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Posts Tagged ‘desastre’

Bebé tenía serias intenciones

de armar un escándalo

de proporciones.

No quiere almorzar,

le carga la sopa,

quiere que mamá

le dé compota.

Con unos gajitos

de mandarina

aquieta las aguas

la tía Ernestina.

Bebé come sopa y postre

y el resultado, claro,

es un desastre.

Cuando terminó,

todo se lavó,

aún la silla alta

donde merendó.

Ahora Bebé quiere jugar

y no se cansa de reclamar:

Quiere la pelota,

quiere su  abanico,

y la caja de cartón

que trajo Federico.

A Bebé los ojos

se le están cerrando

tiene mucho sueño

y sigue reclamando.

Bebé quiere pasear

o  ver televisión.

Bebé no pierde la ocasión

de acelerar mi corazón.

Duérmete mi niño,

duérmete Gugú,

que estás más    irritado

que un pobre emú

al que le han hecho

la permanente

y vio los resultados

reflejados en la fuente.

Bebé está casi, casi dormido

toda la casa ha estremecido

con sus quejas y sus llantos.

Este Gugú, está de espanto.

Cierra los ojitos,

gimotea un poco

y en sólo un segundo

se olvida del mundo.

Ahora que Bebé se durmió

una buena siesta tomaré yo.

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874044010_e7426c16e5No fue nada de raro que Ale resultase elegida presidenta por amplia mayoría de votos. Su campaña fue simple y directa: una presidenta representa a los que la eligieron, por lo tanto, su deber es sacar la cara por el curso cada vez que la inspectora general pida sus cabezas, ser intermediaria  entre la opinión pública y  los poderes superiores -léase, señorita Elizabeth-, tramitar las postergaciones de pruebas con buenos resultados, organizar las actividades extraordinarias del curso, en especial paseos, idas al teatro o a exposiciones o a cualquier cosa que permita  perder clases de vez en cuando,  y sobre todo, sobre todo, no aburrir a sus compañeras hablando por horas durante el consejo de curso.

El séptimo B tenía una amplia experiencia al respecto. Las niñas estaban más que aburridas de aquellas presidentas que se especializaban en convencer a la señorita Elizabeth de que era la doble chilena de la protagonista de “Titanic” o en preparar su futura carrera en el Centro de Alumnas; más que aburridas de toda esa cháchara sobre  ” el curso  no se está llevando bien últimamente, se ha deteriorado la  convivencia, hagamos una jornada para recuperarla”. No más palabras, ellas querían acción.

De manera que a nadie le resultó sorprendente su triunfo, excepto, claro está, a la lista perdedora. La lista de Ale era muy buena;  su secretaria era la revoltosa Panchi, su mejor amiga, y su tesorera,  Carolina, era capaz de cobrarle cuotas a un muerto, de hecho, era la única niña del colegio que le regateaba los precios al vendedor de dulces de la esquina…y lograba su cometido.

Así que Ale se convirtió en la presidenta y todo cambió;  las reuniones eran entretenidas, se hacían cosas  novedosas, los fondos del curso crecían  como la espuma  y aunque sólo se trataba de un séptimo año deslumbraron al Centro de Alumnas del colegio por su activa participación en las actividades  que se preparaban.

Sólo había un problema,  y Ale fue la primera en notarlo: ellas eran la primera directiva del año y les había sido imposible conseguir permiso para un paseo. Motivos no faltaban; era  la época más helada del invierno, los papás  vivían preocupados por los promedios de nota y la señorita Elizabeth -y eso era lo peor- odiaba los paseos de curso.

            ¿Problema? Sí tremendo problema, porque Ale, Panchi y Carolina querían dejar el mando con la grata sensación de haber sido la mejor directiva en la historia del curso; después de todo, ellas se habían quejado siempre de esos aburridos paseos de fin de año a la piscina,  con el clásico pollo asado con ensalada, una bebida y una paleta de helados, de manera que no podían irse sin superar esa pobre marca.

-Es nuestro deber, – explicó Ale a sus colaboradoras- ser un modelo  para las siguientes directivas.

Ale siempre había sido muy imaginativa. No demoró mucho en dar con aquello que las haría inolvidables: ¡Una fiesta, tenían que hacer una fiesta! Y como siempre, tenía razón,  todo el curso vivía soñando con la posibilidad de una fiesta. Nadie sabe lo importante que puede ser una fiesta para las niñas que estudian en colegios…de niñas.

