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Hay que reconocerlo: al Creador lo tenían lleno los dinosaurios, no quería saber más acerca de estos tipos que no permitían prosperar a las restantes especies y dejaban tras de sí una estela  de  destrucción por el simple hecho de echar una carrerita detrás del almuerzo. Y como si eso fuera poco estaba el problema de las heces: ¿Se imaginan lo que es un planeta lleno de enormes dinosaurios  sin hábitos de aseo? Dar un paseo por ahí era simplemente terrorífico, pero por otra parte tampoco vamos a juzgar a los dinosaurios:  ¡Era imposible que aprendieran nada con esos cerebritos  de juguete!

El Creador  dejó el problema a la suerte. Tuvo un encuentro secreto con La Naturaleza del  cual jamás, en 80.000.000 de años ha trascendido una palabra. El Creador dejó el problema en sus manos, de paso, además de encargarla de un problema que parecía insoluble,  la exponía al peor de los fracasos; hay que reconocer que nunca se han llevado muy bien, especialmente desde que esta última quiere arrogarse todos los éxitos del programa.

Y todos sabemos cómo se las gasta la Naturaleza. El daño colateral, más que molestarla, parece divertirla.

– Bueno, ya, que pase lo que deba pasar –dijo el Todopoderoso.

Y lo que pasó fue la extinción masiva del cretácico, frente a la cual las víctimas de las dos últimas guerras mundiales serían una anécdota. Entre los escasos sobrevivientes que hoy podemos nombrar están las tortugas, los cocodrilos, algunos dinosaurios que optaron por convertirse en aves y abandonar sus viejos hábitos y …el celacanto.

Sólo que por sesenta y cinco millones de años, todo el planeta estuvo convencido de que el Celacanto se había extinguido junto con el resto, porque después del cretácico, nunca más se lo volvió a ver. Sus únicas apariciones estaban registradas en roca de trescientos millones de años.

Nadie va a pensar que El Creador o La Naturaleza ignoraban lo que había sido del excéntrico pez o que este es tan genial que se encargó de dejarlos en ridículo, no,  pero lo cierto es  que nunca más se preocuparon del Celacanto, ni siquiera para adjudicarle unas medidas, paliativas –la especialidad del Creador- o evolutivas –favoritas de la Naturaleza.

Para la comunidad científica y la nomenclatura universal el Celacanto dormía el sueño de los justos.

Eso hasta 1938, cuando una encantadora bióloga británica, la señora Latimer,  encargada del Museo de East London, Sudáfrica,  fue llamada al Mercado para ver un extraño pez azul, con cuatro aletas de lo más locas y una cara que llegaba a dar miedo; tal como los espías viejos,  el Celacanto había regresado del frío.

La señora Latimer buscó a su pez en cuánto libro estuvo al alcance de su mano, pero no, nada del pez azul. Entonces, aprovechando lo único que quedaba del ejemplar, su esqueleto,  hizo cuidadosos dibujos y los envió  a un  paleontólogo.  Gracias a todos sus esfuerzos, el Celacanto se llama hoy  latimeria chalumnae. Para qué vamos a negarlo, el celacanto odió la denominación, pero como en todo aquello de origen burocrático, su opinión no fue consultada.

Cada cierto tiempo aparece un ejemplar por aquí, otro, por allá, siempre muertos. Los japoneses, expertos en arrasar con la fauna marina, sueñan con sumar un ejemplar vivo al cadáver que tienen en su principal acuario. Por el momento se consuelan mirando las escasas filmaciones que se han obtenido. Lo único bueno del asunto es que el Celacanto ni siquiera es comestible, su carne es demasiado grasa para ser consumida por el hombre, incluso por los chinos o los japoneses.

Los estudios de sus restos mortales  han dejado algunas cosas claras: en la base de sus aletas hay tres huesos que indican la formación de una pata:, húmero, cúbito y radio,  y en sus lugares más íntimos descansan los restos de un proyecto de pulmón. ¿Qué fue lo que ocurrió? ¿Alcanzó  el celacanto a probar las delicias de las vidas de los anfibios para luego, inteligentemente, descartarlas, o solamente se preparó para el gran suceso arrepintiéndose después?

