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Posts Tagged ‘cormoran’

Zorzalina quedó bastante sentida con Golondrisa Petrucciani. Cada vez que veía disminuir  su provisión de chocolates Hanstord un pequeño ataque estaba a punto de producírsele. Golondrisa no se daba por enterada. ¡Incluso tuvo la desvergüenza de ofrecerle una caja a precio de costo!

Zorzalo no estaba mucho mejor. Las incursiones de los Palomérez y los Gorriontínez  habían llegado a tal punto de agresividad que su habitual  timidez estaba convirtiéndose en una especie de furia depresiva, que amenazaba con hacer explosión  en el momento menos pensado.  Zorzalo era  pájaro desprendido, le encantaba que su jardín estuviera siempre tan bien provisto para que el pajarerío del barrio no sufriera privaciones, pero la falta de respeto de Palomingo Palomérez estaba llegando a un extremo insoportable para él. ¡Dos días atrás había sido capaz de picotear la cola bifurcada de Golondrisa Petrucciani, su amiga e invitada personal!  Por suerte, Palomingo cometió esta barbaridad justo cuando se acababa  el almuerzo,  por lo que salió volando de inmediato y al otro día a  Zorzalo, que tiene cabeza de pájaro, ya se le había olvidado todo lo ocurrido.  Zorzalina, en cambio, que sí tenía muy buena memoria, se sintió secretamente satisfecha. Al fin su honor había sido vengado, aunque fuera por ese cargante de Palomingo Palomérez.

Las cosas podrían haber seguido en calma, si el destino no hubiera tenido otras intenciones. Se acercaba el cumpleaños de  Zorzalo, de manera que los amigos de la calle Queltehues decidieron prepararle una fiesta sorpresa.

Los preparativos se hicieron en un secreto tan profundo que  Zorzalo anduvo toda la semana deprimido porque su amada Zorzalina había olvidado su cumpleaños. Los amigos, bueno, ellos no tenían por qué saberlo, pero su propia esposa, que ella lo olvidara era casi tan terrible como enterrarse una espina de nopal en el corazón.

Para que  Zorzalo no se percatase de lo que estaba preparándose, Zorzalina fingió estar preocupada por sus ataques, pidió hora para una consulta con el  doctor Lechuzo Chunchón  y  obligó a su marido a soportar  una hora en la sala de espera.  Zorzalo, con resignación,  soportó su pena y las aburridas quejas de Tortolita Gómez,  tía de las Tortolatti, más que conocida como una hipocondríaca exasperante.

Como si eso fuera poco, el doctor Chunchón, que no estaba al tanto de la fiesta sorpresa, se tomó muy en serio el chequeo médico de  Zorzalina; le revisó las plumas una por una,  le encontró un poco de stress y sobrepeso de diez gramos y le recomendó  practicar media hora de vuelo después de cada comida.  Así pues, cuando   Zorzalo se libró de Tortolita Gómez no tuvo más remedio que tragarse  todo el rosario de preocupaciones de su esposa.

-La Bodega va a ser mi perdición -Se lamentaba  Zorzalina-, mañana mismo me pongo a dieta. ¿Cuál será mejor, la de la luna o la de la avena? ¿Qué crees tú, Zorzalo?

Zorzalo, corroído por la melancolía, no emitía pitido.

Pasaban de las dos cuando se posaron sobre el balcón de su nido. Zorzalina  explicó que le dolía la cabeza y se iría a reposar y lo dejó solo. No había un alma en el jardín.  Zorzalo decidió preparar las cosas para cuando la vecina llenara el plato  otra vez,  de manera que bajó la escalera de hiedra con sus ágiles saltitos. Ya estaba llegando al césped cuando de entre las ramas aparecieron sus amigos batiendo alas y gritando como  locos:

-¡Sorpresa, sorpresa, feliz cumpleaños  Zorzalo!