Lo primero fue conseguir la casa de Panchi. La casa de Panchi era perfecta, más grande que la casa de Ale y que prácticamente todas las otras casas del curso. La tarea de convencer a la mamá de Panchi fue titánica, pero finalmente lo consiguieron apelando directamente al corazón de la señora Angélica.

– Nuestra  reputación de ser la mejor  directiva en la historia del curso está  en peligro, – suplicaron  las niñas- cuando lleguemos  a fin de año nadie se va a acordar de   las cosas  buenas que  hemos hecho.

            Era necesario un golpe magistral y eso, sólo una fiesta podía lograrlo.

La señora Angélica aceptó resignada, viendo las cosas de esa manera, no quedaba más remedio que decir que sí. Total, las niñas  todavía eran chiquitas, ella se las arreglaría perfectamente para mantener las cosas dentro de la ley y el orden familiar.

Lo segundo, fue conseguir el permiso de la mamá de Ale. Eso  sí que era difícil, allí había un problema de fondo; a diferencia de la señora Angélica ella sí conocía muy bien a Ale, demasiado bien. A la señora Rosa costaba convencerla de que Ale no necesitaba obligatoriamente diez horas de sueño diarias y todavía mucho más difícil era convencerla de que Ale no provocaría la segunda caída del imperio romano con sus brillantes ideas. Dos semanas le costó a la pobre Ale conseguir el permiso para la fiesta inolvidable que ella misma había planeado y organizado.   

Pero finalmente todo empezó a resultar. Se invitó a un curso completo de un colegio de muchachos y a todos los hermanos, amigos  o primos disponibles; las niñas prometían, además,   acarrear con todos los amigos del mundo. La que menos, vendría con seis primos, la que más, con una docena de amigos del barrio. Como la fiesta prometía ser en grande, se contrataron los servicios de un auténtico diyéi -el hermano mayor de Pamela Rojas, que ya estaba  por salir de cuarto medio-, se compraron suficientes adornos como para  llenar un estadio y Carolina, experta como era en manejo de dinero, se consiguió a un precio de ganga, casi increíble,  la mejor comida para fiestas que uno hubiera podido imaginarse.

-Esta Caro es fantástica.-Dijo Panchi.- Con esta fiesta nos vamos a hacer famosas.

Las niñas estaban tan ocupadas con su fiesta que las mamás tenían que andar escondiendo el teléfono para evitar que ellas se pasasen todo el día colgadas de él,  comentando los mil detalles que todavía faltaba por afinar.

Una semana antes de la fiesta, el telefono repiqueteó furiosamente en casa de Panchi. Cuando la mamá contestó se encontró con dos sorpresas: una, no eran  ni Ale ni Carolina. ¡Milagro!  Dos, la que llamaba era su hermana Alicia, que llegaba el viernes para su  reunión semestral de bibliotecarias.

-Qué mala suerte, Alicia, -le explicó la señora Angélica- te vas a encontrar con todo el bullicio de una fiesta.

-¡No te preocupes, hermanita, a mí no me despierta ni un tren! -Replicó ella alegremente desde su casa en Arica.- ¿No es emocionante que ya tenga la Panchita su primera fiesta de grandes?

Porque es bueno recordar que la tía Alicia todavía seguía convencida de que Panchi tomaba la leche en biberón.

-¡Yo le voy a llevar un regalito que le va a encantar! -Prometió.

Y ese día viernes, cuando Panchi llegó de clases se encontró  con tía Alicia sentada a la mesa y recibió con asombro su regalo sorpresa. ¡Tía Alicia le había traído de regalo un lindo vestido de fiesta color rosa, lleno de vuelitos y casi tan largo como la barba de Matusalén!

-Pero mami, -suplicó más tarde la pobre Panchi- ¡nadie se pone vestido para las fiestas! Van a pensar que soy tonta.

-¡Pero qué va a decir tu tía, ella que te lo trajo con tanto cariño!

Y la señora Angélica armó tal jaleo que a Panchi no le quedó más remedio que decir que sí, que se pondría el vestido de la tía Alicia, que era el vestido más  lindo que había visto, que le gustaba tanto y que sin duda alguna sería la niña más feliz del mundo usándolo en la fiesta.

Así llegó el gran día. La comisión encargada de la fiesta  vino a primera hora de la mañana, puso de punta en blanco la casa de Panchi y después se fue rápidamente a prepararse para estar a la altura de las circunstancias. Después de todo, las chicas  nunca habían ido a una verdadera fiesta y jamás, ni en el mejor de los sueños, habían tenido tantos muchachos invitados como para que nadie se quedara sin salir a bailar.