Y ahí está el pobre, indignado por la situación. Todavía no entiende que el uso de redes de profundidad o dinamita por sus desagradables vecinos humanos le son letales. Se pasea por los mares de África e Indonesia y más de alguien espera ubicarlo en otras zonas. Se esconde,  y lo hace bien, ya tenía bien aprendido cómo ocultarse de los importunos, pero lo cierto es que el actual locatario de la Tierra ha resultado un hueso duro de roer. Es vox populi que la fauna completa ha enviado solicitudes para que el Creador ponga las peras a cuatro  a estos nuevos dinosaurios, pero ya saben cómo es Él; para todo se toma su tiempo.

Tampoco vamos a criticar a la Naturaleza. A ella no le queda más que esperar una orden, una simple  llamada. Nosotros la conocemos, es más que seguro que ya tiene varios planes de extinción y catástrofes anexas, no por viejo pierde sus rayas el tigre, y una de sus debilidades ha sido siempre los grandes espectáculos. Tarde o temprano, la próxima extinción masiva hará su debut.

Y  vaya si le ha costado aguantarse, en comparación con el Hombre, los dinosaurios eran niñitos de pecho.

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Sabido es que el Pavo Real se niega a recordar su oscuro pasado y se aprovecha, para ello, de que la Tierra era aún tan joven que el mismo Creador y la veleidosa Naturaleza parecen haber archivado los hechos en lo más profundo de sus memorias.

¿Oscuro pasado? Quizás sería más justo llamarlo…deslucido.  Pues sépase bien y que nadie lo olvide, porque  así fue el Pavo Real desde el principio de los tiempos,: ordinario y deslucido, gris y apagado, carente de la bella cola que hoy lo caracteriza, en cierta manera, similar a la hembra actual, pero opaco  y más bien feo.

No  es de extrañar entonces, que las hembras de Pavo Real vivieran soñando con los  Faisanes, los Papagayos, las Cacatúas  y, en fin, todas esas bellas aves   que pasean por el planeta   haciendo alarde de su exuberante plumaje multicolor.

Los Pavos Reales sufrían en silencio el desprecio de sus hembras. A fin de cuentas, por más que los días de éstas transcurriesen  en la añoranza de otros machos mejor engalanados, al final, era con ellos y sólo ellos que se veían obligadas a formar una pareja y eran sus genes los que marcaban el futuro de los huevos que empollaban en sus nidales.

Y probablemente así habrían continuado por los siglos de los siglos de no haber atinado a pasar por allí un Ave Lira. Apenas lo vieron  las hembras de Pavo  Real,  quedaron fascinadas  por su belleza y perfección y esta insensata pasión  desató el caos  entre los Pavos Reales.

En el curso de una semana, noventa por ciento de las familias de Pavo Real estaba en crisis y el cien por ciento de los noviazgos se había roto. Eso, claro, evitaba que las parejas del mañana  se uniesen sin amor, pero condenaba a la especie a una progresiva desaparición.

La situación  llevó a un punto de tan extrema gravedad que las hembras de Pavo Real redactaron  a toda prisa una solicitud  para El Creador y con un timbre rojo marcaron en la primera página la palabra URGENTE. En ella,  respetuosamente, las hembras  solicitaban cambio de especie. Querían, a la brevedad posible, convertirse en hembras de Ave Lira.

Como era de suponer para cualquiera que lo conozca,  El Creador  quedó escandalizado. No podía creer lo que estaban leyendo sus ojos. Arrojó lejos el documento y envió un Serafín de Pimera Clase a informar a las hembras de Pavo Real que, de no retirar ipso facto la demanda, emitiría, en respuesta, un Decreto de Extinción Inmediata de la Especie.

