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Posts Tagged ‘dientes de sable’

Dos soles habían pasado cuando  los dos niños y el Viejo de las Palabras  llegaron, por fin, al Valle  Verde. Si hubieran  podido llevar cuenta  del tiempo transcurrido,  sabrían  que  casi ocho días antes habían comenzado su peligroso viaje.

A decir verdad, no era mucho el sol que había iluminado las últimas jornadas. Un  viento tibio había soplado a diario, empujando  por el cielo pesados nubarrones  que  a cada momento  se descargaban  y empapaban la tierra. Aún así, los viajeros no estaban preparados para el rápido cambio que había experimentado el Valle Verde, que gracias a la lluvia había hecho honor a su nombre en una auténtica  fiesta de la naturaleza.  Aquí y allá, verdeaban las praderas que antes de su partida, ellos  vieran  todavía mustias por el invierno y la sequía y ya asomaban  capullos de flores por todos lados.

Sobre tanta belleza  zumbaba una nube de mosquitos  hambrientos que  se  arrojó sobre los viajeros,  tratando de encontrar  algún punto de sus cuerpos  que no estuviera pintado por el lodo amarillo de la laguna.

Junto con la primavera, habían regresado los herbívoros. Manadas de ciervos de los pantanos se desplazaban hacia el norte en busca de los pastos ya maduros y  en las riberas del Río que Brama  se veían las primeras   bandadas de emplumados, patos y garzas,  con su característico bullicio.

¡Había finalizado el tiempo frío! La temporada generosa comenzaba para todos, el clan y los animales.  El calor y el agua  hacían renacer  los pastos y  el verdor de estos  invitaba a todo tipo de vida, que se alimentaba la una de la otra. Hasta el viejo megaterio muerto había sido reemplazado por un joven ejemplar de piel rojiza que rascaba su espalda contra los árboles más altos del bosque.

Bordeando el bosque, escondiéndose entre sus ramas, Lino, Tai y Tahuma avanzaron por el valle en dirección al campamento. Si mantenían el paso, podrían estar llegando allí  por la noche o cerca del nuevo amanecer. Tahuma y Tai estaban animados3941048480_60b360f957; el viejo,  olvidado el dolor de sus piernas,  hacía planes para relatar al clan los acontecimientos vividos  y Tai, entusiasmado con la gran cantidad de hierbas e insectos, no paraba de recoger muestras para llevar al Hombre-Medicina.

Sólo Lino estaba sombrío.  ¿A  qué se arriesgaba, qué le deparaba la proximidad del clan? Quizás ninguno de sus seres queridos estaba con vida y, si ese era el caso, apenas pisara el campamento, el traidor Sibán lo haría prisionero. Era muy posible que esa misma noche se le sacrificara junto al fuego. Sibán bebería su sangre y el Hombre-Medicina arrancaría su corazón para que el nuevo jefe se apoderara de su fuerza.

¡Jamás! Lino no rendiría su vida como un débil conejo. Si era forzoso, llevaría una vida solitaria por el resto de sus días. ¡Lino era capaz de  cazar, de defenderse de Mulkan, de pescar; de salvar la vida del pequeño Ranú, Lino no se entregaría a Sibán por nada del mundo!

-¡Detente, viejo! –ordenó.

Tahuma y Tai le obedecieron. Lino trató de ordenar en su mente las  ideas que se le atropellaban como ciervos desbocados.

-¿Qué es lo que lo quieres, Lino? –preguntó Tahuma.

-Lino no regresará al campamento, viejo. Si lo hago, puedo  morir. Lo he pensado bien y prefiero  ser un solitario. Hoy cazaré un ciervo y  buscaré un lugar donde refugiarme.

-Lino, ¿recuerdas la cueva que encontramos cuando buscábamos lagartos? –Era Tai quien preguntaba.

-¡Es cierto, Tai, la había olvidado.  Allí llevaré mi ciervo y tendré una piel para abrigarme y mucha carne para secar!