La pobre Panchi, en cambio, se encerró en su  dormitorio muriéndose de vergüenza por anticipado de sólo pensar en lo mucho que se iban a reír todos del vestido rosa lleno de vuelitos de la tía Alicia. A las cinco de la tarde  la idea de fugarse de la casa pasó por su cabeza y gracias a Dios no se detuvo allí por mucho tiempo, eso porque su idea siguiente fue un poco menos radical: se enfermaría. Prefería quedarse en cama antes que convertirse en la gansa del curso.

-¡No te preocupes, Panchi, yo lo voy a solucionar! -Le prometió Ale  por teléfono cuando la puso al tanto de su grave problema.

Panchi respiró aliviada. Al menos, no se perdería su primera fiesta. ¿Hay algo peor que perderse una fiesta en la misma casa de una? Sí, usar el vestido de la tía Alicia.

A las nueve de la noche, cuando comenzaron a llegar las primeras niñas, Panchi se asomó por el descanso de la escalera  vestida de jeans y  polerón, para encontrarse con la noticia de que  a su mamá le había dado tal ataque de furia que estaba por perder el pelo de un golpe. ¡Hasta esa hora no se tenían noticias de su papá! Panchi no tenía un pelo de tonta, se acordó de su pena y se encerró de nuevo hasta que se le pasase el mal genio a su mamá.

Ale llegó poco rato después y subió a su habitación para contarle las últimas novedades y ponerla al tanto de su plan para librarse del vestido de la tía Alicia.

-No te preocupes, Panchi, apagaremos las luces y usaremos sólo las luces estroboscópicas que instaló el diyéi. Ni tu mamá se va a dar cuenta de que andas por ahí.

-Tú no conoces a mi mamá.

-Pero yo tomé un curso avanzado de madres con la mía, Panchi. Si te pillan, les decimos que se manchó.

-¿Y si  descubren que no es verdad?

-Ah, ya, termina. -Dijo Ale , y tomando un frasco de témpera azul, lo vacío íntegro sobre la pechera del vestido dejando a Panchi con la boca abierta.

-Ahora es verdad, dile a tu mamá que fuí yo.

Y se marchó a atender los detalles de la fiesta, a la que iban llegando cada vez más niños.

O mejor dicho, más niñas. Ya se encontraba allí casi todo el curso y las primas de por lo menos diez compañeras. ¡Que barbaridad, a quién se le había ocurrido invitar a tantas mujeres! En cambio, los montones de primos y  amigos, los hermanos mayores y los muchachos del séptimo A del Colegio Carlomagno brillaban por su ausencia. Y eso no era nada,  lo peor era que no faltaban todos los chicos. Por desgracia habían venido el insoportable hermano de Connie Martínez, el gordísimo primo de Vivi y media docena de hermanos menores que correteaban por todos lados convencidos de que estaban en un cumpleaños infantil. La pobre Ale sintió que su corazón se le iba a los pies.

-¡Santa Gemita, no permitas que fracase mi fiesta! -Rogó con auténtica desesperación.

Y como si Santa Gemita la hubiera estado escuchando, en ese mismo momento hizo su entrada Nicolás Gómez, el alma de la fiesta de los chicos  del séptimo A. En cosa de cinco segundos, la mitad del curso rondaba a su alrededor con la esperanza de ser la primera en salir a bailar con él.

Pero ésa, obviamente, no era la noche de Nicolás. Se veía triste, deprimido, como si se le hubiera muerto su perro regalón o se le hubiera fundido el nintendo. No quería bebidas, no quería bocadillos y ni por casualidad se le ocurría bailar. Ni siquiera hablaba.  Para  mayor amargura de Ale, las cosas siguieron cada vez peor. Piero Raggio, el chico guapo, llegó escondiéndose por los rincones más oscuros; posteriormente, alguien comentó que tenía un ataque de alergia que lo había enronchado de pies a cabeza y no quería ser visto.

-Bueno, de repente aprovecha de conversar con Panchi.-Pensó Ale.

Porque Panchi también andaba escondiéndose por los rincones para que su mamá no la viese usando jeans en vez del famoso vestido de la tía Alicia.   

