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Bajo el inclemente sol del desierto, Nacho  trataba en vano  de ubicar el sitio exacto aparecido en La Estrella de Puerto Seguro. ¿Dónde estaban las famosas Presencias Tutelares? Es más, ¿qué demonios eran esas Presencias que,  encima de todo, andaban  tutelando algo por allí?

Fernando, que si  no sabía algo era casi absolutamente  capaz de  inventarlo,  no fue de gran ayuda. Esta vez, su  Manual de Conocimientos Pampinos había abierto una página en blanco. Algo  sugirió  sobre  ciertas cumbres que  habrían llevado ese nombre,  pero Nacho  ni siquiera intentó tomarlo en serio. Aquí, en plena Pampa del Lagarto, detectar una cumbre que superara el metro y medio de altura era prácticamente imposible.

La tarde se aproximaba a su fin  sin que se pusieran de acuerdo al respecto. Finalmente, optaron por eliminar el punto del Registro Escrito de la Operación Ti-Rex. Sin saber qué hacer, los niños caminaron y caminaron sin rumbo.  Buscando en vano las famosas Presencias Tutelares, se comieron el magro cocaví y se bebieron casi toda el agua.

Nacho ya se estaba cansando de tanta aventura, un mes era demasiado; además, si llegaba a sobrevivir, de todas maneras  su madre iba a matarlo en cuanto le pusiese las manos encima. ¿Qué podía perder?

Nada más negro que la amargura de un niño cuyo plan ha fracasado. Tanto, que Nacho recordó con cariño y nostalgia a su hermano mayor.  Después de dos semanas sin verlo,  su memoria  era benévola con Javier  y lo revestía de esas  grandes  cualidades que tanta falta le hacían a Nacho ahora para salir del atolladero en que se había metido. Inmerso en su desesperación,  creció en él  la esperanza de toparse  con Javier y  se puso a llamarlo  a grito pelado.

-¡Javier, Javier, soy yo!

Fernando había escuchado a su padre contando sobre cómo  los mineros perdían el juicio al extraviarse en el desierto, de manera que no se sorprendió de que le ocurriera también a su amigo.  Lamentablemente, después de media hora de vocear en vano,  Nacho no sólo se había acabado las últimas gotas de agua, también estaba afónico. Perdidos los  últimos jirones de su dignidad,  se acordó incluso de los tres gorilones:

-¡Astudillo, Astudillo…!

Nada. Apenas un silbido del viento en el desierto.

-¡Gemelos Rojaaas…!

Las rocosas murallas de la Quebrada le devolvieron sus palabras.

–         ojaaaas…

Cuando Nacho las escuchó, lo pensó un poco mejor y  enmudeció. Estaba cayendo demasiado bajo. Si Fernando podía resistir la soledad  sin llamar a su madre   ni llorar a moco tendido, él también podía, de eso estaba casi seguro.

El sol se acercaba al  ocaso. Al menos, había refrescado un poco. Los niños cobraron nuevos ánimos y siguieron  adelante.  Sin darse cuenta  habían regresado a la huella y caminaban  alejándose de la Quebrada de Malpaso.

 

            Repentinamente, el sol cayó bajo el horizonte y la oscuridad cayó también sobre la Pampa del Lagarto.  Para no ser menos, la temperatura caía además   rápidamente. Los niños ni siquiera habían pensado en traer  una prenda de abrigo y sintieron el frío. Entre tantas caídas, nada tuvo de raro que cayera también la noche y el temor se les metió  bajo la piel sin que pudieran hacer nada por evitarlo.  Tenían el ánimo tan bajo –recuerden, todo estaba yéndose al piso- que hasta podrían haberse tropezado con él.

 

  Fernando fue el primero en escuchar los extraños bramidos.

– Son los avestruces – aseguró.

Nacho no quiso reconocer que no tenía la menor idea de qué sonido emitían los avestruces. A veces, los gritos lejanos  le parecían gruñidos de cerdo llevados por el viento. Los dos amigos iban a tientas en la noche, de un lado a otro,  tomados de la mano, cada uno más entumido que el otro.

De pronto,  Fernando  resbaló hacia el vacío, soltando la mano de Nacho con un grito desesperado.

