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A Carlos le llamó la atención lo que parecía un gran lagarto que le pasó por delante con rapidez asombrosa. Fue tras él y lo encontró asechando a otro lagarto más pequeño, al que le mostró amenazadoramente los dientes, después brincó sobre este de una manera increíble y lo mordió, a continuación lanzó un chillido, se sacudió varias veces, dio unos cuantos saltos y nuevamente se puso en guardia.

Su próxima víctima fue una lagartija, pero esta vez, cuando finalizó la pelea, no chilló ni se zarandeó, solo se estiró en el suelo y al rato quedó dormido. Al despertarse caminó torpe y lentamente, se encaramó en un árbol y miró al descuido un nido de pájaro. Trató de coger un huevo, sin embargo, cambió de intención al interponerse otra lagartija a la que se comió al instante. Bajó a la tierra y volvió a dormitar.

—¡Qué dormilón es! —dijo Carlos—. Parece que solo hace comer y…

—Dormir, pues te equivocas, también sé hacer juegos de habilidad.

El niño dio un salto parecido al que daba el animal y ya se iba a echar a correr cuando este se le plantó delante y con una destreza increíble hizo todo tipo de cabriolas dejándolo boquiabierto. Una especie de sonrisa afloró a los labios de Carlos, aunque despareció al momento cuando lo vio lanzar por la boca un chorro de agua. El niño trató de correr, pero tenía paralizadas las piernas, como si algo se las estuviera sujetando. Una risa socarrona se oyó y el animal habló:

—Son tan pequeñas las lagartijas que no saciaron mi apetito —y miró con picardía a Carlos que, perplejo, abrió los ojos temiendo que fuera a embestirlo. No obstante, el lagarto con mimo lo invitó a jugar haciendo piruetas como para que también las hiciera.

Aterrado, Carlos intentó de nuevo echarse a correr, pero tampoco lo consiguió y no le quedó más alternativa que quedarse a mirar las contorsiones del lagarto y, al rato, reírse de ellas.

—Ríe, cantaré para ti —y cantó canciones tan lindas que Carlos se distrajo, después quiso que el niño se montara en su lomo espinoso.

—Me pincharía —dijo con desconfianza.

—No. Tócalas, son suaves como cabellos.

Carlos, con manos temblorosas, lo hizo y se percató que era cierto.

—Móntate en mi lomo, te llevaré a pasear.

El niño titubeó, pero impulsado no sabe por qué, se subió y al animal le brotaron unas alas enormes. Salió volando y lo llevó a una pradera donde había un río.

—Báñate en sus aguas, son apacibles, sé que te gusta nadar, te espero aquí —dijo el lagarto y se acomodó en la hierba.

Carlos no vaciló y se arrojó al agua. Nadó un rato hasta que el fantástico animal le dijo que era hora de ir a otro lado y lo transportó hasta la cima de una montaña en la que había pájaros de plumajes hermosos.

—Puedes llevarte el que más te guste, con la condición de que lo cuides siempre.

—¿De verdad?

—Sí, para alimentarlo, tienes que llevarte esas semillas que hay en ese árbol, solo comen de ellas.

—Por mucho que recoja no me alcanzarán.

—Cuando llegues al patio de tu casa, sembrarás algunas de ellas y nacerán árboles que crecerán enseguida.

Carlos recolectó algunas y se las echó al bolsillo, miró a los pájaros y escogió al de llamativo color verde en el cuello, amarillo intenso en el pecho, de cola y alas, azul intenso. Trató de asirlo, pero el pájaro se apartó y lanzó un estridente trino.

—No. Espera que le hable —dijo el lagarto, se le acercó y le susurró algo. El pájaro vino apresuradamente hasta donde estaba el niño y se le posó en el hombro.

—Ahora vamos al río de la risa —y fueron a la ladera de la montaña donde un río reía a carcajadas y Carlos, contagiado por ella, lo hizo también.

—¿Te atreverías a lanzarte en sus aguas y coger un pez color pardusco con una raya azulada en el lomo y algunas verdosas brillantes en las aletas y traérmelo? ¡Necesito tenerlo!

—¿Para qué? ¿Es grande el pez? ¿No me lastimará?

—No hagas preguntas, ya me he convertido en tu amigo, nada malo querré que te suceda. Es pequeño y nada te hará si lo agarras cuando esté distraído; espera un descuido de él. Solo tienes que decir tres palabras para que puedas cogerlo —dijo y se las musitó.

El niño las repitió varias veces pues eran muy enredadas, después se lanzó al agua. Regresó con el pez y se lo entregó, este lo acarició y dijo las mismas tres palabras que le había dicho a Carlos y el pez se esfumó. El lagarto se transformó en un niño de estatura pero con la cara arrugada. Luego le dijo a Carlos:

—Me quitaste el hechizo que ese pez precioso me hizo hace mucho tiempo por haber querido atraparlo. Me dijo que me permitiría poder hablar y que solo si alguien lo cogía diciendo las mismas tres palabras con que me hechizó y lo traía donde yo estaba y también yo las decía, se rompería el encantamiento.

Carlos, sorprendido, retrocedió e intentó huir; el otro niño le dijo que cómo iba a hacerlo si no sabía el camino de regreso. Además, si se había atrevido a ir de paseo en un animal espantoso, cómo era posible que ahora que era una persona como él, le temiera.

