparlo por todo lo que ocurrió después, la culpa es mía y sólo mía, pero en todo caso acepto las mil y una disculpas que me ha dado desde entonces porque también es cierto que no tenía por qué ser tan boca floja.

Antes de irme a casa pasé a ver a mis amigas. Las tres estaban leyendo, aunque me pareció ver que Gertrudis se había dormido, tenía la nariz metida en él.

-Hola –dije a Lisístrata-, espero que ya estés bien del golpe.

-Sigo adolorida, pero al menos ya están todas las piezas en su lugar de nuevo –rió-, por suerte estoy bien acolchada, pero eso mismo hace que uno caiga con más fuerza. Estoy toda llena de verdugones.

Mañana pongo al día el inventario –avisé-, espero que las ventas hayan estado buenas.

-¡Estupendas, querida –intervino Penélope-, parece que nos has traído suerte, necesitábamos una racha de aire fresco circulando por aquí!

Me acompañó hasta afuera, de modo que aproveché de preguntar por don Miguel.

-No he sabido nada de él, ni siquiera por correo – confesó tristona-, creo que va a ser difícil que perdone el episodio de las mininas, con suerte no cogió un resfrío, pero fue una humillación totalmente inmerecida, Miguel sólo estaba tratando de ayudar. Y las gatitas, las pobrecitas están tan arrepentidas, no puedes imaginarte la pena que tienen.

 Nos despedimos con un abrazo. Yo estaba contenta porque todo había terminado y las cosas volvían a la normalidad. O al menos, eso creía yo.

Pues esa noche, cuando papá llegó a cenar, me quitó toda ilusión de la cabeza. Apenas si había cerrado la puerta  cuando soltó la andanada:

-¿Cómo fue eso de que las viejitas se convirtieron en gatas para pelearse por el gringo flaco ése?

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gato-gordo

 

La parcela donde vivían las tres hermanas quedaba casi rozando los cerros donde termina La Reina. Era un lugar muy lindo, les aseguro que no me habría molestado para nada vivir allí. Todo estaba lleno de árboles inmensos y el portón delante del cual  papá detuvo el utilitario era una obra maestra de volutas, rosetones y hojas de fierro forjado. Estaba entreabierto, de manera que nos bajamos y comenzamos a recorrer el sendero bordeado de árboles. A lo lejos se divisaban las luces de la casa; pasaban las ocho treinta y estaba oscuro.

Un viento frío sacudió los árboles, que se inclinaron dibujando extrañas figuras en el piso y trayendo ecos de risas y el sonido apagado de la música. Por más que habíamos caminado bastante, aún no llegábamos a la casa.

Finalmente, al dar vuelta un recodo del sendero, un espectáculo  inesperado apareció ante nosotros. Habíamos llegado a una gran piscina iluminada completamente por faroles chinescos. Alrededor de la piscina,  largas mesas cubiertas con manteles blancos que rozaban el piso desplegaban todo tipo de delicias: dulces, jaleas de diferentes formas, torres de bocadillos, tortas, kuchenes.

En  torno a ellas pululaba una legión de viejitas y uno que otro señor, más viejito aún. Todos ellos vestidos  con lujosos disfraces de damas y caballeros antiguos, trajes de crinolina y miriñaque, fracs de corte perfecto y capas de satén que arrastraban por sobre las losas. Llevaban antifaces bordados y todos tenían la   cabeza sepultada por pelucas blancas y empolvadas.

-¡Se pasaron! –dijo papá asombrado.

 -¡Aquí estaban, al fin han llegado! –dijo tras de mi Lisístrata.

Era imposible no reconocerla, aunque su rostro estuviera cubierto por una máscara. No hay dos señoras con ese tamaño en todo el hemisferio sur. Además, en los agujeros del antifaz brillaban sus ojos azules.

-Esto es precioso – fue lo único que atiné a decir-, estás muy linda.

-Lo vamos a pasar muy bien, Toni querida, ya han llegado casi todos. Ve adentro, Penélope te está esperando con tu disfraz listo –y luego, dirigiéndose a mis padres mientras me empujaba  discretamente hacia la casa. – ¿Una copa de champaña antes de irse? Mañana pueden venir por ella, le tenemos listo el dormitorio de visitas.

No atiné a despedirme de ellos porque estaba demasiado emocionada con esa fiesta maravillosa. Pobres, seguro les habría encantado quedarse, pero la amiga de las viejitas soy yo ¿no? En todo caso, alcancé a verlos brindando con champaña y comiendo canapés, deben haber estado felices y yo me alegré por ellos. Mis papás son muy sacrificados y trabajan duro para salir adelante.

La casa de mis amigas era un gran chalet de piedra de  dos pisos envuelto en enredaderas de todo tipo, las ventanas tenían vidrios de colores con las iniciales de sus apellidos y en la puerta había una manito de fierro empuñada, con la cual llamé. Penélope vino de inmediato a abrir.

– ¡Al fin has llegado, Toni, ven, tengo todo listo para que escojas disfraz.

Y era cierto, en el dormitorio de  visitas tenía la cama cubierta por ellos. Uno de japonesa, otro de española, precioso, con lunares negros, peineta, mantilla y zapatos encarnados de tacón, otro de Blanca Nieves, demasiado aburrido para mí y el de Alicia. Y claro, Penélope tenía razón, el de Alicia era precioso, con su corte a la cadera, los puños y la faldita de encaje, el lazo de satén y unos zapatos blancos tan hermosos que aguanté la respiración hasta no comprobar que me calzaran. Y por supuesto, todo era como hecho para mi talla. Es más, podría jurar que ese dormitorio había sido mío alguna vez; nada se veía extraño sino, por el contrario, como si yo misma hubiese puesto esas cosas en su sitio la noche anterior.

Me vestí y cuando estuve lista Penélope me estaba esperando. Me  pasó un antifaz y con los ojos amarillos chispeantes, me dijo:

-Estás preciosa, Toni. Eres la Alicia más encantadora que haya visto.

-¿Este traje era tuyo, no?