Pero la locura estaba muy lejos de terminar. Las hembras recogieron la solicitud y la reexpidieron  prestamente a la Oficina de Partes de La Naturaleza. Los Pavos reales, sumidos en el dolor, se fueron a llorar su desventura   a la selva y esperaron  humildemente el rayo justiciero del Creador.

El Creador no pudo dejar de compadecerlos. ¡Qué volubles podían ser las hembras de Pavo Real, no había derecho! Hasta le daba pena extinguir a estos pobres enamorados no correspondidos.  Además, estaba sumamente molesto. Era un hecho que ya no se le tenía la misma consideración que antes. ¿Qué estaba pasando en la Tierra?

Y entonces,como suele ocurrir, tuvo El Creador una de sus ideas brillantes. ¡Esas falsas  hembras  tendrían lo que se merecía! ¡Pasarían su vida  rogando por la atención de sus Pavos Reales! Tomó su pluma, garabateó apurado un nuevo decreto, imprimió su sello y firmó con la letra grande y segura que le es tan propia.

En la selva, simultáneamente, los Pavos reales sintieron que sus colas se volvían  cada vez más pesadas. No era todo, algo crecía también en sus cabezas, les hormigueaban las plumas.  Parecía que toda su sangre  giraba enloquecida por  las venas.

Los Pavos Reales alzaron el vuelo hasta la laguna más cercana a mirarse en las aguas. No podían creer lo que estaban viendo.  Un espléndido azul reemplazaba el antiguo gris y una hermosa cola, mucho más larga que la del Ave Lira, arrastraba por el pasto.

Repentinamente, acuciadas por un  raro llamado, las hembras se hicieron presentes y quedaron deslumbradas por estos machos magníficos  de origen desconocido. Apenas verlas, los machos sintieron que sus colas se desplegaban en espléndido abanico. El dorado, el esmeralda y el azul  casi las cegaban. ¡Qué perfección, que delicadeza,  que despliegue de color!

Enloquecidas por la pasión, las hembras olvidaron todo pensamiento sobre el Ave Lira y todavía las esperaba una sorpresa mayor: comenzaban a reconocer en estas aves maravillosas a los mismos que ayer  miraran con desprecio. Al poco rato, todas  corrían a mirarse en las aguas, esperando ansiosas que el cambio las alcanzase.

Todo en vano. El Creador las había privado de esa explosión de belleza para siempre y  no les quedaría otra que perseguir a  los  Pavos Reales hasta la eternidad,  rogando por su  amor  y envidiando para siempre lo que nunca podrían tener.

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Previo a  que el Hombre lo llamase como mejor se le antojó, el  Panda Rojo carecía de nombre y  vivía feliz en sus tierras del Asia. China, Bhutan,  Nepal y otros países le habían visto trepados a sus árboles por tanto tiempo que le conocían perfectamente y aunque no tuvieran la  posibilidad de compararlo con  mapaches, mofetas y otros mustélidos tampoco habían tenido la visita de zoólogos europeos que lo catalogasen erróneamente.  El Hombre que compartía su territorio, sin rebuscamientos, le había llamado por el sonido de su ladrido, Wha, y  luego le había rebautizado como Panda; posteriormente, al conocer de la existencia de un Panda de mayor envergadura y más visibles atractivos, curiosos zoólogos europeos le habían agregado el deprimente calificativo de Menor.

El Panda Rojo –o Menor-  sabe que son muchos los animales mal clasificados y, conocedor como es de la lentitud de la burocracia ha dejado de esperar la respuesta a la Solicitud de  Correcta Definición Taxonómica que elevó  ante La Naturaleza hace  casi 200 años. Durante largo tiempo  mantuvo indignada correspondencia con un francés de nombre Cuvier,  causante involuntario del estropicio, sin jamás recibir una respuesta de su parte.

Panda Menor  continuaba viviendo en absoluta  felicidad allá en sus montañas nevadas cuando, por una lamentable casualidad, sus ojos se posaron en las hojas amarillentas de un periódico  que el viento había arrastrado  hasta  su domicilio. Panda Menor creyó ver impreso un rostro conocido y se escurrió de su madriguera para comprobar sus sospechas.