-¡Vamos a cazarlo, Lino!

Tai era demasiado optimista, pensó el viejo. Una cosa era cazar  un pato, pero el majestuoso ciervo de los  pantanos  era algo muy diferente.

-Tahuma te ayudará, Lino. En nombre de Kuma, tu padre, que siempre  escuchó mis palabras.

Lino reptó silencioso como una fiera hasta la manada de Targa. Sería mejor dejar atrás al viejo, pensó, era demasiado bullicioso. Se  arrastraba como una serpiente  moribunda, aplastando ramitas y pastos secos, avisándole a todo el valle que allí había comida fácil. ¿Es que ya había olvidado cómo se hacía? Por fortuna, tenían el viento en contra y no serían detectados por el olor.

En cuanto tuvo la manada a tiro,  Lino seleccionó su objetivo; un joven ejemplar de unas dos semanas. Ya corría bien, tenía patas firmes, pero no conocía la pradera y se alejaba demasiado de la madre, saltando  por allí en busca de nuevas sensaciones. Era un crío todavía, pero el mismo Serak acechaba crías, también Mulkan y no perdían su honor por eso. Y Lino no tenía en su mano el poder de herir a un ejemplar más crecido.

La manada de Targa pastaba tranquila, pero siempre pendiente de lo que ocurría a su alrededor. La cornamenta de Targa ya estaba crecida, aunque no había alcanzado todo su esplendor. Se pavoneaba delante de las hembras, las acosaba, ponía en su lugar a los machos jóvenes que tenían la peregrina idea de  dudar de  su grandeza.

 

No lejos de allí, dos pupilas amarillas se clavaron en Targa. Era demasiado fuerte Targa. Estaba bien armado con su cornamenta. Los ojos amarillos  buscaron  un poco más y dieron con una hembra de vientre hinchado, casi incapaz de correr. Mucha carne. Pupila Amarilla extendió una  zarpa y sus enormes garras  se clavaron en la tierra. También vio la cría saltarina. Estaba unos metros más allá, no  lejos de su madre, saltaba y jugaba persiguiendo una enorme mariposa blanca.  Dos  presas disponibles para Pupila Amarilla. Satisfecho, Serak se agazapó; su cuerpo tenso como un arco, fijos los ojos en la hembra próxima a parir.

Repentinamente, algo se movió en el campo visual de Serak. Un pequeño. Estaba viejo y costaba entender cómo se había aproximado tanto a Targa sin ser notado. Otra posible presa. El  cerebro de Serak no estaba preparado para elegir entre tantas opciones. A Serak le gustaba la carne de los pequeños, pero éste estaba viejo, seguramente no tendría mucho que  comer, lo mismo que la cría, y Serak tenía mucha hambre después de ese largo invierno.  Cazaría la hembra y después, si alcanzaba, mataría al pequeño. Es más, era casi seguro que mataría al pequeño; sería demasiado fácil para el tigre de los dientes como puñales.

El rastreador levantó la punta de la nariz y una decena de olores se atropellaron  en ella. La carne de Targa, el ciervo de los pantanos,  los pastos frescos, las flores, y por sobre ellos, dominante, la orina fuerte y penetrante de un felino. ¡Serak, el tigre de los dientes como puñales,  también estaba al acecho! Sin una palabra, respirando apenas, el rastreador levantó una mano y ordenó a sus cazadores que estuvieran preparados. El rastreador sabía que contaba con tantas lanzas como dedos en una mano, más que suficiente para dar muerte a dos ciervos de los pantanos. Sólo faltaba un detalle; había que pensar en qué hacer con Serak, que seguramente se les echaría encima en cuanto  derribaran  sus presas.