-¡Socorro!

¿Otro agujero de gusano? ¡Al fin podría volver a casa?  Esperanzado, Nacho  buscó a tientas a Fernando,  pero sólo  estrelló su cabeza contra unas piedras.

-¡Socorro!

Esta vez, la voz de Fernando estaba casi junto a  su oreja y por poco lo deja sordo.  Nacho extendió la mano y  en vez del agujero de gusano, dio con la cabeza de su amigo.

–         ¡Aquí estoy, aquí estoy! – Dijo Fernando.

–         ¿Dónde estamos? – Preguntó Nacho.

–         No sé, un lugar raro, hay piedras y hoyos.

–         Un zapato viejo también – continuó Nacho mientras  tanteaba por allí.

–         Y una cruz.

–         ¿Una cruz?

–         Sí, la estoy tocando. Además, estoy sangrando porque me caí encima de  un tarro.  – especificó Fernando,  al borde de la desesperación y el grito de “¡Mamá!”.

–         ¿Qué lugar será éste, la granja de avestruces? –preguntó Nacho.

–         No creo, más bien, parece un cementerio –respondió su amigo.

–         ¡Cementeriooo! – Gritó Nacho, todavía más desesperado que su compañero de aventuras.

–         Sí,  ¿sientes el ruido?

Se callaron y por sobre el silbido del viento, Nacho escuchó claramente un frufrú de sedas y  un campanillear de metales.

–         Una vez –explicó Fernando – fuimos de noche  al cementerio de  Nebraska, y sonaba igual que ahora.  Son las flores. Hay de papel de seda y de lata.

Había pasado el momento de pánico y estaban conversando tranquilamente, pero  no es que hubiese mucho motivo para no sentir miedo. ¡Un cementerio, de noche y sin luna, para rematar!

            – Me duele –continuó Fernando-, me sigue saliendo sangre.

– Espera, te voy a hacer una venda con mi polera.

-¿Qué, la vas a romper?

¿Qué más podía hacer Nacho?  Ni siquiera podía explicarle a Fernando que esa era su polera de la suerte, la de Harry Potter, su máximo héroe, en busca de la Piedra Filosofal. ¿Cómo lo entendería Fernando? Además, después de los lavados con agua de cubas que le había aplicado misiá Panchita  y del  recorrido en el camión de Don Dámaso,  bien poco se podría hacer con  ella.

Valiente y generoso,  Nacho rasgó una larga tira de algodón. Como mejor pudo, la enrolló en el brazo izquierdo de Fernando.

–  Parece  una herida grande –comentó Nacho.

– A todo lo largo del antebrazo – explicó Fernando, cuando amanezca te la muestro.

– Y ni lloraste – se sorprendió Nacho.

–         Es que no está mi mamá – se lamentó Fernando.

            Volviendo sobre el tema de los cementerios, Fernando  contó que aquí  en la pampa no existían  las flores  y  que, si las había, eran un lujo, artículos carísimos en los  que nadie desperdiciaría dinero.   Se acordó de su madre, de  lo exigente que era la señorita Eduvigis y de lo  mucho que le gustaría leer  Veinte mil leguas de Viaje Submarino. Los niños  se distrajeron y comentaron  el viaje, lo grandes que eran los perros de don Dámaso y lo mal que había salido todo. 

Entre tanta conversa, Fernando confesó que estaba aburrido de escribir tanto y se negó a continuar con el Registro.  Nacho  lo entendió perfectamente, pero no estaba  dispuesto a sacrificarse haciéndose cargo de tremenda tarea, de modo que decidió eliminarlo.

Repentinamente, un ruido entre las tumbas  los hizo huir despavoridos. Los niños trataban en vano de regresar a la  huella polvorienta, aunque sin darse cuenta de que  ya estaban   en ella.  Todo era un caos. Corrían tanto que  dieron  de bruces contra  la ladera. Tantearon, se agacharon y reconocieron el camino pedregoso y reseco.  ¡Estaban en la orilla del camino!

            Se sentaron a recuperar el aliento y tomaron una decisión:   esperarían que amaneciera y buscarían el camión de don Dámaso para regresar a casa.  Eso los tranquilizó;  los niños retomaron  la caminata no sin esfuerzo. Nunca habían estado tan cansados y hambrientos como ahora.

