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peleagatos

Es verdad, lo juro, yo  estaba decidida a guardar esto como un secreto eterno. No conté nada de nada, evité cuidadosamente anotarlo en mi diario y a los interrogatorios de mamá sólo di respuesta con cosas como lo de la comida deliciosa –que ellos también habían probado antes de irse-, la belleza de los disfraces, la simpatía de los invitados, la música, los faroles chinos y cosas así. Ni pensé en mencionar la pelea de las gatas y mucho menos el vergonzoso chapuzón de don Miguel empujado por esas bandidas. Me había prometido que no expondría a las viejitas, después de todo, no me había sucedido nada, todo estaba bien. Quizás sólo se había tratado de mi imaginación, quería creer eso firmemente.

El lunes, al llegar a la cafetería, divisé a Lisístrata sentada en la caja, quien me hizo señas con su mano enguantada de negro, que correspondí desde la distancia. Decidí que no iría a verlas ese día, me tranquilizaba saber que ella estaba bien y no quería pensar en su lastimoso aspecto de la fiesta fatal. Todavía tenía que ordenar mis pensamientos, tranquilizar mis temores. Durante toda la tarde, las tres hermanas anduvieron de un lado a otro del local conversando animadamente. Yo también estaba pendiente de ellas, me temo, no podía dejar de espiar por el rabillo del ojo.

Pero no fui ese día, ni al siguiente y el miércoles, cuando mi alejamiento  empezaba a lucir un poco raro, le dije a mamá que no la ayudaría en la cafetería porque tenía que estudiar para la prueba de historia. Me aburrí como una ostra toda la tarde y lo peor  fue que esa materia ya  me la sabía.

Así llegó el jueves, ya no tenía excusas posibles y papá todos los días conversando de la nueva camioneta que estaba comprando, que ya la había ido a ver, que en dos días salía el financiamiento, que el trabajo estaba tan bien, que  el transporte de antigüedades era poco menos que el trabajo del futuro.  Me sentía pésimo, porque yo los había metido en eso y ahora lo único que quería era salir arrancando.

Entonces, como caído del cielo, apareció Sebastián a almorzar su tradicional sándwich de queso jamón caliente con jugo de naranjas.

Y no aguante más y se lo conté todo y lo que no le conté tal cual sucedió es casi seguro que estaba algo adornado. Sebastián  escuchó con la boca abierta y cuando terminé, comentó lapidario:

-¿No te dije yo? Aquí todos dicen que son brujas.

En ese momento tuve una ligera idea de que quizás había exagerado un poco al comentarle mis tribulaciones del sábado recién pasado.

-No quise decir eso, Seba. Lo que pasa es que me asusté mucho. Todas esas personas eran muy diferentes a mí y estaba tan oscuro.

-¿Y cómo explicas lo de don Miguel? Porque él venía todos los días a ver a Penélope y no se le ha vuelto a ver.

Tenía razón y de pronto supe que eso era lo que yo había estado esperando para ir a ver a mis amigas viejas: ver a don Miguel y saber que allí no había pasado nada, que las cosas seguían igual; con Lisístrata celosa, Penélope feliz y Gertrudis gruñendo su desaprobación en silencio en su sillón de tapiz encarnado.

Cuando Seba se fue me sentí mucho más calmada; sacar las cosas a luz me había hecho ver lo alharaca que estaba siendo. Si uno analiza las cosas con detalle. ¿Qué era lo que había visto?

 Dos gatas, un caballero tan asustado como para caerse a la piscina, una fiesta de noche de brujas muy animada…para la tercera edad y, lo más lamentable de todo, a la pobre Lisístrata quejándose de dolor porque la pobre se había dado tremendo porrazo por buscar a su gata regalona en la oscuridad.

Lamentablemente, yo había cometido un descuido fatal, que habría de echar mi tranquilidad por la borda mucho antes de lo que imaginaba: había olvidado decirle a Sebastián que todo lo comentado era secreto de estado sola y exclusivamente para él. Lo olvidé porque yo soy muy reservada, siempre me  he guardado las cosas para mí y solo las comento cuando ya han salido a luz, pero claro, Seba no tenía por qué ser como yo. Las personas somos diferentes y los niños también podemos serlo. Es por esa razón que no puedo culparlo por todo lo que ocurrió después, la culpa es mía y sólo mía, pero en todo caso acepto las mil y una disculpas que me ha dado desde entonces porque también es cierto que no tenía por qué ser tan boca floja.