El rastreador levantó apenas la cabeza  por entre la hierba. Nada se movía. Los emplumados callaron y un pesado silencio cayó sobre la pradera.  Targa, inquieto, dejó de comer y levantó la cabeza. El rastreador se paralizó. Una bandada de emplumados pasó chillando sobre los árboles.  Nada. Confiado, Targa continuó  pastando. La cría de Targa correteaba cerca de unos arbustos. El rastreador se preparó para saltar al ataque, pero en eso, algo totalmente inesperado ocurrió.

Una esmirriada figura ululante se abalanzó hacia  el hijo de Targa. Era Lino.  Cubierto de lodo reseco, el niño saltó hacia la cría como empujado por un resorte; la lanza fuertemente agarrada en la mano derecha. Más que correr, volaba sobre la hierba y cuando arrojó el arma, el tiempo pareció detenerse.

La lanza voló rauda hasta la cría de Targa y  cuando ya parecía que el cervato alcanzaría a huir, se clavó fuertemente en su pata trasera. La cría cayó y entonces todo en la pradera se convirtió en un infierno.

Serak saltó hacia la hembra en el mismo instante que Targa iniciaba la fuga. Tahuma se puso de pie y rengueó detrás de Lino. Los ciervos corrían desesperados  en dirección al norte y Serak  les pisaba los talones.

Al mismo tiempo, un coro de aullidos se desató en la pradera. Cinco pequeños habían despegado su cuerpo de la tierra y corrían hacia la manada. Serak se detuvo y los enfrentó rugiendo fieramente. Sus  zarpazos abatieron a uno, pero los otros  lo atacaron  como pequeños demonios. Serak   volvió  sobre sus pasos y  en las pupilas amarillas se grabó otra escena: la cría de Targa herida, que se arrastraba, y junto a ella, una cría de pequeño, con el rostro pintado de amarillo y una maza de piedra en su mano, lista para aplastar la cabeza del cervato caído.

-¡Lino, arranca, arranca!

¿Esa voz? Lino se volvió justo a tiempo para ver a Serak corriendo hacia él. Lo aguardó de pie, enarbolando  la maza  como un auténtico guerrero. ¿De quién era esa voz?

-¡Arranca, Lino, no te quedes ahí!

¡Era Kuma, estaba vivo! Lino vio con asombro cómo los cuatro cazadores  corrían  hacia Serak. Kuma arrojó su lanza, que  pasó rozando  el lomo del tigre. Los cazadores aullaban y se acercaban  listos  para atacar. En el último momento, Lino hizo exactamente lo que le había ordenado su padre, retrocedió.

Serak  quería el cervato, se conformaría con él. Los  pequeños habían espantado la manada y Serak había perdido a la hembra preñada, pero eran demasiados pequeños y Serak  los conocía bien; los pequeños eran buenos cazadores; capaces de enfrentarse con cualquiera y darle muerte. Y eso incluía a Serak. Hirviendo de furia, el tigre de los dientes  como puñales, abandonó la presa y  corrió hacia el bosque.

-¡Padre!

-¡Lino, el Hombre-Medicina dijo que te había llevado la Madre Tierra!

-¡No padre, no estaría vivo si la Madre Tierra no caminara conmigo y con Tai!

Todos habían llegado junto  a ellos. Al final, combado bajo el peso de la cría de Targa, apareció el Viejo de las Palabras.

-¿Qué haces  aquí, Viejo de las Palabras?

-Tahuma, padre, su nombre es Tahuma.

-Traje la presa de Lino, Kuma.

Tai llegó rengueando hasta ellos. Admiró el cervato muerto.

-Ya tienes tu primera piel, Lino.

-¿Y Sibán, padre, dónde está Sibán?

-Sibán  camina en los senderos de la muerte, Lino, junto a Maki y Gola.

¡Eran sus túmulos los que vieran en la montaña! ¡Qué bueno que no había escarbado en ellos para ver si se trataba de su padre!

-Sibán quería traicionarte, padre.

-Lo intentó, Lino, pero  la gran Ranú salvó mi vida. Ahora, Ranú es mi tótem protector.

