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Posts Tagged ‘cuentos chilenos’

 el-condor-pasa

 

Nunca faltan las voces malintencionadas que se esfuerzan por manchar la figura del Cóndor:

-¿Por qué llamarlo cóndor –cuestionan? Si no es otra cosa que un buitre, un carroñero más?

¡Cómo si la delicada labor de un animal carroñero no fuese tan necesaria para nuestra Naturaleza maltratada! El Cóndor, siempre orgulloso y amante del silencio de los desfiladeros andinos, continúa sus evoluciones aéreas sin prestar atención a estos comentarios tan venenosos como insignificantes.

-Al menos –se dicen los cóndores mientras ejecutan su majestuoso vuelo-,  hubo alguno que reconoció el valor de nuestra presencia y nos coronó junto al Huemul!

-¿Qué suerte,  no? Muchos se oponían a que fuéramos el símbolo de esta tierra –retrucan otros.

Y a continuación, melancólicos, hacen memoria de aquellos buenos tiempos en que todavía era posible disfrutar la sabrosa carne de un huemul sin que nadie pusiese el grito en el cielo. ¡Cada día son más escasas las presas, no queda más remedio que conformarse con los duros conejos silvestres o la desabrida carne de una vaca o una oveja desbarrancada!

-¡Quién pudiera picotear un pudú jugoso, salpicado de aquellos deliciosos gusanos que tan bien lo sazonan! – razonan mientras observan los valles desde las alturas de su patrullaje diario.

Tristemente  reflexionan los cóndores sobre  el tiempo perdido. Se duelen de la presencia invasiva del hombre, que cada día trepa más arriba obligando a pumas, zorros, roedores y aves de rapiña a refugiarse en lo más alto de la Cordillera.

Porque antes, cuando la tierra era joven e inocente, los Cóndores, majestades de los aires, volaban sobre toda la franja que se asoma al Pacífico. La luz de cada amanecer los sorprendía en sus grandes nidos y  los empujaba de inmediato a surcar el cielo. Iban de norte a sur, de este a oeste, respirando el aire helado de Los Andes y disfrutando el frufrú de sus alas  henchidas por el viento. No dejaban de observar hasta que de algún lugar de la campiña llegaba el aroma penetrante de la carne descomponiéndose, sólo entonces, avisados ya todos los componentes de la bandada, se acercaban rasgando el viento con un silbido a llenarse la barriga hasta que, de tan pesados, no podían emprender el regreso. No les quedaba entonces sino dormitar con la cabeza oculta bajo sus grandes alas mientras hacían la digestión.

Pero, poco a poco, las  imágenes que se imprimían en sus agudos ojos fueron cambiando. Los hombres cultivaban la tierra y poblaban los campos con nuevas bestias ajenas al entorno. Los primeros caminos que se dibujaron sobre la tierra eran ásperos e intrincados y las carretas quedaban atrapadas en el barro después de las lluvias, las luces que se encendían eran débiles y titilaban delatando la presencia de las casas de adobe, pero, casi sin que ellos se dieran cuenta, el paisaje comenzó a cambiar.

Un día, un cóndor divisó una mancha que olía diferente: tenía la marca del hombre. Cuando bajaron a comer el extraño animal que yacía sobre la tierra lo hicieron desconfiados, temerosos. Sin embargo, aquello que los hombres llamaban “res” llenó la panza de muchos animales y después de que el Puma comiese hasta hartarse siguieron los culpeos y los cóndores y no pararon hasta dejar los huesos limpios. Todos los animales libres supieron entonces que el hombre tenía algo bueno: podía proporcionar comida, y no hay nada más importante que la comida para la vida de aquellos que están a la buena de Dios.

Muchos soles desaparecieron tras el horizonte hasta que un día el Cóndor vio a los hombres elevando torres a través de los campos. Los observó divertido, vaya qué trabajo se daban esos hombres. ¿Para qué construir torres si ya existían árboles tan altos por todo el valle?

Con el correr del tiempo las torres, que estaban unidas una a otra con pesados cables de cobre, abarcaron todo lo largo y ancho de la comarca y comenzaron a trepar por los taludes cordilleranos. Sin embargo, para ellos la presencia de las torres no tenía relación con el hecho de que las casas se iluminaran brillantemente y mucho menos con los nuevos caminos, que como cintas grises, eran recorridos velozmente por extraños vehículos.

Para entonces, la mayor parte de los animales se había replegado lejos de la presencia del hombre. Algunos, no pocos, fueron menguando hasta que no se les volvió a ver más. Ningún cóndor supo qué había pasado con ellos. Ahora a cualquiera le resultaba difícil encontrarse con los antiguos habitantes de la tierra y hasta al mismo cóndor le costaba divisarlos desde la privilegiada posición de sus patrullajes celestes.

Los cóndores podían ver claramente el cansancio de la tierra. Los hombres desviaban ríos, encerraban las aguas con altas murallas de concreto, abrían la tierra con enormes máquinas y arrancaban de ella todo lo que tuviera algún valor dejando tras sí un reguero de escoria y desechos y la tierra arrasada. Aquí y allá se levantaban las viviendas en que habitaban y no lejos de ellas se amontonaban los  basurales que producían sus moradores.

Una triste mañana de invierno, fría y gris, el cóndor despertó en su nido de la montaña. Estiró perezosamente las poderosas alas, revolvió la cabeza calva en su cuello de albo y suave plumaje y finalmente se incorporó sobre sus patas. Una ráfaga de viento lo azotó sin piedad, el cóndor pensó que era una mañana perfecta para alzar el vuelo y así pensando se arrojó en las corrientes de aire que se perdían en los desfiladeros de Los Andes. Primero planeó en círculos -¡cómo le gusta al cóndor planear en círculos! -, después enfiló hacia el valle de la gran ciudad.

La ruta estaba cruzada por largas columnas de humo tóxico que el cóndor evitó cuidadosamente y  aunque desde esas alturas el cóndor no podía escuchar el rugido proveniente de las carreteras estaba claro para él que todo allá abajo era agitación y prisas.