Antes de irme a casa pasé a ver a mis amigas. Las tres estaban leyendo, aunque me pareció ver que Gertrudis se había dormido, tenía la nariz metida en él.

-Hola –dije a Lisístrata-, espero que ya estés bien del golpe.

-Sigo adolorida, pero al menos ya están todas las piezas en su lugar de nuevo –rió-, por suerte estoy bien acolchada, pero eso mismo hace que uno caiga con más fuerza. Estoy toda llena de verdugones.

Mañana pongo al día el inventario –avisé-, espero que las ventas hayan estado buenas.

-¡Estupendas, querida –intervino Penélope-, parece que nos has traído suerte, necesitábamos una racha de aire fresco circulando por aquí!

Me acompañó hasta afuera, de modo que aproveché de preguntar por don Miguel.

-No he sabido nada de él, ni siquiera por correo – confesó tristona-, creo que va a ser difícil que perdone el episodio de las mininas, con suerte no cogió un resfrío, pero fue una humillación totalmente inmerecida, Miguel sólo estaba tratando de ayudar. Y las gatitas, las pobrecitas están tan arrepentidas, no puedes imaginarte la pena que tienen.

 Nos despedimos con un abrazo. Yo estaba contenta porque todo había terminado y las cosas volvían a la normalidad. O al menos, eso creía yo.

Pues esa noche, cuando papá llegó a cenar, me quitó toda ilusión de la cabeza. Apenas si había cerrado la puerta  cuando soltó la andanada:

-¿Cómo fue eso de que las viejitas se convirtieron en gatas para pelearse por el gringo flaco ése?

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alice 

Como era de suponer, las ancianas estaban equivocadas y el notebook  resultó de gran utilidad para el negocio. En dos semanas ya estaba todo bien organizado y cuando yo las visitaba, actualizaba en el notebook  la información de la mercadería vendida. Otro que fue favorecido fue mi padre, que ahora acarreaba en el utilitario las antigüedades de las Pereira de Olivar y pronto se encontró con nuevos clientes interesados en sus servicios; incluso comentó que, de seguir las cosas en ese ritmo, pronto se vería obligado a cambiar el utilitario por una camioneta. ¡Obligado, si le brillaban los ojos cuando lo dijo!

También en mi casa  las cosas mejoraban y mamá no necesitaba sacrificarse tanto como antes.

-Cuando recupere la inversión puedo pedirle a tu tía Lucy que me ayude –dijo-, hace tiempo que quiere trabajar.

Yo estuve de acuerdo, mamá ha trabajado demasiado duro, apenas pone la cabeza en la almohada se queda dormida y me da pena verla  toda acalorada  cocinando y friendo para atender a la clientela sin demoras.

Pero lo más sorprendente de todo lo que sucedió, fue que Penélope empezó a observar mis actividades de  en el computador y a hacerme toda clase de preguntas. Qué cómo se hace esto, qué apretaste ahí, y dónde haces tal cosa. Estaba intrigada por el compu y me contó que siempre había querido escribir, poesía, por supuesto, aunque  jamás se había entendido con las máquinas de escribir.

-Nunca me quedaban los márgenes iguales y además a cada rato cometía errores de tecleo. No podía soportarlo, las cosas enmendadas y parchadas me cargan.

Eso lo entendía perfectamente. A Penélope y a sus hermanas no se les mueve un pelo fuera de su lugar y jamás he visto una hilacha asomando de sus vestidos, por supuesto que una página llena de erratas le iba a causar un soponcio. . Ya me parecía raro a mí  que siempre comprara tantas máquinas de escribir  para el negocio, pero sin ocupar ninguna.

-Yo te enseñaré a usar el notebook –decidí-, no es difícil aprender lo básico.

Aparentemente, Penélope se había sorprendido, pero algo en el fondo de su mirada me dijo que eso era lo que había estado esperando oír.

