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 Leí mi primera Jane Eyre entre los 9 o 10 años y a partir de ese momento  la releí innumerables veces, sin embargo, recién ahora, más de medio siglo después, leo, al fin, la versión completa,  libre de los desperejilamientos a los que  someten los libros algunos editores canallescos. Qué maravilla este alegato sobre la pasión y el amor. Qué generosa Charlotte Brönte mostrándonos además las dificultades de la vida en su época y esa visión tan femenina y feminista a la vez.

Cuando era niña la gente era muy inteligente, en vez de chatarra plástica, regalaba libros, así fui formando mi pequeña biblioteca personal: Salgari, Verne, May Alcott, Karl May, Ruskin, la colección completa de Las travesuras de Naricita, de Monteiro Lobato y siempre allí, presente, el Tesoro de la Juventud. En ese tiempo teníamos en Chile una excelente educación pública, de la cual me reconozco agradecida deudora. Usábamos libros de Lectura como El niño chileno, Los episodios Nacionales. Todavía guardo en mi memoria los poemas que aparecían en ellos. “ Ten un poco de amor para las cosas” , decía Villaespesa, “este era un rey que tenía un rebaño de elefantes” , continuaba Darío. Por las mañanas, mi padre nos sacaba del sueño recitando a voz en cuello “qué linda y fresca la mañanita, me agarra el aire por la nariz…” Darío otra vez.  En la puerta de su casa estaba la niña negra y “ ciudadanos, quién nos une en este instante, quién nos llama? Víctor Dgo. Silva, quién otro.

Continuos traslados de residencia en solitario, vale decir, sin mi familia, me hicieron ir perdiendo una y otra vez mis escasas pertenencias, pero yo tenía una excelente memoria donde mucho de ello quedó refugiado.

El día llegó en que no fue suficiente seguir leyendo, no, la lectura invita a entablar un diálogo con aquellos que tan generosamente nos regalan el producto de su pensamiento. Tomó tiempo, lo reconozco, pero Saramago empezó más tarde aún.

¡Qué puedo decirles? Lean, lean, lean. No podemos pasar por la vida perdiendo ese tesoro inagotable. Allí está la literatura británica completa, una colección de joyas: Dickens, Wilde, Waugh,  Austen, Christie, Barnes, McEwan,  todo Philip Pullman, Jk Rawlins, Susannah Clarke, Tolkien, Lewis. No hay dónde perderse.

Gogol, Chejov,  Dostoyesky, Dumas, Hesse;  me faltaría espacio para recordar  lo que no se pueden perder, y conste que el tiempo vuela. Lean clásicos, son más baratos y no hay dónde perderse. Sólo desconfíen de la prensa, cuando se lee, hay que hacerlo entre líneas, buscando el mensaje subliminal.  Por  mi vida lectora ha pasado de todo, incluso cosas que me prohibieron en su momento sin que  nunca haya  sufrido daño o menoscabo por eso, no hay mejor juez que uno mismo. Yo jamás les prohibí nada a mis 4 hijos, pero puse libros a su alcance.

 Lean de todo: historietas, revistas, novelas, poesía, historia. Homero es una larga sucesión de hechos gloriosos para los antiguos griegos, pero ¡qué prosa arrolladora, cómo envidio esa fuerza vital, esas magníficas construcciones de palabras!

En cuanto a la partitura, eso, del Hombre, es lo que más me hace creer en la existencia de un soplo divino. Si bien fue uno de esos monos desnudo el que empezó haciendo un tam tam en un tronco caído, el que sopló en una caña hueca, lo cierto es que Vivaldi, Haendel, Debussy, Saint Säens, Chopin, Brhams, Beethoven y todos ellos  me hacen pensar seriamente en que la música es lo más parecido a un regalo de Dios. En Chile  todavía sobrevive Radio Beethoven, 96.5 FM. Aprovéchenla,  y también está en internet. Lamento no haber aprendido a tocar un instrumento, cualquiera que no se soplara, no soy persona de soplidos. Mi instrumento era la voz, pero el asma acabó prematuramente con mi registro de soprano. De sólo pensar que hay tanta buena música que no alcanzaré a conocer tengo una sensación de pérdida irreparable.