Y claro, allí estaba, en cuatro columnas y a todo color,  el Panda Gigante, aquel vecino suyo tan lento y poco sociable que se ahbía apoderado de su nombre.  La fotografía  lo favorecía, pensó. Panda Gigante  era un vecino muy atractivo y a Panda Menor le habría encantado tener su tamaño, pero claro, el mundo debía saber que era muy difícil que ello ocurriese: Panda gigante era un úrsido y él, Panda Menor, un mustélido, era imposible que tuvieran en común algo más que el nombre mal catalogado por ese odioso Cuvier.  

Excitado por la novedad de que el Hombre se interesase tanto en un animal y esperando con ansias noticias de su  propia especie, Panda Menor  se dedicó a perseguir  las revistas y periódicos  abandonados por el Hombre, quería a toda costa disfrutar sus quince minutos de fama. A  poco andar, y luego de infinitas lecturas sobre Panda Gigante, comprendió que necesitaba desesperadamente leer un reportaje sobre sí mismo.

Pero la nota sobre Panda Menor y sus hermanos no aparecía nunca  y en su lugar, Panda Menor debió conformarse  con leer, una y otra vez, toda clase de noticias sobre  Panda Gigante. Incluso se enteró, con  profunda decepción, de que  sus vecinos tenían  también gran  cantidad de páginas  en Internet y que se había creado un programa con el sólo propósito de sacarlos de la lista de especies en peligro de extinción. Como si esto fuera poco, Panda Gigante era protagonista de todo tipo de  cuentos y películas para cine y televisión y su perezosa figura –algo entrada en kilos, juzgaba él- ocupaba  kilómetros de espacio en las jugueterías de la tierra.

A estas alturas, Panda menor tenía su autoestima por los suelos. ¿Cómo era posible que nadie recordase su existencia? Tanto tiempo viviendo en la proximidad del Hombre  lo había puesto en la categoría de especie vulnerable, pero nadie se afanaba en crear un centro especial para  control de su especie. ¿Es que nadie se interesaba en fabricar peluches de vivo color rojo y decorativa cola listada? ¿Se vería obligado a teñir su pelo y usar un parche en el ojo para  satisfacer  el sueño de una portada en papel couché?

Panda Menor se encuentra resignado a vivir a la sombra de su famoso tocayo, pero se niega a aceptar que lleve el nombre de Panda Gigante. Por largo tiempo ha litigado ante la justicia  con el  propósito de  arrebatarle legalmente dicho apelativo, pero no ha conseguido evidencias que prueben sus asertos.  No le queda más que continuar viviendo en el anonimato  a la espera de aquel periódico genial que lo presentará al mundo   con todo el rimbombo que su especie merece: a cuatro columnas y con fotografías a todo color.

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207861606_81a5ca83edEn el principio de los tiempos, todo Murciélago que se respetase dormía  confortablemente en una camita de ramas y hojas verdes. Diariamente, mamá Murciélago  recogía  todo lo necesario y,  apenas asomaba el sol, se acomodaban a dormir hasta que el gruñido de la barriga vacía los invitase nuevamente a unirse a reino de la oscuridad en busca de alimento.

Porque, claro, ellos siempre fueron de hábitos nocturnos, a tal punto que para orientarse en  sus incursiones noctámbulas prefirieron usar sus oídos y, de paso, se vieron obligados a cultivar un chillido ultrasónico para terminar con las quejas de los  animales que dormían de noche,  que ya no aguantaban un día más insomnes a causa de lo muy revoltosos que eran sus vecinos.

Todo iba viento en popa hasta que , un día, un Murciélago más avispado que el resto tuvo edad suficiente para  abandonar  el nido de mamá, y al llegar la hora de ir a dormir descubrió, sorprendido, que  debía hacer su cama personalmente.