Pero ¿dónde estaba la ciudad? ¡Todo había desaparecido como borrado por una mano colosal! En el lugar donde se levantaba la ciudad había ahora una niebla oscura y sucia que no dejaba ver nada, ni siquiera a la poderosa vista de un cóndor. El cóndor  penetró en la nube y mientras respiraba sintió el cansancio que esa nube espesa y sucia producía en sus pulmones.  Aterrado, aleteó con fuerza  para arrancar de esa masa monstruosa. Se alejó sin mirar atrás hacia su nido en la montaña.

Esa tarde, mientras la luz se esfumaba lentamente, descansando en su nido, el cóndor supo que nunca más un cóndor querría volver a las tierras bajas. ¡Ya no había allí nada digno de verse ni de ser  disfrutado por un cóndor, hasta el aire mismo lo habían cambiado por esa mezcla extraña,  sucia y desagradable!

Por un momento, antes de cerrar los ojos, el cóndor pensó que le gustaría haber sido capaz de soñar para recordar en sueños la tierra tal como había sido, pensamiento que fue descartado por la razón de que los cóndores nunca podrán soñar.

Pero antes de dormir recordó al hombre que vivía en esas casas apiñadas, respirando ese aire sucio, atrapado entre el estruendo de las carreteras y la urgencia de la vida diaria y por un instante apenas se compadeció de él. Arrepentido, desechó ese pensamiento que lo traicionaba.  ¡El hombre, por ningún motivo, merecía la compasión, después de todo, la culpa del desastre era toda suya!

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pavo_real

 

Tal como se lo había dicho a mamá, el lunes siguiente fui a disculparme con las señoritas Pereira de Olivar. Sebastián se ofreció a acompañarme, pero le dije que no, muchas gracias, esto es algo que tengo que hacer sola. Quedamos de vernos más tarde para estudiar juntos, él vendrá a casa,  aún prepara el famoso examen de ingreso al Instituto Nacional.

Sabía  que no iba a ser fácil, pero uno no puede traicionar a sus amigas imaginando de ellas las cosas horrorosas que yo pensé  durante el último par de semanas y hacer como que aquí no ha pasado nada. Tampoco era cosa de llegar al local y decir “bueno, ya, me equivoqué y les pido disculpas”, de manera que averigüé qué bus me servía y fui hasta la parcela de La Reina. La verdad, de día era mucho más linda y había que ser idiota para asustarse. Sí, yo fui esa idiota, qué horror. Llamé por el micrófono y apenas dije mi nombre, la voz de  Penélope saludó y sonó el botón del portero eléctrico que no vimos la noche de la fiesta. Tampoco están tan anticuadas como para no tenerlo.

Fui caminando por unos senderos preciosos, rodeados de rosales floridos, hortensias azules y dalias multicolores. El jardín emanaba mil aromas a cuál más delicioso y los árboles que tanto me aterrorizaran en la fiesta de Halloween estaban llenos de zorzales, tordos, cotorras, chincoles y otros pájaros que ni conozco, todos ellos banquetéandose con los damascos maduros. Ploch, se escuchaba por acá, ploch, por allá y ése era otro damasco que había mordido el polvo. A cada momento me sentía más tonta. ¡Me había portado como una niñita miedosa, qué manera de hacer el ridículo!

Penélope estaba esperándome junto a la piscina.

-¿Trajiste traje de baño? –preguntó.

¡Claro que no, ni se me había pasado por la mente que ellas todavía quisieran invitarme a pasarlo bien en la piscin!.

-No, en realidad, Penélope, yo he venido a pedirles perdón por lo mal que actué hablando todas esas barbaridades de ustedes.

-Querida, no te lo tomes tan a pecho. Nosotras debimos  darnos cuenta que una fiesta de Halloween podía ser terrorífica para una niña de tu edad, además, estuvo lo de las gatitas, que se portaron tan mal. Todo  eso debe haberte causado una impresión tremenda. Si lo miras bien, es culpa nuestra.

Sus grandes ojos amarillos estaban fijos en mí, dulces y apenados a la vez. ¡Era como si fuese a maullar en cualquier instante, triste y coqueta, como Penny!

-Lo que hice fue vergonzoso, Penélope, pero fue sin mala intención. Nunca pensé que Sebastián hablaría con su papá y él, a propósito, también se siente muy mal. La actitud de su papá fue muy decepcionante para él.

-No te preocupes, Toni, entiendo perfectamente; además, durante el fin de semana recibimos algunas noticias de la Galería. Supe que anduviste recorriendo los locales para  poner a esos chismosos en su lugar.

-Mamá dijo que era el colmo del machismo.

-Siempre he sostenido que tu mamá es toda una dama, Toni.

No pude evitarlo y me eché encima de ella, me daba mucha vergüenza y tenía deseos de llorar. Nos quedamos abrazadas largo rato.

-Ya está bien, Toni, vamos a la terraza a ver a las chiquillas –invitó.

Así son mis viejitas Pereira de Olivar, tienen como mil años, pero siguen llamándose entre ellas como si aún tuvieran quince. Me tomó de la mano y rodeamos la casa, junto a la piscina estaban esperándonos Lisístrata y Gertrudis.

-¡Hola, Toni querida, qué bueno qué viniste! –Lisístrata se veía feliz de verme.

-Tanto tiempo sin verte –me reprochó, suavemente, Gertrudis al tiempo que me servía un jugo de frutas- , te habíamos echado de menos.

Para qué voy a pasar una vez más por la humillación de contarles, con lujo de detalle, el lamentable episodio de mi solicitud de perdón. Creo que ellas se sentían tan mal como yo, de manera que hicieron todos los esfuerzos posibles por impedirme hablar, pero no me amilané y les pedí disculpas en todos los tonos posibles.  Después nos pusimos a comer  toda clase de alfajorcitos, tartaletas, mazapanes,  bombones y demases que ellas preparan para esperar la Navidad. Debo haber subido como cien kilos de tanto comer. A cada rato aparecían nuevas exquisiteces y jugos de fruta frescos. Ya estaba empezando a entender como fue que Lisístrata llegó a ganar ese sobrepeso y si no me detenía a tiempo, sí, la idea pasó por mi mente encendiendo todas las alarmas, la próxima obesa mórbida del grupo iba a ser yo, Antonia Gutiérrez.