Zorzalo pasó del tremendo susto a  la más absoluta felicidad. ¡No se habían olvidado de él! Su amada Zorzalina le puso al cuello una bufanda de flores de madreselva y le susurró lo mucho que lo amaba, Juanito Chincólez le regaló las Obras Completas de Sir  Arthur Chercan  Bird; Golondrisa Petrucciani,   las Cuatro Estaciones de Píovaldi interpretadas por la  Orquesta de Cámara de los Ruiseñores;  Leotordo,  una caja  de tintos Santa Tordoliana de Lontué envejecidos en barricas de palo de rosa y Martín Escolibrí, seis botellas de su reserva de mieles escogidas. Vinieron tantos vecinos que Zorzalina no hallaba dónde guardar tanto chanchito y tanto pulgón. Todos sus amigos estaban allí. Hubo abrazos,  cantos y una que otra fuga masiva cuando la humana del número cinco trajo, por tres veces consecutivas, un surtido de semillas finas para reponer  la Bodega. La tarde no podía ser más feliz.

Pero el destino había decidido otra cosa.  Aunque ellos lo ignoraban, los alegres  festejantes  estaban siendo espiados desde la copa del maitén. Unos ojos negros, brillantes como ascuas, seguían sus bailes y planeos, y si don Zorzalo hubiera sabido a quién pertenecían esas pupilas  frías y crueles, habría volado a refugiarse en el rincón más oculto de su nido de cuatro habitaciones.

Demasiada felicidad. ¿Qué se creían esos pájaros de mala muerte? Mañana, pasado, ahora mismo podía él salir de caza y acabar con media docena de ellos, si quisiera. Dónde se había visto que los pájarillos tuvieran bodega de alimentos, que ya no tuvieran que exponerse buscando sus granos por  el vecindario. ¡Las avecillas miserables con la panza a reventar mientras él  tenía que conformarse con lagartijas y ratones!

A esto había que ponerle coto. Primero  que nada,  desunirlos. Nada más débil que un puñado de pajarillos que andan cada uno por su cuenta. Segundo, quitarles la comida, muertos de hambre no tendrían ánimo para nada. Tercero, atacarlos con todo. y para eso, nadie mejor que él,   el Capitán Tiuquemante. Qué se había creído,  ese Zorzalo López. En este barrio,  nadie más podía  piar fuerte.

El   Capitán   Tiuquemante desplegó su alas y planeó sobre la alegre reunión. Su sombra desató uno que otro movimiento inquieto, pero eso fue todo.  Los  invitados siguieron bailando y  picoteando alpiste.  Indignado por esa manifestación de independencia, el Capitán enrumbó directamente hacia los tejados de la calle Caiquenes.  Si se trataba de hambrear al vecindario,  Palomingo Palomérez y Volantín Gorriontínez eran los más indicados.

El Capitán  Tiuquemante  no necesitó decir mucho con su voz sibilina para que   Palomingo  montase en cólera.

-Los escuché perfectamente, Palomingo, viejo amigo. ¿No vé que yo vivo al frente?  Zorzalo López  lo dijo a voz en cuello: “En este jardín, desde hoy en adelante, sólo comen mis amigos”.

Palomingo estaba rojo de indignación. ¡Qué avaricia, qué iniquidad, habiendo tanta paloma hambrienta en este mundo y tan pocas plazas con jubilados… a dónde  íbamos a parar las aves  si los jubilados ya no quieren actuar como es debido alimentando palomas en las plazas y unos pocos privilegiados se apropian  los comedores para aves en  beneficio propio!

-…No se olvide de contarle a Volantín Gorriontínez.- Deslizó el capitán.

-¡Por supuesto que le voy a contar, ahora mismo, ya verá ese engreído de Zorzalo López, ya verá!

Palomingo partió hecho un cohete, seguido de toda la familia Palomérez.  Contemplar la alegre algarabía de los pájaros en la Bodega lo había puesto de un humor terrible.

Entre tanto, nuevas visitas se sumaban al festejo. Don Federico Chercanmán y su familia, los Diucamingo, la familia Chirihuez.  Zorzalina no se daba abasto para guardar tantos regalos en la despensa. Y su marido,  pobre Zorzalo López,  estaba muy lejos de imaginar que su hermosa fiesta de cumpleaños sería mucho más sorpresiva y absolutamente más ingrata de lo esperado.

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En los albores de América,   los primeros ejemplares de Oso  apenas comenzaban a desperdigarse en la zona andina. No eran tan grandes ni tan majestuosos como sus primos del hemisferio norte, pero ya se  mostraban como animales listos y  veloces y se sentían muy orgullosos de su pelaje,  oscuro como una noche en la Puna.