            No habían avanzado más de cien metros  cuando de  pronto,  ¡clump!, de un salto ciclópeo, una inmensa  masa oscura cruzó  por sobre sus cabezas. Los niños se detuvieron  aterrados. 

-¿Qué ha sido eso, lo sentiste?

– Sí, ¿y tú?

– Yo también.

            Nacho y Fernando  no se percataron de que cuchicheaban. Estaban paralizados en el mismo sitio.

–         Vamos –musitó Nacho.

–         Sí –susurró Fernando.

Siguieron su camino casi de puntillas. La grava crujía bajo sus pies y Nacho hubiera querido arrojar lejos  los horribles bototos de Fernando, que   rechinaban  tanto que parecía que  gritaban. Ambos temblaban, y a Nacho le castañeteaban los dientes.

-Hace frío –se disculpó.

Dieron vuelta a la curva y de pronto, allí, en medio del camino, ¡clump!, se plantó otra enorme figura. La oscuridad y la niebla no les permitían  determinar de qué se trataba. ¿Se  habría adelantado el camión de don Dámaso, algún otro vehículo que atinó a pasar por allí  se habría  detenido?

 

            Entonces, mágicamente, las nubes rasgaron su cubierta y la luna filtró luz suficiente para que pudieran ver con nitidez   la enorme bestia que avanzaba por  la carretera,  tan calmada como si  fuera un efecto especial de  la última reposición de Parque Jurásico 3 en  televisión.  

La bestia era lo más cercano a un tiranosaurio rex que ellos vieran  jamás. Era enorme y,   tal como lo dijera el experto consultado por  La Estrella de Puerto Seguro, tenía  dos pequeñas patas delanteras que le colgaban sobre la panza y  otras dos traseras,  poderosas y rematadas en unas garras increíbles,  la piel gris, rugosa y arrugada,  estaba llena de pliegues que parecían blindados y en  la  inmensa cabeza  destacaban las fauces abiertas y un par de ojos negros, crueles  y brillantes,  que volvió lentamente  hacia  los niños. 

Ahora   Fernando y Nacho  podían  ver a la perfección, con lujo de detalles,  un hocico enorme, todo erizado de  colmillos afilados, una lengua roja, larga y puntiaguda. 

El dinosaurio, en todo caso,  no se veía muy inteligente;   un montón de baba  que  le caía de las fauces resbalaba hacia su  panza acorazada.  Claro que, ¿para qué necesitaba el tiranosaurio ser  más inteligente? ¡Ya era bastante terrible  sin necesidad de ser un genio! Repentinamente, los niños  se dieron  cuenta de que ya ni siquiera lo querían  seguir viendo,  no a esa distancia tan corta, no en carne y hueso;  sólo un loco querría ver tanto.  Y lo peor era que de tan cercanos que estaban  hasta  podían  percibir su aliento; una vaharada de carne podrida y tibia  que  daba ganas de vomitar. 

La bestia  giró  su corpachón  hacia  ellos. Los niños podían   oírla jadeando y gruñendo al mismo tiempo. Lanzó un  bramido ronco que llenó toda la noche.  Casi como un resorte, la bestia se agazapó, se encogió lista para saltar y esta vez,   una idea horrorosa   se le imprimió  a Nacho en el cerebro: esta vez,  el dinosaurio  saltaría   sobre ellos.

            No podía saber qué pasaba por la cabeza de Fernando, pero para él,  el reloj parecía haberse detenido eternizando  su  terror y  su  agonía.

¡Brooummm!

            De pronto, a sus espaldas, el viejo camión de don Dámaso    apareció      doblando  la curva de la cuesta,   traqueteando  a duras penas,   y se detuvo justo  detrás  de ellos envuelto en una nube de polvo. Los débiles focos   del Chevrolet perforaban apenas la  espesa capa de niebla que   cubría los cerros, pero era más que  suficiente  para  delatar  todos y cada uno de los detalles de la bestia.

 

            El animal vacilaba, dudaba.  Rugía  bajito, como  si tratara de determinar a  quién atacaba primero,   a quién escogería:   esos dos animales extraños que  parecían ofrecer tan poca carne   o a esa nueva bestia de ojos de fuego y olor tan apetitoso.