-Sí, mi madre se lo mandó a coser a las señoritas Lennec para mi fiesta de doce años. Fue una fiesta muy bonita, pero triste. Apenas había empezado cuando llamaron por teléfono para avisar que mi pobre padre había sufrido un accidente.

-¡Eso es terrible, Penélope, qué triste final para un momento tan lindo!

-No te imaginas cuánto, querida –la voz de Penélope sonaba muy rara y sorprendí otra clase de brillo en sus ojos, lo que me hizo pensar que estaba aguantando las lágrimas. No quise seguir preguntando cosas que la harían sufrir. Era probable que su padre hubiera  muerto ese día y la sola idea de recordárselo era atroz.

Salimos al jardín y Penélope me dijo que haríamos un tur por lo más entretenido. Primero iríamos a que me leyeran el tarot, después veríamos a la quiromántica y terminaríamos el recorrido en el baúl del fantasma, todo ello mientras recorríamos las bandejas llenas de delicias. Papá y mamá ya se habían marchado, estaba sola con un montón de desconocidos.

-Aquí están tus cartas –dijo la tarotista, una señora tocada con un turbante morado que llevaba puesto un extraño traje árabe y calzaba babuchas-: el carro de la victoria, la torre y el sacerdote. Veo que eres una niña muy madura e inteligente y tienes un gran futuro  por delante, pero ten cuidado, estás a punto de vivir una experiencia límite. No debes salir de noche ni hablar con extraños.

¡Qué locura, era la noche de Halloween y estaba hablando con ella, una perfecta extraña a la que ni siquiera podía verle la cara! Seguramente me estaba diciendo todo eso para asustarme. En realidad, todo el mundo a mi alrededor hablaba de cosas terroríficas y poco a poco el jardín iba tomando visos menos felices. Serían los árboles mecidos por el viento, que producían  sombras monstruosas contra las murallas de piedra o  la piscina ennegrecida brillando como un trozo de azabache de aquellos conque a Gertrudis le gusta tanto adornar sus vestidos de luto eterno.

-Buenas noches, encantadora dama –musitó una voz tras de nosotras.

Sorprendidas, nos volteamos al mismo tiempo para ver  al más extraño caballero que puedan haber imaginado. Era muy delgado, tenía la cara tapada por un antifaz de seda negra y  vestía un extraño smoking cuya chaqueta estaba totalmente bordada con plumas de pavo real, que de tan bien hechas se veían casi reales. ¡Inmediatamente reconocí a Don Miguel!

Penélope estaba  tan feliz como una adolescente.

-Qué bueno que pudiste venir –suspiró Penélope estirando su derecha, que él tomó con toda delicadeza.

-No faltaría por nada del mundo –respondió él besando su mano.

¡Un momento! ¿Es idea mía o yo estaba sobrando allí? Don Miguel le ofreció su brazo y Penélope lo aceptó al mismo tiempo que me tomaba de la mano. Vamos, que todavía podía recordar que yo existía.

-Vamos a ver a la quiromántica –invitó.

La  quiromántica resultó ser una señora que leía las líneas de la mano. Fui la primera en ser atendida por ella.

-Eres una niña muy afortunada –comenzó a decir-, tu línea de la vida es muy larga y nítida, no pasarás malos momentos y tendrás una salud de hierro.

No estaba mal, pero la verdad, mi futuro se estaba viendo algo aburrido.

-Y parece que ya estás empezando a cambiar tu destino. Un primer paso muy importante para tu futuro-continuó.

Al menos eso ya estaba mejor, es más, yo también lo he pensado. Mi vida ha ido cambiando muy velozmente desde que conocí a mis viejitas. Y no sólo a ellas, por supuesto, ahora también está Sebastián. Al fin tengo un amigo, cuando se loconté a Juana no podía creerlo.

Me dio frío y estornudé. Penélope buscó en su bolso y me pasó un pañuelillo bordado de esos que tiene por cientos para que me sonara. Dejé la silla para el próximo cliente de la lectora de manos,  Penélope no quiso saber nada de su futuro, dijo algo así como que ya no quedaba nada sorprendente por delante para ella. Don Miguel  le aseguró que todo en ella era sorprendente, empezando por esos ojos felinos. Penélope sonreía feliz.

-Yo sigo –dijo su pretendiente. Y se instaló frente a la quiromántica con su mano izquierda estirada.

Ella la tomó con firmeza y se inclinó para ver mejor. Fruncía los ojos para revisarla, pero lentamente, su expresión comenzó a cambiar. Su boca se abrió demostrando asombro y respiró hondo. Repentinamente, soltó la mano de don Miguel como si ésta la quemara y se estremeció.

-Hace frío –murmuró.

No era para tanto, en realidad. El sector donde estábamos queda a resguardo del viento, pero ella no dejaba de temblar.

-esto no se ve nada bien, debe tener cuidado –advirtió en voz baja a don Miguel-, está en medio de una pelea de fieras y algo terrible está por suceder.

-¿Terrible? – Don Miguel se reía.-  A mi edad lo único terrible es morirse.

-No, no se trata de eso –la quiromántica se veía preocupada-, es algo peor, la prisión, una prisión bella, pero larga. Veo unas alas, que significan libertad, pero las suyas están cortadas y le impedirán volar.

Y luego, simplemente, no quiso seguir leyendo. Dijo que tenía que tomar un jugo, que la garganta se le había secado, en fin, hasta tosió antes de pararse y salir escapando. Nosotros nos quedamos  con la boca abierta y me temo que ellos estaban tan asustados como yo. ¿Qué había querido decir la quiromántica con eso de las alas cortadas? ¿Y la prisión, dónde existe una prisión bella?

-El amor es la única cadena hermosa que puede aprisionarnos –empezó a decir don Miguel-, y no me asustaría correr ese riesgo otra vez…

-¡Miauuuuu!

¡Lisi estaba junto a nosotros! Hecha un ovillo de pelos  saltó en brazos de don Miguel y le mostraba los dientes a Penélope. ¡Era algo increíble, nunca había visto a una de las mininas tan furiosa! Penélope trató de acariciarle la cabeza, pero Lisi le tiró un zarpazo dejándole un feo rasguño en la mano.