Como el oso es un animal solitario,  son las madres quiénes se encargan por sí solas de criar a la nueva generación. El  oso de los Andes no es una variedad  numerosa por lo que mucho sufrían las hembras, madres muy cariñosas y protectoras, cada vez que perdían  un cachorro. Siempre estaban pendientes del puma, el águila y las serpientes, pero los que más les dolía, era que el peor enemigo de sus  cachorros  era, por  lo general, otro macho de la misma especie, incapaz de aceptar  la existencia de  crías que él no había engendrado. Da un poco  para pensar el hecho de que  la violencia contra  las hembras y sus cachorros sea habitual entre tantas especies que pueblan la Tierra, incluída, para nuestra vergüenza, aquella tan soberbia a la que pertenecemos,  pero ese hecho nos hace compartir el dolor de las madres osas como si fuera nuestro.

Ocurría, como  os contaba, que  muchas crías  morían en su primera infancia y las osas, desesperadas, fueron trepando los Andes en busca de refugio para sus camadas sin pensar que donde quiera que fuesen, allí las seguirían los machos empujados por La Naturaleza, de manera que  el hecho se seguía repitiendo inevitablemente.

Sucedió  que un día,  una camada de tres oseznos  jugueteaba en el bosque mientras la madre  buscaba alimento para su sustento. Se trataba de tres ositos muy listos y alegres, que  jugaban con tantas ganas que no alcanzaron a darse cuenta a tiempo de la  aparición de un macho cruel y desagradable, que se les echó encima rugiendo  de furia,  decidido a acabar con sus vidas.

El primero de los oseznos, que se sentía responsable de sus hermanitos, vio  con desesperación que la muerte les caía encima y, recordando que poseía cuatro patas bien rematadas en fuertes garras, corrió hacia el árbol más próximo gritando a sus hermanos que lo siguieran. En cosa de segundos, los oseznos estaban trepados en las ramas más altas, perdido el aliento y con el corazoncito  batiendo aterrorizado en el pecho.

Más terror  experimentaron al ver que el macho malvado comenzaba a trepar tras ellos, pero el peso de la enorme bestia no le permitió  seguir, se dio por vencido, y se marchó refunfuñando.  Al rato, y ya tranquilizados, los oseznos pensaron en bajar de su refugio, pero como temían que el oso regresara, permanecieron allí y se pusieron a  mirar a su alrededor.

Descubrieron entonces la magnífica belleza de los Andes: las altas cumbres nevadas, los hilillos de plata que bajaban a alimentar los cursos de agua y  los cóndores que planeaban  en el aire helado de la mañana. 

-Un día –dijo el más listo-, alguien inventará una manera de volar como los cóndores tan sólo por el placer de ver la tierra desde allí arriba.

-Tú estás loco –intervino uno de sus hermanos-, está escrito que los que carecemos de alas nunca podremos volar.

-Alguien puede cambiar lo que está escrito -reflexionó el osezno-, así como tres simples cachorros como nosotros hemos descubierto que podíamos salvar la vida trepando hasta aquí.

–Pero si  hubiéramos volado –acotó el tercer osito-, el viento nos habría cerrado los ojos y chocaríamos con los árboles o nos estrellaríamos con las montañas.

-Cuando  llegue el día que  aquel que no tiene alas vuele –prometió el listillo-, usará unos lindos anteojos  para proteger sus ojos y nada de eso sucederá.  Yo se bien lo que se debe hacer.

Y tomando un poco de resina, se dibujó un par de gafas sobre la piel y subido en la copa del árbol,  soñó que era un aviador capaz de llegar hasta el cielo y más allá.

Apenas regresó la madre, los oseznos le contaron lo sucedido y juntos celebraron la inteligente maniobra que los había puesto a  salvo.  Pronto, todos los osos de los Andes conocían la historia y las más felices eran las madres, que ya no sufrían tanto la muerte de sus  crías.  Además, ahora que todos los oseznos soñaban con ser aviadores y se entretenían jugando en las ramas más altas,   las madres vieron que sus  hijos se habían pintado gafas y como  las encontraron muy bonitas, se las pintaron también.