-No, gracias, no puedo comer una migaja más –rechacé con pesar el helado de pistacho que Gertrudis  me ofrecía.

Me pregunté dónde estarían las mininas. No habían aparecido en todo ese rato. De veras deseaba ver a Penny, sentir su colita serpenteando alrededor de mis piernas.

-¿Y Penny? –pregunté.

-Cuando estamos acá nunca quieren bajarse de los árboles –respondió Penélope. Es una lástima, porque te quieren tanto y después, cuando olfateen que estuviste aquí, estarán apenadas.

-Son las gatitas más adorables del mundo –dije con toda sinceridad. No porque sufrieron un ataque de celos las voy a borrar de mi lista de afectos.

Las tres me devolvieron una sonrisa esplendorosa. Aman tanto a sus gatas que se toman los cumplidos para ellas en forma casi personal.

-Hay algo que necesito saber –les dije-, y es muy importante.

-Pues habla, querida –dijo Penélope mirando a sus hermanas. Gertrudis me lanzó una mirada recelosa.

-¿Van a abrir el local de nuevo o es verdad que han pensado en venderlo?

Se miraron una a otra y se acomodaron en las sillas antes de responder.

-Hubo un momento en que pensamos seriamente en vender –comenzó Lisístrata.

-Pero nos daba mucha rabia que alguien se aprovechara de un mal rato  nuestro para sacarnos del negocio-continuó Gertrudis.

– Y después vino eso de la publicidad –remató Penélope.

-¿Qué publicidad? –pregunté.

-Es que no sabes, Toni, ahora que creen que somos brujas y nos convertimos en gatas, todo el mundo quiere comprar nuestras antigüedades.

-¡Hasta nos ofrecieron ir a un programa de televisión!

-¡Y nos pagarían!

Estaban locas de felicidad. Al fin había llegado su momento. Lisístrata ha pensado en  que necesitan un ropero nuevo y Penélope ha mirado telas finas por internet. Gertrudis no dice nada, pero resulta evidente que no le gusta nada eso de hacerse tan conocida. Desconfía hasta de su sombra, igual que Gertie.

Lo que quedaba de mi visita se nos fue haciendo planes para el verano. Lisístrata insistía en que yo debía ir todas las semanas a bañarme en la piscina, que se gastaba tanto en mantenerla para que nadie se metiera en ella, salvo, claro, en la Fiesta de Halloween.

Todas reímos, qué divertido parecía ahora, a pleno sol, con los pajarillos cantando y un pavo real…sí, no estaba viendo visiones, había un pavo real asomando entre los arriates de flores.

-¡Es un pavo real! –no pude quedarme callada. Estaba asombrada.

-Claro querida, es Mike. Anda ve a verlo, es lo más mansito que hay.

Me puse en pie de un salto y fui hasta él, que no mostró temor alguno. De cerca era aún más lindo, con todos esos maravillosos colores brillantes. Arrastraba su maravillosa cola como si fuera el manto de un rey.

 Penélope vino detrás trayendo migas para él y me las iba pasando para que yo lo alimentara. Se veía de lo más acostumbrado a comer tartaleta de manzana y no perdía nada.

-¿Hace mucho que lo tienen? –pregunté.

-Un par de años, no lo viste el otro día porque a esa hora está durmiendo. Queremos comprar otro, nos parece que se siente un poco solito- aseguró Penélope.

-¿No es extraño que se llame Mike?-pregunté.

-¿Extraño, por qué?

-Es parecido a Miguel –dije.

-Parecido no, es que  a los Migueles se les dice Mike en inglés.

-Eso pensé.

Al menos este Miguel no nos va abandonar –murmuró Penélope con pena.

-Oh, no, no tenga pena, estoy segura de que volverá a buscarla – dije tomándola de la mano.

-¿De veras lo crees, Toni?

-Estoy segura.

Y lo cierto es que de pronto tenía la certeza de que lo que le decía era así. Don Miguel regresaría junto a ella, no precisamente con una capa de plumas de pavo real, pero volvería. Si  lo pienso bien,  sería  mucho mejor  que regrese vestido con algo menos absurdo que la chaqueta de su disfraz de Halloween.

El ave movió su cabeza como dándome la razón. Era realmente encantador. Hasta me dio la misma impresión que a veces me hace sentir Penny: era como si el ave tuviera ganas de decirme algo tan importante que no podía esperar.

Me despedí de las señoritas Pereira de Olivar a medio camino de la puerta de entrada. El sol pegaba fuerte y las pobres hacían esfuerzos para soportarlo entrecerrando los ojos y haciendo visera con la mano para protegerlos. Las  tres se quedaron bajo una  enorme palmera, Penélope con su mano derecha apoyada en el añoso tronco para descansar, disfrutando de la sombra,  cuando di vuelta el recodo del caminillo empedrado.

Ya  había caminado unos cinco metros cuando  recordé el pañuelo de Penélope, lo había tenido desde la fiesta y mamá lo había lavado para que se lo devolviera. Regresé corriendo a buscarlas mientras lo sacaba de mi cartera y  volvía a tomar la curva en sentido inverso.

Y entonces pareció que el mundo había girado en ciento ochenta grados de un solo golpe.

Las señoritas Pereira de Olivar habían desaparecido. O al menos, eso creí. En su lugar, las tres gatas viejas tomaban sombra bajo la palmera, con excepción de Penny, que con las dos patas delanteras apoyadas en el tronco, parecía lista para  subir hasta la copa.

Las gatas maullaron suavemente y se me acercaron coquetas restregándose  junto a mí. Tres segundos, habrían sido unos tres segundos…era imposible que tres viejecillas casi nonagenarias hubieran desaparecido tan rápidamente y las gatas, de dónde habían llegado las gatas. Lisi, gorda floja, se tumbó en el pasto a lavarse con una lengua sonrosada como jamón y Gertie se sentó muy tiesa; de tan flacuchenta parecía figura de porcelana.

-Miaau- era Penny con sus ojos amarillos dedicados a su actividad favorita: hacerme sentir que tiene algo muy importante que decirme. Su colita peluda serpenteó en mis piernas haciéndome cosquillas.

