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Posts Tagged ‘demonio de tasmania’

¿El escenario del flamenco son las vegas? Claro, eso es un hecho. Y los que piensan que se trata de Las Vegas, esa iluminada y parafernálica ciudad del desierto de Nevada, se equivocan. Una vega es una  laguna, un hermoso espejo de agua helada como la puna y trasparente como el cielo, ojos salitrosos que reflejan la belleza de Los Andes.

Los primeros flamencos que llegaron a  las vegas andinas  descubrieron allí un refugio de extraña belleza,  que si bien podía ser muy frío por las noches  prácticamente carecía de predadores que amenazaran su existencia.  Satisfechos por loo que veían, hundieron  sus picos curvos en el lodo amarillento de las vegas y sí, allí estaban sus crustáceos favoritos. ¡Para qué seguir buscando!

Los flamencos llevaban su tranquila existencia  sin presiones. Compartían  territorio con la jolla y los patos salvajes, pero  alimento había de sobra para todos. Desde  su  sitio en el centro de la laguna observaban  el ir y venir de los camélidos que se acercaban a beber para luego  marcharse con paso aristocrático a ramonear  las ásperas  hierbas  que les proporcionaba la puna. A veces, un puma solitario  venía a mojar sus patas acolchadas en la orilla  salobre; asustados, los flamencos ocultaban la cabeza bajo las alas. El puma tiene mala fama por esos derroteros.

Un día, un Flamenco más inquieto que sus hermanos  descubrió que estarse allí todo el día,  parándose en una u otra pata, escondiendo su cabeza bajo el ala y viendo pasar un guanaco de vez en cuando  le estaba resultando sumamente aburrido.

-¡Es que  aquí no pasa nada, pero nada entretenido! – le comentó a sus vecinos más cercanos.

¿Entretención? –respondieron ellos- Nunca se ha sabido de flamencos que pasen la vida buscando en qué entretenerse. A las alturas del altiplano se viene a descansar de las agotadoras migraciones, a tomar sol, a traer  polluelos al mundo. ¡Es más que suficiente en materia de emociones!

-¡Cómo no va a ser aburrido convivir con quiénes piensan así –refunfuñó Flamenco.

Deprimido, se dedicó a observar el movimiento de los juncos y las olas que el viento dibujaba sobre los matojos de paja brava.

De tanto observarlos, Flamenco terminó por encontrarles gracia. ¡Qué bien ondulaban las hierbas andinas, casi parecía que bailaban a impulsos de la ventolera! Repentinamente, una idea afloró en su  pequeño cerebro. Flamenco corrió hacia el centro de la bandada y empezó a hacer extrañas figuras sobre sus patas altas ydesgarbadas.

Sus evoluciones terminaron por despertar el interés de los demás flamencos. ¡Era extraño lo que hacía Flamenco, pero sin duda alguna, lo hacía ver muy bien…y parecía entretenido!

Paulatinamente, toda la bandada se fue sumando a la coreografía de Flamenco. Iban de izquierda a derecha, aleteaban un poco, se paraban en una pata, escondían la cabeza y después repetían la secuencia completa en un raro y alucinante ballet andino.

 Andando el tiempo, el ballet de Flamenco alcanzó su peak de popularidad y todas las familias de flamencos adoptaron la costumbre de bailar sobre los lagos salobres. Todavía se les puede ver  danzando muy entretenidos en su multitudinaria danza  que destaca bellamente su extraordinario colorido.

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Sabido es que el Pavo Real se niega a recordar su oscuro pasado y se aprovecha, para ello, de que la Tierra era aún tan joven que el mismo Creador y la veleidosa Naturaleza parecen haber archivado los hechos en lo más profundo de sus memorias.

¿Oscuro pasado? Quizás sería más justo llamarlo…deslucido.  Pues sépase bien y que nadie lo olvide, porque  así fue el Pavo Real desde el principio de los tiempos,: ordinario y deslucido, gris y apagado, carente de la bella cola que hoy lo caracteriza, en cierta manera, similar a la hembra actual, pero opaco  y más bien feo.

No  es de extrañar entonces, que las hembras de Pavo Real vivieran soñando con los  Faisanes, los Papagayos, las Cacatúas  y, en fin, todas esas bellas aves   que pasean por el planeta   haciendo alarde de su exuberante plumaje multicolor.

Los Pavos Reales sufrían en silencio el desprecio de sus hembras. A fin de cuentas, por más que los días de éstas transcurriesen  en la añoranza de otros machos mejor engalanados, al final, era con ellos y sólo ellos que se veían obligadas a formar una pareja y eran sus genes los que marcaban el futuro de los huevos que empollaban en sus nidales.

Y probablemente así habrían continuado por los siglos de los siglos de no haber atinado a pasar por allí un Ave Lira. Apenas lo vieron  las hembras de Pavo  Real,  quedaron fascinadas  por su belleza y perfección y esta insensata pasión  desató el caos  entre los Pavos Reales.