            O Santa Gemita se había quedado dormida o estaba de vacaciones esa noche, porque las cosas iban de mal en peor. Por más  mandas que Ale  le ofrecía  a Santa Gemita (o a cualquier otra santa que se le venía a la cabeza)  todo salía como si lo hubiese planeado la lista perdedora.  Por suerte, una hora después llegaron los chicos  latosos  y los más bien creídos. El colmo de la noche fue que el único chico guapo que faltaba llegó de la mano de su flamante polola -¡una de las pesadas del séptimo A! -y la gordísima prima de Daniela Vázquez  arrasaba con los bocadillos y para más remate bailaba con todos los chicos disponibles.

            Con Panchi desaparecida en acción, a Ale no le quedaba más remedio que correr de un lado a otro convertida en el puntal de la fiesta. Estaba furiosa con Panchi, pero no pudo sino encontrarle razón cuando la mamá de su amiga apareció con una máquina fotográfica que encañonaba agresivamente frente a sus caras.

            -¡Digan güiski, chiquillos! – Decía alegremente y después -¡Click!- los fotografiaba con las expresiones más gansas posibles. Como  al parecer eso no le bastó, se dedicó a  empujar a  los chicos hacia el grupo de las niñas  exigiéndoles descaradamente que  las sacaran a bailar.

            ¡Qué vergüenza, qué ganas de correr a esconderse en los rincones también! Cualquier otra lo hubiera hecho, pero no Ale. La pobre sacó fuerzas de flaqueza y sonrió esperanzada cuando la robusta tía Alicia dio las buenas noches  en medio de grandes bostezos, al menos ya se habían librado de ella.

            A todo eso, el papá de Panchi fue sorprendido por su esposa mientras hacía una sigilosa entrada por la puerta de la cocina. Todos los presentes pudieron escuchar claramente los indignados reproches de la señora Angélica y los tímidos descargos del culpable.

            -Es que como iba a haber tanto lío me fui a la casa de Poncho Araneda a ver el partido. – Explicaba humildemente el pobre papá de Panchi.  

Ale dio una vuelta por la sala explicándole  a medio mundo que esa no era su casa ni ellos sus papás, pero tuvo la ingrata sensación de que nadie le había creído. Tampoco la señora Angélica le había creído a su esposo, de manera que lo condenó a lavar los platos y  sacar a pasear  a los dos labradores. El reo se marchó contrito a cumplir la segunda parte de su castigo, sus zapatos echaban chispas mientras trataba de frenar a los desbocados guardianes.

            Poco después de su partida,  llegó el momento en que todo el mundo se dio cuenta de que efectivamente la tía Alicia se había ido a dormir, es más, probablemente  lo supo todo el vecindario porque sus ronquidos traspasaban la barrera del sonido y se dispersaban alegremente por encima de los tejados. Escondida en su rincón, Panchi se alegró de no haberle contado a Piero Raggio que era la dueña de casa y pensó que aún con ese montón de manchas rojas encima él se veía bastante bien.

            Coincidiendo con el ataque de ronquidos, una extraña epidemia de idas al baño se había desatado. La primera en caer había sido la prima gorda de  Daniela, que de tantas carrerillas había terminado en la cocina bebiendo un agua de hierbas preparada por la mamá de Panchi. Preocupada por el curso de los acontecimientos, la buena señora revisó los envases de los bocadillos y fue desesperada a hablar con Ale.

            -¡Ale, hay que cambiar los bocadillos, las fechas de vencimiento son de hace un mes!- Explicó.

¡Típico de Carolina! ¡Sólo a ella podía habérsele ocurrido intoxicarlos con alimentos vencidos para ahorrarse un par de pesos!  La pobre Ale ya estaba a punto de tirarse por la borda y dejar que el barco se hundiera definitivamente, pero afortunadamente la señora Angélica tenía en su despensa gran cantidad de bocadillos que reemplazaron las fatídicas gangas de la cocinera.

 Lamentablemente, eso no terminó con la cola que había frente al baño del primer piso, pero todavía  quedaban  muchos ánimos;  la fiesta estaba poniéndose buenísima y nadie quería marcharse.

            Santa Gemita debía haber regresado de sus vacaciones o se había despertado de puro solidaria que era. Ale pensó que se iba a pasar el resto de su vida cumpliendo las mandas que le había hecho en medio de su desesperación.

Desde ahí hasta las doce todo marchó sobre ruedas. El papá de Panchi trabajaba como esclavo así que había sido perdonado con un beso de su señora, todo el mundo bailaba y la música a un volumen más adecuado casi lograba opacar los ronquidos de tía Alicia. 