Mi marido, lector por demás agudo, ha dedicado sus últimos años pre retiro a comprar libros, que en Chile son muy caros y no creo que sea sólo por el IVA. Se acumulan por todas partes, haciendo torrecitas por aquí y por allá, cada vez que acomodo uno dejo otro dando vueltas por allí. Se prepara para cuando la pensión no permita esos lujos de la misma manera que algunos tontos gastan su dinero en construirse  un búnker antiatómico. ¡Quién querría sobrevivir en un mundo arrasado por las bombas! Mejor leer y escuchar buena música. De cualquier tipo, folklore, selecta, progresiva. De todo, pero bueno, en estos asuntos hay que ser algo menos tolerante de lo que estamos siendo.

Unos días atrás tomábamos el té en compañía de nuestras hijas y mi nieto. Tony había estado canturreando “cucú le llamó, cucú le llamó” durante la tarde. Tuve, de pronto, una idea: cantémosle a Tony el Cucú a cuatro voces. Listos, comenzamos. Tony me escuchó empezar, luego se unió su mamá, Alida, sorprendiéndolo;  siguieron Miranda y Allegra, mi marido, Anthony. Sonaba magnífico, pero de pronto a Tony le brillaron los ojos y escondió la cabeza en el pecho de su tía. La emoción había sido demasiada.

Lo dije: la música es lo más cercano a Dios que muestra el Hombre. Y no confundir con la música que se canta en nuestras parroquias, no, please.

Por último, tanto amo los libros que mis hijas menores llevan, lo han visto, nombres relacionados con Shakespeare y Byron. Al haber cometido el error de cargarle mi nombre a la mayor no me quedó más remedio que construir posteriormente ese lazo. Oscura y sudaca, yo también soy literatura.

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Lamentablemente, por mucho que madrugara Palomingo resultaba evidente que Zorzalo  se  levantaba antes. A Palomingo no le quedaba más remedio que posarse en la copa del acacio  para  espiar a su adorada en silencio. Zorzalo López, por su parte, no dejó de advertir las extrañas evoluciones de Palomingo  y de inmediato se abocó a organizar un plan de emergencia  para que las tropas enemigas no los pillasen de sorpresa.

¿Qué se traerían entre alas los esbirros de Tiuquemante?  Los pájaros del barrio estrujaron sus cabecitas tratando de responder esta y otras incógnitas. ¿Cuál sería el próximo movimiento de la Brigada Tiuque? ¿Estarían pensando atacar la despensa del nido de cuatro habitaciones de don Zorzalo? ¿Se atreverían a tanto?

-Yo estoy seguro de que planean tomarse el nido para hacer su cuartel general.- Dijo  Juanito Chincólez.

El corazón de Zorzalo cayó al suelo y se quedó allí sumido en la más profunda amargura.

Leotordo,  siempre más lógico, rechazó de plano esa afirmación.

-¿Y dónde iban a caber, si me quiere usted responder, Chincólez? Los más pequeños son los Gorriontínez, pero no los llevan ni de apunte, no ve que no le han dado jinetas a ningún gorrión…todavía.

El corazón de Zorzalo, que comenzaba a recuperarse con sus palabras,  volvió a caer asediado por esos puntos suspensivos.

-Basta -intervino Golondrisa-, aquí no se trata de estar especulando. Necesitamos información seria, creíble y responsable, y puesto que carecemos de un servicio de inteligencia, propongo que  contratemos los servicios de mi primo, el famoso  agente 00Bird. Él ha trabajado largo tiempo  al servicio de la Reina  Isabel de Alondraterra y, por pura casualidad, se encuentra pasando sus vacaciones cerca de aquí.

¡Qué bueno era contar con amigas como Golondrisa! Sus palabras distendieron el fúnebre ánimo de los presentes. Zorzalina estaba emocionada, James Swallow (Petrucciani por parte de madre) había protagonizado hacía algún tiempo grandes  éxitos de la pantalla,  convirtiéndose de inmediato en el galán alado  número uno del cine mundial. Ella  misma había visto su  película favorita, “Sólo se vuela dos veces”,   por lo menos en tres ocasiones.

-¡Tienes que presentármelo, chiquilla! -demandó.

Golondrisa accedió y, ni corta ni perezosa, le ofreció dos cajas de chocolate Hanstord con diez por ciento de descuento sobre las alzas provocadas por la escasez. Zorzalina no tardó en aceptar,  con la alada imagen de James Swallow todavía fulgurando en su cerebrito de zorzal.

