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Posts Tagged ‘cuentos relatos’

Una de esas mañanas, un hecho sorprendente ocurrió en el jardín.  Zorzalo se levantó de madrugada para  recoger la comida antes de que llegaran los bandoleros. La Bodega ya estaba llena hasta el tope, la fuente de agua desbordaba frescuras y en medio de todo, pintada de azul reluciente, se destacaba la que fuera paloma de hierro oxidado.

-Y se veía bastante bien. -Le contó a Zorzalina  mientras guardaba los víveres en la despensa.

Zorzalina, que veía bajar las reservas de alimento con terror, le respondió, apabulladora.

-De qué nos sirve, ahora ni siquiera podemos disfrutar nuestro propio jardín.

Zorzalo se sintió muy mal. Zorzalina  tenía razón, era igual que si los hubiesen expulsado; ahora tenían que esconderse entre las hiedras hasta que a los malacatosos  les diera la gana o, finalmente, vaciaran la Bodega. Peor aún, si había algún responsable, ése era él, Zorzalo López, el inútil que no era capaz de hacerse respetar en su propio patio. Seguramente Zorzalina no se lo había dicho tal cual de puro buena que era, pero él estaba consciente de que la resistencia pacífica no había mostrado resultados.

Sin  duda alguna, él debió parar las cosas mucho antes de la intervención de la Brigada Tiuque. Debió exigirle a los Palomérez y los Gorriontínez que se comportaran como era debido.

-Dejar que las malas aves hagan lo que se les antoje es casi tan malo como convertirse en una de ellas. -Reflexionó.

Claro que ahora no se podía hacer mucho. Desde la intervención del capitán Tiuquemante  las cosas se habían salido totalmente del cauce normal. ¡Quién se iba a atrever a decirle cuatro verdades a Tiuquemante, mucho menos a expulsarlo del jardín! La Brigada Tiuque no comía granos, tan sólo los aventaba de un lado para otros y protegía a sus cómplices hasta que el alimento había desaparecido, después  se paseaba amenazadora  por el jardín. Con eso bastaba y sobraba, ninguna avecilla se habría atrevido a exponerse a sus siniestros apetitos.

¿Resultaría la resistencia pacífica? ¿Funcionarían los llamados al entendimiento? ¿No estaría  exponiendo a peligros inimaginados a sus compañeros?

Las plumas del cuello se le erizaron del susto.  Zorzalo creyó escuchar, a lo lejos, las alas de la Brigada que se acercaba al jardín. Temblando de miedo, corrió a esconderse en su nido de cuatro habitaciones, tres de ellas ocupadas por sus mejores amigos. Cosas de la guerra.

La Brigada Tiuque planeó sobre el jardín hasta que los Palomérez y los Gorriontínez ya se habían posado a comer ávidamente.  Después bajó a pasearse entre los rosales sembrando el silencio con el tintineo de sus espadas y el fuerte taconear de sus botas de cuero de oruga.

-Buenos días, Capitán Tiuquemante, sargento Palomérez a sus órdenes.- Saludó Palomingo.

-A discreción, sargento Palomérez. Quiero que no me dejen un grano de alpiste en este jardín. ¿Está lista la tropa?- Preguntó.

– Afirmativo, capitán.- Respondió Palomingo con el pico lleno. Pero ya Tiuquemante le había dado la espalda  para inspeccionar a la Brigada Tiuque, esas desordenadas palomas  lo ponían de mal genio, ¡nunca llegarían a ser buenos soldados!

Palomingo Palomérez anduvo de aquí para allá picoteando a sus familiares y espantando a esos cobardes de los gorriones, que de cualquier cosa largaban el vuelo. Iba a darle un aletazo a su primo Colombón cuando se topó a pico de jarro con la paloma azul más hermosa que había visto en su vida.

-Buenos días, señorita. -Saludó.

Pero ella, sin dignarse responderle, continuó con la mirada perdida en el horizonte.

A Palomingo el corazón le dio un salto en el pechito emplumado. Siguió comiendo, pero cada cierto rato le daba una mirada a la  belleza azul.

Como ella  continuó sin notar su presencia, Palomingo esponjó bien la pechuga y  caminó a su alrededor  muy circunspecto.

Nada. La paloma azul continuó indiferente. El corazón de Palomingo galopaba desbocado. Así le gustaban a él las palomas, orgullosas. ¡Qué preciosura, qué encanto!

Se olvidó de comer. Toda la mañana se la pasó rondando a la paloma azul. Le arrastraba el ala, le meneaba la cabeza, inflaba la pechuga hasta que apenas podía respirar. No había caso, era como si no existiese para ella. Hasta tuvo la osadía de darle un ligero picotón  en la cola, pero ella no le hizo el menor caso.

Cuando llegó la hora de marcharse Palomingo estaba locamente enamorado. Por si acaso, cortó  una flor de cardenal y se acercó audazmente hasta su pico para regalársela, arriesgándose a una respuesta violenta.

Pero ella no hizo nada por demostrar que lo hubiera visto. Palomingo estaba tan desesperado que hubiera preferido un picotazo a esa gélida indiferencia con que ella lo  maltrataba.

-Mañana nos vemos, linda  – susurró.

Y se marchó mirando para atrás, quería comprobar si ella se daba vuelta ahora que creía que no la estaban viendo. Terrible decepción, su adorada  siguió como ausente, con esa elegancia que lo trastornaba.

Palomingo tenía muy claro que no podía exponer más su dignidad. No volvió al jardín en  el resto del día, aunque cada cierto rato volaba sobre él  para divisar a su adorada, siempre tan tranquila posada sobre las losas de la glorieta.

Soñó toda la noche con ella.

Al día siguiente llegó de madrugada, quería verla antes de que llegasen los demás.

Para su desgracia, el pesado de Zorzalo López  ya estaba allí recogiendo semillas. Al poco rato se le sumaron Chincólez, Leotordo, Mari Loica, Escolibrí,  y la Petrucciani. Ya era algo tarde cuando las CotorrÍnez y las Torttolatti hicieron su aparición. Algo preocupado, Palomingo consultó su reloj: faltaba poco para el ataque de la Brigada.

Ya no habría tiempo para hablar con ella a solas, tendría que ser otro día. Tanto que le había costado levantarse temprano, ese Zorzalo era demasiado madrugador para su gusto.

Palomingo recordó su deber, tenía cinco minutos para organizar a su escuadrón. Despegó como una flecha en dirección al Pájaropuerto de la calle Caiquenes.  ¡Cuando se iba a acabar esta lesera de la guerra!

El Capitán Tiuquemante  se estaba paseando entre las tropas cuando llegó.

-Dos minutos de atraso,  cabo Palomérez, qué no vuelva a repetirse o lo mando al calabozo.

Rojo de vergüenza, en el más absoluto de los silencios, Palomingo, ahora cabo, ordenó a su tropa. Lo peor de todo  fue la sonrisa irónica que le pareció divisar en el pico de Gorriontínez. ¡Cómo se le había pasado la hora de esa manera!

Sin embargo, cuando se acordó de lo linda que estaba esa mañana la paloma azul, se le olvidaron  sus penas.

-Ya no más voy a conquistarla -se dijo-, a mí siempre me han vuelto loco las palomas como ella, tan elegantes y soberbias. Mi padre decía que es el ave madrugadora la que atrapa el gusano, en este caso, la paloma. Mañana voy a llegar antes de que baje Zorzalo López, total, esto es de la guerra es una tontera típica de Tiuquemante, a quién se le ocurre tomarse las cosas de esa manera. Antes vivíamos de los más tranquilos.

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