Carlos razonó y se quedó quieto, luego dijo:

—Es que han pasado cosas tan increíbles y en tan poco tiempo que me asusté. ¿Cómo te llamas? ¿Cuántos años tienes?

—Arnaldo. Ya he perdido la cuenta de los años que tengo, debe ser más de cien.

—Tienes estatura de niño, aunque por la edad, y el rostro ya eres un anciano. En todo ese tiempo, ¿permaneciste en silencio? ¿Dónde vives?

—Los viejos nos vamos encogiendo. ¿Acaso no lo sabes? Antes conversaba con una persona, se hizo anciano y dejó de venir por aquí —aclaró y caminó torpemente—. Ahora que me hiciste esa pregunta, recuerdo lo que me dijo la última vez que lo vi, habló de unos parientes, a lo mejor se fue a vivir con ellos y por eso no volvió. Vivo muy lejos, para poder regresar con los míos debes zambullirte en el agua nuevamente y atrapar otro pez pardo con unas manchas amarillas, se diferencia de los demás de ese mismo color porque tiene una mancha más grande que los otros en la cabeza, dile que Arnaldo te mandó a buscarlo, después suéltalo.

— ¿Y cómo regreso yo para mi casa?

—Luego te lo diré, ahora anda por el pez.

Carlos se zambulló en el agua y vio al pez y cuando le dijo que Arnaldo lo había mandado a buscar, titubeó, pero luego salió a la superficie.

—Arnaldo, ¿quién te ayudó a quitarte el hechizo?

—Luego te cuento. Donde está Carlos…

— ¿Quién es Carlos?

—Con quien te mandé a buscar.

—Lo dejé allí mirando a otros peces…

—Ve a buscarlo no vaya a ser…

—Es cierto, puede que le hagan daño —y enseguida se marchó. Al rato regresó con el niño.

—Arnaldo, ¿quieres que te lleve a casa? —le preguntó el pez.

—Sí, pero primero llevarás a mi amigo Carlos —se acercó al niño y le agradeció su valentía. Luego le dijo que cuando quisiera encontrarlo, solo tenía que pedírselo al pájaro que había escogido y él lo llevaría hasta él pues podía aumentar de tamaño. Le contó de su amigo, el pez, que a veces se convertía en pájaro y que fue quien le había enseñado esos lugares y dado el don de hablar con los pájaros y a adiestrarlos.

El pez lanzó una carcajada, pero luego les dijo que debían irse antes de que el otro pez hechicero, que también a veces se convertía en pájaro, llegara, y le pidió a Carlos que se subiera encima de él con el otro pájaro. Así lo hizo el niño y el pez se convirtió en un hermoso pájaro, alzó el vuelo y en el trayecto le fue contando a Carlos cómo conoció a Arnaldo y del otro pez que gustaba de hacer maldades a los niños.

Cuando Carlos llegó cerca de su casa, el pez-pájaro le pidió que sembrara enseguida las semillas, que cuidara del pájaro, que este lo ayudaría si se encontraba en aprietos y se marchó. El niño con el pájaro a cuestas llegó al patio de su casa y sembró las semillas. Al momento, vio cómo surgían retoños que poco a poco fueron creciendo. El pájaro le pidió al niño que no lo enjaulara, pues nunca se iría de su lado.

Sorprendido una vez más, lo acarició y lo dejó libre. Entró a su casa, les mostró a sus padres el pájaro y señaló a las plantas y les relató. Estos no se asombraron, dijeron que ya un anciano les había contado que conocía a un lagarto que estaba embrujado desde hacía tiempo y que conocía el lenguaje de los pájaros.

—Se llama Arnaldo y ya no es un lagarto, es un anciano, por eso su andar es lento —dijo Carlos.

—Sí, un anciano con porte de niño. ¡Fue embrujado hace tanto tiempo! —dijo la madre y lo acarició.

Carlos pensó:

“Y yo que pensé que no me iban a creer”.

Luego el niño corrió al patio a jugar con su pájaro y se maravilló al oírlo hablar con tanta fluidez. Miró a los árboles que ya comenzaban a brotarles las vainas de las semillas. Abrió la boca y los ojos tan grandes que el pájaro entre risas le dijo:

— ¡Cuidado, que por la boca puede entrarte el pez hechicero!

Carlos cerró la boca y hasta los ojos, lanzó una carcajada y sus padres vinieron a ver de qué se reía. Cuando lo supieron, también rieron del chiste del pájaro

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 olinguito

Estimados amigos, este es un mensaje ultra secreto que la Hermandad de la Fauna Terrestre envió al Olinguito, ese pequeño y encantador mamífero carnívoro que acaba de sufrir el infortunio de ser “descubierto” formalmente por el Hombre. Léelo cuidadosamente, porque en algún momento indeterminado se auto destruirá para seguridad de los abajo firmantes:

“Querido amigo Olinguito, te escribimos para decirte lo mucho que lamentamos que el secreto de tu existencia haya sido revelado. Tú lo sabes, hicimos lo imposible para que tu vida siguiera siendo ignorada por nuestro enemigo más peligroso, el Hombre, único animal de la Tierra que ha dedicado todos sus esfuerzos a arrebatarnos no sólo nuestros hábitats ancestrales sino también, la vida.