Zorzalo, muy sentido,   preguntó qué tan efectivo podría ser un agente secreto que ha protagonizado por lo menos ocho largometrajes.

-Seguro que ya está medio desplumado -esgrimió finalmente-, él ya era famoso cuando yo  todavía estaba en el huevo.

Indignadas por este comentario, las damas se negaron a dirigirle la palabra por los próximos diez minutos. Por fortuna, el tiempo volaba. En pocos minutos más aparecería  el enemigo,  de manera  que el castigo no tuvo oportunidad de aplicarse.

Para poner coto   a las extrañas idas y venidas de Palomingo, en cuanto éste partió para integrarse a su regimiento se solicitó la presencia del agente secreto vía bird-mail.

Se hacía tarde, en pocos minutos más la Brigada Tiuque reanudaría las acciones bélicas. Martín Escolibrí estaba aterrado porque   había sabido que los atacantes  disponían de bombas de gas  fabricadas con las plantas más desagradables y nauseabundas de las que se tuviera memoria. Mari Loica estuvo segura de que ellos eran perfectamente capaces de usarlas.

-No tienen dios ni ley. – argumentó lapidaria.

Leotordo, indignado por la cobardía de los atacantes, dio un último paseo  con el cogotito estirado y el pico apuntado hacia el cielo, como si pudiera pinchar con él  las alas del capitán Tiuquemante.

 -Última vez que nos hacen huir. Con la ayuda de Dios y de James Swallow (Petrucciani por parte de madre) y con el nuevo plan de ataque que estamos implementando, pronto recuperaremos la paz y el comedor perdido.

– Tan caballero  este Leotordo -dijo Zorzalo-,   se ha portado como un auténtico héroe.

A Leotordo, de puro orgullo, se le esponjó hasta el ala que llevaba en cabestrillo.

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            La fiesta estaba  mejor que nunca cuando los Palomérez, los Gorriontínez, todos sus primos y hermanos y  la escuadrilla  de malandrines del que Iván Tiuquemante se hacía llamar Capitán,  se posaron sobre las copas del inmenso acacio de calle Queltehues N° 8. Los tres cabecillas se posaron en una rama -Volantín Gorriontínez algo nervioso por la proximidad del Capitán Tiuquemante- y observaron con ojos envidiosos el festejo. Al parecer, también  estaba allí don Plácido Diucamingo,  regalando al festejado con algunas de sus mejores interpretaciones líricas.  Ni  el mismo Tiuquemante  se atrevería a negar los méritos de su brillante garganta, que le ha paseado varias veces por los mejores escenarios de la lírica  mundial.

-Es es el colmo que no nos hayan invitado.- pió Volantín, envidioso.

-Se creen de la aristocracia  – dijo Palomingo.

Tiuquemante no comentó el asunto. Su plan, pensó, iba saliendo a pedir de pico.  Al Capitán le bastó con estirar el  cuello y   lanzar  un agudo chillido a su tropa:

-¡Al ataque!

La Brigada Tiuque  batió sus alas, ascendió unos metros girando sobre la copa del acacio y luego, en perfecta formación, atacó en vuelo rasante sobre el jardín del número 5.

Ratatatatatatá.

Las ametralladoras de granos de pimienta sembraron el pánico entre los invitados de don Zorzalo. El mismo no supo cómo voló a refugiarse entre las ramas de la hiedra. El pajarerío, en pánico, aleteaba desordenadamente, tratando de esconderse entre las ramas del limonero o el espeso ramaje de las lilas en flor. Las Tortolatti huían a tropezones  y  Leotordo,  malherido,  arrastraba un ala detrás de Tordolina. Entre tanto, Golondrisa Petrucciani protegía con sus alas al  regordete  Plácido Diucamingo, heroica  acción que sólo un genuino amante de la lírica podría comprender.

Zorzalina, a quien el ataque sorprendiera en uno de sus muchos revoloteos por la cocina del nido, corrió a refugiarse bajo su camita de hilos de seda en compañía de Elisa Chincólez.

-¡Los niños! – Piaban desesperadas.- ¡Qué es lo que está ocurriendo!