            Nacho y Fernando estaban varados  entre ambos gigantes y no sabían qué hacer. Giraron  las  cabezas de uno a otro muy lentamente.  Al volante del camión, la cara de don Dámaso estaba blanca como el papel y su boca dibujaba  un círculo de perfecto asombro;  al otro lado, Tiranosaurio Rex terminó de encogerse y preparó su musculatura para el zarpazo final.  Podría haberse oído volar una mosca.

            El silencio fue roto por un bramido lejano;  los demás  dinosaurios se marchaban.

            Aquí, sobre la ruta que atraviesa   Pampa del Lagarto,   la llamada surtió efecto. El resorte interno del dinosaurio lo  impulsó al fin, a  saltar, pero por fortuna, en dirección contraria.  De un brinco fenomenal, la bestia se perdió   cerro abajo sacudiendo la  superficie con sus zancadas de gigante. Lo último  que los niños  pudieron  sentir   de él,  fue su bramido elefantiásico, una  rara mezcla de bocina  fantasmal  y  rugido  feroz  que atronó el aire  hasta que desapareció.

Un pesado silencio cayó sobre la  Cuesta de Malpaso.  Nacho se dio cuenta de que estaba helado y empapado en sudor y que le temblaban cosas que hasta unos segundos antes ni siquiera sabía qué tenía.  Algo le tocó y llegó a saltar.

-¡Ay!

Era la mano de Fernando.  Los niños se miraron   y corrieron   hacia el camión.  Don Dámaso  todavía  estaba  paralizado al volante. Fernando abrió  la puerta,  se trepó  de un salto a la cabina y preguntó:

-¿Nos lleva don Dámaso?

Casi al mismo tiempo,   Nacho  se  dejó  caer en el asiento a su lado. Error. Era duro como la piedra.  ¿Qué no conocían los cojines en este tiempo?  Alelado, el gordo camionero  no era capaz de articular una respuesta.  Miraba como hipnotizado hacia la huella pedregosa y vacía que la luz de la luna comenzaba a revelar en todos sus detalles.  La niebla se estaba disipando al fin.

-¿Vieron lo que yo vi? –  preguntó  don Dámaso con voz temblorosa.

Fernando  y Nacho se  miraron en silencio, Fernando ya estaba abriendo la boca para responder cuando Nacho lo interrumpió:

 – ¿Vimos  qué cosa? 

 Don Dámaso lo pensó  mejor, sus ojos  revisaron los rostros inocentes de los  niños que se habían trepado a su lado. Ambos temblaban. Una cosa estaba    clara,  uno era el chico de doña  Panchita, que  tenía  la  camisa manchada de sangre    y un vendaje mugriento a punto de  caérsele del brazo izquierdo. El otro era Dios sabe quién, y  no estaba mucho mejor; tenía las mejillas cubiertas de tierra que el sudor había  dibujado  con ridículas  figuras y vestía una prenda rarísima  a la que le faltaba un pedazo que, don Dámaso habría podido jurarlo,  parecía ser  el mismo del vendaje.

(No debemos juzgar a don Dámaso, a estas alturas no era nada de fácil reconocer a Nacho y sólo se habían visto una vez)

Por un eterno segundo, don Dámaso pudo  sentir los ojos curiosos de sus vecinos, escuchar las risillas soterradas, imaginar los comentarios;   se vio a sí mismo, con su traje dominical,  entrando al bar La Perla  para que se hiciera  el silencio total  ante su presencia.   Tragó saliva. 

– No,  nada –replicó don Dámaso.

 

Entonces, exhalando un suspiro de alivio, Fernando se acomodó en el asiento.  Un tirón de su brazo le recordó  la herida que lo decoraba,  pero qué cómodo se estaba aquí, lejos de los barriles de  bazofia  y  el viento frío del amanecer.  Especialmente cómodo lejos de ese gruñido terrorífico y del espantoso hedor de ese hocico  inmenso.

– Ah, nosotros tampoco-   mintió.