Menos contentos estaban los machos, pero la razón era tan vergonzosa que no tuvieron más remedio que guardarla  en secreto.  Se  consolaron pensando que podían pintarse anteojos y  verse tan bien como las hembras y sus crías.

La Naturaleza, que de todas maneras no es tan cruel como la pintan, encontró  que todo el asunto era muy divertido y en los Planes de Evolución correspondientes a los osos, escribió a escondidas un breve acápite  concediéndoles  unos bellos  anteojos de pelo blanco en forma definitiva. Desde entonces, y para envidia de todos los demás osos del planeta,  al Oso de los Andes se le conoce  como el Oso de Anteojos.

Y  los oseznos, cuando juegan al avión  encaramados en las copas de los árboles, se sienten muy orgullosos de haber  sido los causantes de todo.

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Los lémures ocupan el territorio de Madagascar desde mucho antes de que esta  gran isla quedara separada del continente africano, mucho antes de que el territorio llevase ese nombre e incluso  mucho antes de que el Hombre  caminara por sus  costas.

Era entonces conocida como una criatura tímida, tanto que era muy difícil encontrarse con uno de ellos. Los lémures  vivían muy bien escondidos en  el follaje de los enormes baobabs que crecen en sus selvas y, tal como le sucede hoy  al Aye-Aye, el lémur fantasma, tenían terror de ser sorprendidos por un extraño.

Un día, un Lémur, aburrido de tanta monotonía,  tuvo una idea novedosa y fue  saltando a compartirla con los demás.

-¿Por qué no celebramos nuestro día de nacimiento? –lanzó.

-¿Celebrar? ¿Qué es eso? –preguntaron  los demás miembros de la manada.

Entonces, Lémur explicó que, dado el hecho de que cada uno de ellos había nacido en un día diferente, podrían celebrarlo para que sus vidas fueran más activas. Lémur había meditado  mucho sobre ello y había llegado a la conclusión de que  dichas fiestas, además de  proporcionarles unas horas felices, podían y debían ser llamadas Cumpleaños.

-Qué ridículo –dijeron las lémures mayores -, qué idea más tonta, todos sabrían cuantos años tenemos.

-Incluso podríamos hacernos regalos –acotó Lémur.

Y las lémures más jóvenes estuvieron encantadas con la idea. Hasta escribieron una lista de opciones en una hoja de baobab, pero entonces, los lémures mayores cortaron por lo sano.  

-Qué derroche más tonto – expresaron. Es la idea más peregrina que hayamos escuchado jamás.

Pero las crías de lémur, que ya contaban con los regalitos que recibirían una vez al año, largaron el llanto.

-¡A nosotros nos encantaría tener regalos de cumpleaños! – se quejaban amargamente.

Y tantos días y tantas noches lloraron los pequeños lémures, que sus madres  comenzaron a ver las cosas de manera muy diferente.

-¡Celebrar los cumpleaños de los pequeños es una excelente idea, organicémoslos ahora mismo! – decidieron.

Apenas los pequeñuelos las escucharon comenzaron a saltar de gusto. ¡Sí tendrían cumpleaños!

-¿Y qué hay de los regalitos’ –deslizaron como por casualidad.

Las madres lémures estaban a punto de decir  no, cuando  unos pucheros  comenzaron a dibujarse en los hociquillos de sus hijos.

-¡Por supuesto que tendremos regalos de cumpleaños! –prometieron.

Viendo la exitosa lucha dada por los lémures pequeños, los más crecidos también hicieron  su propia escena dramática consiguiendo fiestas de cumpleaños y, finalmente, para que los mayores no quedaran como los únicos perdedores, el Consejo de  Lémures Sabios y Ancianos tomó una decisión final: todos los cumpleaños serían celebrados, cualquiera fuese la edad del festejado

Comenzó así una  larga serie de fiestas. Los lémures se peinaban muy bien,  se cepillaban el pelo para que quedase brillante, se maquillaban los anillos de la cola  para que lucieran mejor y compartían deliciosos bocaditos; pero eso no bastó para que sus cumpleaños fueran un éxito. Los lémures comprendieron que eran  invitados aburridos y lo peor era que se habían convertido en el comidillo de toda la jungla.

-¿Has visto los cumpleaños de los lémures? –comentaban los demás animales- ¡Nada puede ser más latoso!