-Hola, preciosa –la acaricié-, por favor, entrégale su pañuelo a Penélope y dile que muchas gracias – acomodé el pañuelo en el collar con unas vueltas para que no se fuera a caer.

Y después, qué vergüenza confesarlo,  me fui corriendo a mil por hora. Hacía  un calor de mil demonios, no corría la más leve brisa, pero a mí un escalofrío me recorría las costillas y llegué hasta la puerta temblando y apenas la traspasé la cerré dando un portazo que debe haber hecho historia en la tranquila calle  reinina.

Sólo entonces se me pasó el miedo, mis rodillas dejaron de temblequear  y pude partir a la carrera hacia el paradero.

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gato-gordo

 

La parcela donde vivían las tres hermanas quedaba casi rozando los cerros donde termina La Reina. Era un lugar muy lindo, les aseguro que no me habría molestado para nada vivir allí. Todo estaba lleno de árboles inmensos y el portón delante del cual  papá detuvo el utilitario era una obra maestra de volutas, rosetones y hojas de fierro forjado. Estaba entreabierto, de manera que nos bajamos y comenzamos a recorrer el sendero bordeado de árboles. A lo lejos se divisaban las luces de la casa; pasaban las ocho treinta y estaba oscuro.

Un viento frío sacudió los árboles, que se inclinaron dibujando extrañas figuras en el piso y trayendo ecos de risas y el sonido apagado de la música. Por más que habíamos caminado bastante, aún no llegábamos a la casa.

Finalmente, al dar vuelta un recodo del sendero, un espectáculo  inesperado apareció ante nosotros. Habíamos llegado a una gran piscina iluminada completamente por faroles chinescos. Alrededor de la piscina,  largas mesas cubiertas con manteles blancos que rozaban el piso desplegaban todo tipo de delicias: dulces, jaleas de diferentes formas, torres de bocadillos, tortas, kuchenes.

En  torno a ellas pululaba una legión de viejitas y uno que otro señor, más viejito aún. Todos ellos vestidos  con lujosos disfraces de damas y caballeros antiguos, trajes de crinolina y miriñaque, fracs de corte perfecto y capas de satén que arrastraban por sobre las losas. Llevaban antifaces bordados y todos tenían la   cabeza sepultada por pelucas blancas y empolvadas.

-¡Se pasaron! –dijo papá asombrado.

 -¡Aquí estaban, al fin han llegado! –dijo tras de mi Lisístrata.

Era imposible no reconocerla, aunque su rostro estuviera cubierto por una máscara. No hay dos señoras con ese tamaño en todo el hemisferio sur. Además, en los agujeros del antifaz brillaban sus ojos azules.

-Esto es precioso – fue lo único que atiné a decir-, estás muy linda.

-Lo vamos a pasar muy bien, Toni querida, ya han llegado casi todos. Ve adentro, Penélope te está esperando con tu disfraz listo –y luego, dirigiéndose a mis padres mientras me empujaba  discretamente hacia la casa. – ¿Una copa de champaña antes de irse? Mañana pueden venir por ella, le tenemos listo el dormitorio de visitas.

No atiné a despedirme de ellos porque estaba demasiado emocionada con esa fiesta maravillosa. Pobres, seguro les habría encantado quedarse, pero la amiga de las viejitas soy yo ¿no? En todo caso, alcancé a verlos brindando con champaña y comiendo canapés, deben haber estado felices y yo me alegré por ellos. Mis papás son muy sacrificados y trabajan duro para salir adelante.

La casa de mis amigas era un gran chalet de piedra de  dos pisos envuelto en enredaderas de todo tipo, las ventanas tenían vidrios de colores con las iniciales de sus apellidos y en la puerta había una manito de fierro empuñada, con la cual llamé. Penélope vino de inmediato a abrir.

– ¡Al fin has llegado, Toni, ven, tengo todo listo para que escojas disfraz.

Y era cierto, en el dormitorio de  visitas tenía la cama cubierta por ellos. Uno de japonesa, otro de española, precioso, con lunares negros, peineta, mantilla y zapatos encarnados de tacón, otro de Blanca Nieves, demasiado aburrido para mí y el de Alicia. Y claro, Penélope tenía razón, el de Alicia era precioso, con su corte a la cadera, los puños y la faldita de encaje, el lazo de satén y unos zapatos blancos tan hermosos que aguanté la respiración hasta no comprobar que me calzaran. Y por supuesto, todo era como hecho para mi talla. Es más, podría jurar que ese dormitorio había sido mío alguna vez; nada se veía extraño sino, por el contrario, como si yo misma hubiese puesto esas cosas en su sitio la noche anterior.

Me vestí y cuando estuve lista Penélope me estaba esperando. Me  pasó un antifaz y con los ojos amarillos chispeantes, me dijo:

-Estás preciosa, Toni. Eres la Alicia más encantadora que haya visto.

-¿Este traje era tuyo, no?

-Sí, mi madre se lo mandó a coser a las señoritas Lennec para mi fiesta de doce años. Fue una fiesta muy bonita, pero triste. Apenas había empezado cuando llamaron por teléfono para avisar que mi pobre padre había sufrido un accidente.

-¡Eso es terrible, Penélope, qué triste final para un momento tan lindo!

-No te imaginas cuánto, querida –la voz de Penélope sonaba muy rara y sorprendí otra clase de brillo en sus ojos, lo que me hizo pensar que estaba aguantando las lágrimas. No quise seguir preguntando cosas que la harían sufrir. Era probable que su padre hubiera  muerto ese día y la sola idea de recordárselo era atroz.

Salimos al jardín y Penélope me dijo que haríamos un tur por lo más entretenido. Primero iríamos a que me leyeran el tarot, después veríamos a la quiromántica y terminaríamos el recorrido en el baúl del fantasma, todo ello mientras recorríamos las bandejas llenas de delicias. Papá y mamá ya se habían marchado, estaba sola con un montón de desconocidos.

-Aquí están tus cartas –dijo la tarotista, una señora tocada con un turbante morado que llevaba puesto un extraño traje árabe y calzaba babuchas-: el carro de la victoria, la torre y el sacerdote. Veo que eres una niña muy madura e inteligente y tienes un gran futuro  por delante, pero ten cuidado, estás a punto de vivir una experiencia límite. No debes salir de noche ni hablar con extraños.