Estaba decidida a que Penélope no podía seguir sin aprender algo de computación y durante un tiempo nos sentamos juntas, cabeza con cabeza, para que la anciana fuera descubriendo este nuevo mundo que se abría ante sus ojos. Debo  decir que no fue tan duro como me temía. De repente le daba terror apretar algunas teclas, como si fuera a echar a perder todo con un dedo, pero lentamente empezó a usar el procesador de texto. Y estaba feliz, el mundo de la lírica le abría sus puertas.

-¡Siempre quise seguir los pasos de Gabriela Mistral y Delia Domínguez! –me confesó.

Al poco tiempo, la señorita Penélope escribía poesías en el procesador de texto, revisaba la prensa y hasta se hizo de un e-mail con el que nos comunicábamos.  Por desgracia, yo era su único link, la  única persona con conocimientos de computación que conocía. La verdad, hasta el momento, ninguno de los clientes del local de antigüedades había manifestado interés por la comunicación virtual. Lo de ellos eran el teléfono y las visitas personales con tacita de te incluida.

Penélope estaba tan entusiasmada que todos los días me enviaba largos correos con novedades tan poco novedosas que, debo ser sincera, por un tiempo  estuve arrepentidísima de haberla  ayudado a ingresar en el mundo virtual, hasta que un día tuve la idea de buscar algunos blogs de personas mayores para que Penélope visitara sus páginas. Encantada, Penélope se convirtió rápidamente en activa comentadora e incluso contactó a algunos por correo, con quiénes intercambiaba recetas de cocina, noticias de medicinas naturales y testimonios de amor por los gatos. ¡Parecía que la mitad de los ancianos de la web se morían por los gatos, qué onda!

Lo bueno fue que gané un buen poco de libertad, pero resultaba difícil sacar a Penélope del computador.  La veía siempre en el mail, escribiéndose quién sabe con quién. Por suerte yo me llevaba el notebook a casa después y ahí no tenía competencia, pero tenía que andarla persiguiendo para trabajar el inventario. Cierto día le pregunté a boca de jarro:

-¿Por qué no se compra un notebook para usted? Le hace una falta.

-¡Ay no, m’hijita, cómo se te ocurre, esto no es para viejas!

-Yo creo que usted lo hace muy bien –insistí, sospechando que ella habría preferido que le dijera que no estaba vieja.

Sin darme yo cuenta, Lisístrata debe habernos escuchado, porque una semana más tarde Penélope llegó feliz a contarme que sus hermanas le habían regalado también a ella un notebook. Ahora, al fin, se podía dedicar a la poesía.

Eran excelentes noticias para ella y para mí, que ya no tendría que estarla esperando mientras se comunicaba con sus contactos ultra secretos. Lisístrata también estaba satisfecha ahora que veía a su hermana menor tan animada, sólo Gertrudis se mostraba incómoda.  Todos los horrores del mundo posmoderno estaban colgando como espada de Damocles sobre el cuello de su pequeña –como solía decirle-;  Gertrudis era puntillosa lectora de la prensa escrita, revisaba todos los diarios de pe a pa, y estaba al tanto del lado oscuro de la web.

-¡Todos esos estafadores buscando incautos y además esos malvados pedófilos!

De acuerdo, los embaucadores puede que sí, pero no entendía de qué manera podía Penélope ser amenazada por pedófilos. Más peligrosa podía resultar ella para éstos, porque los odia y es un azote con un paraguas en la mano.

Las cosas en el negocio iban cada día mejor, en los negocios, debiera decir. Mamá me regaló una impresora y tanto ella como papá estaban mucho más tranquilos ahora que lo laboral estaba resultando. Ella y las ancianas se habían hecho amigas –nunca como yo, claro- y  les mandaba fuentes con almuerzo de la cafetería que las viejitas encontraban riquísimo.

Todo iba a la perfección hasta que un día ocurrió lo más inesperado del mundo:

-Antonia –dijo Lisístrata-, no se si sabes que el primero de noviembre es día de todos los santos.

¡Quién no iba a saberlo! Todas mis compañeras salen a pedir dulces ese día, pero mamá jamás me ha dado permiso. Halloween es mi más total frustración.

-Nosotras lo festejamos todos los años en la parcela. ¿Te gustaría venir?

¡Sí, si, si, lo único que quería en el mundo era ir a una fiesta de Halloween, aunque fuera de la tercera edad! Es una lata mirar todo desde la ventana, sabiendo que allá afuera todo el mundo lo pasa súper mientras yo veo películas de miedo en el televisor.