La Brigada Tiuque hacía en ese momento una segunda pasada ametrallando el jardín, aunque,  por fortuna, todo el mundo se había esfumado.  Entre las ramas del acacio, sobrecogidos, los Palomérez y los Gorriontínez miraban la escena estupefactos.  ¡Con quién se habían metido! El  capitán Tiuquemante  planeó  sobre sus cabeza y luego descendió hasta posarse en la rama.  Volantín Gorriontínez sintió un escalofrío de muerte recorrerle las alas.

-El campo está listo, sargento Palomérez. Descendamos. -Invitó Tiuquemante.

Palomingo estaba  asustado, pero la palabra sargento obró milagros. Se esponjó todo y aleteó orgullosamente detrás de Tiuquemante. Volantín, que todavía no había recibido su grado militar, se coló a retaguardia.

En cosa de segundos, el jardín se pobló de intrusos que  engullían con avidez  la comida abandonada por el dueño de casa y sus invitados. Palomingo encontró tan buena la semilla de raps que no pudo evitar ir de un lado para otro picoteando las colas de su parentela  para demostrarles el gran favor que les hacía al permitirles que se alimentaran. En una de sus pasadas, se topó a pico de jarro con Volantín Gorriontínez.

-Buy buena da comida.- Dijo Palomingo con el pico lleno.

-Sí, muy buena, don Palomingo – concedió Volantín-, pero ¿no cree que lo del bombardeo fue una exageración del capitán Tiuquemante?

-Bueno, sí, un poco, pero así no regresan a molestar – reconoció Palomingo-,  ah, y no se olvide que yo soy ahora sargento Palomérez para usted.

Dejó  a Volantín con la disculpa en el pico  y partió a picotear la cola de su prima Colomba…esa fresca, comiéndose todo el raps ella sola, de paso, como por equivocación, le asestó un  aletazo a la paloma de hierro.

Volantín estaba enojado, qué poco había tardado Palomingo en creerse lo del rango militar. Esquivó cuidadosamente a un tiuque de  ojillos malvados y picoteó algunos granos de alpiste que estaban medio escondidos entre la hierba. Volantín  espió a los miembros de la Brigada Tiuque  por el rabillo del ojo y notó que todos ellos llevaban al cinto una espada de agujas de tuna y  una granada de semillas de ají.  ¿En qué se habían metido Palomingo y él? ¿No habrían cometido un error aliándose con el desalmado de Tiuquemante? Después de todo, ellos siempre habían almorzado ahí, con invitación o sin ella, y  Zorzalo jamás les había dado otra cosa que no fuera una mirada de enojo por sus malos modales. ¡Era vergonzoso tratarlos así! Pero los  miembros de la escuadrilla Tiuque vigilaban atentamente la conducta de los Palomérez y los Gorriontínez, de manera que se guardó muy bien de decirlo y prosiguió su almuerzo teniendo  buen cuidado de no parecer disconforme.

El último grano de comida coincidió con  la orden de partida a los invasores. La escuadrilla de Tiuques  planeó en perfecta formación y,  despectivamente, miró desde lo alto  el aleteo desordenado de los Palomérez y los Gorriontínez. ¡Esos nunca serían buenos soldados. El capitán Tiuquemante, que ya le había echado el ojo a algunos pichones de paloma que se veían bastante apetitosos, encendió un cigarrillo de hojas de perejil y pensó que ya iba siendo hora de planear las futuras cacerías.  Por consideración al pacto  con Palomingo, dejaría los polluelos para el final, pero lo que es Zorzalo y sus amigos,  esos serían los primeros en saber con quién se estaban metiendo.

Pero volvamos a nuestro héroe: Todo maltrecho,  Zorzalo sacó su cabeza de entre las hojas de la hiedra y  chirrió llamando a su mujer.

-¡Zorzalina, Zorzalina, niños, dónde están?

Elisa Chincólez llegó nerviosa, miraba de un lado a otro y daba pequeños saltitos.

-Zorzalina no puede venir -dijo-, le dio un ataque y se desmayó sobre la cama.

Se fue sin despedirse llamando a don Juanito y a sus niños.

Leotordo, que no podía volar a causa del ala herida por los granos de pimienta,  vino desde los rosales trepadores.

-Zorzalo, querido amigo, apenas me puedo mover.

Tordolina lo ayudaba como mejor podía.