Para no ser tan pesimistas, nos gustaría, antes que nada,  felicitarte por haber mantenido tu anonimato por milenios, pocos pueden decir algo así y no seremos nosotros los que les traicionemos exponiéndoles ante los falsos dueños del planeta. Es cierto que te ayudaron tu pequeñez, tu carácter tranquilo y  la desconfianza natural de los carnívoros, pero no es menos cierto que esos mismos atributos los tenían el Tilacino y el Demonio de Tasmania y  el primero ni siquiera tuvo tiempo para desplegarlos antes de extinguirse mientras que el segundo da una dura pelea por evitar su desaparición.

Hasta el último momento, querido Olinguito, dudamos si darte o no la mala noticia. El Elefante,  el Tigre, el Cheetah y el Rinoceronte eran partidarios de mantenerte en un estado de inocente y feliz  ignorancia, pero otros de temperamento más meditativo, como el Panda, insistieron en que debías saberlo lo antes posible para que tomaras las medidas de protección necesaria. No  podemos seguir ocultándote la verdad: hoy, en todos los medios de prensa  del planeta,  los zoólogos  han comunicado que eres el mamífero carnívoro de más reciente descubrimiento. Para que negarlo, todos lloramos al saberlo.

En menos de veinticuatro horas dejamos de envidiarte, repentinamente estabas tan expuesto al peligro como todos nosotros. Te lo advertimos: nunca volverás a dormir tranquilo y es casi seguro que ya algunos asesinos más fanáticos ya deben haber salido a buscarte. Podemos imaginarlos cuando regresen con tu bella piel listada, jactándose de  ser los primeros en haberte cazado. Peor, no faltarán los que te estarán siguiendo la pista para ponerte a la venta en el mercado de mascotas exóticas, por desgracia, siempre hay alguien lo bastante malvado o estúpido y con el dinero suficiente para querer meterte en una jaula a esperar la muerte. A veces, casi parece preferible que nos maten de una vez…pero eso de morir de a poco, viendo un pedacito de cielo en un rectángulo enrejado es algo que no le deseamos a nadie.

Olinguito, amigo, mide tus pasos, corre a refugiarte en lo más profundo de la selva, protege a tus crías, reprodúcete con verdadera y real pasión, ni te imaginas lo que se te viene encima: los zoológicos japoneses, los pet shop norteamericanos, los gourmands de ojos rasgados, los amantes de los abrigos de piel, los buscadores de afrodisíacos,  los experimentadores de laboratorio. En fin, el Hombre, qué más podemos decir.

Porque, con esa sola palabra basta para que nuestras crías tiemblen en sus madrigueras, para que nuestras madres duerman con un ojo mientras vigilan con el otro, para que los más grandes y feroces animales se sientan indefensos como bebitos. El Hombre, si hubiéramos podido imaginar lo que se traía entre manos puedes estar seguro que nuestra actitud con él hubiese sido otra. ¡Cuántas veces les reprochamos a los grandes carnívoros que se ensañasen con ellos! ¡Mucho mejor hubiera sido haberles dicho “Buen provecho” y habernos ido a dormir tranquilos!

Tus amigos del Consejo de la Fauna Terrestre”

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ranita-de-darwin

La ranita de Darwin del norte era una de las regalonas de La Naturaleza. ¡Qué bien se las había arreglado, siendo tan pequeña como era,  para poblar ese extraño país alargado de América, Chile, a través de una extensa zona que llegaba hasta los primeros enclaves patagónicos!

Porque, si alguien ha visto una ranita más pequeña que esta, una que a duras penas supere los 30 milímetros de largo, por favor, que se lo haga saber a La Naturaleza, que desde su desaparición está pasando por una severa depresión. Depresión justificada, la ranita de Darwin del sur, la variedad que aún sobrevive,  sólo tiene unas treinta y seis poblaciones registradas  y sus integrantes están disminuyendo con  una frecuencia pavorosa.

No se trata de que la ranita de Darwin del norte no se haya esforzado por seguir siendo uno de los más  pequeños y encantadores  habitantes del planeta, no. Cuando  Darwin anduvo de paseo por esas tierras tan alejadas de la mano del Creador, la consideró una de las especies más abundantes. Y era cierto, no necesitabas levantar una piedra para dar con una, por lo general, la ranita ya estaba tendida  sobre ella, oteando su microscópico horizonte de ranita y tomando el sol, cuando casualmente no llueve por allí.

Además, la ranita de Darwin del norte hizo  esfuerzos realmente heroicos por sobrevivir. Consciente de que la pequeñez de sus crías las hacía tan vulnerables, el padre, heroicamente, se encargó de conservar las larvas en su cavidad bucal durante la fase de la metamorfosis. Y no bromeo, así como lo dijo, lo hizo. Admirable, estoy seguro de que mi padre no habría sido capaz de hacer ese sacrificio por mí y que, muy probablemente,  el padre de ustedes tampoco.

Y es que la ranita de Darwin del norte no había pedido mucho cuando se la incluyó en la lista de  futuros habitantes del planeta. Aceptó ser pequeñísima, aceptó el frío, aceptó la lluvia, aceptó todo y, finalmente, cometió un error fatal: aceptó convivir con el hombre.