Pero ahora se me presentaba lo más difícil de todo: convencer a mamá. Corrí a contarle y lo único que  conseguí fue que se quedara mirándome como si yo fuera un extraterrestre.

-¿Fiesta de Halloween, con las señoras?

-Señoritas, mamá, acuérdate, o se pueden enojar.

-Ya, señoritas, pero qué clase de fiesta es ésa, con invitados de más de ochenta años que quieren compartir con una niñita de doce. No, y estoy segura de que tu papá tampoco estará de acuerdo.

Yo no podía estar más en desacuerdo con eso. Apenas papá apareció por la cafetería, corrí a pedirle permiso antes de que mamá se opusiera y le mostrara todos los puntos malos del tema.

-¿Con las viejitas? Bueno, ¿pero no te irás a aburrir?

Rogué y rogué en vano, porque mamá estaba decidida a mantenerme lo más alejada posible de cualquier celebración. Ella opina que estas son cosas inventadas en el hemisferio norte y no tienen nada que ver con nuestra cultura.

Y entonces ocurrió algo inesperado. De alguna manera, las hermanas se habían enterado de mis dificultades.

-Buenas tardes –saludó alguien  desde el mesón-, ¿puedo pasar?

¡Era la propia Lisístrata! Habló y habló  hasta que convenció a papá –que no estaba tan en contra como yo creía- y luego atacó con mamá,  pidió y consiguió el permiso, contó maravillas de las tradiciones europeas, de lo que ella y sus hermanas solían hacer cuando eran jóvenes y al parecer vivían en Madrid.

De  pronto vi a mis papás interesados en el tema; Lisístrata continuaba explicando qué clase de gente asistiría –en general viejitas locas que se disfrazaban con sus mejores galas-, lo que se serviría -¡delicias, créanme!- y haría –algo de jugar al fantasma.

Luego  dijo que papá y mamá  podían ir a dejarme para que ambos vieran de qué se trataba y recogerme al día siguiente para no tener que salir tarde. Lo único que evitó, cuidadosamente, fue extender la invitación a mis padres. ¡Suerte para mi, ya veía que estaban muertos de ganas de ir!

Ahora sólo restaba un problema: ¿Qué ponerme? Tengo dos disfraces, uno lo usé para bailar cueca el año pasado. El otro es un traje de hada que me hicieron para una obra hace tres años, imposible ponérmelo. Cierto que voy a estar con unas ancianitas, pero ni así quiero ir con mi vestido de china, no se cómo puede habérsele ocurrido a mamá.

-Te queda precioso –me insiste.

Y yo, cómo le digo que sería ridículo, es Halloween, no es Fiestas Patrias. Ya sé que no podemos gastar en algo así, pero no puedo ir de china a una fiesta en casa de las viejitas más estilosas que existen. Es que ustedes no pueden imaginárselas siquiera. Con sus moños altos, sus peinetas de carey legítimo –eso es caparazón auténtica de tortugas marinas, algo muy poco o nada ecológico, pero ellas son tan antiguas como sus peines y no se han enterado de eso-, sus abanicos de marfil –oh no, eso también es un pecado porque incluye matar elefantes- sus trajes de seda natural que hacen frú frú cuando caminan por los pasillos polvorientos de la galería y sus mantones de Manila de esplendoroso colorido.  ¡Cómo será haber vivido en una época tan elegante? Seguramente Lisístrata  fue muy guapa antes de engordar tanto.

Estábamos en eso cuando apareció Penélope  a la carrera y casi sin aliento.

-¡Antonia, Antonia, Lisístrata se olvidó de un detalle. No te preocupes por tu disfraz, porque nosotras tenemos un montón para que elijas. Ah –y bajito, en secreto- y yo guardo uno precioso de  Alicia en el País de las maravillas, igual a los dibujos de la edición original. Te va a encantar.

¡Bacán! Mi problema había desaparecido. Tan rápida como llegó, Penélope se marchó y me dejó en la caja de la cafetería soñando despierta con el vestido que iba a usar. Si ella dice que es precioso es porque es mucho más que eso. Penélope es la más elegante de las tres. ¡No iba a estar tranquila hasta no verlo!