-No sé cómo podré volver a  nido en este estado.-Se quejó Leotordo, sus negras plumas empalidecidas de dolor.

-¿Usted cree que yo abandonaría un amigo como usted, Leotordo, tan caballero? Esta es una emergencia, mi nido es grande, le cedo una de las habitaciones. -Dijo Zorzalo.

Y después, al ver lo maltrechos que se encontraban Martín Escolibrí y Mari Loica Huenumán,  ofreció generoso.

-Las otras dos, las pueden ocupar ustedes, queridos amigos. En estos momentos dolorosos, los pájaros tenemos que estar unidos.

Las señoras se ocuparon de los heridos, despertaron a Zorzalina de su desmayo y organizaron la retirada de los demás vecinos que se habían refugiado entre la hiedra. Un rato después llegó Golondrisa, todavía sin aliento a causa de su peligrosa fuga.

-Dicen que la guerra va a ser larga -pió-, creo que lo mejor será  viajar. Dicen que las tropas enemigas se están reagrupando en la calle Caiquenes y que planean un nuevo ataque para mañana, a la misma hora.

A  Zorzalo le hirvió la sangre.

-Esto es inconcebible, yo no lo voy a aceptar. Tenemos que hacer algo o este invierno, centenares de pájaros morirán de hambre o serán asesinados por las milicias de Tiuquemante.

Leotordo se puso en pie con ayuda de una muleta de Granado de flor  para secundarlo.

-Yo estoy con usted, Zorzalo, no podemos dejarnos aplastar como babosas de jardín.

Zorzalo estrujó su cabecita y luego dijo:

-Nosotros somos aves pacíficas, no vamos a aceptar que nos obliguen a caer en la violencia. Creo que tendremos que  planificar una ofensiva mediática.

Mari Loica se agachó un poco, estiró su cabeza y susurró:

-Yo tengo amigos que pueden ayudarnos, don Zorzalo: los caracoles de jardín.

Así fue como, gracias a Mari Loica,   fueron los caracoles de jardín los que iniciaron la ofensiva comunicacional destinada a levantar la moral de los pájaros del barrio.

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Prepárate porque ya viene nuestro ya tradicional Especial de Halloween 2011. Y está de miedo!!

Este año con terroríficos cuentos recién escritos especialmente para tí. ¡Nos vemos!

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Queridos lectores,  nuestro blog lanza esta nueva sección con el fin de apoyar a nuestros lectores que escriben. Por esa misma razón, invitamos a aquellos de ustedes que tengan alguna opinión no calificadora, sino técnica, sobre los textos que se publiquen, a participar en ella. Nuertros primeros textos vienen del extremo sur de Chile, específicamente, Coyhaique, donde tuve la afortunada ocasión de estar hace un par de semanas. Fueron producidos en el taller literario de apoderados del colegio San José Obrero. Bienvenidos, amigos de esa bella, acogedora y esforzada ciudad.

“AZÚCAR FLOR

Autor anónimo

Para mi Flor era la más bella mujer del mundo,tenía los ojos color cielo,  una piel blanca casi trasparente, voz angelical y una baja estatura  que agrandaba aún más su encanto. Era sin dudas el amor de mi vida, el único motivo para seguir aquí, amaba todo lo que decía o hacía, miraba o tocaba, Flor era una mujer tan mágica que a veces me parecía irreal, disfrutaba de la poesía, la música clásica, el buen cine y la pintura.

La misma majestuosidad que Flor poseía me permitió ignorar sus defectos, si es que se pueden considerar defectos el excesivo cuidado que le brindaba a su colección de estampillas, monedas antiguas y prendedores, su empeño por mantener todo limpio y en perfecto orden dentro de la casa, y ese inexplicable pánico que le causaban los insectos, en especial las hormigas.

Así, esta secuencia de imágenes llamada vida seguía adelante, particularmente la mia giraba en torno a Flor, cuando nos despedíamos cada mañana antes de irme al trabajo, sólo deseaba que el día pasara para volver a verla.

Ese día caminé sin apuro a casa, como sabiendo que la escena que allí me esperaba, iba a permanecer inmóvil por varias horas más.