En el curso de una semana, noventa por ciento de las familias de Pavo Real estaba en crisis y el cien por ciento de los noviazgos se había roto. Eso, claro, evitaba que las parejas del mañana  se uniesen sin amor, pero condenaba a la especie a una progresiva desaparición.

La situación  llevó a un punto de tan extrema gravedad que las hembras de Pavo Real redactaron  a toda prisa una solicitud  para El Creador y con un timbre rojo marcaron en la primera página la palabra URGENTE. En ella,  respetuosamente, las hembras  solicitaban cambio de especie. Querían, a la brevedad posible, convertirse en hembras de Ave Lira.

Como era de suponer para cualquiera que lo conozca,  El Creador  quedó escandalizado. No podía creer lo que estaban leyendo sus ojos. Arrojó lejos el documento y envió un Serafín de Pimera Clase a informar a las hembras de Pavo Real que, de no retirar ipso facto la demanda, emitiría, en respuesta, un Decreto de Extinción Inmediata de la Especie.

Pero la locura estaba muy lejos de terminar. Las hembras recogieron la solicitud y la reexpidieron  prestamente a la Oficina de Partes de La Naturaleza. Los Pavos reales, sumidos en el dolor, se fueron a llorar su desventura   a la selva y esperaron  humildemente el rayo justiciero del Creador.

El Creador no pudo dejar de compadecerlos. ¡Qué volubles podían ser las hembras de Pavo Real, no había derecho! Hasta le daba pena extinguir a estos pobres enamorados no correspondidos.  Además, estaba sumamente molesto. Era un hecho que ya no se le tenía la misma consideración que antes. ¿Qué estaba pasando en la Tierra?

Y entonces,como suele ocurrir, tuvo El Creador una de sus ideas brillantes. ¡Esas falsas  hembras  tendrían lo que se merecía! ¡Pasarían su vida  rogando por la atención de sus Pavos Reales! Tomó su pluma, garabateó apurado un nuevo decreto, imprimió su sello y firmó con la letra grande y segura que le es tan propia.

En la selva, simultáneamente, los Pavos reales sintieron que sus colas se volvían  cada vez más pesadas. No era todo, algo crecía también en sus cabezas, les hormigueaban las plumas.  Parecía que toda su sangre  giraba enloquecida por  las venas.

Los Pavos Reales alzaron el vuelo hasta la laguna más cercana a mirarse en las aguas. No podían creer lo que estaban viendo.  Un espléndido azul reemplazaba el antiguo gris y una hermosa cola, mucho más larga que la del Ave Lira, arrastraba por el pasto.

Repentinamente, acuciadas por un  raro llamado, las hembras se hicieron presentes y quedaron deslumbradas por estos machos magníficos  de origen desconocido. Apenas verlas, los machos sintieron que sus colas se desplegaban en espléndido abanico. El dorado, el esmeralda y el azul  casi las cegaban. ¡Qué perfección, que delicadeza,  que despliegue de color!

Enloquecidas por la pasión, las hembras olvidaron todo pensamiento sobre el Ave Lira y todavía las esperaba una sorpresa mayor: comenzaban a reconocer en estas aves maravillosas a los mismos que ayer  miraran con desprecio. Al poco rato, todas  corrían a mirarse en las aguas, esperando ansiosas que el cambio las alcanzase.

Todo en vano. El Creador las había privado de esa explosión de belleza para siempre y  no les quedaría otra que perseguir a  los  Pavos Reales hasta la eternidad,  rogando por su  amor  y envidiando para siempre lo que nunca podrían tener.

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La Araña  estiró sus ocho patitas y alargó el cuello para no perder nada de lo que sucedía  a su alrededor. Hacía mucho, mucho tiempo que vivía en la casa de estas tres señoras tan estiradas, tan serias y tan silenciosas.  Ninguna araña  que hubiese vivido en esa casa los últimos dos milenios podría recordarlas manteniendo una conversación.  Eran muy calladas, las viejas damas…¡pero qué talento para manejar la rueca y el telar, que eficiencia en el manejo de la tijera!

Y  casualmente, porque así suceden las cosas, una de las ancianas dejó caer la bobina de hilo,  cuando se agachó para recogerlo,  quedó tiesa,  y un  quejido de dolor escapó de su  boca.

-¡Ay!

-¿Sucede algo, Cloto? – preguntó su vecina.

-Es que  tanto tiempo sin moverme me tiene las coyunturas rígidas, Laquesis – respondió la aludida.

-A mí, querida, me sucede lo mismo –respondió la tercera dama.

– ¿Tienes tú la tijera, Atropos? – preguntó Cloto.