-Ah, gata mañosa –Penélope estaba tan enojada como Lisi ahora. Don Miguel quería bajar a Lisi para ver la herida de Penélope, pero ella se agarraba de su chaqueta y no podía desprenderla. Penélope, con los ojos brillantes de lágrimas, se envolvió la mano con un pañuelo bordado.

-Voy a curarme –avisó -, los veo más tarde en la casa.

Y se marchó como una sombra por el sendero. Nosotros nos fuimos caminando hasta la piscina todavía con la gata prendida de la elegante chaqueta, que ahora mostraba un montón de hilachas enredadas en la pechera. Al llegar allí, don Miguel buscó unos bocadillos para regalonear a Lisi. La retaba suavemente por lo mal que se había portado. Qué gatita más peleadora, dijo, esas cosas no se hacen. Lisi estaba feliz y ronroneaba satisfecha  restregando su nariz contra la chaqueta bordada de plumas de pavo real.

La comida estaba riquísima. Aproveché de servirme de todo. Había un pianista tocando en el salón y alguien había abierto las puertas para que la música se escuchara en el jardín. No vi a Lisístrata por ninguna parte y Gertrudis también había desaparecido. Algunas señoras bailaban y un viejo caballero vestido de Rey Sol se había sentado casi sin aliento, parecía estar a punto de sufrir un infarto, por lo menos.

Y entonces ocurrió lo peor. Penélope saltó desde un árbol hacia Lisi empujándola violentamente al suelo. Ambas gatas se echaron una sobre otra hechas un ovillo, maullando y gruñendo como si estuvieran endemoniadas. Don Miguel, desesperado, trataba de separarlas, pero era imposible. Las señoras chillaban, una de ellas pedía a gritos  por una manguera y otra trataba de agarrarlas a escobazos. No servía de nada, Penny y Lisi seguían su combate en mitad de la fiesta;  todos habíamos hecho un círculo a su alrededor.

-¡Lisístrata, Penélope, dónde están, que las gatas están peleando! –gritó don Miguel con voz de pánico.

Y entonces, de la nada, apareció Gertrudis, roja de furia, con una escoba en la mano y echando fuego por los ojillos azules.

-¡Basta ya! –gritó con voz cascada.

Penny y Lisi detuvieron su pelea, estaban ahora al borde de la piscina y comenzaron a girar en círculos, amenazándose y amagando golpes con las patas delanteras. Lisi tenia una herida fea en la pata izquierda.

-Usted tome a Lisi y yo me encargo de Penny –le dijo don Miguel a Gertrudis haciendo  amago de recoger a esta última.

Pero las dos gatas, como si sufrieran un ataque de locura repentina, se le echaron encima y lo hicieron retroceder bruscamente.

¡Plach!

Don Miguel cayó a la piscina aparatosamente y a pesar de su flacura una gran cantidad de agua saltó hacia afuera salpicándonos a todos. Aprovechando el impacto, Lisi y Penny salieron arrancando a mil por hora y en medio de todo sólo quedó Gertrudis, desesperada, llorando y repitiendo:

-¿Por qué tenía que pasar esto, por qué tenía que pasar esto?

Don Miguel, que por suerte sabía nadar, salió de la piscina chorreando litros de agua, que de seguro estaba heladísima. Tosía y estornudaba como loco.

-¡Gatas cargantes! –Gruñó- Me voy a pescar un resfriado capaz de llevarme a la tumba.

-No,  de ninguna manera, venga, yo lo daré ropa seca y un coñac para que se reponga –dijo Gertrudis.

Desaparecieron en dirección a la casa; Gertrudis iba diciéndole que entrarían por la puerta trasera para no estropear el parquet.

El pianista volvió a su sitio y atacó otra melodía; la fiesta retomaba su alegría y por falta de tema de conversación nadie podía quejarse: todo el mundo comentaba la extraña actitud de las gatas; algunas amantes de los perros salían del clóset diciendo que eran muy superiores a los gatos aprovechando que las dueñas de casa no podían escucharlas. Todo era una locura; me di cuenta de que estaba totalmente sola entre esos extraños. No sabía qué había pasado con Lisístrata y Penélope, así que me fui a la casa pensando en acostarme. Era tarde, tenía sueño y, definitivamente, la pelea de las mininas viejas no me había sentado bien. De pronto me sentía muy apenada por ellas. ¡Qué extraño había sido todo el episodio, jamás las había visto así, siempre son tranquilas, cariñosas!

-¡Dónde está Miguel, supe lo que pasó! –dijo alguien a mi lado.

Era Penélope, su rostro, habitualmente pálido, estaba enrojecido y descompuesto. Su peinado  se venía abajo por todos lados y una manga de su vestido de dama antigua ostentaba una aparatosa rajadura. Y  lo más extraño de todo era que ya no olía a rosas, sino a polvo y sudor.

    -Se fue con Gertrudis –informé-, tiene que cambiarse de ropa para no enfermarse.

-Y tú, querida, perdona que te dejara sola. Ya es muy tarde.

-Sí, tengo sueño y me iba a acostar.

Me dio un beso y me deseó buenas noches. Cuando llegué a la pieza descubrí esperándome en el velador una bandeja con leche y dulcecitos., que no tardé un segundo en devorar.

Afuera, la fiesta continuaba y me asomé a ver por la ventana. La luna había salido y me daba una excelente vista de la escena. No vi a don Miguel ni a Lisístrata, pero Penélope  -que se había cambiado de disfraz- y Gertrudis iban de un grupo en otro conversando y riendo. Corrí las cortinas y decidí que era hora de dormir.

De pronto, escuché un ruido en el corredor, alguien caminaba con dificultad y se quejaba. Tratando de no hacer ruido, apagué la luz,  abrí la puerta y me asomé en la oscuridad. Era Lisístrata. Rengueaba con dificultad hacia el interior de la casa, suspirando y quejándose. A su vestido de encaje violeta le faltaba una manga, la izquierda,  y el brazo que quedaba a la vista ostentaba una larga herida roja y lacerante.  ¡La misma que había visto en la pata izquierda de Lisi cuando  empujara a don Miguel a su chapuzón de medianoche!