Al abrir la puerta lo primero que siento es un exquisito olor a queque de nuez, entonces sonrío y exhalo para disfrutar en mayor magnitud el ambiente. Luego, y justo antes de anunciarle mi llegada, vi una larga línea que bajaba de la ventana al suelo, y de ahí se dirigía a la cocina. Eran hormigas, toda alineadas una tras otra  marchando hacia un solo destino. Al llegar a la cocina vi a Flor con las manos llenas de ellas, pero a pesar del miedo que le causaban, esta vez  no gritó, no lloró ni saltó desesperada. Flor estaba muerta sobre el helado suelo.

Junto a su cabeza una oscura poza de sangre, un poco más allá el frasco roto de azúcar flor, a sus pies la silla tirada. En el mesón estaba aún caliente  y con azúcar flor el queque de nuez, entonces corté un trozo  y con lágrimas en los ojos comencé a comérmelo, traté de reconstituir así la muerte de Flor-

Ya me había comido tres pedazos cuando concluí que todo había sido un accidente, y como sucedió. Subió a la silla para sacar el frasco de azúcar flor, bajó, lo esparció sobre el queque de nuez y al intentar nuevamente subir al estante cayó al suelo  volcando la silla y botando el frasco. No fue difícil darse cuenta de los hechos, talvez alguien con experiencia en este tipo de asuntos, hubiese tardado menos trozos de queque en reconstituir lo sucedido, pero hay que considerar que yo me encontraba bastante afectado.

Entre el cuarto y el sexto trozo de queque me dediqué a recordarla, los mejores momentos de mi vida fueron con ella, y mirándola muerta en el suelo de la cocina, se me vinieron  todas esas imágenes a la cabeza. Ya en el penúltimo trozo, invadido por la pena, llegué a la conclusión de que el final de Flor estuvo lleno de circunstancias y coincidencias. Si Flor no hubiese sido tan pequeña no hubiese necesitado subirse a la silla, por otra parte, su temor a las hormigas fue motivo de la altura exagerada del frasco, lo se porque me lo comentaba cada vez que me pedía  que le bajara algunos dulces ingredientes del estante.”

Estimado autor, me gusta tu cuento, el título me parece perfecto, buena metáfora;  tu sentido de humor, la sutil ironía conque está narrado, te invito a perseverar. La escritura es un arte que se aprende  con dos sencillos ejercicios, leer y escribir. Hay grandes cuentistas que resultan los mejores maestros.

Te recomiendo, una vez terminado el relato, leerlo algunas veces en voz alta, eso ayuda a simplificar la puntuación y aclararla. Te sobran algunas  comas, lo que a veces resta dramatismo y otras cambia el sentido de las palabras.

La anécdota, muy buena. Sólo puedo recomendarte simplificar algunas oraciones, tratar de escoger la palabras exactas para dar el sentido deseado -por ejemplo. lo alto del frasco de azúcar es obviamente la altura a la que está puesto, pero no queda claro en palabras.

Tienes talento, perservera. Uno puede reescribir un texto hasta que quede perfecto.  Hay cosas que se pueden decir con sencillez, sin necesidad de palabras elegantes, pero que resultarán más impactantes y golpeadoras. Elige los adjetivos con precisión, una Flor hermosa y diminuta no es fácil que sea “majestuosa”   Buena suerte, no dejes de escribir, si algo queda claro es que tienes materia prima.

Alida

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Querido lector,  desde hace casi un año, más de veinte mil personas han  leído nuestros zoocuentos haciendo de ellos  su lectura favorita en este blog. El más leído, lejos, es el que cuenta la historia del Panda Mayor, y le siguen sin dar tregua el Rinoceronte, el Quirquincho, el Hipopótamo, el Salmón, el Dromedario e incluso el Demonio de Tasmania. Tejón y Topo no se quedan atrás.

Les agradecemos una vez más su lealtad como lectores. Salvo  dos comentario ingratos a todos les gustan los relatos sobre la fauna y esperamos  continuar  entregándoles lectura placentera. Pero tenemos algo que proponerles:

¿Qué tal si ustedes eligen el animal que deberá ser investigado? Después de estudiarlo,  escribiremos un cuento para ustedes. Ese es el trato. Esperamos sus propuestas  para trabajar en ellas. Amamos la vida silvestre, queremos que el hombre la trate con respeto y estos cuentos van en esa dirección.  De paso, agradecemos a las personas que ceden sus imágenes generosamente a través de flickr y nos permiten entregarles un blog mucho más atractivo. Nos vemos.  