-Claro, no soy yo, acaso, la encargada de cortar el hilo de la vida? –respondió esta pasándole la tijera y levantando luego su tejido contra la pálida luz que entraba por la ventana

¡Qué maravilla, qué delicadeza, qué arte! La Araña quedó muda de admiración. Cierto que ella hilaba su propia fibra, una casi  tan ligera y tan fuerte como la de las Moiras, pero claro, aparte de tender unas hilachas de cornisa a ventana, de una viga a la lámpara de aceite, eso era todo. Jamás, hasta entonces, a araña alguna se le había ocurrido la peregrina idea de tejer algo tan práctico  como una túnica y mucho menos algo tan bello y tan complejo como la vida de un hombre.  ¿Qué araña se habría atrevido a cortar con una tijera el hilo de la vida? A lo más, algunas daban su picotón fatal por aquí y por allá, algo que no se notase mucho.

Muchas  noches pasó la Araña meditando al respecto. Tenía que tejer tan bien como las Parcas. ¿Qué podía hacer para convertirse en una eximia tejedora? ¿Se dedicaría a espiar a las Parcas hasta conocer sus más íntimos secretos o se humillaría ante ellas rogándoles que la aceptaran como su aprendiz?

Lamentablemente, si bien  mucho  caviló al respecto no fue  suficiente, porque escogió la peor alternativa posible: desde su rincón del tejado, entre la paja y el barro que la apelmazaba, no perdió un instante del trabajo de las Parcas hasta que una noche,  cuando éstas se retiraron a descansar, bajó hasta el telar y se dedicó  a copiar el urdido y las puntadas de  las viejas señoras: primero tendió unas hebras formando  la base y después fue  formando sobre ella un  espiral  de rara elegancia;  cada vez que llegaba al punto donde había empezado ensanchaba  el tejido y así se fue  haciendo una bella tela concéntrica.

Todavía faltaba mucho para el alba cuando la Araña detuvo su tarea y se quedó admirándola con  íntima satisfacción.¡Qué bello trabajo, bien que podía estar orgullosa de  su obra!  Tantas horas le había tomado que se sentía exhausta, hubiera dado  cualquier cosa  por una hora de sueño. 

Tal era su cansancio, que se acurrucó en la esquina del tejado y antes de darse cuenta estaba profundamente dormida, tan profundamente,  que  pasó una hora sin que pudiera despertarse y luego pasó otra, y otra y finalmente, amaneció. Un tímido rayo de sol se escurrió por la ventana y la Araña dormía a pata suelta. Todavía estaba en ello cuando entraron las Parcas a retomar su trabajo del día anterior. Atropos  tenía prisa,  se había ido  a la cama sin acabar con tres agonizantes que ya no daban más a causa de tan larga espera.

Las Parcas no podían creer lo que estaba ante sus ojos: una bella tela, sutil y delicada,  se estiraba  sobre el telar, y  el hilado era tan fino que la luz  del sol lo difuminaba casi hasta la invisibilidad.

En eso despertó la Araña y bajó de prisa a compartir su momento de triunfo con las dueñas de casa.

–          ¿Qué os ha parecido mi tela,  queridas Parcas? Hace tanto tiempo que admiraba su trabajo que he encontrado mi verdadera vocación en el tejido. Mientras observaba, perfeccioné mi seda para que fuese más resistente que el hilo de acero y más dúctil y flexible que el mismo oro. No se disuelve ni con alcohol y además tiene propiedades antimicrobianas. Después pensé en ese bello dibujo en espiral, tan elegante.  ¿Qué les parece? No es  linda?

–  ¡Pero cómo, qué insolencia! –alcanzaron a rezongar las Parcas.

Después, en un ataque de auténtica furia, expulsaron a la Araña de su casa en el fin del mundo, prohibiéndole para siempre que se acercara doquiera ellas estuviesen y, en un gesto de infinita maldad, la maldijeron dos veces. Una, para que su vida y la de toda su especie fuera mucho más breve que la de los hombres que ellas hilaban,  y la segunda, para que el hilado de todos los arácnidos fuese para siempre viscoso y difícil de quitar.

Tanta saña  causó  infinitos sufrimientos a las Arañas. Ahora que las Parcas las consideraban sus enemigas, nadie quería relacionarse con ellas y se fueron poniendo cada vez más solitarias. Además, todos  se molestaban con sus bellas telas que solo podían notar cuando estaban enredados y pegoteados en sus hilos. Sólo el descubrimiento de que los insectos se adherían a la tela facilitándoles la cacería  les sirvió de consuelo. No es que los insectos sean un gran almuerzo, después de todo, nadie ha visto una araña gorda, pero los insectos caen en sus telas con tal asiduidad  que tampoco es fácil encontrar una araña hambrienta.

Aquello del tejido, claro, nunca se les quitó del todo. Las Arañas continuaron tejiendo sus telas y envidiando a las demás tejedoras. Algo se ha dicho por ahí de un feo episodio con una tal Penélope, casada con un marino llamado Ulises, pero no ha trascendido lo que realmente sucedió. Lo que sí esta  claro  es que desde  aquel incidente con las Parcas ninguna Araña  teje a plena vista de cualquiera. Prefieren los rincones, a más oscuros, mejor.       