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tren 

Don Miguel había irrumpido en  nuestra rutina como un huracán y con la clara intención de quedarse en ella; toda la semana anterior a Halloween apareció  en los momentos más inesperados, con una sola condición: eran los momentos en que Penélope se encontraba en el local.

Don Miguel puso todo de cabeza y el terrible resultado fue que  Lisístrata y Penélope estuvieron sin hablarse por un día entero. Ustedes no pueden tener idea de lo que eso significa, las hermanas Pereira de Olivar nunca paran de conversar, salvo cuando duermen, creo yo, y escucharlas mandándose recaditos y acusaciones vía Gertrudis era una visión aterradora para cualquiera.

Lisístrata le reprochaba a su hermana que no le hubiera contado nada acerca de sus nuevas “amistades”, palabra que decía como si fuera altamente contaminante y Penélope, como si tuviera apenas quince años, se quejaba de que su hermana le quitaba libertad. Gertrudis no  se abanderizó por ninguna, pero su fría actitud con Don Miguel dejaba muy en claro lo que opinaba de su persona. La pobre debía estar agotada con el pimponeo al que la tenían sometida, de modo que no fue sorpresa para mí cuando se levantó de golpe y arrojando lejos su tejido lanzó unos quejidos desesperados:

-Ya basta, esto es insoportable, si quieren decirse cosas, háganlo solas, porque yo me voy.

Y dicho y hecho, no volvió en el resto del día. Al rato apareció Gertie lanzándoles miradas feas y con el lomo engrifado. Penélope y Lisístrata se abalanzaron sobre ella para regalonearla, pero se detuvieron a medio metro de distancia para no tener que dirigirse la palabra. Revoloteaban alrededor de la gata, le ofrecían bocadillos y la acariciaban cada vez que la otra se descuidaba. Gertie no les hacía el menor caso;  ronroneaba con expresión de disgusto en el sillón favorito de su ama y al rato se quedó dormida.

Para mí, todo esto, más que un drama,   era una soberana  lata. Por varias razones, Penélope ha sido siempre mi favorita: es más joven –si se puede decir eso de una persona de 77 años-, más simpática y divertida, está más al día con el mundo y se puede conversar de todo con ella. Son razones de peso. ¿No creen? Aunque si uno lo piensa bien, Lisístrata es lejos la razón de más peso en esta ecuación, fácilmente supera los ciento veinte.

Después de lo que había pasado todo el mundo estaba enojado con todo el mundo; las tres se escondían detrás de un libro para emerger de su refugio solamente cuando Don Miguel llegaba y se ponía a conversar en voz baja y a intercambiar risitas y sonrisitas con Penélope.  Y  mientras eso pasaba, la cara de Lisístrata, la pobre, se iba poniendo de un rojo subido y ya veía que iba a hacer explosión en el momento menos pensado.

-Quién iba a imaginar que todavía le quedara un tren –comentó mamá mirando a Penélope y don Miguel, ensimismados en su charla de la tarde.

-¿Un tren, qué quieres decir con eso, mamá –pregunté intrigada.

Mamá me explicó que antes, cuando te quedabas solterona –así se les decía a las que no se casaban-, todos decían que te había dejado el tren. Qué tonto, imagínense que de cada mujer que no se casa, hoy, dijeran que la ha dejado el Metro, no tiene el menor sentido.

-Me alegro por ella -continuó diciendo-, alguien que le de ilusión a sus  últimos años.

¿Últimos años? Yo no sería tan pesimista; si conozco a mis  viejitas las tres van a pasar  el siglo, así que ojalá les queden trenes a todas, para que lo pasen chancho. Para que vayan  a bailar tango los viernes por la noche, para que lean muchas novelas románticas y policiales, para que escriban notas sobre gatos de todas las razas, incluidas aquellas que ni siquiera existen y  para que tomen un crucero por Europa todos los años, que es el sueño de cada una de ellas.

Ah, y se preguntarán qué era, a todo esto,  de las gatas. Bueno, ellas tampoco se lo estaban tomando mejor. Lisi y Penny se mostraban garras y dientes a cada momento y Gertie andaba como alma en pena por los rincones. Pero, en todo caso, todas, absolutamente todas, se morían por restregar sus colas contra los bien cortados pantalones de  Don Miguel.

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lapsang souchong

La tarde que Don Miguel hizo su primera aparición en el local sólo Lisístrata y yo estábamos allí. Yo revisaba el inventario y descontaba los artículos vendidos, ella se dedicaba a revisar altos de boletas y facturas.

Como todos los clientes, el señor que llegó se puso a observar en silencio  los muebles, los títulos de los libros, las mesas cubiertas de cachureos de todo tipo. Lisístrata lo dejó hacer, la mayor parte de las personas sólo están mirando y uno atiende a los que preguntan por algo. Para nosotras, el caballero recién llegado no superaba la categoría de mirón. Sólo dejó de serlo cuando, señalando una vitrina, preguntó por el precio de las fichas salitreras. Lisístrata dejó su tarea en la que parecía tan absorta, sin embargo, estoy segura de que, como a todos los que llegan, le observaba por el rabillo del ojo sin perder el menor detalle de sus actividades.

Fue hacia él,  abrió la vitrina y comenzaron a ver las fichas. Lisístrata es una experta y le informaba de todo. Le recomendó algunas de las más escasas y más caras, claro, negocios son negocios. Él escogió algunas y se las pasó  para que sacara la cuenta, y en ese momento, cuando lo enfrentó por primera vez,  debió ser cuando Lisístrata se quedó atrapada en los ojos azules de su nuevo cliente.