¡Parecía mentira! ¿Ranú había salvado a Kuma y a Lino al mismo tiempo? Eran demasiadas emociones para un solo día.

No sería necesario un túmulo para el cazador muerto. Los cazadores llevarían su cuerpo para que las mujeres se arrancaran el pelo y  lloraran por él.  El cuerpo del caído fue amarrado al  tronco de un árbol nuevo.

-Volvamos al campamento, Lino. Esta vez, llevarás tu primera presa y esta noche, cuando la compartamos, Hombre-Medicina sabrá que pronto serás un cazador.

¡Un cazador, como su padre, como el padre de su padre y así hasta los tiempos olvidados!  El pecho de Lino se hinchó de orgullo,  pero no podía olvidar lo más importante; fue hasta donde estaban Tahuma y Tai y enfrentó a su padre con la cabeza en alto:

-Y también Hombre de las Palabras, padre. Tahuma me enseñará. Y dentro de muchas lunas, cuando Tai sea Hombre-Medicina, tú escucharás las palabras en mi fuego. 

Kuma lo miró sorprendido. ¿Qué más quería su hijo? De repente iba a salir queriendo ser el nuevo jefe. Los cazadores reían. Digno hijo de Kuma, ese Lino. Kuma  palmoteó la cabeza de su hijo con afecto. Lino, pensó, era sangre y carne de Kuma. Algún día sería Hombre de las  Palabras, cierto, pero cuando los huesos de Kuma se debilitaran, Lino sería un gran jefe para el clan. Los Cazadores  que vinieron del Norte tenían el mañana asegurado.

El sol empezaba a caer. Los cazadores tomaron el camino al campamento. Mañana sería otro día; otro sol, nuevas presas en la pradera. Este sería un  buen tiempo para todos.

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3327648181_5d48456661Nunca se había visto en el Valle Oscuro un grupo tan extraño como el  que bajó de la montaña.

Se trataba de tres  pequeños que se encontraban en muy mal estado, cubiertos de lodo y rasguños; el más alto cojeaba lastimosamente y utilizaba una lanza quebrada para apoyarse. El grupo era encabezado por un niño delgado y nervudo, que iba muy atento a lo que sucedía a su alrededor y no se despegaba de  su lanza. Junto a él, y eso sí que era raro, caminaba una cría de mastodonte que ya lo aventajaba por más de una cabeza.

Aunque los árboles son el lugar que Serak escoge para acechar a sus presas, el grupo  prefería caminar entre ellos, como tratando de pasar  inadvertidos, lo que no es nada de fácil cuando uno marcha en compañía de un mastodonte, por pequeño que sea.

El Valle Oscuro es mucho más grande que otros, sus pasturas son altas y están siempre frescas, gracias  a la laguna que le proporciona humedad.  La laguna es también la causa de que muchos bosques se levanten aquí y allá. Los árboles se empinan por las laderas de las montañas y cubren muy bien las cavernas donde se ocultan Serak y Mulkan; pero no hay ser vivo que lo olvide, porque  ellos son los amos del Valle Oscuro y se lo reparten sin pelear: Mulkan sale de día, hurga en los troncos por insectos y miel y pesca en las aguas  turbias de la laguna; cuando tiene mucha hambre, sale de caza. Serak afila sus grandes colmillos en las rocas, caza de noche y es raro que pierda una pieza. Durante el día, dormita en su cubil o se tiende al sol perezosamente.

Los demás habitantes del valle duermen con un ojo y velan con el  otro. Al menor chasquido entre los árboles, huyen lo más  lejos que pueden. Hay paleollamas y guanacos y en las marismas que se extienden más allá de la laguna pastan los ciervos de los pantanos. Todos ellos son grandes y robustos, aunque nunca tanto como los megaterios o milodones, que algún día serán tan pequeños que treparán a los mismos árboles que suelen derribar de tanto rascarse el lomo contra ellos.  En la primavera, el ciervo de los pantanos  se corona con una magnífica cornamenta e inicia su período de cortejo.