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  Mucho, mucho tiempo atrás, los primeros cazadores que habitaron las tierras nórdicas descubrieron en el Reno un animal, además de bello,  inteligente, sociable y fácil de domesticar. Dejaron pues de cazarlo y  conservaron algunos de los ejemplares que cazaban  con vida para, de esa manera, formar una manada que les proporcionase carne, leche y animales de tiro al mismo tiempo. Hasta el día de hoy, por ejemplo, los lapones  cuidan sus  rebaños.

 Al principio, los renos estaban desesperados, ellos se sentían nacidos para correr por las estepas, para escarbar su alimentos bajo la nieve con las patas o ramonear los brotes  frescos de los arbustos, no para ser ordeñados y carneados cuando al pastor le viniera en gana, sin embargo, ya eran prisioneros y no les quedó más remedio que adaptarse a su nueva vida. Los más fuertes y valientes huyeron y observaban la situación desde los bosques sin poder hacer nada.

– Si los ayudamos, el Hombre nos arrebatará  la libertad – dijeron-, y  correr  sobre la tierra es lo que más amamos.

Y los renos domésticos se conformaron pensando:

– Cuando las tormentas azoten la tierra y las agujas de hielo  cierren los ojos de los renos montaraces, nosotros estaremos abrigados y  felices comiendo el forraje que nos da el Hombre.

De esa manera,  retomaron sus vidas separadas hasta el día de hoy.

El Hombre hacía trabajar mucho a sus renos, pero apenas se cansaban se tendían en la nieve y no había nadie que los hiciera levantarse hasta el día siguiente. El Hombre se daba por vencido y los  encerraba en el corral  para que descansaran y se alimentaran. Los hombres, por otra parte,  comían, tocaban música, bebían y se sentaban en un corro en torno al fuego. Allí pasaban toda la noche y parecían muy entretenidos.

Un día, curioso, Reno se acercó a observarlos. Los hombres tenían  algo que llamaban Juego. Cada uno de ellos ponía un poco de plata sobre la tierra y mientras algunos se iban quedando con los montoncitos de plata entre risotadas, otros  debían irse muy tristes y con las manos vacías.

– ¿Qué es lo que hace el hombre? –le preguntó el Reno al Lobo.

– Sea lo que sea que el Hombre haga, te aseguro, Reno, que no será bueno para nosotros –respondió el Lobo.

Y se fue corriendo a aullar en el borde de los riscos cubiertos de nieve.

El Reno continuaba intrigado de manera que buscó a la Liebre para preguntarle:

– ¿Qué crees tú, Liebre, que entretiene tanto al Hombre?

– Si del Hombre se trata, no quiero saberlo –contestó la Liebre y corrió a esconderse en su madriguera.

El Reno no daba más de curiosidad, apenas el Hombre  formó el círculo alrededor del fuego, invitó a sus hermanos y se pudieron a observarlo.

– ¿Qué hacen ustedes a nuestras espaldas, Reno? –demandó el hombre con desconfianza.

– Queremos saber qué cosa hacen que les da tanto gusto –respondieron los Renos.

– ¿Eso era todo? Tan  sólo jugamos la plata que hemos ganado con nuestro trabajo –dijo el Hombre- ¿Quieren participar?

– Pero  los Renos no  ganamos plata con nuestro trabajo –dijeron los Renos.

– No importa –concedió el Hombre-,  pueden apostar horas de trabajo. Si ganan, serán menos, si pierden, serán más.

Así, los Renos ingresaron al círculo. Bebían agua y comían pasto en grandes cantidades, pero no se dieron cuenta de que cada día iban perdiendo más horas de su descanso en manos de sus amos. Llegó el momento en que caían reventados de cansancio y entonces se negaron a seguir jugando.

– Si no juegan, páguennos –dijeron los pastores.

– No podemos ponernos de pie –se quejaron los Renos.

– Entonces, que trabajen las hembras y las crías y si no lo hacen, serán nuestra comida –amenazaron los Hombres.

Tanta fue la desesperación de los Renos, que en la noche de navidad Santa Claus, que andaba por allí repartiendo los regalos de Navidad, sintió sus gemidos y vino a conocer la causa de tanto dolor. Santa Claus los escuchó con atención, a  veces meneaba la cabeza como si  estuviera disgustado y otras abría mucho los ojos, como si no pudiera creer lo que oía.

– El Hombre, una vez más, se ha pasado de la raya, pero no teman, yo solucionaré todo.

Y se fue donde los Hombres  muy enojado.

– Lo qué hacéis a los Renos es una crueldad y me indigna –espetó-, pero tanto como conozco al Hombre, se que no le daréis la libertad, de manera que yo pagaré sus deudas de juego, todas ellas, para que el Hombre no pueda robarles sus horas de descanso.