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Una aventura a la medida de Rena

3065774685_d8946652d3_oRena es la regalona de Ani y Pepe. Ellos la quieren, la visten y cuidan; la acuestan cuando tiene sueño y la sientan en el sillón recién retapizado cuando quiere tomar un poco de sol y mirar por la ventana.

Rena también quiere a Ani y Pepe, por eso se pone un poco triste cada mañana que ellos salen de casa para ir a trabajar. Ella se queda tranquila, durmiendo sobre la cama, bien tapadita, con su cabeza apoyada sobre su cojín favorito, el verde con dibujos, y sus suaves cornamentas bien peinadas y estiradas por las manos de Ani.

Cada vez que se cierra la puerta del departamento, Rena escucha el “pórtate bien” de Pepe y sonríe pensando en lo feliz que es con el hogar que los tres comparten.

Sin embargo, pasar parte del día sola no la emociona. En las mañanas intenta ver televisión, pero los programas no están pensados en una pequeña Rena, ella poco entiende de los comentarios de la prensa y las copuchas. Preferiría saber qué sucede con los otros renos que habitan el mundo o ver qué están haciendo Ani y Pepe fuera de casa en eso que ellos llaman trabajo.

A veces pasa un rato en el notebook de Ani, jugando solitario o viendo las fotos digitales que sus padres adoptivos han acumulado y que los muestran de vacaciones, en fiestas familiares y tardes de picnic. Esa sí que es diversión y no los días que Rena debe esperar a que Ani y Pepe regresen del trabajo.

Por eso un día martes simplemente Rena se aburrió de esperar. Ani y Pepe no lo saben, pero los renos no suelen esperar eternamente, no son de esos animalitos de peluche que se quedan de brazos cruzados. Tarde o temprano –y más temprano en el caso de Rena- la aventura los llama.

En este caso la aventura era descubrir qué cosa tan importante era lo que mantenía a Ani y Pepe fuera de casa. El plan original de Rena era esconderse en el bolso de Ani, pero los planes no siempre resultan como uno espera. Esa mañana Ani llevaba dos bolsos, una cartera más pequeña que había usado toda la semana anterior y un bolso grande y lleno de ropa y fue en ese bolso que Rena prefirió meterse, porque iba a estar más cómoda y sus cornamentas no se saldrían por los lados de la cartera.

Ani tomó los dos bolsos y los metió al auto. El viaje fue relativamente corto, lo que sorprendió a Rena. Siempre pensó que si salían de casa, viajaban muy lejos. El problema fue que Ani se bajó con el bolso grande, entró en una tienda y dejó el bolso ahí luego de hablar con la encargada. Rena no entendía mucho, unos calcetines se le habían colgado de sus orejas, lo que le dificultaba escuchar. Le costó trabajo abrirse paso a través de la ropa, pero cuando lo hizo y deslizó el cierre, se dio cuenta de que Ani no estaba y que en su lugar había una mujer mayor que nunca había visto. Rena pensó que Ani había regalado toda esa ropa a la señora mayor, lo que era un poco extraño, porque le parecía haber visto el pantalón favorito de Pepe. No quiso perder más tiempo, ya que temía que no podría ver hacia dónde iba Ani, así que saltó del bolso y corrió hacia la puerta del local, la empujó con fuerza y salió a la calle justo para ver el auto de Ani perderse en la esquina.

Si Rena hubiera escuchado en vez de adornar sus orejas con calcetines usados, se habría dado cuenta de que estaba en una lavandería y sabría que Ani volvería esa misma tarde a buscar la ropa para llevarla a casa. Le habría bastado esperar junto al bolso, incluso podría haber ayudado a doblar la ropa. En vez de eso, llegó corriendo a la esquina y no vio por ningún lado el auto de Ani.

Qué puede hacer una Rena sola en la calle, sin conocer a nadie. Eso era lo mismo que se preguntaba Rena con sus cornamentas caídas, por la tristeza de haberse separado de Ani. Si tan solo se hubiera quedado calientita en casa, durmiendo hasta tarde y sin pasar ningún peligro… Rena estaba dado rienda suelta a sus pensamientos, cuando pasó junto a ella Pepe en su bicicleta. Pepe se detuvo al verla ahí en la calle. Al principio no entendía nada. Luego de pensarlo un poco, siguió sin entender qué hacía Rena en la esquina de la lavandería. La tomó, la puso dentro de su chaqueta y se la llevó con él al trabajo.