Con los hombres originarios no tuvo problemas. Vivían y dejaban vivir. Cuidaban la tierra como a su propia madre y la dejaron tranquila; era demasiado pequeña como para interesar a sus sistemas alimentarios.

Tampoco los que vinieron después, a pesar de todos sus esfuerzos, lograron complicarle la existencia. Eran agricultores y  ganaderos y con esa excusa comenzaron a quemar o talar las primeras zonas boscosas…pero dejaron intacto gran parte del bosque nativo. La ranita de Darwin del norte tomó sus escasos bártulos, acomodó bien sus larvas en la boca, y se adentró un poco más en la espesura. Lejos del hombre, respiró tranquila y se reacomodó.

Los años siguieron pasando, en teoría, el hombre tenía un par de siglos más de evolución y podía suponerse que era todavía más inteligente que sus ancestros. Incluso solía jactarse de sus pequeños avances: construía mejores viviendas, habían dejado de ser analfabetos, progresaban cada día más.

Lo que la ranita de Darwin del norte ignoraba era que la llegada de la civilización no es sinónimo de hombre de mejor calidad. Hagamos memoria. ¡Los romanos, esos agresivos turistas de la Antigüedad,  fueron uno de los puntos altos del hombre, la Belle Epoque remató su seguidilla de fiestas en una de las guerras más sanguinarias de la historia, peor, nos fuimos de paseo a la luna mientras dejábamos morir millones de biafranos de hambre!

Entre tanto, inocente de todo, la ranita de Darwin del norte – ¡y, oh, qué susto, la del sur sigue creyendo lo mismo!- continuaba su camino por la historia del planeta,  feliz de formar parte del gran proyecto del Creador: La Tierra.

Y entonces, algunos hombres civilizados consideraron que aún no eran lo suficientemente ricos como para sentirse satisfechos y felices y decidieron incrementar su riqueza con la explotación de los bosques nativos. Lo hicieron como a ellos les gusta: convirtieron buena madera sólida en madera aglomerada de aquella que se deshace con facilidad y se vende con mayor facilidad aún. Para evitar que su riqueza se limitara no les quedó más remedio que aceptar una condición: si iban a  hacer astillas esos bosques debían replantar nuevos árboles en la misma tierra que acababan de dejar desnuda. El hombre, que para todo tiene un nombre, lo llamó reforestación y se sintió muy orgulloso de haber tenido esa genial idea.

Claro, respondieron, somos hombres modernos, inteligentes, responsables, incluso vamos a hacerles un regalo: en vez de estos árboles nativos e insignificantes vamos a plantar pino insigne. ¡Es mucho más comercial,más grande, crece más rápido y lo podemos cortar antes,  no sabemos cómo al Creador se le pasó este detalle, qué poco sentido práctico!

Y ese fue el punto de quiebre en la existencia de la ranita de Darwin del norte. Su hábitat desaparecía, el alimento escaseaba, cada día, nuevas hordas de hombres civilizados contribuían un poco más a su desaparición.

Por eso, perdónenme un poco si me siento algo molesto. Disculpen si el tono de mi voz, además de quebrarse ligeramente, está pintado por la ira. Yo no quería que la ranita de Darwin del norte se marchara así, sin un adiós, sin una lágrima. Me gustaba saber que vivía allí, que era tranquila, pacífica, pequeña y bella. Después de todo, le bastaba con eso para ser feliz.

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images gato andino

En el amanecer de América, los Andes, asomados apenas unos millones de años antes, mostraban sus  dientes azul violáceos, agudos, retadores, a la capa azul del cielo más límpido de que se tenga memoria. Los ojos brillantes de las vegas reflejaban algunas nubes tímidas deslizándose por su vastedad.  La mañana era helada y seca y de haber habido  hombres respirando sin duda alguna les habría resultado agotador.

Mucho más arriba y siempre insomne en su fortaleza celeste, El Creador daba los últimos ajustes a la reducida gama de la fauna que se atrevería a dar la lucha diaria contra la puna, el frío y la sequedad.

-“Veamos”- pensó El Creador, y estremecido por la sola  idea del frío enumeró con los dedos y de mayor a menor: “Oso, puma, llama, alpaca, guanaco…”

Y fue así hilando el panorama andino con imaginación y destreza. Primero los mamíferos, después las aves y los reptiles para terminar. Cuando terminó, satisfecho, restregó sus manos generosas una contra otra; los habitantes de los Andes estaban listos para hacer su aparición en la historia.

-¿Y yo? –Se escuchó decir a una débil vocecilla.

El Altísimo buscó la voz, pero no podía descubrir de dónde venía. La Naturaleza misma fue llamada para colaborar en la búsqueda, pero no había caso: aunque la vocecilla continuaba reclamando atención, no podían descubrir su procedencia.

Esto, de ninguna manera era posible. Tanto El Creador como la Naturaleza estaban seguros de haber planificado todo hasta el último detalle. ¡No podía haber errores, hilos sueltos a pocos amaneceres del debut!