Y el hombre, que había visto  con sus ojos que los Renos no podían durar mucho más trabajando de esa manera, aceptó, se metió la plata en el bolsillo y se fue muy contento.

Santa Claus volvió donde los renos.

– He gastado hasta la última onza de plata de mi bolsa –explicó Santa Claus- de modo que no podré  pagar a los duendes que me ayudan a repartir los regalos. ¡Este será un año muy triste para los niños que se quedarán  sin sus  regalos de Navidad!

Pero entonces, los Renos montaraces salieron del bosque y fueron  hacia él:

– Los niños no pueden perder sus regalos por culpa de los padres, Santa, trae tu trineo y nosotros tiraremos de él.

– Pero ya no tengo plata para pagarles – se lamentó Santa Claus.

– ¿Pagarnos? Tú has salvado las vidas de nuestros hermanos domésticos. Hasta el fin de los tiempos, los Renos tiraremos de tu trineo en señal de gratitud.

Emocionado, Santa Claus unció los renos al carro, les espolvoreó con polvo de estrellas y restalló su látigo en el aire. Antes de darse cuenta de lo que sucedía, los Renos iban volando  sobre las copas de los árboles y aunque tiraron del trineo toda la larga noche, no supieron lo que era el cansancio.

Y así sucede que, cada año, los Renos montaraces postulan para formar parte del tiro de Santa Claus y cuando van volando con su pesada carga no sienten  ni el peso de la carga  ni el paso del tiempo y se sienten orgullosos de su noble tarea  asumida por gratitud. 

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207861606_81a5ca83edEn el principio de los tiempos, todo Murciélago que se respetase dormía  confortablemente en una camita de ramas y hojas verdes. Diariamente, mamá Murciélago  recogía  todo lo necesario y,  apenas asomaba el sol, se acomodaban a dormir hasta que el gruñido de la barriga vacía los invitase nuevamente a unirse a reino de la oscuridad en busca de alimento.

Porque, claro, ellos siempre fueron de hábitos nocturnos, a tal punto que para orientarse en  sus incursiones noctámbulas prefirieron usar sus oídos y, de paso, se vieron obligados a cultivar un chillido ultrasónico para terminar con las quejas de los  animales que dormían de noche,  que ya no aguantaban un día más insomnes a causa de lo muy revoltosos que eran sus vecinos.

Todo iba viento en popa hasta que , un día, un Murciélago más avispado que el resto tuvo edad suficiente para  abandonar  el nido de mamá, y al llegar la hora de ir a dormir descubrió, sorprendido, que  debía hacer su cama personalmente.

El primer día, desesperado, decidió que pasaría el día en vela. Terrible decisión: la luz solar  hería sus ojos y lo enceguecía de tal manera que  se cayó del árbol. De no haberlo detenido violentamente una rama pinchuda, habría muerto al tocar tierra.

Debería haberse sentido satisfecho, de no  mediar el hecho de que estaba pinchado y arañado por todas partes.   Incluso se había hecho un siete en un ala, de la cual costó mucho que sanara. Además, forzado  a pasar el día en vela, descubrió una verdad  espantosa. Los  Búhos, Lechuzas y otras rapaces nocturnos se aprovechaban de los pobres Murciélagos dormidos, cazándolos en grandes cantidades. Aterrorizado, comprendió cuál era la razón de que tantos amigos desapareciesesn de la mañana a la noche y decidió contarlo a la Asamblea del Pueblo Murciélago apenas pudiera.

No hubo tiempo para ello. Su  madre llegó volando apenas  se encendió la primera estrella, escandalizada porque había sabido que su hijo pasaba el día despierto.

-¡Cómo es eso de que no quieres hacer la cama! –lo regañó.

-¡Odio hacer la cama! –se quejó Murciélago.- ¿Por qué no me la haces tú, mamá?

-¡Qué descaro, ya estás demasiado crecido para aprovecharte de mamá! –respondió ella indignada-  Pero eres mi hijo, y te ayudaré. Cuando amanezca, en vez de recoger ramas y hojas, vuela hasta  los trigales y trae paja seca. Tendrás un lecho tan confortable como el de un rey.

Cuando llegó el alba, corría un vientecillo, Murciélago no lograba mantener armada su cama de paja y nuevamente tomó la decisión de permanecer despierto.

Por la noche, su madre ya había sido enterada de las excentricidades de su hijo y traía la solución  bien pescada entre sus dientes. Se trataba de unos bellos cuadraditos blancos de orillas bordadas.

-Los robé del tendedero del Hombre –anunció-, no se te ocurra mostrarlos.

Murciélago llevaba dos días sin dormir, picoteó una fruta,  atrapó un par de insectos, acomodó  sus pañuelos en una rama y se quedó profundamente dormido. Roncó toda lanoche y  cuando empezaba a amanecer, fue despertado por los Murciélagos Ancianos.