¡Qué locura, era la noche de Halloween y estaba hablando con ella, una perfecta extraña a la que ni siquiera podía verle la cara! Seguramente me estaba diciendo todo eso para asustarme. En realidad, todo el mundo a mi alrededor hablaba de cosas terroríficas y poco a poco el jardín iba tomando visos menos felices. Serían los árboles mecidos por el viento, que producían  sombras monstruosas contra las murallas de piedra o  la piscina ennegrecida brillando como un trozo de azabache de aquellos conque a Gertrudis le gusta tanto adornar sus vestidos de luto eterno.

-Buenas noches, encantadora dama –musitó una voz tras de nosotras.

Sorprendidas, nos volteamos al mismo tiempo para ver  al más extraño caballero que puedan haber imaginado. Era muy delgado, tenía la cara tapada por un antifaz de seda negra y  vestía un extraño smoking cuya chaqueta estaba totalmente bordada con plumas de pavo real, que de tan bien hechas se veían casi reales. ¡Inmediatamente reconocí a Don Miguel!

Penélope estaba  tan feliz como una adolescente.

-Qué bueno que pudiste venir –suspiró Penélope estirando su derecha, que él tomó con toda delicadeza.

-No faltaría por nada del mundo –respondió él besando su mano.

¡Un momento! ¿Es idea mía o yo estaba sobrando allí? Don Miguel le ofreció su brazo y Penélope lo aceptó al mismo tiempo que me tomaba de la mano. Vamos, que todavía podía recordar que yo existía.

-Vamos a ver a la quiromántica –invitó.

La  quiromántica resultó ser una señora que leía las líneas de la mano. Fui la primera en ser atendida por ella.

-Eres una niña muy afortunada –comenzó a decir-, tu línea de la vida es muy larga y nítida, no pasarás malos momentos y tendrás una salud de hierro.

No estaba mal, pero la verdad, mi futuro se estaba viendo algo aburrido.

-Y parece que ya estás empezando a cambiar tu destino. Un primer paso muy importante para tu futuro-continuó.

Al menos eso ya estaba mejor, es más, yo también lo he pensado. Mi vida ha ido cambiando muy velozmente desde que conocí a mis viejitas. Y no sólo a ellas, por supuesto, ahora también está Sebastián. Al fin tengo un amigo, cuando se loconté a Juana no podía creerlo.

Me dio frío y estornudé. Penélope buscó en su bolso y me pasó un pañuelillo bordado de esos que tiene por cientos para que me sonara. Dejé la silla para el próximo cliente de la lectora de manos,  Penélope no quiso saber nada de su futuro, dijo algo así como que ya no quedaba nada sorprendente por delante para ella. Don Miguel  le aseguró que todo en ella era sorprendente, empezando por esos ojos felinos. Penélope sonreía feliz.

-Yo sigo –dijo su pretendiente. Y se instaló frente a la quiromántica con su mano izquierda estirada.

Ella la tomó con firmeza y se inclinó para ver mejor. Fruncía los ojos para revisarla, pero lentamente, su expresión comenzó a cambiar. Su boca se abrió demostrando asombro y respiró hondo. Repentinamente, soltó la mano de don Miguel como si ésta la quemara y se estremeció.

-Hace frío –murmuró.

No era para tanto, en realidad. El sector donde estábamos queda a resguardo del viento, pero ella no dejaba de temblar.

-esto no se ve nada bien, debe tener cuidado –advirtió en voz baja a don Miguel-, está en medio de una pelea de fieras y algo terrible está por suceder.

-¿Terrible? – Don Miguel se reía.-  A mi edad lo único terrible es morirse.

-No, no se trata de eso –la quiromántica se veía preocupada-, es algo peor, la prisión, una prisión bella, pero larga. Veo unas alas, que significan libertad, pero las suyas están cortadas y le impedirán volar.

Y luego, simplemente, no quiso seguir leyendo. Dijo que tenía que tomar un jugo, que la garganta se le había secado, en fin, hasta tosió antes de pararse y salir escapando. Nosotros nos quedamos  con la boca abierta y me temo que ellos estaban tan asustados como yo. ¿Qué había querido decir la quiromántica con eso de las alas cortadas? ¿Y la prisión, dónde existe una prisión bella?

-El amor es la única cadena hermosa que puede aprisionarnos –empezó a decir don Miguel-, y no me asustaría correr ese riesgo otra vez…

-¡Miauuuuu!

¡Lisi estaba junto a nosotros! Hecha un ovillo de pelos  saltó en brazos de don Miguel y le mostraba los dientes a Penélope. ¡Era algo increíble, nunca había visto a una de las mininas tan furiosa! Penélope trató de acariciarle la cabeza, pero Lisi le tiró un zarpazo dejándole un feo rasguño en la mano.

-Ah, gata mañosa –Penélope estaba tan enojada como Lisi ahora. Don Miguel quería bajar a Lisi para ver la herida de Penélope, pero ella se agarraba de su chaqueta y no podía desprenderla. Penélope, con los ojos brillantes de lágrimas, se envolvió la mano con un pañuelo bordado.

-Voy a curarme –avisó -, los veo más tarde en la casa.

Y se marchó como una sombra por el sendero. Nosotros nos fuimos caminando hasta la piscina todavía con la gata prendida de la elegante chaqueta, que ahora mostraba un montón de hilachas enredadas en la pechera. Al llegar allí, don Miguel buscó unos bocadillos para regalonear a Lisi. La retaba suavemente por lo mal que se había portado. Qué gatita más peleadora, dijo, esas cosas no se hacen. Lisi estaba feliz y ronroneaba satisfecha  restregando su nariz contra la chaqueta bordada de plumas de pavo real.

La comida estaba riquísima. Aproveché de servirme de todo. Había un pianista tocando en el salón y alguien había abierto las puertas para que la música se escuchara en el jardín. No vi a Lisístrata por ninguna parte y Gertrudis también había desaparecido. Algunas señoras bailaban y un viejo caballero vestido de Rey Sol se había sentado casi sin aliento, parecía estar a punto de sufrir un infarto, por lo menos.