Era algo terrible, y además, era cierto. Tan tímidos eran los lémures que nadie bailaba, nadie reía, nadie jugaba en las fiestas de cumpleaños.  Tan sólo se sentaban muy serios y abrían sus regalos con  cara de circunstancias; sus fiestas eran un fracaso.

Hasta que un día, otro  Lémur tomó una  seria decisión:

-No quiero más  fiesta de cumpleaños, es una pérdida de tiempo.

¡Cómo lloraban  los pequeñuelos!  A los pocos días, la familia lemúrida estaba ahogada en tantas lágrimas que la sal de ellas había puesto mustia la vegetación. Las madres se vieron obligadas a  reanudar los cumpleaños infantiles.

La vegatación recuperó su verdor, pero a los baobabs les estaba ocurriendo algo muy extraño, estaban muy diferentes, sus ramas se habían cubierto de botones que parecían a punto de estallar. Los lémures no daban más de curiosidad  y se paseaban todo el día por las altísimas copas de los baobabs  en espera de que eso tan extraño  se mostrase finalmente.

Y un amanecer, cuando los demás lémures dormían profundamente, el Lémur Madrugador abrió los ojos y quedó con la boca abierta. ¡Los baobabs estaban  cubiertos de flores  de magnífica belleza y delicioso aroma!

-¡Despierten, despierten! –llamó.

 Y todos los lémures despertaron para descubrir que ahora los baobabs  florecían con grandes  manojos de bellas flores. El perfume del néctar los tenía vueltos locos de lo delicioso que era, hasta que  uno de ellos mojó su dedito peludo en  el néctar de la flor, se lo chupó y dijo:

-¡Es exquisito, pruébenlo!

Y los lémures todos, cualquiera fuese su sexo, edad o especie, probaron…y volvieron  a probar y siguieron  probando hasta que todos estuvieron absolutamente  embriagados por el delicioso néctar de las flores.

Y por supuesto, perdieron todo atisbo de timidez y armaron una fiesta de padre y señor mío haciendo  toda clase de locuras. Toda la jungla quería ser invitada y se moría de envidia viéndolos festejar, pero  no podían. Los baobabs eran demasiado altos y sólo los lémures podían trepar hasta las flores a beber el apreciado licor.

Con el tiempo, los demás animales se conformaron y olvidaron el asunto, aunque es cierto que cuando los lémures festejan  sus Fiestas Floridas tirando la casa por la ventana y embriagándose como locos, no pueden dejar de mirarlos con envidia y  decir:

-¡Ya están esos pesados  de fiesta otra vez!    