–   Hemos tenido consideración por tu madre, esa buena Murciélago –comenzó el más anciano-, pero la situación es intolerable. Todos los Murciélagos comentan tu rebeldía y esta noche has roncado tan fuerte, que ponías sobre aviso a  los insectos y por tu culpa, esta es la primera vez que tantos Murciélagos se irán a dormir con la barriga vacía.

–         Por lo tanto –dijo el segundo Anciano – estás expulsado del bosque, nunca más queremos saber de ti.

   -Pero, ¿qué puedo hacer, adónde iré? –preguntó Murciélago.

-Eso es cosa tuya –respondió el tercer anciano-, pero en lo más profundo del bosque hay una caverna deshabitada, quizás allí puedas acomodarte.

Triste y desconsolado, Murciélago partió de inmediato a buscar la caverna hasta que finalmente dio con ella. El techo de la caverna estaba lleno de raíces de los árboles, algunas bastante gruesas. Era, además, húmeda y muy oscura. Murciélago descubrió que eso era muy grato para sus ojos; revoloteó  por su nuevo domicilio  hasta conocer todos sus rincones y luego buscó donde acostarse.

Pero no encontró un sólo lugar donde acomodarse. Finalmente, agotado, se colgó de una raíz, pero tan agotado estaba que se dio media vuelta sobre sus  garras y quedó colgando  cabeza abajo. Después, no tuvo fuerzas para  pararse y se durmió en tan incómoda posición.

Cuando despertó, la caverna estaba más oscura aún, si eso era posible. Buscando la razón, Murciélago salió de ella y supo que ya había caído la noche;  las tinieblas del bosque hacían aún más tenebroso su nuevo domicilio.

Y no fue su único descubrimiento. Murciélago se sentía más descansado y  tranquilo que nunca antes. ¡Esto debían saberlo los demás Murciélagos!

Voló por el bosque hasta que encontró a sus congéneres. Estaban  muy tristes porque los Ancianos habían desaparecido durante el día y no tenían quién los guiara.

-Se los deben haber comida las aves rapaces –dijo Murciélago.

Y, con pelos y señales, contó a su familia lo que había visto mientras pasaba el día despierto.

Los Murciélagos estaban desesperados. ¿Qué harían para conservar su vida ahora que sabían que  los devoraban mientras dormían?

Una vez más, Murciélago tenía la respuesta.

-Nunca, en toda mi vida,  dormí tan bien como en la caverna –contó-, es segura, no hay luz que nos moleste mientras dormimos y ningún animal se meterá allí para cazarnos.

Por supuesto que cuando llegaron allí no todos estaban tan entusiasmados.

-¿Dónde tenderemos nuestras camas? –preguntaban las madres.

-¡Ya no son necesarias! –explicó Murciélago-,  es mucho más cómodo dormir colgados de cabeza y lo mejor de todo es que nunca más hay que hacer la cama.

Con eso, convenció a todos los machos, que rápidamente se acomodaron a pasar la noche colgando de raíces y salientes. Las hembras reclamaron un poco, pero no tardaron en comprender que dormir allí salvaría las vidas de sus crías. En una semana, todos se habían  acostumbrado a su nueva vida.

Y lo mejor fue que, al no volver a ser vistos de día por el bosque, los Murciélagos se hicieron famosos como seres de la noche y, como aterrorizaban a todos,  nunca más supieron lo que era dormir con miedo.   

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Por Alida Mayne-Nicholls

La agente Marla se había enfrentado a casos muy difíciles desde que se había graduado de investigadora. Ese evento le había cambiado la vida, como ella siempre había querido. Ahora se encontraba a pocos días de celebrar su primer aniversario como agente, pero estaba tan ocupada con un nuevo caso que no había tenido tiempo siquiera de pensar en cómo iba a conmemorarlo.

“Ya habrá tiempo de pensar en aniversarios”, se había dicho a sí misma durante algunas mañanas, con tanto convencimiento que prácticamente lo había olvidado. Su madre, que seguía siendo una gallina ponedora de gran renombre en la granja, había realizado esfuerzos infructuosos por conseguir la atención de Marla. Y no necesitaba mucho: un listado de sus amigos y la confirmación del día y hora de la fiesta. Ella se encargaría de todo lo demás, desde las decoraciones a la comida. Pero cada vez que trataba de hablar con Marla, ella andaba recorriendo la granja con su lupa, o revisando pistas en el microscopio, o metiendo en bolsitas de plástico las evidencias que encontraba.

Ni siquiera cuando Marla atrapó al ladrón de los guisantes las cosas cambiaron. Estaba demasiado ocupada en revisar por tercera vez la evidencia, para que en el juicio no se cometiera ningún error que pudiera dejar libre al ladrón.