Intentaron ignorarla, pero la voz seguía allí, casi un gemido, casi  un … Un momento. ¿Acaso no era eso un maullido? Ah, eso ellos lo sabían bien, a los gatos les encanta esconderse, sólo era cosa de atisbar bajo la mesa, y  sí, cuando se inclinaron para ver bajo la mesa de trabajo del Creador, allí estaba: un gato ni tan pequeño ni tan grande, más bien enjuto de carnes, algo rayado, algo moteado, de cabello hirsuto, mechones de lince en las orejas, cola de  timón, aspecto decididamente modesto, menos pariente del puma que del ocelote. ¡Ambos habían ignorado su presencia, pero allí estaba, terco e insistente, valiente y osado, el gato Andino!

Fue de esta manera accidental que el Gato Andino se encontró encaramado en la cima de las grandes cumbres, correteando roedores y lagartos de poca monta que apenas alcanzaban a satisfacer su apetito, hecho que lo tenía siempre al borde de la hambruna.

Pero el Gato Andino ya había mostrado su temple y así como había reclamado su derecho antes los dos poderes se empeñó en sobrevivir a la evolución, la falta de comida y las exigencias de la vida por las alturas. Vivió, se aclimató, se sintió dueño de su destino y un día que se estiraba satisfecho bajo los tímidos rayos de un sol de invierno, se descubrió pensando en lo buena que era la vida y lo muy feliz que se sentía de ser quién era y de vivir donde vivía.

¡Y justo en ese momento, un cazador con menos sueño y más hambre que él  lo atrapó, mató y desolló y cuando llegó a su aldea, después de asar y comer su carne y pensando que no le había parecido ni tan buena, rellenó su pellejo con paja seca, le incrustó un par de ojos de obsidiana y lo encontró de lo más apropiado para ofrendarlo a los dioses, que sin duda alguna, agradecidos, le proporcionarían mejor presa la próxima vez.

El Gato Andino no estaba enterado, hasta ese momento, de la aparición de un nuevo habitante en Los Andes: el Hombre.

Así, de la misma triste manera y totalmente en contra de su voluntad, muchos gatos andinos fueron convirtiéndose en adorno de mal gusto en ceremonias religiosas de peor gusto aún. Vivían los pobres, a salto de mata, escondiéndose por aquí y por allá para escapar de la crueldad de sus asesinos.

Espantados, los Gatos Andinos decidieron elevar una solicitud de cambio de residencia ante El Creador, pero la respuesta fue lapidaria: no había espacio para cambios de ningún tipo y no sólo se trataba de espacio, había otra razón más importante: la incredulidad reciente y creciente de los hombres no estaba dejando espacio a la capacidad de maniobra del Creador, vale decir, que los decretos habían caído en un absoluto desprestigio y ya nadie los respetaba. Tratando de salvar sus vidas, las especies, incluida la humana, iban de aquí para allá asentándose como pudieran y  provocando el caos en el planeta

Tampoco la Naturaleza fue capaz de ofrecerles una solución. Aunque ella era la última en querer reconocerlo, lo cierto es que a los hombres la naturaleza les importaba un comino y no pasaba un día sin que se la pisotease y destruyese sin razón.  “Mejor, sugirió, traten de arreglárselas solos, a lo mejor si se ponen de acuerdo y se desplazan algo más arriba..”

¿MÁS arriba? El Gato Andino estaba indignado, si subían un poco más por los vericuetos de los Andes iban a terminar viviendo en el espacio sideral, y todavía no se había especificado nada al respecto. ¡Ni siquiera el hombre se había aventurado por el cosmos!

-¡Ya verán como sobrevivimos sin su ayuda! – maullaron antes de desaparecer entre los macizos de granito.

Y en eso están,  cada vez más escondidos, cada vez más lejos, cada día menos. No quieren ni aparecerse en las cercanías de los hombres. No sin sorpresa, han descubierto algún apoyo inesperado en los defensores de la fauna silvestre, aunque preferirían no tenerlo, porque odian los collares de rastreo y los dardos somníferos le ponen el pelo, ya de por sí tieso, parado como aguja. Pero nadie sabe cómo se las han arreglado para iniciar una campaña contra la superstición y cuentan para ello con el apoyo decidido de rinocerontes, tigres de Bengala, elefantes y ballenas. No falta un día en que una nueva especie los apoye decididamente y hasta se sabe de una carta enviada por el fantasma del Dodó, tildada de mito por los escépticos.

Los Gatos Andinos no se amilanan; de alguna manera, dicen, hemos llegado hasta aquí, y el hombre, este inquilino con pésimas costumbres, probablemente ni siquiera dure lo que Neanderthal. Ese, al menos, respetaba la naturaleza.

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Hay que reconocerlo: al Creador lo tenían lleno los dinosaurios, no quería saber más acerca de estos tipos que no permitían prosperar a las restantes especies y dejaban tras de sí una estela  de  destrucción por el simple hecho de echar una carrerita detrás del almuerzo. Y como si eso fuera poco estaba el problema de las heces: ¿Se imaginan lo que es un planeta lleno de enormes dinosaurios  sin hábitos de aseo? Dar un paseo por ahí era simplemente terrorífico, pero por otra parte tampoco vamos a juzgar a los dinosaurios:  ¡Era imposible que aprendieran nada con esos cerebritos  de juguete!