Y entonces ocurrió lo peor. Penélope saltó desde un árbol hacia Lisi empujándola violentamente al suelo. Ambas gatas se echaron una sobre otra hechas un ovillo, maullando y gruñendo como si estuvieran endemoniadas. Don Miguel, desesperado, trataba de separarlas, pero era imposible. Las señoras chillaban, una de ellas pedía a gritos  por una manguera y otra trataba de agarrarlas a escobazos. No servía de nada, Penny y Lisi seguían su combate en mitad de la fiesta;  todos habíamos hecho un círculo a su alrededor.

-¡Lisístrata, Penélope, dónde están, que las gatas están peleando! –gritó don Miguel con voz de pánico.

Y entonces, de la nada, apareció Gertrudis, roja de furia, con una escoba en la mano y echando fuego por los ojillos azules.

-¡Basta ya! –gritó con voz cascada.

Penny y Lisi detuvieron su pelea, estaban ahora al borde de la piscina y comenzaron a girar en círculos, amenazándose y amagando golpes con las patas delanteras. Lisi tenia una herida fea en la pata izquierda.

-Usted tome a Lisi y yo me encargo de Penny –le dijo don Miguel a Gertrudis haciendo  amago de recoger a esta última.

Pero las dos gatas, como si sufrieran un ataque de locura repentina, se le echaron encima y lo hicieron retroceder bruscamente.

¡Plach!

Don Miguel cayó a la piscina aparatosamente y a pesar de su flacura una gran cantidad de agua saltó hacia afuera salpicándonos a todos. Aprovechando el impacto, Lisi y Penny salieron arrancando a mil por hora y en medio de todo sólo quedó Gertrudis, desesperada, llorando y repitiendo:

-¿Por qué tenía que pasar esto, por qué tenía que pasar esto?

Don Miguel, que por suerte sabía nadar, salió de la piscina chorreando litros de agua, que de seguro estaba heladísima. Tosía y estornudaba como loco.

-¡Gatas cargantes! –Gruñó- Me voy a pescar un resfriado capaz de llevarme a la tumba.

-No,  de ninguna manera, venga, yo lo daré ropa seca y un coñac para que se reponga –dijo Gertrudis.

Desaparecieron en dirección a la casa; Gertrudis iba diciéndole que entrarían por la puerta trasera para no estropear el parquet.

El pianista volvió a su sitio y atacó otra melodía; la fiesta retomaba su alegría y por falta de tema de conversación nadie podía quejarse: todo el mundo comentaba la extraña actitud de las gatas; algunas amantes de los perros salían del clóset diciendo que eran muy superiores a los gatos aprovechando que las dueñas de casa no podían escucharlas. Todo era una locura; me di cuenta de que estaba totalmente sola entre esos extraños. No sabía qué había pasado con Lisístrata y Penélope, así que me fui a la casa pensando en acostarme. Era tarde, tenía sueño y, definitivamente, la pelea de las mininas viejas no me había sentado bien. De pronto me sentía muy apenada por ellas. ¡Qué extraño había sido todo el episodio, jamás las había visto así, siempre son tranquilas, cariñosas!

-¡Dónde está Miguel, supe lo que pasó! –dijo alguien a mi lado.

Era Penélope, su rostro, habitualmente pálido, estaba enrojecido y descompuesto. Su peinado  se venía abajo por todos lados y una manga de su vestido de dama antigua ostentaba una aparatosa rajadura. Y  lo más extraño de todo era que ya no olía a rosas, sino a polvo y sudor.

    -Se fue con Gertrudis –informé-, tiene que cambiarse de ropa para no enfermarse.

-Y tú, querida, perdona que te dejara sola. Ya es muy tarde.

-Sí, tengo sueño y me iba a acostar.

Me dio un beso y me deseó buenas noches. Cuando llegué a la pieza descubrí esperándome en el velador una bandeja con leche y dulcecitos., que no tardé un segundo en devorar.

Afuera, la fiesta continuaba y me asomé a ver por la ventana. La luna había salido y me daba una excelente vista de la escena. No vi a don Miguel ni a Lisístrata, pero Penélope  -que se había cambiado de disfraz- y Gertrudis iban de un grupo en otro conversando y riendo. Corrí las cortinas y decidí que era hora de dormir.

De pronto, escuché un ruido en el corredor, alguien caminaba con dificultad y se quejaba. Tratando de no hacer ruido, apagué la luz,  abrí la puerta y me asomé en la oscuridad. Era Lisístrata. Rengueaba con dificultad hacia el interior de la casa, suspirando y quejándose. A su vestido de encaje violeta le faltaba una manga, la izquierda,  y el brazo que quedaba a la vista ostentaba una larga herida roja y lacerante.  ¡La misma que había visto en la pata izquierda de Lisi cuando  empujara a don Miguel a su chapuzón de medianoche!

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tortas

 

Este blog nació hace cuatro años, desde entonces, nuestros posteos han tenido 121.000 visitas. Nuestros lectores viven en diferentes países de América, especialmente en Argentina, México y Perú, y también en países europeos,  como España, Italia o el Reino Unido.  Especial mención para nuestros lectores chilenos, que crecen cada día.  Recibimos de ustedes gratos comentarios.  Considerando que esto no es farándula, comercio, noticias ni exhibición de lo peor que puede mostrar el ser humano, sino literatura para niños y jóvenes, los miembros de este blog, y yo personalmente, nos sentimos orgullosas y felices de contar con ustedes y nos esforzaremos por seguir entregándoles lo que les gusta. Gracias, amigos

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¿Por qué alguien nos desearía feliz Halloween, qué nos quiere decir en realidad, quiere que nos encontremos con un monstruo terrorífico, con un fantasma, con la Parca en persona?

Por si acaso…desconfía. En la víspera de Halloween las cosas no son lo que parecen.  En todo caso, nosotros, que recelamos tanto como tú, te entregamos el Especial de Halloween 2012, para que vayas juntando miedo y en plena fiesta, esta noche, lo pienses un poco antes de abrir una puerta.

¡Cuidado!