Cuando terminó el juicio –en el cual hubo una inapelable sentencia de “culpable”-, la agente Marla tampoco se dio el tiempo de atender los llamados cluecos de su madre. Ya el mayor Tricho le había hecho llegar una nueva asignación. El caso se veía complicado, de hecho, le parecía que podía tratarse de varios misterios condensados en uno solo, debido a que había habido robos de las más diversas especies, algunos tomados de la mismísima despensa de la casa grande: harina, aceite, papeles de colores, frutillas… Y la lista seguía ampliándose con el correr ¡de las horas!

La agente Marla comprendió rápidamente que no podía perder tiempo en esta asignación, porque el ladrón –aunque posiblemente se trataba de toda una pandilla- actuaba a cualquier hora del día. En algunas ocasiones se denunciaban robos apenas minutos después de que la agente Marla hubiera abandonado la escena del crimen. No podía entender cómo un grupo tan sigiloso de seres la estaba sacando de sus casillas, a ella, que siempre se dejaba guiar por su intelecto.

El principal inconveniente era que el o los ladrones eran muy cuidadosos. La mayor parte de las veces no conseguía ninguna pista, nada, ni siquiera la huella parcial de una pata de gallo. Al principio le había sorprendido la sagacidad de los ladrones, luego la sorpresa se había convertido en desazón. Había llegado a tal extremo su pesar, que temía que no podría resolver el caso. ¿Y qué pasaría entonces con su reputación? Después de todo, la agente Marla tenía un registro impecable y en su hoja de vida sólo había reconocimientos y felicitaciones. No podía manchar eso con un “caso no resuelto”.

Tenía ya una gran colección de robos relacionados con el caso y tan poca evidencia, que pensó que lo apropiado sería no seguir dejando sus propias patas marcadas en el suelo de tanto andar, y encerrarse en su cuarto a pensar. Si el ladrón era tan inteligente, entonces necesitaría pensar con más claridad que nunca para descubrirlo. Aunque no tenía muchas pistas, tal vez podría llegar a pensar como él y si lo pillaba con las manos en la masa, eso contaría para cualquier jurado.

La agente Marla cerró con llave su cuarto y se sentó en un pequeño taburete, mirando hacia la pared. Era como si su madre la hubiera castigado, pero lo cierto es que no quería interrupción ni distracción alguna. Se apoyó en sus rodillitas y se puso a pensar, pensar y pensar. Su mente no se detuvo y, de pronto, se dio cuenta. Se llegó a caer de espaldas de la impresión, dejando que algunas de sus plumitas se desprendieran y volaran por los aires. Muy compuesta se levantó, arregló su plumaje y abrió la puerta.

Claro que había una pista. En todas las escenas del crimen había visto lo mismo. No le había dado importancia, no lo había relacionado con el ladrón, porque la marca aparecía antes del robo. ¡Los lugares que iban a ser asaltados eran marcados antes! Y ella había visto esa marca aparecer en un nuevo lugar. Si se apuraba llegaría antes que los ladrones hubieran partido y los esposaría en el acto.

Se acercó hasta el gallinero, y notó más movimiento del que ya tenía un gallinero lleno de gallinas ponedoras. Pensó que los ladrones ya estaban adentro, así que corrió, derribó la puerta y ¡los sorprendió en el acto! O más bien, la sorprendieron a ella en el acto. Porque al echar abajo la puerta, se dio cuenta de que no había ladrones, sino una fiesta para celebrar su primer año como agente. Su madre lo había planeado todo con el mayor Tricho, sabiendo que lo único que podría llamar la atención de Marla era un caso de difícil resolución. Así que la agente Marla olvidó el caso –“aunque de todas maneras lo resolví”, pensaba ella- y se dedicó a celebrar con sus amigos.

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2500483634_bdc284e173Hace tanto tiempo que los demonios de Tasmania eran animales encantadores que ya casi nadie se acuerda de ello. En esa época no compartían  su bella isla con los humanos y tenían muy buena relación con La Naturaleza. Tenían mucha comida a su disposición y un brillante pelaje  negro atravesado por un  collar blanco en el cuello. En  ese tiempo eran  conocidos como los chiquitines de Tasmania, pero ¡ay de aquel que los llamase así! Ellos lo consideraban ofensivo y muy políticamente incorrecto.

No eran tan diferentes a hoy, dirán ustedes, pero sí,  lo eran. Cada mañana,  los  demonios, hoy solitarios,  se juntaban en los claros del bosque a comer. Llegaban desde todas partes trayendo insectos gordos y sabrosos, pequeños roedores marsupiales, huevos y raíces. Juntaban  sus aportes en un  gran banquete y celebraban por todo lo alto.

Hasta que un día, La Naturaleza, que andaba  en visita de inspección, atinó a pasar por allí.

-¡Pero qué chiquitines encantadores! –exclamó deleitada con el espectáculo.

Apenas  la escucharon,  los chiquitines de Tasmania  se molestaron con ella

-¡Cómo que chiquitines! –dijeron.

La Naturaleza no estaba al tanto de la larga lucha de los chiquitines tasmanos por  lograr el respeto de las demás especies, de manera que insistió.