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 Wildlife keeps many secrets, secrets that would astound anyone that happens  to spy on their most intimate secrets, and camels are willing to die as long as theirs does not come to light.
At the dawn of life, both  Dromedary and Bactrian camel wore on their back a single hump, and fiercely guarded, because  in the driest of deserts,  the hump ensures they could survive long without food or water.
One day, Nature gathered all the camels at a point in the cold steppes of Asia and said:
“I need to urgently update the Evolution Plans for Wild  Fauna and this requires stakeholders to participate in an experiment: you must  traverse the drylands of the world and see in what place can best adapt”.
The dromedary  could not stand the cold so he  had planned to settle in the North African coast that summer, the idea of becoming a subject of study was not very funny, but nobody tells  not to Nature, so he accepted. The lama and the alpaca, not without reason had become known for being clueless, and they were too busy chewing their food, so do not put attention to the Nature’s words. The Bactrian camel, always so responsible, squared his feet loudly before replying:
– Will be an honor and pleasure to serve your ladyship!
Nature was all fluffed. What a gentleman could be the Bactrian camel! She gave the  camelids  the roadmap wishing them good luck and left.
Just she had disappeared, the dromedary  screamed as high as  the sky:
– Traverse the deserts, such a nonsense. Of course, it happens when usual bootlicking say  she’s right  in everything!
The lama and the alpaca, which had other concerns, did not understand the dromedary’s anger, so they continued their lunch. The Bactrian camel, sad and offended,  not speak to him.
Reluctantly, the dromedary took the path followed closely by the Bactrian camel. The lama and the alpaca, which had not finished eating, swallowed the last hurried bites and ran after them when they realized they were running alone and had forgotten the way home.
They walked, walked and walked, crossing the deserts of the world. One day, they met a Desert Rat who, with their young, were dying of thirst.
– Help us, please, we die of hunger and thirst!
The dromedary, still angry, turned a deaf ear. The Lama and the Alpaca came far behind and did not hear anything, the Bactrian camel, tired and thirsty, he stopped and said:
“Climb on my back and I will take you to the nearest well”.
The Rat and their pups  mounted on its back. When they reached the spring water they  drank till their bellies were round, and when the others  would leave, decided to live there. The Rat gave them  very grateful goodbye and when away from the dunes, the Bactrian camel could see his figure and his mice still waving his front paws.
Camelids continued their journey and somewhere in the Andean highlands, lost sight of the Alpaca and the lama, who refused to step over because they were so tired. Although they were ignorant, they had crossed over half the world and came closer to their homelands. The dromedary was starting to feel familiar smells and was anxious to leave the hard mission. The Bactrian Camel, however, knew he must return home, between the Hindu Kush and the Amu Darya, as he had promised to Nature.
Walking through the deserts of North Africa, the dromedary felt in the distance the sea salt scent, and losing his mind, started to jog and then run to the coast. The Bactrian camel shook his head sadly before resuming the route. Now he had been left completely alone.
But then, the Nature appeared suddenly, stopping the run of the dromedary.
– Where are you going in such haste without finishing your homework? – the Nature snapped.
The dromedary lowered his head in shame and remained unanswered for so long that  the Bactrian camel arrived by their side.
“How is your ladyship, what a pleasure to see you,” he greeted.
I don’t need to tell that Nature was fancy and happy. She  had almost forgotten his anger, until she remembered the issue that brought her out there:
“The lama and the alpaca have found their destination in the Andes and apparently, you also envision your own, she said, but not all of you have met the same way, so, you dromedary, you will be living in the Arabian desert with difficulty and join your energies on the hump. You instead-she was addressing the Bactrian camel now-, receive greetings from the Desert Rat, she and  her  pups are very thankful to you.  You  can return to Bactria, from now on you’ll have   double reserve of energies.
So saying, she disappeared. After a while the Camel looked up and discovered with astonishment that the Bactrian camel, instead of one, now had two humps. Dying of envy, he resumed his way to the oasis of the coast and when asked why, unlike his cousin, has a single hump, gritting his teeth, lowered his head and stay in  silent embarrassment.

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Hola amigos, cómo están.  nosotras, como siempre, pensando en nuevas lecturas para entregarles.

Y esta vez les tenemos una historia salida de los anales más  lamentables de la vida salvaje. Por qué el quirquincho odia la música andina. espero les guste y la cuenten a sus hijos para que ellos sepan el tremendo daño que una mala idea puede provocar en una naturaleza de tan delicado equilibrio como es la nuestra.  nos vemos mañana y si tienen alguna idea que proponernos, envíenla. Quizás podamos contarles el secreto de su animal favorito.