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Cuando su padre los llevó a vivir a esa pequeña ciudad provinciana, a David se le cayó el mundo encima.  Odiaba a esos pelmazos compañeros cuya máxima entretención era irse de pesca, despreciaba su aspecto anticuado y estúpido y no podía entender que en vez de observar con admiración su apariencia de chico de la  gran ciudad  vestido a la última moda, lo viesen con un poco de asombro para luego cuchichear a sus espaldas.

Pero a quién más odiaba David era a María, la chica rubia, de ojos verdes felinos, que se sentaba en la primera fila y destinaba todos sus esfuerzos en convertirse en la mejor alumna de la historia.

María era bonita, cierto, David no podía dejar de reconocerlo, pero tenía ese aspecto de pequeña bruja que le parecía más odioso que cualquier otra cosa. Y luego estaban sus ropas, los vestidos de algodón relavado que colgaban como trapos viejos de su cuerpo, las trenzas al estilo de la abuela y, para rematar…un par de gafas. Lo peor para David era darse cuenta de que, a pesar de todo, no podía dejar de mirarla a hurtadillas cada vez que podía. Eso era lo que más rabia le producía.

La mañana del día de Halloween, David llegó a clases de mala gana. Le irritaba de sobremanera pensar en que tendría que salir a pedir dulces con una tropa de latosos de manera que tomó una decisión durísima: este año no habría Halloween para él. Se quedaría en casa, cualquier cosa era preferible a ser visto en compañía de sus nuevos compañeros.

Por eso, cuando entró a la sala y los descubrió contando cuentos de terror, lo invadió una rabia arrolladora. ¡Por culpa de esos idiotas pasaría el Halloween más aburrido de la historia! ¡Tenía que hacer algo!

Se quedó escuchando con una sonrisilla de desprecio asomada en su boca. Contaban pavadas, por supuesto, eso él lo sabía. Quizás él debería  sorprenderlos con algunos mitos urbanos de aquellos que los dejaban temblando en su viejo colegio.

Entonces, María cometió el error de contar SU historia. Y habló de su abuelo, a quien parecía admirar sin límites. De cómo el viejo la aterraba contándole la historia de un tiburón que nadaba alrededor de su cama  y, de cómo,  cuando ella quería levantarse,  los dedos de sus pies se mojaban y veía una vasta extensión de mar hasta el horizonte y una siniestra aleta gris que se acercaba a su cama, que ahora flotaba balanceándose sobre las olas. María estaba segura de algo: si ella se bajaba de la cama, se hundiría en el mar y el tiburón la devoraría. Por eso, levantaba rápida su pie y la mandíbula feroz del escualo hacía  ¡Ñoc! al cerrarse sobre el vacío.

David se largó a reír como si los demonios de Halloween lo poseyeran y luego lanzó las palabras fatales:

-Esa es la historia más ridícula que he escuchado.

María se volvió hacia él y sus ojos se humedecieron. Un par de lágrimas  gordas se fueron formando en las comisuras de sus ojos y cuando ya estuvieron llenas, se deslizaron por sus mejillas. María abrió la boca como para decir algo, pero en vez de eso se puso de pie y huyó.

Y por primera vez desde su llegada, los chicos del grupo miraban a David con admiración,  como si no pudieran creer lo que habían visto. Hasta pensó que estaban exagerando, después de todo, sólo había ridiculizado a una niñita tonta, no era nada heroico ni mucho menos. Los provincianos podían ser más tontos aún de lo que él imaginara. Entonces, uno de ellos  rompió el silencio.

-Yo jamás me habría atrevido a hablarle así a la nieta del viejo Elías –dijo.

Y todos asintieron sin hablar.

-¿Por qué, quién es el viejo Elías? –Preguntó David.

-Pensé que no lo sabías –continuó el chico-, el viejo Elías es el brujo que vive en la colina sombría, ahí donde nunca sale el sol.

Y todos se marcharon de prisa, sin nada más que decir.

Más tarde, ya camino de casa, David trató de ver dónde quedaba la colina sombría. No llevaba tanto tiempo en el pueblo como para saber si una colina estaba siempre nublada, pero llegó a la conclusión de que ya sabía cuál era el lugar. Después de todo era fácil darse cuenta, soló había dos  colinas en las afueras del pueblo y a una de ellas, una niebla pertinaz la envolvía.

David se acostó temprano. Afuera, el bullicio de los niños crecía. Llamaban a la puerta, su mamá entregaba dulces parloteando y riendo. Enojado y aburrido, David terminó por dormirse.

Una brisa helada lo despertó. Seguramente se le había quedado abierta la ventana, porque tenía un frío terrible. David dudaba entre envolverse en las cobijas o levantarse a cerrarla. Pero el frío persistía y finalmente se decidió por lo segundo, hizo las tapas a un lado y se sentó en la cama.

Dos cosas espantosas sucedieron simultáneamente. La primera fue que su cama se balanceó bruscamente y la segunda, oh Dios, David tembló de terror, sus pies se sumergieron en el agua.

David recogió los pies y comprobó que estaban empapados. Una bocanada de aire salobre llenó sus pulmones. Aterrado, David se escondió entre las sábanas rogando para que terminara su pesadilla.

Poco a poco, se atrevió a salir de su refugio. Empezaba a aclarar y el cielo…sí, era cielo lo que veía, un cielo gris y nublado. David se pellizcó y lanzó un ay de dolor. No estaba soñando, después de todo. Era sólo su imaginación. ¿Qué le había hecho el viejo Elías, lo había embrujado o se había metido en su cerebro para hacerle creer que estaba en medio del mar?

Volvió a sentarse en la cama y decidió que ningún viejo idiota provinciano le haría algo así a él. Haría las cosas con calma. Pensaría con claridad y luego se bajaría de la cama para cerrar la ventana y llamar a su mamá.

Pero cuando se incorporó, la luz ya permitía ver lo suficiente. Su cama flotaba en  un mar proceloso y alrededor de ella, una  tenebrosa aleta gris giraba sin descanso: ¡Era el tiburón, el tiburón de María!

David llamó a gritos a su madre, a su padre, rogó a Dios, lloró pidiendo a María que lo perdonara y finalmente al viejo Elías. Sin embargo, nadie lo escuchó. El tiburón continuó allí, girando en torno a la cama. Las horas se sucedían morosamente, la sed lo desesperaba. Sus labios resecos estaban agrietados, el hambre . Finalmente,  David, agotado, perdió el conocimiento.