Ya sé que hablo de un señor muuuuy mayor, pero  qué duda cabe, don Miguel, además de  elegante y caballero,  debió ser muy guapo cuando joven; todavía se mueve con cierta agilidad, sabe perfectamente que la ropa debe ser actualizada a medida que pasa el tiempo y distribuye sonrisas seductoras con la soltura de un  actor de teleseries. Fisícamente no está nada mal, para su edad; su piel tostada es como un delgado pergamino, pero sus rasgos siguen siendo tan perfectos como debieron serlo unos cincuenta años atrás, cuando sin duda alguna rompía todos los corazones femeninos que tenían la mala suerte de cruzarse en su camino.

¡Yo no podía creer lo que estaba viendo! Lisístrata estaba como una adolescente, su enorme corpachón parecía flotar en el aire, derrochaba sonrisas, hacía comentarios graciosos, mostraba aquí, mostraba allá, hacía gala de sus conocimientos de antigüedades e historia. Y bueno, estamos hablando de Lisístrata Pereira, al mismo tiempo, le hacía víctima del más despiadado interrogatorio del que yo tenga memoria.

“¿Del norte, qué bien, dónde? ¡Me encanta Iquique, linda época, y su señora…ah, viudo. Lo siento mucho. Ah, pero tanto tiempo, ya estará acostumbrado!  Lisístrata Pereira de Olivar, don Miguel, encantada, pase por acá, tengo los mejores libros en este sector. Mire, aquí tengo este escritorio inglés, típico de ese tiempo, una joya. ¿Viene a menudo por acá? ¡Primera vez, no puedo creerlo, aunque sí, de haber venido antes, yo lo recordaría. ¿Una tacita de te? ¿No, claro que no es molestia”.

La vieja dama estaba irreconocible. Se las arregló perfectamente para averiguar que don Miguel descendía de ingleses, que había vivido largo tiempo en el norte y casi diez años en el extranjero, que no tenía hijos y que por supuesto estaría encantado de tomar una taza de te con ella, lapsang souchong, le encantaba el té fuerte, gracias.

Ese es un horrible té que a Lisístrata le encanta usar para que espante el olor a viejo de la mercadería, lo malo es que después de abrir la lata que lo mantiene fresco nada arranca del local el olor del lapsang souchong.

Tomaron asiento en la mesa reina Ana, la silla de Lisístrata desapareció prácticamente debajo de ella;  sin dejar de conversar, bebieron té en tanto yo  me refrescaba con una soda y los tres comimos los deliciosos bizcochos que hornea Gertrudis. Se veían  como dos viejos amigos que vuelven a encontrarse después de tanto tiempo que no se reconocen hasta que empiezan a conversar, pero no. Era la primera vez que se veían.

Y entonces,   parloteando como dos cotorras, llegaron Gertrudis  y Penélope. Habían ido al supermercado por la comida del fin de semana y estaban muy contentas. Los bebedores de   té se volvieron a verlas y de pronto, ante nuestros ojos asombrados, don Miguel se levantó y, poniendo cara de sorpresa,  fue hacia Penélope  con los brazos abiertos y una sonrisa llena de dientes –que vaya uno a saber si todavía eran suyos, mis abuelos los perdieron hace como mil años- iluminando su cara.

-¡PenélopeO32@gmail.com!

 Las mejillas de Penélope enrojecieron como las de una adolescente.

-Sí, claro. Don Miguel, no?

-MiguelJessop@gmail.com – respondió él dando cuenta de una siutiquería ilimitada. Al fin sabía yo con quién intercambiaba e-mails la señorita Penélope, vale decir, nos enterábamos las tres al mismo tiempo, pero los efectos eran muy diferentes en cada una de nosotras. A mi me divertía enterarme del secretillo de Penélope, pero la revelación había dejado con la boca abierta a Lisístrata y Gertrudis.

Me dio pena por Lisístrata, tantos esfuerzos dedicados al caballero de los ojos azules, tantas sonrisas, todo para nada, resultaba evidente que don Miguel había venido con el propósito de conocer  a Penélope. Sus ojos, los de Lisístrata, azules también, recuerdan, estaban fríos como el mármol.

-¿Se conocían entonces? –preguntó secamente mientras recogía tetera, y tazas de porcelana inglesa. Con  un golpe seco de su palma cerró la latita de te y  luego de guardar los implementos, dijo permiso y se retiró.

No era fácil que don Miguel perdiera una jugada, le sonrió cálidamente y la despidió moviendo la mano  mientras  le contaba a Gertrudis que había conocido a Penélope por internet, sí, claro, en el blog de los amantes de los gatos, se podía contactar gente estupenda ahí, qué sabía de lo que hablaba y realmente amaba a los gatos; su Terry, un persa legítimo,  era el mejor compañero de su vida. Sorprendentemente, la había reconocido de inmediato por la fotografía que  Penélope había subido a la página -¡hay qué ver cómo mi alumna  ha aprendido a navegar!-  y  nunca se habría imaginado que ellas se conocieran. ¿Hermanas? ¿Increíble! Debió haberse imaginado, después de todo, eran las tres encantadoras.

A todo esto, Penélope estaba en éxtasis. Gertrudis  era la única que conservaba todavía sus cinco sentidos y no mostró señales de haber escuchado el halago.

Y en ese preciso instante me di cuenta de que mamá estaba haciéndome señas como loca para llamarme de regreso a la cafetería. No me quedó más remedio que despedirme y salir corriendo. ¡Me iba a perder todo el resto de la teleserie! La vida de las señoritas Pereira de Olivar se estaba poniendo muy interesante de un tiempo a esta parte, quizás, demasiado interesante, a juzgar por la cara de Lisístrata, con quién me tropecé en el pasillo. Para tratarse de una amante de los gatos era lo más similar a un bulldog furioso que yo hubiera visto en mis doce años de existencia.

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alice 

Como era de suponer, las ancianas estaban equivocadas y el notebook  resultó de gran utilidad para el negocio. En dos semanas ya estaba todo bien organizado y cuando yo las visitaba, actualizaba en el notebook  la información de la mercadería vendida. Otro que fue favorecido fue mi padre, que ahora acarreaba en el utilitario las antigüedades de las Pereira de Olivar y pronto se encontró con nuevos clientes interesados en sus servicios; incluso comentó que, de seguir las cosas en ese ritmo, pronto se vería obligado a cambiar el utilitario por una camioneta. ¡Obligado, si le brillaban los ojos cuando lo dijo!