El primer día, desesperado, decidió que pasaría el día en vela. Terrible decisión: la luz solar  hería sus ojos y lo enceguecía de tal manera que  se cayó del árbol. De no haberlo detenido violentamente una rama pinchuda, habría muerto al tocar tierra.

Debería haberse sentido satisfecho, de no  mediar el hecho de que estaba pinchado y arañado por todas partes.   Incluso se había hecho un siete en un ala, de la cual costó mucho que sanara. Además, forzado  a pasar el día en vela, descubrió una verdad  espantosa. Los  Búhos, Lechuzas y otras rapaces nocturnos se aprovechaban de los pobres Murciélagos dormidos, cazándolos en grandes cantidades. Aterrorizado, comprendió cuál era la razón de que tantos amigos desapareciesesn de la mañana a la noche y decidió contarlo a la Asamblea del Pueblo Murciélago apenas pudiera.

No hubo tiempo para ello. Su  madre llegó volando apenas  se encendió la primera estrella, escandalizada porque había sabido que su hijo pasaba el día despierto.

-¡Cómo es eso de que no quieres hacer la cama! –lo regañó.

-¡Odio hacer la cama! –se quejó Murciélago.- ¿Por qué no me la haces tú, mamá?

-¡Qué descaro, ya estás demasiado crecido para aprovecharte de mamá! –respondió ella indignada-  Pero eres mi hijo, y te ayudaré. Cuando amanezca, en vez de recoger ramas y hojas, vuela hasta  los trigales y trae paja seca. Tendrás un lecho tan confortable como el de un rey.

Cuando llegó el alba, corría un vientecillo, Murciélago no lograba mantener armada su cama de paja y nuevamente tomó la decisión de permanecer despierto.

Por la noche, su madre ya había sido enterada de las excentricidades de su hijo y traía la solución  bien pescada entre sus dientes. Se trataba de unos bellos cuadraditos blancos de orillas bordadas.

-Los robé del tendedero del Hombre –anunció-, no se te ocurra mostrarlos.

Murciélago llevaba dos días sin dormir, picoteó una fruta,  atrapó un par de insectos, acomodó  sus pañuelos en una rama y se quedó profundamente dormido. Roncó toda lanoche y  cuando empezaba a amanecer, fue despertado por los Murciélagos Ancianos.

–   Hemos tenido consideración por tu madre, esa buena Murciélago –comenzó el más anciano-, pero la situación es intolerable. Todos los Murciélagos comentan tu rebeldía y esta noche has roncado tan fuerte, que ponías sobre aviso a  los insectos y por tu culpa, esta es la primera vez que tantos Murciélagos se irán a dormir con la barriga vacía.

–         Por lo tanto –dijo el segundo Anciano – estás expulsado del bosque, nunca más queremos saber de ti.

   -Pero, ¿qué puedo hacer, adónde iré? –preguntó Murciélago.

-Eso es cosa tuya –respondió el tercer anciano-, pero en lo más profundo del bosque hay una caverna deshabitada, quizás allí puedas acomodarte.

Triste y desconsolado, Murciélago partió de inmediato a buscar la caverna hasta que finalmente dio con ella. El techo de la caverna estaba lleno de raíces de los árboles, algunas bastante gruesas. Era, además, húmeda y muy oscura. Murciélago descubrió que eso era muy grato para sus ojos; revoloteó  por su nuevo domicilio  hasta conocer todos sus rincones y luego buscó donde acostarse.

Pero no encontró un sólo lugar donde acomodarse. Finalmente, agotado, se colgó de una raíz, pero tan agotado estaba que se dio media vuelta sobre sus  garras y quedó colgando  cabeza abajo. Después, no tuvo fuerzas para  pararse y se durmió en tan incómoda posición.

Cuando despertó, la caverna estaba más oscura aún, si eso era posible. Buscando la razón, Murciélago salió de ella y supo que ya había caído la noche;  las tinieblas del bosque hacían aún más tenebroso su nuevo domicilio.