            Todo iba tan bien que Santa Gemita bostezó de puro cansancio y se quedó dormida como un tronco. En mala hora: cinco segundos más tarde, la luz y el sonido murieron en medio del estupor de los presentes. ¡Se  había cortado la luz! Todo el barrio estaba sumergido en una capa negra y silenciosa. La señora Angélica buscaba con desesperación los paquetes de velas que sobraran del año de la sequía, ése en que a cada rato se apagaban las luces. Cinco largos minutos pasaron en los cuales sólo se escuchaba el murmullo aburrido de los  que no podían bailar  y el crunch crunch de los comilones que no se apartaban de la mesa. Cinco minutos que se tomaron la mamá de Panchi y Ale para distribuir velas por los lugares más seguros y el papá en  recuperar la radio a pilas que había guardado en el fondo del clóset.

            Cuando la música volvió a escucharse el baile recomenzó; las velas habían dado un aspecto muy atractivo a la desordenada sala y  lentamente la fiesta fue volviendo a la normalidad. Ale estaba tan contenta que dio un vistazo al compacto grupo de bailarines en la esperanza de que a uno se le ocurriera sacarla a bailar. Todo habría sido perfecto si tanto silencio no hubiera despertado a tía Alicia, porque sin duda era ella la enorme figura vestida de camisón largo que apareció en el umbral,  con una linterna temblorosa en la mano derecha y una espantosa máscara verde cubriéndole la cara.

            Los gritos de la concurrencia  podrían haberse escuchado en la Antártida sin dificultad. La  consentida de Javiera Aguilar se desmayó de susto y  la mitad del séptimo B arrancó al jardín  creyendo que los atacaba un monstruo extraterrestre mientras los muchachos del Carlomagno se escondían debajo de la mesa.  Y entonces, tía Alicia preguntó como si nada hubiera pasado.

-¿Dónde está el baño? No puedo ver nada en esta oscuridad.

 

A las una de la madrugada empezaron a despedirse los invitados para gran placer de los dueños de casa. Ale no quería más guerra, estaba tan agotada que casi se alegraba de que pronto terminaría todo. Se echó en un sillón esperando que todos se fueran para que la comisión de aseo pusiese la casa en condiciones de volver a ser habitada. Estaba tan deprimida que  no escuchó a Nicolás Gómez hasta que él se sentó a su lado y le dirigió las primeras palabras que salían de su boca en toda esa larga noche.

– Eres increíble ¿sabes? Yo pensaba que mi vida no podía ser peor, pero ahora que te he visto enfrentando todo,  solucionando lo que parecía imposible, me avergüenzo de ser tan derrotista. Además,  después de haber visto a tu familia la mía  no me parece tan anormal como antes.

-¡Pero si no es mi familia, esta es la casa de Panchi, con los papás de Panchi y la tía de Panchi, pero la fresca se hizo humo y  hace horas que no sé de ella!

-¿De veras? Yo creí que lo habías dicho porque te daba vergüenza.

– Igual que todo el mundo, supongo. Mi reputación está deshecha para siempre. Estoy tan cansada que dormiría una semana, tengo que limpiar todo porque ya se arrancaron dos niñas de la comisión de aseo y no he bailado en toda la noche.

-Yo tampoco, no tenía ganas, pero esta canción me encanta. Vamos.

Y salieron a bailar en la sala casi vacía. A Ale también le encantaba esa canción, es más, desde ahora en adelante sería su favorita, estaba segura.

-Ah, y no te preocupes, – ofreció Nicolás- yo les ayudo a limpiar.

Más tarde, cuando su papá llegó a buscarla, Ale se despidió de los papás de su amiga, de Nicolás y de Panchi, que había hecho su aparición finalmente.

-Muchas gracias por todo, tía, y perdone las molestias que le dimos.

-No te preocupes, Ale, todo salió bien gracias a tu ayuda. Ah, y tú no te vayas a acostar todavía, Panchi. Tenemos que hablar respecto a cierta mancha azul.

¡Chispas! Ale comprendió que lo mejor que podía hacer era desaparecer de inmediato; en dos segundos estaba en la calle seguida por Nicolás.

– Yo puedo llevarte. -Ofreció su papá a Nicolás.-  ¿Y qué tal estuvo la fiesta?

Y para  la felicidad de Ale, cuando Nicolás se sentó en el asiento trasero respondió:

-¡Bacán! Fue la fiesta más increíble y entretenida a la que haya ido.

  

 

 

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