Lino condujo a Kiya hasta un riachuelo que se alimentaba de la laguna, donde el joven mastodonte  bebió hasta saciar su sed y jugó largo rato a arrojarse agua en el lomo. Después debió pensar que estaba demasiado limpio, de modo que se tumbó  en el lodo y se restregó con entusiasmo para deshacerse de los molestos insectos que pululaban sobre él. Lino, Tai y Tahuma siguieron su ejemplo y después de refrescar sus cuerpos fatigados, escarbaron en la orilla para sacar lodo amarillento y  se pintaron las caras y las extremidades. Los pantanos bullían de enormes mosquitos y tábanos.

Con un certero lanzazo,  Lino capturó un pato gordo y sabroso cuya sangre chuparon hasta la última gota. ¡Qué reconfortante era la sangre tibia del pato! Ahora se sentían mucho mejor y estaban más animados. Tai se quedó con las plumas suaves del vientre del pato y Tahuma buscó musgo y paja seca para hacer fuego. Con ayuda de unos maderos se sentó a hacerlo, pero al parecer hacía mucho tiempo que no tenía su propio fuego, porque la ansiada llamita se negaba a aparecer y ya se estaba haciendo tarde, tan tarde que allá arriba, en la montaña, Serak bramó fieramente  llenándolos  de temor.

-Te ayudaré con el fuego, viejo –dijo Lino.

Y sabedor de que Serak es enemigo de las llamas, buscó sus propios materiales; si querían regresar con el clan, muy pronto sería necesario tener un cordón de fuego a su alrededor. Tai recogió ramas y  las fue enlazando para construir un  intrincado círculo; al centro de esa empalizada  estaría el fuego.

Tahuma y Lino frotaban sus ramas con ansiedad no disimulada; pasó largo rato antes de que sobre el musgo de Lino bailotease una débil llamita; poco después, otra apareció sobre la pila del viejo.  ¡Al fin tenían fuego!

El viejo puso el pato sobre el fuego y el  acre olor de la pluma quemada  afloró. Tai y Tahuma se sentaron, pero Kiya se negaba a acercarse al fuego, peor aún, al parecer, quería marcharse. Lino acarició su cabezota para tranquilizarlo. Kiya se revolvía nervioso, el fuego le asustaba. Tai le trajo una brazada de hierba fresca y el mastodonte  se fue calmando poco a poco. A veces levantaba la cabeza, agitaba su trompa en el aire, sus orejas se movían  a uno y otro lado, como si tratase de identificar los sonidos del valle.

-¿Qué le sucede a Ranú, viejo? –preguntó Tai.

-Sólo los cazadores son amos del fuego, Tai; para la cría de  Ranú, el fuego es la muerte, su misma madre murió a causa de él. Si la cría de Ranú se marcha, Serak preferirá su carne a la de  Targa, el ciervo de los pantanos. Ranú tiene mucha carne, que  es tierna y jugosa,  un viejo como yo la comería gustoso.

Tai y Lino protestaron escandalizados, ¡cómo podía el viejo pensar en el pequeño Ranú como en comida!   

El pato sí que olía  a  comida. Las plumas habían desaparecido  y estaba todo ennegrecido y apetitoso. Tai podría asegurar que sabía muy bien. ¡El primer pato cazado por Lino!

Tahuma lo sacó del fuego y sin poder evitar quemarse, lo despedazó sobre la hierba. Cada uno escogió una presa. Es cierto que el primer pato de Lino no era para  nada tierno, sino algo viejo y correoso, pero tenía mucha carne y si pato no hubiese estado tan cerca de regresar a la tierra, difícil habría sido que un cazador novato, como Lino, lo hubiera atrapado.  Se chuparon los dedos, y arrancaron la carne del pato a mordiscos. Había que tironear fuerte para arrancarla, pero los niños tenían dientes jóvenes. No así Tahuma, que pugnaba por romperlo con sus encías desdentadas.