Rena no podía creer su buena suerte. Le gustó eso de andar en bicicleta. Asomaba su nariz redonda por la abertura de la chaqueta de Pepe y dejaba que el viento moviera sus cornamentas. Esto del trabajo le parecía de lo más divertido. Aunque pronto descubrió que se trataba solo de una parte de la historia. Pepe llegó a la oficina al poco rato y escondió bien a Rena para que ninguno de sus compañeros se diera cuenta de que estaba llevando a su monito de peluche al trabajo.

Cuando llegó a su escritorio, se quitó la chaqueta y puso a Rena sobre la mesa, junto a la pantalla del computador y le pidió que se quedara tranquila mientras él trabajaba en sus diseños y llamaba a Ani para ponerla al corriente de las novedades. Pero Rena había estado tranquila por mucho tiempo, y al ver lo bien que había resultado su excursión matutina, ya no sentía deseos de detenerse. Además ahora que sabía a dónde iba Pepe cada mañana, quería familiarizarse bien con el lugar. Así que apenas Pepe le sacó los ojos de encima –solo por un par de segundos para servirse un café-, Rena había bajado de un salto del escritorio y comenzado a recorrer la vieja casona en la que trabajaba Pepe junto a otro grupo de diseñadores, que tomaban café en el escritorio, escuchaban música y reían contándose historias unos a otros. ¿Y esto es trabajar?, se preguntaba Rena. Porque eso era exactamente lo que Pepe hacía en casa, pero con ella y Ani, que ciertamente eran más queridas por Pepe que sus amigos del trabajo.

Aunque la visita había descolocado a Rena, no había sido lo suficiente como para desanimarla. Todo lo contrario. Trabajar le encantó. Aunque no le permitieron probar ni siquiera un sorbo de café –“no es para las pequeñas Renas”, le dijeron-, bailó y tarareó sobre los escritorios y escuchó historias sobre lugares de los que Pepe y Ani jamás le habían hablado y a los cuales tampoco la habían llevado, como el metro, la nieve y el Parque Forestal. Ahora quería ir a todos y ese mismo día si era posible.

A la hora de almuerzo, Pepe llevó a Rena a almorzar con Ani. Se juntaron en un pequeño restorán a medio camino entre sus respectivos trabajos. No fue un largo almuerzo, pero Rena nunca se había sentado en una silla de madera como esa ni visto meseras y meseros llevar comida en bandejas ni llevar cuentas a la mesa. Cuando terminaron, Rena se fue con Ani a su oficina. El lugar no se parecía en nada a la vieja y divertida casona de los diseñadores. Era una oficina grande y moderna, con poco colorido. La pobre Rena no sabía si podía tocar las blancas y pulcras superficies, temía dejar las marcas de sus manos por todas partes y meter a Ani en problemas. Mientras Ani trabajaba muy tranquila en su escritorio –ordenado en vez de sobrecargado como el de Pepe-, dejó que Rena recorriera el piso. Aquí no había música ni historias sobre lugares desconocidos y atractivos. Los compañeros de Ani trabajaban calladitos y descubrió que en la oficina más grande y que siempre tuvo la puerta cerrada, se encontraba el jefe, pero no le vio ni la punta de la nariz.

A Rena le dio pena que Ani tuviera que pasar su día en ese trabajo y pensaba que sería mejor que Ani aprendiera un poco de diseño y se fuera a trabajar con Pepe. Así ella podría ir también y ya no se separarían en las mañanas.

Rena estaba apoyada contra el notebook de Ani, y los ojos se le cerraban solos, cuando Ani comenzó a apagarlo. “Vamos, Rena, es hora de volver a casa”, le dijo. Se levantó y se metió dentro de la cartera de Ani. El día no había tenido tantas aventuras como ella pensaba y no todo lo que conoció le había gustado, pero estaba feliz. Feliz y con un sueño tan grande como el que no había sentido jamás. Eso de las aventuras estaba bien, pero tal vez no todos los días.

Alida Mayne-Nicholls

Periodista y Licenciada en Estética de la Pontificia U. Católica, la autora es miembro de la tripulación del Platillo Volador.

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