-¿No son ustedes los marsupiales chiquitines?

-¡Jamás! –negaron ellos- ¡Nosotros somos más grandes que el noventa por ciento de los marsupiales!

Cierto que eran de mayor tamaño que el noventa por ciento de los marsupiales pequeños, pero ellos omitieron ese término que tanto les  dolía.

-¡Qué engreídos! –se dijo La Naturaleza-.  Quizás va siendo hora de que reciban una lección.

Y apenas de regreso en sus dominios,  emitió un decreto de Racionamiento de Alimento para Marsupiales Conflictivos.

Esa larga noche la pasaron los pobrecillos  buscando en vano los bocadillos habituales. Insectos y roedores parecían haber desaparecido. Apenas amaneció, una triste manada se reunió en el claro del bosque con  las patitas  y el estómago vacíos.

A última hora, uno de ellos llegó arrastrando el cádaver de un wombat que había  muerto a causa de los estragos de la edad.

-Es lo único  que pude conseguir –explicó tristemente.

Los chiquitines pasaron una semana negra y estaban muy enojados cuando  La  Naturaleza volvió por allí a recibir sus disculpas.

-Buenos días, chiqui… -alcanzó ella a decir antes  de ser expulsada del  bosque con  todo tipo de recriminaciones.

-¡Se nota que nunca ha sido madre!  -le espetó una hembra antes de hacerle un desprecio.

La Naturaleza, cuya  gran frustración era no haber tenido hijos,  regresó a su oficina y firmó inmediatamente un Decreto de Cambio de Aroma Específico. Apenas había puesto su rúbrica cuando un chiquitín le preguntó a otro:

-¿No sientes un olor  desagradable?

-Cierto,  ¿de dónde vendrá? – repondió el otro.

Tras unas pocas averiguaciones, los chiquitines se dieron cuenta de que ese desagradable olor  emanaba de sus propios cuerpos. Un kukaburra que pasaba volando les confidenció  que La Naturaleza, ofendida, les había jugado otra mala pasada

-¡Qué vengativa, qué mala persona! –se quejaban ellos inmersos en una profunda depresión. Primero les habían obligado a ser carroñeros y ahora esto.

Formaron al instante un Comité de Defensa contra las Veleidades de La Naturaleza y durante unos meses se les vio correr de un lado a otro como pequeñas trombas colgando letreros que exigían un nuevo trato, rayando las cortezas de los eucaliptus con alusiones desagradables hacia las madres frustradas y otras lindezas por el estilo. Incluso, de tanto gritar, perdieron el grato tono de sus gruñidos y ahora sólo chillaban.

A los seis meses, La Naturaleza  declaró roto el diálogo entre  las  partes y,  para demostrar quién mandaba allí, les mandó de regalo un virus de  tumor facial. Los chiquitines comenzaban sufriendo lo que parecía un ataque de acné nervioso y por más tratamientos que se hiciesen, no conseguían  eliminar esos feos granos. Peor aún,  andando el tiempo, los granos se convertían en un doloroso  tumor facial y   en apenas dos años los chiquitines que lo sufrían ya habían pasado a mejor vida a causa del cáncer.

-¡No les quedará más remedio que pedirme  perdón! –le dijo muy orgullosa La Naturaleza a los wallabies,  a sabiendas de lo chismosos que eran.

La Naturaleza olvidaba un detalle: la proverbial dignidad de los chiquitines de Tasmania. Apenas supieron lo que había dicho, ellos contratacaron con otro misil verbal:

-¡Si la inútil de La Naturaleza  insiste en desquitarse con nosotros, pasará sobre nuestro cadáver!

A estas alturas, los pobres chiquitines no eran la sombra de lo que habían sido. Iban de un lado a otro  chillando como enajenados, esparciendo su desagradable olor sin poder evitarlo. Odiaban su dieta y, para más remate, las hembras habían comenzado a experimentar trastornos reproductivos que, si bien podían ser causados por la tensión nerviosa, toda la chiquilinada los atribuía a “una bajeza más de La  Naturaleza cruel”.

La moción de la directiva del Comité de Defensa proponiendo  la  adopción del nombre Demonio de Tasmania fue votada favorablemente por el cien por ciento de la especie.  Era un último gesto  para  reponerse de los dolores de su orgullo pisoteado.

Desde entonces,  La Naturaleza vive a la espera de  que los demonios de Tasmania  lleguen a pedirle perdón de rodillas, pero está equivocada. Los demonios de Tasmania, a pesar de sus sufrimientos, siempre han hecho gala de una fortaleza de carácter  digna de admiración.  Se han juramentado a luchar hasta el último demonio y si no fuera porque una campaña de protección contra el tumor facial se encuentra en plena aplicación por instituciones protectoras de la fauna, hace tiempo que  habrían  visto cumplida su palabra.

Nota: El demonio de Tasmania es un marsupial cuya supervivencia se encuentra amenazada.

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