Y no fue su único descubrimiento. Murciélago se sentía más descansado y  tranquilo que nunca antes. ¡Esto debían saberlo los demás Murciélagos!

Voló por el bosque hasta que encontró a sus congéneres. Estaban  muy tristes porque los Ancianos habían desaparecido durante el día y no tenían quién los guiara.

-Se los deben haber comida las aves rapaces –dijo Murciélago.

Y, con pelos y señales, contó a su familia lo que había visto mientras pasaba el día despierto.

Los Murciélagos estaban desesperados. ¿Qué harían para conservar su vida ahora que sabían que  los devoraban mientras dormían?

Una vez más, Murciélago tenía la respuesta.

-Nunca, en toda mi vida,  dormí tan bien como en la caverna –contó-, es segura, no hay luz que nos moleste mientras dormimos y ningún animal se meterá allí para cazarnos.

Por supuesto que cuando llegaron allí no todos estaban tan entusiasmados.

-¿Dónde tenderemos nuestras camas? –preguntaban las madres.

-¡Ya no son necesarias! –explicó Murciélago-,  es mucho más cómodo dormir colgados de cabeza y lo mejor de todo es que nunca más hay que hacer la cama.

Con eso, convenció a todos los machos, que rápidamente se acomodaron a pasar la noche colgando de raíces y salientes. Las hembras reclamaron un poco, pero no tardaron en comprender que dormir allí salvaría las vidas de sus crías. En una semana, todos se habían  acostumbrado a su nueva vida.

Y lo mejor fue que, al no volver a ser vistos de día por el bosque, los Murciélagos se hicieron famosos como seres de la noche y, como aterrorizaban a todos,  nunca más supieron lo que era dormir con miedo.   

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Por Alida Mayne-Nicholls

La agente Marla se había enfrentado a casos muy difíciles desde que se había graduado de investigadora. Ese evento le había cambiado la vida, como ella siempre había querido. Ahora se encontraba a pocos días de celebrar su primer aniversario como agente, pero estaba tan ocupada con un nuevo caso que no había tenido tiempo siquiera de pensar en cómo iba a conmemorarlo.

“Ya habrá tiempo de pensar en aniversarios”, se había dicho a sí misma durante algunas mañanas, con tanto convencimiento que prácticamente lo había olvidado. Su madre, que seguía siendo una gallina ponedora de gran renombre en la granja, había realizado esfuerzos infructuosos por conseguir la atención de Marla. Y no necesitaba mucho: un listado de sus amigos y la confirmación del día y hora de la fiesta. Ella se encargaría de todo lo demás, desde las decoraciones a la comida. Pero cada vez que trataba de hablar con Marla, ella andaba recorriendo la granja con su lupa, o revisando pistas en el microscopio, o metiendo en bolsitas de plástico las evidencias que encontraba.

Ni siquiera cuando Marla atrapó al ladrón de los guisantes las cosas cambiaron. Estaba demasiado ocupada en revisar por tercera vez la evidencia, para que en el juicio no se cometiera ningún error que pudiera dejar libre al ladrón.

Cuando terminó el juicio –en el cual hubo una inapelable sentencia de “culpable”-, la agente Marla tampoco se dio el tiempo de atender los llamados cluecos de su madre. Ya el mayor Tricho le había hecho llegar una nueva asignación. El caso se veía complicado, de hecho, le parecía que podía tratarse de varios misterios condensados en uno solo, debido a que había habido robos de las más diversas especies, algunos tomados de la mismísima despensa de la casa grande: harina, aceite, papeles de colores, frutillas… Y la lista seguía ampliándose con el correr ¡de las horas!

La agente Marla comprendió rápidamente que no podía perder tiempo en esta asignación, porque el ladrón –aunque posiblemente se trataba de toda una pandilla- actuaba a cualquier hora del día. En algunas ocasiones se denunciaban robos apenas minutos después de que la agente Marla hubiera abandonado la escena del crimen. No podía entender cómo un grupo tan sigiloso de seres la estaba sacando de sus casillas, a ella, que siempre se dejaba guiar por su intelecto.