Cuando despertó, todavía podía sentir el balanceo de las olas.  Una luz gris se escurría por entre las cortinas de su habitación. David  miró todo con recelo y finalmente se atrevió a sentarse en la cama. El piso, allí estaban las tablas del piso, al fin. Qué pesadilla horrorosa, nunca olvidaría esa noche de terror.

Con sus pies, buscó las zapatillas para levantarse. Cuando las halló,  las arrastró hacia afuera y metió los pies en ellas.

Un grito de terror rompió la tranquilidad de la casa. La madre de David entró corriendo, asustada y preguntando qué le había sucedido.

-¡Las zapatillas –balbuceó David-, las zapatillas!

Y la madre, tan asombrada como él, tomó las zapatillas de David para descubrir que chorreaban agua salada y que de una de ellas asomaba la cinta parda y brillante de un alga fresca y recién cortada.

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Mantícora es probablemente el más monstruoso asesino serial de la historia y lo único bueno que podemos decir de ella es que habita en cuevas de la India, Irak, Irán, Afganistán y Turquía, es decir, bien lejos.

Su aparición es tan primigenia que se ignora quién la creó, o bien su irresponsable creador prefirió mantener el anonimato.

La primera vez que un hombre enfrentó a Mantícora fue paralizado por el terror.  Justo delante de él, en medio del sendero, había un enorme ser con el  cuerpo de un león, la cola de un escorpión y la cabeza de un hombre, de mechas horrorosas e hirsutas. De pronto, el monstruo abrió la boca, de labios anchos y delgados, y profirió un horrible chillido. Cuando lo hizo, el hombre pudo ver tres hileras consecutivas de dientes, filudos como los de un tiburón,

De pronto, el deseo de vivir bulló en él y el hombre pudo mover sus pies. Retrocedió lentamente, arrastrando los pies sobre la tierra. Delante de él, la horrorosa bestia seguía gruñendo y chillando. El hombre le dio la espalda y huyó como alma que lleva el diablo.

Mantícora rió, ni siquiera intentó correr tras su presa, no era más que un simple hombrecillo, un caminante de ningún lugar. El monstruo alzó la mortífera cola y lanzó las púas que crecían en ella.  Varias de las púas alcanzaron al hombre, que, acusando el golpe,  dejó de correr y trató de caminar lejos de Mantícora.

Pero sus músculos no le obedecían, sus piernas pesaban como si estuvieran hechas de piedra y el desdichado comprendió que el monstruo lo había envenenado.

Mantícora se acercó paso a paso, relamiéndose por adelantado; las mantícoras pueden comer  de todo, insectos, alimañas, toda clase de animales, pero la carne del hombre es su favorita y la busca con gula diabólica. Cuando estuvo cerca de él dio un salto aterrador y cayó sobre el hombre, derribándolo. Los dientes rasgaron el cuello del hombre casi separándolo de la cabeza, dándole muerte instantáneamente. El letal monstruo  continuó comiendo tranquilamente, a grandes tarascadas. Cuando terminó, del hombre no quedaba nada, ni siquiera los restos de su vestimenta, apenas las manchas de sangre que empapaban la arena e iban desapareciendo con rapidez. Es costumbre de las mantícoras no dejar atrás nada que recuerde la existencia de sus víctimas, así, nada hay de qué acusarla y nadie tampoco se atreverá a emprender una expedición de caza por las montañas sin saber qué debe buscar.

Era la primera vez que una mantícora bajaba a los valles, hasta ahora se habían alimentado de cabras, osos, y ovejas que encontraban en las estribaciones de las montañas, pero la población de mantícoras había ido creciendo y el hambre las había obligado a buscar alimento en otros lugares.

Ahora, con el estómago lleno, Mantícora se sentía fuerte e invencible y lo primero que pensó fue que necesitaba más comida, más carne. Y humana, la mejor carne.

Por más de un año asoló la región sola y nadie supo por qué razón tanta gente iba desapareciendo. Hasta que una mañana, dos pastores que guiaban su rebaño decidieron pasar la noche en la cercanías de una vertiente de agua. Mientras uno de ellos encendía fuego para calentarse, el otro partió a buscar agua; cuando volvía con ella, un aullido de terror le heló los huesos. El hombre regresó al campamento arrastrándose y fue testigo de una pavorosa escena; un horrible monstruo con cabeza humana y cuerpo de león había matado a su compañero y lo devoraba completamente.  Algunas ovejas agonizaban estremeciéndose y a  lo lejos escuchó  al resto del rebaño que  huía balando despavorido. Cuando mantícora terminó con el hombre, devoró las ovejas. Cuando terminó con todo, era como si nada hubiese sucedido y el monstruo se marchó satisfecho, sacudiendo la monstruosa cola donde ya asomaban las nuevas púas venenosas.

Las noticias del horrible crimen se esparcieron como la espuma en la orilla del mar y todos comprendieron que había que matar al monstruo lo antes posible. Pero ya no era una la mantícora hambrienta, sino muchas, y todas ellas habían bajado a los valles a cazar al hombre. Por esa razón, tomó largo tiempo empujarlas de regreso a sus cuevas de las montañas. Desterrar a las mantícoras fue trabajo de generaciones completas, que emprendieron la cacería perdiendo muchas veces la propia vida.

Hasta que, finalmente, la mantícora supo que la tierra del hombre ya no era su coto de caza privado. Centenares de hombres armados organizaron batidas que barrieron las montañas aniquilando a sus hembras y a sus crías. Cuando mantícora decidió devolverle la tranquilidad al hombre, su especie ya estaba al borde de la extinción.

 

Hace mucho, mucho tiempo que ninguna mantícora ha sido vista por el hombre, pero hoy, cuando la guerra asola una vez más las montañas del oriente, extrañas desapariciones se han estado produciendo. Primero fueron ovejas, luego camellos, un niño, otro, un pastor. Tarde o temprano, algún hombre verá de nuevo lo que nadie en su sano juicio quisiera ver.

Porque el más monstruoso asesino serial de la historia está de regreso, y se llama Mantícora.

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