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2889759306_9b38b5a450_bEric  tenía todo para ser el suricate perfecto: delgado, ágil,  siempre muy erguido cuando se sentaba en el Punto del Vigía. Eric era eso y mucho más,  porque cuando  su mirada se perdía en el horizonte lo único que veía era una vasta extensión  borrosa de color ocre.

 Muy, muy  borrosa, pues aunque todavía  lo ignoraba,  Eric  había nacido miope.  Y no se  daba por enterado gracias a  que  su vida de suricate bebé siempre había transcurrido en  una madriguera abrigada, oscura y pequeña. Eric no necesitaba ver a sus padres para darse cuenta de que estaban allí,  ni tampoco necesitaba saber que  el tio  Cato y la abuela Kate vivían unos centímetros más allá, a la derecha. Todos los miembros de la familia tenían sus muy peculiares aromas a suricates poco adeptos al baño,  de manera que se les podía reconocer fácilmente por el olfato,  y eran bastante despreocupados en cuanto a no toparse con los demás miembros de la familia; más aún, les encantaba andarse chocando por los corredores, es bien sabido que a los suricates les encanta estar pegaditos los unos a los otros.

Apenas son destetados por mamá, los suricates machos inician sus actividades de vigía. Todavía  no pueden defender el territorio de bandas rivales o serpientes con malos hábitos alimenticios, pero sí están aptos para sentarse en  el montículo más  cercano, tiesos como estatua,  y pendientes de lo que sucede  alrededor de la madriguera. Al primer grito de alarma del vigía, todos los suricates ponen patitas en polvorosa y corren a refugiarse a la madriguera familiar.

Lamentablemente, había llegado el momento de que  su miopía le jugara una mala pasada, pero no podemos juzgar a Eric.  Él estaba  convencido de que hacía todo muy bien: había  ocupado su puesto  a primerísima hora,  soportaba la larga jornada sin agua y alimentos y ni un quejido salía de su hociquillo puntudo,además,  no sentía ni el menor atisbo de miedo.

Mientras  Eric  practicaba para  verse tan profesional  como su hermano mayor,  una serpiente hambrienta merodeaba por el lugar.  Se trataba de Raab, una vieja dama ya algo cansada de lo gritones que eran los suricates. Después de tantos años tras su pista había llegado a  sentir alergia por sus chillidos. Por eso, lo primero que pensó al divisar a Eric fue  inesperado.

-Qué niñito más educado,  hacía tiempo que no me encontraba con uno como él.

Ya les dije que Raab  era una dama muuuuy entrada en años.  Le tomó un poco de tiempo darse cuenta de que en realidad éste era el primer suricate silencioso con que se había topado en su vida, y a continuación, cuando  lo pensó mejor, no pudo tener mejor idea que ésta:

-¿Será tonto? Quizás hoy es mi día de comer suricate a la cacerola…

De manera que comenzó a arrastrarse  muy lentamente para no ser vista,  oída ni olida. Eric, entretanto,  continuaba impertérrito, estaba decidido a ser el mejor vigía de la familia. Miraba   a la derecha, miraba a la izquierda, giraba hacia su espalda, vuelta al frente, en fin,  estaba pendiente de todo, pero  no veía nada.

Afortunadamente, Eric era un suricate bastante guapo, de manera que mientras la serpiente se le acercaba  afilándose los  colmillos, Suri, una linda suricatita,  se aproximaba por otro lado con la seria intención de  que  el nuevo vigía la invitara a pasear  hasta la roca más cercana.

 Suri  no tenía nada de miope. Lo primero que vió fue una cinta oscura reptando en dirección al chico guapo. No había hecho el entrenamiento de vigía, pero  supo  que debía chillar lo más agudamente posible, cosa que hizo  sin vacilar causándole a Raab el disgusto de su vida.

Al mismo tiempo, agarró a Eric de la patita derecha y echaron a correr como  almas que lleva el diablo. Pocas cosas más estimulantes para un suricate que una serpiente pisándole los talones.

Así que si pasean por el Kalahari y  ven un suricate muy erguido, muy pendiente de todos los detalles, pero con un  catalejo en la mano, ya saben que se trata de Eric. No hubo caso de convencerlo de  escoger otra especialidad…¡qué cabezas duras pueden ser los suricates!

Alida Verdi

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