También en mi casa  las cosas mejoraban y mamá no necesitaba sacrificarse tanto como antes.

-Cuando recupere la inversión puedo pedirle a tu tía Lucy que me ayude –dijo-, hace tiempo que quiere trabajar.

Yo estuve de acuerdo, mamá ha trabajado demasiado duro, apenas pone la cabeza en la almohada se queda dormida y me da pena verla  toda acalorada  cocinando y friendo para atender a la clientela sin demoras.

Pero lo más sorprendente de todo lo que sucedió, fue que Penélope empezó a observar mis actividades de  en el computador y a hacerme toda clase de preguntas. Qué cómo se hace esto, qué apretaste ahí, y dónde haces tal cosa. Estaba intrigada por el compu y me contó que siempre había querido escribir, poesía, por supuesto, aunque  jamás se había entendido con las máquinas de escribir.

-Nunca me quedaban los márgenes iguales y además a cada rato cometía errores de tecleo. No podía soportarlo, las cosas enmendadas y parchadas me cargan.

Eso lo entendía perfectamente. A Penélope y a sus hermanas no se les mueve un pelo fuera de su lugar y jamás he visto una hilacha asomando de sus vestidos, por supuesto que una página llena de erratas le iba a causar un soponcio. . Ya me parecía raro a mí  que siempre comprara tantas máquinas de escribir  para el negocio, pero sin ocupar ninguna.

-Yo te enseñaré a usar el notebook –decidí-, no es difícil aprender lo básico.

Aparentemente, Penélope se había sorprendido, pero algo en el fondo de su mirada me dijo que eso era lo que había estado esperando oír.

Estaba decidida a que Penélope no podía seguir sin aprender algo de computación y durante un tiempo nos sentamos juntas, cabeza con cabeza, para que la anciana fuera descubriendo este nuevo mundo que se abría ante sus ojos. Debo  decir que no fue tan duro como me temía. De repente le daba terror apretar algunas teclas, como si fuera a echar a perder todo con un dedo, pero lentamente empezó a usar el procesador de texto. Y estaba feliz, el mundo de la lírica le abría sus puertas.

-¡Siempre quise seguir los pasos de Gabriela Mistral y Delia Domínguez! –me confesó.

Al poco tiempo, la señorita Penélope escribía poesías en el procesador de texto, revisaba la prensa y hasta se hizo de un e-mail con el que nos comunicábamos.  Por desgracia, yo era su único link, la  única persona con conocimientos de computación que conocía. La verdad, hasta el momento, ninguno de los clientes del local de antigüedades había manifestado interés por la comunicación virtual. Lo de ellos eran el teléfono y las visitas personales con tacita de te incluida.

Penélope estaba tan entusiasmada que todos los días me enviaba largos correos con novedades tan poco novedosas que, debo ser sincera, por un tiempo  estuve arrepentidísima de haberla  ayudado a ingresar en el mundo virtual, hasta que un día tuve la idea de buscar algunos blogs de personas mayores para que Penélope visitara sus páginas. Encantada, Penélope se convirtió rápidamente en activa comentadora e incluso contactó a algunos por correo, con quiénes intercambiaba recetas de cocina, noticias de medicinas naturales y testimonios de amor por los gatos. ¡Parecía que la mitad de los ancianos de la web se morían por los gatos, qué onda!

Lo bueno fue que gané un buen poco de libertad, pero resultaba difícil sacar a Penélope del computador.  La veía siempre en el mail, escribiéndose quién sabe con quién. Por suerte yo me llevaba el notebook a casa después y ahí no tenía competencia, pero tenía que andarla persiguiendo para trabajar el inventario. Cierto día le pregunté a boca de jarro:

-¿Por qué no se compra un notebook para usted? Le hace una falta.

-¡Ay no, m’hijita, cómo se te ocurre, esto no es para viejas!

-Yo creo que usted lo hace muy bien –insistí, sospechando que ella habría preferido que le dijera que no estaba vieja.

Sin darme yo cuenta, Lisístrata debe habernos escuchado, porque una semana más tarde Penélope llegó feliz a contarme que sus hermanas le habían regalado también a ella un notebook. Ahora, al fin, se podía dedicar a la poesía.

Eran excelentes noticias para ella y para mí, que ya no tendría que estarla esperando mientras se comunicaba con sus contactos ultra secretos. Lisístrata también estaba satisfecha ahora que veía a su hermana menor tan animada, sólo Gertrudis se mostraba incómoda.  Todos los horrores del mundo posmoderno estaban colgando como espada de Damocles sobre el cuello de su pequeña –como solía decirle-;  Gertrudis era puntillosa lectora de la prensa escrita, revisaba todos los diarios de pe a pa, y estaba al tanto del lado oscuro de la web.

-¡Todos esos estafadores buscando incautos y además esos malvados pedófilos!

De acuerdo, los embaucadores puede que sí, pero no entendía de qué manera podía Penélope ser amenazada por pedófilos. Más peligrosa podía resultar ella para éstos, porque los odia y es un azote con un paraguas en la mano.

Las cosas en el negocio iban cada día mejor, en los negocios, debiera decir. Mamá me regaló una impresora y tanto ella como papá estaban mucho más tranquilos ahora que lo laboral estaba resultando. Ella y las ancianas se habían hecho amigas –nunca como yo, claro- y  les mandaba fuentes con almuerzo de la cafetería que las viejitas encontraban riquísimo.

Todo iba a la perfección hasta que un día ocurrió lo más inesperado del mundo:

-Antonia –dijo Lisístrata-, no se si sabes que el primero de noviembre es día de todos los santos.

¡Quién no iba a saberlo! Todas mis compañeras salen a pedir dulces ese día, pero mamá jamás me ha dado permiso. Halloween es mi más total frustración.

-Nosotras lo festejamos todos los años en la parcela. ¿Te gustaría venir?