El Creador  dejó el problema a la suerte. Tuvo un encuentro secreto con La Naturaleza del  cual jamás, en 80.000.000 de años ha trascendido una palabra. El Creador dejó el problema en sus manos, de paso, además de encargarla de un problema que parecía insoluble,  la exponía al peor de los fracasos; hay que reconocer que nunca se han llevado muy bien, especialmente desde que esta última quiere arrogarse todos los éxitos del programa.

Y todos sabemos cómo se las gasta la Naturaleza. El daño colateral, más que molestarla, parece divertirla.

– Bueno, ya, que pase lo que deba pasar –dijo el Todopoderoso.

Y lo que pasó fue la extinción masiva del cretácico, frente a la cual las víctimas de las dos últimas guerras mundiales serían una anécdota. Entre los escasos sobrevivientes que hoy podemos nombrar están las tortugas, los cocodrilos, algunos dinosaurios que optaron por convertirse en aves y abandonar sus viejos hábitos y …el celacanto.

Sólo que por sesenta y cinco millones de años, todo el planeta estuvo convencido de que el Celacanto se había extinguido junto con el resto, porque después del cretácico, nunca más se lo volvió a ver. Sus únicas apariciones estaban registradas en roca de trescientos millones de años.

Nadie va a pensar que El Creador o La Naturaleza ignoraban lo que había sido del excéntrico pez o que este es tan genial que se encargó de dejarlos en ridículo, no,  pero lo cierto es  que nunca más se preocuparon del Celacanto, ni siquiera para adjudicarle unas medidas, paliativas –la especialidad del Creador- o evolutivas –favoritas de la Naturaleza.

Para la comunidad científica y la nomenclatura universal el Celacanto dormía el sueño de los justos.

Eso hasta 1938, cuando una encantadora bióloga británica, la señora Latimer,  encargada del Museo de East London, Sudáfrica,  fue llamada al Mercado para ver un extraño pez azul, con cuatro aletas de lo más locas y una cara que llegaba a dar miedo; tal como los espías viejos,  el Celacanto había regresado del frío.

La señora Latimer buscó a su pez en cuánto libro estuvo al alcance de su mano, pero no, nada del pez azul. Entonces, aprovechando lo único que quedaba del ejemplar, su esqueleto,  hizo cuidadosos dibujos y los envió  a un  paleontólogo.  Gracias a todos sus esfuerzos, el Celacanto se llama hoy  latimeria chalumnae. Para qué vamos a negarlo, el celacanto odió la denominación, pero como en todo aquello de origen burocrático, su opinión no fue consultada.

Cada cierto tiempo aparece un ejemplar por aquí, otro, por allá, siempre muertos. Los japoneses, expertos en arrasar con la fauna marina, sueñan con sumar un ejemplar vivo al cadáver que tienen en su principal acuario. Por el momento se consuelan mirando las escasas filmaciones que se han obtenido. Lo único bueno del asunto es que el Celacanto ni siquiera es comestible, su carne es demasiado grasa para ser consumida por el hombre, incluso por los chinos o los japoneses.

Los estudios de sus restos mortales  han dejado algunas cosas claras: en la base de sus aletas hay tres huesos que indican la formación de una pata:, húmero, cúbito y radio,  y en sus lugares más íntimos descansan los restos de un proyecto de pulmón. ¿Qué fue lo que ocurrió? ¿Alcanzó  el celacanto a probar las delicias de las vidas de los anfibios para luego, inteligentemente, descartarlas, o solamente se preparó para el gran suceso arrepintiéndose después?

Y ahí está el pobre, indignado por la situación. Todavía no entiende que el uso de redes de profundidad o dinamita por sus desagradables vecinos humanos le son letales. Se pasea por los mares de África e Indonesia y más de alguien espera ubicarlo en otras zonas. Se esconde,  y lo hace bien, ya tenía bien aprendido cómo ocultarse de los importunos, pero lo cierto es que el actual locatario de la Tierra ha resultado un hueso duro de roer. Es vox populi que la fauna completa ha enviado solicitudes para que el Creador ponga las peras a cuatro  a estos nuevos dinosaurios, pero ya saben cómo es Él; para todo se toma su tiempo.

Tampoco vamos a criticar a la Naturaleza. A ella no le queda más que esperar una orden, una simple  llamada. Nosotros la conocemos, es más que seguro que ya tiene varios planes de extinción y catástrofes anexas, no por viejo pierde sus rayas el tigre, y una de sus debilidades ha sido siempre los grandes espectáculos. Tarde o temprano, la próxima extinción masiva hará su debut.

Y  vaya si le ha costado aguantarse, en comparación con el Hombre, los dinosaurios eran niñitos de pecho.

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Durante dos días con sus noches se buscó infructuosamente a Golondrisa Petrucciani, las Tortolatti decían haberla visto volando en dirección al norte, bastante descompuesta.

Las Cotorrínez  fueron un poco más explícitas:

-Choraba que partía el alma, ché, choraba.

Pero en todo caso, no dieron ninguna indicación de cómo dar con ella.

Cómo era de esperar, Zorzalina le echó toda la culpa a su marido. Qué desconsideración, justo ahora que Golondrisa le iba a presentar a su primo James Swallow. Seguramente  no iba a querer ni aparecerse  después de las barbaridades que se habían dicho de él.

Zorzalo se mantuvo en sus trece.

-Todavía, que yo sepa, nada se ha visto, nada se ha sabido de ese agente secreto de pacotilla.

