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-Lo  compré para el dormitorio del bebé –dijo él.

Y  ella, sobándose la  barriga,  estuvo encantada. Decidió dónde debía ir  colgado y cuando ya estuvo en su lugar le sacudió el polvo.

-Me encanta, nuestro hijo tendrá un precioso  dormitorio – dijo ella.

Antes de irse a dormir, dieron un  vistazo. Todo estaba perfecto: la cunita blanca, las cortinas de cuadros  azules, algunos  animales de peluche
repartidos por allí y, en la pared, el retrato de un pequeñín al que le escurrían  tiernas lágrimas por las mejillas. Dejaron la  puerta cerrada.

A las tres de la madrugada, él se  levantó por primera vez y fue hasta el cuarto del bebé dando tumbos en la  oscuridad, abrió la puerta y miró dentro.  La luna se había colado por entre los pliegues de la cortina y el niño  del retrato  adquiría un aspecto  soñoliento. Volvió a la cama sin cerrar. Aun debió levantarse dos veces más.

-Tienes  cara de sueño –comentó ella cuando le sirvió el desayuno.

-No  pude dormir, un  bebé se la pasó llorando  toda la noche- dijo él.

-¿De  veras? No lo escuché, debe ser la pareja  que llegó al 1001. Creí ver una cama de niño cuando se mudaron.

La  noche siguiente empezó tranquila y terminó bruscamente a la una con cincuenta.  El niño  del departamento vecino largó el  llanto y no paró hasta el amanecer.
Mientras su esposa dormía plácidamente, él se dio vueltas  en la cama toda la noche. Cuando aclaró, el  niño se quedó dormido y paró el lloriqueo.

Dos  semanas después,  él estaba notoriamente  afectado. Oscuras sombras  rodeaban sus  ojos, había perdido peso y un rictus le deformaba la boca.

-Tenemos  que reclamar – le dijo esa mañana-, no es posible que dejen llorar al niño  todas las noches. Si no se van ellos, nos mudamos nosotros, pero algo hay que  hacer.

Después,   como si recién se le hubiera ocurrido, preguntó:

-¿Tú  crees que lo torturarán?

-¡Tú  estás loco!

-Es  que no lo has escuchado llorar, es terrible.

Esa  noche tampoco pudo dormir. Apenas había cerrado los ojos cuando ella lo remeció  y le dijo.

-¡Es  la hora, empezaron las contracciones!

Llevó  a su esposa a la clínica, donde quedó internada. A pesar de su insistencia en  quedarse a acompañarla, el médico lo envió de regreso, no sería de utilidad por  el momento, faltaba demasiado.

De  regreso en el departamento,  se dedicó a  limpiar  cuidadosamente. Todo debía estar  en orden cuando su esposa regresara a casa con el bebé. Se acostó tarde,  comió mirando televisión un sándwich enorme y  un paquete de papas fritas, regó todo con una bebida de soda. Estas serían, de
seguro, las últimas horas de paz antes de que  la madre y el futuro bebé estuvieran de regreso.  Se quedó dormido  durante un partido de fútbol.

Y  despertó poco después. El bebé de los vecinos lloraba más fuerte que  nunca.  De vez en cuando, desesperado,  golpeaba con los nudillos en la pared, aún a sabiendas de que era difícil que  le escucharan; el llanto del  niño  apagaba cualquier otro sonido. Ahora incluso parecía que lloraba dentro de su  propio departamento, tanto que, algo avergonzado,  fue a mirar el cuadro del niño que lloraba.

Fue  de un lado para otro encendiendo las luces, abriendo y cerrando puertas,  ratoneando otros bocadillos en el refrigerador.mucho más tarde, cuando lo  revisó por tercera vez, el  cuadro del  niño que lloraba le enfrentó melancólico. De pronto sintió una oleada de furia  invadiendo su cuerpo. Jamás debió haber comprado ese cuadro, qué estupidez, no  hay nada peor que un niño llorón, no podía entender qué le había gustado del  dibujo.

Decidió que no lo quería más allí, nada de  llantos en el cuarto de su bebé, su hijo tendría un elefante, un rinoceronte,  un papagayo, cualquier cosa menos el niño que lloraba. Descolgó el cuadro, lo  sacó al pasillo y lo dejó afirmado en la pared. Apenas amaneciera lo echaría a
la basura.   Le dolía la cabeza a causa  del sueño y los ojos afiebrados  le  pesaban como  plomo derretido.

Repentinamente, notó que el llanto del  departamento vecino  había cesado como  por arte de magia.  Satisfecho, se  acurrucó en la cama y se quedó dormido de inmediato.

Habría  dormido unos veinte minutos cuando  el  llanto se reanudó. Esta vez, le costó despertarse, tenía demasiado sueño.  Intentó  no hacer caso del chillido, casi  el maullido de un gato triste, pero el llanto era tan persistente que  terminó por levantarse. Tenía sed, decidió ir  por un vaso de agua a la cocina. A oscuras, arrastró las pantuflas por el  pasillo, era incapaz de levantar los pies o al menos así se sentía.

Cuando  pisó el cuadro del niño que lloraba, su cuerpo saltó violentamente en el aire,  dio una voltereta en la oscuridad para después aterrizar  despatarrado  sobre el piso. Su cabeza, la última en tocar piso, se azotó contra  el  marco de la puerta, se zarandeó de un  lado a otro y finalmente cayó al piso, su cuello quedó formando un extraño ángulo en relación a su cuerpo.

En un instante,  el estruendo del golpe se desvaneció, el llanto del niño  siguió el mismo camino. Pronto, un pesado  silencio llenó el departamento.  En el  piso, bajo el cristal roto del cuadro del niño que lloraba, gotas de  lágrimas  comenzaban a empapar  las mejillas
coloreadas de rosa a pesar de que el niño parecía sonreír.

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