El principal inconveniente era que el o los ladrones eran muy cuidadosos. La mayor parte de las veces no conseguía ninguna pista, nada, ni siquiera la huella parcial de una pata de gallo. Al principio le había sorprendido la sagacidad de los ladrones, luego la sorpresa se había convertido en desazón. Había llegado a tal extremo su pesar, que temía que no podría resolver el caso. ¿Y qué pasaría entonces con su reputación? Después de todo, la agente Marla tenía un registro impecable y en su hoja de vida sólo había reconocimientos y felicitaciones. No podía manchar eso con un “caso no resuelto”.

Tenía ya una gran colección de robos relacionados con el caso y tan poca evidencia, que pensó que lo apropiado sería no seguir dejando sus propias patas marcadas en el suelo de tanto andar, y encerrarse en su cuarto a pensar. Si el ladrón era tan inteligente, entonces necesitaría pensar con más claridad que nunca para descubrirlo. Aunque no tenía muchas pistas, tal vez podría llegar a pensar como él y si lo pillaba con las manos en la masa, eso contaría para cualquier jurado.

La agente Marla cerró con llave su cuarto y se sentó en un pequeño taburete, mirando hacia la pared. Era como si su madre la hubiera castigado, pero lo cierto es que no quería interrupción ni distracción alguna. Se apoyó en sus rodillitas y se puso a pensar, pensar y pensar. Su mente no se detuvo y, de pronto, se dio cuenta. Se llegó a caer de espaldas de la impresión, dejando que algunas de sus plumitas se desprendieran y volaran por los aires. Muy compuesta se levantó, arregló su plumaje y abrió la puerta.

Claro que había una pista. En todas las escenas del crimen había visto lo mismo. No le había dado importancia, no lo había relacionado con el ladrón, porque la marca aparecía antes del robo. ¡Los lugares que iban a ser asaltados eran marcados antes! Y ella había visto esa marca aparecer en un nuevo lugar. Si se apuraba llegaría antes que los ladrones hubieran partido y los esposaría en el acto.

Se acercó hasta el gallinero, y notó más movimiento del que ya tenía un gallinero lleno de gallinas ponedoras. Pensó que los ladrones ya estaban adentro, así que corrió, derribó la puerta y ¡los sorprendió en el acto! O más bien, la sorprendieron a ella en el acto. Porque al echar abajo la puerta, se dio cuenta de que no había ladrones, sino una fiesta para celebrar su primer año como agente. Su madre lo había planeado todo con el mayor Tricho, sabiendo que lo único que podría llamar la atención de Marla era un caso de difícil resolución. Así que la agente Marla olvidó el caso –“aunque de todas maneras lo resolví”, pensaba ella- y se dedicó a celebrar con sus amigos.

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2778316030_4a6c9ba594Apenas instalados en las llanuras de África, los avestruces exhibieron claras  señales de dimorfirsmo sexual:  los avestruces machos, de lujoso plumaje negro ribeteado de blanco en las colas,  se  mostraron también como excelentes padres. Pasaban  todo el día pendientes de los huevos y apenas    los polluelos salían de ellos, los machos corrían de aquí para allá, preocupados de que ninguno se extraviase y de vigilar  la zona para impedir que los chiquitines se convirtieran en la cena de algún predador de gran tamaño.

Las hembras, cuyo plumaje era gris y carecía de las  elegantes plumas de la cola, eran muy diferentes. Era fácil pensar que habían tenido suficiente con la postura de los huevos; eran madres  indolentes, más preocupadas por su embellecimiento personal y la conquista de machos guapos que por el bienestar de sus pequeñuelos. Sin  embargo, insistían en  mantener una imagen de madres solícitas y no dejaban que los padres  participaran de la crianza.

A causa de este descuido, era muy común que las crías sufrieran caídas o  se expusieran a situaciones peligrosas y  ahí si que las avestruces hembras ponían el grito en el cielo para  lograr que los  desesperados padres solucionaran el problema.