Justo en ese momento, como si hubieran esperado que terminara de hablar, una tremenda explosión sacudió los árboles.

-¡Fuego, fuego, nos atacan!

Corrían todos  de un lado para otro, enloquecidos, empujándose,  desplumándose, entre chirridos de pavor. ¡La Brigada Tiuque efectuaba un ataque sorpresa!

Cuando  la calma regresó al jardín un silencio de muerte cubría la verde alfombra de césped. Desde sus escondites, en el más absoluto de los silencios, los vecinos observaron a su alrededor.

Nada, ni luces de la Brigada Tiuque. Ni siquiera se veían los Palomérez y mucho menos los Gorriontínez, que en realidad andaban medio corridos y habían tomado la costumbre de alimentarse en otro barrio. En realidad, el caos que reinaba por doquier lo habían provocado ellos con sus propias alas y patas.

Repentinamente, un suave aleteo planeó sobre el jardín. Los pajarillos, aterrados, cerraron los ojos. Martín Escolibrí, escondido entre las ramas del damasco, se cubrió la cabeza con sus alitas verde esmeralda.

-¡Zorzalo, Juanito, Leotordo, Mari Loica!

Era la voz de Golondrisa Petrucciani. Primero por el rabillo del ojo, luego con dos, todas las aves  miraron el jardín y descubrieron que plantada en medio del césped estaba la golondrina desaparecida. A su lado, elegantemente vestido de etiqueta, un macho golondrina de estatura superior a la normal y sonrisa despectiva se sacudía el polvo de la solapa  con un pañuelo que tenía los colores de la bandera de la reina de Alondraterra.

-¡El agente 00Bird!

-Mi nombre es Swallow, James Swallow. -respondió éste con displicencia.

-Petrucciani, por parte de mi tía, su madre. -Acotó Golondrisa.

En menos que pía un chincol ya estaba el jardín cubierto de aves curiosas. Los más jóvenes, descaradamente, rogaban por un autógrafo de su ídolo. Zorzalina, Elisa Chincólez, Mari Loica y las Tortolatti estaban en trance. Leotordo y Martín  Escolibrí   se habían puesto a la cola de los autógrafos como si fueran adolescentes. Y Zorzalo, como era de esperar, no sabía qué hacer.

Finalmente logró sacar la voz:

-¿Escucharon la explosión? – Preguntó.

-Well, mi  hacer exploutarr arrsenal de  Brrrigadda Tiucomantou. -Explicó el agente 00Bird.

Y, a continuación,  los puso al tanto de los resultados obtenidos, los “métoudous”, según dijo, no se podían conocer; eran “top secret, for Her Majesty’s eyes only”. En realidad fue bastante descriptivo, pero su cerrado acento alondraterrés impidió que se le comprendiera el setenta por ciento del discurso.

Lo definitivo era que la Brigada Tiuque, desarmada, había perdido gran parte de su agresividad y había emprendido la fuga. El agente Swallow no había visto ni luces de los Palomérez y los Gorriontínez, pero sabía que poco a poco se habían ido descolgando del conflicto.

-¡Pero si Palomingo nos espía todos los días desde el acacio número 8! -Exclamó Zorzalo.

-Do not panic, dear mister Loupez – respondió 00Bird-, ese Paloumingou tener sus proupias razounes parra mirrar desde el acaciou.

Pero por más que nuestros amigos insistieron en conocer toda la verdad, el agente 00Bird se negó a decírselas.

-Ser asuntous prrivadous que nou me incumbiendou. – Creyó entender Leotordo.

Los demás quedaron en la luna;  el agente James Swallow  (Petrucciani  por parte de madre)  hablaba un castellano de los mil demonios.

En el jardín reinaba la felicidad, apenas interrumpida por las apariciones de la vecina del número 5, que vino tres veces a rellenar la Bodega, consumida por los innumerables visitantes. El agente 00Bird demostró tener tan buen  apetito como su prima Golondrisa y,  como alabara tanto los tintos de Santa Tordoliana, Leotordo prometió ipso facto que le enviaría una caja de la vieja reserva de su primo Eustordo, que tenía guardada para una ocasión especial.

Muy galante, el agente 00Bird echó su capa de terciopelo sobre un charco para que Zorzalina no mojara sus pequeñas patitas. A Zorzalo la cara se le puso roja de celos y a Zorzalina le dio un ataque de emoción.

– “Sólo se vuela dos veces”  es mi favorita, pero ví en cuatro oportunidades “Los huevos son para siempre” -Le dijo, halagadora.

James Swallow tuvo la gentileza de regalarle un afiche autografiado de su último film, “Licencia para empollar”,  provocando la envidia de Elisa, Mari Loica y las Cotorrínez.

– ¿Ché, no creés que seríamos perfectas como chicas-Bird, seríamos? -Exclamaron éstas a coro y en ritmo de tango, como era su costumbre.

00Bird, todo un gentleman, les concedió la razón y les  regaló  invitaciones para su próximo estreno.

Inmediatamente, y como por arte de magia, se armó una fiesta para celebrar la paz recuperada. Nadie supo cómo, entre tanto pájaro que se sumó a la fiesta, se colaron los Gorriontínez y los Palomérez, aunque a Palomingo no se le divisaba por ninguna parte.