¡Sí, si, si, lo único que quería en el mundo era ir a una fiesta de Halloween, aunque fuera de la tercera edad! Es una lata mirar todo desde la ventana, sabiendo que allá afuera todo el mundo lo pasa súper mientras yo veo películas de miedo en el televisor.

Pero ahora se me presentaba lo más difícil de todo: convencer a mamá. Corrí a contarle y lo único que  conseguí fue que se quedara mirándome como si yo fuera un extraterrestre.

-¿Fiesta de Halloween, con las señoras?

-Señoritas, mamá, acuérdate, o se pueden enojar.

-Ya, señoritas, pero qué clase de fiesta es ésa, con invitados de más de ochenta años que quieren compartir con una niñita de doce. No, y estoy segura de que tu papá tampoco estará de acuerdo.

Yo no podía estar más en desacuerdo con eso. Apenas papá apareció por la cafetería, corrí a pedirle permiso antes de que mamá se opusiera y le mostrara todos los puntos malos del tema.

-¿Con las viejitas? Bueno, ¿pero no te irás a aburrir?

Rogué y rogué en vano, porque mamá estaba decidida a mantenerme lo más alejada posible de cualquier celebración. Ella opina que estas son cosas inventadas en el hemisferio norte y no tienen nada que ver con nuestra cultura.

Y entonces ocurrió algo inesperado. De alguna manera, las hermanas se habían enterado de mis dificultades.

-Buenas tardes –saludó alguien  desde el mesón-, ¿puedo pasar?

¡Era la propia Lisístrata! Habló y habló  hasta que convenció a papá –que no estaba tan en contra como yo creía- y luego atacó con mamá,  pidió y consiguió el permiso, contó maravillas de las tradiciones europeas, de lo que ella y sus hermanas solían hacer cuando eran jóvenes y al parecer vivían en Madrid.

De  pronto vi a mis papás interesados en el tema; Lisístrata continuaba explicando qué clase de gente asistiría –en general viejitas locas que se disfrazaban con sus mejores galas-, lo que se serviría -¡delicias, créanme!- y haría –algo de jugar al fantasma.

Luego  dijo que papá y mamá  podían ir a dejarme para que ambos vieran de qué se trataba y recogerme al día siguiente para no tener que salir tarde. Lo único que evitó, cuidadosamente, fue extender la invitación a mis padres. ¡Suerte para mi, ya veía que estaban muertos de ganas de ir!

Ahora sólo restaba un problema: ¿Qué ponerme? Tengo dos disfraces, uno lo usé para bailar cueca el año pasado. El otro es un traje de hada que me hicieron para una obra hace tres años, imposible ponérmelo. Cierto que voy a estar con unas ancianitas, pero ni así quiero ir con mi vestido de china, no se cómo puede habérsele ocurrido a mamá.

-Te queda precioso –me insiste.

Y yo, cómo le digo que sería ridículo, es Halloween, no es Fiestas Patrias. Ya sé que no podemos gastar en algo así, pero no puedo ir de china a una fiesta en casa de las viejitas más estilosas que existen. Es que ustedes no pueden imaginárselas siquiera. Con sus moños altos, sus peinetas de carey legítimo –eso es caparazón auténtica de tortugas marinas, algo muy poco o nada ecológico, pero ellas son tan antiguas como sus peines y no se han enterado de eso-, sus abanicos de marfil –oh no, eso también es un pecado porque incluye matar elefantes- sus trajes de seda natural que hacen frú frú cuando caminan por los pasillos polvorientos de la galería y sus mantones de Manila de esplendoroso colorido.  ¡Cómo será haber vivido en una época tan elegante? Seguramente Lisístrata  fue muy guapa antes de engordar tanto.

Estábamos en eso cuando apareció Penélope  a la carrera y casi sin aliento.

-¡Antonia, Antonia, Lisístrata se olvidó de un detalle. No te preocupes por tu disfraz, porque nosotras tenemos un montón para que elijas. Ah –y bajito, en secreto- y yo guardo uno precioso de  Alicia en el País de las maravillas, igual a los dibujos de la edición original. Te va a encantar.

¡Bacán! Mi problema había desaparecido. Tan rápida como llegó, Penélope se marchó y me dejó en la caja de la cafetería soñando despierta con el vestido que iba a usar. Si ella dice que es precioso es porque es mucho más que eso. Penélope es la más elegante de las tres. ¡No iba a estar tranquila hasta no verlo!

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3 bed graves

El singular  episodio de Penélope marcó una nueva relación entre  las ancianas y yo. Después de lo que yo consideraba el pedido de socorro de Penny,   estaba decidida a derribar todas las barreras y misterios que me separaban de las ancianas. Poco a poco, me fui haciendo parte de las principales actividades. Siempre  estaba cerca para ayudarlas, les daba ideas para simplificar las cosas, cada  cierto tiempo volvía a la carga con la idea del computador y me ofrecía  para hacerse cargo de él como quién no quiere la cosa. Lisístrata casi sufría un infarto cuando se volvía sobre el tema: “¡Esas cosas tan raras,  nunca estaría ella tan loca como para eso!”

No me di por vencida y fui haciéndome cargo de nuevas tareas. Ahora era yo quién se encargaba de leer y seleccionar los obituarios e incluso recomendaba quién debía hacerse cargo de la visita funeraria de rigor. No era difícil, siempre he sido observadora y me gusta aplicar lo que veo y me parece mejor. Yo atendía el teléfono, yo anotaba los recados de los clientes, yo concertaba visitas y también era yo la que contrataba la camioneta que se encargaba de acarrear las compras. Si tenía tiempo, registraba algunos ingresos. Es que mis viejecillas eran demasiado desordenadas, uno podría extraviar cualquier cosa en su local, y por cualquier cosa léase un elefante o tres osos pandas…y atados por una cadena.