Así, saltando de crisis en desastre, los padres no tenían un momento de tranquilidad.  Ya casi no se alimentaban, apenas si tenían tiempo para  descansar  antes de que el grito desesperado de una madre  interrumpiera su sueño  pidiendo que alguien, por favor, rescatara a su  chiquitín. Tanta era la presión, que  sufrían  ataques de pánico y ahogos que no sabían cómo superar.

Tratando de dar un corte a la situación, los avestruces machos  enviaron una solicitud a las Oficinas Centrales de la Naturaleza, que, en resumen, decía lo siguiente:

“…solicitamos a La Naturaleza que resuelva  acerca del comportamiento indolente de las madres avestruces,  aplique las sanciones correspondientes y exija firmemente que se  comporten como madres responsables.”

La  respuesta no tardó en llegar, pero fue tan decepcionante que, cuando fue leída, algunos avestruces derramaron lágrimas mientras otros sufrían  principios de desmayo:

“Considerando los principios básicos de no intervención y las leyes irrevocables de la evolución,  La Naturaleza ha decidido  que el conflicto entre los avestruces debe ser resuelto  de mutuo acuerdo entre las partes y les propone, para ello, participar en el  curso –taller  “Evolución, una nueva mirada…”

Los avestruces machos dejaron de leer y se  miraron desconsolados. ¿Qué podían hacer? Todo favorecía a las madres avestruces y los grandes perjudicados resultaban ser los  polluelos

Asistieron al curso y fueron estudiando con ahínco  los nuevos principios de la evolución, que se preparaban  para ser descubiertos por un tal Darwin dentro de varios millones de años. A las avestruces madres ni  se les vio por allí, pero ellos aprobaron con distinciones.

Poco tiempo después,  al primer grito de socorro  por un polluelo perdido, las  madres avestruces  fueron sorprendidas al ver que los machos que venían en su rescate estaban acompañados por un oficial de La Naturaleza.

-¿Qué hace este oficial aquí? – Preguntaron.

-Ha venido a ser testigo de vuestro comportamiento irresponsable con nuestros hijos – expresaron con firmeza los avestruces padres.

-¡Sois unos acusetes! – gritaron las hembras.

Y los machos respondieron a coro:

– ¡Sólo somos  admiradores de las teorías de la evolución, que quieren pasar de la palabra a la acción!

Y el oficial, desenrollando un gran  rollo de papel, leyó:

-Se faculta a los avestruces padres a ser los encargados de la crianza de los polluelos y se despoja de la tutela a las madres por su desidia e irresponsabilidad con las nuevas generaciones de la especie…

Y siguió leyendo tanto rato que las avestruces  hembras se aburrieron y se fueron a peinar mirándose  en las aguas del estanque más próximo.  La tardanza dio tiempo para que pensaran en que se habían librado de una buena tarea  y, felicísimas, se fueron a  conquistar nuevos galanes.

Sólo para molestar, interpusieron un recurso que pedía se les restituyera la custodia de los polluelos en caso de que los padres  omitieran una sola causal de la resolución de La Naturaleza.

Los padres estaban felices. Cada uno de ellos se  hizo cargo de una gran parvada y  adquirieron la costumbre de pasearse  con ella por la llanura. Todavía se les puede ver haciéndolo.

Pero, por si acaso, siempre están revisando todos los rincones para ver si un polluelo se ha quedado atrás y cuando alguno desaparece por un breve lapso de tiempo, sufren sus conocidos ataque de pánico, y para solucionarlo, esconden la cabeza en el agujero más cercano y respiran allí hasta que se recuperan del sofocón.

 

Nota: efectivamente, los avestruces machos se encargan del cuidado de los polluelos y suelen estar a cargo de una gran cantidad de ellos.

El dimorfismo sexual son las diferentes características que entre machos y hembras muestran las especies,por ejemplo, tamaño, color, canto, etc..

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