-Nunca dejaremos de agradecerles por librarnos de ese monstruo de Tiuquemante. – Dijo descaradamente  Volantín  Gorriontínez, echándose al bolsillo el hecho de que había colaborado con la Brigada casi hasta el final.

Pero como después le pidió permiso para sumarse al festejo, Zorzalo no tuvo corazón para decirle las cuatro verdades que se merecía.

-Es hora de  vivir en paz. – Le explicó a sus amigos.

Y una vez más ellos le encontraron toda la razón.

-Don Zorzalo es un gran estadista -dijo Leotordo-,  es una suerte contar con él.

Poco rato después, cuando el agente James Swallow (Petrucciani por parte de madre, aprovechó de recordar Golondrisa) anunció su partida, Zorzalo aprovechó la ocasión para  disculparse  por  sus exabruptos.

-Ou, estas cousas pasandou siemprre -dijo el héroe- pajarous pounerse nerviousous en estas ocasiounes.

Los vecinos  le entendieron casi nada, pero sonreía con tal  encanto que  los pocos que no lo conocían  se declararon ipso facto sus eternos admiradores.

El agente 00Bird alzó el vuelo con elegancia  inigualable. Leotordo no pudo dejar de notar  la cola bifurcada de su frac, confeccionado por los mejores sastres de Alondraterra,  y se prometió  para sus adentros que se mandaría a hacer uno igual.  ¡Qué corte, seguramente cosido por  las mejores arañas de  Bird Street!

Todos estaban exhaustos, demasiadas emociones para una sola mañana. Además, la humana del número 5 se había cansado, al parecer, de seguir rellenando la Bodega así que los pájaros tomaron la decisión acostumbrada: Comida hecha, amistad deshecha. Todo el mundo se fue para su nido.

Los más felices eran Zorzalina, su marido y los niños, que habían recuperado su nido de cuatro habitaciones. Zorzalo, que estaba agotado, quería irse a dormir siesta, pero su mujer tenía otras intenciones. Le puso la escoba de hierba en el ala y  organizó inmediatamente el equipo de limpia.

-Este nido está lleno de polvo y plumas viejas, Zorzalo, lo quiero reluciente.

A los niños, que  ya se iban arrrancando por la puerta trasera,  los mandó a   limpiar la hiedra de cabo a rabo.

-Y pórtense muy bien, porque está a punto de darme un ataque de tantos malos ratos que he pasado.

Zorzalo suspiró y se puso a trabajar feliz de la vida. Al fin las cosas  volvían a la normalidad.

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Perdonarás que me dirija a tí en esta forma tan personal; sucede que más que una cifra, a diario yo siento a  cada uno de mis lectores  de esta manera, como Tú.

Quiero contarte algo que ya sabes;  a  tí te gustan las historias de animales. El quirquincho, el puma, el tejón, el hipocampo, los salmones. a veces eres tú el que me recuerda algún relato que escribí hace tanto que lo había olvidado. Gracias.

También te gustan los cuentos de misterio. ¡Ni te imaginas cuántas veces has leído El cuadro del niño que lloraba! Y yo sólo pensé en un relato para el especial de Halloween. Gracias otra vez.

También te gustan mis poemas. Algo anticuados, sencillos, consonantes, ingenuos. Especialmente dedicados a los niños y aquellos que tienen el corazón de un niño, o sea, tú.

Me has enviado todo tipo de comentarios: simpáticos, locos,  hermosos, especiales. Cuatro veces, en todo este tiempo, debo confesar que llegaron comentarios desagradables, di por sentado que estabas en un mal momento y como yo no lo estaba, los eliminé.   Pero, como regularmente estás “en buena onda”, me encanta que hagas tus comentarios, aunque sea para saludar, y ojalá, si escribes, me cuentes que clase de cuentos te gustaría leer. He pensado en algunos sobre la fauna patagónica. Me interesé en ella cuando estudiaba para escribir la tercera aventura de Diego Herreros, Perdido en la Tierra del Fuego, que probablemente aparezca el próximo año como trilogía.

Ya te he invitado antes, pero, por si no lo has visto, reitero mi invitación: si quieres publicar como autor invitado, sólo es necesario que sea literatura apropiada para niños y jóvenes. Probablemente  podrías recibir un pequeño proceso de edición y nada más. No altero lo esencial, sólo corrijo errores mínimos. Yo aprendí cometiéndolos.

Una vez más, gracias. Por acompañarme todo este tiempo, por darme la razón cuando dije que a la gente le gustaba la literatura y que debía tener posibilidad de llegar a ella sin costo. Cada vez que me lees, me das tremenda alegría.  Aunque mi página sea de LIJ -literatura infantil juvenil-, no es simple, mi lenguaje intenta ser bello y creativo. No creo en la lectura digerida, tú eres lo bastante inteligente para buscar calidad, no necesito decirte de manera  obvia y pasterizada las cosas. Se que eres  lector inteligente y exigente. Cuento con eso.

Así que eso era todo, conversar un poco contigo, decirte que estoy siempre pensando en tí, en lo que pudiera interesarte. Si tienes ganas, cuéntame de ti, lo que te gusta, lo que haces, lo que quieres ver. Serás bien recibido. Va mi correo: elplatillovolador@gmail.com

Un abrazo

Alida

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