Pronto me había convertido en una persona indispensable para la vida de las Pereira de Olivar.  Mamá, como es lógico,  no dejaba de quejarse de lo abandonada que la tenía y yo corría entre el secado de la loza y los recados de la clientela de las Pereira de Olivar todo el día. No vamos a comparar entre los dos trabajos, a quién  no le carga lavar platos, pero no podía dejar botada a mamá. En todo caso, tener tantas cosas que hacer, me encantaba. ¡Nunca antes me había entretenido tanto! El día se me iba en un  abrir y cerrar de ojos.

Hasta que una tarde, encontré a las hermanas esperándome, muy serias.

-Tenemos que hablar, Antonia –anunció Lisístrata sentándose en su sillón  favorito. Su corpachón, envuelto en metros y metros de seda floreada, se desparramó sobre el mueble haciéndolo crujir dolorosamente. Yo, secretamente, estaba esperando el día que el pobre sillón de Lisístrata se derrumbara vencido para siempre por la media tonelada  que debía pesar  su dueña, pero el  mueble se negaba a darme esa satisfacción. Parezco muy mala, pero ¿no habría sido divertido acaso?

Detrás de ella, Gertrudis y Penélope se deslizaron silenciosas hasta sus sitiales. Las gatas, como noté de inmediato, brillaban por su ausencia. ¿Dónde se habrían metido?

-¿Recuerdas que nos ofreciste ayuda para hacer un inventario en computador? – preguntó Lisístrata.

-Claro. ¿Al fin se decidieron?

-Bueno, decidirnos, así como decidirnos –comenzó  Penélope.

-No. En realidad, es muy difícil aprender todas esas cosas –dijo Gertrudis.

-Pero yo podría ayudarlas –ofrecí una vez más.

-Pero nosotras no podemos aceptar eso, Toni querida. Sería un aprovechamiento terrible de nuestra parte.

Por supuesto, se me vino el alma a los pies. yo que había soñado tanto con tener un compu en el local, aunque fuera uno chiquito, para ayudar a las hermanas y de paso practicar las clases de computación. Pero claro, debía haberme dado cuenta de que era demasiado para unas damas tan viejas que parecen haber nacido antes de la invención de la rueda.

-No es tan difícil -suspiré decepcionada mientras me recostaba en una chaise longue desteñida,  que me encanta por lo cómoda y elegante.

-Claro que si tú aceptas un notebook de regalo nuestro, nosotras, a cambio, podríamos aceptar que te encargaras del inventario. Así como si fuera un proyecto estudiantil –continuó Penélope.

Me  senté de un salto. ¿Había escuchado lo que yo creía?

-¿Un notebook? ¿Para mí?

-Siempre que tú pudieras hacer lo del inventario – remató Gertrudis.

-¡Claro que sí, tendrán el mejor inventario del mundo! ¡Gracias, son maravillosas!

Me tiré encima de ellas a darles besos y abrazos, mis viejitas podían ser maravillosas a veces.

-No querida, somos unas viejas frescas, que nos hemos aprovechado de tu ayuda y seguiremos haciéndolo –dijo Lisístrata- , y somos tan viejas que de puro miedo a la palabra computador no habríamos hecho nada de no habernos dado cuenta de una serie de pérdidas de mercadería que hemos tenido últimamente.

-¿Pérdidas? Pero yo  puedo asegurarles que no tengo nada que ver con eso -empecé a decir, toda atolondrada ante la fea sospecha que podía caer sobre mi.

-¡Por supuesto que no, Antonia, fue ese sinvergüenza  de la camioneta, don Raúl, que se aprovechó de nuestra mala memoria y de que cada día estamos más despistadas.

Resultó que Penélope, sin que el dueño de la camioneta se diera cuenta, lo había seguido y espiado, descubriendo que el sobrino cara de comadreja era quien robaba  la mayor parte de las piezas pequeñas en tanto el sinvergüenza de don Raúl hacía desaparecer los muebles en el trayecto al galpón. ¡Bien les había dicho que debían llevar un inventario de compras y ventas! A pesar de todo,  casi no podía creerlo. ¡Era el colmo que don Raúl, después de tanto tiempo trabajando para las viejitas, saliera con algo tan feo!

-Fuimos las tres a enfrentarlo y pudimos recuperar lo que todavía no había vendido –dijo muy enojada Penélope mientras se abanicaba furiosamente con lo que yo pude ver era su maravilloso y bienamado abanico de marfil.

-¡Apareció el abanico! –exclamé.

-¿Me vas a creer que se lo iba a regalar a su polola? –saltó Penélope indignada.

-¡Qué bueno que lo recuperó!

-No fui yo, fue Penny, me lo trajo de regreso en su propio hociquito, es tan linda e inteligente mi gatita.

-Tendrán que buscar otra persona  para el transporte–dije- pero antes que nada haremos el inventario. Nadie más se aprovechará de ustedes mientras yo esté para ayudarlas. En todo caso, yo puedo ofrecerles la ayuda de papá, es cierto que el utilitario es pequeño, pero puede hacer dos viajes en vez de uno.

-¡Excelente idea, Toni –saltó Penélope-, tienes que hab lar ahora mismo con él!

-En realidad ya lo habíamos pensado cuando don Raúl apareció con ese sobrino tan mal encarado –acotó Lisístrata-, pero nos daba un poco de vergüenza pedirle el favor.

-¡Para nada, papá estará feliz por tener algo más de trabajo!

Las hermanas me miraron  emocionadas. Sin darse cuenta ellas mismas estaban cada día más encariñadas conmigo. Seguramente, pensando  que merecía el notebook y comprarían el mejor y más caro que encontraran. Aunque no les sirviera de nada, total a mí me gustaba. Pero ya era un comienzo

Esa misma tarde le conté a mamá, ella llamó a papá y él vino para conversar con Lisístrata. Esa noche festejamos su nuevo trabajo con hamburguesas y papas fritas, estaban deliciosas y lo pasamos muy bien.

-Las cosas están mejorando poco a poco –reflexionó mamá-, en buena hora me hice cargo de la cafetería.

-Tú también has sido parte importante, Antonia –dijo papá-, has hecho buena amistad con las señoritas Pereira y ellas lo valoraron.

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