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El sábado de madrugada, el ochenta por ciento de nuestro país se estremeció en un terremoto de  más de ocho grados de la escala de Richter. Cuesta creerlo, pero aferrados de los marcos de las puertas, nos sacudimos durante casi tres minutos escuchando caer  las cosas a nuestro alrededor. Cuando ya creíamos que no sobreviviríamos,  el  temblor cesó y nos encontramos en la más negra oscuridad. Esperamos a que amaneciera para ver la real magnitud de los daños sufridos y poner en orden nuestros maltratados hogares. Muchas personas no pudieron regresar y algunos ni siquiera alcanzaron a salir.

Ahora, cuando lentamente regresa la electricidad, nos tranquilizamos y tratamos de vivir con normalidad. Los niños se aburren y vuelven locas a sus madres porque carecen de televisión y el computador no funciona. 

¿A qué jugaban los niños antes de que los juegos de computación y la televisión hicieran su aparición? Infinitas cosas. Los niños de antes carecían de la amplia variedad de juguetes  con que atiborran sus habitaciones hoy, los juguetes eran caros y el mundo era más pobre entonces.

Pero de imaginación estaban muy bien abastecidos. Bastaban unas cajitas vacías para tener una casa, carretes de hilo y elástico de billete para armar un motor a goma. Como ignorábamos su toxicidad, fundíamos plomo y  vertiéndolo en  moldes hacíamos con él  diferentes cosas, adornos, soldaditos, animales. Con macarrones se hilaban collares que luego pintábamos, con tallarines se construían puentes colgantes, con tubos de papel higiénico y papel de color se hacían  personajes variados de cabelleras algodonosas. Mis hermanos construían casas con  todo lo que pillaran y una vez dentro, las niñas  cocinábamos en tapas de tarros de leche y sobre la llama de una vela, asquerosas comiditas ahumadas y negruzcas que comíamos encantados.

Corríamos todo el día, trepábamos al techo –a cuatro metros de altura- y de allí pasábamos al de la iglesia vecina. Los más audaces, recorrían la manzana completa.  Juegos favoritos eran los caballeros de capa y espada –con floretes tallados en ramas de árbol-, los cowboys montados en palos de escoba que se perseguían a balazos con pistolas de    fulminantes  o hechizas de madera,  o a los soldados de la segunda guerra mundial.  Por el patio se excavaban trincheras y túneles que no pocas veces caían en nuestras cabeza. Las niñitas vestían muñecas, organizaban familias e inventaban  tramas dramáticas en torno a ellas.

En la única bicicleta recorríamos el mundo…por turnos, claro. Los más pequeños en el monopatín o el triciclo derrengado que paseara a tres generaciones.

Y además, estaban los juegos: saltábamos a la cuerda, jugábamos al luche –en otros países, el avión- la lleva o el pillarse, el paco ladrón, la escondida, el buenos días amigo, las incontables rondas –la niña María, la de San Miguel, el arroz con leche, la guaraca, el zapaterito clava, el un dos tres,  que al llegar a diez daba vueltas bruscamente y contaba en sentido contrario. Con una pedazo de cuerda armábamos figuras  con los dedos, habilidad que era muy admirada. Jugábamos a la payaya con cinco piedrecitas, al trompo, al emboque,  al trencito, al que pase el rey, al elástico, al compra huevos, al mandandirun dirun dán, los juegos de manos como el pin pìn serafín o levántate, panadero, , a prendas, a los juegos de pelota, como las naciones y el partido peleado -¡qué peleas se armaban!-  el tombo, una especie de beisbol primitivo, basketbol y fútbol, las tradicionales pichangas.  Hacíamos teatro de títeres o representábamos obritas simples como los tres chanchitos.  Me falta  tiempo para recordar tanto juego.

¿Qué otras cosas han jugado o juegan ustedes? Cuéntennos. Tomen a sus  hijos o hermanos pequeños de la mano y jueguen con ellos. Ayúdenlos a  vivir el momento más breve de sus vidas: la infancia. Que sea larga y bella, con noches de cuentos…nunca olvido nuestras noches de miedo, las historias de la abuela sobre su padre y su madre, sobre cómo se vivía allá por mil ochocientos y pico. Recordemos y revivamos para construir humanidad.

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