Después de comer, los niños se quedaron dormidos. Tahuma se sentó junto al fuego, velando. Las horas transcurrieron y el cansancio  vino hasta los ojos del viejo. Su cabeza flaqueaba y los brazos resbalaron: Tahuma cerró los ojos y se durmió. El fuego continuó crepitando  y las ramas que lo alimentaban se fueron consumiendo lentamente hasta convertirse en brasas y la luz que envolvía al grupo se fue apagando hasta que la oscuridad los envolvió.

 

Un barrito de Kiya despertó a los durmientes. El mastodonte se retorcía asustado, el fuego estaba casi apagado y al otro lado del círculo de ramas, un ronco gruñido y un aliento caliente y fétido iba de aquí para allá.

-¡Aviva el fuego, Lino, pon más ramas! –gritó  Tahuma.

Pero las ramas  verdes se negaban a encenderse, apenas producían un poco de humo y una  lucecilla  amarillenta. Tahuma  y los niños se habían puesto de espaldas al fuego y atisbaban a su alrededor tratando de descubrir al que los acechaba.

Una rama encendió al fin y  la luz que produjo les permitió ver lo que tanto temían: ¡la gigantesca cabeza de Mulkan y un par de enormes garras que se abatían sobre la enramada para derrumbarla!

Desesperado, Lino cogió la rama encendida y la blandió delante del hocico de Mulkan; el oso retrocedió  rugiendo airado. Ahora Tai y Tahuma soplaban sobre el fuego para avivarlo y encendían nuevas ramas para espantar al monstruoso animal. Tahuma arrojó una rama sobre la empalizada, que empezó a arder; lentamente al comienzo, con más brío luego. Pronto todo el enramado era un círculo de llamas, pero en cuanto este se consumiera, ya nada podría detener a Mulkan.

Cuando el fuego empezó a flaquear  todavía  el oso  rugía y rondaba   alrededor. Mulkan preparó sus  colmillos, agitó su cabezota. Kiya, aterrado, trompeteaba enloquecido. Ahora el sonido era distinto. Podían sentir que la misma tierra se estremecía y un ruido sordo llegó hasta sus oídos. El  fragor crecía por instantes, se levantaba una nube de polvo que los hizo toser. Ni  Tahuma ni los niños podían entender lo que estaba ocurriendo, Mulkan, en cambio, lo comprendió todo y con un  rugido de airada decepción, emprendió la retirada.

Cuando Mulkan se marchó, la  colosal figura de Ranú se recortó contra la oscuridad. Tahuma y los niños  se agazaparon aterrados. ¿Habían escapado de Mulkan para terminar ensartados en los colmillos de Ranú?

 Kiya, en cambio,  estaba contento. Barritaba alegremente y saludaba a Ranú  agitando la cabeza de arriba abajo.

El fuego de la empalizada estaba casi apagado. Ranú pisoteó  los restos y Kiya atravesó  el círculo de  brasas dando saltitos para no quemarse. Ranú lo empujó con su trompa para darle prisa. La mastodonte alfa y la última cría de la manada desaparecieron en la noche sin mirar atrás.

-Ranú nos ha salvado por ayudar al pequeño –dijo Lino.

-Así es Lino, aunque Tahuma diga estas palabras, nadie lo creerá.

-Si hubieras matado al pequeño Ranú, ahora todos nosotros estaríamos en la barriga de Mulkan, viejo – Tai, como siempre, hablaba poco, pero con sabiduría.

– Ranú es sabia y compasiva con los cazadores; pero no podemos confiar en Mulkan –reflexionó Tahuma-;  Mulkan sólo sabe del gruñido de su tripa vacía. Recojamos  más leña para rearmar la empalizada y alimentar el fuego.

Él mismo puso manos a la obra para dar el ejemplo.

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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