Cariños del Platillo Volador

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This story is so very old that the only witnesses are dust and ashes long ago. In those days, the first men  that walked upright shared the Okavango, and, as they were new to the area, seeing a cheetah trapping a prey was a wonderful show to them.
The Cheetah were then much more robust than today, they had the classic belly of the big cat and he was so much alike their cousins the leopards, which was very easy to mix up, but man, that young and strange animal, for some reason, he preferred them .
One afternoon when Cheetah devoured the remains of a gazelle, one of those strange animals newcomers, the men, he said with admiration:
– What a beautiful race you’ve done, Cheetah, you certainly deserve to enjoy that delicious gazelle!
Cheetah was a little confused. What did the newcomer say? Cheetah had done nothing that leopards, lions and hyenas do not do every day: get their food.
“It’s nothing,” growled Cheetah, just hungry.
– Nothing! But if you ran like the wind! – the man flattered him.
Cheetah was very satisfied and that night when the herd was about to sleep, he told the story in detail.
The herd was as confused as him, but the next day, when the king of black hair  struck a young zebra and  roared hard to alienate the cheetah, one of them, in anger, replied:
“Do you know, Lion, that man has made it clear that no one runs after a prey so beautifully like us”.
And as animal love  gossips, in  a week or so , everyone around the Okavango knew that only  cheetah run like the wind to catch their prey.
The competition was unleashed. There was’nt a large cat that did not take his mornings to practice to the long runs and afternoon naps were abandoned as everyone strove to be the best runner.
However, there was no consensus. The leopards were convinced of being the best, the cheetah had in his favor with the testimony of men, but the Lions claimed to be the best and who could be so foolish to oppose them? Perhaps the lions were not good runners, but could anyone doubt  about how powerful were its claws and jaws?
So they turned to be simple.
“We will ask the man who decides – agreed feline families.
And that strange animal that moved on two legs, Man, came in, noted, come back and continued watching. Finally the man spoke:
“You are all good hunters. The lion is the most powerful, the leopard is the best climber, but surely only the cheetah runs like the wind.
The war was declared. Leopards failed to greet his cousins and lions immediately granted them the dubious honor of leading the pack of their favorite prey.
Now the cheetah not only needed to run to catch their prey, but mainly for his life from the fury of the lion.
One day the cheetah were more depressed than usual, The Nature managed to pass by. She stopped to observe the exercises of the cheetah  when they ran after an antelope  and when they began to rest, spoke up:
“Maybe I could teach you some things”.
As soon as they demanded her advice, as The  Nature made them a list of exercises needed to lengthen legs and tails, a diet to lose weight and a  piece of advise that nobody asked.
-Concentrate on short distances. With those legs, you would be good sprinters.
The cheetah understood little or nothing, but truth was that they were hungry and were tired of living besides hiding from lions. That morning began their workouts and lowered the amount of calories consumed daily.
Soon they had their stomach removed and had  long, powerful legs. From running, their backs had become a striking curved and the tail had developed long and powerful and served them as a stabilizing rudder in the race.
When the cheetah  felt sure of winning any competition, sent an emissary to challenge the lions and leopards.
-We will compete in the savanna, the first to catch an antelope is the winner, agreed to the cats. 
And they asked the man to be judge of the competition.
On the very  day, the leopard spent much of the day trying to catch an old wildebeest, until he finally gave up and climbed the nearest acacia to watch the developments.
The lion lay down to nap, but not before ordering the lionesses of his pack to take charge of dinner. Females planned an ambush and caught a big buffalo on which they toiled until he had left but  bones picked clean.
Man was boring. What a waste of time! “This was the least competitive I have ever seen!” he said. He was about to return to the village when  Cheetah came in. He was thin and their large padded paws were gliding over the grass like velvet.
“Wait, man, – he said, you owe me your opinion”. 
He sat at short distance until he saw a herd of Grant gazelles  to come closer. Cheetah stood against the wind not to be sniffed and fixed his eyes on an anaware, careless  gazelle   in there, boasting of being a good catch.
Suddenly he lunged forward and ran like a cloudscape towards its goal. The gazelle flew like a shadow, but the distance shortened untill  soon there was no way to avoid the meeting. A single blow and dinner was ready.
Man, admired, came over to where the Cheetah share his food with the rest of the family. Cautiously, he stayed at a safe distance and then said.
“Don’t know what you’ve done Cheetah, but now that your belly is gone, and your legs are longer, now you run like the wind and nobody can reach you”.
The Cheetah reported throughout the Okavango the words of man, but they were very careful not to say that they were specialized in short races for the lion thought he could never catch them. So when after his run he’s out of breath on the grass, hiding so no one knows, he only reappears when he is able to breathe  again.   

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Por Alida Mayne-Nicholls

La agente Marla se había enfrentado a casos muy difíciles desde que se había graduado de investigadora. Ese evento le había cambiado la vida, como ella siempre había querido. Ahora se encontraba a pocos días de celebrar su primer aniversario como agente, pero estaba tan ocupada con un nuevo caso que no había tenido tiempo siquiera de pensar en cómo iba a conmemorarlo.

“Ya habrá tiempo de pensar en aniversarios”, se había dicho a sí misma durante algunas mañanas, con tanto convencimiento que prácticamente lo había olvidado. Su madre, que seguía siendo una gallina ponedora de gran renombre en la granja, había realizado esfuerzos infructuosos por conseguir la atención de Marla. Y no necesitaba mucho: un listado de sus amigos y la confirmación del día y hora de la fiesta. Ella se encargaría de todo lo demás, desde las decoraciones a la comida. Pero cada vez que trataba de hablar con Marla, ella andaba recorriendo la granja con su lupa, o revisando pistas en el microscopio, o metiendo en bolsitas de plástico las evidencias que encontraba.

Ni siquiera cuando Marla atrapó al ladrón de los guisantes las cosas cambiaron. Estaba demasiado ocupada en revisar por tercera vez la evidencia, para que en el juicio no se cometiera ningún error que pudiera dejar libre al ladrón.

Cuando terminó el juicio –en el cual hubo una inapelable sentencia de “culpable”-, la agente Marla tampoco se dio el tiempo de atender los llamados cluecos de su madre. Ya el mayor Tricho le había hecho llegar una nueva asignación. El caso se veía complicado, de hecho, le parecía que podía tratarse de varios misterios condensados en uno solo, debido a que había habido robos de las más diversas especies, algunos tomados de la mismísima despensa de la casa grande: harina, aceite, papeles de colores, frutillas… Y la lista seguía ampliándose con el correr ¡de las horas!

La agente Marla comprendió rápidamente que no podía perder tiempo en esta asignación, porque el ladrón –aunque posiblemente se trataba de toda una pandilla- actuaba a cualquier hora del día. En algunas ocasiones se denunciaban robos apenas minutos después de que la agente Marla hubiera abandonado la escena del crimen. No podía entender cómo un grupo tan sigiloso de seres la estaba sacando de sus casillas, a ella, que siempre se dejaba guiar por su intelecto.

El principal inconveniente era que el o los ladrones eran muy cuidadosos. La mayor parte de las veces no conseguía ninguna pista, nada, ni siquiera la huella parcial de una pata de gallo. Al principio le había sorprendido la sagacidad de los ladrones, luego la sorpresa se había convertido en desazón. Había llegado a tal extremo su pesar, que temía que no podría resolver el caso. ¿Y qué pasaría entonces con su reputación? Después de todo, la agente Marla tenía un registro impecable y en su hoja de vida sólo había reconocimientos y felicitaciones. No podía manchar eso con un “caso no resuelto”.

Tenía ya una gran colección de robos relacionados con el caso y tan poca evidencia, que pensó que lo apropiado sería no seguir dejando sus propias patas marcadas en el suelo de tanto andar, y encerrarse en su cuarto a pensar. Si el ladrón era tan inteligente, entonces necesitaría pensar con más claridad que nunca para descubrirlo. Aunque no tenía muchas pistas, tal vez podría llegar a pensar como él y si lo pillaba con las manos en la masa, eso contaría para cualquier jurado.

La agente Marla cerró con llave su cuarto y se sentó en un pequeño taburete, mirando hacia la pared. Era como si su madre la hubiera castigado, pero lo cierto es que no quería interrupción ni distracción alguna. Se apoyó en sus rodillitas y se puso a pensar, pensar y pensar. Su mente no se detuvo y, de pronto, se dio cuenta. Se llegó a caer de espaldas de la impresión, dejando que algunas de sus plumitas se desprendieran y volaran por los aires. Muy compuesta se levantó, arregló su plumaje y abrió la puerta.

Claro que había una pista. En todas las escenas del crimen había visto lo mismo. No le había dado importancia, no lo había relacionado con el ladrón, porque la marca aparecía antes del robo. ¡Los lugares que iban a ser asaltados eran marcados antes! Y ella había visto esa marca aparecer en un nuevo lugar. Si se apuraba llegaría antes que los ladrones hubieran partido y los esposaría en el acto.

Se acercó hasta el gallinero, y notó más movimiento del que ya tenía un gallinero lleno de gallinas ponedoras. Pensó que los ladrones ya estaban adentro, así que corrió, derribó la puerta y ¡los sorprendió en el acto! O más bien, la sorprendieron a ella en el acto. Porque al echar abajo la puerta, se dio cuenta de que no había ladrones, sino una fiesta para celebrar su primer año como agente. Su madre lo había planeado todo con el mayor Tricho, sabiendo que lo único que podría llamar la atención de Marla era un caso de difícil resolución. Así que la agente Marla olvidó el caso –“aunque de todas maneras lo resolví”, pensaba ella- y se dedicó a celebrar con sus amigos.

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